Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

 

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO,

Ciclo “A”

21-22 de diciembre 2013

 

 

La Virgen concebirá y dará a luz un hijo,

a quien pondrán el nombre de Emanuel

[María de Guadalupe en la tilma de san Juan Diego]

 

 

 

Introducción

 

0.1.- “Qué hermoso escuchar todos juntos, aquí, en silencio, el Evangelio que nos recuerda cómo fue que Dios vino a ser “Dios con nosotros” (Mt 1, 23); cómo fue recibido por María y por José. Exaltamos llenos de júbilo a la Trinidad Santísima que brilla humilde y escondida en esta Sagrada Familia. Mientras el Espíritu Santo obra la Encarnación en el interior de María (que es pura disponibilidad, puro dejar hacer lo que Dios quiere), el Padre –representado en ese “Ángel de Dios”– hace todos los arreglos exteriores con san José (que es pura obediencia, es apenas levantarse y estar haciendo lo mandado). Y todos giran en torno al Niño Jesús, el Hijo predilecto del Padre, el Ungido por el Espíritu Santo, el esperado de las Naciones. El que vino a salvar a su pueblo de los pecados. El que viene todos los días a estar con nosotros en cada Eucaristía. Jesús, en quien creemos y al que esperamos hasta que vuelva.

El jubileo [del año 2000] es el cumpleaños de Jesús. Las primeras Navidades fueron fiestas sencillas, de familia. José y María habrán festejado solos, en el destierro, los primeros cumpleaños de Jesús. El “Dios con nosotros” parecía que era sólo de ellos dos; pero –si escuchamos el Magnificat– nos damos cuenta de que María amó siempre a Jesús con corazón de pueblo, con corazón de Iglesia. Y así fue que, después de la Resurrección del Señor, de a poquito, la Navidad comenzó a ser una fiesta para todo el pueblo fiel de Dios.

 

0.2.- Dos mil Navidades han pasado. Setecientos años antes Isaías había profetizado que nacería un Niño que se llamaría Emmanuel, “Dios con nosotros”. Un Dios con nosotros que, desde siempre, anda queriendo ser un Dios con todos.

Dos mil Navidades, y el Niño no se desilusiona de su Pueblo fiel, de nosotros. Se sigue poniendo confiado en nuestras manos, en este gesto de entrega que es la Eucaristía: “Yo soy el Dios con Ustedes”, como si repitiera en su silencio con gusto a pan.

“Dios con nosotros” es un hermoso nombre de Dios. Es como su apellido. Su nombre propio es Jesús, o Padre o Espíritu… pero su apellido es “Dios con nosotros”.

 

0.3.- Para hablar de Él tenemos que decir “nosotros”. Solamente si lo dejamos estar con nosotros, como lo dejaron María y José, se vuelve posible una cultura del encuentro, en la que nadie está excluido, en la que todos nos miramos como hermanos. Porque es precisamente en la cercanía y en el encuentro donde nace Jesús, el amor. Ese amor que arraiga en la memoria de una gracia compartida: “Les ha nacido un Salvador y lo verán envuelto en pañales” (Lc 2, 11). El amor se alimenta en la esperanza común, la de la Ciudad Santa que nos cobijará a todos, cuya mejor imagen es la del pan compartido.

 

0.4.- Por eso hoy, al recibir la Eucaristía, sintamos también al de al lado, sintamos la presencia de todos y digamos: “Dios con nosotros”. Recordemos a san José y a la Virgen y digamos: “Dios con nosotros”. Pensemos en la esperanza de Isaías y de los Profetas, de nuestro padre Abraham y de los Patriarcas, y digamos: “Dios con nosotros”. Gustemos el cariño de los Santos, esa muchedumbre de hombres y mujeres que “vivieron en Su amistad a través de los siglos” y recemos con ellos: “Dios con nosotros”. Busquemos a los más pobres para decir con ellos: “Dios con nosotros”. Tomemos de la mano a nuestros niños y digamos: “Dios con nosotros”. Acariciemos a nuestros ancianos y, con ellos, confesemos: “Dios con nosotros”.

