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Mirando con Dios este tiempo

La Iglesia en los medios Entrevista a Alicia Cano, directora de El Bella Vista

MONTEVIDEO PORTAL |

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Arriba el telón

Conversamos con al cineasta uruguaya Alicia Cano, directora del documental “El Bella Vista”, que se estrena esta semana en el cirucito comercial de nuestro país.

Quien camine por las calles del barrio Durán de la ciudad de Durazno, podrá hallar fácilmente la capilla católica de Jesús de la Misericordia. Se trata de un simple y modesto edificio de una planta con muros blanqueados a la cal, donde los niños de la zona reciben catecismo.

Maguer su sencillez, el edificio tiene una característica que lo hace muy especial, y es la de haber albergado sucesivamente a tres de las instituciones más tradicionales de cualquier localidad del interior.

En el comienzo fue El Bella Vista Fútbol Club, institución deportiva que tuvo su edad de oro en los años ’70, pero luego decayó, perdió la categoría y acabó por disolverse.

Allí entró a tallar la Gorda Elisa, quien a cambió de una moto de segunda mano y unos pesos, se hizo con la llave del inmueble, donde -para escándalo de algunos y alegría de otros- instaló un prostíbulo, con la particularidad de que sus pupilas eran chicas transexuales.

Ese “quilombo de putos” -tal como lo llama Alcides “Patón” Lerena, presidente del club, dueño del local y uno de los principales impulsores de la clausura del burdel- desafió durante un buen tiempo la moralina y las buenas costumbres, hasta ser desalojado por vía judicial.

Luego, y “sobre las ruinas del pecado”, el edificio pasó a convertirse en capilla y salón parroquial, condición que conserva en la actualidad.

“Leí en un diario una noticia que decía que un prostíbulo se había convertido en una iglesia católica, instalada por vecinos para exorcizar ese pasado pecaminoso”, dijo a Montevideo Portal Alicia Cano, joven directora del documental “El Bella Vista”, que reconstruye con una especial mirada la historia en torno a ese desaparecido club deportivo y su destino posterior.

Para Cano, esa noticia, vista en un periódico en el año 2006, ya era lo suficientemente interesante en sí misma como para ameritar un viaje a Durazno y comprobar si era auténtica. En ese viaje “no solo me enteré de que en el prostíbulo habían ejercido mujeres trans, sino de que anteriormente allí había funcionado la sede de un club de futbol llamado El Bella Vista, nombre que el prostíbulo mantuvo. Al encontrarme con esa mezcla de fútbol, sexo y religión en un mismo lugar, supe que ahí había una película”, recuerda.

Sin embargo, el proyecto quedó archivado por un tiempo, debido a que Cano marchó a Italia, donde obtuvo un master en creación audiovisual y trabajó para la serie documental “Reparto Maternitá” emitida por Fox Life, de la que dirigió nada menos que 32 episodios.

Manos a la obra

Luego, tras afincarse nuevamente en Uruguay, Cano decidió ponerse manos a la obra en el proyecto, con la colaboración de un ayudante de lujo, como el veterano cámara y director de fotografía alemán Thomas Mauch.

Una vez instalada en Durazno, Cano contactó a todos quienes habían estado involucrados en los avatares del Bella Vista, logrando con fortuna que todos le brindaran su colaboración. “Fue un trabajo de un año, en el que tuve que ir generando confianza. Lo que tenía a mí favor es que todos querían contar su historia, sentían la necesidad de reivindicar su parte en el juego. Y por mi parte, yo de dejé en claro a todos que quería contra la historia completa con sus tres etapas y que la película iba a contener mí mirada sobre esa historia”.

Ganada esa imprescindible confianza, la obra logró registrar las voces de todos los involucrados: los vecinos del lugar, los jugadores del defenestrado club, las chicas trans y su madama, y las personas encargadas de la capilla que funciona hoy día en el lugar. “Nunca hubo ningún problema, aunque parezca raro. Obviamente, durante el rodaje cuidé que no se encontraran, filmaba en diferentes momentos con unos y otros”, relata la joven cineasta, añadiendo que esa división “coincide con la realidad, porque son mundos que tampoco se encuentran; de día es uno y de noche es otro”.

