Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

DECIMOSEXTO DOMINGO DURANTE EL

AÑO,

Ciclo “C”

20-21 de julio de 2013

 

 

Escenas de la hospitalidad de Abrahán a “los Tres”

[Sta. María la Mayor, Mosaico .Roma, entre 440 y  550]

 

 

 

Introducción

 

0.1.- Los textos bíblicos de este domingo (la 1ª Lectura y el Evangelio) nos regalan la certeza que el Señor-Dios gusta de venir  a visitarnos. En tiempo de los patriarcas visita a sus amigos Abrahán y Sara, prometiéndoles lo que desde siempre anhelaron y que  humanamente, es imposible, llenándoles la vida de alegría y la boca de risa; Tan profunda y permanente será el efecto de esa alegría que lo eternizarán en el nombre que le pondrán al anhelado hijo de la promesa  del hijo: ¡Isaac: “Dios nos ha hecho [son]-reír”! (Gen 17,17), a esa misma sonrisa de alegría alude Jesús en el Evangelio de Juan cuando afirma: Abrahán, su padre, vio mi día y se llenó de regocijo pensando ver mi Día, lo vio y sonrió (Jn 8,56), mostrándonos que él es el Isaac de la promesa, la Buena Noticia de la “visita” de Dios. A su vez el Evangelio nos señala lo único necesario cuando el Señor se acerca a “visitarnos”…

 

0.2.- La reflexión de los Apóstoles es muy clara. (…) [Ellos] dicen: No nos parece bien descuidar la Palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y les encargaremos esta tarea. Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra (Hch 6, 2-4).  La Iglesia no sólo debe anunciar la Palabra, sino también realizar la Palabra, que es caridad y verdad. Y, en segundo lugar, estos [siete] hombres, [elegidos para ejercer la caridad], no sólo deben gozar de buena fama, sino que además deben ser hombres llenos de Espíritu Santo y de sabiduría, es decir, no pueden ser sólo organizadores que saben «actuar», sino que deben «actuar» con espíritu de fe a la luz de Dios, con sabiduría en el corazón; y, por lo tanto, también su función —aunque sea sobre todo práctica— es una función espiritual. La caridad y la justicia no son únicamente acciones sociales, sino que son acciones espirituales realizadas a la luz del Espíritu Santo. Así pues, podemos decir que los Apóstoles afrontan esta situación con gran responsabilidad, tomando una decisión: se elige a siete hombres de buena fama, los Apóstoles oran para pedir la fuerza del Espíritu Santo y luego les imponen las manos para que se dediquen de modo especial a esta diaconía de la caridad.

 

