Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

VIGÉSIMO OCTAVO DOMINGO DURANTE

EL AÑO,

Ciclo “C”

12-13 de octubre 2013

 

Curación de un leproso

[Codex aureus, Echternach; siglo 10º]

 

 

 

Introducción

 

En términos fríos de justicia, de servicios obligados, de mero cumplimiento del trabajo profesional, se corre el peligro de ver todo normal, como algo debido, como pago, como obligación como reivindicación. Muchas personas son autómatas y actúan con una insensibilidad despersonalizada. No hacen el más mínimo esfuerzo por ayudar al que lo precisa, si el asunto no está contemplado en el reglamento laboral o en el contrato firmado.

Saber agradecer es mirar positivamente los gestos, las actitudes, las manos abiertas de los que nos favorecen. No es simple cuestión de cortesía, de buena educación, sino de buen corazón. Por eso se puede afirmar que el cristiano debe tener siempre una mirada limpia para ver las continuas acciones gratuitas de Dios en favor nuestro. Sabido es que Dios no obra por obligación, sino por amor.

En este domingo es bueno recordar que agradecer es sinónimo de alabar y bendecir. Tener capacidad de alabar es tener capacidad de admirar, de contemplar, de adorar, de olvidarse de sí mismo. Es lo que hizo el leproso dando gloria a Dios.

La alabanza engloba la acción de gracias. Así nos lo dice el Gloria de la Misa: “Te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias, Señor”.

Una cosa importante para vivir en acción de gracias es tener memoria. Cuando se recuerda el estado anterior se analiza la situación actual mejorada, surge casi espontáneamente el agradecimiento. Memoria tuvo el leproso samaritano que volvió, porque no sólo miró su cuerpo limpio, sino sobre todo su corazón; los otros nueve solo miraron su cuerpo y no se acordaron de nada más[1].


COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: 2º Reyes 5,10. 14-17

 

1.1.- El trozo del 2º Libro de los Reyes que leemos hoy nos relata parte de lo vivido por Naamán, poderoso general sirio que sufría de lepra. En la Escritura a este pasaje lo antecede el hermoso relato de su “camino espiritual” (5,1-13) y va seguido por su ulterior petición y por lo que le sucedió al “corrupto secretario” de Eliseo (5,18-27). El relato que leemos en la liturgia de este domingo se centra en la reacción de Naamán al comprobar su  curación, reacción que pude resumirse en cuatro actitudes.

 

1.2.- Lo primero que hace es volver a ver a Eliseo “acompañado solemnemente por toda su comitiva”. Este hecho puede ser considerado como un acto que desea expresar modestia y humildad. Eliseo hasta ese momento sólo se había comunicado con él, todo un personaje, a través de intermediarios (leer 5,10. Que constituye la cúspide del itinerario que culminó en la curación).
Es interesante constatar que lo primero que hace nuestro general no es agradecerle a Eliseo, sino que, – y este es el segundo elemento-, “da gloria a Dios” (para emplear las palabras usadas por Jesús en el evangelio de hoy, Lc 17,18) ‘confesando’ al Dios de Israel (v.15).

Tercero: como expresión de agradecimiento quiere darle un regalo al profeta, pero éste lo rechaza. Al partir de su patria Naamán había llevado consigo una conspicua riqueza (5,5). Sin duda que Eliseo podría haberlo usado para un montón de cosas útiles, pero debía quedar total y absolutamente en claro que los dones de Dios no se pagan. Y Naamán acepta quedar “en deuda” con Dios, cosa que nada tiene de banal.

Pide entonces, – y este es el cuarto elemento -, poder llevar consigo un poco de tierra para sobre ella ofrecer sacrificios y oraciones al Dios de Israel. Y Eliseo bendice esta iniciativa (5,19).