Unidos por el recuerdo y la esperanza de Belén, la casa del Pan, del Pan de Vida que hace dos mil años nos regaló el Padre, del Pan nuestro de cada día que nos da hoy, y del Pan que el mismo Jesús partirá para nosotros en el banquete del cielo, ahora todos juntos, como hermanos, profesemos nuestra fe en el Dios con nosotros: Creo en Dios Padre…[1]

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

En este último domingo de Adviento  las lecturas nos hacen descubrir verdaderamente al ‘Esperado-de-las-naciones’, a Jesucristo. Son tres lecturas de densidad inigualable que  nos hacen vivir con corazón sincero la densidad de lo que significa que Dios “esté con nosotros”  siempre, hasta el fin del mundo (Mt 28,20).

 

 

Primera Lectura: Isaías 7,10-16

 

1.1.- El episodio del ‘signo’ ofrecido al rey Ajaz se desarrolló en el año 734 a. C. en un contexto de incertidumbre y pánico comunitario.   Dos reyes extranjeros se aliaron contra Jerusalén y se disponían a atacarla para deponer a Ajaz, remplazándolo por alguien favorable a sus planes. Mientras Ajaz anda inspeccionando un lugar de importancia estratégica, sin duda preparando la defensa, el Señor le envía al profeta Isaías para asegurarle que esos pueblos no podrán salir victoriosos por tener como reyes precisamente a tales individuos; el oráculo sugiere, tácitamente, que Jerusalén tiene como  rey y defensor  al Señor en persona. La apuesta es arriesgada, está en juego el todo por el todo; ¿en qué o en quién se apoyará Ajaz? ¿En Dios?

 

1.2.- En ese momento interviene el Señor, saliendo  al encuentro de la fragilidad de Ajaz invitándolo a pedir un signo que confirme las promesas divinas. El rey rechaza el ofrecimiento arguyendo de no querer tentar al Señor. El exigir un signo para creer puede ser una demostración de falta de confianza en Dios, pero rechazarlo cuando  es el mismo Dios quien lo ofrece es demostración de una gran desconfianza. La respuesta de Ajaz está llena de hipocresía: en realidad  no desea ningún signo de parte de Dios, ya que no tiene la más mínima intención de ‘apostar el todo por el todo’ por Dios. Ajaz ya lo tiene decidido: cree saber muy bien cómo defender la ciudad y su trono; el rey es él y no acepta consejos ni injerencia alguna. Hasta este instante no hemos hecho otra cosa que describir  la experiencia de un ser humano que no logra confiar en el Señor y por eso mismo busca apoyos engañosos (si no se afirman en mí no tendrán firmeza sentencia el Señor: v 9b)[2].

 

1.3.- También para el Señor es mucho lo que está en juego: la relevancia de su Palabra en la historia. ¿Retirará Dios su Palabra por el hecho de no haber sido aceptada por Ajaz? Todo lo contrario, Isaías anuncia que Dios confirma su palabra dando un signo. ¿De qué signo se trata en el oráculo de Isaías? ¿Quién es la virgen embarazada y quién aquel que va a nacer?  En un primer nivel, el histórico, se trataría de la esposa de Ajaz y de su hijo Ezequías, el heredero del trono que proporcionará nuevas esperanzas a la dinastía davídica. De ahí la protesta de Isaías:¡Escuchen, casa de David…!  Podemos entender así con mayor profundidad todo loque hay detrás de las palabras del Ángel: José, hijo de David, no temas…

 

1.4.- Esto es todo un mensaje para nosotros, siempre asustados frente a las amenazas que nos acechan, siempre buscando ayuda, más en los planes y medios humanos que en Dios. La falta de esperanza y nuestros miedos nos hacen encallar en el fango, al igual que Ajaz, que no quiso escuchar la exhortación de Isaías.

El Señor se ofrece a estar-con-nosotros, a ser el ‘Emanuel’; nos ofrece pequeños-grandes signos de su cercanía y de su presencia para que nos demos cuenta de que Él está con nosotros.

El signo grande y decisivo es el del Hijo de Dios nacido de María Virgen,- anticipado y prefigurado en el signo del hijo dado a Ajaz -, en Quien se han cumplido todas laspromesas de Dios  (2 Cor 1,20), ya que Él es el Emanuel[3].

