Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

DÉCIMO TERCER DOMINGO DURANTE EL AÑO,

Ciclo “C”

30 de junio 2013

 

Camino de Galilea a Jerusalén hoy en día

[Fotografía: Bargil Pixner]

Introducción

 

Las lecturas bíblicas de la misa de este domingo nos invitan a meditar en un tema fascinante, que se puede resumir así: libertad y seguimiento de Cristo. El evangelista san Lucas relata que Jesús, cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, se dirigió decididamente a Jerusalén (Lc 9,51). En la palabra ‘decididamente’ podemos vislumbrar la libertad de Cristo, pues sabe que en Jerusalén lo espera la muerte de cruz, pero en obediencia a la voluntad del Padre se entrega a sí mismo por amor.

En su obediencia al Padre Jesús realiza su libertad como elección consciente motivada por el amor. ¿Quién es más libre que él, que es el Todopoderoso? Pero no vivió su libertad como arbitrio o dominio. La vivió como servicio. De este modo “llenó” de contenido la libertad, que de lo contrario sería sólo la posibilidad “vacía” de hacer o no hacer algo. La libertad, como la vida misma del hombre,  cobra sentido por el amor. En efecto, ¿quién es más libre? ¿Quien se reserva todas las posibilidades por temor a perderlas, o quien se dedica ‘decididamente’ a servir y así se encuentra lleno de vida por el amor que ha dado y recibido?

El apóstol san Pablo, escribiendo a los cristianos de Galacia, en la actual Turquía,  dice: Hermanos, ustedes han sido llamados a la libertad; pero no hagan de esa libertad un pretexto para vivir según la carne; antes al contrario, sírvanse por amor los unos a los otros (Ga 5, 13). Vivir según la carne significa seguir la tendencia  egoísta de la naturaleza humana. En cambio, vivir según el Espíritu significa dejarse guiar en las intenciones y en las obras por el amor de Dios, que Cristo nos ha dado.

Por tanto, la libertad cristiana no es en absoluto arbitrariedad; es seguimiento de Cristo en la entrega de sí hasta el sacrificio de la cruz. Puede parecer una paradoja, pero el Señor vivió el culmen de su libertad en la cruz, como cumbre  del amor. Cuando en el Calvario le gritaban: Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz, demostró su libertad de Hijo precisamente permaneciendo en aquel patíbulo para cumplir a fondo la voluntad misericordiosa del Padre.

Muchos otros testigos de la verdad han compartido esta experiencia: hombres y mujeres que demostraron que seguían siendo libres incluso en la celda de una cárcel, a pesar de las amenazas de tortura. La verdadlos hará libres. Quien  pertenece a la verdad, jamás será esclavo de algún poder, sino que siempre  sabrá servir libremente a los hermanos[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Primer libro de los Reyes 19,16b. 19-21

 

1.1.- El profeta Elías llama a Eliseo para que lo acompañe. El gesto simbólico del manto significa ese nuevo estado. Eliseo acepta, pero pide un plazo para cumplir con su deber filial. ¿Sera éste el signo de que no está disponible para la función profética? Eliseo, aparentemente, vuelve a su casa, no para decir adiós a sus padres, sino para inmolar los bueyes de los que ya no tendrá necesidad a partir de ahora, completamente libre, sigue a Elías al instante. (El Salmo responsorial (16[15]) bien podría ser su oración). Eliseo se convierte en servidor del profeta y más tarde lo sucederá.

 

1.1.1.- Lucas, en el evangelio de hoy, se ha inspirado por partida doble en los relatos sobre Elías -el fuego del cielo y la vocación de Eliseo- para mostrar de nuevo a Jesús como el nuevo Elías. El último de los tres candidatos a discípulo recuerda la pregunta de Eliseo. En su respuesta, por otra parte, Jesús le habla del “arado” alusión a Eliseo, el labrador. Como Elías, Jesús plantea las tres peticiones: ¡El reino de Dios, más aún que la función profética, no espera: es hoy![2]

 

