Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Pascua de Navidad y Tiempo de Navidad

PASCUA DE NAVIDAD Y TIEMPO DE

NAVIDAD

25 de diciembre 2013-12 de enero 2014

 

 

 

Los ángeles anuncian a los pastores la “Buena Noticia”

[Monasterio de Reichenau, hacia el año 1000]

Introducción

 

0.1.- El anuncio profético marca el inicio: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz” (Is 9, 2), un nuevo rumbo para toda la vida, un rumbo de toda la historia que nos mantiene firmes “mientras aguardamos la feliz esperanza y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús”. Tinieblas y luz, camino y esperanza, atisbo y manifestación. Es la profecía de la elección, de la promesa y de la alianza. Es el camino desde las tinieblas de aquel atardecer del paraíso terrenal hasta esa noche en que el estallido de “la gloria del Señor envolvió (a los pastores) con su luz”.

También nosotros, peregrinos de la elección, de la promesa y de la alianza nos acercamos al altar de Dios con la pena de tantas tinieblas y la esperanza de encontrarnos con la luz. Nos acercamos al altar donde la Gloria se esconde en un pesebre y se manifiesta a los sencillos de corazón que escuchan atónitos el canto celestial “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres amados por Él” y creen –con esa fe de los que no baratean su conciencia– que “ha nacido un Salvador… un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. También nosotros, en esta noche, si abrimos el corazón, tenemos la posibilidad de contemplar el milagro de la luz en medio de nuestras tinieblas, el milagro de la fuerza de Dios en la fragilidad, el milagro de la suma grandeza en la pequeñez.

Caminamos “de fe en fe”, en búsqueda de la plenitud y del sentido para nuestra vida. Y este camino es verdadero cuando no queda entrampado en los ruidos alienantes de propuestas pasajeras o mentirosas. Somos parte del Pueblo de Dios que, día a día, quiere dar un paso desde la tiniebla hacia la luz. Todos tenemos ganas de encontrarnos con esa luz, con esa Gloria escondida, y tenemos ganas porque el mismo Dios que nos creó sembró ese deseo en nuestro corazón. Pero nuestro corazón a veces se pone duro, caprichoso o, peor aún, se hincha en crecida soberbia. Entonces ese deseo de ver la Gloria de la luz queda ahogado y la vida corre el riesgo de pasar sin sentido, de ir agotándose en tinieblas. Se repite así el hecho de que Dios no encuentra lugar, como sucedió aquella noche en que María “lo acostó en un pesebre, porque no había (otro) lugar para ellos”.

Este es el drama del alma que se torna impaciente en la espera y se entretiene con las falsas promesas de luz que le hace el demonio a quien Jesús llama “el padre de la mentira”, “el príncipe de las tinieblas”. Entonces se va perdiendo la esperanza en la promesa, la firmeza en la alianza con un Dios que no miente porque “no puede negarse a sí mismo”. Se pierde el hondo sentirse elegido por la ternura del Padre. Se cierran las puertas y hoy, como siempre, en el mundo, en nuestra ciudad, en nuestros corazones se le cierran muchas puertas a Jesús. Es más fácil entretenerse con las luces de un arbolito que abismarse en la contemplación de la Gloria del pesebre. Y este anti-camino, es decir, este sendero de cerrar puertas abarca desde la indiferencia hasta el asesinato de inocentes. No hay mucha distancia entre los que cerraron las puertas a José y María, porque eran forasteros pobres, y Herodes que “mata a los niños porque el temor le mató el corazón”. No hay término medio: o luz o tinieblas, o soberbia o humildad, o verdad o mentira, o abrimos la puerta a Jesús que viene a salvarnos o nos cerramos en la suficiencia y el orgullo de la autosalvación.

En esta noche santa les pido que miren el pesebre: allí “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”… pero la vio el pueblo, aquél que era sencillo y estaba abierto al Regalo de Dios. No la vieron los autosuficientes, los soberbios, los que se fabrican su propia ley según su medida, los que cierran las puertas. Miremos el pesebre y pidamos por nosotros, por nuestro pueblo tan sufrido. Miremos el pesebre y digámosle a la Madre: “María, muéstranos a Jesús””[1].

