Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

 

 DECIMOQUINTO DOMINGO DURANTE EL

AÑO,

Ciclo “C”

10/11 de julio de 2010

 

 

 

 

Cristo, en el hombre herido como también en el buen Samaritano

¡Observar el parecido de ambos rostros!

[Capilla Redemptoris Mater, Ciudad del Vaticano 1999]

 

 

Introducción

 

0.1.- Precisamente por su conexión con el amor (cf. Ga 5,6), la luz de la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz. La fe nace del encuentro con el amor originario de Dios, en el que se manifiesta el sentido y la bondad de nuestra vida, que es iluminada en la medida en que entra en el dinamismo desplegado por este amor, en cuanto que se hace camino y ejercicio hacia la plenitud del amor. La luz de la fe permite valorar la riqueza de las relaciones humanas, su capacidad de mantenerse, de ser fiables, de enriquecer la vida común. La fe no aparta del mundo ni es ajena a los afanes concretos de los hombres de nuestro tiempo. Sin un amor fiable, nada podría mantener verdaderamente unidos a los hombres. La unidad entre ellos se podría concebir sólo como fundada en la utilidad, en la suma de intereses, en el miedo, pero no en la bondad de vivir juntos, ni en la alegría que la sola presencia del otro puede suscitar. La fe permite comprender la arquitectura de las relaciones humanas, porque capta su fundamento último y su destino definitivo en Dios, en su amor, y así ilumina el arte de la edificación, contribuyendo al bien común. Sí, la fe es un bien para todos, es un bien común; su luz no luce sólo dentro de la Iglesia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza. La Carta a los Hebreos pone un ejemplo de esto cuando nombra, junto a otros hombres de fe, a Samuel y David, a los cuales su fe les permitió « administrar justicia » (Hb 11,33). Esta expresión se refiere aquí a su justicia para gobernar, a esa sabiduría que lleva paz al pueblo (cf. 1 S 12,3-5; 2 S 8,15). Las manos de la fe se alzan al cielo, pero a la vez edifican, en la caridad, una ciudad construida sobre relaciones, que tienen como fundamento el amor deDios[1].

 

0.2.- El buen samaritano es el paradigma de encuentro interhumano ejemplar, es el  ‘sacramento’ de laprojimidad. El sacerdote y el levita no quieren encontrarse con el hombre maltrecho que está tumbado en el camino; por eso, dan un rodeo. El samaritano, sin embargo, quiere encontrarse con el herido; por eso no “cambia de vereda”, sino que se aproxima (se hace prójimo), le venda las heridas, lo sube a su propia cabalgadura, lo lleva al albergue y le paga el alojamiento (…) El encuentro con el otro no se rige por el criterio del propio interés, sino por el «principio-misericordia» para con las personas desvalidas. Este principio se inspira en el evangelio y fue expuesto por Tomás de Aquino[2], quien presentaba la misericordia como “la virtud más excelsa entre las virtudes que se refieren al prójimo”. A ella le corresponde “volcarse en los otros…, socorrer sus necesidades…, lo cual es propio de Dios, cuya omnipotencia se manifiesta sobre todo en esto”[3].

Todo esto queda hermosamente resumido y simbolizado en la imagen que encabeza estas páginas, tomadade la capilla Redemptoris Mater del Vaticano, en ella “el buen samaritano del Evangelio es un santo que lleva en brazos un hombre en el que se adivina el rostro de Cristo Crucificado. Los dos se parecen. Hay un mensaje de gran fuerza en esta identificación. En el carisma de la caridad es Cristo quien ama y sirve a Cristo. Porque si es verdad que todo lo que se hace a un hermano se lo hacemos a Él, es igualmente cierto que sin Él no podemos hacer nada”[4].

 

0.3.- Hace unos años Luigi Zoja ha editado un libro con el título de: La muerte del prójimo[5], en el que sostiene que Nietzsche, a comienzos del siglo 20 nos habló de la muerte de Dios, y efectivamente hemos asistido a una muerte de “dios” a través de las grandes ideologías que lo han negado, a través de la secularización. Indudablemente  hemos asistido a una cierta muerte de “dios”, pero el gran problema actual estriba en que no sólo asistimos a la muerte de Dios, sino a la muerte del prójimo. Hoy en día prácticamente ha  desaparecido la noción de prójimo; en la cultura dominante reina el culto al ‘yo’ autárquico, existe una verdadera egolatría, de acuerdo a la cual todos los deseos se transforman en deseos imperiosos que deben ser satisfechos, sin los otros y aun, contra los otros.

