Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

 

DÉCIMO DOMINGO DURANTE EL AÑO,

Ciclo “C”

8-9 de junio 2013

 

 

Elías, la viuda de Sarepta con su hijo[1]

 

 

Introducción

 

0.1.- Quien se acerca a los relatos de la resurrección con la idea de saber lo que es resucitar de entre los muertos, sin duda interpretará mal estas narraciones, terminando luego por descartarlas como insensatas. (…) Efectivamente, si la resurrección de Jesús no hubiera sido más que el milagro de un muerto redivivo, no tendría para nosotros en última instancia interés alguno. No tendría más importancia que la reanimación, por la pericia de los médicos, de alguien clínicamente muerto. Para el mundo en su conjunto, y para nuestra existencia, nada hubiera cambiado. El milagro de un cadáver reanimado significaría que la resurrección de Jesús fue igual que la resurrección del joven de Naín (cf. Lc 7,11-17), de la hija de Jairo (cf. Mc 5,22-24; 35-43 par.) o de Lázaro (cf. Jn 11,1-44). De hecho, éstos volvieron a la vida anterior durante cierto tiempo para, llegado el momento, antes o después, morir definitivamente.

 

0.2.- Los testimonios del Nuevo Testamento no dejan duda alguna de que en la «resurrección del Hijo del hombre» ha ocurrido algo completamente diferente. La resurrección de Jesús ha consistido en un romper las cadenas para ir hacia un tipo de vida totalmente nuevo, a una vida que ya no está sujeta a la ley del devenir y de la muerte, sino que está más allá de eso; una vida que ha inaugurado una nueva dimensión de ser hombre. Por eso, la resurrección de Jesús no es un acontecimiento aislado que podríamos pasar por alto y que pertenecería únicamente al pasado, sino que es una especie de «mutación decisiva» (por usar analógicamente esta palabra, aunque sea equívoca), un salto cualitativo. En la resurrección de Jesús se ha alcanzado una nueva posibilidad de ser hombre, una posibilidad que interesa a todos y que abre un futuro, un tipo nuevo de futuro para la humanidad. Por eso Pablo, con razón, ha vinculado inseparablemente la resurrección de los cristianos con la resurrección de Jesús: «Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó… ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos» (1 Co 15,16.20). La resurrección de Cristo es un acontecimiento universal o no es nada, viene a decir Pablo. Y sólo si la entendemos como un acontecimiento universal, como inauguración de una nueva dimensión de la existencia humana, estamos en el camino justo para interpretar el testimonio de la resurrección en el NuevoTestamento[2].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Primer Libro de los Reyes 17,17-24

 

1.1.- Ante la creciente marea de paganismo que invadía y amenazaba la fe de Israel, Elías encarna la defensa del la fe en el Dios de Israel. No es Baal, dios cananeo de la fecundidad, el que otorga la salud, la resurrección y la fecundidad, sino el Señor (YHVH). El Primer Testamento (PT), por otra parte, subraya el poder vivificante de YHVH en un clima más espiritual y colectivo: Vengan, volvamos al Señor: él nos ha desgarrado, pero nos sanará; ha golpeado, pero vendará nuestras heridas.  Después de dos días nos hará revivir, al tercer día nos levantará, y viviremos en su presencia (Os 6,1-2).  La grandiosa visión de los huesos secos que se llenan de carne y del soplo de Dios que recuperan la vida se hace eco de la misma promesa (Ez 37,1-14, cf. Is 26,19).  A cerca de la fe de Abrahán Pablo dice: Su fe no flaqueó, al considerar que su cuerpo estaba como muerto -era casi centenario- y que también lo estaba el seno de Sara (Rom 4,19). Él creyó en el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas que no existen. (Rom 4,17).

 

1.2.- El relato de la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta culmina en una confesión de fe: Ahora sí reconozco que tú eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor está verdaderamente en tu boca. Naaman, curado de la lepra hace una confesión de fe similar (cf. 2 Re 5,15). En su discurso programa en Nazaret, al comienzo de su ministerio en Galilea, Lucas pone en labios de Jesús hace mención de ambos episodios (Cf Lc 4,15-27).

 

1.3.- Si bien este relato acerca de Elías tiene ciertos rasgos arcaicos, queda bien claro que la resurrección se a la intervención de YHVH implorada por la oración del profeta.