 

0.2.- “La antigua fiesta de los cristianos no es la Navidad, sino la Pascua: solamente la Resurrección del Señor constituyó el alumbramiento de una nueva vida y, así, el comienzo de la Iglesia… Ser cristiano significa vivir pascualmente a partir de la resurrección, la cual es celebrada semanalmente en la festividad pascual del domingo. Que Jesús nació el 25 de diciembre lo afirmó ya con seguridad por primera vez Hipólito de Roma, en su comentario de Daniel, escrito más o menos en el año 204 después de Cristo; el investigador Bo Reicke, basándose en ciertos indicios, cree poder demostrar que ya Lucas en su evangelio presupone el día 25 de diciembre como el día del nacimiento de Jesús: en ese día se celebraba entonces la fiesta de la consagración del templo, establecida por Judas Macabeo en el año 164 antes de Cristo, y la fecha natal de Jesús simbolizaría de esta manera que, con él, como verdadera luz de Dios que irrumpe en la noche del invierno [así en el hemisferio  Norte], se operó realmente la consagración del templo, la llegada de Dios a esta tierra. Sea lo que fuere de esto, lo cierto es que la verdadera figura que le corresponde la recibió la fiesta de Navidad por primera vez en el siglo 4º, cuando arrumbó la festividad romana del Dios-Sol invicto y presentó el nacimiento de Cristo como la victoria de la verdadera luz; que en esta refundición de una fiesta pagana en una solemnidad cristiana se tomaron asimismo antiguos elementos de la tradición judéo-cristiana [es indudable].

Sin embargo, el especial calor humano que tanto nos conmueve en la fiesta de Navidad y que incluso en los corazones de la cristiandad ha sobrepujado a la Pascua, se desarrolló por primera vez en la Edad Media, y aquí fue Francisco de Asís el que, partiendo de su profundo amor al hombre Jesús, hacia el Dios-con-nosotros, contribuyó a introducir esta novedad.  De tales sentimientos procedió la famosa celebración de la navidad en Greccio, a la cual le pudieron animar e incitar su visita a la Tierra Santa y al pesebre que se halla en Santa María la Mayor en Roma; pero lo que sin duda influyó más en él fue el deseo de más cercanía, de más realidad. Y le movió asimismo a ello el deseo de hacer presente a Belén, de experimentar directamente la alegría del nacimiento del niño Jesús y de comunicar esa alegría a sus amigos… Francisco otorgó a la fiesta cristiana de la Navidad mediante su fe que penetraba en los corazones y en sus sentimientos más profundos: el descubrimiento de la revelación de Dios, que radica en el Niño-Jesús. Por ello se convirtió realmente en el «Emmanuel», en el Dios-con-nosotros, del cual no nos separa ningún obstáculo de sublimidad o lejanía: como niño, se aproximó tanto a nosotros que le podemos tratar sin rodeo de tú y, como nos acercamos al corazón de un niño, podemos tratarle con la confianza del tuteo.

En el niño Jesús se hace patente, más que en ninguna otra parte, la indefensión del amor de Dios: Dios viene sin armas, porque no pretende asaltar desde fuera, sino conquistar desde dentro y transformar a partir de dentro. Si algo puede desarmar y vencer a los hombres, su vanidad, su sentido de poder o su violencia, así como su codicia, eso es la impotencia de un niño. Dios eligió esa impotencia para vencernos y para hacernos entrar dentro de nosotros mismos.

Pero no olvidemos en este punto que el mayor título de dignidad de Jesucristo es el de “hijo”, Hijo de Dios; la dignidad divina se describe mediante una palabra que muestra a Jesús como un niño (= Hijo) que siempre ha de permanecer como tal. Su ser-niño se halla en una única y particularísima correspondencia con su divinidad, que es la divinidad del “Hijo”. Así su condición de niño es la orientación de cómo podemos llegar a Dios, a la divinización. A partir de ahí es como hay que entender aquellas palabras: Si ustedes no se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos (Mt 18,3).

El que no haya entendido el misterio de la Navidad, no ha entendido lo que es más decisivo y fundamental en el ser cristiano. El que no ha aceptado eso, no puede entrar en el Reino de los Cielos. Esto es lo que Francisco pretendía recordar a la cristiandad de su época y a la de todos los tiempos posteriores.

