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La Iglesia en los medios Gabriel Peluffo y la cultura en una época de mesianismos [menciona a Pablo VI y Medellín]

EL PAÍS |
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Por qué fue importante la cultura en los años 60, y qué variables la condicionaron, en un nuevo ensayo del investigador Gabriel Peluffo.

Los cincuenta años cumplidos por 1968 trajeron publicaciones y homenajes. En este contexto de revisión, recuperación y análisis el libro de Gabriel Peluffo Crónicas del Entusiasmo destaca por su manera de conjugar la investigación minuciosa y la solvencia teórica. Sin aspirar a la exhaustividad crea un relato sobre el arte, la cultura y la política en los sesenta que abre caminos para la comprensión de una época de la que fue testigo pero que aborda con los conocimientos del teórico e historiador del arte.

El epígrafe del libro es una cita de Immanuel Kant. Según Peluffo para Kant el entusiasmo “era la mezcla explosiva de sentimientos encontrados y confabulados en el empuje vital de un colectivo dispuesto a cambiar la historia”. El libro consta de siete capítulos. Convoca una y otra vez a los hacedores de cultura (personas, acontecimientos, instituciones) del período: editoriales, ferias de libros, grabados y artesanías, la Universidad, la música, el cine, el teatro, las exposiciones, la prensa, los críticos, los artistas. El estudio comprende una década larga (desde mediados de los cincuenta hasta el golpe de estado) en la que delimita como “escenario” el proceso de “socialización de la experiencia cultural”. Aunque estudia la incidencia de los partidos políticos de izquierda en la elaboración de una cultura cuestionadora, le interesa plantear que fue en su expansión que la cultura “encontró su signo político”. La perspectiva es la de desplegar el haz de fuerzas y tensiones que conformaron las formas artísticas de aquellos años marcados por la revolución. Un análisis que se afina para percibir las contradicciones implícitas en las transformaciones proyectadas: el goce (la jouissance, escribe) y el sentimiento de pérdida y la violencia de la época (captada, por ejemplo, por los artistas plásticos que generaron el “monstruismo”). Desde el comienzo, Peluffo anota la paradoja de que las ideas de revolución y emancipación acompañaron “al impulso globalizador del capitalismo mundial”. Señala una diferencia en la interpretación de los sesenta en el mundo europeo, EE.UU. y América Latina. Si para el primer mundo los estudios se centraron en el surgimiento de nuevas categorías sociales y políticas, para América Latina siguió pesando en los análisis la importancia de la visión clasista y la concepción antiimperialista.

CONFLICTO GENERACIONAL.

Peluffo afirma que la gran novedad de los años 50-70 fue la “creciente influencia de los intelectuales en la esfera pública” y analiza la consolidación de una cultura independiente que aspiraba a “socializar la experiencia cultural de la elite”. Señala la creciente sindicalización de los artistas y realiza la crónica de la ocupación del Subte Municipal de Montevideo, iniciada el 21 de agosto de 1963, en protesta por la manera en que la Intendencia había designado el Jurado del “XV Salón Municipal de Artes Plásticas”. Uno de los ejes de la reflexión es el diálogo “productivo” y “conflictivo” entre la Generación del 45 y la del 60.

En el ensayo se analiza la consolidación de una “nueva izquierda” en torno al semanario Marcha en disidencia con el modelo soviético y la noción del realismo socialista, se anota la desestalinización del Partido Comunista a partir de 1955 y el designio de Rodney Arismendi, secretario general entre 1955 y 1987, de no poner condiciones estéticas a los intelectuales que buscaba incorporar a las filas del Partido. Más allá de esta impronta general, hubo una defensa del realismo por comunistas de las décadas del 40 y 50. Peluffo recuerda la condena de Jesualdo Sosa del arte abstracto y la búsqueda propiciada por Casa de las Américas de nuevas formas del realismo. O la identificación del arte abstracto con la decadencia realizada por Ariel Badano y la actitud interpeladora de Ángel Rama (“Nuevas formas de realismo”, 1963). Un ejemplo de la posibilidad del no disciplinamiento estético es el afiche realizado por el diseñador gráfico Carlos Palleiro cuando el centenario del nacimiento de Lenin (1870-1970).

En ese vaivén entre las instituciones y los individuos, Peluffo se detiene en el papel de la Iglesia y la Teología de la liberación, en su aporte para la elaboración de la noción de “hombre nuevo” y en los conflictos que desató. Hace la crónica del Encuentro de Obispos de Medellín de agosto de 1968, el llamado a la resignación de Pablo VI en su discurso ante los campesinos colombianos en el que los incitaba a no poner la confianza “en la violencia ni en la revolución”. Anota la reacción de Ibero Gutiérrez al que considera como poeta y artista plástico y propone como ejemplo de “politización del cristiano laico” y de decepción ante el mensaje del Papa. La vanguardia política y estética, sus relaciones y productos, las reflexiones que concitó es otro de los temas que recorre este libro. Su autor señala las dificultades de conceptualizar las vanguardias según “parámetros universales y a la vez históricos”. Se detiene en los análisis teóricos que abordaron el problema en el momento de su emergencia.

LAS DIFICULTADES DEL PRESENTE.

Hay mucho en estas Crónicas del entusiasmo; los lectores encontrarán análisis sobre la aparición de la televisión y la de un nuevo tipo de intelectual, el surgimiento del cine documental y el político, la revuelta musical, las revistas, una pormenorizada crónica de estilos en las artes plásticas. En otro nivel, el estudio produce un diálogo entre aquella cultura y la actual que resulta iluminador para ambas. Peluffo señala la tensión en los sesenta entre el heroísmo individual y el protagonismo de los movimientos de masas y explica las dificultades del presente para comprenderla: “Ese es el ethos que hoy presenta dificultades para ser conceptualizado, en un mundo que desterró el papel heroico tanto del sujeto individual como colectivo, no para depositarlo en la obra constructiva de una nueva sociedad planetaria, sino para sustituirlo por el trágico vacío de la victimización masiva, de los asesinatos y desapariciones forzadas, por el dramático devenir de los refugiados sin destino o de los masacrados por los bombardeos diseminados en ‘conflictos de baja intensidad’”. En otro carril, la experiencia acumulada hace posible desarmar las contradicciones de la noción de “hombre nuevo”. Peluffo señala en ella la conjunción explosiva de la exaltación del placer y el sacrificio de la militancia y plantea el papel contradictorio que las mujeres tuvieron en la revolución.

El epílogo, titulado “Informe sobre ciegos”, aprieta una emoción y un enojo que no quieren confesarse. El autor legitima el descrédito que ha sufrido el “mesianismo” después del fracaso del proyecto revolucionario y acusa “el sometimiento a un mesianismo no reconocido como tal, impuesto por el capitalismo global sobre los destinos humanos”. La frase final menta “la indeclinable función crítica del intelectual” y solo puede entenderse como la expresión de un deseo, pues la declinación de la crítica es un fenómeno difícil de negar. La nostalgia que no se siente en la recuperación de los sesenta emerge como melancolía para esta lectora al comprobar la importancia que tenía la cultura para las conciencias políticas de aquellos años.

CRÓNICAS DEL ENTUSIASMO. Arte, cultura y política en los sesenta. Uruguay y nexos rioplatenses, de Gabriel Peluffo Linari. Banda Oriental, 2018. Montevideo, 325 pág.