Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Miércoles de Ceniza

INAUGURACIÓN DEL ITINERARIO PASCUAL:

MIÉRCOLES DE CENIZA

13 de marzo 2013

 

 

 

Imagen de Cristo “no-hecho-por-mano-humana”

[Ícono “Ajeiropoietón”; Kiev, Rusia]

 

LA CENIZA Y SU SIMBOLISMO

 

1.- Fugacidad

¿Qué es la ceniza? ¿Cómo se origina? Muchos niños y jóvenes de  nuestras ciudades ya no sabrían contestar estas preguntas, a diferencia de sus abuelos que cotidianamente cocinaban y templaban sus casas usando como combustible elementos que una vez quemados, quedan reducidos a cenizas. Es por eso que para nuestros mayores era evidente que la ceniza es un símbolo transparente de la fugacidad y fragilidad de la existencia: la vida es tan frágil que el fuego la reduce, en un abrir y cerrar de ojos, a un puñadito de cenizas.  No sólo en el antiguo Israel, sino también en las culturas egipcia, árabe y griega, el gesto de esparcir(se) cenizas sobre la cabeza era expresión de profunda conmoción, congoja, queja y dolor ante una vida (la de alguien cercano y amado, o/y la propia) hecha ‘polvo’, convertida en polvo y cenizas.

Entendemos entonces la profundidad de la primera de las fórmulas usadas en este día, al imponernos la ceniza y que retoma las palabras del Señor-Dios a Adán: recuerda que eres polvo y al polvo volverás

 

2.- Purificación

Es natural que quien se interroga sobre la fugacidad de la existencia, ante la certeza de la muerte, se pregunte igualmente sobre el sentido que ha dado a su vida, repasando errores y horrores. Quien lo hace lealmente, descubre sus pecados, límites y transgresiones. La ceniza ha sido desde antiguo un símbolo del deseo de conversión, penitencia y purificación. Así vemos, por ejemplo, que en el antiquísimo libro hindú de los Vedas, un viejo mito relata como Agni purificó todo su cuerpo con ceniza como expresión de sus deseos de borrar hasta la más mínima huella de los errores cometidos. Los antiguos romanos se bañaban con cenizas el día de año nuevo, para así empezar el nuevo año con total pureza. En muchos de los hogares de nuestros abuelos las cenizas eran usadas como un eficaz elemento de limpieza: una lejía fabricada con cenizas diluidas en agua, es muy útil para el lavado de la ropa y de la vajilla como también para la limpieza de los pavimentos de la casa, ¡con la gran ventaja, nada desdeñable, de ser biodegradable!

 

3.- Cruz y cenizas

Como hijas e hijos de nuestra madre, la Iglesia, comenzamos el itinerario cuaresmal que nos llevará hacia la Pascua, dejando que se dibuje sobre nuestras cabezas una Cruz hecha con ceniza. Ese signo en sí mismo habla claramente, es como un sonoro y mudo grito pidiéndole a Jesucristo que nos purifique, que purifique nuestro corazón. Jesús es el misericordioso amor de Dios humanado, que asumió nuestra vida con toda su fugacidad. Jesús transformó nuestro polvo,- ¡el de Adán! -, al ser clavado en la Cruz, transfigurando este instrumento de  ignominia, odio y maldición en una señal de reconciliación y bendición: Al inclinar nuestra frente para que se trace sobre ella una bendita cruz de cenizas estamos sometiendo nuestra vida toda al humilde magisterio de la Cruz: nosotros anunciamos a Cristo crucificado,…, poder y sabiduría de Dios para los llamados, judíos o paganos. Pues la locura de Dios es más sabia que los hombres; y la debilidad de Dios, más fuerte que los hombres(1Cor 1,22-25)[1].

 

4.- Fecundidad

El amor misericordioso manifestado en la Cruz invita a todos a convertirse y creer en la Buena Noticia del Evangelio (Mc 1,15). La Cruz irradia todo el amor misericordioso que Dios nos puso de  manifiesto en Jesús, otorgándonos las fuerzas para reorientar nuestras vidas (es decir, convertirnos). La ceniza no sólo es señal de la fugacidad y fragilidad de la vida, ni sólo signo de dolor y penitencia, sino también señal de nueva fecundidad. De una vida que es frágil y fugaz, pero,…, poseedora de una inusitada fecundidad: en los viejos tiempos los campesinos usaban la ceniza como el más excelente de los abonos, porque sabían que aumenta la fecundidad de la tierra. El alto contenido en substancias minerales de la ceniza hace que el trigo crezca con mayor abundancia, otorgando pan al hambriento…