Una de las tres “resurrecciones” operadas por Jesús,- la de su amigo Lázaro -, fue también precedida por la oración (Jn 11,41-42), si bien Jesús habla, inmediatamente después, con plena autoridad: Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!» (v. 43).

Los Padres de la Iglesia, para subrayar el poder divino del Señor se complacen en observar lo laborioso de las resurrecciones del PT, mientras que una simple orden le basta a Jesús.[3]

 

1.4.- En esta lectura Elías devuelve difícilmente el hálito al hijo de la viuda. Más que las semejanzas, quizá son las diferencias con el evangelio las que aparecen, Siendo el acto de Jesús de una sencillez y una eficacia soberana. La viuda de Sarepta piensa que la presencia del hombre de Dios ha sido la causa de la muerte de su hijo como castigo de los pecados de ella. Elías tiene que orar dos veces y se atreve a interpelar a Dios por su manera de actuar. Sin embargo, al final del texto, la palabra de la viuda de Sarepta se une a la alabanza de los testigos del milagro de Jesús: «Ahora sé que tú eres un hombre de Dios y que, por tu boca, la palabra del Señor es verdad». El Sal 30 [29] le cuadra bien a la viuda de Naín, desconsolada y silenciosa’ «Tú has cambiado mi luto en danza»[4].

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 30(29),2. 4-6. 11-12a. 13b.

 

2.1.- El orante eleva a Dios, desde lo más profundo de su corazón, una intensa y ferviente acción de gracias porque lo ha librado del abismo de la muerte. Ese sentimiento resalta con fuerza en el salmo 29, que acaba de resonar no sólo en nuestros oídos, sino también, sin duda, en nuestro corazón.

Este himno de gratitud revela una notable finura literaria y se caracteriza por una serie de contrastes que expresan de modo simbólico la liberación alcanzada gracias al Señor. Así, “sacar la vida del abismo” se opone a “bajar a la fosa” (cf. v. 4); la “bondad de Dios de por vida” sustituye su “cólera de un instante” (cf. v. 6); el “júbilo de la mañana” sucede al “llanto del atardecer” (ib.); el “luto” se convierte en “danza” y el triste “sayal” se transforma en “vestido de fiesta” (v. 12).

 

2.2.- Así pues, una vez que ha pasado la noche de la muerte, clarea el alba del nuevo día. Por eso, la tradición cristiana ha leído este salmo como canto pascual. Lo atestigua la cita inicial, que la edición del texto litúrgico de las Vísperas toma de un gran escritor monástico del siglo IV, Juan Casiano: “Cristo, después de su gloriosa resurrección, da gracias al Padre”.
2.3.- El orante se dirige repetidamente al “Señor” -por lo menos ocho veces- para anunciar que lo ensalzará (cf. vv. 2 y 13), para recordar el grito que ha elevado hacia él en el tiempo de la prueba (cf. vv. 3 y 9) y su intervención liberadora (cf. vv. 2, 3, 4, 8 y 12), y para invocar de nuevo su misericordia (cf. v. 11). En otro lugar, el orante invita a los fieles a cantar himnos al Señor para darle gracias (cf. v. 5).  Las sensaciones oscilan constantemente entre el recuerdo terrible de la pesadilla vivida y la alegría de la liberación. Ciertamente, el peligro pasado es grave y todavía causa escalofrío; el recuerdo del sufrimiento vivido es aún nítido e intenso; hace muy poco que el llanto se ha enjugado. Pero ya ha despuntado el alba de un nuevo día; en vez de la muerte se ha abierto la perspectiva de la vida que continúa.

 

2.4.- De este modo, el Salmo demuestra que nunca debemos dejarnos arrastrar por la oscura tentación de la desesperación, aunque parezca que todo está perdido. Ciertamente, tampoco hemos de caer en la falsa esperanza de salvarnos por nosotros mismos, con nuestros propios recursos. En efecto, al salmista le asalta la tentación de la soberbia y la autosuficiencia: Yo pensaba muy seguro: “No vacilaré jamás (v. 7). (…)

 

2.5.- Después de confesar la tentación de soberbia que le asaltó en el tiempo de prosperidad, el salmista recuerda la prueba que sufrió a continuación, diciendo al Señor: Escondiste tu rostro, y quedé desconcertado (v. 8).  El orante recuerda entonces de qué manera imploró al Señor (cf. vv. 9-11):  gritó, pidió ayuda, suplicó que le librara de la muerte, aduciendo como razón el hecho de que la muerte no produce ninguna ventaja a Dios, dado que los muertos no pueden ensalzarlo y ya no tienen motivos para proclamar su fidelidad, al haber sido abandonados por él.