Salmo Responsorial: Sal 97,1-4

 

2.1.- “El Salmo 97  (…) es un himno al Señor, rey del universo y de la historia (v. 6). Es definido como un “cántico nuevo” (v. 1), que en el lenguaje bíblico significa un cántico perfecto, rebosante, solemne, acompañado por música festiva. Además del canto del coro, de hecho, se evoca el sonido melodioso de la cítara, la trompeta y el son del cuerno y una especie de aplauso cósmico. Además, incesantemente resuena el nombre del “Señor” (seis veces), invocado como “nuestro Dios” (v. 3).

Dios, por tanto, está en el centro del escenario en toda su majestad, mientras realiza la salvación en la historia y es esperado para juzgar al mundo y los pueblos (v. 9). El verbo hebreo que indica el «juicio» significa también gobernar: hace referencia por tanto a la acción eficaz del Soberano de toda la tierra, que traerá paz y justicia.

 

2.2.- El Salmo se abre con la proclamación de la intervención divina dentro de la historia de Israel (vv. 1-3). Las imágenes de la derecha y del brazo santo se refieren al Éxodo, a la liberación de la esclavitud de Egipto (v. 1). La alianza con el pueblo de la elección es recordada a través de dos grandes perfecciones divinas:amor [misericordia] y fidelidad (v. 3). Estos signos de salvación son revelados «a las naciones» y a «los confines de la tierra» (versículos 2 y 3) para que toda la humanidad sea atraída por Dios salvador y se abra a su palabra y a su obra salvadora.

 

2.3.- La acogida reservada al Señor que interviene en la historia está marcada por una alabanza común: además de la orquesta y de los cantos del templo de Sión (vv. 5-6), participa también el universo, que constituye una especie de templo cósmico. Los cantores de este inmenso coro de alabanza son cuatro. El primero es el mar con su fragor, que parece un contrabajo de este grandioso acto de alabanza (v. 7). Le siguen la tierra y el mundo (vv 4. 7) con todos sus habitantes, unidos en una armonía solemne. La tercera personificación es la de los ríos que, al ser considerados como brazos del mar, parecen batir palmas con su flujo rítmico (v. 8). Por último, aparecen las montañas que parecen bailar de alegría ante el Señor, a pesar de ser las criaturas más macizas e imponentes (v. 8; Salmo 28, 6; 113, 6). Un coro colosal, por tanto, que tiene un único objetivo: exaltar al Señor, rey y juez justo. El final del Salmo, como se decía, presenta de hecho a Dios que llega para regir (juzgar) la tierra… con justicia y los pueblos con rectitud (v. 9).

Esta es nuestra gran esperanza y nuestra invocación: “¡Venga tu reino!”, un reino de paz, de justicia y de serenidad, que restablezca la armonía originaria de la creación.

 

2.4.- En este Salmo, el apóstol Pablo reconoció con profunda alegría una profecía de la obra del misterio de Cristo. Pablo se sirvió del versículo 2 para expresar el tema de su gran carta a los Romanos: en el Evangelio “la justicia de Dios se ha revelado” (Romanos 1, 17), “se ha manifestado” (Romanos 3, 21). La interpretación de Pablo confiere al Salmo una mayor plenitud de sentido. Leído en la perspectiva del Antiguo Testamento, el Salmo proclama que Dios salva a su pueblo y que todas las naciones, al verlo, quedan admiradas. Sin embargo, en la perspectiva cristiana, Dios realiza la salvación en Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo ven y son invitadas a aprovecharse de esta salvación, dado que el Evangelio “es potencia de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego”, es decir el pagano (Romanos 1,16). (…)”[2].

 

 

Segunda Lectura: 2ª Carta a Timoteo 2,8-13

 

3.1.- Si morimos con élviviremos con él (v.11). Pablo utiliza un himno litúrgico que probablemente es de origen judeocristiano, ya que menciona el linaje davídico de Jesucristo. El himno es encantador por su falta de lógica o, si se quiere, por la lógica de amor divino que rebosa: “…si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles…” (v.12). Uno esperaría que el pasaje continuara: “también él nos será infiel”. Sin embargo, el texto dice: “Él permanece fiel”. Nuestra lógica (bien por bien, mal por mal, ojo por ojo…) se estrella ante la fuerza irresistible de un Dios que siempre nos perdona, a pesar de nuestras repetidas infidelidades[3].


