Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO, Ciclo “A”

14-15 de diciembre 2013

 

Juan Bautista  desde la cárcel enviando

a sus discípulos para preguntarle a Jesús…

[Evangeliario de Maguncia, hacia el año 1250]

 

 

 

Introducción

 

0.1.- Celebramos este tercer domingo como el domingo de la alegría, y si bien en este Ciclo no leemos como segunda lectura el correspondiente texto de Pablo a los filipenses, tanto Isaías como la antífona de entrada se encargan de despertarla y fomentarla en nosotros…

 

0.2.- “Me llena de vida releer este texto: «Tu Dios está en medio de ti, poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo» (Sof 3,17).  Es la alegría que se vive en medio de las pe­queñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien […] No te prives de pasar un buen día (Si 14,11.14). ¡Cuánta ternura paterna se intuye de­trás de estas palabras!

 

0.3.- El Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita insistentemente a la alegría. Bastan algunos ejemplos: Alégrate  es el saludo del ángel a María (Lc 1,28). La visita de María a Isabel hace que Juan salte de alegría en el seno de su madre (cf. Lc 1,41). En su canto María procla­ma: Mi espíritu se estremece de alegría en Dios, mi salvador (Lc 1,47). Cuando Jesús comienza su ministerio, Juan exclama: Ésta es mi alegría, que ha llegado a su plenitud(Jn 3,29). Jesús mismo se llenó de alegría en el Espíritu Santo  (Lc 10,21). Su mensaje es fuente de gozo: Les he dicho estas cosas para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría sea plena  (Jn 15,11). Nuestra alegría cristiana bebe de la fuente de su corazón rebosante. Él promete a los discípulos: Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se conver­tirá en alegría (Jn16,20). E insiste: Volveré a verlos y se alegrará su corazón, y nadie les podrá quitar su alegría» (Jn 16,22). Des­pués ellos, al verlo resucitado, se alegraron (Jn  20,20). El libro de los Hechos de los Apóstoles cuenta que en la primera comunidad tomaban el alimento con alegría (2,46). Por donde los dis­cípulos pasaban, había una gran alegría (8,8), y ellos, en medio de la persecución,se llenaban de gozo  (13,52). Un eunuco, apenas bautizado,  siguió gozoso su camino  (8,39), y el carcelero se alegró con toda su familia por haber creído en Dios (16,34). ¿Por qué no entrar también no­sotros en ese río de alegría?[1]

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Isaías 35,1-6ª. 10 (ó mejor: 35,1-10)

 

1.1.- Se ha terminado el Exilio, los deportados a Babilonia pueden volver a la Tierra Prometida. Por fin han recuperado su libertad pero, extrañamente no todos rebosan felicidad. Será porque el camino de retorno es demasiado difícil. En una de esas les faltan el coraje y las fuerzas… El Señor que ha realizado el rescate de su Pueblo, debe ahora capacitarlo para aprovechar la posibilidad de volver, emprendiendo un nuevo  éxodo.

 

1.2.- A semejante estrechez de miras responde la Palabra de Dios con su amplitud de horizontes, esa que  brota a raudales gracias a la belleza poética típica de tantos de los textos de Isaías. El trozo que la liturgia nos regala este domingo, es un poema con una cadencia y un ritmo que invitan a ponerse inmediatamente en marcha: el ritmo lo proporcionan los sinónimos y los términos que se van acoplando, ya sea de a dos (gloria-esplendor), de a tres (Líbano-Carmelo-Sarón) o de a cuatro (ciegos-sordos-tullido-mudos). ¿Cuál será el recorrido? El texto no lo especifica, porque lo importante no es el recorrido, sino el entusiasmo para hacerlo. Las imágenes usadas por el profeta hacen que la tierra lejana se haga promesa cercana, ya que el camino en sí mismo es un anticipo de la promesa, pues el desierto a ser atravesado se transforma en un vergel espléndidamente florido. Más aun, todo se transfigura y renueva, no sólo el páramo salvaje florece, sino que los desanimados se animan llenándose de vigor y de valor; los cuerpos enfermos, disminuidos y apocados recuperan toda su fuerza y toda su lozanía.  El camino se convierte en “vía santa” (v. 8), y el paso cansino se transfigura en procesión alegre y esperanzada. Son imágenes evocadoras que intentan despertar la emotividad noble y profunda, la imaginación y el deseo. Un sentimiento en particular es el que prevalece sobre los demás,  abriendo la marcha cual avanzadilla y cerrándola como el mejor de los guardaespaldas: la ALEGRÍA, el GOZO, evocados en toda su riqueza y variedad de matices (el original hebreo utiliza cuatro sinónimos de ‘alegría’ que van jalonando el texto nada menos que en diez ocasiones). En el corazón del texto se coloca la exhortación de  alentar a  los de corazón turbado[2]. La alegría que es premisa y cumplido-cumplimiento se logrará si se logra que sefortalezcan los brazos débiles, y se robustezcan las rodillas vacilantes ante la certeza de que Dios viene a traernos la salvación. Solamente ‘entonces’ (dos veces se repite esta palabra) estallará la alegría y se producirá el milagro que no sólo restituirá las fuerzas y capacidades perdidas (ciegos que ven, sordos que oyen) sino que las derramará sobreabundantemente (el tullido saltará como un cervatillo, y la lengua de los mudos gritará de júbilo). La grandiosidad de este segundo éxodo superará al primero, al de Egipto. Todo el texto tiene una cierta coloración escatológica al mostrarnos que la instauración del Reino superará todo lo hasta entonces vivido o imaginado: logramos así entender el por qué de la respuesta que Jesús, aquel que debía venir, le da a los discípulos del Bautista encarcelado: vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos recuperan la vista y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres.