En la cueva de Greccio, por indicación de Francisco, se pusieron aquella noche un buey y un asno. Desde entonces, un buey y un asno forman parte de la representación del pesebre o nacimiento. ¿Pero de dónde proceden propiamente estos animales? Los relatos de la Navidad del Nuevo Testamento no nos narran nada acerca de esto. Pero, si profundizamos esta cuestión, topamos con un hecho que es importante para todas las costumbres navideñas y sobre todo para la piedad navideña y pascual de la iglesia en la liturgia y al mismo tiempo en los usos populares. El buey y el asno no son simples productos de la fantasía; se han convertido, por la fe de la Iglesia, en el testimonio de la unidad del Primer Testamento y del Nuevo Testamento, en los acompañantes del acontecimiento navideño. En efecto, en Isaías 1,3 se dice concretamente: Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento. Los Padres de la Iglesia vieron en esas palabras una profecía que apuntaba al nuevo pueblo de Dios, a la Iglesia [formada] por judíos y cristianos. Ante Dios, todos los hombres, tanto judíos como paganos, son como bueyes y asnos, sin razón ni conocimiento. Pero el Niño, en el pesebre, abrió sus ojos de manera que ahora ya [pueden] reconocer la voz de su Señor[2].

 

 

Características del Leccionario dominical y festivo del Tiempo de Navidad-Epifanía

 

1.1.- El Leccionario del Tiempo de Navidad no tiene una estructura unitaria, está fragmentado en muchas festividades. Hay en él acumulación y yuxtaposición de temas. Parece que quien lo ha redactado no haya querido perder nada de lo que tal acontecimiento significa y que la tradición le ha transmitido.

Continúan las profecías sobre el Mesías [como las leídas durante los últimos tramos del Adviento], en las que se subraya la alegría que caracteriza y señala su venida, la salvación ofrecida a todos los pueblos, el tema de la luz (primera lectura). Los evangelios narran el hecho del nacimiento de Jesús y hechos pertenecientes a su infancia. Algunos textos invitan a reflexionar sobre el “sentido” de este acontecimiento: de modo particular el Prólogo de Juan, leído en la misa del día de Navidad y repetido en el segundo domingo después de Navidad asociándolo con Eclo 24,1-4.8. 12 y también con las segundas lecturas.

 

1.1.1.- La solemnidad de Navidad comprende las lecturas de la vigilia y de las tres misas: “de medianoche”, “de la aurora”[3], “del día”. Esta denominación nos indica que las lecturas están dispuestas en un simbólico y gradual itinerario de las tinieblas a la plenitud de la luz; por eso se leen progresivamente. Al tiempo que se narra el acontecimiento de Navidad en fragmentos sucesivos (evangelio) viene explicitado gradualmente su sentido (lecturas y evangelio “del día”). La Navidad es como un misterio nupcial (vigilia), misterio de luz (primera misa) y de salvación universal (segunda misa) que alcanza hasta los confines de la tierra (tercera misa).

El nacimiento del Hijo de Dios entre nosotros “en la humildad de la naturaleza humana” y en la pobreza de la gruta de Belén nos trae el don de una vida nueva y divina: del nacimiento de Jesús, nacido de mujer y de su descubrimiento en la fe por parte de los pastores (segunda misa) se llega al nacimiento de aquellos que son engendrados no de carne y sangre, sino de Dios por la fe en Cristo, Hijo de Dios que se ha hecho hijo del hombre (tercera misa). El evento de la natividad de Cristo implica también al hombre e ilumina y da sentido a su existencia.

 

1.1.2.- El domingo dentro de la octava de Navidad es la fiesta de la Sagrada Familia. El evangelio se refiere a la infancia de Jesús; las otras lecturas, a las virtudes de la vida familiar.Nos recuerda que el amor con el que el Dios Padre ha amado al mundo -hasta enviar a su propio Hijo para salvarlo- se manifiesta y se refleja en el amor que debe reinar en cada familiacristiana. El nacimiento de Jesús en una familia humana ilumina y fundamenta también este aspecto de la vida del hombre.

 

1.1.3.- La octava de Navidad celebra la memoria de María, Madre de Dios, al mismo tiempo que glorifica el nombre de Jesús. En este nombre, que quiere decir “Dios salva”, se condensa todo el misterio de la encarnación. Cuando cae en el primer día del año, la liturgia se abre con la bendición de Aarón al pueblo que entra en la Tierra Prometida (Nm 6,22-27: primera lectura) y la invocación por la paz: El Señor te bendiga y te proteja… El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz.

