Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

TRIGÉSIMO DOMINGO DURANTE EL AÑO,

Ciclo “C”

26-27 de octubre 2013

Jornada mundial de las misiones

 

 

El fariseo y el publicano orando en el Templo

[Miniatura proveniente del este de Francia; hacia el año 1200]

 

 

 

Introducción

 

01.- El Eclesiástico, en la primera lectura, proclama a boca de jarro El Señor es juez. Y, sin embargo y paradojalmente despliega con arte todo un alegato,-¡en contrario! -, en favor del Señor, como si quisiera rechazar las ideas equivocadas que todo el mundo tiene de Dios y que deforman su imagen: Dios no ejerce su justicia como lo suelen hacer los jueces humanos: en perjuicio de los más débiles.

Y no es que Ben Sira se ponga a filosofar: no hace otra cosa que expresar la fe de Israel basada en la experiencia [¡Basta rememorar las Bienaventuranzas y el Magníficat!]. Cada una de las afirmaciones de la lectura de hoy no forma parte de  una ‘suerte de lista de buenas intenciones’ atribuidas a Dios, sino que son fruto de la experiencia del pueblo de Dios. Cuando afirma que la oración del pobre atraviesa las nubes, es porque ha comprobado que Dios no sólo responde siempre a nuestras oraciones, sino que basta con ser pobre para contar con su benevolencia. ¡Es una evidencia para él que el grito del pobre es escuchado!

 

0.2.- Más aun, Dios se nos hace prójimo,  nos acompaña en medio de nuestras aflicciones y miserias. Es lo que somos invitados a proclamar con el salmo: cuando uno grita, el Señor lo escucha  y lo libra de sus angustias. El Señor está cerca de los atribulados,…[1]. Esta oración nos abre un camino hacia la comprensión,- ¡paradojal! -, que Dios desea y quiere la felicidad del ser humano, al mostrarnos cuan cerquita está del que sufre.

Con oído atento y   corazón abierto, gracias a las resonancias y los ecos producidos por el Eclesiástico y el salmo, quedamos preparados como para comprender mejor las riquezas del testamento de san Pablo en la segunda lectura. Habiendo comprendido que Dios mira a todos con la misma mirada, el apóstol nos revela que el Señor reserva la misma recompensa para todos aquellos que anhelan y añoran su amor.

A nadie persigue Dios, a nadie favorece. El hábito de comparar no entra dentro de sus costumbres. Él se da a cada uno en exclusiva y totalmente. Nadie tiene una ‘suerte’ mayor o más envidiable que la de otro y ningún objetivo, por inalcanzable que parezca, queda  fuera de nuestro alcance, ya que Dios es quien cumple y realiza lo que nos ha mandado hacer, de ello nos da testimonio Pablo cuando afirma: El Señor estuvo a mi lado, dándome fuerzas.

Si hemos comprendido todo esto quedamos óptimamente preparados para escuchar la parábola que Jesús nos relatará…

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Eclesiástico 35,12-14.16-18

 

1.1.- El Sirácida nos enseña que Dios no se deja impresionar por la riqueza humana, asunto nada obvio, que va contra lo que comúnmente se piensa. Automáticamente pensamos que si Dios nos exige dones y sacrificios, si nos pide nuestras riquezas materiales y-o espirituales, entonces alguna necesidad o interés en todo eso tendrá. Si la cosa es así, cuanta más mercadería tenga para ofrecerle, más pronto y mejor se me escuchará. La tal mercadería puede consistir en cualquiera de las cosas  que se consideren apreciadas por Dios: actos de culto, oraciones, sacrificios, virtudes, buenas acciones, etc., etc. ¿Si me presento con las manos vacías, podré esperar ser escuchado? Llevamos escondida dentro nuestro una imagen de un Dios que se ‘aplaca’ y queda satisfecho por los dones que le ofrecemos. Dado que Dios es poderoso, tendré que congraciarme con Él y para eso buscaré  conseguir sus favores cediéndole algo de lo mío. ¿Pienso que mis riquezas me dan un poco, -¡o, al menos, un poquito!-, de poder sobre Dios, igualito que en nuestro mundo, en el que cualquier clase de riqueza siempre proporciona cierto poder?