Evangelio: san Lucas 17,11-19

 

4.1.- Seguimos subiendo, con Jesús y los Apóstoles, hacia Jerusalén, que hoy, en su caminar, atraviesan Samaría y Galilea. Allí, en las afueras de un pueblo, les salen al encuentro diez personas afectadas de lepra. Como es bien sabido en el Israel de aquellos tiempos el leproso era el marginado  por antonomasia, al ser considerado como alguien no sólo herido por una enfermedad repugnante, sino que, -¡lamentablemente así se  pensaba! -, estrechamente conectada a un castigo de Dios causado por los pecados (ver Nm 12,14), por lo cual debían vivir fuera de los lugares poblados, en lugares desiertos, en una soledad desesperada y desesperante (ver Lv 13,45-46). Es por eso que estos enfermos ni se atreven a acercarse a Jesús, sino que de lejos imploran: ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!, confiando en su com-pasión…

 

4.2.- Mirándolo de más cerca descubriremos que lo que este evangelio nos plantea es un itinerario de fe, cuyo primer paso consiste justamente en acercarse confiadamente a Jesús impulsados por la necesidad de ser sanados-salvados. Este es el punto de partida de todo camino de fe, tanto para ellos como para cualquier otro: ¡es indispensable darse cuenta que necesitamos que Jesús nos cure y nos salve! No es que nos acerquemos a él de igual a igual, como gesto de nuestra gran generosidad, ya que habríamos podido pro-seguir nuestro camino, pero, graciosamente, nos acercarnos a Jesús. ¡No, por nada! Al igual que estos diez leprosos nos acercamos porque lo necesitamos, más aún: nos es imposible prescindir de Jesús, en ello se nos va la salud-salvación…

 

4.3.- Compactos, como si fueran uno solo, nuestros diez leprosos realizan, todos juntos, el  segundo paso del itinerario de fe: creer que Jesús los cura antes de haberlo percibido o experimentado. El Señor les dice:vayan a presentarse a los sacerdotes. ¿Para hacer qué? Era lo que se hacía cuando uno se curaba: los sacerdotes constataban oficialmente la curación y el ex leproso volvía a ser considerado por la sociedad como una persona normal.

Cuando pidan algo, crean que ya lo tienen y lo conseguirán (ver Mc 11,24).  Esto es lo que deben hacer los diez leprosos, tener plena confianza en la palabra de Jesús como si ya se hubiera cumplido. Y así lo hacen, ya que se encaminan a lo de los sacerdotes siendo todavía leprosos.

La fe justamente consiste en vivir aquello que todavía no se ve (ver Heb 11,1). Ojo, subrayémoslo, no se trata de inventarse lo que no existe, sino creer en aquello que si existe, pero que no logramos (aun) ver. Tener fe es cimentar la existencia en lo que no vemos, confiando en la palabra de quien ve más y mejor  que nosotros. No me baso en mis luces, sino en la luz que recibiré (por eso es que hablamos de ‘la oscuridad de la fe’ y aun de las ‘tinieblas de la fe’).

