Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

Primer domingo de Adviento, Ciclo “A”

30 de noviembre – 1º de diciembre 2013

 

Cristo glorioso

[Vic, Cataluña, siglo 12]

 

 

 

Introducción

 

0.1.- Con este primer domingo de Adviento comienza un nuevo año litúrgico: el pueblo de Dios vuelve a ponerse en camino para vivir el misterio de Cristo en la historia. Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre (cf. Hb 13,8); en cambio, la historia cambia y necesita ser evangelizada constantemente; necesita renovarse desde dentro, y la única verdadera novedad es Cristo: él es su realización plena, el futuro luminoso del hombre y del mundo. Jesús, resucitado de entre los muertos, es el Señor al que Dios someterá todos sus enemigos, incluida la misma muerte (cf. 1Co 15,25-28).

Por tanto, el Adviento es el tiempo propicio para reavivar en nuestro corazón la espera de Aquel que es, que era y que va a venir (Ap 1,8). El Hijo de Dios ya vino en Belén hace veinte siglos, viene en cada momento al alma y a la comunidad dispuesta a recibirlo, y de nuevo vendrá al final de los tiempos para “juzgar a vivos y muertos”. Por eso, el creyente está siempre vigilante, animado por la íntima esperanza de encontrar al Señor, como dice el Salmo: Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela a la aurora (Sal 130,5-6). (…)

 

0.2.- La palabra “esperanza” está íntimamente relacionada con la palabra “fe”. Es un don que cambia la vida de quien lo recibe, como lo muestra la experiencia de tantos santos y santas.

¿En qué consiste esta esperanza, tan grande y tan [con]fiable que nos hace decir que en ella encontramos la “salvación”? Esencialmente, consiste en el conocimiento de Dios, en el descubrimiento de su corazón de Padre bueno y misericordioso. Jesús, con su muerte en la cruz y su resurrección, nos reveló su rostro, el rostro de un Dios con un amor tan grande que comunica una esperanza inquebrantable, que ni siquiera la muerte puede destruir, porque la vida de quien se pone en manos de este Padre se abre a la perspectiva de la bienaventuranza eterna.

 

0.3.- El desarrollo de la ciencia moderna ha marginado cada vez más la fe y la esperanza [encerrándolas] en la esfera privada y personal, hasta el punto de que hoy se percibe de modo evidente, y a veces dramático, que el hombre y el mundo necesitan a Dios —¡al verdadero Dios!—; de lo contrario, no tienen esperanza.

No cabe duda de que la ciencia contribuye en gran medida al bien de la humanidad, pero no es capaz de redimirla. El hombre es redimido por el amor, que hace buena y hermosa la vida personal y social. Por eso la gran esperanza, la esperanza plena y definitiva, es garantizada por Dios que es amor, por Dios que en Jesús nos visitó y nos dio la vida, y en él volverá al final de los tiempos.

En Cristo esperamos; es a él a quien aguardamos. Con María, su Madre, la Iglesia va al encuentro del Esposo: lo hace con las obra de caridad, porque la esperanza, como la fe, se manifiesta en el amor[1].

 

La Parusía: Tres momentos o acepciones.

 

04.- El término griego parousia significa «venida», «presencia». En su sentido profano designaba la entrada solemne y triunfal de un soberano helénico en una ciudad conquistada sobre la que en adelante iba a ejercer su poder. Las primeras generaciones cristianas adoptan el término para designar el acontecimiento glorioso de la venida del Señor al fin de los tiempos (cf. Mt 24,3.27.37.39; 1 Ts 2,19; 3,13; 4,15; 5,23; 1 Co 1,8; 15,23; 2 P 3,4.12).

A partir del siglo segundo, con san Justino sobre todo, se empieza a hablar de “las dos Parusías”. De Cristo: la primera, humilde y sufriente, ha sido su venida en la carne; la segunda, aun por llegar, será en cambio majestuosa y gloriosa. En adelante ese esquema se repetirá en el pensamiento patrístico (Ireneo, Tertuliano, Cipriano, Orígenes, Cirilo de Jerusalén).

En fin incluso san Bernardo en sus Sermones para el Adviento llegará a hablar de un [triple adviento]adventus triplex del Señor: entre la primera venida y el retorno final de Cristo hay, en efecto, un acontecimiento intermedio, perceptible únicamente con los ojos de la fe: el Señor nunca deja de venir a nosotros en su Palabra y a través de los sacramentos. Por su Espíritu viene a establecer su morada en nuestro corazón (cf Jn 14,23). En este sentido la Parusía del Señor es permanente; el Señor es “El que viene” (Ap 1,4. 8; 4,8).