Volvemos a encontrar esa misma argumentación en el salmo 87, en el cual el orante, que ve cerca la muerte, pregunta a Dios: ¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia o tu fidelidad en el reino de la muerte?(Sal 87, 12). De igual modo, el rey Ezequías, gravemente enfermo y luego curado, decía a Dios: Que el sepulcro no te alaba ni la muerte te glorifica (…). El que vive, el que vive, ese te alaba (Is 38, 18-19).

Así expresaba el PT el intenso deseo humano de una victoria de Dios sobre la muerte y refería diversos casos en los que se había obtenido esta victoria: gente que corría peligro de morir de hambre en el desierto, prisioneros que se libraban de la condena a muerte, enfermos curados, marineros salvados del naufragio (cf. Sal 106, 4-32). Sin embargo, no se trataba de victorias definitivas. Tarde o temprano, la muerte lograba prevalecer.

 

2.6.- La aspiración a la victoria, a pesar de todo, se ha mantenido siempre y al final se ha convertido en una esperanza de resurrección. La satisfacción de esta fuerte aspiración ha quedado garantizada plenamente con la resurrección de Cristo, por la cual nunca daremos gracias a Dios suficientemente[5].

 

 

Segunda Lectura: Carta de san Pablo a los Gálatas 1,11-19

 

3.1.- EL EVANGELIO DE PABLO VIENE DE DIOS (1,11 12).

Dirigiéndose por primera vez a los Gálatas con el titulo de hermanos Pablo suaviza un poco la brusquedad de los primeros versículos. Los Gálatas no han sido abandonados por Dios sino que son todavía miembros de la fraternidad cristiana; más adelante el apóstol evocara con términos conmovedores el pasado (4,12-20) para afianzarlos en su fidelidad. De momento lo que intenta es situarlos frente a lo esencial.

El verbo ‘advertir’ introduce los enunciados importantes (1 Cor 12, 3). Así pues Pablo quiere enunciar con solemnidad un principio que más tarde concluirá con una fórmula de juramento (1 20)

El propio texto presenta dos tipos de oposición. Primero entre el hombre y el mundo divino luego entre dos modos de conocimiento-tradición-enseñanza por un lado y revelación por otra.

El evangelio no es ni según el hombre, ni de origen humano. La primera preposición (en griego: kata) indica el modo la medida de una doctrina según el hombre es una doctrina a la medida del hombre, según las normas del ambiente social, un humanismo como diríamos en términos modernos. (…)

El evangelio, -la buena nueva por excelencia-, es la persona de Jesucristo. Se tratará a continuación de sacar de aquí todas las consecuencias…

 

3.2.- PABLO DESIGNADO COMO “APOSTOL DE LOS PAGANOS”. Su pasado de perseguidor (13-14)

En varias ocasiones Pablo vuelve sobre la época en que persiguió sin piedad a la Iglesia de Dios (1 Cor 15,9; Flp 3,6; 1 Tlm 1,13; cf Hch 8,3; 9,1). No  disimula que en aquella ocasión tomo una postura extremistamientras que otros fariseos adoptaban una actitud de prudente expectativa (por ejemplo Gamaliel, el maestro de Pablo. Cf. Hch 5,34-39). La forma con que Pablo evoca su pasado es muy diferente de la de un san Agustín en sus confesiones. Mientras que el hijo de Mónica nos hace asistir al drama interior que se prolongo durante anos entre las objeciones de los maniqueos y la luz del evangelio, entre la pesadez de la carne y la llamada a la santidad, Pablo no tuvo nunca mala conciencia, para él se trataba de celo por la gloria de Dios (Flp 3,6, cf. Rom 10,2). La verdad es que nuestra palabra “celo” no expresa bien el fuego ardiente que se alimenta de la meditación del primer mandamiento “Yo soy un Dios celoso” (Ex 20,5; Dt 4,24; cf. 2 Cor 11,2). Para servir al Dios único, los fieles de la primera alianza tenían que apartar todo lo que compromete la santidad y al honor divino. Esa fue la actitud de Finés cuando la prostitución de Israel en Baal Fegor (Nm 25,1-18), esa fue la venganza de Ellas contra los falsos profetas de Baal, culpables de haber pervertido al pueblo del verdadero Dios (1 Re 18,40; cf Eclo 48,2). Reclutados entre los más intransigentes de los fariseos, los zelotes del comienzo de la era Cristiana no vacilaban en matar a los que ensuciaban la tierra de Israel y retrasaban la hora de la salvación. ¿Habrá compartido el Joven Saulo sus Ideales? Es una hipótesis posible.

