Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

VIGÉSIMO DOMINGO DURANTE EL AÑO,

Ciclo “B”

15-16 de agosto 2015

La casa de doña Sabiduría

[Cod Sangallen 135. Siglos 10°-11°

www.cesg.unifr.ch ]

Pez (símbolo de Cristo) y Pan eucarístico

[Catacumba de san Calixto,

Roma, entre siglos 3º y 4º]

 

Introducción

 

En este domingo proclamamos la parte más específicamente eucarística del discurso del Pan de la Vida. Sería bueno que estos domingos en que proclamamos el capítulo seis de san Juan -nos quedan éste y el próximo- ambientemos la celebración, y la homilía, de modo que crezca nuestra gratitud por el sacramento central y entrañable que nos legó Jesús, situándolas en el marco del año de la misericordia.

 

0.1.- Los comentaristas señalan cómo la inserción de los vv. 51c-58 dan al conjunto de Juan seis una tonalidad eucarística. Se produce una especie de efecto de retroacción y retroalimentación: el lector de Juan, que tiene una larga práctica de la eucaristía, la reconoce allí presente en cada uno de los versículos.

Eucaristía o fe: en los comentaristas a este capítulo seis se ha planteado muchas veces el dilema en términos de exclusión; hasta el v. 51, se hablaría únicamente de la fe y, a partir del v. 51c, se trataría únicamente de la eucaristía. Pero de hecho hemos de decir que la eucaristía y la fe, los dos términos, están presentes por todas partes. La fe es la cuestión fundamental que está resonando en tiempos del Éxodo, en tiempos de Jesús y en tiempos de la Iglesia, -¡especialmente en el año de la fe!-. Lo que ocurre es que la decisión de la fe se toma ante la Ley (palabra de Dios) en tiempos del Éxodo, ante Jesús encarnado durante el tiempo de su presencia en la tierra, y ante la presencia sacramental en tiempos de la Iglesia.

Algunos comentaristas, más sensibles a las rupturas del texto que a su coherencia, nos hacen observar que existe una contradicción entre el v. 63 (es el espíritu el que vivifica y la carne no sirve para nada) y el lenguaje realista de los vv. 53-55 que sacralizan la carne de Jesús que es preciso comer. Pero si se tiene en cuenta la observación hecha más arriba, se da por el contrario una coherencia perfecta. Efectivamente, el rito eucarístico pone el acento en una especie de realismo, pero recordemos y subrayemos que no se trata, ni mucho menos, de prácticas mágicas de antropofagia.

Hay comentarios que insisten en el sentido chocante del verbo trógein (comer la carne), que significa realmente en griego clásico “masticar”, “mascar”, “triturar” , la mayor parte de las veces. Pero de hecho esta connotación no aparece en el Nuevo Testamento (leer Mt 24, 38; Jn 13, 18). No obstante, no hemos de suavizar este realismo, ya que se trata del realismo de la encarnación. Juan insiste en la obligación de comer la carne del Hijo del hombre y de beber su sangre (v. 53) en contra de los docetas que en el momento de la redacción del Evangelio negaban el realismo y la realidad de la encarnación. La celebración de la eucaristía -con su realismo sacramental- es por tanto el signo y el sello de la verdadera humanidad de Jesús. Pero el alcance (y la condición de la eucaristía) sigue siendo el mismo que en tiempos de Jesús: se trata de la fe en aquel cuyo cuerpo ha sido entregado para que el mundo viva (v. 51). Este v. 51 constituye una especie de bisagra que hace pasar del tiempo de la presencia al tiempo de la mediación sacramental. Entre estos dos períodos se prosigue la misma trama, es decir, el intento de alcanzar a Jesús en la fe y hasta de “seguir con él” (v. 56). La comprensión realista de la comida sacramental (comer la carne, beber la sangre) no tiene nada de mágico. A través de esa comida, el mismo Jesús se une a quienes lo reciben (v. 56); ellos viven a través de él; los resucitará al final de los tiempos (v. 54). El alimento sacramental (vino-pan) no es más que un medio para llegar a una unión personal con él.