 

 

Salmo responsorial: Salmo 23,1-6

 

2.1.- Para poder descubrir con claridad el hilo conductor que atraviesa este salmo es necesario tener muy presentes tres presupuestos fundamentales. El primero atañe a la verdad de la creación: Dios creó el mundo y es su Señor. El segundo se refiere al juicio al que somete a sus criaturas: debemos comparecer ante su presencia y ser interrogados sobre nuestras obras. El tercero es el misterio de la venida de Dios: viene al cosmos y en la historia, y desea tener libre acceso, para entablar con los hombres una relación de profunda comunión. Un comentarista moderno ha escrito: “Se trata de tres formas elementales de la experiencia de Dios y de la relación con Dios; vivimos por obra de Dios, en presencia de Dios y podemos vivir con Dios”[4].

 

2.2.- A estos tres presupuestos corresponden las tres partes del salmo 23, que ahora trataremos de profundizar, considerándolas como tres paneles de un tríptico poético y orante. Desde el horizonte cósmico la perspectiva del salmista se restringe al microcosmos de Sión, el monte del Señor. Nos encontramos ahora en el segundo cuadro del salmo (vv. 3-6). Estamos ante el templo de Jerusalén. La procesión de los fieles dirige a los custodios de la puerta santa una pregunta de ingreso: ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? Los sacerdotes -como acontece también en algunos otros textos bíblicos llamados por los estudiosos “liturgias de ingreso” (cf. Sal 14; Is 33, 14-16; Mi 6, 6-8)- responden enumerando las condiciones para poder acceder a la comunión con el Señor en el culto. No se trata de normas meramente rituales y exteriores, que es preciso observar, sino de compromisos morales y existenciales, que es necesario practicar. Es casi un examen de conciencia o un acto penitencial que precede la celebración litúrgica.

 

2.3.- Son tres las exigencias planteadas por los sacerdotes. Ante todo, es preciso tener manos inocentes y corazón puroManos y corazón evocan la acción y la intención, es decir, todo el ser del hombre, que se ha de orientar radicalmente hacia Dios y su ley. La segunda exigencia es “no mentir”, que en el lenguaje bíblico no sólo remite a la sinceridad, sino sobre todo a la lucha contra la idolatría, pues los ídolos son falsos dioses, es decir, “mentira”. Así se reafirma el primer mandamiento del Decálogo, la pureza de la religión y del culto. Por último, se presenta la tercera condición, que atañe a las relaciones con el prójimo: No jurar contra el prójimo en falso. Como es sabido, en una civilización oral como la del antiguo Israel, la palabra no podía ser instrumento de engaño; por el contrario, era el símbolo de relaciones sociales inspiradas en la justicia y la rectitud.

 

2.4.- Así llegamos al tercer cuadro, que describe indirectamente el ingreso festivo de los fieles en el templo para encontrarse con el Señor (vv. 7-10). En un sugestivo juego de llamamientos, preguntas y respuestas, se presenta la revelación progresiva de Dios, marcada por tres títulos solemnes: Rey de la gloria; Señor valeroso, héroe de la guerra; y Señor de los ejércitos. A las puertas del templo de Sión, personificadas, se las invita a alzar los dinteles para acoger al Señor que va a tomar posesión de su casa. El escenario triunfal, descrito por el salmo en este tercer cuadro poético, ha sido utilizado por la liturgia cristiana de Oriente y Occidente para recordar tanto el victorioso descenso de Cristo a los infiernos, del que habla la primera carta de San Pedro (cf. 1 P 3, 19), como la gloriosa ascensión del Señor resucitado al cielo (cf. Hch 1, 9-10). El mismo salmo se sigue cantando, en coros que se alternan, en la liturgia bizantina la noche de Pascua, tal como lo utilizaba la liturgia romana al final de la procesión de Ramos, el segundo domingo de Pasión. La solemne liturgia de la apertura de la Puerta santa durante la inauguración del Año jubilar nos permitió revivir con intensa emoción interior los mismos sentimientos que experimentó el salmista al cruzar el umbral del antiguo templo de Sión[5].

