Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

DOMINGO ONCEAVO DURANTE EL

TIEMPO,

Ciclo “C”

15-16 de junio 2013

 

 

Jesús, los apóstoles, el fariseo y la “pecadora”

[Códice Sangallense 402, siglo 14:  www.cesg.unifr.ch ]

 

Introducción

El episodio evangélico que la liturgia nos presenta en este domingo nos interpela, pues estamos ante una enseñanza central de Jesús, que debería crear en nosotros una mirada distinta, su mirada.- que es la de Dios -, para justipreciar los acontecimientos cotidianos. El actuar de Jesús siempre muestra y demuestra que Dios ama a los pecadores, sobre todo a los pecadores tenidos y reconocidos como tales por los demás. ¿Pero cuál es el motivo de la preferencia de Jesús por la compañía de los pecadores públicos y manifiestos? Quienes pecan a escondidas jamás son espoleados a convertirse gracias a los reproches de los otros, porque siguen siendo estimados por aquello que de ellos aparece externamente: ¡por las apariencias!, ¡por el personaje!; por el contrario, aquel que es un pecador público se ve constantemente expuesto a reproches, reprimendas y censuras, y de esta manera se ve inducido a un cambio.

Gracias al arrepentimiento que nace de un corazón quebrantado y humillado (Sal 51,19) se hace sensible a la presencia de Dios, que no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 18,23). He ahí porqué Jesús ha declarado: no son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos, no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores (Mc 2,17); y también: los publicanos y las prostitutas los precederán en el Reino de Dios (Mt 21,31). Jesús reprocha a cuantos se creen justos y no se saben solidarios con los demás seres humanos, y hasta llegan a enorgullecerse de tal “separación”, como aquel fariseo retratado en otra parábola (cf. Lc 18,9-14), ellos agradecen a Dios por la propia justicia, por no ser como esos despreciados y despreciables publicanos y prostitutas…, y así ocurre por no querer reconocerse pecadores, necesitados del perdón y del amor de Dios… Esto es precisamente lo que hace Simón el fariseo, y lo que también nosotros,- ¡una y otra vez! -, tenemos la tentación de hacer…

Dice Isaac, Padre de la Iglesia siríaca:

Quien conoce sus propios pecados es más grande que el que con sus oraciones resucita a los muertos…

Quien llora una hora por su propio pecado es más grande que aquel que instruye al mundo entero.

Quien reconoce la propia debilidad es más grande que aquel que contempla a los ángeles[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Primer Libro de Samuel 12,7b-10. 13

 

1.1.- Nuestra primera lectura es harto breve y su comprensión se resiente por tal brevedad; para no comenzar de manera más brusca aun, se ha dejado de lado la primera frase del versículo 7: Ese hombre eres tú, palabras que serían ininteligibles sin el contexto obtenido por la lectura de la breve parábola (12,1-6) que Natán  relata a David para despertar en él el deseo de hacer justicia, induciéndolo así a reconocerse a sí mismo en el culpable de la parábola. A su vez, la comprensión de la parábola presupone el conocimiento de la entera historia del pecado de David con Betsabé (capítulo 11).

 

1.2.- ¿Cuál es la presentación del pecado en este texto?  El de un “desprecio” al Señor y todo cuanto ha hecho y dicho: ¿Por qué has despreciado la palabra del Señor? (v. 9). Tal pregunta viene a continuación del elenco de todo lo obrado por Dios en favor de David, de sus tantísimos dones. Es evidente entonces que‘palabra’ (en el texto hebreo de este v. 9: ‘dabar’)[2], debe entenderse ante todo, como ‘acontecimiento’/hecho: ¿Por qué has despreciado lo realizado/lo hecho por el Señor? Lo que Natán le reprocha a David es que se haya olvidado, y no haya tenido en cuenta todo lo realizado por el Señor en su favor,  actuando como si se las hubiera arreglado solito en la vida.  Ciertamente que unida a estas acciones beneficiosas de Dios en favor de los seres humanos, está su Palabra, que no sólo clarifica el sentido de los acontecimientos, sino que prescribe con toda precisión cuál es el camino del bien y cuál el del pecado. Por tanto, también se ha “despreciado” su Palabra.