1.2.- Sabemos que la misión de Elías se desarrolló en el reino de Israel (el reino del Norte) en el siglo 9º a. C, teniendo un gran papel en reconducir al Pueblo de Dios al Señor, apartándolo del culto a Baal. Duramente perseguido, reemprende su actividad después de  una fuerte experiencia de Dios sobre el monte Horeb (1Re 19,19-14). Entre otras cosas Dios le señala a aquel que continuará su misión: a Eliseo,- y este es el punto en que entramos en la atmósfera de nuestra Lectura -, un agricultor acomodado, ya que estaba arando nada menos que con doce yuntas de bueyes.   Detrás de este hecho es muy probable que se esconda todo un mensaje. Eliseo está arando, preparando la tierra para recibir la semilla: su nueva misión consistirá en “preparar/arar” una nueva tierra,- ¡Israel! -, disponiéndolo a recibir la semilla de la Palabra. Es como si Elías le dijera: “sígueme, te haré arador del pueblo”.

 

1.2.1.- Su llamada no se produce mediante una visión/audición ni tampoco mediante una teofanía,- como es el caso de otros profetas -, sino a través de un gesto simple y, al mismo tiempo, sumamente elocuente: Elías le echa encima su manto[3]. Con este manto el Tisbita se había tapado el rostro ante el paso del Señor en lo alto del Horeb/Sinaí (1Re 19,13). Con él golpeó las aguas del Jordán dividiéndolas en dos (2Re 2,8) y, llegado el momento de su misteriosa ascensión al cielo, se lo dejará a Eliseo, quien a su vez repetirá de inmediato el prodigio de dividir las aguas del Jordán (2Re 2,13-14). El manto simboliza el papel, la misión y el poder de Elías, transferidos a Eliseo. Con este gesto Elías “reviste” (por algo entre nosotros se habla de ‘investidura’) a Eliseo con su propia misión. De hecho pareciera que este gesto reemplaza al de la “unción” de la que hablaba el v. 16: a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá, lo ungirás profeta en lugar de ti. Después de arrojarle el manto, Elías no se detiene, como mostrando la urgencia del seguimiento, tanto que Eliseo debe correr detrás suyo para darle alcance y pedir ir a despedirse de los suyos. La respuesta del Tisbita no es del todo clara, en todo caso subraya la urgencia de la llamada y otorga el permiso. Eliseo no duda, se compromete plenamente con su nueva misión, cortando los puentes, “quemando las naves”: ya no arará más, por eso con dos de los bueyes, el arado y los arneses preparará  un “sacrificio de comunión” [algo así como un asadito compartido con los pobres en presencia de Dios] que oficia de despedida…

 

1.3.- El relato es arto sobrio pero revela muchas cosas. La llamada (que el evangelio del día nos invita a entender como una “llamada al discipulado”), aquí aparece como un ser revestido con una indumentaria nueva, asumiendo una nueva identidad. Pero Eliseo no va a su guardarropa a buscar qué ponerse, no sólo no elige, sino que se pone la ropa de otra persona. ¡A alguno le parecerá una despersonalización inaceptable y alienante! Y, sin embargo, la estructura de la vida cristiana, y, previamente, la de la vida humana es así. La elección al discipulado es primariamente de Dios, la nuestra viene recién en segunda instancia, es una “respuesta”, por algo hablamos de haber sido ‘llamados’: no me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegía ustedes (Jn 15,16). Nosotros somos elegidos de Dios (1Tes 1,4). Esto es así también respecto al simple hecho de existir: no nos llamamos a nosotros mismos a la existencia, nuestra respuesta a la vida viene recién a continuación…

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 15[16],1-2a. 5. 7-11

 