 

1.2.- ¡Golpe de timón! Lo que (con) mueve a Dios, lo que lo ‘condiciona’ no es la riqueza, sino la pobreza. Esto lo cambia todo. Debemos presentarnos  a Dios con espíritu de pobreza, porque sólo el grito del pobre perfora las nubes, llegando hasta Dios, no se detiene antes, casi, casi, forzándolo a intervenir. La oración del [que se tiene por] rico, de aquel que pretende comerciar con Dios, permanece pegada al polvo. El Señor, por el contrario, siempre escucha el grito que brota desde lo hondo, desde lo profundo de la aflicción y la miseria (Sal 130(129), desde lo profundo de nuestra pobreza de criaturas, en el que un abismo grita a otro abismo (Sal 42(41),7), desde el abismo de la miseria al de la misericordia[2].

 

1.3.- Esto hay que tenerlo muy en cuenta, no sólo en nuestra relación con Dios, sino también,- ¡lo cual no es menos importante! -, al relacionarnos con los hermanos: debemos acercarnos a los otros con espíritu de gratuidad, que es el Espíritu del Señor. No acojo al otro según la medida de su billetera, y tampoco deseo ser aceptado según ese patrón de medida. Las dos actitudes son las dos caras de la misma moneda. No me dejo condicionar por la riqueza de los demás y tampoco pretendo usar la(s) mía(s) como arma de seducción. Obviamente que hablamos de riquezas en sentido amplio: vigor, belleza, atractivos, inteligencia, fuerza de voluntad, sentimientos, talentos de distinto tipo y especie,…

Esta actitud nos proporcionará una inaudita libertad frente a los ricos, permitiéndonos, a su vez, tener una exquisita atención hacia los pequeños, los pobres. No nos apoyaremos en las riquezas para hacernos aceptar y tampoco viviré las relaciones humanas basados en el poder, el prestigio o la fuerza. Podremos presentarnos ante el otro con total confianza, sin necesidad de máscaras, desde nuestra pobreza, transformando las riquezas de cada uno en instrumento de comunión y no en un muro que separa y divide…

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 33(34),2-3. 17-19. 23

 

2.1.- ¿De quién habla este salmo? ¿Qué categoría es invitada a dar gracias? Los “pobres”, los “anawim”.Óiganlo y alégrense hombres humildes. Sí, los “desgraciados”, los “humildes”, los “corazones que sufren”, son proclamados “dichosos”, ¡en tanto que los ricos son tildados de “desprovistos”! Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos, comprendemos mejor, en salmos como éste, hasta qué punto Jesús estaba impregnado de la oración de su pueblo… Como María, de quien resuena aquí el “Magníficat”. La acción de gracias, la alabanza, era el clima dominante del alma de Jesús. Una de sus oraciones tiene una tonalidad que recuerda la de este salmo: Padre, te doy gracias porque revelaste estas cosas a los pobres y humildes y las ocultaste a los sabios y prudentes. (Lc 10,21).  Promesas de felicidad. Quien quiere ser feliz debe huir del malpracticar el bien, “adorar a Dios”, “buscar a Dios”. ¡Ingenuidad! dirán ciertos espíritus fuertes. ¡Y si esto es verdad! ¡Si los únicos felices son aquellos de quienes habla el salmo!

 