0.3.- Así, en la vida de la Iglesia, en los primeros pasos que da, se refleja, en cierta manera, lo que había acontecido durante la vida pública de Jesús, en casa de Marta y María, en Betania. Marta andaba muy ocupada con el servicio de la hospitalidad que se debía ofrecer a Jesús y a sus discípulos; María, en cambio, se dedica a la escucha de la Palabra del Señor (cf. Lc 10, 38-42). En ambos casos, no se contraponen los momentos de la oración y de la escucha de Dios con la actividad diaria, con el ejercicio de la caridad. La amonestación de Jesús: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sólo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada (Lc 10, 41-42), así como la reflexión de los Apóstoles: Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra (Hch 6,4), muestran la prioridad que debemos dar a Dios. No quiero entrar ahora en la interpretación de este pasaje de Marta y María. En cualquier caso, no se debe condenar la actividad en favor del prójimo, de los demás, sino que se debe subrayar que debe estar penetrada interiormente también por el espíritu de la contemplación. Por otra parte, san Agustín dice que esta realidad de María es una visión de nuestra situación en el cielo; por tanto, en la tierra nunca podemos tenerla completamente, sino sólo debe estar presente como anticipación en toda nuestra actividad. Debe estar presente también la contemplación de Dios. No debemos perdernos en el activismo puro, sino siempre también dejarnos penetrar en nuestra actividad por la luz de la Palabra de Dios y así aprender la verdadera caridad, el verdadero servicio al otro, que no tiene necesidad de muchas cosas —ciertamente, le hacen falta las cosas necesarias—, sino que tiene necesidad sobre todo del afecto de nuestro corazón, de la luz de Dios.  San Ambrosio, comentando el episodio de Marta y María, exhorta así a sus fieles y también a nosotros: «Tratemos, por tanto, de tener también nosotros lo que no se nos puede quitar, prestando a la Palabra del Señor una atención diligente, no distraída: sucede a veces que las semillas de la Palabra celestial, si se las siembra en el camino, desaparecen. Que te estimule también a ti, como a María, el deseo de saber: esta es la obra más grande, la más perfecta». Y añade que «ni siquiera la solicitud del ministerio debe distraer del conocimiento de la Palabra celestial», de la oración (Expositio Evangelii secundum Lucam, VII, 85: PL 15, 1720). Los santos, por lo tanto, han experimentado una profunda unidad de vida entre oración y acción, entre el amor total a Dios y el amor a los hermanos. San Bernardo, que es un modelo de armonía entre contemplación y laboriosidad, en el libro De consideratione, dirigido al Papa Inocencio II para hacerle algunas reflexiones sobre su ministerio, insiste precisamente en la importancia del recogimiento interior, de la oración para defenderse de los peligros de una actividad excesiva, cualquiera que sea la condición en que se encuentre y la tarea que esté realizando. San Bernardo afirma que demasiadas ocupaciones, una vida frenética, a menudo acaban por endurecer el corazón y hacer sufrir el espíritu (cf. II, 3)[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Génesis 18,1-10

 

1.1.-  La lectura nos relata como Dios  sale al encuentro de los seres humanos para traerles una Buena Noticia, capaz de transfigurar sus vidas. Subrayemos, además, que la visita es pura iniciativa de Dios. Abrahán está sencillamente sentado a la entrada de su carpa,- ¡y para mejor a la hora de más calor!-. Levanta la vista y ve a tres ‘hombres’ de pie ante él. Sin que nada pudiera preparar o anticipar;  allí están, ante él. Abrahán se siente en la “obligación” de dar una respuesta, respuesta hospitalaria que le brota espontanea y llena de solicitud. El relato, nos pinta a un Abrahán que sale corriendo a su encuentro, mostrando a continuación, mediante una serie de expresiones, la prontitud y la premura del patriarca: ante el ‘paso’ de Dios no hay tardanza ni dilación posible…

 

1.2.- Descubrimos, agradablemente sorprendidos, que Abrahán como buen “trashumante de modales medio orientales”,  hasta ruega y  pide que le den el honor de hospedarse, y lo hace con una hermosa oración que todos podemos hacer nuestra: Señor mío, te ruego que no pases de largo….  El anciano patriarca pone las premisas para que este encuentro no sea una simple cercanía externa, sino un contacto profundo. Abrahán hace todo lo que está a su alcance para ofrecerles a los “tres[2] su hospitalidad generosa, poniéndose él y todo lo suyo, a su disposición; una vez preparado el agasajo, permanece de pie ante ellos, en silencio y en actitud servicial.

Es el Señor-Dios quien retoma ahora la iniciativa anunciándoles la buena noticia de la maternidad de Sara, ardientemente anhelada y deseada, pero a la cual se había renunciado por ser humanamente imposible….

 

1.3.- Nuestra vida es el lugar del paso, de la visita de Dios. Encuentro que es imposible auto-fabricarse, para el cual, sin embargo, es indispensable disponerse, anhelarlo y deseándolo con perseverancia.

