Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE

NAVIDAD

04-05 de enero 2014

 

 

Monograma de Cristo rodeado por los bautizados

(representados en forma de paloma)

[Mosaico, Bautisterio de Alberga (Liguria), hacia el año 500]

 

 

 

Introducción

 

En este domingo —segundo después de Navidad y primero del año nuevo— me alegra renovar a todos mi deseo de todo bien en el Señor. No faltan los problemas, en la Iglesia y en el mundo, al igual que en la vida cotidiana de las familias.(…) Nuestra esperanza está en Dios, no en el sentido de una religiosidad genérica, o de un fatalismo disfrazado de fe. Nosotros confiamos en el Dios que en Jesucristo ha revelado de modo completo y definitivo su voluntad de estar con el hombre, de compartir su historia, para guiarnos a todos a su reino de amor y de vida. Y esta gran esperanza anima y a veces corrige nuestras esperanzas humanas.

De esa revelación nos hablan hoy, en la liturgia eucarística, tres lecturas bíblicas de una riqueza extraordinaria: el capítulo 24 del Libro del Sirácida, el himno que abre laCarta a los Efesios de San Pablo y el prólogo del Evangelio de San Juan. Estos textos afirman que Dios no sólo es el creador del universo —aspecto común también a otras religiones— sino que es Padre, que “nos eligió antes de crear el mundo (…) predestinándonos a ser sus hijos adoptivos” (Ef 1, 4-5) y que por esto llegó hasta el punto inconcebible de hacerse hombre: “El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1, 14). El misterio de la Encarnación de la Palabra de Dios fue preparado en el Antiguo Testamento, especialmente donde la Sabiduría divina se identifica con la Ley de Moisés. En efecto, la misma Sabiduría afirma: “El creador del universo me hizo plantar mi tienda, y me dijo: “Pon tu tienda en Jacob, entra en la heredad de Israel”” (Si 24, 8). En Jesucristo, la Ley de Dios se ha hecho testimonio vivo, escrita en el corazón de un hombre en el que, por la acción del Espíritu Santo, reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad (cf. Col 2, 9).

Queridos amigos, esta es la verdadera razón de la esperanza de la humanidad: la historia tiene un sentido, porque en ella “habita” la Sabiduría de Dios. Sin embargo, el designio divino no se cumple automáticamente, porque es un proyecto de amor, y el amor genera libertad y pide libertad. Ciertamente, el reino de Dios viene, más aún, ya está presente en la historia y, gracias a la venida de Cristo, ya ha vencido a la fuerza negativa del maligno. Pero cada hombre y cada mujer es responsable de acogerlo en su vida, día tras día. Por eso, también 2011 será un año más o menos “bueno” en la medida en que cada uno, de acuerdo con sus responsabilidades, sepa colaborar con la gracia de Dios. Por lo tanto, dirijámonos a la Virgen María, para aprender de ella esta actitud espiritual. El Hijo de Dios tomó carne de ella, con su consentimiento. Cada vez que el Señor quiere dar un paso adelante, junto con nosotros, hacia la “tierra prometida”, llama primero a nuestro corazón; espera, por decirlo así, nuestro “sí”, tanto en las pequeñas decisiones como en las grandes[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Eclesiástico 24,1-4.12-16 (1-2. 5-6. 8-12)

 

1.0.- Nota previa: El texto de referencia para la liturgia, tanto en cuanto al texto a traducir como en cuanto a la numeración de los capítulos y versículos, es el de la Biblia Neo-Vulgata. Lamentablemente nuestro leccionario del Cono-Sur  en este caso no lo tuvo en cuenta, con el resultado de omitir versículos, dada su diferente numeración. Por esa razón transcribimos en primer lugar una traducción del textocompleto a leer, de acuerdo a la Neo-Vulgata:

La sabiduría hace su propio elogio,
se gloría en medio de su pueblo.

Abre la boca en la asamblea del Altísimo
y se gloría delante de su Poder.

En medio de su pueblo será ensalzada
y admirada en la congregación plena de los santos:
recibirá alabanzas de la muchedumbre de los elegidos
y será bendita entre los benditos.

Entonces el Creador del Universo me ordenó:
“establece tu carpa,  habita en Jacob,
sea Israel tu heredad.