 

1.3.- Todo esto significa despreciar al Señor mismo (v. 10: me has despreciado), olvidarlo, demostrando  que no se lo aprecia, no se lo valora, por ser quien es: ¡imposible pretender honrar y valorar a alguien, cuando no se toma en cuenta lo que hace, dice y prescribe! Todo pecado pone de manifiesto una falta de gratitud hacia Dios y sus dones,  una pérdida de confianza en y hacia Él.

De por sí tales acciones producen la muerte de quienes las realizan, y es natural que así sea: ¡quien busca vida allí donde no la hay no puede más que hallar muerte! No nos apresuremos demasiado en desmentirlo, recurriendo al Nuevo Testamento, que en realidad confirma esta doctrina (por ej. Lc 13,1-5: Se lo aseguro,…, si ustedes no se convierten perecerán todos de la misma manera…).

A pesar de todo, David reconoce con toda franqueza su propia culpa: no busca justificativos y confiesa: ¡he pecado contra el Señor!  Notemos que no expresa arrepentimiento, al menos  no explícitamente,  sino que sencillamente reconoce su pecado. Ciertamente que ambas cosas están tan estrechamente relacionadas entre sí que son prácticamente inseparables, a tal punto, que quién se declara pecador abomina de su pecado, y quien no abomina de él y se arrepiente, ni siquiera consentirá en admitir la existencia de un verdadero pecado.

 

1.4.- El reconocimiento leal y franco de David, logra ver quebrado el poder mortífero del pecado: tú no morirás (v. 13). La admisión de culpabilidad lo salva, porque al comprobarla  el Señor  “hace-migrar”/“ya-no-le-presta-atención” al pecado, ya no lo mira (ese es el sentido del verbo hebreo usado en el v. 13 para decir:borrar/perdonarel Señor, por su parte, ha borrado tu pecado),  sino que ‘mira’ tu humillación. A los ojos de Dios te has convertido en un necesitado que pide ayuda y su magnanimidad no le permite permanecer insensible.  Cuando el Señor le presta atención a tu pecado, significa que conserva toda su capacidad mortífera: si tomas en cuenta las culpas, ¿quién podrá subsistir? (Sal 129[130],3). Ahora, en cambio, se le niega a la muerte el derecho de apoderarse del pecador. No obstante, el pecado tendrá efectos negativos. David experimentará los amargos frutos del mal bajo tres aspectos: Mataste a Urías con la espada de los Amonitas,  la espada nunca más se apartará de tu casa (v. 9); arrebataste la  mujer de otro, otro se apoderará de las tuyas (vv. 11-12, no incluidos en la lectura); y finalmente, el fruto del adulterio morirá (v. 14, que tampoco se incluyó).

 

1.5.- Puede turbarnos y perturbarnos, pero el mal produce sus frutos, aun el mal perdonado por Dios. El perdón de Dios no es una esponja que lo cancela todo, resolviendo mágicamente la situación. El pecado tiene sus consecuencias, dentro y fuera nuestro, que es necesario saber cargar y gestionar. Tampoco en este terreno pensemos que con el Nuevo Testamento todo esto quedó abolido: ¿Cómo no quedar profundamente turbados ante el Cordero de Dios que cargó sobre sí el pecado y sus consecuencias? ¡Sólo la locura del amor hasta el extremo, hasta la Cruz, nos permite vislumbrar las tremendas consecuencias del Pecado!  Ciertamente la muerte ha sido derrotada: ¿Dónde está muerte tu victoria, dónde tu aguijón…?, pero conserva aun cierto poder: será el último enemigo en caer vencido (Leer 1Cor 15,20-26).

¡En estos pocos versículos, la aurora de la Buena Noticia de Jesús ya despunta: el culpable busca ser perdonado, el miedo se muda en confianza y la Vida le pone límites a la muerte!