Cada visita de Dios nos abre al profundo misterio de nuestra existencia, revelándonos lo que es nuestro más íntimo deseo. Aquel que casi siempre está escondido en lo más recóndito de nuestra persona, desconocido, y, a veces, hasta temido, el cual surge a la luz, tal y como salió Lázaro (el hermano de Marta y María) del sepulcro, llamado por la presencia y la promesa de los Tres. La alegría de Abrahán y de Sara no es únicamente para ellos (una multitud será bendecida a través suyo, bendición que canta María en el Magníficat, como cumplida en Jesús…); tampoco nuestro encuentro y nuestra alegría pueden ser para deleitarnos con un gozo egoísta. Dios no puede manifestarse allí donde hay distracción, negligencia o egoísmo, hay que apresurarse a recibirlo, como Zaqueo (Lc 19,6). Y no es que el Señor necesite de nuestras cosas, “Él nos ha rogado que le demos, para poder darnos muchísimo más” afirma san Efrén, el arpa del Espíritu Santo. Hagamos nuestra la oración de Abrahán repitiéndola cada día.

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 14[15],2-5

 

2.1.- Los estudiosos de la Biblia clasifican con frecuencia el salmo 14, (…), como parte de una “liturgia de entrada”. Como sucede en algunas otras composiciones del Salterio (por ejemplo, los salmos 23, 25 y 94), se puede pensar en una especie de procesión de fieles, que llega a las puertas del templo de Sión para participar en el culto. En un diálogo ideal entre los fieles y los levitas, se delinean las condiciones indispensables para ser admitidos a la celebración litúrgica y, por consiguiente, a la intimidad divina.

En efecto, por una parte, se plantea la pregunta: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu carpa y habitar en tu monte santo? (Sal 14,1). Por otra, se enumeran las cualidades requeridas para cruzar el umbral que lleva a la “carpa”, es decir, al templo situado en el monte santo de Sión. Las cualidades enumeradas son once y constituyen una síntesis ideal  de  los compromisos morales fundamentales recogidos en la ley bíblica  (vv. 2-5).

 

2.2.- En las fachadas de los templos egipcios y babilónicos a veces se hallaban grabadas las condiciones requeridas para el ingreso en el recinto sagrado. Pero conviene notar una diferencia significativa con las que sugiere nuestro salmo. En muchas culturas religiosas, para ser admitidos en presencia de la divinidad, se requería sobre todo la pureza ritual exterior, que implicaba abluciones, gestos y vestiduras particulares.

En cambio, el salmo 14 exige la purificación de la conciencia, para que sus opciones se inspiren en el amor a la justicia y al prójimo. Por ello, en estos versículos se siente vibrar el espíritu de los profetas, que con frecuencia invitan a conjugar fe y vida, oración y compromiso existencial, adoración y justicia social (cf. Is 1,10-20; 33,14-16; Os 6, 6; Mi 6, 6-8; Jr 6,20).

Escuchemos, por ejemplo, la vehemente reprimenda del profeta Amós, que denuncia en nombre de Dios un culto alejado de la vida diaria: Yo detesto, desprecio sus fiestas; no me gusta el olor de sus reuniones solemnes. Si me ofrecen holocaustos, no me complazco en las oblaciones d ustedes, ni miro sus sacrificios de comunión de novillos cebados. (…) ¡Que fluya, sí, el juicio como agua y la justicia como arroyo perenne! (Am 5,21-24).

 

2.3.- Veamos ahora los once compromisos enumerados por el salmista, que podrán constituir la base de un examen de conciencia personal cuando nos preparemos para confesar nuestras culpas a fin de ser admitidos a la comunión con el Señor en la celebración litúrgica.

Los tres primeros compromisos son de índole general y expresan una opción ética: seguir el camino de la integridad moral, de la práctica de la justicia y, por último, de la sinceridad perfecta al hablar (v. 2).

Siguen tres deberes que podríamos definir de relación con el prójimo: eliminar la calumnia de nuestra lengua, evitar toda acción que pueda causar daño a nuestro hermano, no difamar a los que viven a nuestro lado cada día (v. 3).

Viene luego la exigencia de una clara toma de posición en el ámbito social: considerar despreciable al impío y honrar a los que temen al Señor.