2.2.- Dejemos que este salmo, oficie de profunda respuesta orante a la Palabra de la primera lectura, preparándonos así para vivir el evangelio, resuene en los oídos de nuestro corazón: Gusten y vean qué bueno es el SeñorGusten y vean Se trata de una de las invitaciones más serias que hemos recibido en la vida: invitación a gustar y ver la bondad del Señor. Es invitación personal y directa, concreta y urgente. Habla de contacto, presencia, experiencia. No dice «lean y reflexionen», o «escuchen y entiendan», o «razonen y mediten», sino “gusten y vean”. Abran los ojos y alarguen la mano, despierten sus sentidos y agucen sus sentimientos, pongan en juego el poder más íntimo del alma en reacción espontánea y profundidad total, el poder de sentir, de palpar, de «saborear» la bondad, la belleza y la verdad. Y que esa facultad se ejerza con amor y alegría en disfrutar radicalmente la definitiva bondad, belleza y verdad que es Dios mismo. «Gustar» es palabra que remite a experiencia interior, a “mística” en el sentido más sencillo, simple y auténtico. Y desde ahora tengo derecho a balbucearla, a deletrearla, a saborearla. Estoy llamado a gustar y ver. No hay ya timidez que me detenga ni falsa humildad que me haga dudar. Me siento agradecido y valiente, y quiero responder a la invitación de Dios con toda el alma y con alegría. Quiero abrirme al gozo íntimo de la presencia de Dios en mí. Quiero atesorar las “entrevistas” secretas de confianza y amor más allá de toda palabra y toda descripción. Quiero disfrutar sin medida la comunión del ser entre mi alma y su Creador. El sabe cómo hacer real su presencia y cómo acunar en su abrazo a las almas que él ha creado. A mí me toca sólo aceptar y entregarme con admiración agradecida y gozo callado, y disponerme así a recibir la caricia de Dios en mi alma. Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca. Proclamen conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombreGUSTEN VEAN[3]

 

 

Segunda Lectura: 2ª Carta a Timoteo 4,6-8.16-18

 

3.1.- Si bien el Apóstol, debido a su prisión, está condenado a inactividad, sabe, sin embargo, que no por ello está encadenada la «palabra», la buena nueva del Evangelio (2,9). En la misma prisión sigue él siendo un heraldo, un apóstol y un maestro (1,11). Está profundamente convencido de que, a pesar de su prisión, tiene Dios poder de guardar la buena nueva (1,12) y de cuidar de que no se pierda el Evangelio. Incluso en su prisión está tan hondamente penetrado de su vocación apostólica, que concibe la primera vista de su causa ante el tribunal como una predicación del Evangelio. Más aún: está persuadido de que de esta manera cumple el encargo de Dios que le constituyó en Apóstol de los gentiles (4,17). La solicitud por su comunidad le ocupa también en la prisión. Por ello envía su colaborador Tíquico a Éfeso (4,12) y quiere que esté en Roma Marcos, que le puede ser  muy útil para su «ministerio» (4,11).

 

3.2.- Salta a la vista en forma conmovedora la íntima unión del Apóstol con su discípulo Timoteo. De él hace memoria incesantemente noche y día en sus oraciones (1,3) y se acuerda de la dolorosa despedida (1,4). Es que conoce la sincera fe de su discípulo (1,5), de su madre Eunice y de su abuela Loide (1,5). Así se explica que en la soledad de su calabozo, que sólo comparte con él Lucas, su fiel colaborador (4,11), ansíe de todo corazón ver a Timoteo (1,4). Esto le proporcionaría gran alegría (1,4). Así ruega tres veces a su discípulo que no deje de ir a Roma (4,9.13.21) y hasta que vaya de prisa, pues de lo contrario el invierno, en que queda interrumpida la navegación, y su inminente sentencia de muerte, impedirán que vuelvan a verse. Da a su fiel discípulo noticias sobre otros colaboradores: Demas le abandonó por amor de este mundo y se fue a Tesalónica; Crescente fue a Galacia, Tito a Dalmacia (4,10). Le habla de sus etapas en el último viaje antes de la prisión; de Tróade, donde se dejó la capa en casa de Carpo (4,13); de Corinto, donde se quedó Erasto, y de Mileto, donde dejó enfermo a Trófimo (4,20). Le da su último encargo: que se lleve a Roma a Marcos, que le puede ser muy útil para su ministerio (4,11). Le expresa sus últimos deseos: que le lleve la capa, que se dejó en casa de Carpo, y sus libros, y en particular sus pergaminos (4,13).