 

0.5.- En las primeras comunidades cristianas, esta espera de la Parusía del Señor se vivía de un modo apasionado y quizás exagerado; en la actualidad por el contrario, parece como si la espera estuviera algo embotada: ¿se espera algo todavía?… Sin embargo, el credo niceno-constantinopolitano nos invita a mantenernos orientados hacia Aquel “que volverá glorioso a juzgar a los vivos y a los muertos”; “Espero(expecto) la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. La liturgia eucarística está toda ella atravesada por ese deseo del advenimiento del Señor: “Esperamos tu retorno glorioso”.

 

En otras palabras, la historia tiene un sentido, está orientada hacia un fin. El “tiempo de la iglesia”, -este período de la historia de la salvación que corre desde la Resurrección del Señor hasta su Parusía gloriosa -, se parece a un gran “ADVIENTO”. Pero no está cerrado sobre sí mismo; sino que sigue abierto a un porvenir que viene a nosotros y hacia el cual nos dirigimos irreversiblemente. Como en los [iconos, ábsides y] mosaicos bizantinos [e igualmente en los occidentales hasta alrededor del siglo 12, como lo muestra el Cristo de Vic que encabeza este subsidio], ese futuro que viene tiene rostro personal: el rostro luminoso y radiante de Cristo Resucitado en el que se nos ofrece la comunión dichosa con el Padre y con los demás[2].

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura. Isaías 2,1-5

 

1.1.- Vengan, subamos a la montaña del Señor,… Caminemos a la luz del Señor. Estas palabras ‘nos dan la nota y el tono justo y adecuado’ para que nos demos cuenta que estamos en Adviento, y de que el año litúrgico que hoy iniciamos consiste o equivale a una peregrinación comunitaria hacia el ‘lugar’ de la Presencia de Dios, discernida a la luz del Espíritu.

Los peregrinos acuden de todas partes: todas las naciones afluirán para recibir las instrucciones del Señor. Y ¿cuáles serán sus enseñanzas? Pues enseñarnos a forjar arados con nuestras espadas para conducir nuestros pasos por senderos de paz…

 

1.2.- Tenemos que empezar poniéndonos en camino, en actitud de ‘éxodo’, con disposiciones como las que el salmo responsorial proclama: Va(ya)mos con alegría a la casa del Señor. Cada uno de nosotros debe volver a escuchar ‘Hoy’ la alegre noticia: ¡vamos a la casa del Señor! (Sal 122,1).Este ponernos en movimiento presupone que en precedencia ya ha venido hacia nosotros el Señor: de Sión saldrá la ley y de Jerusalén la palabra del Señor (v 3). Esta peregrinación de la Palabra por entre los pueblos (El sembradorsalió a sembrar. Mt 13,4) produce ese movimiento de respuesta,- ¡‘responsorial’, diríamos!-, por el cual los pueblos, a su turno, se ponen en marcha hacia Jerusalén; eso se logra poniéndose a la escucha de la palabra y aceptando la toráh (ley). Todo ello generará otro itinerario, el de la recta praxis, ese concreto vivir de acuerdo a la voluntad de Dios: vengan, subamos a la montaña del Señor, a la casa del Dios de Jacob. Él nos instruirá en sus caminos y caminaremos por sus sendas (v 2). Se trata de ver lo bueno y realizarlo. El signo concreto de querer llegar a la meta en este caminar estriba en el abandono de la violencia y de cualquier voluntad de sujeción, manipulación o abuso de los demás en provecho del interés propio: ya no levantará la espada una nación contra otra, y ya no se adiestrarán para la guerra, para dedicarse a edificar, aumentar y acrecentar la vida, multiplicando así la bendición de Dios sobre la tierra (v 4. G et Spes 78; Aparecida 32; 48; 65;…): paz a los que estaban lejos, paz a los que estaban cerca (Ef 2,17)

 

 

Salmo responsorial: Salmo 121[122],1-2. 4-9

 

2.1.- [Observemos que el Salmo responsorial de este domingo es el mismo que el del domingo pasado,- ¡el de Cristo Rey! -, subrayando de este modo la dimensión escatológica de la primera parte del Adviento, eco y prolongación de lo vivido en la culminación del Año litúrgico], [Salmo que] es uno de los más hermosos y apasionados cánticos de las subidas. Se trata del salmo 121, una celebración viva y comunitaria [de] Jerusalén, la ciudad santa hacia la que suben los peregrinos.