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 146(145),6-10

 

2.1.- El salmo 145, (…) es un aleluya, el primero de los cinco con los que termina la colección del Salterio. Ya la tradición litúrgica judía usó este himno como canto de alabanza por la mañana: alcanza su culmen en la proclamación de la soberanía de Dios sobre la historia humana.

En efecto, al final del salmo se declara: El Señor reina eternamente (v. 10).

De ello se sigue una verdad consoladora: no estamos abandonados a nosotros mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos o del hado; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido ni meta. A partir de esta convicción se desarrolla una auténtica profesión de fe en Dios, celebrado con una especie de letanía, en la que se proclaman sus atributos de amor y bondad (cf. vv. 6-9).

 

2.2.- Dios es creador del cielo y de la tierra; es custodio fiel del pacto que lo vincula a su pueblo. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en edad.

Son doce afirmaciones teológicas que, con su número perfecto, quieren expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino que está comprometido en su historia, como Aquel que propugna la justicia, actuando en favor de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infelices.

 

2.3.- Así, el hombre se encuentra ante una  opción  radical  entre  dos  posibilidades opuestas: por un lado, está la tentación de confiar en los poderosos (cf. v. 3), adoptando sus criterios inspirados en la maldad, en el egoísmo y en el orgullo. En realidad, se trata de un camino resbaladizo y destinado al fracaso; es un sendero tortuoso y una senda llena de revueltas (Pr 2,15), que tiene como meta la desesperación.
En efecto, el salmista nos recuerda que el hombre es un ser frágil y mortal, como dice el mismo vocablo ‘adam’, que en hebreo se refiere a la tierra, a la materia, al polvo. El hombre -repite a menudo la Biblia- es como un edificio que se resquebraja (cf. Qo 12,1-7), como una telaraña que el viento puede romper (cf. Jb 8,14), como un hilo de hierba verde por la mañana y seco por la tarde (cf. Sal 89,5-6; 102,15-16). Cuando la muerte cae sobre él, todos sus planes perecen y él vuelve a convertirse en polvo: Exhala el espíritu y vuelve al polvo; ese día perecen sus planes(Sal 145, 4).

 

2.4.- Ahora bien, ante el hombre se presenta otra posibilidad, la que pondera el salmista con bienaventuranza: Bienaventurado aquel a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios” (v. 5). Es el camino de la confianza en el Dios eterno y fiel. El amén, que es el verbo hebreo de la fe, significa precisamente estar fundado en la solidez inquebrantable del Señor, en su eternidad, en su poder infinito. Pero sobre todo significa compartir sus opciones, que la profesión de fe y alabanza, antes descrita, ha puesto de relieve.

Es necesario vivir en la adhesión a la voluntad divina, dar pan a los hambrientos, visitar a los presos, sostener y confortar a los enfermos, defender y acoger a los extranjeros, dedicarse a los pobres y a los miserables. En la práctica, es el mismo espíritu de las Bienaventuranzas; es optar por la propuesta de amor que nos salva desde esta vida y que más tarde será objeto de nuestro examen en el juicio final, con el que se concluirá la historia. Entonces seremos juzgados sobre la decisión de servir a Cristo en el hambriento, en el sediento, en el forastero, en el desnudo, en el enfermo y en el preso. Cuanto ustedes hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron (Mt 25, 40): esto es lo que dirá entonces el Señor.

