Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO,

Ciclo “A”

7-8 de diciembre 2013

Juan Bautista

[Teófanes el Griego, siglo 14]

Introducción

 

0.1.- Hoy, segundo domingo de Adviento, [la liturgia] nos presenta la figura austera del Precursor, que el evangelista san Mateo introduce así: Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando:”Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 3,1-2). Tenía la misión de preparar y allanar el sendero al Mesías, exhortando al pueblo de Israel a arrepentirse de sus pecados y corregir toda injusticia. Con palabras exigentes, Juan Bautista anunciaba el juicio inminente: El árbol que no da fruto será talado y echado al fuego (Mt 3,10). Sobre todo ponía en guardia contra la hipocresía de quien se sentía seguro por el mero hecho de pertenecer al pueblo elegido: ante Dios —decía— nadie tiene títulos para enorgullecerse, sino que debe dar frutos dignos de conversión (Mt 3,8).

 

0.2.- Mientras prosigue el camino del Adviento, mientras nos preparamos para celebrar el Nacimiento de Cristo, resuena  en nuestras comunidades esta exhortación de Juan Bautista a la conversión. Es una invitación apremiante a abrir el corazón y acoger al Hijo de Dios que viene a nosotros para manifestar  el juicio divino. El Padre —escribe el evangelista san Juan—no juzga a nadie, sino que ha dado al Hijo el poder de juzgar, porque es Hijo del hombre (cf. Jn 5,22. 27). Hoy, en el presente, es cuando se juega nuestro destino futuro; con el comportamiento concreto que tenemos en esta vida decidimos nuestro destino eterno. En el ocaso de nuestros días en la tierra, en el momento de la muerte, seremos juzgados según nuestra semejanza o desemejanza con el Niño que está a punto de nacer en la pobre cueva de Belén, puesto que él es el criterio de medida que Dios ha dado a la humanidad.

El Padre celestial, que en el nacimiento de su Hijo unigénito nos manifestó su amor misericordioso, nos llama a seguir sus pasos convirtiendo, como él, nuestra existencia en un don de amor. Y los frutos del amor son los “frutos dignos de conversión” a los que hacía referencia san Juan Bautista cuando, con palabras tajantes, se dirigía a los fariseos y a los saduceos que acudían entre la multitud a su bautismo.

Mediante el Evangelio, Juan Bautista sigue hablando a lo largo de los siglos a todas las generaciones. Sus palabras claras y duras resultan muy saludables para nosotros, hombres y mujeres de nuestro tiempo (…) La “voz” del gran profeta nos pide que preparemos el camino del Señor que viene, en los desiertos de hoy, desiertos exteriores e interiores, sedientos del agua viva que es Cristo[1].

 

La venida de Cristo

 

0.3.- Es importante que cada época permanezca muy cercana, vecina, al Señor, teniendo la certeza de que, aquí y ahora, estamos sometidos al juicio de Cristo, abiertos a que nos enjuicie en su tribunal. Se hablaba de una doble venida de Cristo, una en Belén y otra al final de los tiempos, hasta el instante en que san Bernardo de Claraval comenzó a hablar de  una venida intermedia [Adventus medius], a través de la cual el Señor va introduciéndose permanentemente en la historia. Estoy convencido que [san Bernardo] dio en la tecla. Nosotros no podemos determinar cuándo terminará el mundo. El mismo Cristo dice que nadie losabeni siquiera el Hijo. Y, sin embargo debemos permanecer constantemente, por así decirlo, abiertos a su llegada, seguros de que, en medio de las penas y los sufrimientos es cuando más cerca nuestro está, convencidos, al mismo tiempo, de que nuestras acciones están sometidas a su juicio[2]

 

0.4.- ¿Eres tú el que debe venir, o tenemos que esperar a otro? (Mt 11,3). Esta es la pregunta que inquieta y carcome a Juan el Bautista encarcelado por Herodes y debería ser la pregunta que nos inquiete y carcoma a nosotros… Es por eso que la Santa Madre  Iglesia nos enfrenta todos los años, durante la espera de las venidas del Mesías, con la figura de Juan, hijo de Zacarías[3]de manera de reavivar en nosotros la gran virtud del Adviento, la esperanza…

La vocación de Juan está íntimamente ligada a la expectación, del Mesías. Toda ella consiste en predecirla, precederla y prepararla. Y dado que la expectación y la venida del Verbo continúan a lo largo de todo el tiempo de la Iglesia, y Jesús Mesías es siempre Aquel que debe venir, se entiende y descubre por qué la vocación-misión de Juan, en la Iglesia y a favor de cada uno de los bautizados, es permanente y siempre actual.