De hecho, los vecinos volvieron a pintar el edificio con los colores amarillo y blanco del club, y a colgar el emblema del Bella Vista sobre la puerta, para luego volver a blanquearlo y reinstalar la cruz. “Los interiores del burdel los filmamos en otro lugar”, aclara Cano.

La buena voluntad del vecindario alcanzó niveles tales que sorprendieron a la directora y su equipo. “Cuando recreamos el partido entre el Bella Vista y Sportivo Yí, esperábamos que fueran unas 30 personas a hacer de hinchada, y llegaron 700, con banderas y globos, una convocatoria impresionante”.

Somos como actores

Una de las características más notorias de El Bella Vista, es que se aleja definitivamente del formato tradicional del documental, que a menudo se convierte en una sucesión de entrevistas. En este caso, la directora supo aprovechar una situación única: todos los protagonistas estaban disponibles y dispuestos a prestar su voz, por lo que decidió reconstruir la historia, actuada por los mismos

involucrados.

“Fue como un juego de improvisación permanente entre nosotros”, recuerda sonriendo. “No son grandes actores, son ellos actuando su propia vida, con la frescura que de ello se desprende. Luego, si miran a la cámara o no, no importa”, cuenta.

La diáspora del lupanar

“El prostíbulo es una institución común en el interior” recuerda la cineasta. Sin embargo, la particularidad de ser un “quilombo de putos” parece haber sido un exceso para buena parte del vecindario

Tras la “desmovilización”, las chicas trans que trabajaban en el lugar perdieron esa suerte de Arcadia, y debieron recalar en las calles. Por eso, y en contraste con los vecinos del lugar, no resultaron tan fáciles de localizar. “Primero llegué al “Patón”, el ex directivo del club”, relata Cano, refiriéndose al ex presidente y director técnico del club, un líder barrial que es también quien preside la comisión encargada de solicitar el cierre del prostíbulo. “Él me dijo el nombre de la regenta , la Gorda Elisa. Recorrí todas la whiskerías de Durazno buscándola hasta que el encargado de uno de esos lugares me pasó su teléfono. La fui a visitar, le conté mi proyecto y por intermedio de ella di con las chicas, que eran muchas. Luego, entre ellas fui eligiendo cuáles eran las historia que me interesaba contar”.

Son amores

De esas historias destacan dos. La de Agustina, una trans que se enamora de un hombre más joven hasta que debe hacerse a la idea de que esa relación naufragará a causa de los prejuicios imperantes. Y la de Fabiana, travesti que forma pareja con un hombre y logra transformarse en madre adoptiva de un hijo de su compañero.

“Cuando la fui a ver, cargaba con ciertos prejuicios acerca de lo que podría sufrir el niño en esa situación, pero simplemente me encontré a una madre y su hijo, un hijo y su madre. Esa misma realidad fue la que quise reflejar en la película ¿qué diferencia hay? en definitiva lo que cuenta es el amor”, señala.

Ni ángeles ni demonios

Otro de los aciertos del film consiste en su enfoque plural. Siendo la reconstrucción de una historia a cargo de todos los involucrados, el espectador tiene la ocasión de acercarse al relato desde las voces de tirios y troyanos.

Tal es el caso del ya nombrado Alcides ‘Patón’ Lerena, un hombre al que habría sido fácil asignarle el rótulo de “malo de la película”, si se trabajara desde un discurso simplista. Sin embargo, el film muestra a este personaje en toda su complejidad.

“Para mí era importante hacer una película que no hablara de buenos y malos, porque eso no llevaría a ninguna parte. Tomar partido por alguno no permitiría ninguna reflexión”, afirma.

“Creo que todos tiene sus razones y sus motivos”, sostiene Cano, aunque entiende que en el film “queda claro que hay algunos más desprotegidos y que, como en todos lados, en este caso también imperó la ley de la selva”. Pese a ello, considera importante narrar “cuáles eran las motivaciones detrás de este ‘macho de pelo en pecho’, porque después de todo, tanto aquí como en el interior, nosotros somos esa sociedad que construye a esos caudillos, ‘malos’, ‘guapos’ etc.” Por eso, “cuando en un pasaje de la película él habla acerca del dolor, del precio que se paga por ser ‘el machito’ a veces a costa de la propia sensibilidad, uno encuentra un espejo que invita a preguntar qué sociedad estamos construyendo”, concluye.