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La Iglesia en los medios El pasado indígena que viajó hasta el Vaticano

EL PAIS |

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FACUNDO DE ALMEIDA

Varios argentinos están marcando la actividad cultural uruguaya. Julio Bocca en el BNS, José Miguel Onaindia en las artes escénicas, y Facundo de Almeida desde la dirección del Mapi. Ahora, el museo de arte indígena de la calle 25 de Mayo busca recaudar fondos para seguir mejorando su sede. Lo hará a través de una cena beneficio y su director habló con El País sobre este nuevo paso.

CARLOS REYES
—Los museos han cambiado mucho. ¿Cuánto cambió hoy el campo de acción del Mapi?

—Cambió completamente. Hasta como se concebía hasta hace muy poco, era como en el siglo XIX: un lugar para que una elite ilustrada pueda acceder a objetos raros, dicho rápidamente pero para que se entienda la idea. A partir de la democratización del acceso a la cultura, cambió la función. Incluso ahora el museo no sólo recibe público: tiene que ir a buscarlo. Por eso ahora vamos a hacer una exposición y un café literario en la Feria del Libro. Somos un servicio público.

—¿Y cuál es el límite de eso?

—La imaginación. Yo he escuchado por los pasillos que el Mapi se convirtió en un centro cultural, como crítica, y para mí es el elogio más grande que me pueden hacer. Nuestra misión prioritaria es hacer visible algo que es completamente invisible en el Uruguay, que es lo indígena americano. Acá no habrá grupos indígenas activos, como en otros países, pero lo indígena forma parte de la identidad uruguaya. Y eso va desde un seminario de expertos para arqueólogos, hasta un taller de cocina para niños. O un coro dirigido por Cristina García Banegas, como lo estamos haciendo todos los sábados a las 11 horas, con niños cantando canciones en quechua.

—¿Qué fin tienen estos fondos que buscan recaudar?

—Es para obras de infraestructura, y la principal es la construcción de un auditorio. Estas obras las estamos haciendo en el marco de un convenio con Uruguay Trabaja, del Mides, que tenemos hace cuatro años. Ellos ponen la mano de obra y el personal técnico, y nosotros los materiales. Y con la obra de restauración común, más o menos lo fuimos resolviendo. Pero un auditorio demanda también equipamiento. Además, hay determinadas partes de las obras que, por ejemplo, son de mayor complejidad técnica y demandan mano de obra especializada.

—¿Cómo es el acervo del museo?

—El museo ha incrementado su acervo, como el que nos dio en comodato la Biblioteca Nacional, y algo parecido pasó con la Facultad de Arquitectura. También particulares nos han donado piezas, a partir de la mayor visibilidad del museo.

—¿Cuántas tienen en total?

—Cerca de cuatro mil piezas, lo que a nivel internacional no es tanta cantidad. Y en calidad hay de todo: tenemos por ejemplo en comodato una colección que era de Augusto Torres, que son piezas en su mayoría de grupos indígenas de América del Norte, y que son muy buenas. Tenemos 15 colecciones distintas, desde donadas hasta en comodato o en custodia. Las que nos fueron donadas son las menos: un diez o quince por ciento.

—¿Cómo se financia el Mapi?

—La Intendencia transfiere un monto anual, que es con lo que se pagan los sueldos del núcleo duro del personal fijo del museo, y se hace cargo de la luz, del teléfono y del costo del sistema de alarma. Eso lo cubre la Intendencia, más dos funcionarios municipales. Ahora, desde el papel higiénico hasta las exposiciones y las inversiones en infraestructura, lo paga la Fundación con fondos que recauda de entradas y actividades educativas. Y presentamos proyectos en cuanta convocatoria pública o privada se te ocurra, nacional o internacional. Tenemos mucho vínculo interinstitucional. A grandes rasgos, un tercio lo pone la Intendencia, otro lo generamos y otro es en convenios con terceros, aunque puede variar de un año a otro.

—Y han salido al exterior…

—Sí, el año pasado inauguramos una exposición en el Museo Vaticano sobre la presencia indígena guaraní en Uruguay, con piezas no sólo del Mapi, sino de distintos museos del país, de iglesias y de colecciones privadas. Después fue al Museo Etnográfico de Hamburgo, y en dos meses se abre en Valencia.

—¿Eso les deja dinero?

—No necesariamente. Podría dejar dinero si uno lo mirara comercialmente, pero al ir generando dinero, mejora el producto y se termina gastando el dinero. Hay más plata, hacés mejor catálogo. Pero nos da contactos e imagen, y la idea es que nos quede en cero la cuenta al final. Y, a ver, es la primera exposición de arqueología del Uruguay que sale en la historia de este país; y ellos pagan muchos gastos: Hamburgo estuvo empapelada con 20 mil afiches de Uruguay en Guaraní.

Exposición: un puente entre Siberia y nosotros.
El martes 10 de noviembre en el Radisson a las 20 horas tendrá lugar una cena a beneficio del Mapi, para sus obras de mejoras de la sede. El bono cuesta 100 dólares y el contacto se realiza a través del mail: cena@mapi.uy.

A su vez, el museo se está preparando para recibir las exposiciones Fotografiando el Far East y Entre dos mundos: chamanismo en Siberia, una coproducción entre el Museo Ruso de Etnografía de San Petersburgo y el Museo Valenciano de Etnología.

Las mismas están conformadas por 33 objetos etnográficos del siglo XIX y principios del XX, y 99 copias de fotografías históricas de ese mismo período, referidos a la temática del chamanismo en los grupos siberianos.

Estas exposiciones se presentaron en Valencia y luego el material retornó a San Petersburgo, desde donde vendrá directamente a Montevideo.

Estará seis meses en el Mapi, dado que es el plazo máximo que las autoridades rusas autorizan la salida de este tipo de piezas del país. Será una oportunidad para tomar contacto con las prácticas de los indígenas siberianos, a partir de remanentes materiales, asociados a prácticas rituales chamánicas, así como de valiosas fotografías históricas de estos lejanos grupos asiáticos.