 

0.2.- En Juan seis se pasa de la figura a la realidad, del símbolo al verdadero pan; sin embargo, el texto se abre permanentemente a un más allá. Es curioso comprobar cómo por tres veces aparece como leitmotiv la fórmula Yo lo resucitaré el último día (vv. 40.44.54). Se ha querido a veces presentar a Juan como partidario de una escatología totalmente realizada ya ahora. Es cierto que él subraya, más a menudo que los otros evangelistas, el ya de la salvación y la realización ya desde ahora del juicio final: Sí, se lo aseguro: Quien oye mi mensaje y da fe al que me envió, posee vida eterna y no se le llama a juicio; no, ya ha pasado de la muerte a la vida (5, 24). En realidad, ese ya sigue estando abierto a un todavía no: Quien tiene fe, posee vida eterna (v. 47); y también: Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna (v. 54). De esta forma, la eucaristía es premisa de la comunión total con el Padre por el Hijo, el día de la resurrección. Ese es el ya del banquete mesiánico y la seguridad de que caminamos hacia él en el todavía no[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Proverbios 9,1-6

 

1.1.- La sabiduría es presentada, en esta Lectura, como una gran dama (Dama Sabiduría) que, habiendo concluido la construcción de su palacio, preparó un banquete, despachando a sus servidoras por toda la ciudad para llamar a los invitados. Son invitados los inexpertos[2] (en el leccionario: ‘incauto(s)’) y los falto(s) de entendimiento (v. 4). El inexperto-incauto es aquel que aun no ha considerado atentamente la realidad, y por eso mismo ‘inmaduro’ y ‘desprovisto-de’. Alguien que con toda razón puede ser calificado como ‘tonto’, pero que a diferencia del ‘necio’, no lo es por elección. Por eso mismo, si acepta la invitación de Dama Sabiduría puede llegar a ser ‘sabio’. La inexperiencia no es aun necedad, pero no deja por eso de constituir un gran riesgo, ya que con gran facilidad el inexperto e imprudente termina metiéndose en problemas (leer Pr 22,3; 27,12). No discierne correctamente las propuestas que le sobrevienen o se le proponen (14,15) y por eso se extravía y/o deja extraviar con gran facilidad.

Falto de entendimiento. Sería mejor traducir sin-corazón, tal como dice literalmente el hebreo. Es en el corazón, en las profundidades de la interioridad personal, en donde se discierne, conoce, evalúa, reflexiona, desea, proyecta, y atesora lo esencial (el propio tesoro: leer Mt 6,21; Lc 12,34). El órgano de la sabiduría es el corazón (leer 2,10; 14,33; 16,23). Es posible ser ‘faltos-de-corazón’, en el sentido de ser personas interiormente vacías, inconsistentes, carentes de profundidad…

 

1.2.- A esos inexpertos-simples-incautos-ingenuos es a quienes invita Doña Sabiduría. Si su ramplonería es debida a un no haberse hecho conscientes de lo que les hace falta, entonces la invitación los hará caer en la cuenta que existe la posibilidad de superarla. Al proponerles una atenta consideración de la realidad (el camino de la inteligencia del v.6 que también podría traducirse como camino de la sabiduría/perspicacia/pericia/juicio) Dama Sabiduría les está ofreciendo vida: ¡la vida misma! [conexión directísima con el evangelio]. La metáfora del alimento resulta transparente: la sabiduría da vida y energía; se constituye en el mejor de los alimentos para el “corazón”, siendo el más nutritivo de cuantos existen para que lo libe ese misterioso órgano de la sabiduría que la Escritura denomina “corazón”. Constituye una “obligación”, casi un deber, aceptar la invitación, puesto que el destino de la inconsistencia interior es el de dejarse seducir y engatusar por engañosas promesas de felicidad y de vida, como ocurre con quienes escuchan la voz seductora de Dama Locura, que invita al banquete de la muerte (leer 9,13-18), o como el joven inexperto que se deja envolver por quien seductoramente le sale al paso (7,7). La vacuidad interior arruina la vida, porque sin discernimiento alguno, se hace incapaz de huir de los encantos/encantamientos varios, que tintineantes y rutilantes le saldrán al paso con propuestas fascinantes, pero inconsistentes y ruinosas (leer 22,3 = 27,12; Os 7,11). Es signo de sabiduría saber reconocer las propias limitaciones, los límites de la propia inteligencia, no poniendo la confianza exclusivamente en ella, sino inscribiéndose en la ‘escuela del Señor’ (ver 3,5), porque conocer al Señor, es inteligencia (9,10), y el simple/ingenuo es hecho sabio/instruido por el precepto del Señor (Sal 19[18],8).