Por último, se enumeran los últimos tres preceptos para examinar la conciencia: ser fieles a la palabra dada, al juramento, incluso en el caso de que se sigan consecuencias negativas para nosotros; no prestar dinero con usura, delito que también en nuestros días es una infame realidad, capaz de estrangular la vida de muchas personas; y, por último, evitar cualquier tipo de corrupción en la vida pública, otro compromiso que es preciso practicar con rigor también en nuestro tiempo (v. 5).

 

2.4.- Seguir este camino de decisiones morales auténticas significa estar preparados para el encuentro con el Señor. También Jesús, en el Sermón de la montaña, propondrá su propia “liturgia de ingreso” esencial: Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y anda primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda (Mt 5,23-24). Nuestra plegaria concluye afirmando que quien actúa del modo indicado por el salmista nunca fallará (v. 5).

San Hilario de Poitiers, Padre y Doctor de la Iglesia del siglo IV, comenta así esta afirmación final del salmo, relacionándola con la imagen inicial de la carpa del templo de Sión:

“Quien obra de acuerdo con estos preceptos, se hospeda en la tienda, habita en el monte. Por tanto, es preciso guardar los preceptos y cumplir los mandamientos.

Debemos grabar este salmo en lo más íntimo de nuestro ser, escribirlo en el corazón, anotarlo en la memoria. Debemos confrontarnos de día y de noche con el tesoro de su rica brevedad. Y así, adquirida esta riqueza en el camino hacia la eternidad y habitando en la Iglesia, podremos finalmente descansar en la gloria del cuerpo de Cristo”[3].

 

 

Segunda Lectura: Colosenses 1,24-28

 

3.1.- San Pablo nos introduce aquí en una terminología a la que no estamos demasiado habituados. Para nosotros, misterio es “lo oculto”, aquello que no podemos ver ni comprender. De hecho, cuando nos referimos a asuntos religiosos, tendemos a incluirlos entre lo que llamamos “misterios”. Así, cuando oímos hablar de los “misterios de Cristo”, tendemos a entender estas palabras aplicándolas a algunos aspectos de Cristo que no podemos comprender fácilmente, como por ejemplo el de la presencia real eucarística. Pero en San Pablo y en su lenguaje teológico, misterio es todo lo contrario. Se trata del plan de salvación de Dios, oculto desde antiguo y que ahora nos ha sido revelado para que podamos participar en él. En última instancia el misterio es Cristo mismo, presente entre nosotros y esperanza de la gloria.

 

3.2.- Cuando  Pablo escribe esta carta está en la prisión. Pero sus sufrimientos no le quitan la alegría porque los soporta por la Iglesia. No se trata de una mera actitud moral, sino que la sobrepasa. No hay duda de que los sufrimientos de Cristo son eficaces y, en sí mismos, nada necesitan para ser completados. Pero el Cuerpo de Cristo está inacabado, está en continua construcción; en lo que san Pablo participa con sus sufrimientos es en los sufrimientos de Cristo en cuanto esparcidos por su Cuerpo que es la Iglesia. La Iglesia se dedica por completo a realizar más y más plenamente el plan de Dios. Pablo, como ministro elegido por Dios, está vinculado íntimamente a este trabajo de construcción que completa lo que falta a la pasión de Cristo, es decir, la construcción de su Iglesia. Su ministerio en relación con esa construcción es doble: ministerio del sufrimiento y ministerio del anuncio del Evangelio.

El misterio, oculto desde antiguo y revelado ahora, en la persona de Jesucristo, trabaja actualmente al mundo y lo conduce a su perfección. Es el objetivo de todo apostolado: llevar al hombre a su perfección en Cristo, es decir, llevarlo a un equilibrio que le permita llevar, en Cristo, el sufrimiento en favor del crecimiento de la Iglesia[4].

