Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

La Inmaculada Concepción de la Virgen María.

LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA

VIRGEN MARÍA

 

 

Árbol genealógico de Jesús

“Del árbol nació la rama, de la rama nació la flor,

de la flor nació María, de María el Redentor”

[Villancico popular]

 

 

 

Introducción

 

Los textos propuestos son, para esta ocasión, una invitación a la meditación, a un gustar y comprender, saboreando en el silencio y gustando en la oración…

En primer lugar traemos lo substancial de la homilía de Benedicto XVI  con ocasión de los cuarenta años del Vaticano II, pronunciada un 8 de diciembre.

Maurice Zundel es uno de esos teólogos que rezan y reflexionan adorando y de rodillas.  Se trata  de un texto que forma parte de un retiro espiritual y que toma como punto de partida una intuición poética del Dante.

Por último-, ¡pero no en último lugar!-, San Bernardo nos deleita con la frescura y la dulzura de su palabra, invitándonos a correr, junto con Adán y Eva,  hacia María.

 

1.1.- “… Debemos preguntarnos: ¿Qué significa “María, la Inmaculada”? ¿Este título tiene algo que decirnos? La liturgia de hoy nos aclara el contenido de esta palabra con dos grandes imágenes. Ante todo, el relato maravilloso del anuncio a María, la Virgen de Nazaret, de la venida del Mesías.

El saludo del ángel está entretejido con hilos del Antiguo Testamento, especialmente del profeta Sofonías. Nos hace comprender que María, la humilde mujer de provincia, que proviene de una estirpe sacerdotal y lleva en sí el gran patrimonio sacerdotal de Israel, es el “resto santo” de Israel, al que hacían referencia los profetas en todos los períodos turbulentos y tenebrosos. En ella está presente la verdadera Sión, la pura, la morada viva de Dios. En ella habita el Señor, en ella encuentra el lugar de su descanso. Ella es la casa viva de Dios, que no habita en edificios de piedra, sino en el corazón del hombre vivo.

Ella es el retoño que, en la oscura noche invernal de la historia, florece del tronco abatido de David. En ella se cumplen las palabras del salmo: “La tierra ha dado su fruto” (Sal 67, 7). Ella es el vástago, del que deriva el árbol de la redención y de los redimidos. Dios no ha fracasado, como podía parecer al inicio de la historia con Adán y Eva, o durante el período del exilio babilónico, y como parecía nuevamente en el tiempo de María, cuando Israel se había convertido en un pueblo sin importancia en una región ocupada, con muy pocos signos reconocibles de su santidad. Dios no ha fracasado. En la humildad de la casa de Nazaret vive el Israel santo, el resto puro. Dios salvó y salva a su pueblo. Del tronco abatido resplandece nuevamente su historia, convirtiéndose en una nueva fuerza viva que orienta e impregna el mundo. María es el Israel santo; ella dice “sí” al Señor, se pone plenamente a su disposición, y así se convierte en el templo vivo de Dios.

 

1.2.- La segunda imagen es mucho más difícil y oscura. Esta metáfora, tomada del libro del Génesis, nos habla de una gran distancia histórica, que sólo con esfuerzo se puede aclarar; sólo a lo largo de la historia ha sido posible desarrollar una comprensión más profunda de lo que allí se refiere. Se predice que, durante toda la historia, continuará la lucha entre el hombre y la serpiente, es decir, entre el hombre y las fuerzas del mal y de la muerte. Pero también se anuncia que “el linaje” de la mujer un día vencerá y aplastará la cabeza de la serpiente, la muerte; se anuncia que el linaje de la mujer —y en él la mujer y la madre misma— vencerá, y así, mediante el hombre, Dios vencerá. Si junto con la Iglesia creyente y orante nos ponemos a la escucha ante este texto, entonces podemos comenzar a comprender qué es el pecado original, el pecado hereditario, y también cuál es la defensa contra este pecado hereditario, qué es la redención.

¿Cuál es el cuadro que se nos presenta en esta página? El hombre no se fía de Dios. Tentado por las palabras de la serpiente, abriga la sospecha de que Dios, en definitiva, le quita algo de su vida, que Dios es un competidor que limita nuestra libertad, y que sólo seremos plenamente seres humanos cuando lo dejemos de lado; es decir, que sólo de este modo podemos realizar plenamente nuestra libertad.

