Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE

CRISTO,

Ciclo “C”

01-02 de junio 2013

 

 

Concelebración eucarística

[Placa de marfil; St. Amand, hacia el año 850]

 

 

Introducción

 

El domingo (en algunos lugares se mantiene el jueves) siguiente al domingo de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Ese es su título completo, aunque solemos referirnos a ella utilizando el anterior y clásico nombre latino, “Corpus Christi”. Es interesante saber que su título más antiguo fue el de Fiesta de la Eucaristía (Festum Eucharistiae).

Su tradicional celebración en un jueves, eco y resonancia del jueves santo, cual día de la institución de la eucaristía. Ambos días tienen un objetivo similar, pero no son un simple duplicado. El Corpus Christi nos proporciona una segunda oportunidad para ponderar el misterio de la eucaristía y considerar algunos de sus inagotables aspectos. Nos invita a manifestar nuestra fe y devoción a este sacramento, que es elsacramento de piedad, signo de unidad, vinculo de caridad, banquete pascual en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera[1].

Es importante enfatizar la íntima conexión que existe entre la celebración eucarística y la procesión. El ritual de la sagrada comunión y del culto a la eucaristía fuera de la misa, en el número 103, afirma: Conviene que la procesión con el Santísimo Sacramento se celebre a continuación de la misa en la que se consagre la hostia que se ha de trasladar en procesión. No se trata de una mera rúbrica, sino de manifestar que la procesión es una prolongación de la misa y, por consiguiente, no debe considerarse separada. Viene a ser una acción de gracias más amplia. Toda devoción eucarística debe partir de la misa y reconducir a ella. Nos lo recuerda la instrucción de mayo de 1967 Adoración del misterio eucarístico, n 3E: La celebración de la eucaristía en el sacrificio de la misa es verdaderamente el origen y el fin de la adoración que se tributa a la eucaristía fuera de la misa[2].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Génesis 14,18-20

 

1.1.- La primera lectura en este ciclo “C” se caracteriza por su referencia a Melquisedec. Esto nos ofrece una ocasión de prestarle especial atención a la tradición catequética de la figura de Melquisedec. La Escritura,  cuando relaciona a Jesús con Melquisedec (Hebreos 7) no lo hace desde el ángulo de la ofrenda de pan y vino, como preanuncio del pan y vino eucarístico, sino desde el ángulo de su carácter de personaje misterioso que surge sin lazo explícito con una genealogía. En cambio la catequesis patrística y, posteriormente, la liturgia del Corpus y el mismo Concilio Tridentino, han asumido la narración de la ofrenda de pan y vino, con la bendición a Dios, como una prefiguración de Cristo instituyendo la Eucaristía. La carta a los Hebreos muestra que el sacerdocio de Cristo, a imagen de Melquisedec, logra una verdadera “téléiôsis”, palabra griega que se puede traducir de muchas formas, como “perfección” o incluso como “transformación”. De acuerdo a esto Jesús, con su vida, con sus palabras, con sus gestos, transforma el culto sacrificial en una verdadera donación de vida, introduciéndonos en la vida misma de Dios[3].

 

 

Salmo responsorial: Salmo 109(110)

 

2.1.- “El segundo oráculo del salmo 109 tiene (…) un contenido sacerdotal (v. 4). Antiguamente, el rey desempeñaba también funciones cultuales, no según la tradición del sacerdocio levítico, sino según otra conexión: la del sacerdocio de Melquisedec, el soberano-sacerdote de Salem, la Jerusalén pre-israelita (Gn 14,17-20).

Desde la perspectiva cristiana, el Mesías se convierte en el modelo de un sacerdocio perfecto y supremo. La carta a los Hebreos, en su parte central, exalta este ministerio sacerdotal a semejanza de Melquisedec(Hb 5,10), pues lo ve encarnado en plenitud en la persona de Cristo.
El Nuevo Testamento recoge, en repetidas ocasiones, el primer oráculo para celebrar el carácter mesiánico de Jesús (Mt 22,44; 26,64; Hch 2,34-35; 1Co 15,25-27; Hb 1,13). El  mismo Cristo, ante el sumo sacerdote y ante el sanedrín judío, se referirá explícitamente a este  salmo, proclamando que estará sentado a la diestra del Poder divino, precisamente como se dice en el versículo 1 del salmo 109 (Mc 14,62; leer 12,36-37).

 

2.2.- (…) San Agustín en la Exposición sobre el salmo 109, pronunciada en la Cuaresma del año 412, definía este salmo como una auténtica profecía de las promesas divinas relativas a Cristo. Decía el célebre Padre de la Iglesia:

Era necesario conocer al único Hijo de Dios, que estaba a punto de venir a los hombres para asumir al hombre y para hacerse hombre a través de la naturaleza asumida:  moriría, resucitaría, ascendería al cielo, se sentaría a la diestra del Padre y cumpliría entre las gentes todo lo que había prometido. (…) Todo esto, por tanto, debía ser profetizado, debía ser anunciado con anterioridad, debía ser señalado como algo que se iba a realizar, para que, al suceder de improviso, no suscitara temor, sino que fuera aceptado con fe y esperado. En el ámbito de estas promesas se inserta este salmo, el cual profetiza con palabras tan seguras y explícitas a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que no podemos poner en duda que en este salmo se anuncia al Cristo[4]. 

