Iglesia al día

" En este tiempo de pandemia, que dejó sin efecto o en suspenso tantos proyectos personales y colectivos... damos, en primer lugar, gracias a Dios por todo lo bueno que hizo surgir en los corazones de hombres y mujeres de nuestra tierra. En todo ello encontramos motivos de esperanza. "
Mirando con Dios este tiempo

La Iglesia en los medios EDITORIAL: La reforma de Gonzalo

EL PAÍS |

JAVIER GARCÍA

Ciento setenta alumnos van a clase todas las mañanas, impecables, con un uniforme simple de remera, campera, pantalón o pollera gris. Si alguno falta, un docente va a su casa y si el motivo lo exige lo hace el propio director. Viven en la zona más pobre de Montevideo: Casavalle, Marconi, el Cuarenta Semanas, Borro, el Palomar. El 60% de ellos integran un hogar que está por debajo de la línea de pobreza y el restante 40% de indigencia.

La primera vez que conocí el Liceo Jubilar fui sobre las nueve de la mañana, reinaba un silencio bibliotecario, mientras en clase estudiaban y participaban. Se “sentía” el silencio. Le comenté al director que me impresionaba el ambiente reinante. Me sorprendió su respuesta, que además es la llave del éxito: “como nos importan tanto los gurises, acá la disciplina es muy fuerte”, y mientras decía eso pasaron tres chiquilines y lo abrazaron, Gonzalo los llamó por su nombre, les acarició la cabeza y les dio un beso. Los muchachos no parecían muy preocupados por las exigencias de disciplina.

En el Jubilar las clases empiezan en febrero, un mes antes que el resto del sistema público, porque también el Jubilar es público, aunque de gestión privada. Se imparten 1.200 horas de clase, frente a las 700 del resto del sistema. Van a clase 230 días al año, 50 más que los demás. En el recreo, mientras juegan y desayunan algún bizcocho provisto por voluntarios y padres, dos estudiantes elegidos al azar “auditan” el barrido de los salones que previamente hicieron otros estudiantes que rotan en su tarea diariamente, escoba y pala en mano. Al final, en el patio, en asamblea de alumnos, adscriptos y dirección y con un simple “dedo para arriba o abajo” se califica el trabajo democráticamente. Perplejo pregunté, ¿y esto? Es lo que corresponde me apuntó una docente, esta es su casa y la casa se cuida.

La sala de informática con sus treinta pantallas es la envidia de cualquier colegio privado. Allí desde la ventana se ve el contraste de esa realidad con el entorno de un barrio extrapobre. Tienen cinco horas de inglés a la semana en un instituto del Centro. Fútbol, rugby, liceo extraedad con 70 alumnos, talleres y el proyecto “Belén” de viviendas con un arquitecto que lo dirige.

Resultados: mientras la repetición en Primero de liceo en el sistema general público ronda el 40%, aquí no supera el 1%. En Uruguay la deserción liceal trepa casi al 70%, en el Jubilar es nula. El presupuesto destinado por alumno en cada lugar es similar. Los docentes son los mismos. ¿Cuál es la fórmula?

Esto no es un milagro, dice el Director Gonzalo Aemilius, cura joven de 34 años, y educador. “Acá lo único que importa son los chiquilines, y como nos importan tanto los exigimos mucho, ellos pueden y se lo demostramos. Tiene derechos y obligaciones, y se las hacemos saber y cumplir. Los queremos mucho y por eso les pedimos tanto.”

Esta semana conocimos una mala noticia: el padre Aemilius dejará el Jubilar por decisión de su superior. Con su trabajo demostró que mientras la educación se desmorona con resultados pésimos y las corporaciones se pelean por el poder en la educación, él hizo una verdadera revolución educativa, con resultados extraordinarios.

No es necesario viajar a Finlandia, está en Casavalle. Fue simple, definió que lo más importante son los gurises y los exige. No es un milagro como dice Aemilius… pero parece serlo.

Gracias Gonzalo.