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Mirando con Dios este tiempo

La Iglesia en los medios Entrevista al cura Richard Arce: “Un barrio ‘con’ y no ‘de’ malandras”

LA REPÚBLICA |

El cura de la Parroquia de los Sagrados Corazones habló con LA REPÚBLICA sobre la otra cara de la zona

Richard Arce llegó a la Parroquia de los Sagrados Corazones hace 7 años. Su tarea y comunidad se insertan en la zona de cruce entre los barrios Marconi, Las Acacias y Casavalle: presuntas zonas rojas de Montevideo “estigmatizadas” donde “no todos son malandras” y “hay mucha gente que hace”.

Hace siete años vive en el barrio, ¿qué cambios advierte en este tiempo?

Creo que la gente antes estaba más ilusionada. Hay mucho desgaste, sobre todo en los agentes sociales y pastorales porque en este tiempo se esperaron respuestas distintas y no hubo tanto entusiasmo. A eso se suma el problema de la fragmentación, de la droga y la violencia. El rostro más visible es ese, pero creo que a fin de cuentas la droga sacó a la luz cosas que ya había en la gente.

¿Qué tipo de cosas?

Si uno piensa por qué personas comunes y corrientes que tenían un trabajo deciden comenzar a vender droga, se da cuenta de que por un lado quieren la plata y por otro no les importan mucho las consecuencias. Las que son para sí, sí, pero no para los demás. Antes vendía tortas fritas, ahora pasta base. Vos venís a comprar, es tu problema. Y eso no lo genera la droga, está en la gente. Es la falta de solidaridad. Ese valor tan mentado fue así hasta que hubo oportunidad de despegar.

¿Cómo se viven los titulares que protagoniza la zona?

Se vive con vergüenza… Y también da bronca y es injusto. Yo no digo que no sea o no pase, tampoco que todos seamos buenos y que no haya violencia, pero no hay derecho a estigmatizar y a dar opiniones que plantean como conclusión que hay que traer al ejército o sacar a la gente de su barrio entre otras cosas. Cada uno tiene su historia y viene de largo periplo de generaciones que viven acá, no se puede decir así nomás “váyanse, porque acá son todos malandras”. Hoy hay mucha información y mucha irresponsabilidad en los medios. Incluso da la impresión de que hubiera intención. Con las noticias que están dando es de machazo venir acá. Supuestamente andamos todos a los balazos y no es así. Se estigmatiza a muchos.

¿Cómo lo ven los jóvenes del barrio?

Muchos que no están metidos en la droga y estudian y trabajan sienten miedo. Los sienten extraños, no los sienten vecinos. Y a algunos les provoca dolor porque se conocen de niños. Incluso se genera un fenómeno particular. Hace un tiempo en un taller de adolescentes de la zona a una educadora se le ocurrió hacer un trabajo sobre qué opinaban del barrio y todos afirmaron que era un barrio de malandras. Ella con una suerte de lógica aristotélica les preguntó: ¿ustedes no viven acá?- Sí; ¿ustedes son malandras? -no. “Entonces no es un barrio de malandras, viven malandras pero no es de”, les dijo. Luego buscaron el nombre del barrio en Google y las noticias confirmaban su afirmación. Y pasa eso, los mismos jóvenes reproducen lo que los medios dicen. Miran con desprecio su propio barrio. Les gustaría no vivir acá y eso antes no pasaba. Hay que hacerles ver cosas maravillosas que hacen sus propios vecinos, cosas heroicas en el día a día. En el barrio y en toda la cuenca de Casavalle hay muchísimas organizaciones. Falta conocer, aceptar y volver a querer.

En la zona conviven instituciones católicas y otras no confesionales, ¿cómo se vinculan?

La Parroquia comparte un grupo de trabajo con otras 15 organizaciones sociales y no todas son de la Iglesia. Nos reunimos a compartir nuestro caminar, vamos enterándonos de cosas que pasan, compartimos medios que tenemos y nos ayudamos sin tener una tarea común. Tratamos de aunar criterios en el sentido del trabajo y darnos ánimo cuando el entorno es desgastante. Lo bueno es que podemos ir acompañando a la gente y acompañándonos. A veces nos sentimos un poco alejados del Estado. Se nos informa, pero no se nos pregunta. No es para que digamos lo que hay que hacer, porque no somos el agente más importante, pero esa es la sensación.

¿Qué hace la Iglesia específicamente en la zona?

Hay muchos proyectos desde hace muchos años. Parroquias, talleres de trabajo juvenil en Tacurú, obra Padre Cacho, liceos, centros CAIF administrados por hermanas, entre otros… Y respecto a estos últimos ocurre que hay gente que más allá de contar con el apoyo del Estado a nivel de dinero y de técnicos, si no fuera por ellos no funcionarían las cosas. Ellos están con los vecinos todos los días, se bancan conflictos de todo tipo. El Estado da la plata, pero ¿quiénes están en la línea de batalla? Hay cosas que se dicen de la Iglesia que son muy injustas y se repiten sin cuestionar. La Iglesia no está para transmitir valores ni erradicar la pobreza. Su tarea es seguir a Jesús. Parece un concepto muy espiritual y alejado de la sociedad, pero con eso aporta al proceso. Lo que se busca es generar espacios donde las personas puedan descubrirse a sí mismas y confrontar honestamente sus vidas con la de Jesús. Lo importante es dar instrumentos y espacios. Y eso lo hace la Iglesia y también gente que no es católica, que trabaja igual y muy bien, y juntos.

¿Por qué cree que se asocia al barrio con la violencia?

Lo que se hace con el barrio es buscar un chivo expiatorio. Al igual que en el relato bíblico, cargar un animal con todos los pecados y que se vaya. Cargar una zona y culparla de todos los males de la sociedad para que quede claro que el resto somos todos buenos, limpios y honestos. Pero ¿ dónde termina eso? Empezamos con los “pastabaseros”, después los carritos, después los que se visten de “planchas” y al final cada uno termina en su mundo. Ponemos al margen todo lo que nos molesta y lo que no es como yo. Cada vez salta más ese aspecto oscuro y doloroso del individualismo. Por eso creo que el desafío más grande de la sociedad uruguaya es aceptar que todos estamos en el mismo barco.

¿Cómo se revierte eso?

Ciertamente hay que trabajar en los valores, que no están en la Constitución ni llegan con el bienestar. Tampoco los quita la violencia o la droga. Si están internalizados, en crisis o bonanza, siempre serán valores. Si en cambio por oportunismo se cae en lo deshonesto, fuimos solidarios mientras el de al lado estaba en la misma que yo y no lo podía garronear. Ahora, si puedo pegar, pego. El ser solidario está en sacrificarse por el bien del otro. Postergar el bienestar de uno para que el otro esté bien. Pero eso es una opción de cada uno que no se puede exigir.