Desde el principio, antes de los siglos, me creó,
y no cesaré jamás.

En la Morada santa, en su presencia ofrecí culto
y en Sión me estableció;
en la ciudad escogida me hizo descansar,
en Jerusalén reside mi autoridad.

Eché raíces en un Pueblo glorioso,
en la porción del Señor, en su herencia

 

1.1.-  Nuestra lectura nos presenta sólo una parte del discurso de la Sabiduría que se lee en Sir 24,1-31.  La amplia introducción (1-4) entra de lleno en el argumento: la sabiduría habla en medio del Pueblo bendito y elegido; es ahí el lugar en el que se percibe su valor y esplendor, la belleza y el valor  provienen de su relación privilegiada con Dios. No se accede a ella mediante un camino recorrido en solitario, sino’ caminando’ y perteneciendo al Pueblo de Dios, sobre todo bajo aquella especial forma de vida del pueblo que son sus asambleas litúrgicas.

 

1.2.- La sabiduría está presente en el mundo entero, nada ni nadie se libra de su presencia, a todos los pueblos manifiesta su resplandor. Es lo que subrayan los vv. 5-11, omitidos en la lectura litúrgica. Pero lo que el autor puntualiza y subraya es que dicha sabiduría habita especialmente en Israel, allí se pone plenamente de manifiesto todo su poder, desplegadas todas sus potencialidades de bendición. El texto emplea tres imágenes para subrayarlo: la morada o tienda de campaña, la herencia-heredad y la del jardín. La sabiduría instala su carpa en Israel, allí habita; Israel es su heredad-herencia, su propiedad; y su jardín hermoso y profusamente irrigado (ver Sal 46,5: el correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada), en el que crecen y se desarrollan toda clase de perfumadas plantas (este último aspecto es desarrollado en los vv17-23 omitidos por la lectura). Por último, en los vv. 32-33 el autor se encarga de descifrarnos su alegoría: todo esto es el libro de la Alianza del Dios Altísimo y la Ley que Moisés nos prescribió. La forma bajo la cual la sabiduría divina habita en Israel es la –Torá- Ley que plasma cada detalle de la vida del pueblo (leer Bar 3,32-4,1).

 

1.3.- Desde el punto de vista cristiano este proceso de concentración de la sabiduría no se ha concluido aun. Su utilización en el tiempo de Navidad y en conexión con el Prólogo de Juan es por demás elocuente: la Sabiduría de Dios ha concentrado y restringido aun más su presencia entre los  hombres en la persona de Jesús de Nazaret, y su humanidad es la Morada-Tienda-Carpa,  el Templo de Dios, su Heredad-Propiedad y su Paraíso en la tierra. Sin embargo el proyecto de Dios no se detiene aquí: Él es el Primogénito de muchos hermanos, el cimiento y fundamento, la Cabeza del Cristo total. Construida por el Espíritu Santo dicha realidad, a la que Pablo llama Plenitud-Pleroma (Ef 1,23), es la morada, la herencia y el jardín de Dios entre los hombres: la Iglesia fue plantada en este mundo cual jardín de Dios, afirma hermosamente san Ireneo[2].

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 147,12-15. 19-20

 

2.1.- El Lauda Ierusalem, (…) es frecuente en la liturgia cristiana. A menudo se entona el salmo 147 refiriéndolo a la palabra de Dios, que corre veloz sobre la faz de la tierra, pero también a la Eucaristía, verdadera flor de harina otorgada por Dios para “saciar” el hambre del hombre (vv. 14-15). Orígenes, en una de sus homilías, traducidas y difundidas en Occidente por san Jerónimo, comentando este salmo, relacionaba precisamente la palabra de Dios y la Eucaristía:

“Leemos las sagradas Escrituras. Pienso que el evangelio es el cuerpo de Cristo; pienso que las sagradas Escrituras son su enseñanza. Y cuando dice:  el que no coma mi carne y no beba mi sangre (Jn 6, 53), aunque estas palabras se puedan entender como referidas también al Misterio (eucarístico), sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es verdaderamente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios. Cuando acudimos al Misterio (eucarístico), si se nos cae una partícula, nos sentimos perdidos. Y cuando escuchamos la palabra de Dios, y se derrama en nuestros oídos la palabra de Dios, la carne de Cristo y su sangre, y nosotros pensamos en otra cosa, ¿no caemos en un gran peligro?” (74 omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 543-544).