 

3.3.- En la prisión experimentó Pablo gran gozo y también profundo dolor: gozo, porque después de su llegada a Roma le buscó Onesíforo con diligencia y le halló, no se avergonzó del Apóstol encarcelado y le consoló visitándole con cierta frecuencia (1,1618). Profundo dolor, porque todos los cristianos de Asia se retrajeron de Pablo y le dejaron abandonado en la prisión, incluso Figelo y Hermógenes, cosa que no hubiera esperado de ellos, que al fin y al cabo eran sus colaboradores. Gran dolor le proporcionó Alejandro, el herrero, que le había perjudicado y se había opuesto violentamente a sus palabras (4,4). Pero la más amarga desilusión y el más profundo dolor lo experimentó en la primera vista de su causa. El gran dolor del Apóstol se expresa en forma conmovedora en estas breves palabras: «Todos me abandonaron», sin salir ninguno en su defensa. Sin embargo, aunque los hombres fallaron, Dios no le abandonó, sino que le fortaleció y le libró de las «fauces del león» (4,17). Así aparece el Apóstol como un gran hombre, que no se deja doblegar ni aplanar por la hostilidad de sus contradictores ni por la cobardía e infidelidad de los cristianos.

 

3.4.- Cuando Pablo está escribiendo esta carta a Timoteo sabe que su muerte es inminente. Aunque el primer proceso tuvo un desenlace feliz (4,16s), sin embargo no espera Pablo su absolución, sino la sentencia de muerte. Está armado y preparado para la muerte, que es inminente. La acepta con plena consciencia y sin dejarse abatir, como entrega al sacrificio y como marcha hacia Dios (4,6). Con plena calma y sosiego puede mirar a una vida pasada, henchida de dolores y de persecuciones, pero de las que siempre le salvó el Señor (3,11). En su vida plena y colmada combatió el buen combate y conservó la fidelidad a Dios (4,7). Así, penetrado de profunda fe y de una esperanza inquebrantable, puede aguardar la corona del vencedor (4,8) y la admisión en el reino celestial (4,18). Sin dejarse doblegar por hostilidades y sufrimientos, sino lleno de seguridad y de fuerza, camina el Apóstol hacia la muerte y con esta carta transmite a Timoteo su último legado[4].

 

 

Evangelio: san Lucas 18,9-14

 

4.1.- La semana pasada Jesús nos incitaba a la perseverancia en la oración. Este domingo, siempre hablándonos sobre la oración, se le ocurre inventar una pequeña parábola que describe una situación en la que se da un contraste total. Jesús reúne en el templo, y en el mismo momento,  a aquel al que todos, comenzando por el fariseo, tienen por justo y piadoso y a aquel que es unánimemente considerado como el prototipo de los pecadores públicos. Jesús nos presenta a un fariseo y a un publicano.

 

4.2.- La oración del primero es una prolongada acción de gracias dirigida a Dios: no tiene la pretensión de ponerse en el lugar de Dios, ni a su altura. Este fariseo afirma con claridad que su justicia le viene de Dios. Pero su oración no es otra cosa que una lista de sus propias virtudes. O, con más exactitud, la lista de todos esos pecados que no ha cometido. El personaje no es tan malo, se las arregla bastante bien. ¡Ciertamente que podría haber mencionado las buenas acciones omitidas por él, ya que se le presentaba la ocasión!

El segundo es consciente de ser pecador. No tiene necesidad alguna de hacer una lista detallada de los pecados cometidos. Los tiene todo el día ante los ojos y le pesan y aplastan. Puede verlos en los ojos acusadores de todos los que durante la jornada cruza por el camino. El publicano reconoce con toda franqueza el mal que ha cometido.

 

4.3.- ¿Cuál es la diferencia que separa y distingue a estos dos hombres, esa que Jesús quiere poner en evidencia? ¿Será la capacidad de reconocer los propios errores? ¡Mucho más que eso!

El publicano ni siquiera se atreve a levantar los ojos hacia el cielo, su oración es una súplica que implora misericordia. Pide a Dios que lo perdone. El fariseo no  ha pedido perdón alguno, más aun, no ha pedido absolutamente nada. Ni siquiera entró en relación con Dios. Su oración está centrada sobre él mismo. Su corazón no tiene lugar para nadie más.  Esto es tan así que se conforma con tener una imagen harto aproximativa de sus hermanos. Los divide por categorías: ladrones, injustos, adúlteros. No conoce a ninguno y a todos desprecia… Al volver a su casa, como nada esperó de Dios, nada recibió, creyendo ser rico ‘es dueño de’ una insospechada pobreza: la de desconocer el verdadero rostro del Señor, de un Dios que ignora los comparativos (= mejor-que; peor-que) y que a todos por igual ofrece su amor.

