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La Iglesia en los medios El “horizonte” de la Iglesia Católica es crecer en los “barrios populares” de Montevideo, en los cuales la “secularización es más profunda”

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LA ZONA DE CARRASCO, MALVÍN Y PUNTA GORDA ES LA ÚNICA DONDE NO CAYÓ LA ASISTENCIA A MISA EN LOS ÚLTIMOS 20 AÑOS; EL ARZOBISPO DANIEL STURLA INICIÓ CAMBIOS EN LA INSTITUCIÓN, PORQUE “NO ENTUSIASMA” A SUS INTEGRANTES

El arzobispo de Montevideo, Daniel Sturla, puede recitar de memoria decenas de ejemplos del trabajo social que desarrollan organizaciones católicas en los barrios de la ciudad. Pero la presencia en el territorio no redunda en un aumento de los fieles. Ni siquiera impide que año a año descienda la cantidad de gente que participa en actividades de la Iglesia.

A Sturla eso le preocupa. Si bien entiende que las obras de la Iglesia en los “barrios populares” tienen “muy buena” aceptación, cree que corren el riesgo de ser puro “asistencialismo” si no “van al fondo” y logran que las personas “conozcan a Jesucristo”. Es que para la máxima autoridad católica en Montevideo, el “horizonte” de la institución es aumentar la cantidad de fieles en las zonas más pobres, que es donde “la secularización ha llegado de un modo muy profundo”.

Revertir la caída de población católica y volver a crecer no es sencillo, porque se trata de un problema “estructural” que excede incluso las medidas que pueda tomar la Iglesia. Eso surge del análisis que el equipo del arzobispo elabora desde hace meses y que será la base de la estrategia a largo plazo de la institución.

En el corto plazo, no obstante, Sturla ya inició cambios en la estructura interna del Arzobispado con el objetivo de dar vitalidad a una organización que “no entusiasma” a sus integrantes.

Batllismo anticlerical. Ni bien asumió en marzo como arzobispo de Montevideo, Sturla comenzó un análisis profundo de la situación de la Iglesia capitalina para después aplicar cambios en la institución y en su despliegue territorial. El proceso, que continúa, incluyó reuniones con sacerdotes, religiosos y referentes laicos. De esa ronda de discusiones, las autoridades religiosas sacaron algunas conclusiones primarias.

Los números marcan que entre 1989 y 2013 los matrimonios celebrados por la Iglesia de Montevideo cayeron 75%, los bautismos 56%, las comuniones 42% y la asistencia a misas 51%. Además, mientras que en 1997 el 56% de los uruguayos decían que eran católicos, en 2011 ese porcentaje disminuyó a 36%. “De los datos, parecería que la caída de participación trasciende las propuestas pastorales de cada parroquia y cura, ya que son consistentes en todas las zonas y promedialmente en todas las parroquias”, dice un informe elaborado para el arzobispo (Búsqueda Nº 1.785).

La caída en la cantidad de fieles no es un problema exclusivo de la Iglesia Católica uruguaya. Según un estudio del Pew Research Center sobre las creencias y prácticas religiosas en 18 países de América Latina — que por estos días llegó al correo electrónico de Sturla—, el número de fieles en la región descendió 20% en los últimos 50 años. “El tema es que en Uruguay cayó 50%”, dice el arzobispo a Búsqueda mientras mira su laptop.

Uruguay tiene una característica única en la región, según Sturla. “El gran drama de Montevideo es que la secularización ha llegado de un modo muy profundo a los ambientes más populares”. En la zona de la costa “hay mucha participación en las misas, que rebosan de jóvenes”, explica. Los datos del Arzobispado indican que en los últimos 20 años la asistencia a misa cayó 37% en toda la capital, pero en la zona que abarca Buceo, Malvín, Punta Gorda, Carrasco y Carrasco Norte no solo no descendió la concurrencia, sino que creció 4%. El problema, añade, es que “vas para el norte de la ciudad y te encontrás con mucha menos gente, muchas más mujeres, muchos menos varones y muchos menos jóvenes”.

Sturla sostiene que la “secularización llegó a los pobres” de un modo mucho “más fuerte que a la clase media y alta”, lo que es “un fenómeno raro en el mundo”. El arzobispo cree que la influencia del Batllismo de comienzos del siglo XX influyó en ese proceso. “Se confundió en Uruguay laicidad con agnosticismo —dice—. Y ese es un problema, porque el agnosticismo es una postura y la laicidad tendría que ser no tomar ninguna postura”. El otro factor “estuvo dado porque el Batllismo como tal, que fue muy popular, tenía una postura muy anticlerical y eso desprestigió mucho al clero, a la Iglesia”.

El arzobispo no reduce su análisis a causas históricas. Porque Sturla conoce decenas de ejemplos de obras sociales que desarrolla la Iglesia en los “barrios populares”, los visita cuando puede y los menciona en cada entrevista. “No hay noche de la semana en que un grupo de jóvenes no salga a dar comida, a encontrarse con gente en situación de calle”, asegura. La falla está entonces en que la Iglesia “no logra conectar en su mensaje religioso” con los más pobres. “La comunicación es lo que nos está fallando, el cómo llegas, cómo te comunicas con el otro que está lejos”.

Para Sturla “el horizonte” de su gestión es que la Iglesia crezca en esos “barrios populares” y sea “más profundo”. El trabajo social tiene que llegar “al fondo de la persona”, opina, porque de lo contrario “termina siendo asistencialismo”.

“No se trata de proselitismo”, dice, y añade enseguida: “Se trata de que el servicio más grande de la Iglesia es anunciar a Jesucristo y eso lo ves después cuando en un barrio trabajás bien, porque no solo la promoción social llega más hondo, sino que la persona que se encuentra con Cristo sale de situaciones de drogadicción, de alcoholismo, retoma su vida de familia y en la casa hay más paz”.

Entusiasmo. Mientras sigue el análisis sobre el “impacto religioso” en Montevideo, Sturla inició cambios en la interna. Es que una de las primeras cosas que constató cuando se reunió con muchos sacerdotes y laicos de Montevideo es que se necesitaban cambios. La estructura del Arzobispado tiene 40 años de antigüedad y “necesita un aire nuevo”.

La reforma, presentada el sábado 15 en la interna de la institución, pretende dar más espacio a la participación de los laicos, quienes podrán ocupar cargos de res­ponsabilidad en algunos “servicios” —como el trabajo en cárceles o en temas de salud o educación— que antes estaban dirigidos por sacerdotes. Además, se modifica el despliegue territorial del arzobispado. La capital estaba dividida en 10 zonas, pero ahora se redujo a cuatro: la Sur, que abarca del Centro hasta el Prado; la Este, que cubre los barrios de la costa; la Oeste, que llega hasta Santa Lucía pero que también incluye “barrios populares” como La Teja, el Cerro, y la Norte, que tiene una parte rural y también “barrios bastante carenciados”.

El objetivo de los cambios, dice Sturla, es que se “renueve” el “espíritu”, porque la estructura del arzobispado “ya no entusiasma”.