 

 

Salmo Responsorial: 31[32], 1-2. 5. 7. 11

 

2.1.- Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado. Esta bienaventuranza, con la que comienza el salmo 31, nos hace comprender inmediatamente por qué la tradición cristiana lo incluyó en la serie de los siete salmos penitenciales. Después de la doble bienaventuranza inicial  no encontramos una reflexión genérica sobre el pecado y el perdón, sino el testimonio personal de un convertido. (…)

 

2.2.- Nos limitamos ahora a comentar algunos elementos de esta composición. Ante todo, el orante describe su dolorosísima situación de conciencia cuando “callaba” (v. 3): habiendo cometido culpas graves, no tenía el valor de confesar a Dios sus pecados. Era un tormento interior terrible, descrito con imágenes impresionantes. Sus huesos casi se consumían por una fiebre desecante, el ardor febril mermaba su vigor, disolviéndolo; y él gemía sin cesar. El pecador sentía que sobre él pesaba la mano de Dios, consciente de que Dios no es indiferente ante el mal perpetrado por su criatura, porque él es el custodio de la justicia y de la verdad.

 

2.3.- El pecador, que ya no puede resistir, ha decidido confesar su culpa con una declaración valiente, que parece anticipar la del hijo pródigo de la parábola de Jesús (Lc 15, 18). En efecto, ha dicho, con sinceridad de corazón: Confesaré al Señor mi culpa. Son pocas palabras, pero que brotan de la conciencia; Dios  responde  a ellas inmediatamente con un perdón generoso (Sal 31,5). (…). De este modo, delante de “todo fiel” arrepentido y perdonado se abre un horizonte de seguridad, de confianza y de paz, a pesar de las pruebas de la vida (Sal 31,6-7). Puede volver el tiempo de la angustia, pero la crecida de las aguas caudalosas del miedo no prevalecerá, porque el Señor llevará a su fiel a un lugar seguro: Tú eres mi refugio: me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación (v. 7).

 

2.4.- En ese momento, toma la palabra el Señor y promete guiar al pecador ya convertido. En efecto, no basta haber sido purificados; es preciso, luego, avanzar por el camino recto. Por eso, como en el libro de Isaías (Is 30,21), el Señor promete: Te enseñaré el camino que has de seguir (Sal 31,8) e invita a la docilidad. La llamada se hace apremiante, sazonada con un poco de ironía mediante la llamativa imagen del caballo y del mulo, símbolos de obstinación (v. 9). En efecto, la verdadera sabiduría lleva a la conversión, renunciando al vicio y venciendo su oscura fuerza de atracción. Pero lleva, sobre todo, a gozar de la paz que brota de haber sido liberados y perdonados.

Pablo, en la carta a los Romanos, se refiere explícitamente al inicio de este salmo para celebrar la gracia liberadora de Cristo (Rm 4,6-8). Podríamos aplicarlo al sacramento de la reconciliación. En él, a la luz del Salmo, se experimenta la conciencia del pecado, a menudo ofuscada en nuestros días, y a la vez la alegría del  perdón. En  vez del binomio “delito-castigo” tenemos el binomio “delito-perdón”, porque el Señor es un Dios que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado (Ex 34,7) (…)[3].

 

 

Segunda Lectura: Carta a los Gálatas 2,16.19-21

 

3.1.- LA TESIS DE LA CARTA a los GÁLATAS: Dios justifica a los judíos y a los paganos por la fe en Cristo (2, 15-21)

Los v 15-21 exponen la tesis central de la carta como prolongación de la disputa de Antioquía. El sentido general de los términos que emplea muestra efectivamente que más allá de unas circunstancias limitadas, el apóstol expone el corazón del evangelio según la revelación que de él ha recibido. Las oposiciones vigorosas, las suposiciones ab absurdo destinadas a resaltar la idea opuesta, manifiestan la profundidad de las convicciones de Pablo. Al mismo tiempo el apóstol nos manifiesta el secreto de su vida: una respuesta de fe apasionada en un amor sin límites. En un primer tiempo, conviene observar las articulaciones del texto y señalar sus términos característicos. Luego veremos cuál es el alcance teológico de este pasaje[4].

