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La Iglesia en los medios El fútbol no pudo, ¿podrá la fe?

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Columna de Denise Mota

A partir del lunes, cuando el “primer papa latinoamericano” aterrice en Rio de Janeiro para la 28ª Jornada Mundial de la Juventud, estrella de una programación de una semana en el país “con el mayor número de católicos del mundo”, se podrá ver si la fe tiene la capacidad de lograr lo que el fútbol no pudo: reunir a los brasileños en torno a un evento internacional sin que las protestas, los saqueos y la violencia sean protagonistas.

Se dice mucho en Brasil que el fútbol y la religión son los “opios” del pueblo. Se trata de una adaptación verde y amarilla de la célebre asociación de Marx (que comparaba la fe a la droga) pero también de Kant, Heine y otros alemanes que propusieron esta reflexión por primera vez en el siglo XIX. Así, entonces, podemos pensar que el opio de la pelota no pudo narcotizar a las masas enfurecidas por la falta generalizada de infraestructura y los altos grados de corrupción en el país. Veamos si el opio de la fe es más eficaz.

Por parte de los gobiernos central, estadual y municipal de la capital carioca, el estrés número uno es que ninguna piedrita toque a Su Santidad, cosa que se vuelve particularmente difícil dada la personalidad de Francisco, a quien le gusta el contacto con la gente y que por esto ya dispensó el uso de un vehículo blindado y cerrado para moverse entre los fieles. Jorge Bergoglio desfilará en un jeep abierto, algo que no se usa desde 1981, cuando Juan Pablo II sufrió un atentado en Roma.

La decisión viene generando desasosiego entre los 20.000 hombres destacados para impedir que las cosas salgan del guión, entre gente de las Fuerzas Armadas, policía civil y militar, bomberos, Defensa Civil y Fuerza Nacional de Seguridad. Otros 2.600 militares estarán acuartelados para entrar en acción en caso que haya algún tipo de emergencia. Puertos, aeropuertos, centros de abastecimiento de agua y electricidad, puntos clave de telecomunicaciones y transportes también estarán vigilados.

Militares y policías sin uniforme estarán alrededor del papa durante toda su estada en Brasil. En el llamado “Campus Fidei” (campo de la fe), y en un radio de 4 km de este lugar, en Guaratiba (zona oeste de Rio, en donde Francisco rezará la misa de cierre de la jornada), habrá 7.000 militares del Ejército y de la Armada. No estará permitida la entrada de manifestantes (como si la gente no fuera viva lo suficiente para, si quiere, entrar tranquilamente y después armar cualquier despelote ya adentro), tampoco personas con máscaras. Es decir que Anonymous quedará afuera esta vez.

Serán revistados “solamente los que estén en actitudes sospechosas”. No fueran explicitadas cuáles serían estas actitudes… ¿No usar crucifijo? ¿Vestir una remera con la cara del Che, y no la de Jesús? ¿No saber todo el Padre Nuestro? ¿Rezar poco? ¿Rezar mucho? Como diferencial, y para señalar la capacitación de los que estarán celando la seguridad de Francisco y los peregrinos, se informa que el contingente militar designado está formado por gente con “experiencia en acciones en Haití y con conocimiento de idiomas”. Una vez más, no llega a ser suficientemente claro el razonamiento.

En el altar, a pocos metros de Bergoglio, habrá 400 militares, sin estar uniformados. Entre los fieles, estarán circulando otros 800, también vestidos en trajes civiles. Y un tercer equipo observará a la muchedumbre desde lo alto, en torres de vigilancia. Un poco más y no se podrá saber si el que da la hostia es un cardenal o un veterano de la Minustah.

El papa queda en Brasil por seis días, hasta el 28 de julio, y se encontrará con la presidente Dilma Rousseff, y con el gobernador y el alcalde de Rio, Sergio Cabral y Eduardo Paes, respectivamente –todos lo esperarán a las 16 horas de este lunes, en el aeropuerto. También visitará una favela “pacificada” (ojo ahí, los poliglotas de Haití) y recibirá a jóvenes que están detenidos y otros en recuperación de adicciones. El miércoles va a Aparecida, en el interior de San Pablo y en donde se localiza la mayor basílica del país, dedicada a la santa patrona de los brasileños, Nuestra Señora Aparecida. Allí rezará una misa a las 10.30. Al día siguiente, ya de vuelta a Rio, recibirá las llaves de la ciudad e integrará una ceremonia para los jóvenes en la playa de Copacabana. También sobrevolará el Cristo, antes de volver al Vaticano a las 19h del domingo.

Francisco ha mantenido estrecho contacto con sus seguidores, no sólo en la fe sino también en el Twitter, donde reúne 2,7 millones de ellos. Está confiado en que su mensaje de una Iglesia más humilde, su devoción a la Virgen de Aparecida y su acercamiento a los jóvenes le dan inmunidad a la ola de protestas que viene asustando a más de un extranjero con planes (muchos de ellos abortados) de pisar en el país del Carnaval. Joseph Blatter — presidente de FIFA, que ha cuestionado recientemente si no fue un error darle el Mundial 2014 a Brasil (con la petulancia de siempre pero en Austria, prudentemente a 10.000 km de distancia de cualquier barricada) — podría hablar horas sobre el tema.

Aunque el Vaticano, en sus declaraciones recientes con relación a este viaje, trate de remarcar la idea de que la conflictividad candente en Brasil no “es contra el papa ni la Iglesia”, la Abin – Agencia Brasileña de Inteligencia (que, convengamos, no quedó muy bien parada después que la cascada de protestas explotó de Amazonia a Porto Alegre sin que nadie las hubiera olfateado ni siquiera de lejos) prevé que las manifestaciones serán “la principal amenaza” a la visita del pontífice. Bergoglio está tranquilo. El Vaticano, no tanto. Prefiere decir, en las palabras de su vocero, Federico Lombardi, que “confía” en las autoridades brasileñas. Más vale hacer como el papa, y confiar en Dios.

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