Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

EDITORIAL | Mayo –  Junio  2021

 

Carta a los lectores

Gratitud, disponibilidad y expectativa

Melo, 21 de marzo de 2021

V Domingo de Cuaresma

El 19 de marzo de 2021, día dedicado a san José, patrono de la Iglesia, se hizo público mi nombramiento como Obispo de la Diócesis de Canelones.

En primer lugar deseo saludar a esa comunidad diocesana con la que pronto espero encontrarme y a los habitantes de ese departamento de los que pronto pasaré a ser vecino. Naturalmente, mi saludo va también a la comunidad que me recibió en 2009, de la que ahora comienzo a despedirme y al pueblo todo de Cerro Largo y Treinta y Tres. Quiero compartir con unos y otros mis sentimientos: gratitud, disponibilidad y expectativa.

Gratitud: Ante todo, gracias al Señor, porque siento que es Él quien, por medio de la Iglesia, me renueva su llamado a seguirlo, confiándome el Pueblo de Dios que peregrina por las tierras canarias. En este llamado, como en otros anteriores, el Señor vuelve a decirme como a Abraham: “Sal de tu tierra y ve a la tierra que te mostraré… te bendeciré y serás bendición” (cf. Génesis 12,1-2). Pido al Señor que así pueda ser: que, sobre el terreno que prepararon y sembraron mis predecesores, siga ahora yo anunciando la alegría del Evangelio y el consuelo de la Misericordia divina.

Agradezco la confianza del Papa Francisco, al encomendarme esta diócesis, la segunda del país por su población, en un departamento que reúne realidades muy diversas, desde sus rincones de tradición rural, con sus arados de bueyes, hasta el ajetreado ir y venir del área metropolitana.

Me toca, entonces, salir de estos pagos arachanes y olimareños, donde llegué con la ilusión de aquerenciarme. Hace unos días, a partir de que me fuera comunicado el nombramiento que hoy se dio a conocer, he vivido con anticipada nostalgia y con sabor a despedida cada visita, cada encuentro, cada mirada a los paisajes de estas rutas por las que he transitado durante tantos años, para llegar, al menos una vez, a cada comunidad, por pequeña que fuese. Gente y lugares a los que siento que he llegado a pertenecer y de los que ahora tengo que desprenderme.

Gratitud, entonces, a este Pueblo de Dios en Cerro Largo y Treinta y Tres.

A los laicos, que me dieron testimonio de su fe, constancia y entrega. Pienso en todos los hombres y mujeres que han estado y están en distintos servicios diocesanos: quienes trabajan en el Obispado, en la economía diocesana, en la catequesis, en la pastoral juvenil, en las Comunidades Eclesiales de Base, en Cursillos de Cristiandad, la pastoral carcelaria, las obras sociales, las instituciones educativas. También a los profesionales que prestaron solventes servicios en distintos campos.  A médicos y trabajadores de la salud con quienes muchas veces estuve en contacto, por mi propia salud o la de colaboradores y amigos.

A las comunidades religiosas y otras personas consagradas, mujeres la mayor parte de ellas; algunas con toda una vida compartiendo la fe, las penas y alegrías de nuestra gente, muy cerca de los más humildes y prestando una valiosa ayuda en la vida pastoral de la Diócesis.

Al clero: un total de 7 diáconos permanentes y 37 sacerdotes han sido cercanos colaboradores en la misión desde el 18 de julio de 2009 hasta hoy. Muchos de ellos, incluso entre los que están actualmente en la diócesis, dejaron un día su tierra para servir a nuestras comunidades. Algunos, como el Padre Miguel y el Padre Mimmo terminaron aquí su vida y sus restos descansan entre nosotros.

Fue un gran privilegio haber tenido al lado durante la mayor parte de estos años a Mons. Roberto Cáceres. Su presencia luminosa, su mirada siempre llena de serena alegría y fuerte esperanza fueron siempre inspiradoras, especialmente en las horas más difíciles de la vida diocesana.

Mi gratitud también a Mons. Luis del Castillo, quien de forma serena y con prolija síntesis me presentó la realidad que me esperaba en Cerro Largo y Treinta y Tres, el día mismo en que me fue comunicado mi nombramiento. Su salud no le permitía seguir con nosotros, pero no le impidió prestar en Cuba un servicio misionero.

Agradezco también a las autoridades en ambos departamentos, con las que en varias ocasiones colaboramos mutuamente por el bien común. Mi reconocimiento a los distintos medios de comunicación que nos ayudaron a difundir mensajes, actividades e iniciativas.

Me voy, entonces, con ese reconocimiento y esa gratitud de la que nadie queda excluido.

Disponibilidad y expectativa son mis sentimientos ante la nueva realidad que se me presenta en el horizonte.

En 1980, cuando cursaba el primer año del Seminario interdiocesano, en Montevideo, me asomé a la Diócesis de Canelones en la parroquia de Paso Carrasco, donde por tres años concurrí cada fin de semana para la práctica pastoral. Conocí a varios de los sacerdotes. Algunos de mis compañeros de seminario están hoy en el ministerio sacerdotal en esta Diócesis. Creo que voy a reencontrarme también con algunas religiosas que he ido conociendo a lo largo de los años y también con varios laicos que he conocido a través de encuentros de distintas áreas pastorales. Con Mons. Orlando Romero hemos compartido encuentros de Obispos amigos del Movimiento de los Focolares y con Mons. Hermes Garín nos vemos en cada asamblea de la Conferencia Episcopal. Mons. Alberto Sanguinetti, hasta hoy Obispo Diocesano fue mi profesor en varias asignaturas de Teología. Él me ha dado una amable bienvenida, como “amigo del Esposo” es decir, de Cristo, esposo de la Iglesia, presentándome a la Esposa de Cristo, la comunidad diocesana a la que he sido llamado a servir.

En abril tendremos la asamblea de nuestra Conferencia Episcopal. Esperamos en ella aprobar Orientaciones Pastorales para este tiempo inédito que estamos viviendo. Es posible que esos lineamientos puedan ser, con adecuadas adaptaciones a la realidad canaria, una guía para la misión de esta Iglesia diocesana.

Voy, entonces, a Canelones con el corazón abierto, con deseos de encuentro y de mutuo conocimiento aún dentro de las limitaciones que nos impone esta pandemia. Dios quiera que entre todos encontremos la forma de caminar juntos siguiendo al Señor, “que no vino a ser servido, sino a servir y dar la vida por la multitud”.

En estos tiempos de precariedad e incertidumbre en que nos encontramos, hace bien contemplar la figura de José a quien le dedicamos este año: un hombre que, como tantos, hizo sus planes, pero que supo estar abierto a lo inesperado y cambiar sus proyectos para ponerse al servicio del Plan de Dios. A su intercesión y a la de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de Canelones, me confío. Pido a los hermanos y hermanas de todo el Pueblo de Dios que peregrina en Uruguay que recen por mí y por estas dos comunidades diocesanas: esta que dejo y aquella a la que he sido enviado.

Gracias a todos por su atención. Que el Señor los bendiga y que Nuestra Madre y san José los cuide mucho.

 

Mons. Heriberto Bodeant
Obispo electo de Canelones

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