 

4.4.- Queda todavía un tercer paso: el de agradecer. Parece facilísimo, pero vemos que sólo uno de los diez lo hace. La razón de porqué los otros nueve  no lo hicieron no lo aclara el evangelio. Alcanza con saber que no agradecieron. Para ellos el Señor fue un simple instrumento para obtener la curación. Esta es su óptica y basta. El samaritano, en cambio, que vuelve sobre sus pasos (= se convierte) para dar gracias, pasa del don recibido al donante, de la propia curación a Jesús. Para él,- ¡nada menos que un extranjero considerado como un hereje despreciable! -, Jesús se ha convertido en una persona con la cual relacionarse, y no en una relación cualquiera, sino en una relación que reconoce[4],- y esto es decisivo -,  haber sido objeto de un gesto, de un regalo, gratuito por parte de Jesús. Agradecer justamente eso es lo que significa: alguien me regala algo y así lo reconozco. No se agradece por aquello que nos es debido. El samaritano reconoce haber recibido la salud-salvación de Jesús y no de sí mismo, aceptando con gozo depender de este don tan decisivo para (el resto de) su vida. En esto consiste precisamente la salvación.

Los otros nueve sólo están parcialmente curados; el “buen y reconocido” samaritano se curó por dentro y por fuera, está salvado total y plenamente. También nosotros recibimos esa misma invitación: la de agradecer con un recuerdo continuo (¡memorial-anámnesis!) los dones recibidos. Hacer y ser Eucaristía es indispensable para quien desea vivir auténticamente su fe.

 

4.5.- Vemos entonces que el ‘dar gracias’, el saber  “eucaristear”, se transforma en el mejor de los pedagogos en la  vida de los cristianos, ya que suscita en nosotros la conciencia   de la  relación-, justa y necesaria-, que nos  une a Dios y nos ubica correctamente ante los demás: la de revelarnos que no sólo todo lo que   tenemos es don (¿qué tienes que no hayas recibido?, 1Cor 4,7), sino que aun todo lo que somos, cae bajo el régimen del don anticipador de Dios.

Ante tal inmerecido  derroche de su gracia (Ef 1,8) la única respuesta adecuada es la de esa gratitud  reconocida que nos impulsa a vivir en permanente acción de gracias.  El acto fundamental, que debe servir de base al actuar  cristiano,-  y la eucaristía da testimonio de ello de manera inequívoca-, es la actitud de acción de gracias con la que el creyente se sitúa  ante  Dios y ante la entera realidad creada como estupenda manifestación de sus dones. La celebración eucarística y, particularmente la plegaria eucarística, que constituye el centro y cumbre de toda la celebración[5], se convierten así en matriz y modelo de un vivir y actuar cristianos que deben lograr convertir,- o mejor: transfigurar-, toda la vida en eucaristía, tal como hoy nos lo enseñó nuestro hermano, el Samaritano.


Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

 “El Apóstol nos propone la ciencia del agradecimiento. Recuerden lo que hemos oído en la lectura evangélica: cómo el Señor Jesús alaba al agradecido, reprueba a los ingratos, limpios en la piel, pero leprosos en el corazón. ¿Qué dice el Apóstol? Es palabra fiel y digna de todo crédito. ¿De qué palabra se trata? Que Jesucristo vino al mundo. ¿Para qué? Para salvar a los pecadores. ¿Qué dices de ti? El primerode los cuales soy yo. Quien dice: “No soy pecador”, o: “No lo fui” es ingrato para con el Salvador. No hay hombre de esta masa de los mortales que proceden de Adán, no hay absolutamente ninguno, que no esté enfermo; ninguno está sano sin la gracia de Cristo…

No pierdan la esperanza. Si están enfermos, acérquense a él y reciban la curación; si están ciegos, acérquense a él y sean iluminados. Los que están sanos, denle gracias, y los que están enfermos corran a él para que los sane; digan todos: Venganadorémoslepostrémonos ante él y lloremos en presencia delSeñorque nos hizo (Sal 94,6) no sólo hombres, sino también hombres salvados. Pues si él nos hizo hombres y la salvación, en cambio, fue obra nuestra, algo hicimos nosotros mejor que él.

