Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

TRIGÉSIMO CUARTO DOMINGO DURANTE

EL AÑO,

Ciclo “C”

Jesucristo, Rey del Universo[1]

23-24 de noviembre 2013

 

 

 

Duccio di Buoninsegna

[Catedral de Siena entre 1255 y 1318]

 

 

Introducción

 

0.1.- Este año la solemnidad de Cristo, Rey del universo, coronamiento del año litúrgico (…)  da a nuestra celebración [del consistorio público] una perspectiva muy significativa, delineada e iluminada por las lecturas bíblicas. Nos encontramos como ante un imponente fresco con tres grandes escenas:  en el centro, la crucifixión, según el relato del evangelista san Lucas; a un lado, la unción real de David por parte de los ancianos de Israel; al otro, el himno cristológico con el que san Pablo introduce la carta a los Colosenses. En el conjunto destaca la figura de Cristo, el único Señor, ante el cual todos somos hermanos. Toda la jerarquía de la Iglesia, todo carisma y todo ministerio, todo, todas y todos estamos al servicio de su señorío.

 

0.2.- Debemos partir del acontecimiento central: la cruz. En ella Cristo manifiesta su realeza singular. En el Calvario se confrontan dos actitudes opuestas. Algunos personajes que están al pie de la cruz, y también uno de los dos ladrones, se dirigen con desprecio al Crucificado: Si eres tú el Cristo, el Rey Mesías —dicen—, sálvate a ti mismo, bajando del patíbulo. Jesús, en cambio, revela su gloria permaneciendo allí, en la cruz, como Cordero inmolado. Con él se solidariza inesperadamente el otro ladrón, que confiesa implícitamente la realeza del justo inocente e implora: Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino (Lc 23, 42). San Cirilo de Alejandría comenta: “Lo ves crucificado y lo llamas rey. Crees que el que soporta la burla y el sufrimiento llegará a la gloria divina” (Comentario a san Lucas, homilía 153). Según el evangelista san Juan, la gloria divina ya está presente, aunque escondida por la desfiguración de la cruz. Pero también en el lenguaje de san Lucas el futuro se anticipa al presente cuando Jesús promete al buen ladrón: Hoy estarásconmigo en el paraíso (Lc 23, 43).

San Ambrosio observa: “Este rogaba que el Señor se acordara de él cuando llegara a su reino, pero el Señor le respondió: En verdad, en verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso. La vida es estar con Cristo, porque donde está Cristo allí está el Reino” (Exposición sobre el evangelio según san Lucas 10, 121). Así, la acusación: Este es el rey de los judíos, escrita en un letrero clavado sobre la cabeza de Jesús, se convierte en la proclamación de la verdad. San Ambrosio afirma también: “Justamente la inscripción está sobre la cruz, porque el Señor Jesús, aunque estuviera en la cruz, resplandecía desde lo alto de la cruz con una majestad real” (ib., 10, 113).

La escena de la crucifixión en los cuatro evangelios constituye el momento de la verdad, en el que se rasga el velo del templo y aparece el Santo de los santos. En Jesús crucificado se realiza la máxima revelación posible de Dios en este mundo, porque Dios es amor, y la muerte de Jesús en la cruz es el acto de amor más grande de toda la historia. (…)

 