 

3.3.- EL APOCALIPSIS DE JESUCRISTO (15-16)

Pablo menciona varias veces su visión de Damasco, pero desde una perspectiva distinta en cada ocasión. En 1 Cor 15 insiste en la realidad de la resurrección de Cristo de la que ha sido hecho testigo. En Flp 3,4-11, señala la ruptura que el conocimiento de Cristo produjo en su propia existencia. Aquí es la Idea derevelación lo que domina, así como la del universalismo de su misión (véase en este mismo sentido Rom 1,5). Prescindiendo de los problemas que plantea la comparación de los diversos textos, subrayemos las perspectivas propias de la carta a los Gálatas.

Al desenfreno del celo se opone la libertad de Dios: “Cuando él se digno”: No podría resaltarse mejor la iniciativa de Dios, que dispone el tiempo y la ocasión más oportuna. Pablo no pretende describir la visión de que gozó en el camino de Damasco, como hacía con sus nuevos oyentes para legitimar su misión (cf. 1 Cor 9, 1-15,8), sino que manifiesta el sentido teológico del acontecimiento que constituyo a la vez su conversión y su envío apostólico. De ahí que recurra a las formulas consagradas del PT, que es el material providencial que le permite al convertido situarse en la historia de la salvación al afirmar su predestinación “desde el seno de mi madre”, Pablo se compara con Jeremías que había escuchado, al momento de su vocación, la siguiente declaración: “Antes de formarte en el vientre, te escogí, antes de salir del seno materno te consagre y te nombre profeta de los paganos” (Jr 1,5). Consagrar y escoger o poner aparte son dos nociones muy parecidas, ya que el verbo “poner aparte” se emplea muchas veces en un contexto cultual, como para los primogénitos y las primicias (Ex 13, 12), o para los trozos de la víctima que han de consumirse sobre el altar (Ex 29,24. 26. 27, etc.) Pablo interpretará el servicio del evangelio en una línea sacrificial: puesto aparte por Dios, realiza la liturgia espiritual anunciando el evangelio del Hijo (Rom 1,9), y dispone de este modo a los fieles para que ofrezcan toda su vida en ofrenda agradable a Dios (Rom 12,1s; 15,15s).

“Profeta de los paganos” Jeremías solamente lo fue en un sentido indirecto. Tuvo que anunciar los cambios políticos que Dios se preparaba a realizar entre las naciones y los reinos (Jr 1,10), pero no predicó la palabra de Dios fuera de Israel. Al contrario, el siervo de YHVH ve como se le asigna una mistan verdaderamente universalista en los poemas que ejercieron sobre el mismo Jesús y sobre la primitiva comunidad tanta influencia. Se comprende entonces que Pablo leyera su destino en formulas como estas:Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones.  (Is 42,1; cf. 49,16)Para expresar la naturaleza de la iluminación que Dios le concedió repentinamente Pablo recurre al vocabulario de la literatura apocalíptica: ‘revelación de Jesús’ (v 12), ‘revelarme a su Hijo’ (v 16). El libro de Daniel repite en varias ocasiones que solo el Dios del Cielo puede revelar los secretos y manifestar lo que tiene que suceder al finalde los tiempos (Dn 2,28; 4,15). La entronización de un hijo del hombre será la señal de los tiempos nuevos, cuando el pueblo de Dios, tanto tiempo oprimido por las naciones Paganas, volverá a encontrar su independencia (Dn 7,13s).