 

4.4.- El publicano muestra conocer requeté bien el rostro auténtico del Señor al colocarse en el último lugar, allá atrás, considerando así de hecho a todos con más méritos que él, pues los coloca por delante suyo, lo mismo expresa su golpearse el pecho  reconociéndose pecador. La justicia de Dios no se limita a la exigencia de reconocer lo que estuvo mal  en nuestras vidas sino que nos proporciona un porvenir renovado como don gratuito de su bondad. El pecador que se golpea el pecho y clama hacia Dios espera que se haga justicia, es decir, espera que Dios le dé ese porvenir, por supuesto que como regalo gratuito de su amor. Al volver a su casa el publicano  ha sido transformado en justo, es decir: ha recibido la posibilidad de disfrutar de un porvenir con el Señor, capacitado  para cumplir  la voluntad de nuestro Padre celestial.

El publicano de la parábola nos enseña que la justicia de Dios consiste en su bondad generosa y gratuita que le devuelve  sentido a nuestras vidas al devolvernos la dignidad de hijos, cuando de hecho los demás,- y en una de esas hasta nosotros mismos -, lo único que hacemos es condenarnos.

 

4.5.- La justicia de Dios no estriba sólo en una misericordia que perdona los pecados cometidos, sino que al recrearnos nos concede la capacidad de restablecer una relación de confianza con nuestro Dios. La justicia de Dios es la prueba de su fidelidad, permitiéndonos pasar de la actitud del fariseo,- que supone que una persona se define en base a sus cualidades o a su ausencia de defectos-, a la actitud del publicano, quien ha comprendido que Dios lo ama por lo que es: un hijo amado gratuitamente.

 

4.6.- Todo lo cual llena de significado la conclusión de la parábola, ya que Jesús era condenado por los fariseos al compartir la comida con los publicanos (Ver Mc 2,16 y Lc 7,34): el publicano volvió  a casa justificado pues quien se  ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado (ver Lc 14,11).  El publicano reza presentándose ante Dios con gran realismo como un pecador necesitado de misericordia. Sólo a quién tiene el corazón quebrantado y humillado (Sal 51(50),19)  el Señor le puede (re) crear (¡es el mismo verbo que el utilizado para hablar de la creación en el Génesis!) un corazón puro (v. 11).

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

He enumerado diversos canales de penitencia, para hacerte fácil, mediante la diversidad de vías, el acceso a la salvación. Y ¿cuál es entonces este tercer canal? La humildad: sé humilde y te habrás librado de los lazos del pecado. También aquí la Escritura nos ofrece una demostración en la parábola del fariseo y el publicano. Subieron —dice— al templo a orar un fariseo y un publicano. El fariseo se puso a hacer el inventario de sus virtudes: Yo —dice— no soy pecador como todo el mundo, ni como ese publicano. ¡Miserable y desdichada alma!, has condenado a todo el mundo, ¿por qué te metes también con tu prójimo? ¿No te bastaba con condenar a todo el mundo, que tienes que condenar también al publicano?

¿Y qué hacía el publicano? Adoró con la cabeza profundamente inclinada, y dijo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Y al mostrarse humilde, quedó justificado. Así pues, al bajar del templo el fariseo había perdido la justicia, el publicano la había recuperado: las palabras vencieron a las obras. Efectivamente, el fariseo, a pesar de las obras, perdió la justicia; el publicano, en cambio, se granjeó la justicia por la humildad de sus palabras. Bien es verdad que la suya no era propiamente humildad: la humildad, en efecto, se da cuando uno que es grande se humilla a sí mismo. La actitud del publicano no fue humildad, sino verdad: sus palabras eran verdaderas, pues él era pecador.

Porque, ¿hay cosa peor que un publicano? Buscaba sacar partido de las desgracias del prójimo, aprovechándose de los sudores ajenos; y sin el menor respeto a las penalidades de los demás, sólo estaba atento a redondear sus ganancias. Enorme era, en consecuencia, el pecado del publicano. Ahora bien, si el publicano, con todo y ser un pecador, al dar muestras de humildad, se granjeó un don tan grande, ¿cuánto mayor no lo conseguirá el que está adornado de virtudes y se comporta con humildad?