 

2.5.- Concluyamos nuestra meditación del salmo 145 con una reflexión que nos ofrece la sucesiva tradición cristiana.

El gran escritor del siglo III Orígenes, cuando llega al versículo 7 del salmo, que dice: El Señor da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos, descubre en él una referencia implícita a la Eucaristía:

“Tenemos hambre de Cristo, y él mismo nos dará el pan del cielo. Danos hoy nuestro pan decada día. Los que hablan así, tienen hambre. Los que sienten necesidad de pan, tienen hambre”. Y esta hambre queda plenamente saciada por el Sacramento eucarístico, en el que el hombre se alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo”[3].

 

 

Segunda Lectura: Carta de Santiago 5,7-10

 

3.1.- En los primeros tiempos del cristianismo, los primerísimos por mejor decir, existía el convencimiento de que el Señor Jesús había de volver rápidamente para instaurar pública y gloriosamente su Reino, ya comenzado en su primera venida, pero todavía germinalmente en muchos aspectos. Eso es lo que suele llamarse espera de la parusía inminente[4](…). En la Carta de Santiago, encaminada toda ella a exhortar a conductas éticas, no podía faltar esta motivación. Está en la línea del vigilen porque no saben el día ni la hora. El corto tiempo que nos separa del final definitivo y glorioso, no triste, es una razón para aprovechar el tiempo, a fin de que uno no tenga la impresión de haberlo perdido cuando las cosas ya no tengan remedio.

 

3.2.- Lo mismo sirve para soportar las penalidades (vv. 9-10). Total es poco el tiempo en que uno ha de sufrir. Hoy día -y ya desde la segunda y tercera generación cristiana-, no creemos que el Señor vaya a venir tan de inmediato. Al menos de la forma en que ellos imaginaban. ¿Ha perdido entonces esa motivación, su fuerza? La respuesta es que no del todo.

Por una parte el Señor está llegando continuamente. Por eso se pone este texto en Adviento. Nos estamos encontrando cada vez más con Cristo en cada circunstancia de la vida. Y es lógico que vivamos conforme a lo que somos ya, hijos de Dios, para que esos encuentros sean coherentes con nuestro ser que, por otro lado, es el mismo del propio Señor, pues Él nos lo ha comunicado. El Señor llega. No sólo litúrgicamente o simbólicamente. Mejor dicho, la liturgia es símbolo de la llegada continua de Cristo a nuestras vidas. De ahí que debamos vivir según Él.

Por otro lado la muerte de cada uno es la llegada definitiva del Señor. O de nosotros a Él. Es lo mismo. Y eso no sabemos cuándo sucede. Hoy día tampoco hablamos mucho de ello. El pasado abusó del tema y la reacción ha sido en sentido contrario. Por eso no quita que siga siendo real. Y nos encontraremos con el Señor en cualquier momento. Vivamos también conforme a esa esperanza. No temor, sino deseo de encuentro anticipado en nuestra conducta concreta[5].

 

 

Evangelio: san Mateo 11,2-11

 

4.1.- También en este tercer domingo  el Evangelio nos enfrenta con la austera figura de Juan Bautista, pero no  ya como un profeta que hace restallar su palabra como un látigo, sino que desde la cárcel, – en la cual ha sido encerrado por Herodes,  uno de los típicos poderosos de este mundo, que no soporta las críticas del profeta respecto a su ilegítima unión con Herodías, esposa de su hermano (Mt 4,12 y 14,3-4)- un Juan lleno de dudas manda una embajada a Jesús porque siente hablar de las obras de Jesús, de JesúsMesías: JesúsCristo.

 

4.2.- Juan, asiduo en la escucha orante de la Escritura, esperaba un Mesías tal como nos lo describió el domingo pasado: un Cristo con los rasgos de juez poderoso y severo, que cortaría con el hacha  los árboles que no dan fruto y quemaría la paja del trigo en un fuego inextinguible (leer Mt 3,10-12) y, en cambio escucha que Jesús comparte la mesa con los pecadores y que tiene compasión de las multitudes, tanto que pareciera anunciar únicamente  la misericordia de Dios… Con estas dudas y desde las tinieblas de una fe que vacila es que Juan manda a sus discípulos para que le planteen a Jesús una cuestión dramática, cuya respuesta pondrá en juego el sentido de su misión y de su vida: eres tú el “Veniente”, el Profeta-Mesías de los tiempos últimos o tenemos que esperar a otro. La respuesta pasa revista a  lo ya realizado por Jesús, que fue consignado por Mateo en los capítulos ocho y nueve de su evangelio; la respuesta muestra cómo al obrar así Jesús cumple las expectativas mesiánicas, sobre todo las señaladas por Isaías: Vayan y relaten a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan;… Queda claro,- ¡en la  fe! -, que todo esto da cumplimiento a las Escrituras, que estas son los signos de Jesús, el Mesías manso y humilde de corazón (Mt 11,2), manifestación definitiva del amor del Padre hacia todos los hombres.