 

3.2.- LA CONSTRUCCION DEL TEXTO

El texto se divide en dos partes: los V 15-17 están bajo el signo del “nosotros” como si Pablo continuara su discusión con Pedro y quisiera subrayar su acuerdo en los puntos esenciales. A partir del v 18 se afirma el “yo” de Pablo: el “nosotros” forma parte de su propia experiencia de fe. (…)

 

3.3.- LA JUSTIFICACION POR LA FE

Para expresar la manera como somos justos delante de Dios Pablo empieza excluyendo una forma: ningún hombre es justificado por las obras de la Ley, (por observar la

Ley; v 16). Para ello se apoya en el Sal 143, 2, citado más explícitamente en Rom 3, 20, tras una larga serie de citas que tienden a probar la culpabilidad universal de los hombres, incluidos los justos: no llames a juicio a tu siervo, pues ningún hombre vivo es inocente frente a ti. De manera positiva el apóstol relaciona la justificación con la fe en Cristo, como si ninguna definición pudiera expresar toda la verdad del misterio recurre a tres fórmulas:

1) el hombre es justificado por-medio-de la fe en Jesucristo;

2) somos justificados a-partir-de la fe;

3)  Justificados en Cristo.

Si hay que buscar el valor propio de estas tres preposiciones diríamos que la justificación se deriva de la fe como el agua de la fuente, la fe es el medio del que Dios se sirve para justificar al pecador, finalmente es en la atmosfera de la fe donde se desarrolla toda la vida del hombre justificado.

Para Pablo, la fe es ante todo aceptación del mensaje de la cruz, como se ve en 3 1-2 pero es también tensión hacia, movimiento de todo el ser para alcanzar a Cristo, como indica el v 16: hemos creído en(preposición que indica movimiento = ‘hacia’) el Mesías Jesús» y el v 20: vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí. En un pasaje de su carta a los Filipenses, contemporánea a la de los Gálatas, Pablo expresa magníficamente esta tensión mística: Quiero así tomar conciencia de su persona, de la potencia de su resurrección y de la solidaridad con sus sufrimientos, reproduciendo en mi su muerte para ver de alcanzar como sea la resurrección de entre los muertos (Flp 3 10-11).

Lo que hace que la doctrina de Pablo sea difícil de comprender es que considera la justificación bajo dos aspectos. En su primer sentido, la justificación alude al acto de misericordia por el que Dios concede su gracia al pecador que tiene fe en Jesucristo: Dichosos los que están perdonados de sus culpas, a quienes le han sepultado sus pecados, dichoso el hombre a quien el Señor no le (tiene en) cuenta el pecado  (Rom 4 7-8, citando Sal 32, 1-2). Pero la justificación se extiende a toda la vida del creyente, por eso Pablo opone los que intentan obtener su propia justificación mediante paliativos de santidad (cf. Flp 3 9)  a los que descubren que la única justicia valida viene de Dios por la fe en Cristo. (…)

Para Pablo no existe una oposición entre fe y amor-agape. De una manera más general las formulas sobre la justificación que encontramos en los primeros capitulas de Gal (y de Rom) no deben separarse de la enseñanza que da luego, sobre todo en lo que se refiere al bautismo (Gal 3, 27) y al don del Espíritu Santo (Gal 4, 6, 5, 16-25). El acto por el que Dios nos justifica no es una simple sentencia de rehabilitación sino una “nueva creación” (Gal 6, 15). La intervención de Dios, la que da acceso la fe, consiste por tanto en una renovación espiritual del hombre por el Espíritu Santo que configura al bautizado con Cristo primogénito de una muchedumbre de hermanos (Rom 8,29), y le permite una vida auténticamente filial (Gal 4, 6). Es verdadque el bautizado sigue expuesto a los deseos de la carne, en cuanto que esta representa la voluntad de autonomía individual y amiga de placeres (Gal 5, 19-21), pero gracias al Espíritu puede llevar una vidaauténtica de hijo de Dios. En este punto, la doctrina de Pablo coincide plenamente con la de Juan: miren qué magnífico regalo nos ha hecho el Padre que nos llamemos hijos de Dios y además lo somos (1 Jn 3,1).