En efecto, al inicio, se funden dos momentos vividos por el fiel: el del día en que aceptó la invitación a ir a la casa del Señor (v. 1) y el de la gozosa llegada a los umbrales de Jerusalén (cf. v. 2). Sus pies ya pisan, por fin, la tierra santa y amada. Precisamente entonces sus labios se abren para elevar un canto de fiesta en honor de Sión, considerada en su profundo significado espiritual.

2.2.- Jerusalén, ciudad bien compacta (v. 3), símbolo de seguridad y estabilidad, es el corazón de la unidad de las doce tribus de Israel, que convergen hacia ella como centro de su fe y de su culto. En efecto, a ella suben a celebrar el nombre del Señor (v. 4) en el lugar que la ley de Israel (Dt 12, 13-14; 16, 16) estableció como único santuario legítimo y perfecto.

En Jerusalén hay otra realidad importante, que es también signo de la presencia de Dios en Israel: son los tribunales de justicia en el palacio de David (Sal 121, 5); es decir, en ella gobierna la dinastía davídica, expresión de la acción divina en la historia, que desembocaría en el Mesías (cf. 2 S 7, 8-16).

 

2.3.- Se habla de los tribunales de justicia en el palacio de David (v. 5) porque el rey era también el juez supremo. Así, Jerusalén, capital política, era también la sede judicial más alta, donde se resolvían en última instancia las controversias: de ese modo, al salir de Sión, los peregrinos judíos volvían a sus aldeas más justos y pacificados.

El Salmo ha trazado, así, un retrato ideal de la ciudad santa en su función religiosa y social, mostrando que la religión bíblica no es abstracta ni intimista, sino que es fermento de justicia y solidaridad. Tras la comunión con Dios viene necesariamente la comunión de los hermanos entre sí.

 

2.4.- Llegamos ahora a la invocación final (cf. vv. 6-9). Toda ella está marcada por la palabra hebrea shalom,paz, tradicionalmente considerada como parte del nombre mismo de la ciudad santa: Jerushalajim, interpretada como “ciudad de la paz”.

Como es sabido, shalom alude a la paz mesiánica, que entraña alegría, prosperidad, bien, abundancia. Más aún, en la despedida que el peregrino dirige al templo, a la casa del Señor, nuestro Dios, además de la paz se añade el “bien”: te deseo todo bien (v. 9). Así, anticipadamente, se tiene el saludo franciscano: “¡Paz y bien!”. Todos tenemos algo de espíritu franciscano. Es un deseo de bendición sobre los fieles que aman la ciudad santa, sobre su realidad física de muros y palacios, en los que late la vida de un pueblo, y sobre todos los hermanos y los amigos. De este modo, Jerusalén se transformará en un hogar de armonía y paz.

 

2.5.- Concluyamos nuestra meditación sobre el salmo 121 con la reflexión de uno de los Santos Padres, para los cuales la Jerusalén antigua era signo de otra Jerusalén, también fundada como ciudad biencompacta. Esta ciudad ―recuerda San Gregorio Magno en sus Homilías sobre Ezequiel―

“ya tiene aquí un gran edificio en las costumbres de los santos. En un edificio una piedra soporta la otra, porque se pone una piedra sobre otra, y la que soporta a otra es a su vez soportada por otra. Del mismo modo, exactamente así, en la santa Iglesia cada uno soporta al otro y es soportado por el otro. Los más cercanos se sostienen mutuamente, para que por ellos se eleve el edificio de la caridad. Por eso San Pablo recomienda: Ayúdense mutuamente a llevar sus cargas y así cumplirán la ley de Cristo (Ga 6, 2). Subrayando la fuerza de esta ley, dice: La caridad es la ley en su plenitud (Rm 13, 10). En efecto, si yo no me esfuerzo por aceptarlos a ustedes tal como son, y ustedes no se esfuerzan por aceptarme tal como soy, no puede construirse el edificio de la caridad entre nosotros, que también estamos unidos por amor recíproco y paciente. Y, para completar la imagen, no conviene olvidar que hay un cimiento que soporta todo el peso del edificio, y es nuestro Redentor; él solo nos soporta a todos tal como somos. De él dice el Apóstol: nadie puede poner otro cimiento que el ya puestoJesucristo (1 Co 3, 11). El cimiento soporta las piedras, y las piedras no lo soportan a él; es decir, nuestro Redentor soporta el peso de todas nuestras culpas, pero en él no hubo ninguna  culpa  que  sea necesario soportar”[3]

Así, el gran Papa San Gregorio nos explica lo que significa el Salmo en concreto para la práctica de nuestra vida. Nos dice que debemos ser en la Iglesia de hoy una verdadera Jerusalén, es decir, un lugar de paz, “soportándonos los unos a los otros” tal como somos; “soportándonos mutuamente” con la gozosa certeza de que el Señor nos “soporta” a todos. Así crece la Iglesia como una verdadera Jerusalén, un lugar de paz. Pero también queremos orar por la ciudad de Jerusalén, para que sea cada vez más un lugar de encuentro entre las religiones y los pueblos; para que sea realmente un lugar de paz[4].