El hombre vive con la sospecha de que el amor de Dios crea una dependencia y que necesita desembarazarse de esta dependencia para ser plenamente él mismo. El hombre no quiere recibir de Dios su existencia y la plenitud de su vida. Él quiere tomar por sí mismo del árbol del conocimiento el poder de plasmar el mundo, de hacerse dios, elevándose a su nivel, y de vencer con sus fuerzas a la muerte y las tinieblas. No quiere contar con el amor que no le parece fiable; cuenta únicamente con el conocimiento, puesto que le confiere el poder. Más que el amor, busca el poder, con el que quiere dirigir de modo autónomo su vida. Al hacer esto, se fía de la mentira más que de la verdad, y así se hunde con su vida en el vacío, en la muerte.

Amor no es dependencia, sino don que nos hace vivir. La libertad de un ser humano es la libertad de un ser limitado y, por tanto, es limitada ella misma. Sólo podemos poseerla como libertad compartida, en la comunión de las libertades: la libertad sólo puede desarrollarse si vivimos, como debemos, unos con otros y unos para otros. Vivimos como debemos, si vivimos según la verdad de nuestro ser,  es decir, según la voluntad de Dios. Porque la voluntad de Dios no es para el hombre una ley impuesta desde fuera, que lo obliga, sino la medida intrínseca de su naturaleza, una medida que está inscrita en él y lo hace imagen de Dios, y así criatura libre.

Si vivimos contra el amor y contra la verdad —contra Dios—, entonces nos destruimos recíprocamente y destruimos el mundo. Así no encontramos la vida, sino que obramos en interés de la muerte. Todo esto está relatado, con imágenes inmortales, en la historia de la caída original y de la expulsión del hombre del Paraíso terrestre.

Queridos hermanos y hermanas, si reflexionamos sinceramente sobre nosotros mismos y sobre nuestra historia, debemos decir que con este relato no sólo se describe la historia del inicio, sino también la historia de todos los tiempos, y que todos llevamos dentro de nosotros una gota del veneno de ese modo de pensar reflejado en las imágenes del libro del Génesis. Esta gota de veneno la llamamos pecado original.

 

1.3.- Precisamente  en  la  fiesta  de  la  Inmaculada Concepción brota en nosotros la sospecha de que una persona que no peca para nada, en el fondo es aburrida; que le falta algo en su vida:  la dimensión dramática de ser autónomos; que la libertad de decir no, el bajar a las tinieblas del pecado y querer actuar por sí mismos forma parte del verdadero hecho de ser hombres; que sólo entonces se puede disfrutar a fondo de toda la amplitud y la profundidad del hecho de ser hombres, de ser verdaderamente nosotros mismos; que debemos poner a prueba esta libertad, incluso contra Dios, para llegar a ser realmente nosotros mismos. En una palabra, pensamos que en el fondo el mal es bueno, que lo necesitamos, al menos un poco, para experimentar la plenitud del ser.

Pensamos que Mefistófeles —el tentador— tiene razón cuando dice que es la fuerza “que siempre quiere el mal y siempre obra el bien” (Johann Wolfgang von Goethe, Fausto I, 3). Pensamos que pactar un poco con el mal, reservarse un poco de libertad contra Dios, en el fondo está bien, e incluso que es necesario.

Pero al mirar el mundo que nos rodea, podemos ver que no es así, es decir, que el mal envenena siempre, no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla; no lo hace más grande, más puro y más rico, sino que lo daña y lo empequeñece. En el día de la Inmaculada debemos aprender más bien esto: el hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, sólo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta.

 

1.4.- Cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres. Lo vemos en María. El hecho de que está totalmente en Dios es la razón por la que está también tan cerca de los hombres. Por eso puede ser la Madre de todo consuelo y de toda ayuda, una Madre a la que todos, en cualquier necesidad, pueden osar dirigirse en su debilidad y en su pecado, porque ella lo comprende todo y es para todos la fuerza abierta de la bondad creativa.

En ella Dios graba su propia imagen, la imagen de Aquel que sigue la oveja perdida hasta las montañas y hasta los espinos y abrojos de los pecados de este mundo, dejándose herir por la corona de espinas de estos pecados, para tomar la oveja sobre sus hombros y llevarla a casa.

Como Madre que se compadece, María es la figura anticipada y el retrato permanente del Hijo. Y así vemos que también la imagen de la Dolorosa, de la Madre que comparte el sufrimiento y el amor, es una verdadera imagen de la Inmaculada. Su corazón, mediante el ser y el sentir con Dios, se ensanchó. En ella, la bondad de Dios se acercó y se acerca mucho a nosotros. Así, María está ante nosotros como signo de consuelo, de aliento y de esperanza. Se dirige a nosotros, diciendo: “Ten la valentía de osar con Dios. Prueba. No tengas miedo de él. Ten la valentía de arriesgar con la fe. Ten la valentía de arriesgar con la bondad. Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro. Comprométete con Dios; y entonces verás que precisamente así tu vida se ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas, porque la bondad infinita de Dios no se agota jamás”. En este día de fiesta queremos dar gracias al Señor por el gran signo de su bondad que nos dio en María, su Madre y Madre de la Iglesia. Queremos implorarle que ponga a María en nuestro camino como luz que nos ayude a convertirnos también nosotros en luz y a llevar esta luz en las noches de la historia. Amén”[1].