0.3.- Ahora nos queda por admirar la tercera parte del “tríptico” que la palabra de Dios pone ante nosotros: el himno cristológico  de la carta a los Colosenses. Ante todo, hagamos nuestro el sentimiento  de alegría y de gratitud del que  brota,  porque  el reino de Cristo, la herencia del pueblo santo en la luz, no es  algo  que sólo se vislumbre a lo lejos, sino que es una realidad de la que hemos sido llamados a formar parte, a la  que hemos sido trasladados, gracias a  la obra redentora del Hijo de Dios (cf. Col 1, 12-14).  Esta acción de gracias impulsa el alma de san Pablo a la contemplación de Cristo y de su misterio en sus dos dimensiones principales: la creación de todas las cosas y su reconciliación. En el primer aspecto, el señorío de Cristo consiste en que todo fue creado por él y para él (…) y todo se mantiene en él (Col 1, 16). La segunda dimensión se centra en el misterio pascual: mediante la muerte en la cruz del Hijo, Dios ha reconciliado consigo a todas las criaturas y ha pacificado el cielo y la tierra; al resucitarlo de entre los muertos, lo ha hecho primicia de la nueva creación, “plenitud” de toda realidad y cabeza del Cuerpo místico que es la Iglesia (cf. Col 1, 18-20). Estamos nuevamente ante la cruz, acontecimiento central del misterio de Cristo. En la visión paulina, la cruz se enmarca en el conjunto de la economía de la salvación, donde la realeza de Jesús se manifiesta en toda su amplitud cósmica. Este texto del Apóstol expresa una síntesis de verdad y de fe tan fuerte que no podemos menos de admirarnos profundamente. La Iglesia es depositaria del misterio de Cristo: lo es con toda humildad y sin sombra de orgullo o arrogancia, porque se trata del máximo don que ha recibido sin mérito alguno y que está llamada a ofrecer gratuitamente a la humanidad de todas las épocas, como horizonte de significado y de salvación. No es una filosofía, no es una gnosis, aunque incluya también la sabiduría y el conocimiento. Es el misterio de Cristo; es Cristo mismo, Logosencarnado, muerto y resucitado, constituido Rey del universo. (…)[2]

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: 2º Samuel 5,1-3

 

1.1.- En esta 1ª lectura la liturgia nos presenta la consagración de David como rey de Israel, invitándonos a leer la realeza de Cristo en relación con la de David.

Después de un período en el que Israel había estado (nuevamente) dividido, gobernado al norte por el hijo de Saúl, Isbaal, y al sur por David, habiendo muerto el primero todo Israel reconoce a David como rey. La división volverá a producirse después de la muerte de Salomón, el hijo de David.  El pasaje de hoy, es bueno leerlo teniendo presente textos como 1 Sam 16,11-13 y 2 Sam 7,8-11, nos muestra algunos elementos de la realeza de David que encontrarán su plena realización en la de Cristo.

Para desarrollar su misión David debe ser ungido, es decir que le debe ser comunicado el Espíritu de Dios, gracias al cual  se convertirá en ‘Mesías’ (= Ungido). David es ungido nada menos que tres veces: por Samuel (1 Sam 16,13), por la tribu de Judá (2 Sam 2,4), y finalmente, tal como lo testimonia el texto hodierno, por las demás tribus,  ejemplificando así el fatigoso (pero infalible) camino que la elección divina debe recorrer, pasando a través de dinamismos e intrigas harto humanas, para finalmente hacerse realidad. La elección es en verdad toda del Señor: es Él quien elige, pues no se trata de una mera iniciativa humana:el Señor te ha dicho: «Tú apacentarás a mi pueblo Israel y tú serás el jefe de Israel»  (v. 2).

 

1.2.- Surge aquí otro importante aspecto: el rey como pastor (apacentarás). Asunto singular: ¡los dos grandes caudillos de Israel, Moisés y David, hicieron su ‘aprendizaje’ (su entrenamiento, diríamos) apacentando ovejas! El rey cuida, alimenta y guía a su pueblo, como ‘sacramento’ de Aquel que continuamente guía a Israel, como buen Pastor,  hacia verdes praderas y aguas tranquilas (Sal 23; ver Sal 80).

El pastor ‘convive’ con sus ovejas, en profunda solidaridad entre rey y súbditos: ¡Nosotros somos carne tuya y huesos tuyos! (v. 1), dice el texto, si traducimos el hebreo literalmente; éstas palabras ciertamente indican parentesco, y por eso,- ¡a un cierto nivel!-, están bien traducidas por el leccionario (¡nosotros somos de tu misma sangre!), pero con la desventaja de que al haberlas traducido así[3], no permiten captar de que son, a otro nivel,  eco de la exclamación de Adán ante Eva (Gen 2,23: ¡Esta sí que es carne de mi carne y huesos de mis huesos!), evocando nada menos que una dimensión esponsalicia, es decir, al rey como esposo de su pueblo.