2.1.- “Tenemos la oportunidad de meditar en un salmo de intensa fuerza espiritual. (…) A pesar de las dificultades del texto, que el original hebreo pone de manifiesto sobre todo en los primeros versículos, el salmo 15 es un cántico luminoso, con espíritu místico, como sugiere ya la profesión de fe puesta al inicio: Mi Señor eres tú; no hay dicha para mí fuera de ti. (v. 2). Así pues, Dios es considerado como el único bien. Por ello, el orante opta por situarse en el ámbito de la comunidad de todos los que son fieles al Señor: [En] cuanto a los santos que están en la tierra, son mis príncipes, en los que tengo mi complacencia (v. 3). Por eso, el salmista rechaza radicalmente la tentación de la idolatría, con sus ritos sanguinarios y sus invocaciones blasfemas (v. 4). Es una opción neta y decisiva, que parece un eco de la del salmo 72, otro canto de confianza en Dios, conquistada a través de una fuerte y sufrida opción moral: ¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra? (…) Para mí lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio” (Sal 72,25. 28).

 

2.2.- El salmo 15 desarrolla dos temas, expresados mediante tres símbolos. Ante todo, el símbolo de la “heredad”, término que domina los versículos 5-6. En efecto, se habla de lote de mi heredad, copa, suerte. Estas palabras se usaban para describir el don de la tierra prometida al pueblo de Israel. Ahora bien, sabemos que la única tribu que no había recibido un lote de tierra era la de los levitas, porque el Señor mismo constituía su heredad. El salmista declara precisamente: El señor es el lote de mi heredad. (…) Me encanta mi heredad (Sal 15,5-6). Así pues, da la impresión de que es un sacerdote que proclama la alegría de estar totalmente consagrado al servicio de Dios.

San Agustín comenta:

El salmista no dice: “oh Dios, dame una heredad. ¿Qué me darás como heredad?”, sino que dice: “todo lo que tú puedes darme fuera de ti, carece de valor. Sé tú mismo mi heredad. A ti es a quien amo”. (…) Esperar a Dios de Dios, ser colmado de Dios por Dios. Él te basta, fuera de él nada te puede bastar (Sermón 334, 3: PL 38, 1469).

 

2.3.- El segundo tema es el de la comunión perfecta y continua con el Señor. El salmista manifiesta su firme esperanza de ser preservado de la muerte, para permanecer en la intimidad de Dios, la cual ya no es posible en la muerte (ver Sal 6,6; 87,6). Con todo, sus expresiones no ponen ningún límite a esta preservación; más aún, pueden entenderse en la línea de una victoria sobre la muerte que asegura la intimidad eterna con Dios.

Son dos los símbolos que usa el orante. Ante todo, se evoca el cuerpo: los exégetas nos dicen que en el original hebreo (Sal 15,7-10) se habla de riñones, símbolo de las pasiones y de la interioridad más profunda; de “diestra”, signo de fuerza; de “corazón”, sede de la conciencia; incluso, de “hígado”, que expresa la emotividad; de “carne”, que indica la existencia frágil del hombre; y, por último, de “soplo de vida”.

Por consiguiente, se trata de la representación de “todo el ser” de la persona, que no es absorbido y aniquilado en la corrupción del sepulcro (leer v. 10), sino que se mantiene en la vida plena y feliz con Dios.

 

2.4.- El segundo símbolo del salmo 15 es el del “camino”: Me enseñarás el sendero de la vida (v. 11). Es el camino que lleva al “gozo pleno en la presencia” divina, a “la alegría perpetua a la derecha” del Señor. Estas palabras se adaptan perfectamente a una interpretación que ensancha la perspectiva a la esperanza de la comunión con Dios, más allá de la muerte, en la vida eterna.

 

2.4.1.- En este punto, es fácil intuir por qué el Nuevo Testamento asumió el salmo 15 refiriéndolo a la resurrección de Cristo. San Pedro, en su discurso de Pentecostés, cita precisamente la segunda parte de este himno con una luminosa aplicación pascual y cristológica: Dios resucitó a Jesús de Nazaret, librándole de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio. (Hch 2,24).

San Pablo, durante su discurso en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, se refiere al salmo 15 en el anuncio de la Pascua de Cristo. Desde esta perspectiva, también nosotros lo proclamamos: No permitirás que tu santo experimente la corrupción. Ahora bien, David, después de haber servido en sus días a los designios de Dios, murió, se reunió con sus padres y experimentó la corrupción. En cambio, aquel a quien Dios resucitó -o sea, Jesucristo-, no experimentó la corrupción. (Hch 13,35-37)”[4].