 

2.1.- “El último canto de la Divina Comedia se abre con las siguientes palabras: Virgen madrehija de tuHijo; humilde y excelsa más que toda criatura, término fijo del consejo eterno, tú eres aquella que ennoblece la naturaleza humana a tal punto que tu Creador no desdeñó convertirse en criatura tuya[2].

¡Admirable! María es la hija de su Hijo. Ella fue engendrada a la gracia precisamente [gracias] a la repercusión anticipada de la gracia de Cristo en ella.  Ella es antes que nada hija de su Hijo. Es justamente eso lo que se subrayará en todas las definiciones dogmáticas referentes a la santísima Virgen. Esto lo ignora la mayor parte de los cristianos: el rigurosísimo cristocentrismo de todo culto mariano en la Iglesia. El centro de todo culto mariano es Cristo[3].

 

2.2.- No cabe la menor duda que la economía de la redención, el plan divino para la humanidad, quedaría trunco si no hubiera, junto al segundo Adán, la segunda Eva. Estamos, entonces, ante una pareja, ante una pareja única, una pareja que no se sitúa en la sucesión de las generaciones carnales, sino ante una pareja que debe guiar a toda la especie, dándole sentido a la historia toda; esta pareja no puede estar ligada por un vínculo carnal. Sólo puede estar ligada por un vínculo de gracia, sólo por un vínculo que se sitúa en las raíces de la persona. Por eso esta pareja no es esponsalicia, sino una pareja constituida por la filiación y por la maternidad. Es importante subrayarlo, la filiación está primero del lado de María, puesto que el primado en esta pareja pertenece eternamente a Jesús. Es por eso que María será primero la hija de su Hijo en el orden de la gracia, para después convertirse en su madre según la carne. Ella entra de manera eminente en el orden de la Redención, ella es la “primera de las rescatadas” y es justamente en ese plano en el que se realiza la magnífica intuición de Dante: “Ella es la hija de su Hijo”.

 

2.3.- Es en extremo emocionante descubrir que la Bula de Pío XII: Ineffabilis Deus subraya que [María] fue rescatada de manera eminente. La [Bula] define la Inmaculada Concepción presentándonos a María como la primera de las rescatadas, [la primera de las redimidas].

Esta pareja única está constituida por esa misteriosa reciprocidad: María es la hija de Jesús en el orden de la gracia, [cosa] que va en ella hasta las raíces de la persona, llegando al primer instante de su existencia para ordenarla hacia Jesús, transformándola en ‘cuna viviente’ de Jesús, del que se convertirá en madre por la sobreabundancia de su contemplación, en esa maternidad de toda la persona, lo que  hace de ella no sólo la madre de Cristo, sino de todo el género humano en el orden de la Redención.

María, que desciende normalmente, y por generación carnal, del primer Adán, debería haber sido alcanzada por el pecado original, es decir, nacer privada de los dones sobrenaturales y preternaturales que eran la prerrogativa del primer Adán. Pero esta obligación de estar sujeta al pecado original fue anticipada preventivamente por la elección de Dios que hizo refluir sobre ella la gracia de Cristo, una gracia que previno en ella dicho pecado original, que debería haber contraído en razón de su descendencia a partir del primer Adán. De modo que María ha sido más rescatada que todos los demás, puesto que ella recibió en sobreabundancia la gracia divina, que no sólo borró en ella el pecado original sino que lo previno”[4].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Aquella que debía concebir y dar a luz al Santo de los santos recibió para ser santa de cuerpo, el don de la virginidad, y para ser santa de espíritu, el don de la humildad. Adornada con las joyas de sus virtudes, el cuerpo y el alma resplandecientes por un doble resplandor, la Virgen [llena de] realeza, notada en los cielos por su gracia y su bondad, atrajo hacia ella las miradas de los habitantes del cielo, a tal punto que despertó el deseo en el alma del Rey y éste le envió al mensajero celestial.