El rey es aquel que estipula una alianza con su pueblo,  comprometiéndose con él mediante una serie de derechos y deberes, convirtiéndose así en su aliado que combate sus batallas (1 Sam 8,20), haciéndose en todo solidario con su pueblo, con un compromiso que no es meramente humano, sino estipulado (del)ante del Señor (v 3).

 

1.3.- A quien relee este texto desde una perspectiva cristiana, todo esto le habla de Jesús-Cristo (= Jesús-Mesías): Él fue el elegido, el predilecto del Padre,  Ungido y Consagrado  en la perfección del don del Espíritu Santo. Unción que  partiendo desde la concepción, en el seno de María, por obra y gracia del Espíritu Santo culmina en su Pascua, que derrama el Espíritu abundante y permanentemente. Jesucristo, con su muerte y resurrección, es constituido por el Padre Guía (Caudillo; leer Hechos 3,15) de la humanidad nueva. Él es el auténtico buen Pastor, que da la vida por sus ovejas, conduciéndolas de este modo a la Vida. Comparte en todo  nuestra condición humana, menos en el pecado, estableciendo en su sangre, la alianza nueva y eterna. Convertido en el nuevo Adán, ‘al dormirse’ sobre la Cruz, de su costado abierto hará nacer a su Esposa la Iglesia, abriéndonos así el acceso al Paraíso que Adán nos había clausurado.

 

1.4.- David, el pastor elevado al trono de Israel es ‘sacramento’ del Crucificado elevado a la derecha del Padre. La fiesta de este domingo nos llama a poner nuestra vida bajo su señorío, viviéndola desde la perspectiva definida de una vez para siempre por el don del Padre: Cristo convertido para nosotros en Mesías y Salvador, Jefe y Pastor, Aliado y Esposo, elevado por Dios por encima de todo Principado, Potestad, Poder y Dominación, y de cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro. (Ef 1,21)

 

Salmo Responsorial: Salmo 121[122],1-2. 4-5

 

2.1.- La oración que [en este domingo oficia de Salmo responsorial] es uno de los más hermosos y apasionados cánticos de las subidas. Se trata del salmo 121, una celebración viva y comunitaria en Jerusalén, la ciudad santa hacia la que suben los peregrinos.

En efecto, al inicio, se funden dos momentos vividos por el fiel: el del día en que aceptó la invitación a ir a la casa del Señor (v. 1) y el de la gozosa llegada a los umbrales de Jerusalén (cf. v. 2). Sus pies ya pisan, por fin, la tierra santa y amada. Precisamente entonces sus labios se abren para elevar un canto de fiesta en honor de Sión, considerada en su profundo significado espiritual.

 

2.2.- Jerusalén, ciudad bien compacta (v. 3), símbolo de seguridad y estabilidad, es el corazón de la unidad de las doce tribus de Israel, que convergen hacia ella como centro de su fe y de su culto. En efecto, a ella suben a celebrar el nombre del Señor (v. 4) en el lugar que la ley de Israel (Dt 12, 13-14; 16, 16) estableció como único santuario legítimo y perfecto.

En Jerusalén hay otra realidad importante, que es también signo de la presencia de Dios en Israel: son los tribunales de justicia en el palacio de David (Sal 121, 5); es decir, en ella gobierna la dinastía davídica, expresión de la acción divina en la historia, que desembocaría en el Mesías (cf. 2 S 7, 8-16).

 

2.3.- Se habla de los tribunales de justicia en el palacio de David (v. 5) porque el rey era también el juez supremo. Así, Jerusalén, capital política, era también la sede judicial más alta, donde se resolvían en última instancia las controversias: de ese modo, al salir de Sión, los peregrinos judíos volvían a sus aldeas más justos y pacificados.