Por tanto, si confiesas tus pecados y eres humilde, quedas justificado. ¿Quieres saber quién es verdaderamente humilde? Fíjate en Pablo, que era verdaderamente humilde: él el maestro universal, predicador espiritual, instrumento elegido, puerto tranquilo que, no obstante su físico modesto, recorrió el mundo entero como si tuviera alas en los pies.

Mira con qué humildad y modestia se define a sí mismo como inexperto y amante de la sabiduría, como indigente y rico. Humilde era cuando decía: “Yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol”. Esto es ser verdaderamente humilde: rebajarse en todo y declararse el menor de todos. Piensa en quién era el que pronunciaba estas palabras: Pablo, ciudadano del cielo, aunque todavía revestido del cuerpo, columna de las Iglesias, hombre celeste. Es tal, en efecto, la potencia de la virtud, que transforma al hombre en ángel y hace que el alma, cual si estuviera dotada de alas, se eleve al cielo. Que Pablo nos enseñe esta virtud; procuremos ser imitadores de esta virtud[5].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] ¡Lamentablemente la traducción del salmo en el leccionario no es muy feliz, por eso citamos la que se usa en la Liturgia de las Horas!

[2] Cf. CIC 2803.

[3] Adaptado de www.slideboomsanjuandeavila

[4] J. Reuss, Segunda Carta a Timoteo,  pp. 14-16, Barcelona 1970.

[5] San Juan Crisóstomo, Homilía 2 sobre la penitencia 4-5: (PG 49, 289-292). Juan (344-407) nació en Antioquía, hijo de Secundus, alto funcionario del Imperio, que murió prematuramente, dejando viuda a su esposa con apenas veinte años, Anthusa,  no pensó jamás en un segundo matrimonio, consagrándose por entero a la educación de su único hijo. En su ciudad natal fue alumno del célebre retórico pagano Libanio. Luego, siendo un simple catecúmeno, se inició en el estudio de las Sagradas Escrituras bajo la dirección de Diódoro, futuro Obispo de Tarso, en compañía de Teodoro, futuro Obispo de Mopsuestia. Bautizado, conforme a la costumbre de la época, cumplidos ya los 20 años de edad, y ordenado lector, prácticamente de inmediato,  por Melesio, Obispo de Antioquía, soñaba con llevar vida eremítica. Él mismo cuenta que consintió en renunciar a dicho proyecto sólo en atención a su madre, la cual le suplicó no la dejara viuda por segunda vez. Sin embargo, su ciencia y su virtud atraían la atención del clero y del pueblo cristiano, y ya desde el año 373 se quiso ordenarlo obispo. Con el fin de librarse de semejante carga y a la vez  cediendo a su gusto personal,- su madre había fallecido mientras tanto -, se fue al desierto. Pasó cuatro años en un monasterio, luego dos años en una caverna,  llevando vida solitaria, trayendo como consecuencia que muy pronto quedó arruinada su salud, debido a las austeridades a las que se sometía, ya que era de salud más bien débil.  Forzado, por este motivo, a volver a Antioquía, fue ordenado diácono (año 38I), y algunos años más tarde, sacerdote, siendo encargado especialmente de la predicación (año 386). Después de tantos tanteos (con 42 años), por fin había encontrado su  camino. A la muerte de Nectario, patriarca de Constantinopla, fue elegido para sucederlo, aunque él para nada lo deseaba, y hubo que recurrir a la fuerza y al engaño para trasladarlo a dicha ciudad. Carente de las dotes diplomáticas más elementales para  moverse en los círculos de la corte y deseoso de reformar al relajado clero, sólo encontró una encarnizada oposición que le costó numerosos disgustos y destierros. Desterrado por fin a Cúcuso en el 404 — no sin incidentes previos en los que incluso hubo derramamiento de sangre — estuvo allí durante tres años, pero el temor de sus enemigos a que el lugar de su destierro se convirtiera en  meta de peregrinaciones, los llevó a lograr del emperador un lugar de exilio aun más lejano, esta vez a Pitio, al extremo oriental del mar Negro. La quebrantada salud de Juan no resistió y murió durante el viaje.

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