 

4.3.-  Jesús agrega todavía una frase: ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de escándalo!, es decir, aquel para quien un Mesías pobre y desarmado que anuncia la Buena Noticia a los pobres pero que no utiliza la violencia bajo ningún concepto, tampoco para liberar a los presos (Is 61,1)  no debe ser causa de  tropiezo, ni motivo para abandonar la fe. A las palabras de Jesús Juan responde con un silencioso ‘amén’ que lo llevará a ser precursor del Mesías también con y en su martirio, al morir asesinado injustamente. Al retirarse los discípulos de Juan, Jesús interroga a las multitudes, – ¡y nos pregunta a nosotros! -, acerca de la identidad de Juan y lo hace con gran énfasis: ¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. El es aquel de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino”. (leer Mal 3,1; Ex 23,20), Juan es el nuevo Elías (Mt 11,14), al que nadie reconoció (Mt 17,12-13), que con su vida y su muerte abre y anuncia el Éxodo definitivo: la salvación que traída por Jesús, el Señor.

 

4.4.- Todo esto nos proporciona una clave para poder entender correctamente las enigmáticas palabras conclusivas de Jesús: Amén, les aseguro que entre los nacidos de mujer no surgió ningún hombre más grande que Juan el Bautista; pero, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él. ¿Quién es el más pequeño? Las interpretaciones posibles son dos, y dependen de la manera cómo se puntúe la última frase.

 

[A]: el más pequeño en el Reino de los Cielos (,) es más grande que él.  Ser de los pequeños del Reino es una expresión usada por Mateo en otros pasajes (5,19) y es significativo que en 18,1 y siguientes, el más grande en el Reino sea justamente el más pequeño, un niño. De ahí que la interpretación más obvia sea: “entre el común de los mortales nadie es más grande que Juan”, pero el Precursor no sólo no tiene prioridad alguna respecto a quien participa del Reino, sino que es colocado muy por debajo de cualquier persona en tales condiciones. Esta manera de leer el texto suscita la desagradable situación de que Juan queda excluido del Reino que anunció y preparó en su papel del Elías que debía venir (Mt 17,11)  estando, además, en contradicción con el versículo siguiente (11,12).

 

[B]: el más pequeño (,) en el Reino de los Cielos es más grande que él. El más pequeño, así, en absoluto, significa ‘el más joven’, el menor, el discípulo: es decir Jesús con relación a Juan. Jesús mismo ha enseñado que un discípulo no es más grande que su maestro (10,24), lo que también se aplica a él. Dentro de la ‘economía histórica’ Jesús no se presentó como ‘mayor’ que Juan, pero en la economía del Reino Jesús es el más grande porque es el Mesías. Esta interpretación, aunque gramaticalmente sea más difícil, es la más difundida entre los Padres de la Iglesia, a partir de Clemente de Alejandría y se popularizó gracias a la pluma del Crisóstomo[6] teniendo la ventaja de mantener la coherencia del discurso dentro de una relación que vincula a Juan con Jesús sin excluir al primero del Reino de los Cielos. Reino que Jesús no sólo inaugura sino que personifica: es el Reino en Persona.

También para nosotros los cristianos vale el que sólo podemos llegar a conocer a Jesucristo a través de Juan Bautista. Él fue el precursor de Cristo, aquel que lo señaló y reveló como el Mesías que debía venir. Si no aceptamos su testimonio, grande aun cuando hecho desde la oscuridad de una fe sometida a la tentación y a la duda, tampoco nosotros podremos creer en Jesús[7]Jesús respondió: Yo también quiero hacerles una sola pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas. ¿De dónde venía el bautismo de Juan? ¿Del cielo o de los hombres?”. Ellos se hacían este razonamiento: “Si respondemos: «Del cielo», él nos dirá: “Entonces, ¿por qué no creyeron en él?”. Y si decimos: «De los hombres», debemos temer a la multitud, porque todos consideran a Juan un profeta”. Por eso respondieron a Jesús: «No sabemos». Él, por su parte, les respondió: «Entonces yo tampoco les diré con qué autoridad hago esto». (Mt 21,24-27).