 

5.- Vida imperecedera e indestructible

Iluminados por este polifacético simbolismo de la ceniza podemos entonces concluir que quien recibe la imposición de las cenizas, le está pidiendo a Dios que su cuaresma sea un tiempo de conversión, purificación y fecundidad espiritual. Hacemos memoria de la fugacidad de la vida (es decir, de la muerte), pero para no olvidar que nuestra vida está llamada, en Cristo, a la inusitada fecundidad de la Resurrección: Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá (Jn 11,25). El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto (Jn 15,5).

 

6.- Un poquito de historia

¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y cubriéndose con ceniza (Mt 11,21). ‘Vestirse con ropa áspera (cilicio) y cubrirse la cabeza con ceniza es un gesto que en la Biblia expresa dolor, sufrimiento y penitencia (leer Jos 7,6Dn 9,3Est 4,1Judit 4,11). Sobre este telón de fondo se entiende la antigua costumbre eclesial que prescribía a los pecadores públicos (aquellos que habían cometido alguno de los tres grandes pecados [¡la “triple A”!]: asesinato, adulterio, apostasía) y que deseaban comenzar su período de penitencia, que se “vistieran con ropa de penitencia esparciendo ceniza sobre sus cabezas” mostrando así su arrepentimiento (ese era un período que duraba muchos años y algunas veces la vida entera). Esta costumbre está atestiguada desde el siglo 7º, aunque sin duda es anterior. Al irse perdiendo la “penitencia pública” que fue desapareciendo por su excesivo rigor, siendo finalmente reemplazada por la “penitencia privada”, el rito de las cenizas quedó en pie como signo del comienzo de la “penitencia cuaresmal” pero ya no únicamente para los pecadores públicos y notorios, sino para todos los fieles. El papa Urbano II llegó a afirmar en el año 1091, durante la celebración del sínodo de Benevento  que la imposición de las cenizas era obligatoria para todos los fieles. Ahora, casi 1000 años después, sigue siendo un rito hermoso e impresionante con el cual expresar el comienzo de nuestro itinerario cuaresmal, pero se trata de un rito que con toda libertad y amor podemos o no realizar.

 

 

CREER EN LA CARIDAD SUSCITA CARIDAD

 

“Como todo don de Dios, fe y caridad se atribuyen a la acción del único Espíritu Santo (cf. 1 Co 13), ese Espíritu que grita en nosotros ¡Abbá, Padre! (Ga 4,6), y que nos hace decir: ¡Jesús es el Señor! (1 Co 12,3) y ¡Maranatha! (1 Co 16,22; Ap 22,20).

La fe, don y respuesta, nos da a conocer la verdad de Cristo como Amor encarnado y crucificado, adhesión plena y perfecta a la voluntad del Padre e infinita misericordia divina para con el prójimo; la fe graba en el corazón y la mente la firme convicción de que precisamente este Amor es la única realidad que vence el mal y la muerte. La fe nos invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del amor de Cristo alcance su plenitud. Por su parte, la caridad nos hace entrar en el amor de Dios que se manifiesta en Cristo, nos hace adherir de modo personal y existencial a la entrega total y sin reservas de Jesús al Padre y a sus hermanos. Infundiendo en nosotros la caridad, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la abnegación propia de Jesús: filial para con Dios y fraterna para con todo hombre (cf. Rm 5,5).

La relación entre estas dos virtudes es análoga a la que existe entre dos sacramentos fundamentales de la Iglesia: el bautismo y la Eucaristía. El bautismo (sacramentum fidei) precede a la Eucaristía (sacramentum caritatis), pero está orientado a ella, que constituye la plenitud del camino cristiano. Análogamente, la fe precede a la caridad, pero se revela genuina sólo si culmina en ella. Todo parte de la humilde aceptación de la fe («saber que Dios nos ama»), pero debe llegar a la verdad de la caridad («saber amar a Dios y al prójimo»), que permanece para siempre, como cumplimiento de todas las virtudes (cf. 1 Co 13,13)”[2].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Basado en Karl Rahner, Kleines Kirchenjahr,- Ein Gang durch den Festkreis-, Friburgo, Basilea, Viena 1981, pp. 50-56.

[2] Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma 2013.

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