Los estudiosos ponen de relieve que este salmo está vinculado al anterior, constituyendo una única composición, como sucede precisamente en el original hebreo. En efecto, se trata de un único cántico, coherente, en honor de la creación y de la redención realizadas por el Señor. Comienza con una alegre invitación a la alabanza: Alaben al Señor, que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa”(Sal 146, 1).

 

2.2.- Si fijamos nuestra [en el Salmo], podemos descubrir tres momentos de alabanza, introducidos por una invitación dirigida a la ciudad santa, Jerusalén, para que glorifique y alabe a su Señor (v, 12).

En el primer momento (vv. 13-14) entra en escena la acción histórica de Dios. Se describe mediante una serie de símbolos que representan la obra de protección y ayuda realizada por el Señor con respecto a la ciudad de Sión y a sus hijos. Ante todo se hace referencia a los cerrojos que refuerzan y hacen inviolables las puertas de Jerusalén. Tal vez el salmista se refiere a Nehemías, que fortificó la ciudad santa, reconstruida después  de la experiencia amarga del destierro en Babilonia (cf. Ne 3, 3. 6. 13-15; 4, 1-9; 6, 15-16; 12, 27-43). La puerta, por lo demás, es un signo para indicar toda la ciudad con su solidez y tranquilidad. En su interior, representado como un seno seguro, los hijos de Sión, o sea los ciudadanos, gozan de paz y serenidad, envueltos en el manto protector de la bendición divina.

La imagen de la ciudad alegre y tranquila queda destacada por el don altísimo y precioso de la paz, que hace seguros sus confines. Pero precisamente porque para la Biblia la paz (shalôm) no es un concepto negativo, es decir, la ausencia de guerra, sino un dato positivo de bienestar y prosperidad, el salmista introduce la saciedad con la flor de harina, o sea, con el trigo excelente, con las espigas colmadas de granos. Así pues, el Señor ha reforzado las defensas de Jerusalén (cf. Sal 87, 2); ha derramado sobre ella su bendición (cf. Sal 128, 5; 134, 3), extendiéndola a todo el país; ha dado la paz (cf. Sal 122, 6-8); y ha saciado a sus hijos (cf. Sal 132, 15).

 

2.3.- En la segunda parte del salmo (cf. Sal 147, 15-18), Dios se presenta sobre todo como creador. En efecto, dos veces se vincula la obra creadora a la Palabra que había dado inicio al ser: Dijo Dios: “haya luz”, y hubo luz(…) Envía su palabra a la tierra. (…) Envía su palabra” (cf. Gn 1, 3; Sal 147, 15. 18).

Con la Palabra divina irrumpen y se abren dos estaciones fundamentales. Por un lado, la orden del Señor hace que descienda sobre la tierra el invierno, representado de forma pintoresca por la nieve blanca como lana, por la escarcha como ceniza, por el granizo comparado a migas de pan y por el frío que congela las aguas (cf. vv. 16-17). Por otro, una segunda orden divina hace soplar el viento caliente que trae el verano y derrite el hielo: así, las aguas de lluvia y de los torrentes pueden correr libres para regar la tierra y fecundarla.

En efecto, la Palabra de Dios está en el origen del frío y del calor, del ciclo de las estaciones y del fluir de la vida en la naturaleza. La humanidad es invitada a reconocer al Creador y a darle gracias por el don fundamental del universo, que la rodea, le permite respirar, la alimenta y la sostiene.

2.4.- Entonces se pasa al tercer momento, el último, de nuestro himno de alabanza (cf. vv. 19-20). Se vuelve al Señor de la historia, del que se había partido. La Palabra divina trae a Israel un don aún más elevado y valioso, el de la Ley, la Revelación. Se trata de un don específico: Con ninguna nación obró así ni les dio a conocer sus mandatos (v. 20).

Por consiguiente, la Biblia es el tesoro del pueblo elegido, al que debe acudir con amor y adhesión fiel. Es lo que dice Moisés a  los  judíos  en el Deuteronomio: ¿Cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?”(Dt 4, 8).