 

 

Evangelio: san Lucas 10,38-42

 

4.1.- Si nos quedáramos únicamente con la parábola del buen samaritano (la del domingo pasado: Lc 10, 25-37) podríamos deducir que lo único  necesario es amar al prójimo. ¿Es cierto? Sí, pero siempre que se puntualice algo importante. Y dicha puntualización nos la ofrece el evangelio de este domingo. Jesús ha entrado en casa de Marta y María. Marta se ocupa y multiplica en sus quehaceres. María, sentada a los pies del Señor, escucha su palabra. Ante la protesta de Marta, Jesús ha formulado una sentencia decisiva:Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria (10, 41-42).

 

4.2.- La enseñanza esencial de este episodio de Marta y María se encuentra en las palabras de Jesús: unasola cosa es necesaria. La cosa realmente necesaria es la que hace María: sentarse a los pies del Maestro y escucharlo. María es aquí la imagen del buen discípulo: en Israel ser discípulo significa saber escuchar (Escucha Israel, el Señor tu Dios es Único). Ser discípulo de Jesús significa exactamente eso: escucharlo.

Escuchar es señal de amor, de atención prestada al otro, a lo que es, a lo que tiene que decirme; escuchar equivale a crear en nuestro interior un espacio abierto y acogedor para la otra persona. A la inversa, no escuchar significa desinterés por el otro… Si escucho al otro significa que es importante para mí, que me interesa entrar en su mundo, en su misterio.

 

4.3.- Todo esto es válido para las relaciones interpersonales y para la relación con el Maestro. Nuestro texto señala de manera muy clara y concreta la actitud, el obstáculo principal, que impide escucharlo: el andar sin resuello e inquietos, ocupados en multitud de asuntos, asuntillos y asuntejos. Todo esto impide estar a la escucha al modo de María de Betania. La manera como impostamos y organizamos nuestra vida tiene como inexorable resultado dejar, o no dejar, espacio para la escucha. Es importante preguntarse: ¿En mi vida concreta, hay espacio para la escucha?

Marta simboliza ese trabajo repetido y agobiante que nos hace esclavos y no permite que tengamos tiempo de escuchar el gran misterio de Dios que nos rodea. María, en cambio, es la que atiende a la Palabra. Ciertamente deberá actuar, pero su obra no será un hacer desnudo, sino un ponerse amorosamente a cumplir lo escuchado: el que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él (Jn 14,21).

 

4.4.- Recordemos que es justo y necesario situarse sobre el trasfondo de experiencia del Primer Testamento. Contrariamente al mundo griego, en Israel no se aprecia el ideal de la pura contemplación filosófica y tampoco se desprecia el trabajo manual, considerándolo cosa de esclavos y de mujeres. Aunque sólo fuera por eso, resulta imposible interpretar a María como expresión de una cierta mística, que dejando el despreciable mundo de las cosas (lo sensible) se preocupa de ahondar en lo divino. Conocer a Dios implica en Israel  escuchar la palabra y llevarla a la práctica. Sólo desde aquí se entiende el mensaje radical de nuestro texto. María es la que atiende a Jesús. El creyente judío escucha la voz que Dios le ha transmitido por la Ley para cumplirla ‘HOY’ (ojalá escuchen hoy la voz del Señor Sal 95,7d y Heb 3,7-4,11), el cristiano, del cual es figura perfecta María de Betania,  descubre esa Palabra  en Jesucristo. Por eso la actitud de María no es la de un místico que sube hacia Dios, sino la de una creyente atenta a la Palabra que ha “bajado”, se ha “anonadado” y la está ‘visitando’…. Pues bien, para que esa escucha sea auténtica se debe traducir en la práctica de vida del hoy, es decir, en el amor al prójimo tal y como está ejemplificado en la parábola del buen samaritano. Marta, en cambio, ocupada en sus cosas no ha descubierto la voz de Dios, que le ha llegado en Jesucristo.

