Iglesia al día

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La Iglesia en los medios El tiempo de Dios es perfecto  [Columna de Claudia Amengual]

SEMANARIO BUSQUEDA |

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Los Juegos Olímpicos rezuman historias de vida. Es tan fascinante ver el despliegue físico de los atletas como conocer el arduo camino de sacrificios que lo bordea. El intento de superación, la determinación para vencer los propios límites, la disciplina y el esfuerzo son algunos de los valores que exceden lo deportivo y ofrecen un espejo en el que bien podríamos encontrar una guía.

Tras la excelencia hay algo más que sudor. Entrenarse también pasa por la búsqueda de la tradicional armonía entre alma, mente y cuerpo que permite cargar con el peso de los triunfos y las derrotas. Parte del trabajo se hace en el territorio del pensamiento. No es raro, por tanto, que algunas declaraciones de los deportistas sorprendan por su precisión conceptual o por su hondura filosófica. Algo de eso sucedió hace unos días.

Caterine Ibargüen es una atleta colombiana que acaba de obtener la medalla de oro en salto triple con una marca de 15,17 metros. Tiene treinta y dos años, bastante más que la venezolana Yulimar Rojas, de apenas veinte, que la sigue en el podio y se perfila como una natural sucesora. Como la de tantos atletas, la peripecia vital de Caterine Ibargüen no fue sencilla y estuvo plagada de obstáculos que, lejos de intimidarla, supusieron un acicate para su voluntad. Criada por su abuela, en una Colombia sacudida por la violencia, ofrendó su adolescencia y juventud a la práctica del vóleibol, primero, y más tarde al atletismo. Participó en numerosas competencias con resultados diversos y algún traspié la hizo evaluar la posibilidad de abandonar su carrera. Inició estudios de enfermería en la Universidad Metropolitana de Puerto Rico y fue en ese país donde conoció a su actual entrenador, quien le restituyó la confianza y la estimuló a continuar los entrenamientos. De su mano, Caterine tocó el cielo.

Minutos después del triunfo, aún conmovida por los aplausos, La Pantera Negra —como algunos la llaman— dio unas breves declaraciones a la prensa. Se la veía radiante, bella. La emoción no impidió la lucidez al manifestar su alegría y, desplegando una sonrisa de gloria, dijo unas palabras que recogí con atención especialísima: “El tiempo de Dios es perfecto”.

Caterine hacía referencia a las dificultades que había tenido en anteriores competencias, pero yo sentí que iba más allá de lo deportivo y hablaba de un orden universal de las cosas, ese equilibrio delicado sobre el que se apoya el universo y que se opone al gran caos. Y, aunque a veces la brutal realidad haga parecer que estamos a punto de estallar, que nada importa, que no existen reglas, estoy convencida de que hay un orden superior, una ingeniería perfecta que hace que todo se acomode y los hechos sucedan en su momento. Incluso aquellos que, por terribles o dolorosos, no alcanzamos a comprender desde nuestra pequeña dimensión humana.

Resumida en su máxima ante las cámaras, Caterine ponía de manifiesto toda una profesión de fe. Una fe que no siempre reclama misticismo, sino que marca límites y encuadra nuestra existencia. Esa fe nos da la certeza de saber que nada sucede fuera de ese orden universal en el que nos movemos, pero no significa un determinismo existencial. Lejos de eso, el libre albedrío es parte de la grandeza del ser humano y, para los creyentes, la mayor manifestación del amor de Dios.

Más de una vez, cuando la desesperación campea, sentimos que Dios anda distraído y se demora demasiado en atendernos. La fe se debilita. Nos llenamos de resentimiento. Huérfanos, solos, perdidos, nos preguntamos qué clase de padre abandona a sus hijos. Descreemos.

Es una mirada egocéntrica. ¿Por qué a mí? nos preguntamos. Pero la pregunta es otra: ¿Para qué a mí? Después de todo, yo no soy el centro del mundo. Soy solo una pieza. Una pieza única, es cierto, pero no la más importante. Los sueños de los demás también cuentan. Lo que me suceda es parte de ese orden y tiene sus razones, aunque yo no las entienda.

Si alcanzamos la certeza de que todo sucede por un motivo y a su tiempo, habrá un consuelo a la pena. No una anestesia a la rebeldía, no un conformismo, no una pasividad ante el horror, sino una serenidad que nos fortalezca para el resto del trayecto. Porque por más fe que se tenga, por más Dios que nos acompañe, por más que su tiempo sea perfecto, la medida del hombre no se da en la espera, sino en la construcción libre y responsable de sus días.