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Isaías 11,1-10

 

1.1.- Nuestro texto es un poema que tiene dos partes. El contexto anterior habla de un bosque talado en el que se han derribado todos los árboles, se trata del bosque de Judá, en el que aún subsiste un extraño ‘muñón-de-tronco’ (tocón es una palabra poco usual entre nosotros, pero es la que corresponde ya que se trata de un renuevo o retoño que sólo brota en algunos de los árboles talados, ya que no todos rebrotan[4].

 

1.2.- Isaías avizora un rey que “brotará del ‘tocón de Jesé, el padre de David”. Aunque la mayor parte de los reyes de Israel  fue una decepción por sus repetidas infidelidades a las exigencias de la Alianza, el soberano anunciado (¡naturalmente que de esta figura se irá nutriendo la esperanza mesiánica, tanto en el judaísmo como en el cristianismo!) tendrá la protección de la unción del Altísimo: sobre él reposará el Espíritu del Señor. Sigue a continuación una enumeración que la tradición espiritual denominará ‘los siete dones del Espíritu Santo’: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor. Como este último don se enunciaba por dos veces en el texto de Isaías – y lo inspirará el temor del Señor – una de las dos ocurrencias será reemplazada por el don de piedad en las elaboraciones ulteriores.

 

1.3.- Dos términos caracterizan el gobierno de este rey: la justicia y la fidelidad,  que conducen a la paz. La justicia eliminará el mal hasta las raíces; la fidelidad a la Alianza lo hará partícipe del poder de Dios, de manera que el Señor en persona habitará en medio de su pueblo y se revelará ‘sin reservas’, porque el conocimiento del Señor llenará la tierra como las aguas cubren el mar. Conocimiento que, bien lo sabemos, es vital y amoroso y no meramente intelectual o teórico[5]a tal punto que desaparecerán las consecuencias del pecado original, como por ejemplo la enemistad entre hombre y fieras salvajes, en un paraíso nuevamente abierto para el ser humano, cosa que poéticamente describe Isaías y que Marcos muestra cumplido en Cristo: en seguida el Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían (M1,12-13).

¡Ante semejante perspectiva y tamaña promesa cómo no unir nuestras voces a las del salmista de manera de implorar al Padre que apresure la venida de ese Rey para que en sus días florezca la justicia y que abunde la paz mientras dure la luna!

 

 

Salmo responsorial: Salmo 71,1-2. 7-8. 12-13. 17

 

2.1.-  (…) El salmo comienza con una intensa invocación coral a Dios para que conceda al soberano el don fundamental para el buen gobierno: la justicia. Esta se aplica sobre todo con respecto a los pobres, los cuales, por el contrario, de ordinario suelen ser las víctimas del poder. Conviene notar la particular insistencia con que el salmista pone de relieve el compromiso moral de regir al pueblo de acuerdo con la justicia y el derecho: Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes: para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud. (…) Que él defienda a los humildes del pueblo. (vv. 1-2. 4). Del mismo modo que el Señor rige el mundo con justicia (ver Sal 35, 7), así también debe actuar el rey, que es su representante visible en la tierra -según la antigua concepción bíblica- siguiendo el modelo de su Dios.

 

2.2.- Si se violan los derechos de los pobres, no sólo se realiza un acto políticamente incorrecto y moralmente inicuo. Para la Biblia se perpetra también un acto contra Dios, un delito religioso, porque el Señor es el tutor y el defensor de los pobres y de los oprimidos, de las viudas y de los huérfanos (ver Sal 67, 6), es decir, de los que no tienen protectores humanos.
Es fácil intuir la razón por la cual la tradición, ya desde la caída de la monarquía de Judá (siglo VI antes de Cristo), sustituyó la figura, con frecuencia decepcionante, del rey davídico con la fisonomía luminosa y gloriosa del Mesías, en la línea de la esperanza profética manifestada porIsaíasJuzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra(Is 11, 4). O, según el anuncio de Jeremías: Miren que vienen días -oráculo de YHVH- en que suscitaré a David un germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra (Jr 23, 5).