 

 

Segunda Lectura: Carta a los Romanos 1,1-7

 

3.1.- El encabezamiento de la carta a los Romanos sigue un esquema corriente de la época: el remitente se dirige a los destinatarios deseándoles toda clase de bienes. Pero Pablo añade una serie de incisos que nos muestran los rasgos principales de la visión que tiene de su propia misión.

Pablo se presenta como servidor de Jesucristo, en la línea de los ‘servidores’ de Dios que hallamos en el Primer Testamento. Se presenta como apóstol, poniéndose así al mismo nivel de los demás apóstoles, figuras capitales de la Iglesia. Es apóstol porque ha sido llamado a serlo: lo es por gracia. Y su misión es anunciar elEvangelio (la Buena Noticia).

 

3.2.- Después concreta cuál es esta buena noticia que él anuncia de parte de Dios: es Jesucristo. Pablo presenta a Jesucristo como hombre (de la estirpe de David) y como Hijo de Dios, y afirma que es a partir de la resurrección que Jesucristo ejerce por toda la tierra su poder como Hijo de Dios.

Así como Pablo ha sido ‘llamado’, también lo han sido los cristianos. Dos veces repite que los cristianos de Roma han sido llamados. Su fe es fruto del amor de Dios, lo que comporta una respuesta agradecida y amorosa[6].

 

3.3.- Puede sorprendernos, y,- ¡hasta no gustarnos!-,  que la  Natividad del Señor, nos presente este trozo de la carta a los Romanos. Mirándolo detenidamente vemos que apunta hacia una Buena Noticia,- ¡en apariencia!-, diferente, hacia la Resurrección,- ¡y nosotros estamos en el umbral de la Encarnación! -. De poco valdría contemplar y adorar al Niñito-Dios nacido en Belén si no caemos en la cuenta de que el Nombre que lleva es el de Jesús, que en castellano equivale a: “el-SEÑOR-salva”, el Salvador que por puro amor nos salvó por su Cruz y su Resurrección.  El sentido profundo de este nacimiento lo constituye justamente el hecho  de que el misterio de Belén se suelda y ‘abisagra’ con el del Calvario…, con el de la Resurrección. Los “cristianos-viejos” bien lo sabían, a tal punto que para estas fiestas se congratulaban mutuamente con un alegre y sonoro: ¡feliz Pascua de Navidad!

 

 

Evangelio: san Mateo 1,18-24

 

4.1.- Para captar el núcleo de este trozo evangélico es imprescindible tomar como punto de partida su primera frase: El origen-nacimiento[7] de Jesucristo ocurrió del siguiente modo (v. 18). A estas palabras hay que descubrir que de esta frase puede decirse de todo, menos que sea secundaria. Tampoco se trata de sexofobia mojigata o de que la  unión física entre marido y mujer sería algo sucio o indecente… El centro es  Jesús: a Mateo le interesa atestiguar cuál es el origen de Jesús de Nazaret; decir que Él no nació de germen humano, sino del Espíritu Santo. Citando a Isaías, Leví-Mateo puntualiza que no se trata de algo improvisado, sino que corresponde al proyecto pensado, anunciado y soñado en precedencia por Dios. Esta afirmación es importante. La Biblia sabe que todo ser humano es generado  insertado en una previa historia de pecado, que naciendo hereda y al ir viviendo acrecienta; la encuentra como incorporada al nacer y él va agregando su propia cuota: en la culpa nací, pecador me concibió mi madre [Sal 50(51),7]. Esto es justamente lo que muestra la genealogía de Jesús que Mateo acaba de relatar (1,1-17, no leída hoy). En la historia de todos estos antepasados está presente el bien y el mal, a tal punto que generar un hijo significa darle vida, pero igualmente engendrarlo para la decrepitud de la vejez y de la muerte. Esta es la humana situación. Con Jesús de Nazaret se interrumpe esta cadena y esa condena: nos encontramos con un ser humano cuya existencia es nueva desde lo más hondo, desde sus raíces. Es una existencia humana absolutamente nueva cuya concepción no incluye ningún germen de muerte. Una vida que nace totalmente de la Santidad y de la novedad de Dios. Un hombre que desde sus orígenes está libre de las redes del pecado. Jesús es el ‘hombre nuevo’, san Pablo lo llamará el nuevo Adán.  El viejo Adán  genera para la muerte, el nuevo para la Vida. Es el iniciador de una nueva humanidad  que está animada por una fuerza más poderosa que el mal y la muerte, fuerza que justamente es el Espíritu Santo, nuevo principio vital de los renacidos por el bautismo para ser hijos en el Hijo, llevando una vida de comunión existencial con Jesucristo. Todo esto,- e infinitamente más – es lo que significa la concepción de Jesús por obra del Espíritu Santo. El sí de María y de José, su inmensa disponibilidad y su fe y amor oblativos nos proporcionan muchísimos motivos de reflexión, pero en el ‘Hoy’ litúrgico de este texto evangélico el centro es Jesús y la vida nueva y divina que Él viene a traernos. ¡Es el Emanuel, ‘Dios-con-nosotros’! Él nos invita a hacer de su vida, nuestra vida, de su Espíritu nuestro Espíritu, para convertirnos en hijos en el Hijo, capacitándonos para invocar a nuestro Abba-Padre.  Este es el gran regalo navideño que nos trae  el ‘Dios con nosotros’ quien nos prometió permanecer con nosotros, en su Iglesia, todos los días hasta el fin del mundo (ver Mt 28,20).

