Iglesia al día

" El Tiempo de la Creación es un tiempo para renovar nuestra relación con el Creador y con toda su maravillosa obra, la naturaleza, por medio de la celebración, la conversión y el compromiso. "
Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios Habemus jubilación [Opinión]

EL OBSERVADOR | Eduardo Espina

Mi querido amigo y profesor universitario de larga y destacada trayectoria, John Garganigo, se jubiló cuando todavía su mente tenía mucho para trasmitir. ¿Por qué?, se lo pregunté un día. Me dijo: “El dolor en la espalda ya no me permitía dar las clases con la calidad que yo quisiera”. Una respuesta irrefutable. Abandonó la enseñanza cuando, para sus estudiantes, estaba todavía flamante. Garganigo, sin embargo, no lo creía así y cada mañana tenía problemas para desplazarse desde su oficina hasta los salones donde dictaba clases. Por entonces recién había cumplido 70 años y su mente se encontraba en plena forma. Su cuerpo, en cambio, iba en otra dirección. Había empezado a fallar, comenzando por la espalda, igual que a los deportistas profesionales, cuando por las mismas razones deciden abandonar la práctica competitiva de su disciplina.

El novelista estadounidense Philip Roth (1933), candidato perpetuo al premio Nobel, anunció en octubre pasado que ha decidido dejar de escribir porque ya no tiene la fuerza ni las ganas para seguir haciéndolo. ¿Lo abandonó la inspiración, o esta, para hacerle compañía al cuerpo, decidió que ya no quería seguir trabajando a solas? Roth sabe también que si ya no escribió su obra maestra, difícilmente la vaya a escribir cuando la mente y el cuerpo se agotan mucho más rápido que antes, que en las épocas cuando podía pasar doce horas frente a una máquina de escribir y terminar varias páginas de una novela como si nada. Cuando cumplió 70 años le preguntaron a Norman Mailer (1923–2007) si algo había cambiado en su vida como escritor con la llegada de esa edad y Mailer dio una respuesta contundente: “Antes podía tomarme varios whiskies y despertarme a la mañana siguiente con ganas de escribir todo el día. Ahora si tomo necesito una semana para recuperarme”. Mailer escribió prácticamente hasta que se murió, pero la literatura correspondiente a sus años otoñales carece de la fuerza imaginativa y del vigor lingüístico de sus mejores momentos como escritor, cuando, sí, podía tomar y escribir sin necesitar de un prolongado descanso para recuperar la energía. Y los ejemplos similares a los de Garganigo, Roth y Mailer se acumulan.

El caso de Barry Sanders (1968) es en este aspecto único. Uno de los mejores jugadores de fútbol americano de todos los tiempos –jugó toda su carrera en los Leones de Detroit–, Sanders estuvo a punto de convertirse en el jugador con mayor cantidad de yardas corridas en la historia. Su promedio era de 1.500 yardas por temporada y solamente le faltan 1.457 para batir todos los records, algo que fácilmente hubiera conseguido con otro año más de vida profesional. Sin embargo, ante la sorpresa de todos, Sanders se retiró en 1999 porque dijo que tenía ganas de hacerlo. ¿Por qué llegó a esa decisión cuando de haber jugado un año más hubiera establecido una marca seguramente insuperable? ¿Por qué, si no tenía ninguna lesión y su cuerpo estaba en impecables condiciones? Precisamente porque el cuerpo le pidió, como último gesto, que ya no le exigiera más, que era mejor irse en la cima, antes de que desapareciera la plenitud física y se fueran por completo las ganas de entrenar.

Uno de los principales sueños de la humanidad en la segunda década del siglo XXI es jubilarse temprano, si es posible, antes de cumplir los 60 años de edad, para poder disfrutar, o al menos intentarlo, unos 15 años de vida librada de obligaciones laborales. Además, después de cierta edad, la mente ya no es la misma, tampoco el cuerpo. En algunas profesiones, como la de piloto de aviación, la persona debe jubilarse obligatoriamente al cumplir los 65 años de edad. Hasta no hace mucho la edad límite eran los 60 años, pero los pilotos presentaron argumentos suficientes como para extender cinco años ese límite. Claro está, no todos los cuerpos actúan de la misma manera y hay quienes incluso a los 70 están en perfectas condiciones físicas y mentales. Cruzando el Río de la Plata hay un ejemplo de lujo. A los 82 años de edad, Esteban Peicovich, piloto capitán de la escritura, es uno de los mejores columnistas de la Argentina y sus crónicas de opinión pueden leerse semanalmente en el diario Perfil de Buenos Aires. Muchos de sus comentarios resultan más refrescantes y vitales que los de muchos columnistas 50 años más jóvenes. A esa edad, también, escribe una de las mejores poesías en nuestro idioma. En su caso, la edad se ha olvidado de la edad que tiene.

Allá por 1975 uno de los mejores chistes que podía oírse –lo recuerdo– tenía que ver con el generalísimo Francisco Franco, cuando su interminable agonía parecía eterna, pues la muerte pospuso su llegada más allá de lo previsible. El chiste iba así: “El secretario se acerca al lecho del dictador y le dice al grave enfermo: ‘General, el pueblo ha venido a despedirse’. A lo que Franco respondió sin titubear: ‘¿Ha venido a despedirse; es que acaso se marcha a alguna parte?’”. Quienes están en el poder nunca quieren marcharse. Aunque hay excepciones, escasas, pero las hay. A diferencia de tantos dictadores enamorados de manera narcisista del poder (Franco, Pinochet, Stroessner, Fidel Castro), como también de muchos presidentes elegidos democráticamente, los que se mantienen pegados al poder como si fueran mejillones políticos, incluso después de que sus facultades mentales han mostrado signos de total decaimiento, el Papa Benedicto XVI ha tomado una decisión muy elogiable. Dando una lección de perfecta sincronía con los tiempos actuales, se ha convertido, quizá sin proponérselo, en el más moderno de los papas, uno que, como si fuera un cirujano, un piloto de aviación, un deportista, o cualquier ser humano que ha hecho en la vida todos los deberes y sabe que puede marcharse tranquilo, abandona la fiesta por la puerta principal, antes de que su presencia termine incomodando.

El papa alemán sabe bien que su cargo implica muchas responsabilidades y que la posición que está a punto de dejar no da como para andar jugando con las obligaciones que la misma exige. Ha decidido dar un paso al costado simplemente porque su cuerpo, por ser humano, comenzó a sentir la corrosión del tiempo, la más absoluta de todas. Demostrando que las épocas han cambiado y que hasta el papa es víctima del paso de los años, Benedicto XVI abandona el papado antes de que el cuerpo, el suyo, lo abandone a él. Con su decisión ha sentado un buen precedente que los próximos pontífices deberán respetar; solo si se está mental y físicamente a la altura del enorme desafío, el elegido puede continuar ejerciendo su cargo. Con esta sorpresiva, pero comprensible decisión, Benedicto XVI ha humanizado a la figura del papa, y eso, en tiempos de tanto ego exacerbado y falta de desprendimiento, no es asunto menor. l

Por: Eduardo Espina

Especial para El Observador desde Estados Unidos