Como muchos de sus contemporáneos Pablo se mostraba anhelante del “mundo futuro», cuya llegada pondría fin al dominio de Satanás en “este mundo”. Y de pronto Dios le revela al perseguidor que los tiempos escatológicos han llegado ya en Jesús de Nazaret; en el crucificado glorificado ahora se concentra el misterio de la salvación. (…)

El evangelio que Pablo tiene que proclamar no es un mensaje abstracto de salvación ni tampoco una proclamación existencial sobre el sentido del destino del hombre, sino una persona, el Hijo. Lo que importa realmente percibir es el vínculo entre este descubrimiento teológico y el universalismo de la misión. SI Jesús es el Hijo de Dios y no solamente el Mesías entonces saltan todas las barreras que separaban a los judíos y a los paganos. La revelación del Hijo introduce la era del cumplimiento en la que todas las naciones se benefician de la promesa, por medio de la fe (Gal 3 6-9).

 

3.4.- UN APOSTOLADO INDEPENDIENTE (16b-17)

Una vez que Pablo ha recibido su apostolado independientemente de los hombres se lanza “en seguida”, como indica expresamente el adverbio a la misión para obedecer a la llamada recibida: ‘Sin consultar con nadie’. Utilizando la expresión “de carne y hueso” Pablo subraya que frente a Dios no tiene ningún valor cualquier tipo de consideraciones humanas (cf. también 2 6). Durante toda su vida Pablo tendrá un sentido muy vivo de su responsabilidad solamente ante Dios (1 Cor 4,1-4), su misión de anunciar el evangelio la experimenta como una necesidad interior a la que es incapaz de resistir (1 Cor 9,16), y que asume sin embargo con plena libertad.

El apóstol insiste visiblemente en su independencia respecto a Jerusalén, y lo hace desde luego como replica contra los judaizantes que hacen de ella el centro religioso del mundo ¿No había caracterizado Isaías a los tiempos mesiánicos por la peregrinación de los pueblos a Jerusalén (Is 2,2-4)? Se diría que desde el primer momento de su conversión Pablo comprendió que el Señor se manifestarla en adelante por todos los caminos del mundo.

Las condiciones de la estancia de Pablo en Arabia nos son totalmente desconocidas. Más adelante Pablo situara el Sinaí en esta provincia (4 25). ¿Hemos de concluir de aquí que se fue en peregrinación a los lugares santos en los que se proclamo la Ley? Semejante alusión no estaría muy en consonancia con la argumentación de Pablo contra los judaizantes. Sera mejor tomar Arabia en sentido amplio, designarla entonces a toda la Transjordania gobernada por Aretas, rey de los nabateos. La predicación de Pablo en las sinagogas de aquella región provocara cierta agitación. Esto explica que el representante de Aretas en Damasco quiera detener a Pablo (2 Cor 11,32s). El apóstol logra salvarse dentro de un cesto que bajaron por las murallas y sube entonces a Jerusalén (cf. Hch 9,25-30).

 

3.5.- PRIMERA VISITA A JERUSALÉN (18-20)

En el texto figuran dos datos cronológicos que se oponen entre sí: una duración bastante larga (unos 3 años) y una breve estancia (15 días). Evidentemente Pablo no quiere dejar que sus adversarios pretendan que se instruyó al lado de Pedro (cf. el v. 11: “no me ha enseñado ningún hombre”). Sin embargo Pablo no utiliza un verbo vulgar para designar su primer contacto con Cefas: el verbo historem se utiliza para la visita a las ciudades o monumentos Célebres. San Juan Crisóstomo, a quien siguió Teodoreto de Ciro, verá aquí una alusión al deseo de Pablo de honrar a Pedro. De hecho le da aquí un título honorífico. En otro lugar presentará a Pedro como el testigo primero de la resurrección (1 Cor 15,5). Contra los judaizantes que apelaban a la autoridad de Santiago, “el pariente del Señor”, Pablo subraya que también él lo conoció en Jerusalén. Entre ellos no hubo ninguna discrepancia[6].

 

 

Evangelio: San Lucas: 7,11-17

 

4.1.- En este texto propio de Lucas se valora no la fe de la viuda, sino la compasión de Jesús. Es él quien toma la iniciativa, mientras que, en el caso del centurión, había recibido dos embajadas. Los discípulos, ausentes del episodio anterior, acompañan aquí a Jesús. El narrador da a Jesús, en el centro del relato, el título cristiano de «Señor» (v. 13).