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

El Verbo de Dios (…) se compadeció de nuestra raza y lamentó nuestra debilidad y, sometiéndose a nuestra corrupción, no toleró el dominio de la muerte, sino que, para que lo creado no se destruyera ni la obra del Padre entre los hombres resultara en vano, tomó para sí un cuerpo y éste no diferente del nuestro. Pues no quiso simplemente estar en un cuerpo, ni quiso solamente aparecer, pues si hubiera querido solamente aparecer, habría podido realizar su divina manifestación por medio de algún otro ser más poderoso. Pero tomó nuestro cuerpo, y no simplemente esto, sino de una virgen pura e inmaculada, que no conocía varón, un cuerpo puro y verdaderamente no contaminado por la relación con los hombres. En efecto, aunque era poderoso y el Creador del universo, prepara  en la Virgen para sí el cuerpo como un templo y lo hace apropiado  como un instrumento en el que sea conocido y habite. Y así, tomando un cuerpo semejante a los nuestros, puesto que todos estamos sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó por todos a la muerte, lo ofreció al Padre, y lo hizo de una manera benevolente, para que muriendo todos en él se aboliera la ley humana que hace referencia a la corrupción (…), para que, como los hombres habían vuelto de nuevo a la corrupción, él los retornara a la incorruptibilidad y pudiera darles vida en vez de muerte, por la apropiación de su cuerpo, haciendo desaparecer la muerte de ellos, como una caña en el fuego, por la gracia de la resurrección[8].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Jorge M. Bergoglio-Papa Francisco, Homilía, Navidad del Milenio, 1999. Tomado de: El verdadero poder es el servicio, pp. 87-88.

[2] Las dificultades de la existencia de Israel hasta su ruina fueron una dura tentación para su fe. Los profetas denunciaron la idolatría [Os 2,7-15 Jer 2,5-13] que suprimía la fe en YHVH, el formalismo cultual [Am 5,21Jer 7,22s] que limitaba mortalmente sus exigencias. Isaías fue el más señalado de estos heraldos de la fe [Is 30,15]. Llama a Ajaz del temor a la confianza tranquila en YHVH [7,4-9 8,5-8] que mantendrá sus promesas la casa de David [2Sa 7 Sal 89,21-38]. Inspira a Ezequías la fe que permitirá al Señor salvar a Jerusalén [2Re 18-20]. Tomado de Leon Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, versión electrónica, voz “Fe”.

[3] Emanuel  expresa, con toda probabilidad, el significado profundo del   Nombre [YHVH] que Dios reveló a Moisés en la teofanía de la zarza. Tal es, al menos, la interpretación que le da el profeta Isaías (52,6):Entonces mi pueblo conocerá mi Nombre. Y comprenderá que yo soy el que decía ‘Aquí-estoy’ [YHVH]. El Nombre de Dios es: ¡Aquí estoy, yo estoy con ustedes, soy el Emanuel!