 

04.- El Evangelio nos brinda un texto que todos conocemos, la parábola del buen samaritano…, y Jesús, terminada la parábola, dice: ¿dime, quién se ha hecho prójimo? La verdadera cuestión no es, por tanto, ¿quién es mi prójimo?, ya que mi próximo no es aquel que está lejos o cerca, sino aquel a quien decido encontrar, al que hago vecino saliéndole al encuentro. He ahí la dinámica más importante para cualquier tipo de comunidad (familiar, eclesial,…): hacer don de la propia presencia; existe hoy toda una patología en la comunidad familiar y en las otras comunidades, que se origina en la “falta de presencia mutua”, porque el ritmo de vida actual lleva a estar unos junto a los otros “en ausencia mutua”, cosa llevada hasta la exasperación mediante los encuentros “virtuales” ofrecidos por la tecnología actual…

Si no se hace don de la propia presencia toda comunidad se hace estéril y enferma. La capacidad de “dar-oído” es algo mucho más profundo que escuchar, es hacer don al otro del regalo de saberse aceptado, acogido, dejando que esté junto a mí, frente a mí; permitiéndole que me hable con toda su persona, porque es bien sabido que hablamos con todo el cuerpo, con el tipo de ropa que llevamos puesta, con el don de la propia voz, con el perfume que exhalamos; dialogar es hablar con todo nuestro ser, estando totalmente presentes, haciendo entrega de nuestro tiempo, de nuestro cuerpo, acogiendo en nuestra vida la vida de otro, privándonos de parte de nuestro espacio para dar lugar al próximo-prójimo, enriqueciéndonos con la presencia mutua y recíproca…[6].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Deuteronomio 30,10-14

 

1.1.- Esta lectura está tomada del último y más breve de los discursos de Moisés que componen el Deuteronomio (CC. 29-30).  Recuerda los compromisos de la Alianza que invitan insistentemente a Israel a ser fiel, como se lee en los primeros ‘compases’ de la lectura de hoy: …habrás escuchado la voz del Señor tu Dios. Esta es una idea central en el Deuteronomio: si Israel es fiel a la Palabra de Dios vivirá en paz y prosperidad en su tierra; de lo contrario sólo encontrará la ruina y el exilio.

 

1.2.- El texto intenta superar una objeción: ¿cómo podemos conocer la voluntad de Dios? No se trata solamente de seguir la voluntad de Dios, sino de conocerla: ¿Quién subirá por nosotros al cielo y la traerá hasta aquí, de manera que podamos escucharla y ponerla en práctica?  La exacta determinación de dicha Voluntad, ¿no estará más allá de las capacidades humanas? Hombres limitados como somos, ¿no tendremos que contentarnos con objetivos concretos y plausibles, o al menos, por el momento, probables? ¿Y en este caso, qué sentido tienen el premio y el castigo? ¡Como vemos, son preguntas que no han perdido nada de actualidad!

 

1.3.- Esta palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la practiques.  Dios se ha encargado de superar el abismo[7], y en su Palabra se revela a sí mismo. Ella te es puesta en la boca como alimento para que  la ‘mastiques’ continuamente, la ‘saborees’, la ‘gustes’, la ‘digieras’ y ‘asimiles’[8], de modo que se te haga un alimento constante y esencial, y que tu corazón quede permanentemente habitado por la Palabra. Desde allí iluminará la vida, determinándola y orientándola concretamente hacia el ‘proyecto’ de Dios. A su vez, la vida confirmará y clarificará la Palabra, formulándole también  cuestiones nuevas, en un movimiento en el que Palabra y vida forman una unidad indivisible.