 

4.2.- Lectura de conjunto.

La primera parte (vv. 11-12) está enmarcada por la repetición de la palabra «muchedumbre»: la que está con Jesús y sus discípulos y la que está con la viuda. La segunda parte (vv. 13-15) describe la triple acción de Jesús: palabra de aliento para la madre, palabra de autoridad para resucitar al hijo, entrega del hijo a la madre. La tercera parte (vv. 16-17) narra la reacción del conjunto de los testigos.

 

4.3.- Al hilo del texto.

1) En la larga sección de la subida a Jerusalén, Lucas dirá varias veces que Jesús «estaba en camino». Aquí son los discípulos y una muchedumbre numerosa los que «están en camino con él» y van a ser testigos de su compasión por una madre.

Más allá, Jesús se volverá hacia aquellos que «están en camino con él» para expresarles una exigencia radical: el que acuda a él sin preferirlo a su padre y a su madre no puede ser discípulo suyo (14,25). El evangelio de Lucas une así las paradojas: por una parte está la misericordia hacia una madre a la que se le devuelve a su hijo, por otra está la necesidad de las rupturas entre padres e hijos.

2) En Nazaret, Jesús ha hablado de la viuda de Sarepta, la cual, en 1 Re 17,8-24, se benefició con los milagros del profeta Elías. Este relato se transparenta solapadamente a través de estas expresiones: «Puerta de la ciudad», «hijo [único] de una viuda», «se lo entregó a su madre». Lucas muestra en Jesús la realización de la figura de Elías, que, según Mal 3,23 y las tradiciones judías, tenía que volver antes del «gran día de Dios».

3) Elías había tenido que suplicar a Dios por dos veces para devolver la vida al niño. Jesús, «el Señor», «despierta» (dos términos del lenguaje de la resurrección) al hijo único mediante una palabra de autoridad.

4) La muchedumbre no exclama «el gran profeta ha surgido…», sino «un gran profeta… ». Esto atestigua una fe menor que la del centurión. Sin embargo, mediante la expresión «Dios ha visitado a su pueblo», Lucas une esta fe a la de Zacarías, cuyo cántico celebraba por dos veces «la visita» de Dios (1,68.78)[7].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Si, pues, el Señor, por su gracia y misericordia resucita a las almas para que no muramos por siempre, bien podemos suponer que los tres muertos que resucitó en sus cuerpos significan y son figura de las resurrecciones de las almas que se llevan a cabo mediante la fe. Resucitó a la hija del jefe de la sinagoga cuando aún estaba en casa de cuerpo presente (Mc 5,41.42); resucitó al joven hijo de la viuda cuando le llevaban ya fuera de las puertas de la ciudad (Lc 7,14-15); resucitó a Lázaro que llevaba cuatro días en el sepulcro (Jn 11,33ss). Mire cada cual su alma. Si peca, muere, porque el pecado es la muerte del alma. A veces se peca con el pensamiento: te agradó lo que era malo y le diste tu consentimiento; pecaste. Ese consentimiento te causó la muerte, pero esa muerte es interna, porque el mal pensamiento no pasó a la obra. Para indicar que resucita a esas almas, el Señor resucitó a aquella niña que todavía no había sido sacada fuera, sino que yacía muerta en la casa: estaba oculta, como el pecado. Pero, si no sólo diste el consentimiento a la mala delectación, sino que pusiste el mal por obra, lo sacaste afuera como a un muerto; ya estás fuera y levantado como un cadáver. El Señor resucita también a éste y lo entrega a su madre viuda. Si pecaste, arrepiéntete, y el Señor te resucitará y te devolverá a la Iglesia, tu madre.