2.5.- Del mismo modo que hay dos acciones gloriosas de Dios, la creación y la historia, así existen dos revelaciones: una inscrita en la naturaleza misma y abierta a todos; y la otra dada al pueblo elegido, que la deberá testimoniar y comunicar a la humanidad entera, y que se halla contenida en la sagrada Escritura. Aunque son dos revelaciones distintas, Dios es único, como es única su Palabra. Todo ha sido hecho por medio de la Palabra -dirá el Prólogo del evangelio de San Juan- y sin ella no se ha hecho nada de cuanto existe. Sin embargo, la Palabra también se hizo carne, es decir, entró en la historia y puso su morada entre nosotros (cf. Jn 1, 3. 14)[3].

 

 

Segunda Lectura: Carta a los Efesios 1,3-6. 15-18

 

3. 1.- Estamos ante el solemne himno de bendición que abre la carta a los Efesios,una página de gran densidad teológica y espiritual, expresión admirable de la fe y quizá de la liturgia de la Iglesia de los tiempos apostólicos.

(…) La bendición se eleva de la humanidad al Padre que está en los cielos (cf. v. 3), a partir de la obra salvífica del Hijo.

 

3.2.- Ella inicia en el eterno proyecto divino, que Cristo está llamado a realizar. En este designio brilla ante todo nuestra elección para ser santos e irreprochables, no tanto en el ámbito ritual -como parecerían sugerir estos adjetivos utilizados en el Antiguo Testamento para el culto sacrificial-, cuanto por el amor (cf. v. 4). Por tanto, se trata de una santidad y de una pureza moral, existencial, interior.

Sin embargo, el Padre tiene en la mente una meta ulterior para nosotros: a través de Cristo nos destina a acoger el don de la dignidad filial, convirtiéndonos en hijos en el Hijo y en hermanos de Jesús (cf. Rm 8, 15.23; 9,4; Ga 4, 5). Este don de la gracia se infunde por medio de su querido Hijo, el Unigénito por excelencia (cf v 5-6).

 

3.3.- Por este camino el Padre obra en nosotros una transformación radical: una liberación plena del mal, “la redención mediante la sangre” de Cristo, “el perdón de los pecados” a través del “tesoro de su gracia” (cf. v. 7). La inmolación de Cristo en la cruz, acto supremo de amor y de solidaridad, irradia sobre nosotros una onda sobreabundante de luz, de “sabiduría y prudencia” (cf. v. 8). Somos criaturas transfiguradas: cancelado nuestro pecado, conocemos de modo pleno al Señor. Y al ser el conocimiento, en el lenguaje bíblico, expresión de amor, nos introduce más profundamente en el “misterio” de la voluntad divina (cf. v. 9).

 

3.4.- Un “misterio”, o sea, un proyecto trascendente y perfecto, cuyo contenido es un admirable plan salvífico: “recapitular en Cristo todas las cosas, del cielo y de la tierra” (v. 10). El texto griego sugiere que Cristo se ha convertido en kefálaion, es decir, es el punto cardinal, el eje central en el que converge y adquiere sentido todo el ser creado. El mismo vocablo griego remite a otro, apreciado en las cartas a los Efesios y a los Colosenses: kefalé, “cabeza”, que indica la función que cumple Cristo en el cuerpo de la Iglesia.

Ahora la mirada es más amplia y cósmica, además de incluir la dimensión eclesial más específica de la obra de Cristo. Él ha reconciliado “en sí todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos” (Col 1, 20).

 

3.5.- Concluyamos nuestra reflexión con una oración de alabanza y de acción de gracias por la redención que Cristo ha obrado en nosotros. Lo hacemos con las palabras de un texto conservado en un antiguo papiro del siglo cuarto.

“Nosotros te invocamos, Señor Dios. Tú lo sabes todo, nada se te escapa, Maestro de verdad. Has creado el universo y velas sobre cada ser. Tú guías por el camino de la verdad a aquellos que estaban en tinieblas y en sombras de muerte. Tú quieres salvar a todos los hombres y darles a conocer la verdad. Todos juntos te ofrecemos alabanzas e himnos de acción de gracias”. El orante prosigue: “Nos has redimido, con la sangre preciosa e inmaculada de tu único Hijo, de todo extravío y de la esclavitud. Nos has liberado del demonio y nos has concedido gloria y libertad.

