Iglesia al día

" Me alegra que el tema elegido por la familia ecuménica para la celebración del Tiempo de la Creación 2020 sea 'Jubileo de la Tierra', precisamente en el año en el que se cumple el cincuentenario del Día de la Tierra "
Papa Francisco

La Iglesia en los medios En otra Navidad [Opinión]

EL OBSERVADOR |

Lincoln R. Maiztegui Casas

Cada vez que se acercan estas fechas, me siento peor. Ya lo he dicho y escrito en múltiples ocasiones, y lo repito aquí y ahora, al terminar el año –2012– en el que he cumplido los 70: a partir de cierta altura de la vida, la Navidad y el pasaje de un año a otro se convierten en una espesa lágrima interior, en la cual es mucho más lo que se rememora con infinita tristeza que lo que se disfruta. Al menos para muchos, estas celebraciones se parecen un poco a los marcianos de Ray Bradbury (fallecido precisamente este año), que se colocaban sobre el rostro una máscara de plata a fin de ocultar su real estado de ánimo; o, en un ejemplo más terrícola, al payaso de la Commedia dll’Arte, que debía reír y hacer reír pese a ser testigo de la infidelidad de Colombina con Arlequín. Las carcajadas, la aparente facundia, las salutaciones cargadas de esperanza y el ruido de música y cohetes con los que se realiza un torpe intento de aturdirse, están cubriendo, en muchos casos, la desolación de los espíritus, a los que no se les puede engañar, y que te susurran al oído que nunca más vas a ver a los seres queridos que se fueron (y que están más presentes que nunca), que nunca más vas a tener 15 años, que el mundo que conociste se ha movido y transformado bajo tus pies y te hace resbalar a cada momento sin que puedas hallar asidero, y que los días felices del pasado no volverán jamás, lo que constituye la más manida de las frases hechas y la verdad más honda y dolorosa que el alma puede percibir. E incluso que, cuando abraces a uno de los seres que te son caros y le desees felicidad, es probable que estés escondiendo vergonzosamente la certeza, o casi, de que aquella es la última vez en que podrás hacerlo. Perdón por este desahogo, pero precisamente era mi intención, este año, y pese a que afronto días difíciles, dar a esta columna un tono diferente. Tal vez la dolorosa tristeza que la Navidad trae consigo a cierta altura de la vida sea la consecuencia inevitable de un error: la de tomarla como una fiesta más, como un pretexto para reunirse con lo que queda de la familia y darse un atracón, perdiendo de vista el sentido trascendente de lo que se está celebrando. Más allá de si la fecha 25 de diciembre está bien escogida o no, si el cómputo que se ha hecho desde la venida de Jesús de Nazareth al mundo a nuestros días es más o menos correcto, si la historia que se narra encierra el mayor milagro que jamás haya ocurrido, o se trata simplemente de un cuento cargado de hondísima poesía (división de aguas que se deja a ese don misterioso que es la fe, y que no admite certezas racionales), no puede perderse de vista que lo que se está conmemorando es la promesa, o la esperanza, de un mañana necesariamente mejor que el hoy, por más que este hoy aparezca cubierto de espesa nostalgia. “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”, dice el Evangelio de San Juan, y si se prescinde de la visión de este Dios todopoderoso que, por amor a su criatura, se convierte en una de ellas para apurar hasta el tuétano el cáliz de la Pasión, todo carece de sentido. ¿Por qué razón un Dios puede dar este tremendo paso, realizar este impresionante milagro, si no es para abrir las puertas a un porvenir venturoso? Eso, y no otra cosa, es lo que se celebra en la Navidad desde hace 2.000 años; y ya sea que se crea en la realidad del hecho desde las honduras de la fe, o que se siga la tradición por razones puramente culturales, lo único que da sentido a la fiesta navideña –y, por extensión, a todas las celebraciones de estos días– es su poderoso, ilusionante mensaje de esperanza. En él, cristianos de todas las vertientes, creyentes de todas las religiones, agnósticos y aun ateos, se encuentran en la misma sonrisa de confianza en que la vida, después de todo, es algo que vale la pena, que se renueva a sí misma (así sea con dolores de parto) y que el mañana puede ser mejor que el hoy. Esta inesperada, amplísima comunión de ideales, es el verdadero, intransferible milagro de la Navidad.