Dirijamos ahora nuestra invocación al Padre de Jesucristo, único rey y sacerdote perfecto y eterno, para que haga de nosotros un pueblo de sacerdotes y profetas de paz y amor, un pueblo que cante a Cristo, rey y sacerdote, el cual se inmoló para reconciliar en sí mismo, en un solo cuerpo, a toda la humanidad, creando al hombre nuevo (Ef 2,15-16)”[5].

 

 

Segunda Lectura: Primera carta a los Corintios 11,23-26

 

3.1.- Este texto, usado abundantemente en la liturgia eucarística, se lee así mismo el jueves santo; pertenece indiscutiblemente al material tradicional pre-paulino. El mismo apóstol lo dice con claridad. La formulación transmitida por esta Carta coincide con la del evangelio de Lucas y se diferencia de la de Marcos y Mateo. Diferencias especialmente apreciables en las palabras sobre el cáliz, pero también en aquellas sobre el pan. La aportación más propia de Pablo se encuentra en el v.26 donde relaciona la Eucaristía con la muerte del Señor. Básicamente se trata de actualizar esta relación. Es lo más importante en la teología paulina: la salvación acontecida en la muerte y resurrección de Cristo. La Eucaristía tiene una de sus virtualidades principales en permitirnos revivir la relación establecida con el creyente a través de los acontecimientos soteriológicos más medulares. En ese sentido, el memorial no se reduce a un mero recuerdo, sino que presencializa aquel acontecimiento único del Calvario y de la mañana de Pascua. La Eucaristía pone ante nuestros ojos el compromiso establecido con Cristo muerto y resucitado cuando vinimos a la fe[6].

 

3.2.- Las solemnes palabras de Pablo que la liturgia nos ofrece hoy en esta lectura, son la mejor introducción a la solemnidad que celebramos, recordando la institución de la Eucaristía; acontecimiento inconmensurable y signo extremoso y estremecedor del amor de Cristo hacia cada uno de los miembros de la humanidad; signo realizado en la inminencia de su pasión y muerte.

El amor redentor del Hijo de Dios no conoce fronteras ni tiene límites, tampoco se detiene ante obstáculo alguno; no existe abandono o traición, no hay sufrimiento físico o moral que pueda frenar el amor de Dios hacia nosotros: ese amor que es la fuente de la Encarnación del Hijo en la que quedaba  como “soterrada” su divinidad y que se “escondió”, si así puede decirse, en un poco de pan y en una copa de vino.

 

3.3.- Es bajo el velo de estos signos, signos venerables y familiares para la cultura de Israel, que Jesús se entrega para siempre a los seres humanos, para que tengamos y mantengamos viva su Presencia y nos nutramos de un pan que no es sólo ni principalmente fruto de la tierra y del trabajo del hombre, sino Pan que el Padre mismo nos da: pan bajado del cielo, en el Verbo hecho carne y acampado entre nosotros, pan que alimenta para la vida eterna, pan que da fuerzas en el día a día, conduciendo a la salvación, anticipada en el ya para ser plenificada el día en que participaremos del banquete preparado por el Señor: El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos (…) un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, de manjares suculentos, medulosos, de vinos añejados, decantados.(Is 28,6).

 

 

Evangelio: san Lucas 9,11-17

 

4.1.- Participar de un banquete, compartir una comida, es un gesto que en la Sagrada Escritura posee una valencia fuertemente evocativa y llena de significado. Se nos relatan comidas en casa de pecadores, con los solos apóstoles, en casa de amigos….  Sin duda que uno de los episodios más relevantes y que con frecuencia repiten los evangelistas, es el de la multiplicación de los panes. Lucas, a diferencia de los otros dos sinópticos, nos ofrece una sola versión que es la que la liturgia de este ciclo “C” pone a nuestra consideración.  Dicho signo puede ser leído a diversos niveles.

 

4.2.- El signo de la multiplicación posee, en un primer nivel, un claro sentido escatológico: Jesús al multiplicar los panes, lleva a su cumplimiento todo cuanto Dios había prometido a Israel para el final de los tiempos, cuando llegara el Mesías. Ya los profetas del Primer Testamento habían multiplicado los panes. Jesús reitera ese signo profético llevándolo a su perfección ya que lo supera exponencialmente. Si Eliseo (leer 2Re 4,42-44) había multiplicado veinte panes de cebada, para calmar el hambre de cien personas, Jesús sacia a cinco mil con los cinco panes que los apóstoles habían puesto a su disposición.