Estábamos muertos y nos has hecho renacer, alma y cuerpo, en el Espíritu. Estábamos manchados y nos has purificado. Te pedimos, pues, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo: confírmanos en nuestra vocación, en la adoración y en la fidelidad”. La oración concluye con la invocación: “Oh Señor benévolo, fortalécenos, con tu fuerza. Ilumina nuestra alma con tu consuelo… Concédenos mirar, buscar y contemplar los bienes del cielo y no los de la tierra. Así, por la fuerza de tu gracia, se dará gloria a la potestad omnipotente, santísima y digna de toda alabanza, en Cristo Jesús, el Hijo predilecto, con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén” (A. Hamman, Preghiere dei primi cristiani, Milán 1955, pp. 92-94)[4].

 

 

Evangelio: San Juan 1,1-18

 

4.1.- En la celebración de la Natividad del Señor, la Iglesia nos regaló un itinerario contemplativo  para un progresivo crecimiento en la fe, en la aceptación de la Buena Noticia, que toma como punto de partida a Jesús hecho niño, frágil (misa de la noche: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un comedero de animales…), pero en ese Niño está escondida otra identidad que sólo puede ser revelada por el Ángel del Señor (los pastores encuentran todo según se lo habían anunciado y asombrados relatan…, y María confronta, medita, interpreta todo lo acontecido): ese Niño es el Mesías y el Salvador (misa de la aurora) y dando el paso decisivo en nuestra celebración doxológica, nuestra madre, la Iglesia, nos hace remontar al Principio, a contemplar al Verbo, a la Palabra de Dios por quien todo fue hecho y que se hizo carne,  plantando su toldo entre nosotros… (misa del día).  En este segundo domingo después de Navidad la liturgia nos invita a profundizar y prolongar el itinerario doxológico de fe poniendo nuevamente ante nuestra mirada interior ese maravilloso himno-obertura que solemos llamar “prólogo” de san Juan…

 

4.2.- La temática de la “luz” es central en toda la liturgia del  Tiempo de Navidad-Epifanía y es igualmente uno de los aspectos centrales del himno-obertura de Juan. Con el “hacerse carne” del Verbo de Dios todo es iluminado por aquella luz que desde siempre estaba en Dios y era Dios. La luz quiso iluminar las tenebrosidades del mundo, pero las tinieblas no la recibieron. Por el contrario, a los que  la  recibieron les dio el poder de llegar a ser hijos/hijas de Dios. Así es como desde siempre se entendió a sí misma la Iglesia, la comunidad de los que se dejan iluminar por el Verbo, por Cristo, Luz del mundo, sea en la expresión de los Padres de la Iglesia a los que les gustaba hablar de los cristianos como “iluminados” en y por el bautismo hasta el vaticano II cuyo documento sobre la Iglesia comienza, precisamente, con las palabras  “Luz de los pueblos” [“Lumen gentium”]. Los que no se “escondieron” de la luz para refugiarse en las tinieblas no nacieron de la carne ni de la sangre, sino de Dios. De este modo son poseedores de una fuente de vida que no es puramente horizontal, vale decir humana, sino divina, y dicha fuente no es otra que el Espíritu Santo. Es él la luz que hace brillar ante los ojos del alma, con inusitado resplandor, a la Palabra-Verbo encarnado, Jesús de Nazaret, mostrándonos su gloria, única e irrepetible, como unigénito nacido del Padre. Es hij@ de Dios aquel/la que intuye ya desde ahora esa gloria de Jesús. Se deja iluminar quien  ve al Verbo de Dios que ha instalado su morada en la historia, en la vida de todo ser humano y deja que la instale en la propia vida, la de su familia y su comunidad.

El regalo de la Navidad es un obsequio de luz, de revelación, de manifestación. Más aun: el regalo nos viene dado en la manifestación y en la manifestación se realiza el don:

(…) gracias al misterio de la Palabra hecha carne, la luz de tu gloria [Padre] brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que conociendo a Dios visiblemente Él nos lleve al amor de lo invisible [sería más fuerte poder traducir: ¡nos arrebate al amor del INVISBLE!]  (Prefacio Iº de Navidad).