“Yo soy al que experimentarás en la vida de cada día. «Yo estoy con» o «Yo te hago ser», se podría parafrasear con más verdad el tetragrama sagrado” [YHVH]. Es un Dios que se confía y se entrega al pueblo, lo asiste en el desierto intransitable, exige fidelidad y exclusividad de culto. El nombre no significa: Aquel en el que esencia y existencia se identifican, el «Que es» (como fue entendido por los traductores griegos)”. Este § es una cita de: B. Marconcini, El libro de Isaías (40-66), Madrid 1999, pp. 63-64.

[4] G. Ebeling, Sobre los Salmos, Brescia 1973, p. 97.

[5] Juan Pablo II, Catequesis del 20 de junio 2001. Adaptada y abreviada.

[6] § adaptado de J. Crané, Misa dominical 1992,16. Tomado de www.mercaba.org

[7] Es bueno recordar que san Mateo empieza su Evangelio con: comienzo-origen-génesis-genealogía de Jesucristo(1,1-17). Subraya de esta manera que la historia a la que Dios dio comenzó con Abrahán alcanza su cumbre en Jesucristo. Objetivo que no es “el fin de la historia”, ya que continúa, pero de un modo nuevo, se trata de una “nueva creación”.  Esa novedad la subraya Mateo en el Evangelio de hoy por el uso de la palabra  ‘génesis’: la génesis de Jesucristo fue… Al usar Mateo dicha palabra griega en 1,1 (literalmente: libro del(a) génesis de Jesucristo, hijo de Abrahán…) y aquí en el v. 18, está aludiendo a los primeros capítulos del Génesis. La palabra utilizada tiene un significado muy rico: ‘génesis’, ‘origen’, ‘fuente’, ‘existencia’, ‘devenir’.

[8] San Atanasio de Alejandría, La Encarnación del Verbo, 8 (traducción de J. C. Fernández Sahelices en: Atanasio. La Encarnación del Verbo, Madrid, 1989, pp. 45-46. Atanasio nació alrededor del año 295 en Alejandría, y es probable que en su juventud se haya relacionado con los monjes de la Tebaida. En el 319 fue ordenado diácono por su obispo, Alejandro, convirtiéndose en secretario suyo, acompañándolo en esa calidad al Concilio de Nicea (325), en el que desempeñó un destacado papel. Tres años después sucedió a Alejandro, iniciándose un período de conflictos que llegaron a su punto máximo al negarse a obedecer la orden de Constantino que lo instaba a readmitir a Arrio. Reunidos en un sínodo en Tiro (335), sus adversarios procedieron a deponerlo, siendo desterrado a Tréveris por el emperador. A la muerte de Constantino (337), Atanasio regresó a su diócesis para volver a ser depuesto en el 339 por el sínodo de Antioquía, que eligió como obispo a Pisto, un sacerdote excomulgado. Ante la incapacidad de éste, se obligó a Gregorio de Capadocia a hacerse cargo del gobierno episcopal. Atanasio, mientras tanto, se había refugiado en Roma, donde un sínodo, celebrado en el 341 por convocatoria del papa Julio I, lo declaró libre de toda culpa, siendo reconocido como el único obispo legítimo de Alejandría, en el 343, por el sínodo de Sárdica. Tras la muerte de Gregorio de Capadocia (345) regresó a Egipto (346), pero los problemas no tardaron en presentarse. El emperador Constancio convocó un sínodo en Arles (353) y otro en Milán (355) para condenar a Atanasio. Una vez más tuvo que alejarse Atanasio, permaneciendo esta vez seis años entre los monjes de Egipto. Al subir al trono, Juliano llamó del exilio a varios obispos, y en 362 Atanasio regresó a su sede. La convocatoria de un sínodo en Alejandría ocasionó un nuevo destierro imperial que concluyó en 363 al fallecer Juliano. En el 365 se produjo su quinto destierro cuando Valente se convirtió en emperador de Oriente. La presión popular obligó al emperador a derogar tal medida, y en 366 Atanasio volvió de nuevo a Alejandría donde falleció en el año 373.

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