 

3.4.- VIVIR EN LA FE DEL HIJO DE DIOS QUE ME AMÓ…

Ya al comienzo de la carta Pablo habla aludido al sacrificio redentor: Jesús se entrego por nuestros pecados (1,4). Aquí se aplica esa fórmula de modo muy personal: el Hijo de Dios me amó y se entregó por mí. Estas formulas expresan el valor sacrificial de la muerte de Cristo. Se relacionan con el canto del siervosufriente (Is 53), leído según el texto de la traducción griega de los Setenta En efecto, encontramos allí tres veces el verbo ‘entregar’ (vv. 6 y 12 dos veces) y con la afirmación de que el sufrimiento del siervo tiene valor para la multitud (palabra que se emplea cinco veces entre Is 52,14 e Is 53,12). Hay un término que ha merecido especialmente la atención de Pablo: la muerte del siervo ha obtenido la justificación de la multitud (v. 11 según los Setenta). Realmente, a este texto fundamental para la doctrina de la justificación, Pablo le confiere a esta doctrina una tonalidad distinta subrayando el amor (agape) de Cristo (cf. Ap 1,5). Salimos del marco jurídico de la justificación para entrar en el terreno del amor gratuito. Este amor que se entrega/se da, es el modelo del amor fraterno al que Pablo invita a los Gálatas (5,13 y 6,2). Al igual que Juan, el Apóstol descubre así el misterio del amor manifestado en la cruz de Cristo. De objeto de horror y de signo de maldición la cruz se transforma en revelación del Amor[5].

 

 

Evangelio: San Lucas 7,36-8,3 [ó, más breve: 7,36-50]

 

4.1.- Jesús sabe que los fariseos y los doctores de la Ley, al rechazar el bautismo de Juan, “han rechazado el designio que Dios tenía sobre ellos” (7,30). Ahora bien, resulta que un fariseo lo invita a su mesa y que una pecadora reconoce en él -el amigo de publicanos y pecadores-a aquel por el cual le llega el perdón de Dios (episodio propio de Lucas).

 

4.2.- Lectura de conjunto.

+En una primera parte (vv. 36-39), cuando el marco se ha establecido (una comida en casa de un fariseo), tiene lugar un acontecimiento inesperado: una pecadora cubre de besos los pies de Jesús. Jesús permanece silencioso, pero el narrador nos comunica los pensamientos del fariseo: su invitado no puede ser un profeta.

+En la segunda parte del pasaje (vv. 40-43), Jesús cuenta la parábola de los dos deudores.

+En la tercera parte (vv. 44-50) aplica la parábola a la actitud de la mujer, pero dirigiéndose siempre al fariseo. Sólo será en la conclusión cuando se dirija directamente a la mujer y cuando el narrador nos informe de la presencia de otros invitados, que plantean la pregunta clave: ¿Quién es este hombre que hasta perdona los pecados?

 

4.2.1.- Al hilo del texto.

Según una hipótesis todavía válida (J. Jeremias), el fariseo ha invitado a Jesús porque este Maestro de paso habría predicado en la sinagoga; era una de las obras meritorias previstas en esta fraternidad, y la postura reclinada de los invitados sugiere una comida honorífica. El fariseo habría sido cuestionado por la predicación: ¿se encontraría en presencia de un profeta? Ante la ausencia de reacción  de Jesús, se inclina por la negativa, ya que un verdadero profeta conocería las realidades ocultas concernientes a las relaciones con Dios.