 

 

Segunda Lectura: carta a los Efesios 5,15-20

 

2.1.- Despertarse con Cristo (5,7-14)

La oposición tradicional entre luz y tinieblas inspira al autor una serie de variaciones, sin preocuparse mucho de la coherencia lógica. Ocupa un gran espacio en los escritos de Qumrán, que oponen radicalmente los hijos de la luz a los hijos de las tinieblas (así Regla de la comunidad 1, 9-10; 111,20s; Regla de la guerra, passim). Entre los textos de Pablo recordemos especialmente 1 Tes 5,4-8 y Rom 13,11-14.

La originalidad de nuestro pasaje está en la cita de un himno bautismal (v. 14), que presenta el estado de pecado como un sueño mortal. Por el bautismo el fiel se asocia a Cristo levantándose de entre los muertos y gozando de la luz de la vida. En los Padres griegos el bautismo es designado frecuentemente como iluminación (photismos).

 

2.2.- La sabiduría cristiana (5,15-17 = Col 4,5)

La exhortación a la sabiduría encierra un juicio negativo sobre el tiempo presente: ¡estos días son malos! (leer. 6,12-13). Pero no vayamos a creer que cualquier tiempo pasado fue mejor. Ya san Agustín ponía en guardia contra esta ilusión demasiado frecuente:

Hay gente que recrimina a su época y que dice que la de nuestros padres fue mejor. Si se los pudiera reconducir a la época de sus padres, ¿no seguirían quejándose también? El pasado, que tú te imaginas que era el tiempo bueno, tan sólo es bueno porque no es el tuyo.

 

2.3.-El culto espiritual (5,18-20 1/ Col 3,16-17)

La amonestación contra la embriaguez forma parte de los lugares comunes de la sabiduría de las naciones (así Pr 23,31-35). En reacción contra una ascesis de inspiración dualista, las Pastorales legitiman el uso moderado del vino (1 Tim 5,23). Como ya había hecho Filón, el autor opone la embriaguez del vino a la «sobria embriaguez[3]» que produce en nosotros el Espíritu Santo (leer Hch 2,14), especialmente en el culto comunitario. Se observará así el carácter festivo de la liturgia, que se expresa especialmente por la acción de gracias a Dios Padre por mediación de Cristo. Toda la vida debe elevar entonces hacia Dios una «alabanza de gloria».

EL CANTO DE LA PERLA

Los gnósticos suelen asociar las imágenes de la embriaguez y del sueño para designar el estado de inconsciencia de los dioses o de los hombres caídos en el mundo de la materia. Uno de los más célebres es el Canto de la Perla que se conserva en los Hechos de Tomás.

Es la historia de un hijo del rey, enviado a Egipto en busca de una perla preciosa, guardada por una serpiente. Seducido por los placeres de la mesa de los egipcios, el muchacho se olvida de su misión.

         Bajo el peso de lo que había comido, me hundí en un profundo sueño…

Los padres envían entonces una carta a su hijo:

         ¡Despiértate de tu sueño, ponte en pie y capta las palabras de nuestra carta. Piensa en la Perla, por la que fuiste a Egipto. Recuerda tu vestido glorioso, recuerda tu manto espléndido, para que puedas volver a vestirlo y adornarte con él…

Como un águila, la carta vuela hasta el muchacho.

         Al ruido de su voz, me desperté y salí de mi sueño, la recogí, la besé, rompí el sello y la leí. Las palabras de mi carta eran muy parecidas a lo que estaba escrito en mi corazón. Recordé que era hijo de reyes y que mi alma, nacida libre, suspiraba por su propia naturaleza. Recordé la Perla por la que me habían enviado a Egipto… (Según H. Jonas, La religion gnostique, París 1978, 153s)[4].

 

 

Evangelio: san Juan 6,51-59

 

3.1.- Este comentario hay que leerlo en conjunto con los de los tres domingos anteriores y en conjunción con la introducción a éste. Sólo así se obtendrá una visión panorámica que deberá complementarse con lo correspondiente a la próxima pascua semanal.

