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La Iglesia en los medios El Vaticano y los abusos [carta al director]

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Sr. Director:

Con todos los casos de abuso sexual clerical que han salido a la luz pública, no es “la Iglesia” la que está herida, sino el sector jerárquico que encubre los delitos de la institución vaticana.

El Vaticano convocó para dentro de unos días a sus principales integrantes para analizar la magnitud del descrédito que acarrea a la Iglesia católica el sistemático encubrimiento de pedófilos clericales. Por si fuera poco, se suman las denuncias de monjas convertidas por obispos y curas en “esclavas sexuales”, como ha reconocido Jorge M. Bergoglio.

¿Qué tienen en común los abusos clericales sobre niños, cuyas denuncias se multiplican, con los abusos cometidos por obispos y curas contra monjas y que recién comienzan a ser masivamente difundidos?

El poder con mano de hierro, a veces con guante de terciopelo, ejercido mediante el verticalismo institucional, sumado a una historia milenaria de administrar las penas a los criminales.

Téngase en cuenta que en los siglos teocráticos de la “venganza divina”, delitos y pecados eran percibidos en igualdad de condiciones por los sacerdotes, quienes se autopresentaban como delegados divinos en una sociedad en que Dios era el rey de reyes.

“Durante mucho tiempo los pontífices son los únicos jurisconsultos. Como existían pocos actos en la vida sin relación con la región, casi todo se sometía a la decisión de los sacerdotes y estos se consideraban los únicos jueces competentes en un número infinito de procesos”, enseña Fustel de Coulanges.

En la Edad Media, la Iglesia inauguró el encierro de los sacerdotes infractores para que hicieran penitencia. De ahí viene el nombre de penitenciaría, sitio donde, mediante el arrepentimiento, se reconciliaban con Dios. Fue un avance humanitario desde que la prisión podía sustituir el cortar la lengua a los blasfemos, mutilar dedos y orejas, azotes, cortar la carne con tenazas ardientes, etc.

¿Por qué protegen a los pedófilos? Hasta la Revolución francesa los clérigos intervenían en la Justicia que hoy conocemos como ordinaria. Entendían en los procesos seguidos a las personas. Administraba las penas, incidía en los castigos. Todo bajo la concepción de sus propias creencias religiosas y su interpretación de lo que su Dios disponía para los reos que eran, primero, pecadores y luego delincuentes.

En esa intromisión, en la que persiste el derecho canónico con pretensión de seguir incidiendo en la vida republicana, tenemos ya una primera explicación de por qué en el presente tantos jerarcas de la Iglesia han protegido a sus curas pedófilos. En que antes que delincuentes, los consideran pecadores y, por lo tanto, aplican el refrán de que “quien peca y se confiesa, empata”. Con esa supuesta sanción, dan por cerrado el caso. La víctima no importa en esa cosmovisión. Mejor dicho, se la convierte en elemento hostil, se le niega veracidad, se le destruye la autoestima y si se puede, se evita indemnizarla. Así fue durante siglos hasta que comenzó a correrse el velo de la impunidad.

Esa autosuficiencia clerical participa de un “mundo mágico” en el que un individuo tendría la capacidad de transformar harina y vino en el cuerpo y la sangre de alguien que, si existió históricamente, fue hace dos mil años. Magia privativa, eso sí: la primera quema de libros del siglo XXI la realizó en Pittsburgh la secta cristiana Harvest Assembly of God cuando quemó ejemplares de Harry Potter por promover la magia.

Sobre el abuso mental que antecede al sexual, es altamente esclarecedora la entrevista del canal de televisión alemán DW al médico chileno James Hamilton, uno de los tres adultos víctimas de abusos sexuales clericales a quienes en reunión privada Bergoglio les pidió perdón. Antes los había acusado de calumniar al obispo Juan Barros, encubridor de Fernando Karadima, el cura depredador más famoso de Chile por cantidad de víctimas y por haber generado la mayor indemnización que la curia chilena está obligada a pagar a los abusados: 450 millones de pesos.