 

4.2.2.- Pero Jesús conocía los pensamientos ocultos del fariseo, el narrador no había revelado el nombre de éste, para mostrar que Jesús quiere ahora establecer una verdadera comunicación con Simón. La pequeña historia de los dos deudores ilustra el poder de las parábolas para evitar una confrontación brutal entre los interlocutores (aquí sobre el pecado), prolongando un acuerdo provisional sobre una situación desfasada de la realidad presente (aquí sobre el dinero), Sin embargo, el fariseo no quiere dejarse arrastrar demasiado lejos: Supongo que (v. 43).

 

4.2.3.- El verbo amar (vv42. 47) revela, detrás del griego, la influencia de la lengua aramea, que no tiene otra palabra para decir: mostrar reconocimientoagradecer. La parábola y el final del v, 47 obligan a entender que la mujer se sabía ya perdonada cuando entra en casa del fariseo, El v, 47 puede entenderse así: Si yopuedo declarar que sus muchos pecados han sido perdonados es porque veo que ella ha mostrado mucho reconocimiento (amado); así el v, 48 es una confirmación que Jesús da a la mujer: Han sido perdonados[pasivo divino] tus pecados [por Dios]. Pero es su fe en Jesús la que la «salva» (v, 50).

 

4.2.4.- Este último episodio del capítulo 7 de Lucas, confirma la diferencia entre Juan  Bautista y Jesús: la pecadora no habría ido a mostrar semejante reconocimiento al profeta del juicio[6].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. ¡Oh gracia inenarrable!, ¡oh inefable bondad! El es médico y cura todas las enfermedades, para ser útil a todos: buenos y malos, ingratos y agradecidos. Por lo cual, invitado ahora por un fariseo, entra en aquella casa. Accede prontamente a la invitación del fariseo, y lo hace con delicadeza, sin reprocharle su conducta: en primer lugar, porque quería santificar a los invitados, y también al anfitrión, a su familia y la misma esplendidez de los manjares; en segundo lugar, acepta la invitación del fariseo porque sabía que iba a acudir una prostituta y había de mostrar su ardiente anhelo de conversión, para que, deplorando ella sus pecados en presencia de los letrados y los fariseos, le brindara oportunidad de enseñarles a ellos cómo hay que aplacar a Dios con lágrimas por los pecados cometidos.

Y una mujer de la ciudad, una pecadora —dice—, colocándose detrás, junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas. Alabemos, pues, a esta mujer que se ha granjeado el aplauso de todo el mundo. Tocó aquellos pies inmaculados, compartiendo con Juan el cuerpo de Cristo. Aquél, efectivamente, se apoyó sobre el pecho, de donde sacó la doctrina divina; ésta, en cambio, se abrazó a aquellos pies que por nosotros recorrían los caminos de la vida.

Por su parte, Cristo —que no se pronuncia sobre el pecado, pero alaba la penitencia; que no castiga el pasado, sino que sondea el porvenir—, haciendo caso omiso de las maldades pasadas, honra a la mujer, encomia su conversión, justifica sus lágrimas y premia su buen propósito; en cambio, el fariseo, al ver el milagro queda desconcertado y, trabajado por la envidia, se niega a admitir la conversión de aquella mujer: más aún, se desata en improperios contra la que así honraba al Señor, arroja el descrédito contra la dignidad del que era honrado, tachándolo de ignorante: Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que le está tocando.

