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La Iglesia en los medios El papel de la Iglesia Católica en la dictadura argentina

LA REPÚBLICA |

Investigación. “Profeta del genocidio” a 40 años del golpe

Dos investigadores argentinos, Lucas Bilbao y Ariel Lede, concluyeron el primer estudio sistemático acerca del Vicariato castrense y la responsabilidad que le cupo a la Iglesia Católica en la última dictadura argentina.
Dicho trabajo -les llevó seis años de investigación- quedó plasmado en un libro de reciente aparición: “Profeta del genocidio”, en referencia al obispo Victorio Manuel Bonamín de cuyos diarios se valieron los investigadores sociales para desentramar los oscuros y aberrantes hechos cometidos por los militares entre 1976 y 1983 con la complacencia de muchos religiosos.
El trabajo fue presentado a 40 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, que desangró la nación hermana y dejó miles de desaparecidos.
La investigación confirma la presencia de los capellanes en los centros clandestinos de detención, y explica su rol al legitimar la tortura como método utilizado por los genocidas, y el consuelo moral a los problemas de conciencia de los represores; en otras palabras, confirman también el rol que jugó la Iglesia Católica, o gran parte de sus integrantes, en la represión llevada adelante por las fuerzas armadas enmarcada en el Plan Cóndor que se extendió por todo el Cono Sur.
Horacio Verbitsky dice en el prólogo del libro que constituye “el primer análisis sobre el Vicariato castrense y los capellanes en la Argentina a partir de los diarios personales (1975-1976) de Victorio Bonamín, obispo de las Fuerzas Armadas al comienzo de la dictadura, un testimonio de la participación de parte de la Iglesia Católica en el terrorismo de Estado”.
“Las Fuerzas Armadas que en 1976 derrocaron a un gobierno electo para instituir una dictadura sanguinaria recibieron durante las dos décadas previas una formación intensiva en contrainsurgencia y guerra contrarrevolucionaria, con decisiva influencia de la Iglesia Católica Apostólica Romana, a través de su Vicariato castrense. La única figura que atravesó ese período con participación determinante fue el protagonista de este libro, Victorio Bonamín…”
Los investigadores recibieron el diario personal de Bonamín de manos del archivista eclesiástico, sacerdote de la orden de los jesuitas José María Meissegeier.
En dicho diario Bonamín refleja que las visitas a las unidades militares tenían un cometido amplio. “En la Escuela de Infantería Campo de Mayo, invitado por el director coronel García. Debía ir para cenar y luego entretenerme 15 minutos con la Compañía ‘General Paiva’ que se está entrenando tipo comando para la lucha anti-guerrilla, ¡aguerridísima! Pero me encontré con que toda la escuela estaba esperándome para una conferencia en el salón. Improvisé sobre religión y combate. Después sí, cena y ‘buenas noches’ (tema pedido: matar en combate) (Hay intranquilidades de conciencia) De regreso salimos cerca de las 23.”
En otros tramos deja asentado el poder de la vicaría castrense. El 6 de febrero de 1976, 45 días antes del golpe, escribió: “Gral. Buasso, vino a saludar a Monseñor Tortolo, de paso quiso conversar conmigo ‘sobre lo que va a pasar’. Conveniencia seria de prevenir a la Santa Sede por si son detenidos algunos sacerdotes”. La referencia confirma la estrecha comunicación con el Vaticano, incluso para advertir la detención de sacerdotes, o de otras personas, como el ex ministro de Isabel, Antonio Cafiero, que había sido nombrado embajador ante el Vaticano un día antes del golpe. El 14 de abril, entre otras reuniones, Bonamín recuerda que “Nunciatura pide transmitir al Almirante Massera no encarcelar al ex ministro Cafiero”, y “comprobamos -cuenta Bilbao- que ese mismo día detuvieron a Cafiero según se desprende de su autobiografía”, lo que muestra la profundidad del entrecruzamiento de datos que hicieron a partir del propio trazo de Bonamín, prueba irrefutable y en primera persona de la relación entre la Iglesia y las Fuerzas Armadas que deja en evidencia el enorme silencio que todavía guarda su episcopado, especialmente “porque muchos de esos 400 capellanes siguen vivos y sin decir una palabra”, recuerdan los investigadores.
“Profeta del genocidio” desnuda la estrecha relación de muchos religiosos con los genocidas de la última dictadura argentina.