 

1.4.- San Pablo cita gran parte (30,11-14) del texto de nuestra Lectura en Romanos (10,6-9). Al recordar la proximidad y la interioridad de la palabra de fe, el apóstol pone una vez más de relieve el don gratuito que se expresa por ella. Creer no constituye el efecto de una diligencia indefinida, sino más bien el efecto de una visita, de un don que nos precede, que del pasaje del Deuteronomio no aísla la Ley de Moisés en un pasado oscuro y caduco, sino que le reconoce a dicha Ley un valor profético: ella anunciaba el misterio de la fe, Jesucristo muerto y resucitado, por quien todos seremos justificados y salvados[9]

 

 

Salmo responsorial: Salmo 68[69],14. 17. 30-31. 36-37

 

Citemos algunos párrafos del comentario a este salmo de san Hilario de Poitiers:

 

2.- “No hay duda de que el Salmo contiene en figura la pasión de Cristo. Pues el apóstol Juan, al decir que bebiendo vinagre se cumplen las Escrituras y al citar el recuerdo de los apóstoles del dicho el celo de tu casa me devoró’ quita toda duda y confirma que dichos y hechos se refieren a él.

Al penetrar las aguas hasta el alma, se sometía a muerte de cruz, cuando la violencia de los sufrimientos se abría paso hasta el alma… No tiene apoyo al hundirse en fango profundo. Pues el primer hombre fue hecho del fango de la tierra; el segundo Adán, bajando del cielo, como llegando de la altura, se hundió en este fango profundo… El fondo del mar es lo más profundo de la tierra…, por eso se indica en él el lugar de la muerte… Bajando a lo profundo de la muerte, naufragó en la tormenta de la muerte, se hundió en las borrascas de las potencias enemigas.

Cuando da testimonio de la majestad del nombre del Padre. cuando emprende la obra de salvar al hombre, se multiplican los odios sin motivo… Le exigían que pagara lo que no había robado; pues aunque no era deudor del pecado y de la muerte, lo detenían como tal… Y así realizaba el gran proyecto de la sabiduría divina, la muerte en cruz, necedad a los ojos de los paganos. Entrando en alta mar y hundiéndose en la tormenta, ahora pide no hundirse. Cuando más arriba decía que se hundía, profesaba la debilidad nuestra que había tomado; ahora, pidiendo no hundirse, es consciente de su confianza en su salvación… El pozo significa el lugar de la muerte.

Hay una herida saludable y una persecución perversa del herido… Fue herido el Señor al tomar nuestros pecados y sufrir por nosotros; para que, al ser herido él hasta la debilidad de la muerte de cruz, recobráramos nosotros la salud por la resurrección de la muerte… A este herido de Dios, lo persiguieron, añadiendo al dolor de las heridas el dolor de la persecución. Pena proporcionada de la injusticia es que no incurran en la justicia de Dios, es decir, que no sean miembro de Cristo y partícipes con él, pues como dice el apóstol, Dios lo ha constituido justicia nuestra y santificación y redención. Y al no tener acceso a la justicia, son borrados del libro de los vivos”[10].

 

 

Segunda Lectura: Carta a los Colosenses 1,15-20

 

3.1.- En este canto se puede descubrir el sentido de fe y de oración de la antigua comunidad cristiana, y el Apóstol recoge su voz y su testimonio, aunque imprime al himno su sello propio. Después de una introducción en la que se da gracias al Padre por la redención (vv. 12-14), se articula en dos estrofas. La primera celebra a Cristo como primogénito de toda criatura, es decir, engendrado antes de todo ser, afirmando así su eternidad, que trasciende el espacio y el tiempo (vv. 15-18).

Él es la “imagen”, el “icono” visible de Dios, que permanece invisible en su misterio. Esta fue la experiencia de Moisés, cuando, en su ardiente deseo de contemplar la realidad personal de Dios, escuchó como respuesta: Mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo(Ex 33,20; cf. Jn 14,8-9).

En cambio, el rostro del Padre, creador del universo, se hace accesible en Cristo, artífice de la realidad creada: Por medio de él fueron creadas todas las cosas (…); todo se mantiene en él(vv. 16-17). Así pues, Cristo, por una parte, es superior a las realidades creadas, pero, por otra, está implicado en su creación. Por eso, podemos verlo como imagen de Dios invisible, que se hizo cercano a nosotros con el acto de la creación.

 

3.2.- En la segunda estrofa (vv. 18-20), la alabanza en honor de Cristo se presenta desde otra perspectiva:  la de la salvación, de la redención, de la regeneración de la humanidad creada por él, pero que, por el pecado, había caído en la muerte.

Ahora bien, la plenitud de gracia y de Espíritu Santo que el Padre ha puesto en su Hijo hace que, al morir y resucitar, pueda comunicarnos una nueva vida (vv. 19-20).