Siempre andamos hambreando ‘vida’ y continuamente andamos buscándola, recorriendo para encontrarla caminos variadísimos, muchas veces en pos de invitaciones equívocas/equivocadas, que terminan en callejones sin salida. El Evangelio de hoy nos dice: “la vida que buscas está ahí, en la Eucaristía”.

*El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él (v. 56). “Permanecer-en” es un concepto típico de san Juan. La Eucaristía produce una presencia recíproca, un ser/estar el uno en el otro, una unión íntima por la cual el Señor lleva en sí al discípulo y el discípulo a su Señor. ¿No es esto lo propio, lo típico, del amor? Cuando dos se aman de veras, cada uno lleva al otro/otra dentro suyo, vive de su presencia y en su presencia, aunque tal vez se encuentren físicamente ausentes y distantes. Es esto lo que realiza la Eucaristía: una vida que ha cesado de ser huérfana y desolada, para pasar a estar habitada por una Presencia, por una Persona.

 

3.2.- *Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí (v. 57). El que come de este pan vive por Jesús, vive a través suyo. Seguimos estando en el ámbito del amor: amar es vivir en el otro/otra, a través del otro/otra. Amar es no tener ya vida propia (¡entiéndasenos bien, por favor!), tener únicamente la vida, que a través del otro/la otra, fluye hacia mí. Esta constatación es fortísima e impactante. ¡No por nada está modelada a la luz de la Trinidad Santísima!: el Hijo nada tiene de propio, recibe su vida toda del Padre. “Por lo tanto, quien come de este pan tendrá en sí mi misma vida, que no es otra cosa que la misma vida del Padre”. Del Padre, en el Espíritu Santo, la vida pasa a Jesús, y de él fluye, en el Espíritu Santo, a aquel que come de él en el pan eucarístico. Es una misma y única Vida que a todos une y que en todos circula:

Dirige [Padre], tu mirada sobre la ofrenda de la Iglesia….,

para que fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su

Espíritu Santo, formemos en Cristo,

Un solo cuerpo y un solo espíritu (Plegaria eucarística 3ª).

Esta vida es vida también para el cuerpo: *El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día (v. 54). La Eucaristía es semilla de resurrección (¡fármaco de resurrección la llamaba san Ignacio de Antioquía!), siembra en nosotros una fuerza que llevará nuestro cuerpo a la vida eterna…

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Algunos, por ignorancia o por inadvertencia, al consagrar el cáliz del Señor y al administrarlo al pueblo no hacen lo que hizo y enseñó a hacer Jesucristo Señor y Dios nuestro, autor y maestro de este sacrificio… Ahora bien, cuando Dios inspira y manda alguna cosa, es necesario que el siervo fiel obedezca al Señor, manteniéndose libre de culpa delante de todos en no arrogarse nada por su cuenta, pues ha de temer no sea que ofenda al Señor si no hace lo que está mandado… Al ofrecer el cáliz ha de guardarse la tradición del Señor, ni hemos de hacer nosotros otra cosa más que la que el Señor hizo primeramente por nosotros, a saber, que en el cáliz que se ofrece en su conmemoración se ofrezca una mezcla de agua y vino… No puede creerse que está en el cáliz la sangre de Cristo, con la cual hemos sido redimidos y vivificados, si no hay en el cáliz el vino por el que se manifiesta la sangre de Cristo…

Vemos el misterio (sacramentum) del sacrificio del Señor prefigurado en el sacerdote Melquisedec, según el testimonio de la Escritura cuando dice: “Y Melquisedec, rey de Salem, ofreció pan y vino,” siendo sacerdote del Dios altísimo, y bendijo a Abraham (cf. Gen 14:18). Ahora bien, que Melquisedec fuera figura de Cristo lo declara el Espíritu Santo en los salmos, cuando el Padre dice al Hijo: Yo te engendré antes de la estrella de la mañana: tu eres sacerdote según el orden de Melquisedec (Sal 109:3-4). Este de orden procede y desciende evidentemente de aquel sacrificio, por hecho de que Melquisedec fue sacerdote del Dios altísimo, y que ofreció pan y vino y bendijo a Abraham. En efecto, ¿qué sacerdote del Dios altísimo lo es más que nuestro Señor Jesucristo, quien ofreció a Dios Padre un sacrificio, el mismo sacrificio que había ofrecido Melquisedec, a saber, pan y vino, es decir, su cuerpo y su sangre?…