 

2.3.- Después de esta viva y apasionada imploración del don de la justicia, el Salmo ensancha el horizonte y contempla el reino mesiánico-real, que se despliega a lo largo de las coordenadas del tiempo y del espacio. En efecto, por un lado, se exalta su larga duración en la historia (Sal 71, 5. 7). Las imágenes de tipo cósmico son muy vivas: el paso de los días al ritmo del sol y de la luna, pero también el de las estaciones, con la lluvia y la floración. Por consiguiente, se habla de un reino fecundo y sereno, pero siempre marcado por dos valores fundamentales: la justicia y la paz (v. 7). Estos son los signos del ingreso del Mesías en nuestra historia. Desde esta perspectiva, es iluminador el comentario de los Padres de la Iglesia, que ven en ese rey-Mesías el rostro de Cristo, rey eterno y universal[6].

 

 

Segunda Lectura: Carta a los Romanos 15,4-9

 

3.1.- Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra…. En el contexto anterior Pablo ha utilizado el salmo 68, una lamentación del justo que sufre por su fidelidad a Dios, para hacer ver como también Cristo soportó los insultos dirigidos a Dios. Con esta referencia al PT, subraya que los sufrimientos de Cristo tienen un lazo muy fuerte con el conjunto de la historia salvífica. Por eso ahora recuerda que el hecho de volver la mirada al PT es en función de encontrar también el sentido de la vida del cristiano y de mover su esperanza.

 

3.2.- Sean mutuamente acogedores como Cristo los acogió a ustedes: Exhortación a la unidad y a la mutua aceptación en el seno de la comunidad cristiana. Cristo ha aceptado en su acto redentor no sólo a los judíos, como cumplimiento de las promesas de Dios, sino también a todos los demás pueblos de una forma totalmente gratuita, por pura bondad[7].

 

3.3.- El cristiano no puede tolerar las cosas injustas. Pero sabe, a la vez, que en la actuación de Dios, que se hace débil con el débil, hay una paciencia desconcertante. La problemática de la comunidad de Roma era bien precisa: cristianos judíos y cristianos paganos disentían hasta el punto de hacer peligrar la unidad de la comunidad de fe. Pero Pablo no pide a sus lectores el renunciar a su diversidad de opinión, sino que vuelve a tomar la exhortación del v.2: que cada uno intente complacer a su prójimo, que cada uno busque crear para el otro un ambiente donde aquél pueda ser hombre en toda profundidad. La gloria de Dios es el fin de la obra de Cristo, como de la obra cristiana personal y comunitaria (v. 6). Pero esta gloria de Dios puede traducirse a un lenguaje más casero: la capacidad de acogida. Por su parte, Cristo acoge a los que se hallaban en continuo pecado. Pablo viene a decir a los cristianos de Roma que incluso a ellos mismos. Por eso, en su vida social, imiten a Jesús. En este punto de conversión al hermano (acogida), el cristiano marcha por el camino de la verdadera conversión.

 

 

Evangelio: san Mateo 3,1-12

 

4.1.- El Reino está cerca: Este es el anuncio de Juan Bautista, con el que nos invita a prepararle el camino al Señor que viene.

Venida(s) por las que bendecimos al Padre,  y no podemos hacerlo mejor que con las palabras puestas en  nuestros labios y  nuestro corazón por los Prefacios para el Adviento. Volvemos a subrayar así que las venidas de Cristo son tres: en la humildad de la carne; en cada hombre y en cada acontecimiento; y la última venida, como Señor y Juez de la historia. Cada una de estas tres venidas va acompañada de otros tantos juicios. La presencia de Dios jamás es “insignificante” o “inocua”, pues siempre desencadena un juicio. Lo señala el Bautista: el Mesías quema la paja y recoge su trigo. El primer juicio se efectúa respecto a Jesús el Nazoreo y su historia terrena (anunciada en los evangelios, prefigurada en el Primer Testamento, interpretada en el Nuevo): ¿acepto como Señor a este Hombre que ha dicho y hecho esto y aquello, que murió y resucitó al tercer día? El segundo juicio se decide en la aceptación y acogida,- ¡o en la negativa a hacerlo! -,  de Jesús que sale hoy a mi encuentro de diversas maneras: en la liturgia, en los sacramentos, en la comunión eclesial, en el pobre, en la intimidad de mi conciencia, etc., etc.… El tercer juicio es el que ocurrirá al final del tiempo (tanto individual como colectivo).