 

1.1.4.- El segundo domingo después de Navidad prolonga la meditación del misterio de la encarnación, con el que el Verbo pone entre nosotros su carpa (evangelio), la Sabiduría habita en medio de su pueblo (primera lectura). Cuando Dios se hace hombre, el hombre accede a la filiación divina por medio de la adopción (segunda lectura). El nacimiento del Hijo de Dios que viene a vivir según la condición humana, inaugura el nacimiento de todos los hombres a la vida de “hijos de Dios”. Ésta es la vida nueva cuyo regalo nos ha hecho Jesús con su nacimiento.

 

1.1.5.- En la solemnidad de la epifanía la luz de Cristo resplandece y se manifiesta a los ojos de todos. Los Magos, que siguen el “signo” de la estrella, representan la humanidad entera, llamada a reunirse en tomo a Jesús en la fe.

 

1.1.6.- En el domingo después de epifanía se celebra el bautismo de Jesús: la voz del Padre y la fuerza del Espíritu lo invisten oficialmente de su misión de Salvador. En este evento, que cierra el ciclo de Navidad y abre el del tiempo ordinario, reside el fundamento del nuevo nacimiento de los cristianos del agua y del Espíritu Santo[4].

 

 

Meditación Navideña

 

2.1.- El misterio grande del Nacimiento de Jesús está entre nosotros; el misterio de su “venida” que muy significativamente es celebrado por la Iglesia mediante una TRIPLE serie de lecturas: una primera para la celebración de la ‘noche’, una segunda para la celebración de la ‘aurora’ y finalmente la del ‘día’. En la noche la “Buena Noticia” nos viene presentada bajo el aspecto del nacimiento de Jesús  de María en Belén, acontecimiento revelado por el ángel a los pastores, esos pobres que representan  al “resto de Israel” (Lc 2,1-14). En la eucaristía de la aurora se nos relata la visita de los pastores al pesebre, invitándonos a asociarnos a su contemplación del acontecimiento-palabra, es decir del niño recién nacido, asociándonos eclesialmente con María, que conservaba y meditaba todos estos acontecimientos en su corazón (Lc 2,19).

 

2.2.- En la celebración del día, en la cual nos detenemos un poco más, leemos el ‘prólogo del cuarto Evangelio’: este texto nos revela que ese niño recién nacido es en realidad y verdad la Palabra misma de Dios, el Hijo viviente en Dios desde toda la eternidad, tal y como lo confesamos en el Credo ‘largo’, cuya recitación sería de lo más conveniente en este sagrado día, ya que entre nosotros prácticamente no se utiliza: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero

El prólogo de Juan es como una gran doxología, una palabra de síntesis contemplativa y de gloria laudatoria acerca de la Navidad, ya que en él podemos constatar una dinámica clarísima, toda ella focalizada en narrarnos, en relatarnos, “quién” es el LOGOS, el VERBO, laPALABRA de Dios.

 

2.3.- Al principio, antes de toda la creación, en la eternidad, era la Palabra y esa Palabra estaba vuelta, se dirigía al Dios viviente; más todavía, estaba en Dios y era Dios. A través de esta Palabra de Dios todo fue creado, y todo lo que vino a la existencia, únicamente en Ella poseía vida (leer Col 1,15-17). Dicha Palabra es Vida y es Luz para la humanidad toda: Ella iluminó la historia y las tinieblas no lograron vencerla, aunque en su tenebrosidad intentaran hacerlo.  Una persona, Juan Bautista, vino para ser testigo de la luz, vale decir, para llevar las personas a la fe. Y, sin embargo, esta Luz, que es la Palabra de Dios, el Hijo de Dios que vino a estar entre los suyos no fue aceptado, sólo unos pocos creyeron en él, llegando así a ser nuevas criaturas, hij@s de Dios. Todo esto sucedió porque el Hijo de Dios se hizo frágil carne,persona humana igual a nosotros en todo, excepto el pecado; vino a habitar entre nosotrosmostrando así su “gloria” a cuantos creyeron en él y lo siguieron.  ¡¡He ahí la profunda, y al mismo tiempo, “escandalosa” verdad de la Navidad: en Belén nació de María, un bebito que es la Palabra de Dios humanada, es el Hijo de Dios hecho Hijo del hombre, “el rostro humano de Dios, el rostro divino del hombre”!!