 

3.3.- Por tanto, es celebrado como el primogénito de entre los muertos (v. 18). Con su “plenitud” divina, pero también con su sangre derramada en la cruz, Cristo “reconcilia” y “pacifica” todas las realidades, celestiales y terrestres. Así las devuelve a su situación originaria, restableciendo la armonía inicial, querida por Dios según su proyecto de amor y de vida. Por consiguiente, la creación y la redención están vinculadas entre sí como etapas de una misma historia de salvación.

 

3.4.- Siguiendo nuestra costumbre, dejemos ahora espacio para la meditación de los grandes maestros de la fe, los Padres de la Iglesia. Uno de ellos nos guiará en la reflexión sobre la obra redentora realizada por Cristo con la sangre de su sacrificio.

Reflexionando sobre nuestro himno, San Juan Damasceno, en el Comentario a las cartas de san Pablo que se le atribuye, escribe:

San Pablo dice que por su sangre hemos recibido la redención (Ef 1,7). En efecto, se dio como rescate la sangre del Señor, que lleva a los prisioneros de la muerte a la vida. Los que estaban sometidos al reino de la muerte no podían ser liberados de otro modo, sino mediante aquel que se hizo partícipe con nosotros de la muerte. (…) Por la acción realizada con su venida hemos conocido la naturaleza de Dios anterior a su venida. En efecto, es obra de Dios el haber vencido a la muerte, el haber restituido la vida y el haber llevado nuevamente el mundo a Dios. Por eso dice: él es imagen de Dios invisible (Col 1,15), para manifestar que es Dios, aunque no sea el Padre, sino la imagen del Padre, y se identifica con él, aunque no sea él[11].

 

 

Evangelio: san Lucas 10,25-37

 

4.1.- “En el centro de la historia del buen samaritano se plantea la pregunta fundamental del hombre. Es un doctor de la Ley, por tanto un maestro de la exegesis quien se la plantea al Señor: Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? (10,25). Lucas añade que el doctor le hace la pregunta a Jesús para ponerlo a prueba. Él mismo, como doctor de la Ley, conoce la respuesta que da la Biblia, pero quiere ver qué dice al respecto este profeta sin estudios bíblicos. El Señor lo remite simplemente a la Escritura, que el doctor, naturalmente, conoce, y deja que sea él quien responda.

El doctor de la Ley lo hace acertadamente, con una combinación de Deuteronomio 6,5 y Levítico 19,18:Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. y al prójimo como a ti mismo (Lc 10,27). Sobre esta cuestión Jesús enseña lo mismo que la Torá, cuyo significado pleno se recoge en este doble precepto. Ahora bien, este hombre docto, que sabía perfectamente cuál era la respuesta, debe justificarse: la palabra de la Escritura es indiscutible, pero su aplicación en la práctica de la vida suscitaba cuestiones que se discutían mucho en las escuelas (y en la vida misma).

 

4.2.- La pregunta, en concreto, es: ¿Quién es “el prójimo”? La respuesta habitual, que podía apoyarse también en textos de la Escritura, era que el “prójimo” significaba “connacional”. El pueblo formaba una comunidad solidaria en la que cada uno tenía responsabilidades para con el otro, en la que cada uno era sostenido por el conjunto y, así, debía considerar al otro “como a sí mismo”, como parte de ese conjunto que le asignaba su espacio vital. Entonces, los extranjeros, las gentes pertenecientes a otro pueblo, ¿no eran “prójimos”? Esto iba en contra de la Escritura, que exhortaba a amar precisamente también a los extranjeros, recordando que Israel mismo había vivido en Egipto como forastero. No obstante, se discutía hasta qué límites se podía llegar; en general, se consideraba perteneciente a una comunidad solidaria, y por tanto «prójimo», sólo al extranjero asentado en la tierra de Israel. Había también otras limitaciones bastante extendidas del concepto de “prójimo”; una sentencia rabínica enseñaba que no había que considerar como prójimo a los herejes, delatores y apóstatas (J. Jeremias, Las parábolas p. 170). Además, se daba por descontado que tampoco eran “prójimos” los samaritanos que, pocos años antes (entre el 6 y e19 d.C.) habían contaminado la plaza del templo de Jerusalén al esparcir huesos humanos en los días de Pascua (J. Jeremias, Las parábolas p. 171).