 

 

Segunda Lectura: Gálatas 5,1. 13-18

 

3.1.- Para un judío, la gracia de Dios no es incompatible con la circuncisión, porque Cristo asume a su propio pueblo con todas sus tradiciones (por eso Pablo llegó al extremo de circuncidar a Timoteo, que era judío). Pero si un no-judío, después de haberse bautizado, cree que necesita la circuncisión para salvarse, demuestra no creer en el don que Cristo le ha hecho: se autoexcluye de la gracia de Cristo. Y si se circuncida, pero después no cumple la ley (¡aquí sí que podríamos hacer aplicaciones!), la cosa es todavía peor. La libertad es, pues, una vocación.

Después de haber pronunciado varias veces palabras como «libre» “libertad”, «liberar», Pablo se acuerda del sentido que el hombre “carnal” (en general, inclinado al pecado) da a estas palabras, y hace una serie de precisiones que el cristiano maduro daba ya por supuestas: que no se trata de la libertad como pretexto, sino de la libertad profunda, la que da el Espíritu de Dios.

Porque la excusa de la libertad la hacemos servir precisamente cuando somos menos libres, cuando no nos sentimos con fuerzas para hacer (o para pedir a Dios) que nuestra razón y nuestra voluntad más profunda triunfen en nuestra vida. En cambio, la libertad que da el Espíritu es una superioridad, apoyada en Dios, ante todos los acontecimientos de la vida; es la capacidad de encontrar el lado bueno de todas las cosas y, por eso, es amor, alegría, paz, magnanimidad… Dicho en otras palabras: es el instinto de aceptar aquello que Dios quiere de nosotros, sin necesidad de que ninguna ley nos lo imponga[5].

 

 

Evangelio: san Lucas 9,51-62

 

4.1.- En el camino a Jerusalén, Dios salva (9,51-19,27)

El largo viaje a Jerusalén es una composición particular de Lucas, pero solamente por la longitud que le concede y los estribillos que lo jalonan. Porque en Mc y en Mt Jesús también sube a Jerusalén, pero su relato es breve (Mc 10 Y Mt 19-20). A partir de 18,15, Lucas comenzará a seguir a Mc. Sin embargo, en los diez capítulos del viaje hacia Jerusalén, Lucas reúne material evangélico (relatos y discursos) tomado en parte de Mc, en parte de la «Recopilación de palabras» y en parte de una fuente propia.

Entre los estribillos que jalonan este viaje, los tres más importantes, variaciones sobre «encaminarse hacia Jerusalén», están en 9,51; 13,22 Y 17,11. No delimitan tres etapas geográficas claras, ya que Lucas es voluntariamente impreciso. ¿Cómo caracterizar las tres secciones del camino? Dado que el material evangélico habla abundantemente del reino de Dios, hagamos la selección tomando tres características del Reino en las palabras de Jesús:

– el Reino está cerca, ya está aquí,

– el Reino desconcierta a los que pensaban tener derecho a él,

– el Reino subvierte los valores demasiado humanos.

 

4.2.- Pero el gran tema -propio de Lucas- que domina todo el camino es que Dios salva al que está perdido. El verbo «salvar» aparece cinco veces, y la palabra «salvación» una, mientras que este vocabulario estará ausente en la parte siguiente: la actividad de Jesús en Jerusalén.

¿Dónde termina este largo relato del viaje? Algunos se inclinan por 19,46, después de la entrada de Jesús en el Templo. Otros abogan por 19,27, justo antes de la entrada. La solución reside sin duda también en la técnica del «enlazado» utilizada por Lucas: los versículos 28-46 son a la vez la conclusión del viaje y la introducción de la parte siguiente.

 

4.3.-Condiciones para seguir a Jesús (9,51-62).