El tercero de los muertos es Lázaro. Hay un género de muerte detestable denominado hábito perverso; pues una cosa es pecar y otra tener el hábito del pecado. Quien peca y al punto se enmienda, vuelve pronto a la vida, porque aún no está amarrado por el hábito; aún no está sepultado. Pero quien tiene el hábito está ya sepultado, y bien puede decirse que ya hiede, pues empieza a tener mala fama como si fuera un hedor insoportable. Tales son los dados al vicio y los de perversas costumbres. Les dices: «No hagas eso». ¿Cuándo has sido escuchado por quien está bajo tierra y se deshace en la putrefacción, y está bajo la gruesa losa de la costumbre? Tampoco para resucitar a ése le faltó poder a Cristo. Lo sabemos, lo hemos visto y diariamente vemos a hombres que, cambiadas sus pésimas costumbres, viven mejor que quienes les reprendían. Detestabas a ese hombre: ahí tienes a la misma hermana de Lázaro -si es que es la misma que ungió con ungüento los pies del Señor y los enjugó con sus cabellos después de haberlos lavado con sus lágrimas- que ha experimentado una resurrección mejor que la de su hermano, ya que fue librada de la pesada mole de sus hábitos perversos e inveterados. Era una pecadora de fama y de ella se dijo: Se le perdonan muchos pecados, porque amó mucho (Lc 7,37- 47). Vemos a muchos, hemos conocido a muchos; nadie desespere, nadie presuma de sí mismo. Es malo tanto perder la esperanza como presumir de uno mismo. No pierdas la esperanza y elige aquello de que es justo que presumas[8].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Reproducción tomada de tubiblia.net

[2] J. Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret,- Segunda Parte: desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección -, (Traducción de J. Fernando del Río), Buenos Aires 2011, pp. 283-284.

[3] Traducido y adaptado de: A. González Lamadrid, Élie ressuscite le fils de la veuve, en Assemblées du Seigneur 41, París 1971, pp. 58-60

[4] Y. Saoot, Evangelio de Jesucristo según san Lucas, (CB 137), Estella (Navarra) 2008, p.41 Adaptado

[5] Juan Pablo II, Catequesis del 12 de mayo 2004. Adaptado.

[6] E. Cothenet, La carta a los Gálatas, (CB 34), Estella (Navarra) 1981, pp. 13-15. Modificado y adaptado

[7] Y. Saoot, Evangelio de Jesucristo según san Lucas, (CB 137), Estella (Navarra) 2008, pp. 41-42

[8] San Agustín de Hipona, Comentario al Evangelio de san Juan 49,3. Agustín nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, Numidia, hijo de un consejero municipal y modesto propietario. Estudió en Tagaste, Madaura y Cartago. Enseñó gramática en Tagaste (374) y retórica en Cartago (375-383), Roma (384) y Milán (384-386). Tras leer elHortensio de Cicerón (373) inició su búsqueda espiritual que le llevaría primero a adoptar posturas racionalistas y, posteriormente, maniqueas.  Decepcionado del maniqueísmo tras su encuentro con el obispo maniqueo Fausto, cayó en el escepticismo. Llegado a Milán, la predicación de Ambrosio le impresionó, llevándole a la convicción de que la autoridad de la fe es la Biblia, a la que la Iglesia apoya y lee. La influencia neo-platónica disipó algunos de los obstáculos que encontraba para aceptar el cristianismo, pero el impulso definitivo le vino de la lectura de la carta del apóstol Pablo a los romanos en la que descubrió a Cristo no sólo como maestro sino también como salvador. Era agosto del 386. Tras su conversión renunció a la enseñanza y también a la mujer con la que había vivido durante años y que le había dado un hijo. Tras un breve retiro en Casiciaco, regresó a Milán donde fue bautizado por Ambrosio junto con su hijo Adeodato y su amigo Alipio. Tras una breve estancia en Roma — durante su permanencia en el puerto de Ostia murió su madre, Mónica — se retiró a Tagaste donde inició un proyecto de vida monástica. En el 391 fue ordenado — no muy a su placer — sacerdote en Hipona y fundó un monasterio. En el 395 fue consagrado obispo, siendo desde el 397 titular de la sede. Aparte de la ingente tarea pastoral — que iba desde la administración económica al enfrentamiento con las autoridades políticas, pasando por las predicaciones dos veces a la semana, pero en muchos casos dos veces al día y varios días seguidos — desarrolló una fecundísima actividad teológica que le llevó a enfrentarse con maniqueos, donatistas, pelagianos, arríanos y paganos. Fue el principal protagonista de la solución del cisma donatista, aunque resulta discutible la legitimación que hizo del uso de la fuerza para combatir la herejía, así como de la controversia pelagiana. Murió en el año 430 durante el asedio de Hipona por los vándalos.

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