 

4.3.- A una pregunta tan concreta, Jesús respondió con la parábola del hombre que, yendo por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos que lo saquearon y golpearon, abandonándolo medio muerto al borde del camino. Es una historia totalmente realista, pues en ese camino se producían con regularidad este tipo de asaltos. Un sacerdote y un levita -conocedores de la Ley, expertos en la gran cuestión sobre la salvación, y que por profesión estaban a su servicio- se acercan por el camino, pero pasan de largo.

No es que fueran necesariamente personas insensibles; tal vez tuvieron miedo e intentaban llegar lo antes posible a la ciudad; quizás no eran muy diestros y no sabían qué hacer para ayudar, teniendo en cuenta, además, que al parecer no había mucho que hacer. Por fin llega un samaritano, probablemente un comerciante que hacía esa ruta a menudo y conocía evidentemente al propietario del mesón cercano; un samaritano, esto es, alguien que no pertenecía a la comunidad solidaria de Israel y que no estaba obligado a ver en la persona asaltada por los bandidos a su “prójimo”. Aquí hay que recordar cómo, unos párrafos antes (Evangelio de hace dos domingos), el evangelista había contado que Jesús, de camino hacia Jerusalén, mandó por delante a unos mensajeros que llegaron a una aldea samaritana e intentaron buscarle allí alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén (9,52s). Enfurecidos, los hijos del trueno -Santiago y Juan- habían dicho al Señor: Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y acabe con ellos?. Jesús los reprendió. Después se encontró alojamiento en otra aldea.

Entonces aparece aquí el samaritano. ¿Qué es lo que hace? No se pregunta hasta dónde llega su obligación de solidaridad ni tampoco cuáles son los méritos necesarios para alcanzar la vida eterna. Ocurre algo muy diferente: se le rompe el corazón. El Evangelio utiliza la palabra que en hebreo hacía referencia originalmente al seno materno y la dedicación materna. Se le conmovieron las “entrañas”, en lo profundo del alma, al ver el estado en que había quedado ese hombre. “Le dio lástima”, traducimos hoy en día [nuestro leccionario traduce: se conmovió], suavizando la vivacidad original del texto. En virtud del rayo de compasión que le llegó al alma, él mismo se convirtió en prójimo, por encima de cualquier consideración o peligro. Por tanto, aquí la pregunta cambia: no se trata de establecer quién sea o no mi prójimo entre los demás. Se trata de mí mismo. Yo tengo que convertirme en prójimo, de forma que el otro cuente para mí tanto como [un otro] «yo mismo».

Si la pregunta hubiera sido: “¿Es también el samaritano mi prójimo?”, dada la situación, la respuesta habría sido un «no» más bien rotundo. Pero Jesús da (…) vuelta (…) la pregunta: el samaritano, el forastero, se hace él mismo prójimo y me muestra que yo, en lo íntimo de mí mismo, debo aprender desde dentro a ser prójimo y que la respuesta se encuentra ya dentro de mí. Tengo que llegar a ser una persona que ama, una persona de corazón abierto que se conmueve ante la necesidad del otro. Entonces encontraré a mi prójimo, o mejor dicho, será él quien me encuentre.

 

4.4.- Los Padres de la Iglesia han leído la parábola desde un punto de vista cristológico. Alguno podría decir: eso es alegoría, es decir, una interpretación que se aleja del texto. Pero si consideramos que el Señor nos quiere invitar en todas las parábolas, de diversas maneras, a creer en el Reino de Dios, que es Él mismo, entonces no resulta tan equivocada la interpretación cristológica. Corresponde de algún modo a una potencialidad intrínseca del texto y puede ser un fruto que nace de su semilla. Los Padres vieron la parábola en la perspectiva de la historia universal: el hombre que yace medio muerto y saqueado al borde del camino, ¿no es una imagen de «Adán», del hombre en general, que «ha caído en manos de unos ladrones»? ¿No es cierto que el hombre, la criatura hombre, ha sido alienado, maltratado, explotado, a lo largo de toda su historia? (…)

El camino de Jerusalén a Jericó aparece, pues, como imagen de la historia universal; el hombre que yace medio muerto al borde del camino es imagen de la humanidad. El sacerdote y el levita pasan de largo: de aquello que es propio de la historia, de sus culturas y religiones, no viene salvación alguna. Si el hombre atracado es por antonomasia la imagen de la humanidad, entonces el samaritano sólo puede ser la imagen de Jesucristo.