 

 

Segunda Lectura: Romanos 13,11-14ª

 

3.1.- Ustedes saben en qué tiempo vivimos: Pablo exhorta a la comunidad cristiana de Roma a darse cuenta de que está viviendo ya en los tiempos definitivos, en los tiempos finales. El cristiano se sitúa siempre en este tiempo decisivo [¡el Adviento es el encargado de que no lo olvidemos!] y, por tanto, vive en la tensión de la exigencia de ser un testimonio coherente de la fe. Este tiempo ha empezado con la muerte y la resurrección de Cristo; en Él Dios ha pronunciado la palabra definitiva sobre el hombre y su historia.

 

3.2.- Ya es hora de que se despierten: Pablo recurre a las imágenes de la apocalíptica para describir este tiempo definitivo: es el inicio del día, que reclama al hombre la decisión dificultosa de dejar el sueño y emprender la lucha diaria. Día y noche, oscuridad y luz, son imágenes de la opción clave entre el bien y el mal que el hombre ha de realizar. La referencia a la oscuridad queda completada con la descripción de algunos vicios.

 

3.3.- Revístanse del Señor Jesucristo: El hombre a quien el día sorprende durmiendo aún y sin vestir no se encuentra preparado para la lucha. El cristiano por el bautismo se ha revestido de Cristo y no tiene que abandonar ese vestido si quiere estar a punto para el tiempo decisivo[5], del cual cada Adviento es como un pequeño-gran sacramento.

 

 

Evangelio: san Mateo 24,37-44 [más breve: 24,37-44]

 

4.1.- Premisa: Reflexionar sobre Mt 24,29-44 (ó 37-44)  equivale a querer transportar el entero océano con un colador para ponerlo ante los propios ojos y los de los demás. Sin embargo vale la pena intentarlo destacando ciertas ideas-fuerza [por ejemplo: la presencia-venida de Cristo; la Palabra que jamás callará; permanecer vigilantes y atentos; no sabiendo ni el día ni la hora y sin embargo velando con perseverancia; aguardar el fin del mundo pero en su dimensión de juicio salvífico] o algunas de las imágenes [un sol oscurecido y privado de luz; al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo; la higuera]. La liturgia nos permite así celebrar al ‘Ya-Venido que Viene y aun debe Venir’ cuya Presencia-Ausencia debemos discernir permanentemente.

 

4.2.- En el centro del evangelio de hoy se encuentra la llegada del Señor. Mateo usa el término parusía[traducido como ‘cuando-venga’ en los vv. 37 y 39]. Jesús, entonces, vendrá, se hará presente entre nosotros. Lo que hará entre nosotros se dice con toda claridad: efectuará un juicio, un discernimiento en profundidad, por el cual dos personas que se encuentran en la misma situación exterior tendrán suertes distintas (es este el sentido de la expresión de dos que estén,…, uno llevado,…, otro dejado).

 

4.3.- Jesús nos invita a tener presente todo esto, a no olvidarlo. ‘Velar’, ‘vigilar’ [¡lamentablemente el leccionario traduce ‘estén preparados’ lo que es una lástima ya que no celebramos la ‘preparación pascual’, sino que debemos permanecer vigilantes, tal como nos lo muestra la ‘vigilia pascual’ que es la ‘madre de todas las vigilias’ y de todas las ‘esperas’!], significa justamente no dormirse, no distraerse, prestar atención. El Señor sabe que nos embotamos y nos olvidamos con gran facilidad y por eso nos trae el ejemplo de la humanidad en tiempos de Noé: cada uno se ocupaba de su propia vida, atrapado por las pequeñas grandes alegrías de la existencia, sin comprender nada de lo que sucedía a su alrededor. Entonces el Señor llega a la hora menos pensada. Y eso no porque espere el momento propicio para sorprendernos, como un adversario atento y vigilante para atacarnos en el momento en el que estemos más vulnerables e indefensos. ¡Él no es nuestro enemigo, como lamentablemente tantas veces pensamos! Sino simplemente porque cuando no se vigila cada momento es ‘el-momento-menos-pensado’. De ahí surge la necesidad de estar preparados (la traducción ‘prevenidos’ no es del todo feliz, ya que puede suscitar sentimientos negativos aunque etimológicamente equivalga a ‘pre-venir’ = preparados para la venida). ¿Qué cosa significa estar preparados? Hacer lo que Noé: darse apuro para tener todo a punto, listo, de manera de superar el cataclismo que se nos viene encima. Otro ejemplo de falta de vigilancia son las cinco jóvenes necias de la parábola, que mientras fueron a comprar el aceite llegó el Esposo y sólo las que, a pesar de haberse dormido estaban preparadas, pudieron entrar al banquete de bodas (Mt 25,10). No velar y vigilar significa encontrarse descartado del Encuentro gozoso con el Señor (Ver Ct 5,2), al verse excluido del banquete de bodas del Cordero (Ap 19,9).