En efecto, mejor es un hombre salvado que un cualquiera. Si, pues, Dios te hizo hombre y tú te hiciste bueno, tu obra es superior. No te pongas por encima de Dios; sométete a él, adórale, póstrate ante él, confiesa a quien te hizo, pues nadie re-crea sino quien crea, ni nadie re-hace sino quien hizo. Esto mismo se dice en otro salmo: Él nos hizo y no nosotros mismos (Sal 99,3). Ciertamente, cuando él te hizo nada podías hacer tú; pero ahora que ya existes, también tú puedes hacer algo: correr hacia el médico, que está en todas partes, e implorarle. Y para que le implores, ha despertado tu corazón; don suyo es el que puedas implorarle: Dios es quien obra en nosotros el querer y el obrar según la buena voluntad (Flp 2,13), porque para que tuvieras buena voluntad, te precedió su llamada. Clama: Dios míosu misericordia me prevendrá(Sal 58,11). Su misericordia te previene para que existas, sientas, escuches y consientas. Te previene en todo; prevén también tú en algo su ira. “¿En qué, dices, en qué?”.

Confiesa que todo el bien que tienes procede de Dios y de ti todo el mal. No le desprecies alabándote a ti en tus bienes, ni le acuses en tus males excusándote a ti: en esto consiste la auténtica confesión”[6].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] A. Pardo, adaptado y tomado de www.mercaba.org

[2] Juan Pablo IIº, Catequesis del 6 de noviembre 2002. Abreviada y adaptada.

[3] La Biblia día a día,- Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas-, Madrid 1981, p. 348.

[4] Reconocer en el doble sentido de querer conoce mejor y/o de más cerca y, al mismo tiempo,  ser una persona reconocida = que sabe agradecer.

[5] IGMR3, Nº 78.

[6] San Agustín de Hipona, Sermón 176,2.5; traducción en Obras completas de san Agustín, Madrid (BAC 443) 1983, T. XXIII, pp. 718 y 722-723. Agustín nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, Numidia, hijo de un consejero municipal y modesto propietario. Estudió en Tagaste, Madaura y Cartago. Enseñó gramática en Tagaste (374) y retórica en Cartago (375-383), Roma (384) y Milán (384-386). Tras leer el Hortensio de Cicerón (373) inició su búsqueda espiritual que le llevaría primero a adoptar posturas racionalistas y, posteriormente, maniqueas.  Decepcionado del maniqueísmo tras su encuentro con el obispo maniqueo Fausto, cayó en el escepticismo. Llegado a Milán, la predicación de Ambrosio le impresionó, llevándole a la convicción de que la autoridad de la fe es la Biblia, a la que la Iglesia apoya y lee. La influencia neo-platónica disipó algunos de los obstáculos que encontraba para aceptar el cristianismo, pero el impulso definitivo le vino de la lectura de la carta del apóstol Pablo a los romanos en la que descubrió a Cristo no sólo como maestro sino también como salvador. Era agosto del 386. Tras su conversión renunció a la enseñanza y también a la mujer con la que había vivido durante años y que le había dado un hijo. Tras un breve retiro en Casiciaco, regresó a Milán donde fue bautizado por Ambrosio junto con su hijo Adeodato y su amigo Alipio. Tras una breve estancia en Roma — durante su permanencia en el puerto de Ostia murió su madre, Mónica — se retiró a Tagaste donde inició un proyecto de vida monástica. En el 391 fue ordenado — no muy a su placer — sacerdote en Hipona y fundó un monasterio. En el 395 fue consagrado obispo, siendo desde el 397 titular de la sede. Aparte de la ingente tarea pastoral — que iba desde la administración económica al enfrentamiento con las autoridades políticas, pasando por las predicaciones dos veces a la semana, pero en muchos casos dos veces al día y varios días seguidos — desarrolló una fecundísima actividad teológica que le llevó a enfrentarse con maniqueos, donatistas, pelagianos, arríanos y paganos. Fue el principal protagonista de la solución del cisma donatista, aunque resulta discutible la legitimación que hizo del uso de la fuerza para combatir la herejía, así como de la controversia pelagiana. Murió en el año 430 durante el asedio de Hipona por los vándalos.

Print Friendly, PDF & Email

Páginas