 

4.5.- Desde aquí pueden esbozarse tres importantes conclusiones:

a)   La primera se refiere simplemente al sexo de María. En el contexto social de Israel, la mujer era consideraba como un creyente de segunda; no tomaba parte activa en el culto de la sinagoga ni se podía dedicar ‘oficialmente’ a la escucha, estudio y cultivo de la Ley. Nuestro pasaje refleja una actitud totalmente distinta. El ejemplar tipo del auténtico cristiano (que escucha y cumple la palabra de Jesús) toma cuerpo en la figura femenina de María. (…).

b)   Para que sea auténtica, la acción del creyente (el amor al prójimo) tiene que estar fundamentada en la escucha de la Palabra, es decir, en la aceptación del misterio del amor de Dios que se refleja en Cristo. Sólo porque Dios me ha revelado toda la fuerza de su amor, me puedo convertir en fuente de amor para los demás (Dios nos amó primero…).

c)   Una vez dicho lo anterior, podemos añadir que la “escucha de Jesús” puede venir a determinar un tipo de existencia cristiana que profundiza especialmente en el don de la fe. Ese es el fundamento de la contemplación bíblica y cristiana, que no está basada en un proceso ascensional de la mente que tiende hacia Dios, sino en la auténtica obediencia del que escucha la Palabra y vive inmerso en el gozo y exigencia que ella nos produce: Dichosa tú que has creído lo que te ha dicho el Señor[5].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Marta y María eran dos hermanas, unidas no sólo por su parentesco de sangre, sino también por sus sentimientos de piedad; ambas estaban estrechamente unidas al Señor, ambas lo servían durante su vida mortal con idéntico fervor. Marta lo hospedó, como se acostumbra a hospedar a un peregrino cualquiera. Pero, en este caso, era una sirvienta que hospedaba a su Señor, una enferma al Salvador, una creatura al Creador. (…) Así, pues, el Señor fue recibido en calidad de huésped, él, que vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; pero a cuantos lo recibieron dio poder de llegar a ser hijos de Dios, adoptando a los servidores y convirtiéndolos en hermanos, redimiendo a los cautivos y convirtiéndolos en coherederos. Pero que nadie de ustedes diga: “Felices los que pudieron hospedar al Señor en su propia casa” (…) Por lo demás, tú, Marta —dicho sea con tu permiso, y bendita seas por tus buenos servicios—, buscas el descanso como recompensa de tu trabajo. Ahora estás ocupada en los mil detalles de tu servicio, quieres alimentar unos cuerpos que son mortales, aunque ciertamente son de santos; pero ¿acaso, cuando llegues a la patria celestial, hallarás peregrinos a quienes hospedar, hambrientos con quienes partir tu pan, sedientos a quienes dar de beber, enfermos a quienes visitar, peleados a quienes poner en paz, muertos a quienes sepultar? Todo esto allí ya no existirá; allí sólo habrá lo que María ha elegido: allí seremos nosotros los alimentados, allí no tendremos que alimentar a los demás. Por eso, allí alcanzará su plenitud y perfección lo que aquí ha elegido María, la que recogió las migajas de la mesa opulenta de la palabra del Señor. ¿Quieres saber lo que allí ocurrirá? Dice el mismo Señor, refiriéndose a sus servidores: Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos.

En estas mujeres están representadas las dos vidas: la presente y la futura, la trabajosa y la descansada, la necesitada y la bienaventurada, la temporal y la eterna. (…)  Estaban, pues, en aquella casa las dos vidas y la fuente misma de la vida: en Marta la imagen de lo presente, en María la imagen de lo que está por venir. Lo que Marta hacía, eso somos aquí; lo que María hacia, es lo que esperamos  allí. (…)

El trabajo pasa y el descanso permanece, pero sólo se llega al descanso mediante el trabajo. La nave pasa y llega a puerto, llega a la patria, pero sólo se llega a la patria gracias a la nave. Que estemos embarcados en una travesía, lo sabemos con sólo mirar las olas y las tormentas de este tiempo. Y yo estoy persuadido de que no nos hundimos, gracias a que nos lleva el madero de la cruz.