Es lo que nos dice el Evangelista cuando relata que un Ángel fue enviado por Dios a una virgen. Por Dios a una virgen; por el Altísimo a la pequeñísima, por el Señor a la esclava, por el Creador a la criatura. ¡Qué condescendencia de Dios! ¡Qué excelencia de la Virgen! ¡Acudan madres, acudan hijas, acudan todas las que, después de Eva y a causa de Eva, han sido dadas a luz con dolor y con dolor han dado a luz! ¡Vengan, acérquense al lecho nupcial de la Virgen, entren, si les es posible, en la casta habitación de su hermana! Miren que Dios envía alguien a la Virgen, el Ángel le habla a la Virgen. Acerquen el oído a la pared, escuchen bien lo que le anuncia; es posible que oigan cosas que les serán de gran consuelo.

¡Alégrate, padre Adán, y aun más tú, madre Eva, regocíjate y salta de gozo! Ustedes han sido los padres de toda la humanidad y al mismo tiempo, sus homicidas; y lo que es más triste todavía, ¡homicidas antes aun de haber sido padres! Los dos siéntanse consolados por su hija, por semejante hija. Tú, sobre todo, de la que partió el mal, haciendo que el oprobio recayera sobre todas las mujeres. Está cercanísimo el momento en el que ese oprobio será eliminado y entonces el varón ya no podrá alegar nada en contra de la mujer, él que esforzándose tontamente en disculparse, no dudó en acusarla cruelmente: la mujer que me diste me alargó el fruto del árbol, y yo lo comí.

Corre Eva, hacia María, corre madre hacia tu hija. ¡Que la hija responda por la madre y sea ella la que borre la vergüenza de la madre! Que ella repare ante el Padre la torpeza de la madre, pues si el varón cayó por la mujer, no podrá levantarse si no es por una mujer.

¿Qué es lo que decías Adán? La mujer que me diste me alargó el fruto del árbol, y yo lo comí. Esas son palabras necias que agravan aun más tu culpa, en lugar de borrarla. Y sin embargo la Sabiduría ha triunfado sobre tu malicia, puesto que Dios encontró en el tesoro  de su inagotable bondad una forma de otorgarte aquel mismo perdón que ya había intentado brindarte cuando te hacía aquella pregunta. Por eso es Él quien te devuelve una mujer a cambio de otra mujer, una sabia a cambio de una necia, una humilde en lugar de otra vanidosa: ésta te hará gustar el fruto del árbol de la vida en lugar de ofrecerte el fruto del árbol de la muerte; es la que en lugar del fruto amargo y envenenado ha engendrado la dulzura del fruto eterno[5].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Benedicto XVI, Homilía del 08-12-2005. Algo abreviada y adaptada.

[2] Vergine Madre, figlia del tuo Figlio,/ Umile ed alta più che creatura,

Termine fisso d’eterno consiglio, / Tu se’ colei che l’umana natura

Nobilitasti sì, che ‘l suo Fattore / Non disdegnò di farsi sua fattura.

[3] Todos los signos de la celebración litúrgica hacen referencia a Cristo: también las imágenes sagradas de la Santísima Madre de Dios y de los santos. Significan, en efecto, a Cristo que es glorificado en ellos. Manifiestan “la nube de testigos” (Hb 12,1) que continúan participando en la salvación del mundo y a los que estamos unidos, sobre todo en la celebración sacramental. A través de sus iconos, es el hombre “a imagen de Dios”, finalmente transfigurado “a su semejanza”, quien se revela a nuestra fe, e incluso los ángeles, recapitulados también en Cristo. Catecismo Ig. Cat.,  Nº 1161.

[4] M. Zundel,  Silence, parole de vie [retiro 1959], Quebec 1990pp. 223-225. Traducción propia.

[5] San Bernardo de Claraval, Alabanzas en honor de la Virgen Madre, Homilía 2,2-3; Obras completas de san Bernardo II [BAC 452], pp. 614. 616;traducción propia. Bernardo de Claraval (1090-1153), fue llamado por Mabillon “el último de los Padres”, que ciertamente en nada desmerece a los primeros. A los 25 años entró en el monasterio del Císter, fundado hacia poco como reforma de Cluny, junto con treinta caballeros y es considerado el segundo fundador de la Orden. No sólo intervino en la fundación de 68 monasterios, sino que, a pesar de su amor a la soledad y al silencio, tuvo que dedicar su tiempo y atención a los grandes asuntos de su tiempo: el cisma de 1130 por la elección de dos papas; las polémicas contra Abelardo; la predicación de la segunda Cruzada… Su mérito principal dentro de la Iglesia es la creación de una nueva manera de seguir los caminos del Espíritu. Sus escritos son un verdadero tesoro de espiritualidad, llenos de unción y sabiduría.

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