Jesús, tomando la palabra, se dirige al fariseo enfrascado en tal tipo de murmuraciones: Simón, tengo algo que decirte. ¡Oh gracia inefable!, ¡oh inenarrable bondad! Dios y el hombre dialogan: Cristo plantea un problema y traza una norma de bondad, para vencer la maldad del fariseo. El respondió: Dímelo, maestro. Un prestamista tenía dos deudores. Fíjate en la sabiduría de Dios: ni siquiera nombra a la mujer, para que el fariseo no falsee intencionadamente la respuesta. Uno —dice— le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, les perdonó a los dos. Perdonó a los que no tenían, no a los que no querían: una cosa es no tener y otra muy distinta no querer. Un ejemplo: Dios no nos pide otra cosa que la conversión: por eso quiere que estemos siempre alegres y nos apresuremos en acudir a la penitencia. Ahora bien, si teniendo voluntad de convertirnos, la multitud de nuestros pecados pone de manifiesto lo inadecuado de nuestro arrepentimiento, no porque no queremos sino porque no podemos, entonces nos perdona la deuda. Como no tenían con qué pagar, les perdonó a los dos.

¿Cuál de los dos lo amará más? Simón contestó: —Supongo que aquel a quien le perdonó más. Jesús le dijo: —Has juzgado rectamente. Y volviéndose a la mujer, dijo a Simón: —¿Ves a esta mujer pecadora, a la que tú rechazas y a la que yo acojo? Desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados. Porque tú, al recibirme como invitado, no me honraste con un beso, no me perfumaste con ungüento; ésta, en cambio, que impetró el olvido de sus muchos pecados, me ha hecho los honores hasta con sus lágrimas.

Por tanto, todos los aquí presentes, imiten lo que han oído y emulen el llanto de esta mujer. Lávense el cuerpo no con el agua, sino con las lágrimas; no se vistan el manto de seda, sino la incontaminada túnica de la continencia, para que consigan idéntica gloria, dando gracias al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él la gloria, el honor y la adoración, con el Padre y el Espíritu Santo ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén[7].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Isaac le Syrien, Oeuvres spirituelles, París 1981, p. 216. Traducido y adaptado de E. Bianchi,www.monasterodibose.it

[2] En el Evangelio de San Lucas, sobre todo en los primeros capítulos tenemos una utilización análoga de ‘palabra’/’acontecimiento’ en Lc 1,65; 2,15. 19. 51; Hch 5,32 y 10,37. La nota del NT ‘TOB’ a Lc 1,65 dice: En las lenguas semíticas el vocablo ‘palabra’ puede ser usado para hablar de un ‘acontecimiento’.

[3] Juan Pablo II, Audiencia General 19 de mayo de 2004. Algo abreviada y adaptada.

[4] Textos paralelos que conviene leer: Rom 1 16-17 3,21-31; Flp 3 4-16

[5] E. Cothenet, La carta a los Gálatas, (CB 34), Estella (Navarra) 1981, pp. 22-26. Modificado y abreviado.

[6] Y. Saoot, Evangelio de Jesucristo según san Lucas, Estella (Navarra) 2007(CB 137), pp. 42-43.

[7] Anfiloquio de Iconio, Homilía sobre la mujer pecadora. PG 61,745-751. Obispo cristiano del siglo IV, hijo de una distinguida familia capadocia; nació quizás en Cesarea, alrededor del 339 ó 340; murió probablemente entre 394 y 403. Su padre era un abogado eminente y Livia, su madre, notable por su amabilidad y sabiduría. Era probablemente primo hermano de San Gregorio Nacianceno y fue criado en la muy religiosa atmósfera de la aristocracia cristiana de su provincia nativa. Estudio leyes, practicó en Constantinopla pero pronto se retiró a la vida religiosa en las cercanías de su amigo y pariente el “teólogo” Gregorio Nacianceno. Pronto se encontró dentro del círculo de la influencia de San Basilio y parece que durante un tiempo fue miembro de la cristiana “ciudad de los Pobres ” que Basilio había construido en Cesarea. A principios de 374 lo encontramos como obispo de la importante sede de Iconio, probablemente instalado allí por Basilio, al que siguió ayudando hasta su muerte (379). En adelante se mantuvo en estrecha relación con el  Nacianceno, al que acompañó al Sínodo de Constantinopla (381) donde encontró y conversó con San Jerónimo (De Vir. Ill., c. 133). Noticia biográfica  adaptada de: ec.aciprensa.com/wiki/Anfiloquio_de_Iconio

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