En su aldea, Jesús había sido rechazado porque rehusaba dejarse acaparar por los suyos. Había tenido para ellos palabras provocadoras. Al comienzo de su subida, Jesús es rechazado por una aldea samaritana y, de nuevo, responde provocadoramente a aquellos que querían seguirle.

 

4.4.-Lectura de conjunto. El principio es solemne (v. 51).

La extraña expresión «endureció su rostro para encaminarse a Jerusalén» se corresponde con las respuestas de Jesús a tres voluntarios para que también ellos endurezcan su compromiso si quieren acompañarlo (vv. 57-62). En medio, la reacción de Santiago y de Juan permite a Jesús mostrar cuál es el endurecimiento, que él no quiere de ninguna manera, la violencia en nombre de Dios (vv. 54-55).

 

 

Al hilo del texto.

 

4.4.1.- De forma solapada, en los vv. 51-53 se encuentran los temas del cumplimiento del tiempo y del arrebatamiento (como el de Elías en 2 Re 2,9-11), otra manera de designar el «éxodo» de Jesús en Jerusalén del que hablaba con Elías y Moisés. Lucas concede mucha importancia a Jerusalén: esto se aprecia ya en el evangelio de la infancia y en el orden de las tentaciones. Como eco del v. 51 tenemos en el v. 53: «Su rostro encaminándose a Jerusalén»: será el lugar del cumplimiento del paso de Jesús a la gloria. Será también el punto de partida de la misión de la Iglesia en el libro de los Hechos.

 

4.4.2.- Jesús envía mensajeros «delante de su rostro» (término que aparece tres veces en los vv. 51-53). La cita de Mal 3,1 está implícita (también para Juan en 1,76): los mensajeros de Jesús son como el mensajero que Dios quería enviar para preparar su camino y su llegada al Templo.

 

4.4.3.- Un judío no pedía acogida a los samaritanos. Jesús da muestras de apertura a los enemigos. Santiago y Juan se refieren quizá al fuego del cielo que hizo caer Elías (2 Re 1,9-12), pero aunque Lucas ve en Elías una figura de Jesús, no está dispuesto a asumirlo sin matices. Invita así a su lector Cristiano a no apelar a la venganza divina sobre aquellos que rechazan a Cristo.

 

4.4.4.- La respuesta de Jesús al primer voluntario que quiere seguirlo (vv. 57-58), indica solamente que no tiene ni domicilio estable ni esposa. La segunda respuesta (vv. 59-60) parece contradecir el mandamiento de honrar a los padres (Ex 20,12); de hecho muestra, una vez más, la urgencia de anunciar el reino de Dios y la angustia de Jesús ante todos los miembros del pueblo elegido por Dios que siguen sordos y como «muertos». Para el tercer voluntario, Lucas alude a la historia de Elías, pero la exigencia evangélica es mayor, puesto que el antiguo profeta dio una respuesta poco clara a Eliseo (1 Re 20,19-21).

Jesús parece utilizar una táctica de desaliento para probar la seriedad de la vocación de aquellos que se preparan para seguirlo. Es también una advertencia de Lucas contra algunos cristianos «entusiastas» de su tiempo.

Lucas acaba así de evocar dos veces el trabajar por el «reino de Dios» (vv. 60 y 62), lo que prepara la escena siguiente: el envío de los setenta y dos[6].

 

 

Los Maestros de la fe nos enseñan

 

“Cada uno de nosotros es su propio agricultor puesto que posee como tierra su alma, que debe rejuvenecer trabajándola con el arado espiritual y guiando los bueyes que trabajan a partir de la Escritura perfectamente pura. Así rejuvenecerá su alma envejecida por causa de la mucha pereza del pasado, que produjo cantidad de mal y de obras estériles; una vez arrancado todo eso con el arado del Verbo y después de haber dejado su alma en barbecho, entonces sembrará tomando de la enseñanza divina las semillas de la Ley, de los Profetas, del Evangelio, lo que acontece cuando repasa la Escritura en su memoria e intenta ponerla en práctica. Es por eso que el Dios de todas las cosas dice asimismo por boca de Jeremías: Rejuvenezcan su tierra con nuevos cultivos y no siembren espinas (Jr 4,3)…”[7].