 

4.2.- Es justo y necesario prepararse para estas venidas, hay que despejar y preparar el camino dice el Bautista haciéndose eco de Isaías. ¿Cómo prepararse? Preguntándonos: ¿produzco frutos de sincera conversión? ¿Soy  buen grano o basura para  quemar? Juan nos invita a reconocernos pecadores. Su bautismo consiste en lo siguiente: si deseas estar en la actitud adecuada para acoger al Señor que viene, reconoce entonces que tienes que cambiar. El Bautista nos pone en guardia para que no caigamos en una trampa, trampa en la que habían caído fariseos y saduceos: pensar tener derecho a la salvación. Ellos se sentían seguros por ser hijos de Abrahán. Con Dios no hay escapatoria, hay que producir buenos frutos: el árbol que no produce buen fruto será cortado… Nadie puede pretender tener derecho a la salvación, ni aunque sea católico practicante, etc… Todos somos raza de víboras, súper astutos e ingeniosos para encontrar (auto)justificaciones que nos den derecho a la salvación. La salvación jamás puede ser un derecho adquirido, siempre es don de Dios.

 

4.3.- Algunas veces se escucha decir “es imposible que el Dios misericordioso pueda condenar a alguien”, ¡de ser así todos tendríamos la salvación segura y garantida! Una falacia más de esa ‘raza de víboras’ en la que corremos el riesgo de convertirnos si pretendemos obviar el trabajoso esfuerzo de la conversión que nos permitiría pasar por la puerta estrecha, reconociendo agradecidamente haber sido salvados por el gratuito amor del Padre manifestado a raudales en la Pascua de Cristo. La Buena Noticia,- ¡el Evangelio! -, empieza por hacernos un apremiante llamado a la conversión, porque el Reino está cerca y el tiempo se ha cumplido, ya que sin estas disposiciones la venida del Señor terminaría para nosotros en un fracaso, tornando imposible el anhelado encuentro.  El anuncio del Bautista nos recuerda la inminencia del juicio salvífico de Dios, juicio que no es posible olvidar ni hay que dejar de anunciarlo por querer conformarse a falsas expectativas o a esperanzas engañosas. Ciertamente esperamos la salvación para todos, pues el Señor no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 18,23), pero demasiado bien sabemos lo que el Evangelio nos exige: la conversión.

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Hemos escuchado el evangelio y en el evangelio al Señor descubriendo la ceguera de quienes son capaces de interpretar el aspecto del cielo, pero son incapaces de discernir el tiempo de la fe en un reino de los cielos que está ya llegando. Les decía esto a los judíos, pero sus palabras nos afectan también a nosotros. Y el mismo Jesucristo comenzó así la predicación de su evangelio: Conviértanse, porque está cerca el Reino de los cielos. Igualmente, Juan el Bautista, su Precursor, comenzó así: Conviértanse, porque está cerca el Reino de los cielos. Y ahora corrige el Señor a los que se niegan a convertirse, próximo ya el Reino de los cielos.El Reino de los cielos —como él mismo dice— no vendrá espectacularmente. Y añade: El Reino de Dios está dentro de ustedes.

Que cada cual reciba con prudencia las admoniciones del preceptor, si no quiere perder la hora de misericordia del Salvador, misericordia que se otorga en la presente coyuntura, en que al género humano se le ofrece el perdón. Precisamente al hombre se le brinda el perdón para que se convierta y no haya a quien condenar. Eso lo ha de decidir Dios cuando llegue el fin del mundo; pero de momento nos hallamos en el tiempo de la fe. Si el fin del mundo encontrará o no aquí a alguno de nosotros, lo ignoro; posiblemente no encuentre a ninguno. Lo cierto es que el tiempo de cada uno de nosotros está cercano, pues somos mortales. Andamos en medio de peligros. Nos asustan más las caídas que si fuésemos de vidrio. ¿Y hay algo más frágil que un vaso de cristal? Y sin embargo se conserva y dura siglos. Y aunque pueda temerse la caída de un vaso de cristal, no hay miedo de que le afecte la vejez o la fiebre.

Somos, por tanto, más frágiles que el cristal porque debido indudablemente a nuestra propia fragilidad, cada día nos acecha el temor de los numerosos y continuos accidentes inherentes a la condición humana; y aunque estos temores no lleguen a materializarse, el tiempo corre: y el hombre que puede evitar un golpe, ¿podrá también evitar la muerte? Y si logra sustraerse a los peligros exteriores, ¿logrará evitar asimismo los que vienen de dentro? Unas veces son los virus que se multiplican en el interior del hombre, otras es la enfermedad que súbitamente se abate sobre nosotros; y aun cuando logre verse libre de estas taras, acabará finalmente por llegarle la vejez, sin moratoria posible[8].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Benedicto XVI, Ángelus 9 de diciembre 2007. Levemente adaptado.

[2] Tomado de la publicación previa de parte del libro aparecida en www.chiesa : Benedetto XVI, Luce del mondo. Il Papa, la Chiesa e i segni dei tempi. Una conversazione con Peter Seewald, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano, 2010, pp. 284. Traducción propia.