Dios mismo, que para nosotros es el extranjero y el lejano, se ha puesto en camino para venir a hacerse cargo de su criatura maltratada. Dios, el lejano, en Jesucristo se convierte en prójimo. Cura con aceite y vino nuestras heridas -en lo que se ha visto una imagen del don salvífica de los sacramentos- y nos lleva a la posada, la Iglesia, en la que dispone que nos cuiden y donde anticipa lo necesario para costear esos cuidados. (…)

La gran visión del hombre que yace alienado e inerme en el camino de la historia, y de Dios mismo que se ha hecho su prójimo en Jesucristo, podemos contemplarla como una dimensión profunda de la parábola que nos afecta, pues no mitiga el gran imperativo que encierra la parábola, sino que le da toda su grandeza. El gran tema del amor, que es el verdadero punto central del texto, adquiere así toda su amplitud. En efecto, ahora nos damos cuenta de que todos estamos «alienados», que necesitamos ser salvados. Por fin descubrimos que, para que también nosotros podamos amar, necesitamos recibir el amor salvador que Dios nos regala. Necesitamos siempre a Dios, que se convierte en nuestro prójimo, para que nosotros podamos a su vez ser prójimos. (…)

Todo hombre: cada uno está «alienado», alejado precisamente del amor (que es la esencia del «esplendor sobrenatural»  del cual hemos sido despojados); toda persona debe ser ante todo sanada y agraciada. Pero, acto seguido, cada uno debe convertirse en samaritano, seguir a Cristo y hacerse como Él. Entonces viviremos rectamente. Entonces amaremos de modo apropiado, cuando seamos semejantes a Él, que nos amó primero (cf. 1Jn 4,19)[12].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Todo fiel es santo, en la medida en que es fiel; aun cuando viva en el mundo y sea un laico, es santo. Por tanto, si vemos a un hombre del mundo en dificultades, echémosle una mano. Ni debemos mostrarnos obsequiosos únicamente con los que moran en los montes: ciertamente, ellos son santos tanto por la vida como por la fe; los que viven en el mundo son santos por la fe y muchos también por la vida. No suceda que si vemos a un monje en la cárcel, entremos a visitarlo; pero si se trata de un laico, no entremos: también éste es santo y hermano. Y, ¿qué hacer, me dirás, si es un libertino y un depravado? Escucha a Cristo que dice: No juzguen y no se los juzgará. Tú hazlo por Dios. Pero ¿qué es lo que digo? Aunque al que viéramos en apuros fuera un pagano cualquiera, nuestra obligación es ayudarlo; y, para decirlo de una vez, debemos socorrer a todo hombre a quien hubiera ocurrido una desgracia: ¡con mayor razón a un fiel laico! Oye lo que dice san Pablo: Trabajemos por el bien de todos, especialmente por el de la familia de la fe. De hecho, el que pretende favorecer únicamente a los que viven en soledad y dijera, examinándolos con curiosidad: «Si no es digno, si no es justo, si no hace milagros, no lo ayudo», ya ha quitado a la limosna buena parte de su mérito; más aún, poco a poco le irá quitando hasta ese poco que le resta. Por tanto, es también limosna la que se hace tanto a los pecadores como a los reos. La limosna consiste en esto: en compadecerse no de los que hicieron el bien, sino de los que pecaron. Y para que te convenzas de ello, escucha esta parábola de Cristo. Dice así: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que después de haberlo molido a palos, lo abandonaron en el camino herido y medio muerto. Por casualidad, un levita pasó por allí y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo; lo mismo hizo un sacerdote: al verlo, pasó de largo. Vino finalmente un samaritano y se interesó por él: le vendó las heridas, las untó con aceite, lo montó sobre su asno, lo llevó a la posada, y dijo al posadero: cuida de él. Y extremando su generosidad, añadió: Yo te daré lo que gastes. Después Jesús preguntó: ¿Cuál de éstos se portó como prójimo? Y el letrado qué contestó: El que practicó la misericordia con él, hubo de oír: anda, pues, y haz tú lo mismo. Reflexiona sobre el protagonista de la parábola. Jesús no dijo que un judío hizo todo esto con un samaritano, sino que fue un samaritano el que hizo todo aquel derroche de liberalidad. De donde se deduce que debemos atender a todos por igual y no sólo a los de la misma familia en la fe, descuidando a los demás. Así que también tú si ves que alguien es víctima de una desgracia, no te pares a indagar: tiene él derecho a tu ayuda por el simple hecho de sufrir. Porque si sacas del pozo al asno a punto de ahogarse sin preguntar de quién es, con mayor razón no debe indagarse de quién es aquel hombre: es de Dios, tanto si es pagano como si es judío: si es un infiel, tiene necesidad de tu ayuda[13]

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Francisco, Lumen Fidei, Nº 51.