El Salmo ha trazado, así, un retrato ideal de la ciudad santa en su función religiosa y social, mostrando que la religión bíblica no es abstracta ni intimista, sino que es fermento de justicia y solidaridad. Tras la comunión con Dios viene necesariamente la comunión de los hermanos entre sí.

 

2.4.- Llegamos ahora a la invocación final (cf. vv. 6-9). Toda ella está marcada por la palabra hebrea shalom,paz, tradicionalmente considerada como parte del nombre mismo de la ciudad santa: Jerushalajim, interpretada como “ciudad de la paz”.

Como es sabido, shalom alude a la paz mesiánica, que entraña alegría, prosperidad, bien, abundancia. Más aún, en la despedida que el peregrino dirige al templo, a la casa del Señor, nuestro Dios, además de la paz se añade el “bien”: te deseo todo bien (v. 9). Así, anticipadamente, se tiene el saludo franciscano: “¡Paz y bien!”. Todos tenemos algo de espíritu franciscano. Es un deseo de bendición sobre los fieles que aman la ciudad santa, sobre su realidad física de muros y palacios, en los que late la vida de un pueblo, y sobre todos los hermanos y los amigos. De este modo, Jerusalén se transformará en un hogar de armonía y paz.

 

2.5.- Concluyamos nuestra meditación sobre el salmo 121 con la reflexión de uno de los Santos Padres, para los cuales la Jerusalén antigua era signo de otra Jerusalén, también fundada como ciudad biencompacta. Esta ciudad ―recuerda San Gregorio Magno en sus Homilías sobre Ezequiel―

“ya tiene aquí un gran edificio en las costumbres de los santos. En un edificio una piedra soporta la otra, porque se pone una piedra sobre otra, y la que soporta a otra es a su vez soportada por otra. Del mismo modo, exactamente así, en la santa Iglesia cada uno soporta al otro y es soportado por el otro. Los más cercanos se sostienen mutuamente, para que por ellos se eleve el edificio de la caridad. Por eso San Pablo recomienda: Ayúdense mutuamente a llevar sus cargas y así cumplirán la ley de Cristo (Ga 6, 2). Subrayando la fuerza de esta ley, dice: La caridad es la ley en su plenitud (Rm 13, 10). En efecto, si yo no me esfuerzo por aceptarlos a ustedes tal como son, y ustedes no se esfuerzan por aceptarme tal como soy, no puede construirse el edificio de la caridad entre nosotros, que también estamos unidos por amor recíproco y paciente. Y, para completar la imagen, no conviene olvidar que hay un cimiento que soporta todo el peso del edificio, y es nuestro Redentor; él solo nos soporta a todos tal como somos. De él dice el Apóstol: nadie puede poner otro cimiento que el ya puestoJesucristo (1 Co 3, 11). El cimiento soporta las piedras, y las piedras no lo soportan a él; es decir, nuestro Redentor soporta el peso de todas nuestras culpas, pero en él no hubo  ninguna culpa  que  sea necesario soportar”[4]

Así, el gran Papa San Gregorio nos explica lo que significa el Salmo en concreto para la práctica de nuestra vida. Nos dice que debemos ser en la Iglesia de hoy una verdadera Jerusalén, es decir, un lugar de paz, “soportándonos los unos a los otros” tal como somos; “soportándonos mutuamente” con la gozosa certeza de que el Señor nos “soporta” a todos. Así crece la Iglesia como una verdadera Jerusalén, un lugar de paz. Pero también queremos orar por la ciudad de Jerusalén, para que sea cada vez más un lugar de encuentro entre las religiones y los pueblos; para que sea realmente un lugar de paz[5].