 

2.4.- ¿Qué más podría agregarse? Sólo aquello que el prologo afirma en su versículo conclusivo: A Dios nadie lo ha visto jamás. Esta lapidaria afirmación era verdadera en los tiempos antiguos, SIGUE SIENDO VERDERA HOY y seguirá siéndolo en el futuro. Sólo en la muerte, en el encuentro “cara a cara” (1Co 13,12), en un “ojo contra ojo” (Is 52,8), solamente entonces lo veremos (Ex 33,20)…  PERO, con la llegada de Jesús vino Dios a habitar entre nosotros, porque viendo al hombre Jesús, contemplándolo en sus palabras y en sus acciones, siguiéndolo desde su nacimiento en un establo hasta su muerte en cruz, la fe nos permite ver a Dios, porque precisamente su Hijo Jesús, Palabra de Dios hecha frágil carne, nos lo ha relatado, nos lo ha contado y explicado.

En esto reside lo específicamente cristiano: ¡El que me ve a mí, ve al Padre,…, hace tanto tiempo que estoy con ustedes y todavía no me conocen! Y, por favor, no olvidemos que el buey y el asno del pesebre señalan precisamente eso: el buey conoce a su amo y el asno, el pesebre de su dueño; ¡pero Israel no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento!  Al asomarnos a los innumerables pesebres que en estas Navidades tendremos la dicha de contemplar, ¿reconoceremos que ese niñito es nuestro Dueño y Señor, o sólo nos enterneceremos como ante cualquier recién nacido?

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Nació Cristo, ¡glorifíquenlo!; Cristo bajó del cielo, ¡corran a su encuentro!; Cristo está en la tierra, ¡elévense ustedes! ¡Cante al Señor la tierra entera! Para decirlo todo, en una palabra:¡alégrese el cielo, goce la tierra, porque aquel que es “celestial” se hizo “terrenal”! Cristo está en la carne, gocen con temor y alegría: con temor a causa del pecado, con alegría a causa de la esperanza. Cristo nació de una Virgen: ¡mujeres, conserven la virginidad si desean ser madres de Cristo! ¿Quién no adorará al que existe desde “el principio”? ¿Quién no glorificará a quien es “el ápice final”?

¡Nuevamente se disipan las tinieblas, nuevamente se anuncia la luz, nuevamente Egipto sufre la oscuridad, nuevamente una columna de fuego ilumina a Israel! Que el pueblo sentado en lastinieblas de la ignorancia, vea una gran luz, la del conocimiento. Lo antiguo ha desaparecido, todo se ha hecho nuevo: cede la letra, triunfa el espíritu, se disipan las sombras, amanece la verdad. Melquisedec se ve cumplido: aquel que es sin madre nace sin padre; antes sin madre, después sin padre; las leyes de la naturaleza quedan en suspenso, deben realizarse las cosas de lo alto.

Cristo da la orden, dejémonos hacer. Pueblos todos aplaudanporque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado, el poder reposa sobre sus hombros, pues se eleva sobre la cruz, lleva por nombre Ángel del gran consejo, es decir del consejo del Padre.

Dejen que Juan grite con fuerte voz: preparen el camino del Señor, yo por mi parte, vocearé lo que constituye la gloria de este día: tomó carne quien no la tenía, el Verbo se espesó de modo que podemos ver al invisible, se hace palpable el impalpable, aquel que vivía fuera del tiempo tiene un comienzo en el tiempo, el Hijo de Dios se hace Hijo del hombre, Jesucristo el mismo ayer, hoy y por siempre.

Esta es nuestra fiesta, la que hoy celebramos, la santa Teofanía de la venida de Dios a los hombres para que nosotros podamos acerquemos a Dios, o mejor dicho, para que volvamos a Él, para que despojados del hombre viejo y caduco nos revistamos del nuevo, para que así como hemos muerto en Adán, vivamos en Cristo, naciendo también nosotros con Cristo, siendo sepultados con Él y resucitando con Él. En efecto es necesario que yo recorra el hermoso camino inverso; lo mismo que de la felicidad provino el castigo, es necesario que por el castigo nos venga la felicidad, ¡ya que donde abundo el pecado, sobreabundó la gracia, y si saborear el fruto nos condenó, con mucha mayor razón la Pasión de Cristo nos justificó!