 

Elías llamando a Eliseo

[Eric de Saussure, ilustración de la Bible de Jerusalem]

pmaxalexander@gmail.com


[1] Benedicto XVI, Ángelus  1º de julio 2007.

[2] Este primer párrafo lo hemos adaptado de: É. Cothenet – Ph. Gruson, M. Sevin – R. Varro y C. Wiéner, Las primeras lecturas del domingo del tiempo ordinario, Estella (Navarra) 1999 (CB 110), p. 54.

[3] Pensemos en el conocido gesto de Pablo VI que cuando visitaba Venecia, el año 1972, impuso “proféticamente” su estola sobre la espalda de Albino Luciani,- en aquel momento patriarca de Venecia y futuro Papa. En nuestras latitudes, el padre Salvaire,- constructor de la basílica de Luján -, relata en su diario cómo el cacique Calfulcurá le salvó la vida cuando estaba visitando sus tolderías, arrojándole su poncho y así cubriéndolo con él, gesto que equivalía a decir: “el que toca a Salvaire me toca a mí, porque está revestido con mi poncho”.  Cf. M. Hux (ed.), El diario del Padre Salvaire, Buenos Aires 1980, p. 37.

[4] Juan Pablo II, Audiencia general del 28 de julio 2004. Levemente adaptada.

[5] J. Sánchez Bosch, La Biblia día a día, -Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas-, Madrid 1981, pp. 258 s.  Tomada y adaptada de: www.mercaba.org

[6] Y. Saoot, Evangelio de Jesucristo según san Lucas, Estella (Navarra) 2007(CB 137), pp. 50-52. Levemente adaptado.

[7] Orígenes, Homilías sobre san Lucas, fragmento 68 (SCh 62, Paris 1962, p. 517. Orígenes nació hacia el 185 en una familia cristiana de Alejandría, su padre murió mártir durante la persecución de Severo (202). Como su patrimonio había sido confiscado por la administración imperial tuvo que dedicarse a la enseñanza para subsistir y sostener a su familia. Se le confió la escuela de catecúmenos de Alejandría, que dirigió llevando una vida ejemplar. Durante el período que va del 203 al 231, en que dirigió dicha escuela, viajó a Roma, Arabia y a Palestina con ocasión del saqueo de Alejandría por Caracalla. Ordenado sacerdote de paso por Cesárea. Demetrio de Alejandría, quien según Eusebio, movido por la envidia, convocó un sínodo en el que, argumentando que un castrado no podía recibir la ordenación sacerdotal, excomulgó a Orígenes. En el 231 otro sínodo lo depuso del sacerdocio. A la muerte de Demetrio (232), Orígenes regresó a Alejandría, pero Heracles, el nuevo obispo,- ¡antiguo discípulo suyo! -, renovó la excomunión. Ante aquella situación Orígenes partió a Cesárea de Palestina, comenzando así una etapa distinta de su vida, pues el obispo de esta ciudad lo invitó a fundar allí una [nueva] escuela de teología. Hacia el 244 volvió a Arabia, logrando convencer al obispo de Bostra, Berilo, del error de su monarquianismo. Tras pasar por numerosas penalidades durante la persecución de Decio, murió en Tiro el año 253.

“(…) Los invito a acoger en su corazón la enseñanza de [Orígenes] este gran maestro en la fe, el cual nos recuerda con entusiasmo que, en la lectura orante de la Escritura y en el compromiso coherente de la vida, la Iglesia siempre se renueva y rejuvenece. La palabra de Dios, que ni envejece ni se agota nunca, es medio privilegiado para ese fin. En efecto, la palabra de Dios, por obra del Espíritu Santo, nos guía continuamente a la verdad completa. Pidamos al Señor que nos dé hoy pensadores, teólogos y exégetas que perciban estas múltiples dimensiones, esta actualidad permanente de la sagrada Escritura, su novedad para hoy”. (§ tomado de la catequesis sobre Orígenes de Benedicto XVI, 25-04-2007).

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