 

 

Segunda lectura: Colosenses 1,12-20

 

3.1.- (…) El admirable himno cristológico de la carta a los Colosenses (…) muchos estudiosos están convencidos de que ese himno podría ser la cita de un canto de las Iglesias de Asia menor, insertado por san Pablo en la carta dirigida a la comunidad cristiana de Colosas, una ciudad entonces floreciente y populosa.

Con todo, el Apóstol no se dirigió nunca a esa localidad de la Frigia, una región de la actual Turquía. La Iglesia local había sido fundada por Epafras, un discípulo suyo, originario de esas tierras. Al final de la carta a los Colosenses, se lo nombra, juntamente con el evangelista Lucas, el médico amado, como lo llama san Pablo (Col 4, 14), y con otro personaje, Marcos, primo de Bernabé (Col 4, 10), tal vez el homónimo compañero de Bernabé y Pablo (cf. Hch 12, 25; 13, 5.13), que luego escribiría uno de los Evangelios.

 

3.2.- (…) Nos limitaremos a ofrecer una mirada de conjunto y a evocar un comentario espiritual, elaborado por un famoso Padre de la Iglesia, San Juan Crisóstomo (siglo 4º), célebre orador y obispo de Constantinopla. En ese himno destaca la grandiosa figura de Cristo, Señor del cosmos. Como la Sabiduría divina creadora exaltada en el Antiguo Testamento (cf., por ejemplo, Pr 8, 22-31), él es anterior a todo y todo se mantiene en él. Más aún, todo fue creado por él y para él (Col 1, 16-17).

Así pues, en el universo se va cumpliendo un designio trascendente que Dios realiza a través de la obra de su Hijo. Lo proclama también el prólogo del evangelio de san Juan, cuando afirma que todo se hizo por el Verbo y sin él no se hizo nada de cuanto existe (Jn 1, 3). También la materia, con su energía, la vida y la luz llevan la huella del Verbo de Dios, su Hijo querido” (Col 1, 13). La revelación del Nuevo Testamento arroja nueva luz sobre las palabras del sabio del Antiguo Testamento, el cual declaraba que de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su autor (Sb 13, 5).

 

3.3.- El cántico de la carta a los Colosenses presenta otra función de Cristo: él es también el Señor de la historia de la salvación, que se manifiesta en la Iglesia (cf. Col 1, 18) y se realiza por la sangre de su cruz(v. 20), fuente de paz y armonía para la humanidad entera.

Por consiguiente, no sólo el horizonte externo a nosotros está marcado por la presencia eficaz de Cristo, sino también la realidad más específica de la criatura humana, es decir, la historia. La historia no está a merced de fuerzas ciegas e irracionales; a pesar del pecado y del mal, está sostenida y orientada, por obra de Cristo, hacia la plenitud. De este modo, por medio de la cruz de Cristo, toda la realidad es “reconciliada” con el Padre (cf. v. 20).

El himno dibuja, así, un estupendo cuadro del universo y de la historia, invitándonos a la confianza. No somos una mota de polvo insignificante, perdida en un espacio y en un tiempo sin sentido, sino que formamos parte de un proyecto sabio que brota del amor del Padre.

 

3.4.- Como hemos anticipado, damos ahora la palabra a San Juan Crisóstomo, para que sea él quien cierre con broche de oro esta reflexión. En su Comentario a la carta a los Colosenses glosa ampliamente este cántico. Al inicio, subraya la gratuidad del don de Dios que nos ha hecho capaces de compartir la suerte del pueblo santo en la luz (v. 12). “¿Por qué la llama “suerte”?”, se pregunta el Crisóstomo, y responde: “Para mostrar que nadie puede conseguir el Reino con sus propias obras. También aquí, como la mayoría de las veces, la “suerte” tiene el sentido de “fortuna”.

Nadie realiza obras que merezcan el Reino, sino que todo es don del Señor. Por eso, dice:

Cuando hayan hecho todo lo que os fue mandado, digan: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (PG 62, 312).