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Anunciamos la venida de Cristo, pero no solamente la primera, sino también la segunda, más gloriosa que la primera. La primera lleva el signo de la paciencia, en cambio la segunda lleva la corona del reino divino. Como en la mayoría de los casos, en Nuestro Señor Jesucristo todas las cosas son dobles: hay un doble nacimiento, el primero es el de Dios, antes de todos los siglos, y el otro el de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Hay dos descensos: uno oscuro y callado, como sobre lana; el otro manifiesto, que es el que va a venir. En la primera manifestación, fue envuelto en pañales en el pesebre; en la segunda llevará la luz como un manto. En la primera, soportó la cruz, sufriendo el desprecio y la ignominia; en la segunda vendrá glorificado llevando como séquito el ejército de los ángeles.

Por eso no nos detenemos en la primera venida, sino que esperamos la segunda. Y si en la primera hemos dicho: “Bendito el que viene en nombre del Señor” (Mt 21,9), también en la segunda diremos lo mismo, para que saliendo al encuentro del Señor con todos los ángeles, lo adoremos aclamando: “Bendito el que viene en nombre del Señor”[6].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Benedicto XVI, Ángelus del 2 de diciembre 2007. Levemente abreviado y adaptado.

[2] J. Spronck, La espera cristiana de la Parusía, Selecciones de Teología 196 (2010) pp. 285-291, el § citado pp. 285-286. Traducción levemente modificada. El recuadro y la negrita son nuestros.

[3] San Gregorio Magno, In Ezeq. 2, 1, 5:  Opere di Gregorio Magno, III/2, Roma 1993, pp. 27. 29.

[4] Benedicto XVI, Catequesis en la Audiencia General del 12 de octubre 2005. Levemente adaptada.

[5] J. Naspleda, Misa Dominical 1989,23. Tomado y adaptado de www.mercaba.org

[6] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis XV,1 (trad. de L. H. Rivas en San Cirilo de Jerusalén. Catequesis, Buenos Aires,  1985, p. 208. San Cirilo, nacido alrededor del año 315 en Jerusalén o en sus cercanías, recibió una óptima formación literaria, que constituyó la base de su cultura eclesiástica, centrada en el estudio de la Biblia. Ordenado presbítero por el obispo Máximo, cuando este murió o fue depuesto, en el año 348 fue ordenado obispo En realidad, muy pronto san Cirilo chocó con Acacio, no sólo en el campo doctrinal, En dos décadas san Cirilo sufrió tres destierros.

Sólo en el año 378, pudo volver a tomar definitivamente posesión de su sede, devolviendo a los fieles unidad y paz. De san Cirilo conservamos veinticuatro célebres catequesis, que impartió como obispo hacia el año 350 El misterio que se debe captar es el plan de Dios, que se realiza mediante las acciones salvíficas de Cristo en la Iglesia. A su vez, la dimensión mistagógica va acompañada por la de los símbolos, que expresan la vivencia espiritual que entrañan. Así la catequesis de san Cirilo, basándose en las tres dimensiones descritas -doctrinal, moral y mistagógica- es una catequesis global en el Espíritu. La dimensión mistagógica lleva a cabo la síntesis de las dos primeras, orientándolas a la celebración sacramental, en la que se realiza la salvación de todo el hombre. En definitiva, se trata de una catequesis integral que, al implicar el cuerpo, el alma y el espíritu, es emblemática también para la formación catequética de los cristianos de hoy. (Benedicto XVI,  Catequesis 27-06-2007. Extractos).

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