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EL PAÍS |

En la rambla, un alegre festival de música cristiana

En un país laico como Uruguay, la música cristiana no es pasión de multitudes. Pero tiene sus seguidores. Y crece. Es una categoría de los premios Graffiti e incluso tienen sus propios galardones: los Sion Awards, que en abril premiaron a artistas en 27 categorías del género. En este contexto, el sábado 3 se realizó por primera vez el festival de música cristiana Halleluyah, en la explanada de Kibón en Pocitos.

Con una gran producción, los parlantes permitieron que la palabra y las guitarras que la acompañaban, llegaran a toda la rambla. Y las enormes pantallas LED mostraron las imágenes del festival que, internet mediante, se transmitía para el mundo.

Más de 10 grupos tocaron entre las tres de la tarde y la medianoche, tres de ellos extranjeros. Cerró el grupo de parodistas Aristophanes, con una parodia sobre la vida de Don Bosco. Además de la música, hubo otras atracciones destinadas al público adolescente, desde obras de teatro hasta una pista de skate.

El festival fue organizado por la comunidad Shalom, una congregación reconocida por la Iglesia Católica, De origen brasilero, la comunidad está presente en Uruguay desde 2007. Romayb Rodríguez Fernández, miembro de la comunidad y uno de los organizadores, dice que los festivales Halleluya son “casi una marca” en el mundo: están presentes en Israel y Europa, y en Brasil son una tradición desde hace quince años. Al último festival en la ciudad brasileña de Fortaleza asistieron más de un millón y medio de personas.

Acá somos un poco menos ostentosos en cuanto a nuestra fe. Durante la tarde del sábado, alrededor de mil personas visitaron el festival. Y si para Charly García el público uruguayo es “un poco universitario”, como dijo en su reciente actuación en el Teatro de Verano, el sábado fue más bien monacal. Pero conformó a los organizadores. “Nos dijeron: estos festivales no son para Uruguay, es un país gris, pero el hombre es igual en todos lados, y el público respondió muy bien”, dice Romayb.

Ese entusiasmo, bien brasileño, de presentadores que animaban y bailarines que enseñaban coreografías, no es algo a lo que los uruguayos estemos acostumbrados. A pesar de que los evangélicos dominan la música cristiana, Romayb aclara que “nosotros no somos evangélicos, no somos Paren de Sufrir. Somos católicos. Incluso al festival vinieron dos obispos”.

Para integrar a más personas, la organización decidió no abrumar con crucifijos u otros símbolos pero la religión estuvo presente. Un cantante llamó a reivindicar el derecho a la vida y recordar qué legisladores habían votado la despenalización del aborto, “para cuando vengan a pedir el voto”. Y en un stand, los jóvenes “Movidos por la vida” se acercaban respetuosamente a repartir folletos. Incluso hubo un momento “de reflexión”, cuando el público permaneció en silencio por cinco minutos.

Y también hubo otros detalles pintorescos. Monjas sacando fotos al escenario al lado de adolescentes con remeras de “La Renga”, curas bailando un reggaeton católico y una carpa-capilla . Fuera de ella, un cura tomaba confesión.

En el stand de ventas, los fieles podían comprar las remeras del festival, junto con una variedad de estampitas, rosarios y libros de catecismo. “Por ahora, venimos bárbaro, vendimos seis biblias”, dijo la vendedora, con un optimismo -o quizás fe- envidiable. (FRANCISCO MARQUES)