Esta benévola y poderosa gratuidad vuelve a aparecer más adelante, cuando leemos que por medio de Cristo fueron creadas todas las cosas (cf. Col 1, 16). “De él depende la sustancia de todas las cosas -explica el Obispo-. No sólo hizo que pasaran del no ser al ser, sino que es también él quien las sostiene, de forma que, si quedaran fuera de su providencia, perecerían y se disolverían… Dependen de él. En efecto, incluso la inclinación hacia él basta para sostenerlas y afianzarlas” (PG 62, 319).

Con mayor razón es signo de amor gratuito lo que Cristo realiza en favor de la Iglesia, de la que es Cabeza. En este punto (cf. v. 18), explica el Crisóstomo, “después de hablar de la dignidad de Cristo, el Apóstol habla también de su amor a los hombres: Él es también la cabeza de su cuerpoque es la Iglesia; así quiere mostrar su íntima comunión con nosotros. Efectivamente, Cristo, que está tan elevado y es superior a todos, se unió a los que están abajo” (PG 62, 320)[6].

 

 

Evangelio: san Lucas 23,35-43

 

4.1.- A derecha e izquierda de Jesús están crucificados dos malhechores. No se trata de una casualidad: son imagen de toda la humanidad,  que siendo culpable, se encuentra aprisionada por los lazos del mal y de la muerte; ¡precisamente, crucificada!

En medio de ellos está crucificado Jesús de Nazaret, quien tiene la pretensión de ser el enviado de Dios, el Mesías Salvador.

Este Mesías y su realeza son signo de contradicción y motivo de división: ante Cristo, rey crucificado, nadie puede permanecer neutral, hay que decidirse y tomar partido. Él revela los más recónditos secretos de los corazones, a tal punto que cada uno de nosotros, como parte de esa humanidad crucificada, debe decidir si acepta o no a un Salvador como éste: ó lo acepta ó lo rechaza y se busca otro(s). Cada cual debe enfrentar esa alternativa: confiar en Él poniéndose en sus manos o poniéndolo en ridículo.

 

4.2.- Dicha alternativa es evidenciada con meridiana claridad por los dos malhechores.

No es que uno sea ‘bueno’ (¡Dimas el ‘buen ladrón lo denominó la tradición!),  y el otro ‘malo’: los dos son  delincuentes, ‘merecedores’ de la pena capital.

Uno de ellos no sabe qué hacer con un Cristo como este: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. De no ser así, no lo eres”.

El otro no sabe demasiado acerca de Jesús, pero intuye que es un rey que está por ‘irse’ para su reino y se le confía: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.

No existe otra posibilidad: la esencia de la vida (y la de la muerte) se sellan con esta elección.

Es por eso que Jesús había dicho: ¿Piensan ustedes que  vine a traer la paz? ¡No, la división! La Cruz de Cristo es atrayente  para unos y repelente para otros; genera cristianos e irrita y molesta al mundo. También dentro del corazón de cada uno se genera esa misma división, las dos actitudes allí conviven y allí se combaten, en un conflicto en el que se enfrentan la fe/confianza con el orgullo.

 

4.3.- Celebrar la fiesta de Cristo Rey significa alinearse, decidirse y reconocer que la propia posibilidad de salvación nos viene del gesto de amor de un  Dios que muestra su realeza no por la fuerza sino con el amor. Para nada confundamos el amor crucificado con una actitud de debilidad. Sabemos, por el contrario, que allí se concentra la ‘fuerza-máxima’, la fuerza que gobierna toda la historia, a la cual ningún poder humano podrá vencer jamás.

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. No tuvo la audacia de decir: Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino antes de haber depuesto por la confesión la carga de sus pecados. ¿Te das cuenta de lo importante que es la confesión? Se confesó y abrió el paraíso. Se confesó y le entró tal confianza que, de ladrón, pasó a pedir el reino. ¿Ves cuántos beneficios nos reporta la cruz? ¿Pides el reino? Y, ¿qué es lo que ves que te lo sugiera? Ante ti tienes los clavos y la cruz. Sí, pero esa misma cruz —dice— es el símbolo del reino. Por eso lo llamo rey, porque lo veo crucificado: ya que es propio de un rey morir por sus súbditos. Lo dijo él mismo: El buen pastor da la vida por las ovejas: luego el buen rey da la vida por sus súbditos. Y como quiera que realmente dio su vida, por eso lo llamo rey: Señoracuérdate de  cuandollegues a tu reino.