Había llegado (María) a aquella unidad que le permitía contemplar la dulzura del Señor. Sin embargo, en la noche de este tiempo, nosotros no podemos eso todavía. [Lo mismo que san Pablo, decimos]: Todavía sigo, todavía camino, todavía estoy de viaje, todavía tiendo hacia adelante, aún no he llegado a la meta.  (…) El destino del cristiano en este mundo es el destino de Marta, que servía al Señor necesitado, todavía necesitado, en sus [hermanos], los más pequeños, del servicio de los seres humanos[6].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Benedicto XVI, Audiencia General 25-04-2012. Adaptada.

[2] La iconografía de la tradición cristiana  ha visto en la visita de los TRES a Abrahán el misterio de la Trinidad, e incluso el de la Eucaristía. Todo ello se refleja de modo eminente y bello en el ícono de san Andrés Rublev.

[3] San Hilario de Poitiers, Tractatus super Psalmos, PL 9, 308. Citado por Juan Pablo II en su catequesis del 04-02-2004, que aquí reproducimos algo modificada y adaptada.

[4] A. Nocent, El año litúrgico: celebrar a  Jesucristo T. 6, domingos 9-21, Santander 1979, p. 152. Adaptado. Tomado de www.mercaba.org.

[5] En parte, reproducimos conceptos y palabras tomadas de: Comentarios a la Biblia litúrgica NT, Madrid 1976, pp. 1324 y ss.

[6] San Agustín de Hipona,  entresacado de diversos sermones: 103, 1 2. 6; 104, 3, 4; Guelberbytanus. 29, 5; 170, 15; 179, 3, 3. Agustín nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, Numidia, hijo de un consejero municipal y modesto propietario. Estudió en Tagaste, Madaura y Cartago. Enseñó gramática en Tagaste (374) y retórica en Cartago (375-383), Roma (384) y Milán (384-386). Tras leer el Hortensio de Cicerón (373) inició su búsqueda espiritual que le llevaría primero a adoptar posturas racionalistas y, posteriormente, maniqueas.  Decepcionado del maniqueísmo tras su encuentro con el obispo maniqueo Fausto, cayó en el escepticismo. Llegado a Milán, la predicación de Ambrosio le impresionó, llevándole a la convicción de que la autoridad de la fe es la Biblia, a la que la Iglesia apoya y lee. La influencia neo-platónica disipó algunos de los obstáculos que encontraba para aceptar el cristianismo, pero el impulso definitivo le vino de la lectura de la carta del apóstol Pablo a los romanos en la que descubrió a Cristo no sólo como maestro sino también como salvador. Era agosto del 386. Tras su conversión renunció a la enseñanza y también a la mujer con la que había vivido durante años y que le había dado un hijo. Tras un breve retiro en Casiciaco, regresó a Milán donde fue bautizado por Ambrosio junto con su hijo Adeodato y su amigo Alipio. Tras una breve estancia en Roma — durante su permanencia en el puerto de Ostia murió su madre, Mónica — se retiró a Tagaste donde inició un proyecto de vida monástica. En el 391 fue ordenado — no muy a su placer — sacerdote en Hipona y fundó un monasterio. En el 395 fue consagrado obispo, siendo desde el 397 titular de la sede. Aparte de la ingente tarea pastoral — que iba desde la administración económica al enfrentamiento con las autoridades políticas, pasando por las predicaciones dos veces a la semana, pero en muchos casos dos veces al día y varios días seguidos — desarrolló una fecundísima actividad teológica que le llevó a enfrentarse con maniqueos, donatistas, pelagianos, arríanos y paganos. Fue el principal protagonista de la solución del cisma donatista, aunque resulta discutible la legitimación que hizo del uso de la fuerza para combatir la herejía, así como de la controversia pelagiana. Murió en el año 430 durante el asedio de Hipona por los vándalos.

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