Puesto que Cristo nos llevaba en sí a todos nosotros, ya que hasta llevaba nuestros pecados, vemos que el agua representa al pueblo, mientras que el vino representa la sangre de Cristo. Así pues, cuando en el cáliz se mezclan el agua y el vino, el pueblo se une con Cristo, y la multitud de los creyentes se une y se fusiona a aquel en quien cree. Esta unión y conjunción de agua y vino en el cáliz del Señor hace una mezcla que ya no puede deshacerse. Por esto la Iglesia, es decir la multitud que está constituida en Iglesia y persevera fiel y firmemente en su fe no podrá por nada ser separada de Cristo, ni nada podrá hacer que no permanezca adherida a él e indivisa en el amor. Por esto al consagrar el cáliz del Señor no se puede ofrecer ni agua sola ni vino solo: si uno ofrece solo vino, se hará presente la sangre de Cristo sin nosotros; si sólo hay agua, se hará presente el pueblo sin Cristo. En cambio, cuando se mezclan ambas cosas hasta formar un todo sin distinción y perfectamente uno, entonces se consuma el misterio (sacramentum) celestial y espiritual…

Dice el Señor: El que quebrantare uno de estos mandamientos mínimos y enseñe a hacerlo a los hombres, será llamado el más Pequeño en el reino de los cielos (Mt 5:19): ahora bien, si no se pueden quebrantar ni los mínimos mandamientos del Señor, cuanto más esos que son tan grandes, tan importantes, que tocan tan de cerca al misterio de la pasión del Señor y de nuestra redención no podrán quebrantar ni cambiar lo que en ellos hay de institución divina por institución humana alguna. Si Cristo Jesús, Dios y Señor nuestro es él mismo el sumo sacerdote de Dios Padre, que ofreció el primero a si mismo en sacrificio al Padre, y mandó que esto se hiciera en memoria de él, tendrá realmente las veces de Cristo sacerdote que imita lo que Cristo hizo, y ofrecerá un sacrificio verdadero y pleno en la Iglesia a Dios Padre cuando se ponga a hacer la oblación tal como vea que la hizo Cristo…[5]

pmaxalexander@gmail.com

[1] A. Marchadour del Equipo «Facultad Teológica de Toulouse», La eucaristía en la Biblia, Estella (Navarra), 1982 (CB 37), pp. 59-60. Adaptado y complementado.

[2] La palabra hebrea ‘peti’ significa en el vocabulario sapiencial bíblico: inexperto, simple, simplón, cándido, ingenuo, inocente. Nuestro Leccionario la traduce por incauto en el v.4 y por ingenuo/ingenuidad en el v.6

[3] ¡Recordar la tradicional exclamación eucarística: SANGRE DE CRISTO, ¡EMBRIÁGAME!

[4] E. Cothenet, Las cartas a los colosenses y a los efesios, Estella, Navarra (CB 82) 1994, pp. 56-57. Adaptado y complementado.

[5] San Cipriano, Carta 74, 1ss; 10a. Los fragmentos siguientes proceden de la Carta 63, escrita contra algunos que exageraban hasta tal punto su abstinencia de vino que pretendían celebrar la eucaristía con agua sola. Tomado de L. Vives, Los Padres de la Iglesia 2, versión electrónica. Toda reconstrucción de la vida de Cipriano, en los años anteriores a su episcopado, sigue siendo hipotética. Se convirtió hacia el 246; bastante pronto recibió la ordenación sacerdotal, habiendo renunciado previamente a su patrimonio personal. En el año 249 fue elegido obispo de Cartago. Casi inmediatamente debió enfrentar todas las vicisitudes que planteó a su comunidad la persecución de Decio (250-251). En el año 252 otra gran preocupación: una peste que asoló a su rebaño. A partir del año 255, se vio envuelto en una polémica con Esteban, obispo de Roma, por causa del bautismo de los herejes… Ambos obispos murieron mártires: Cipriano fue martirizado el 14 de septiembre del año 258.

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