¿Ves cómo la cruz es el símbolo del reino? ¿Quieres otra confirmación de esta verdad? No la dejó en la tierra, sino que la tomó y se la llevó consigo al cielo. Y ¿cómo me lo demuestras? Muy sencillamente: porque en aquella su gloriosa y segunda venida aparecerá con ella, para que aprendas que la cruz es algo honorable. Por eso la llamó su «gloria».

Pero veamos cómo vendrá con la cruz, pues en este tema conviene poner las cartas boca arriba. Dice el evangelio: “Si les insisten: «Mira, que Cristo está en el sótano», no les crean; «mira, que está en el desierto», no vayan”. Hablaba de este modo de su segunda venida en gloria, previniéndonos contra los falsos cristos y contra el anticristo, para que nadie, seducido, cayera en sus lazos.

Como antes de Cristo debe aparecer el anticristo, para que nadie, buscando al pastor, caiga en manos del lobo, por eso te doy una señal para que identifiques la venida del pastor. Pues como la primera venida fue de incógnito, para que no pienses que la segunda ocurrirá de parecida manera, te doy esta contraseña. Y con razón la primera venida la realizó como de incógnito, pues vino a buscar lo que estaba perdido. Pero no así la segunda. Pues, ¿cómo? Porque igual que el relámpago sale del levante y brilla hasta el poniente, así ocurrirá con la venida del Hijo del hombre. Inmediatamente se hará patente a todos y nadie tendrá que preguntar si Cristo está aquí o está allí. Igual que cuando brilla el relámpago no es necesario preguntar si se ha producido o no, así también en la venida de Cristo: no será necesario indagar si Cristo ha venido o no ha venido. Pero el problema era si aparecerá con la cruz, pues no nos hemos olvidado de lo prometido. Escucha, pues, lo que sigue. Entonces, dice. Entonces; pero, ¿cuándo? Cuando venga el Hijo del hombre,el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor. Aquel día será tal la intensidad de la luz que se oscurecerán hasta las estrellas más luminosas. Entonces las estrellas caerán; entonces brillará en el cielo la señal del Hijo del hombre. ¿Ves cuál es el poder de la señal de la cruz?

Y al igual que al hacer un rey su entrada en una ciudad, los soldados le preceden llevando las insignias del soberano, precursoras de su llegada, así también, al bajar el Señor de los cielos, le precederán los ejércitos de ángeles y arcángeles enarbolando el glorioso estandarte de la cruz, y anunciándonos de esta suerte su entrada real[7].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] La fiesta de Jesucristo rey del universo fue introducida por Pío XI en 1925. En sus orígenes esta fiesta estaba relacionada con la devoción al Sagrado Corazón. La fiesta fue introducida por la encíclica Quas Primas. En el texto de la misma la celebración recibe un carácter apologético y defensivo, dirigido contra el cuestionamiento de la autoridad de la Iglesia por la sociedad liberal, cuestionadora de los gobiernos monárquicos. Asunto que se vivió en carne propia en las gestas independistas de los países de nuestra América, naciones que en estos años están cumpliendo,  en su mayoría, sus doscientos años de vida independiente. Si bien es cierto que este título puede suscitar en la sensibilidad contemporánea sentidos no del todo ‘santos y buenos’,  nuestra tarea en la lectio y en la homilía, será la de  poner en relación el título y la fiesta con el carácter salvador de la persona de Jesús, poniendo en estrechísima relación al Reino de Dios con Jesucristo Rey que entrega al Padre ese reino universal…, y de paz, tal y como lo canta el Prefacio de esta fiesta:

Porque has ungido con el óleo de la alegría // a tu Hijo unigénito, nuestro Señor Jesucristo, // como Sacerdote eterno y Rey del universo. // Él, víctima inmaculada y pacífica // se ofreció en el altar de la cruz, // realizando el misterio de la redención humana. // Así sometió a su poder la creación entera, // para entregarte, Padre santo, // el reino eterno y universal: // reino de verdad y de vida,  // reino de santidad y de gracia,  // reino de justicia, de amor y de paz.