Sin violencia física. El poder eclesiástico depredador no es ejercido con la violencia física que habitualmente emplean los abusadores laicos, en su mayoría provenientes del ámbito familiar como lo documentan diversas investigaciones. La última, Pequeñas inocentes, donde se consigna que 614 niñas y adolescentes fueron asesinadas en los últimos seis años en siete países latinoamericanos luego de ser abusadas sexualmente.

La sapiencia milenaria católica construyó un entramado de persuasión y abuso mental previos al abuso sexual que evita el homicidio de la víctima y, además, permite la violación continuada. Lo admitió el jueves 7 de febrero Bergoglio al reconocer que sacerdotes y obispos habían tratado a monjas como “esclavas sexuales” durante décadas. Y los testimonios de esas exreligiosas avalan que, primero, hubo un abuso psicológico, la llave que abrió luego a esos “hombres de Dios” el ingreso a sus lechos.

No se descarta que algún obispo alegue que esas monjas provocaron a los dignatarios eclesiásticos, como ha dicho en 2007 el obispo de Tenerife (España), Bernardo Álvarez: hay menores que “consienten, desean e incluso provocan las violaciones”. En 2011, otro prelado católico reprodujo esos conceptos. El arzobispo Robert Cunnigham, de la diócesis de Siracusa, Nueva York, afirmó en audiencia judicial sobre abusos sexual a menores que “el chico es culpable”, refiriéndose a las víctimas como “cómplices”.

Ese abuso psicólogo o inicial y necesario para consumar el abuso sexual, comienza desde la pila bautismal, cuando los adultos responsables de un niño le imponen una creencia en flagrante violación de los derechos de la infancia. Lo dice a texto expreso la Convención de 1989 en su artículo 13°: “El niño tendrá derecho a la libertad de expresión; ese derecho incluirá la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de todo tipo”. La libertad de cultos, que fuera un avance contra la hegemonía teocrática del Antiguo Régimen, es un derecho de adulto. Es absurdo pretender que un niño conciba la religiosidad, salvo como adoctrinamiento.

Está tan asumido el abuso sobre niños, que hace unos meses se hizo público en redes sociales y medios de prensa el momento en que un cura abofeteó a un bebé porque lloraba durante la ceremonia bautismal. En otro video puede verse a una niña ya mayorcita que reacciona contra el cura que la bautiza.

Ese concepto abusivo sobre la infancia integra la creencia de que la vida clerical es superior a la laica y lleva a los obispos a encubrir a los delincuentes, porque, como dicen, constituyen “nuestra familia”.

Ahora, ¿por qué actúan así en los cinco continentes? Porque como me explicó en los inicios de los noventa el ensayista uruguayo Alberto Methol Ferré, especialista en catolicismo y asesor del Celam, “la Iglesia católica es la única empresa multinacional que habla el mismo idioma en San Pablo, Buenos Aires, o Santiago”. Al argumentarme que la Iglesia católica era la institución más preparada para implementar culturalmente el flamante Mercosur, Tucho Methol sostenía que “un obispo levanta el teléfono en San Pablo y habla el mismo idioma que el obispo que lo llama desde Buenos Aires”, aunque uno se exprese en español y el otro le responda en portugués.

¿Cuál es la estrategia vaticana para quitar el pie del lazo?

Argüir que todos somos igualmente culpables. Que abuso sexual infantil existe en todos los ámbitos. Que se trata de un mínimo porcentaje de sacerdotes violadores.

Pero ante la resistencia de la sociedad civil a comprar esos supuestos argumentos, y cuando ya la escala de autoflagelación verbal —no concretada en efectivas medidas antiabuso— de Bergoglio, se agota, este apeló a dirigirse a la grey católica del mundo en su rol de papa Francisco: “la iglesia está herida”, dijo recientemente.

¿Es justo incluir en la misma bolsa a millones de católicos, personas honestas, absolutamente ajenas a las aberraciones que un día sí, y otro también, se conocen por obra y por omisión de los príncipes del Colegio cardenalicio? ¿Es justo estigmatizar a los miles de curas y monjas que ejercen sus ministerios religiosos ajenos a esas perversiones? Parecería que no es ese el camino. No es “la Iglesia”, la que está herida, sino el sector jerárquico encubridor de delitos de la institución vaticana la que debe responder ante la ley.

Hugo Machín Fajardo

CI 1.312.624-1