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San José y el servicio

San José y el servicio

En este año de san José, nos detenemos frente al sueño que Dios tuvo para él, y nos animamos a preguntarnos cuál es el sueño de Dios para nosotros. Pero juntamente con el sueño de Dios para nosotros, con su llamado, viene nuestra respuesta, que se concreta en un servicio disponible y en un cuidado atento, como lo hizo san José.

Para san José el servicio fue la expresión concreta del don de sí mismo, no como un ideal elevado y lejano, sino como un vivir cotidiano. San José vivió enteramente para los demás, nunca para sí mismo, en un servicio que significa una entrega, en una capacidad de amor sin retener nada para uno mismo, basado y sostenido en un amor más grande, el amor del Padre. Por eso hoy nos preguntamos ¿cómo vivo yo mi entrega hacia los demás? ¿Me genera miedo entregar totalmente mi vida?

La entrega de san José debió realizarse en unas circunstancias en las cuales se debía adaptar constantemente a nuevas realidades, debiendo contar siempre con una disponibilidad absoluta a la voluntad de Dios. En el mensaje del Para Francisco para la 58 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, nos dice que san José era la “mano tendida del Padre celestial hacia su Hijo en la tierra”. Nuestro servicio, basado en la entrega y disponibilidad de san José, también debe ser esa mano tendida hacia las necesidades de nuestros hermanos, por eso nos preguntamos ¿a quién tiendo la mano yo? ¿De qué forma lo hago? ¿Qué genera en mí?

Es precisamente esta entrega y disponibilidad de san José, lo que le ha convertido en el “custodio de las vocaciones”, como le llama el Papa Francisco en este último mensaje, debido a su atenta vigilancia que procede de su disponibilidad de servir. Es justamente ese cuidado atento y solícito un signo de una vocación realizada, testimonio de una vida tocada por el amor de Dios. Por eso, también nosotros nos preguntamos ¿cómo estamos custodiando nuestra vida, don de Dios? ¿Cómo ayudamos a custodiar la vida de nuestros hermanos? ¿Cómo custodio yo mi vocación?

Luego de este momento de reflexión, ponemos a los pies de san José todo lo que hemos rezado gracias a su testimonio de servicio, y escuchamos la siguiente canción:

Para finalizar, le pedimos a san José, custodio de las vocaciones, que custodie nuestras vocaciones y nuestras vidas, para que podamos ser nosotros también “mano tendida” del Padre para con nuestros hermanos en la vocación que el Padre ha soñado para cada uno de nosotros. Finalizamos rezando el “Acuérdate” a san José:

¡Acuérdate!

¡Oh castísimo esposo de la Virgen María

y dulce protector mío, san José,

que jamás se ha oído decir

que ninguno de los que han invocado tu protección

e implorado tu auxilio haya quedado sin consuelo!

 

Animado con esta confianza,

vengo a tu presencia y me encomiendo fervorosamente a tu bondad.

No desatiendas mis súplicas, oh padre adoptivo del Redentor,

antes bien acógelas propicio

 y dígnate acceder a ellas piadosamente. Amén.

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