[2] Homilía de Benedicto XVI durante la Eucaristía concelebrada y consistorio público con entrega del anillo cardenalicio, 25 de noviembre 2007. Algo adaptada y abreviada.

[3] Es muy difícil el oficio de traductor y casi siempre se cumple el adagio italiano: traductor-traidor (traduttore-traditore)

[4] San Gregorio Magno, In Ezeq. 2, 1, 5:  Opere di Gregorio Magno, III/2, Roma 1993, pp. 27. 29

[5] Benedicto XVI, Catequesis en la Audiencia General del 12 de octubre 2005. Levemente adaptada.

[6] Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia General del 5 de mayo 2004. Ligeramente adaptada

[7] San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la cruz y el ladrón 1, 3-4, PG 49, 403-404. Juan (344-407) nació en Antioquía, hijo de Secundus, alto funcionario del Imperio, que murió prematuramente, dejando viuda a su esposa con apenas veinte años, Anthusa,  no pensó jamás en un segundo matrimonio, consagrándose por entero a la educación de su único hijo. En su ciudad natal fue alumno del célebre retórico pagano Libanio. Luego, siendo un simple catecúmeno, se inició en el estudio de las Sagradas Escrituras bajo la dirección de Diódoro, futuro Obispo de Tarso, en compañía de Teodoro, futuro Obispo de Mopsuestia. Bautizado, conforme a la costumbre de la época, cumplidos ya los 20 años de edad, y ordenado lector, prácticamente de inmediato,  por Melesio, Obispo de Antioquía, soñaba con llevar vida eremítica. Él mismo cuenta que consintió en renunciar a dicho proyecto sólo en atención a su madre, la cual le suplicó no la dejara viuda por segunda vez. Sin embargo, su ciencia y su virtud atraían la atención del clero y del pueblo cristiano, y ya desde el año 373 se quiso ordenarlo obispo. Con el fin de librarse de semejante carga y a la vez cediendo a su gusto personal,- su madre había fallecido mientras tanto -, se fue al desierto. Pasó cuatro años en un monasterio, luego dos años en una caverna,  llevando vida solitaria, trayendo como consecuencia que muy pronto quedó arruinada su salud, debido a las austeridades a las que se sometía, ya que era de salud más bien débil.  Forzado, por este motivo, a volver a Antioquía, fue ordenado diácono (año 38I), y algunos años más tarde, sacerdote, siendo encargado especialmente de la predicación (año 386). Después de tantos tanteos (con 42 años), por fin había encontrado su  camino. A la muerte de Nectario, patriarca de Constantinopla, fue elegido para sucederlo, aunque él para nada lo deseaba, y hubo que recurrir a la fuerza y al engaño para trasladarlo a dicha ciudad. Carente de las dotes diplomáticas más elementales para  moverse en los círculos de la corte y deseoso de reformar al relajado clero, sólo encontró una encarnizada oposición que le costó numerosos disgustos y destierros. Desterrado por fin a Cúcuso en el 404 — no sin incidentes previos en los que incluso hubo derramamiento de sangre — estuvo allí durante tres años, pero el temor de sus enemigos a que el lugar de su destierro se convirtiera en  meta de peregrinaciones, los llevó a lograr del emperador un lugar de exilio aun más lejano, esta vez a Pitio, al extremo oriental del mar Negro. La quebrantada salud de Juan no resistió y murió durante el viaje.

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