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

El Verbo de Dios ha venido a habitar en el hombre; se ha hecho “Hijo del Hombre”, para acostumbrar al hombre a recibir a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre, tal como quiere el Padre. He aquí porque el signo de nuestra salvación, el Emmanuel nacido de la Virgen, nos ha sido dado por el mismo Señor (Is 7,14) En efecto, es el mismo Señor quien salva a los hombres, puesto que éstos no pueden, de ninguna manera, salvarse a sí mismos… El profeta Isaías dice: Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los cobardes de corazón: “¡Sean fuertes, no teman!” Miren a su Dios, que trae el desquite; viene en persona, los resarcirá y los salvará (35,3-4).

He aquí otro texto en donde Isaías ha predicho que el que nos salva no es ni simplemente hombre, ni un ser incorporal: No fue un mensajero ni un enviado, él en persona los salvó; con su amor y benevolencia los rescató, los liberó (63,9). Pero este salvador es, verdaderamente, un hombre, visible: Ciudad de Sión, mira: tus ojos verán a nuestro Salvador (33,20)… Otro profeta ha dicho: Volverá a compadecerse, y extinguirá nuestras culpas, arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos (Mi 7,19)… El Hijo de Dios, que es también Dios, vendrá del país de Judá, de Belén (Mi 5,1) para esparcir su alabanza sobre toda la tierra… Pues Dios se ha hecho hombre y el Señor, él mismo, nos ha salvado dándonos el signo de la Virgen[8].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Francisco PP., Evangelii Gaudium 4-5

[2] Nos parece que la traducción del leccionario: digan a los desalentados es demasiado ‘prosaica’. El hebreo usa una expresión que en castellano podría expresarse con: ‘pusilánime’ en el sentido etimológico de ‘alma-ánimo-corazón apocado’.

[3] cf. Orígenes-Jerónimo, 74 omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 526-527 . Juan Pablo II, Catequesis del  2 de julio de 2003. Levemente adaptada. El subrayado es nuestro.

[4] “En el Nuevo Testamento, esta espera de Dios, este estar de parte de Dios, asume un nuevo significado: Dios se ha manifestado en Cristo. Nos ha comunicado ya la « sustancia » de las realidades futuras y, de este modo, la espera de Dios adquiere una nueva certeza. Se esperan las realidades futuras a partir de un presente ya entregado. Es la espera, ante la presencia de Cristo, con Cristo presente, de que su Cuerpo se complete, con vistas a su llegada definitiva”. Benedicto XVI, Spes Salvi 9.

[5] Adaptado de F. Pastor, Dabar 1989,3. Tengamos en cuenta que en griego el texto traducido en el leccionario por un simple ‘tengan paciencia y anímense’ debería decir: también ustedes tengan paciencia y fortalezcan sus corazones [= así lo traducen entre otros la BJ y Sagrada Biblia Eunsa; Traducir ‘sterizo’ con un simple ‘anímense’ es demasiado poco, sería mejor hacerlo con un:animen sus corazones desanimados.

[6] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo 37(38). Para toda estas disquisiciones ver: A. Mello,  Evangelo secondo Matteo, Magnano 1995, pp. 200-201.

[7] En cierto modo todo ministro, en la celebración de la  Eucaristía, hace de Juan Bautista al señalar la Presencia real y sacramental de Jesús con las mismas palabras con las que el Precursor se lo señaló a sus discípulos (Jn 1,36. leer 1,29).

[8] San Ireneo (hacia 130-hacia 208), Contra las Herejías III, 2, 2San Ireneo nació con gran probabilidad, entre los años 135 y 140, en Esmirna (hoy Izmir, en Turquía), donde en su juventud fue alumno del obispo san Policarpo, quien a su vez fue discípulo del apóstol san Juan. No sabemos cuándo se trasladó de Asia Menor a la Galia, pero el viaje debió de coincidir con los primeros pasos de la comunidad cristiana de Lyon: allí, en el año 177, encontramos a san Ireneo en el colegio de los presbíteros.

Precisamente en ese año fue enviado a Roma para llevar una carta de la comunidad de Lyon al Papa Eleuterio. La misión romana evitó a san Ireneo la persecución de Marco Aurelio, en la que cayeron al menos 48 mártires, entre los que se encontraba el mismo obispo de Lyon, Potino, de noventa años, que murió a causa  de  los malos tratos sufridos en la cárcel. De este  modo,  a  su  regreso,  san Ireneo fue elegido obispo de la ciudad. El nuevo pastor se dedicó totalmente al ministerio episcopal, que se concluyó hacia el año 202-203, quizá con el martirio. (Benedicto XVI, Catequesis 28-03-2007)

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