[2] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica IIª-IIae, q 30 a 4c.

[3] J. J. Tamayo-Acosta, El ser humano, animal simbólico, Madrid 1995, pp. 98 ss. Adaptado y modificado.

[4] Tomado de: J. Castellano Cervera, Arte y espiritualidad en la liturgia,- la Capilla Redemptoris Mater del Vaticano; publicado originalmente en Phase, nosotros lo tomamos de www.mercaba.org

[5] L. Zoja, La morte dell prossimo, Roma 2009.

[6] Inspirado en: E Bianchi, Comunità monastica: solidarietà e condivisionewww.ritirifilosofici.it/?p

[7] Abismo que separa al sacerdote y al levita del herido y que el samaritano supera. En este aspecto Deuteronomio y Evangelio se iluminan recíprocamente.

[8] ¡Observemos que justamente estos son los sucesivos peldaños de la ‘lectio divina’!

[9] El § 1.4 tomado y adaptado de J.-N. Aletti, Romanos, en W. Farmer, A. Levoratti, S. McEvenue y D. L. Dungan (directores), Comentario Bíblico Internacional…, Estella (Navarra) 20054,  p. 1453.

[10] Cita tomada de L. Alonso Schökel-C. Carnitti,  Salmos I (Salmos 1-72), Introducción, traducción comentario, Estella (Navarra) 1992, pp.899-900.

[11] San Juan Damasceno, I libri della Bibbia interpretati dalla grande tradizione, Bolonia 2000, pp. 18 y 23. Todo este comentario a Colosenses está tomado de: Juan Pablo II, Audiencia del 24-11-2004, adaptado.

[12] J. Ratzinger,- Benedicto XVI -, Jesús de Nazaret,-  Primera Parte: Desde el Bautismo a la Transfiguración, (Traducción de C. Bas Álvarez), Madrid, México, Buenos Aires 20071, pp. 235-243. Abreviado y levemente adaptado. La numeración y los encuadres y subrayados, son nuestros. Es muy útil leer de Deus caritas est,  sobre todo los Nos12-15; 25 y 31.

[13] San Juan Crisóstomo, Homilía 10 sobre la carta a los Hebreos 6,4: PG 63, 88-89. Juan (344-407) nació en Antioquía, hijo de Secundus, alto funcionario del Imperio, que murió prematuramente, dejando una viuda de veinte años, Anthusa, la cual, sin pensar en un segundo matrimonio, se consagró a la educación de su hijo único. En su ciudad natal fue alumno del célebre retórico Libanio. Luego, aunque simple catecúmeno, se inició en el estudio de las Sagradas Escrituras bajo la dirección de Diódoro, futuro Obispo de Tarso, en compañía de Teodoro, el futuro Obispo de Mopsuestia. Bautizado, conforme a la costumbre de la época, cumplidos ya los 20 años de edad, y casi inmediatamente después ordenado lector por Melesio, Obispo de Antioquía, soñaba en la vida eremítica. El mismo cuenta que consintió en prescindir de tal proyecto en atención a su madre, la cual le suplicó no dejara viuda una segunda vez. Sin embargo, su ciencia y su virtud atraían ya la atención del clero y del pueblo cristiano: desde el año 373 se quiso hacerlo Obispo.

Para librarse de este honor a la vez que cediendo a su gusto personal, y habiéndolo dejado en libertad la muerte de su madre, se fue al desierto. Cuatro años en un monasterio, luego dos años en una caverna, totalmente solitario, pronto quedó arruinada por las austeridades una salud de suyo débil.  Obligado, por este motivo, a volver a Antioquía, allí fue ordenado Diácono (año 38I); algunos años más tarde, sacerdote, y encargado especialmente de la predicación (año 386). Después de largos tanteos (a los 42 años de edad), por fin había encontrado su verdadero camino.

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