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Hay un único Dios, hermanos, que sólo puede ser conocido a través de las Escrituras santas. Por ello debemos esforzarnos por penetrar en todas las cosas que nos anuncian las divinas Escrituras y procurar profundizar en lo que nos enseñan. Debemos conocer al Padre como él desea ser conocido, debemos glorificar al Hijo como el Padre desea que lo glorifiquemos, debemos recibir al Espíritu Santo como el Padre desea dárnoslo. En todo debemos proceder no según nuestro capricho ni según nuestros propios sentimientos ni haciendo violencia a los deseos de Dios, sino según los caminos que el mismo Señor nos ha dado a conocer en las santas Escrituras.

Cuando sólo existía Dios y nada había aún que existiera con él, el Señor quiso crear el mundo. Lo creó por su inteligencia, por su voluntad y por su palabra; y el mundo llegó a la existencia tal como él lo quiso y cuando él lo quiso. Nos basta, por tanto, saber que, al principio, nada existía junto a Dios, nada había fuera de él. Pero Dios, siendo único, era también múltiple. Porque con él estaba su sabiduría, su razón, su poder y su consejo; todo esto estaba en él, y él era todas estas cosas. Y, cuando quiso y como quiso, y en el tiempo por él mismo fijado de antemano, manifestó al mundo su Palabra, por quien fueron hechas todas las cosas.

Y como Dios contenía en sí mismo a la Palabra, aunque ella fuera invisible para el mundo creado, cuando Dios hizo oír su voz, la Palabra se hizo entonces visible; así, de la luz que es el Padre salió la luz que es el Hijo, y la imagen del Señor fue como reproducida en el ser de la criatura; de esta manera el que al principio era sólo visible para el Padre empezó a ser visible también para el mundo, para que éste, al contemplarlo, pudiera alcanzar la salvación.

El sentido de todo esto es que, al entrar en el mundo, la Palabra quiso aparecer como Hijo de Dios; pues, en efecto, todas las cosas fueron hechas por el Hijo, pero él es engendrado Únicamente por el Padre. Dios dio la ley y los profetas, impulsando a éstos a hablar movidos por el Espíritu Santo, para que, habiendo recibido la inspiración del poder del

Padre, anunciaran su consejo y su voluntad.

La Palabra, pues, se hizo visible, como dice San Juan. Y repitió en resumen todo lo que dijeron los profetas, demostrando así que es realmente la Palabra por quien fueron hechas todas las cosas. Dice: Ya al comienzo de las cosas existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios; por ella empezaron a existir todas las cosas, y ninguna de las que existen empezó a ser sino por ella. Y más adelante: El mundo empezó por ella a existir; pero el mundo no la reconoció. Vino a los suyos y los suyos no la recibieron[5].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Benedicto XVI, Ángelus del 3 de enero 2010. Abreviado y adaptado.

[2] San Ireneo, Contra las Herejías V,20,2.

[3] Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia general 5 de junio 2002. Adaptada.

[4] Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia general  13 de octubre 2004; 2ª Catequesis, adaptada.

[5] Hipólito de Roma, Contra la herejía de Noeto 1; Tomado de: J. Argüello, Caminar con los Padres de la Iglesia, Managua 2006, pp.23-25. Hipólito El autor más destacado de esta época en Roma es San Hipólito. No se sabe con precisión el tiempo ni el lugar de su nacimiento. De sus escritos se puede deducir que era de procedencia oriental –escribió en griego– y se había formado en la filosofía griega y, sobre todo, en la teología alejandrina. Fue un hombre culto, con gran amplitud de intereses. Su producción literaria es muy extensa, aunque el tiempo nos ha conservado una escasa parte.

En el 212 se encontraba en Roma en calidad de presbítero. Su prestigio entre los cristianos era grande por sus dotes intelectuales y su vida ascética. Se enfrentó con el Papa San Calixto, cuando éste mitigó la disciplina para los penitentes. Hipólito se hizo elegir Papa por un círculo pequeño, pero muy influyente; es considerado por eso el primer antipapa. Estuvo en enemistad con los pontífices romanos desde el 220 al 235, año en que Hipólito y el Papa Ponciano fueron desterrados en la persecución de Maximino el Tracio. Hipólito, estando en el destierro, depuso su actitud y pidió a sus seguidores que volvieses a la Iglesia. Murió mártir en el 235. En Roma le hicieron honrosos funerales y le levantaron una estatua en la que grabaron un elenco de sus obras.

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