[3] En realidad, gracias al rezo del Benedictus en Laudes la liturgia nos propone que cada mañana asumamos la ‘longitud de onda’ del Precursor que va delante del Sol de justicia, Jesús Mesías, preparándole los caminos… (Ver Lc 1,68-79).

[4] ‘Tocón’ en hebreo ‘nezer’, estaría en el origen de la denominación de Jesús Nazoreo (¡en algunos casos el texto griego del NT no dice ‘Nazareno’ como pronunciamos nosotros a partir del latín de la Vulgata!), es decir, Jesús sería el ‘Brote’ o ‘Retoño’, título mesiánico al que Jesús da cumplimiento,- título basado justamente en Is 11,1 y en Jer 23,5 -,  según Mt 2,23, cosa que ya sostenía san Jerónimo en el comentario a este texto (ver PL 24,144).  También podría estar resonando aquí,- ¡cosa harto probable para una mentalidad de targumista como la de Mateo! -, un eco de ‘Nazireo’, el ‘consagrado’ por excelencia (Ver TOB NT, nota a Mt 2,23, e ídem en la BJ).

[5] “Conocimiento de Dios” [en hebreo: daat Elohim] es un término decisivo en la teología profética. No olvidemos que conocer, aquí, no tiene el sentido de “gnosis” o conocimiento intelectual, sino el sentido bíblico del ‘conocimiento’ de los profetas (Os 4,1.6; 5,4; 8,2; Jr 2,8; 4,22; 9,2.5 en oráculos de amenaza o bien de salvación: Os 2,22; Jr 31,34 o Is 28,8) experiencia de Dios, del ‘Santo’; o la misma experiencia del amor entre hombre y mujer). Por eso “conocer a Dios” es reconocerlo,  intimar con él de verdad, buscarlo y anhelarlo con todo el alma, con todo el espíritu y con todo el ser: mi carne se estremece con tu temor, dice el salmista (Sal 118,120)…

[6] Juan Pablo II, Audiencia General del 1º de diciembre 2004. Adaptada.

[7] § tomado de: J. Naspleda, Misa Dominical 1989,23. Texto encontrado en  www.mercaba.org

[8] San Agustín de Hipona, Sermón 109,1; PL 38,636. Agustín nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, Numidia, hijo de un consejero municipal y modesto propietario. Estudió en Tagaste, Madaura y Cartago. Enseñó gramática en Tagaste (374) y retórica en Cartago (375-383), Roma (384) y Milán (384-386). Tras leer el Hortensio de Cicerón (373) inició su búsqueda espiritual que le llevaría primero a adoptar posturas racionalistas y, posteriormente, maniqueas.  Decepcionado del maniqueísmo tras su encuentro con el obispo maniqueo Fausto, cayó en el escepticismo. Llegado a Milán, la predicación de Ambrosio le impresionó, llevándole a la convicción de que la autoridad de la fe es la Biblia, a la que la Iglesia apoya y lee. La influencia neo-platónica disipó algunos de los obstáculos que encontraba para aceptar el cristianismo, pero el impulso definitivo le vino de la lectura de la carta del apóstol Pablo a los romanos en la que descubrió a Cristo no sólo como maestro sino también como salvador. Era agosto del 386. Tras su conversión renunció a la enseñanza y también a la mujer con la que había vivido durante años y que le había dado un hijo. Tras un breve retiro en Casiciaco, regresó a Milán donde fue bautizado por Ambrosio junto con su hijo Adeodato y su amigo Alipio. Tras una estancia breve en Roma — en el puerto de Ostia murió su madre, Mónica — se retiró a Tagaste donde inició un proyecto de vida monástica. En el 391 fue ordenado — no muy a su placer — sacerdote en Hipona y fundó un monasterio. En el 395 fue consagrado obispo, siendo desde el 397 titular de la sede. Aparte de la ingente tarea pastoral — que iba desde la administración económica al enfrentamiento con las autoridades políticas, pasando por las predicaciones dos veces a la semana, pero en muchos casos dos veces al día y varios días seguidos — desarrolló una fecundísima actividad teológica que le llevó a enfrentarse con maniqueos, donatistas, pelagianos, arríanos y paganos. Fue el principal protagonista de la solución del cisma donatista, aunque resulta discutible la legitimación que hizo del uso de la fuerza para combatir la herejía, así como de la controversia pelagiana. Murió en el 430 durante el asedio de Hipona por los vándalos.

Print Friendly, PDF & Email

Páginas