Esa es la razón por la que celebramos esta fiesta no como una solemnidad profana, sino de manera divina; no según la moda del mundo, sino de manera superior a la del mundo; no como una fiesta nuestra, sino con la celebración de nuestro Maestro [y Señor]; no como celebración de la enfermedad, sino como la de la sanación, no como la del modelaje, sino como la del re-modelaje[5].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Jorge M. Bergoglio-Papa Francisco, Homilía, Navidad 2003. Tomado de: El verdadero poder es el servicio, pp. 89-90.

[2] J. Ratzinger, El buey y el asno en el pesebre, en El rostro de Dios, Salamanca 1983, pp. 19-25. Adaptado y extractado.

[3] “En el Libro del Deuteronomio leemos que Dios camina con nosotros, nos guía de la mano como un papá con su hijo. Esto es hermoso. La Navidad es el encuentro de Dios con su pueblo. Y también es una consolación, un misterio de consolación. Muchas veces, después de la misa de Nochebuena, pasé algunas horas solo, en la capilla, antes de celebrar la misa de la aurora, con un sentimiento de profunda consolación y paz. Recuerdo una vez aquí en Roma, creo que era la Navidad de 1974, en una noche de oración después de la misa en la residencia del Centro Astalli. Para mí la Navidad siempre ha sido esto: contemplar la visita de Dios a su pueblo”. Entrevista al Papa Francisco, Jamás tener miedo a la ternura, A. Tornielli, www.vaticaninsider.it

[4] Gianfranco Venturi en:  G Zevini y P. G. Cabra (eds.), LECTIO DIVINA PARA CADA DÍA DEL AÑO (Volumen 2)Tiempo de Navidad, Estella (Navarra) 20035, pp. 6-7. Levemente adaptado.

[5] Gregorio  Nacianceno, Homilía sobre la Navidad 38,1-4, traducción modificada tomada de: Homilías sobre la Natividad, Madrid (Ciudad Nueva, BP 2) 1986, pp. 43-45. Gregorio nació hacia el año 330. Tras cursar brillantemente sus estudios en Cesárea de Capadocia, en Cesárea de Palestina, Alejandría y Atenas, recibió el bautismo hacia el 358 y decidió consagrarse a la “filosofía monástica”, pero sin decidirse, contra lo que había prometido, a dejar su familia para unirse a Basilio, con excepción de breves períodos, en los que se dedicó con su amigo al estudio de la obra de Orígenes. Por navidades del 361 fue ordenado sacerdote por su padre; en el 372, san Basilio, como parte de su plan de política religiosa, lo obligó a aceptar la sede episcopal de Sásima, una estación postal a la que Gregorio se negó luego a trasladarse. El 374, tras la muerte del padre, gobierna por poco tiempo la diócesis de Nacianzo, pero se retira en seguida a Seleucia de Isauria. Cuando a la muerte del emperador Valente (378) los nicenos cobran nuevas esperanzas de prevalecer, la sede de Constantinopla estaba en manos de los arrianos (desde el 351); para reagrupar la pequeña comunidad ortodoxa según la línea trazada por Basilio (que ya había fallecido) se recurre a Gregorio, que implanta su sede en casa de un pariente (capilla de la Anástasis). Las dotes humanas y religiosas de Gregorio y los 22 memorables discursos que pronuncia durante estos años le granjean una espléndida notoriedad, no exenta sin embargo de críticas de una y otra parte. En 381, se convocó un concilio en Constantinopla (el concilio que luego será catalogado como segundo ecuménico). Tras la muerte repentina de Melecio, Gregorio, elegido como presidente del concilio, mostró su desacuerdo con la fórmula de fe que se proponía. Gregorio propugnaba una declaración inequívoca de la divinidad y de la consubstancialidad del Espíritu Santo. Hubiera querido, por otra parte, satisfacer los deseos de los Occidentales que lo querían sucesor de Melecio, pero no logró sino disgustar a unos y otros. Gregorio no tardó en comunicar con gran amargura su dimisión al emperador y, al cabo de dos años pasados en Nacianzo, hizo elegir como obispo de esta sede a su primo Eulalio (383) y se retiró a su propiedad de Arianzo. Murió en el año 390.

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