 

4.3.- En un segundo nivel el signo tiene un significado de valor eclesial: los discípulos caen en la cuenta de las dificultades y penurias de la multitud, transformándose en sus ‘mediadores’ ante el Señor, aunque no logren ir más allá de una lógica ‘comercial’, la de comprar para poder alimentar: Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, y después:  a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente (vv. 12-13). Jesús invita a sus discípulos a una verdadera conversión que pase de una lógica mercantilista a la lógica evangélica del compartir, aunque no sea otra cosa que la insignificancia de cinco panes y dos pescados.

 

4.4.- Hay un tercer y fundamental nivel presente en el texto de Lucas: ¡el del significado eucarístico! Ya desde los primeros versículos Lucas coloca el episodio de la multiplicación  en dicho horizonte, empezando por su contextualización temporal, al caer la tarde (v. 12). Se trata de una hora que de inmediato evoca otro episodio narrado por el mismo evangelista: el del encuentro con los dos de Emaús: porque cae la tarde y el día se acaba (Lc 24,29). La secuencia de verbos usada por Lucas para el gesto de la multiplicación de los panes por parte de Jesús (tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo,pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue dando a sus discípulos para que se los sirviera a la multitud; v.16), es idéntica a la del episodio de Emaús (tomó el pan y pronunció la bendición; luego lopartió y se lo dio.) y con el relato de la última Cena (tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo…; Lc 22,19, notemos que ‘dar-gracias’ y ‘bendecir’ son ambas traducción de la misma palabra hebrea: ‘beraka’)

 

4.5.- Vemos, entonces, como la eucaristía es una admirable síntesis de toda la existencia de Jesús que por dicha razón ha sido definida como ‘pro-existencia’/’existencia-en-favor-de’: un vivir toda su existencia como un acto único de amor y de entrega al Padre y en favor de los hermanos. La última Cena, la cena de Emaús como igualmente los relatos de la multiplicación de los panes son un continuo testimonio de una existencia en donación perpetua, desafío e interpelación que nos llama a todos nosotros a transformar nuestra propia vida en un permanente darse a Dios y a cada hijo de Dios con el que nos encontremos.

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Cristo nos dio su carne para saciarnos, invitándonos a una amistad cada vez más íntima. Acerquémonos, pues, a él con fervor y con una ardiente caridad, y no incurramos en castigo. Pues cuanto mayores fueren los beneficios recibidos, tanto más gravemente seremos castigados si nos hiciéramos indignos de tales beneficios.

Los magos adoraron también este cuerpo recostado en un pesebre. Y siendo hombres irreligiosos y paganos, abandonando casa y patria, recorrieron un largo camino, y al llegar, lo adoraron con gran temor y temblor. Imitemos al menos a estos extranjeros nosotros que somos ciudadanos del cielo. Ellos se acercaron efectivamente con gran temor a un pesebre y a una gruta, sin descubrir ninguna de las cosas que ahora te es dado contemplar: tú, en cambio, no lo ves en un pesebre, sino sobre un altar; no contemplas a una mujer que lo tiene en sus brazos, sino al sacerdote que está de pie en su presencia y al Espíritu, rebosante de riqueza, que se cierne sobre las ofrendas. No ves simplemente, como ellos, este mismo cuerpo, sino que conoces todo su poder y su economía de salvación, y nada ignoras de cuanto él ha hecho, pues al ser iniciado, se te enseñaron detalladamente todas estas cosas. Exhortémonos, pues, mutuamente con un santo temor, y demostrémosle una piedad mucho más profunda que la que exhibieron aquellos extranjeros para que, no acercándonos a él temeraria y desconsideradamente, no se nos tenga que caer la cara de vergüenza.

Digo esto no para que no nos acerquemos, sino para que no nos acerquemos temerariamente. Porque así como es peligroso acercarse temerariamente, así la no participación en estas místicas cenas significa el hambre y la muerte. Pues esta mesa es la fuerza de nuestra alma, la fuente de unidad de todos nuestros pensamientos, la causa de nuestra esperanza: es esperanza, salvación, luz, vida. Si con este bagaje saliéramos de aquel sacrificio, con confianza nos acercaríamos a sus atrios sagrados, como si fuéramos armados hasta los dientes con armadura de oro.

¿Hablo quizá de cosas futuras? Ya desde ahora este misterio te ha convertido la tierra en un cielo. Abre, pues, las puertas del cielo y mira; mejor dicho, abre las puertas no del cielo sino del cielo de los cielos, y entonces contemplarás lo que se ha dicho. Todo lo que de más precioso hay allí, te lo mostraré yo aquí yaciendo en la tierra. Pues así como lo más precioso que hay en el palacio real no son los muros ni los techos dorados, sino el rey sentado en el trono real, así también en el cielo lo más precioso es la persona del Rey.

Y la persona del Rey te es dado contemplarla ya ahora en la tierra. Pues no te presento a los ángeles, ni a los arcángeles, ni a los cielos, ni a los cielos de los cielos, sino al mismo Señor de todos ellos. ¿Te das cuenta cómo en la tierra contemplas lo que hay de más precioso? Y no solamente lo ves, sino que además lo tocas; y no sólo lo tocas, sino que también lo comes; y después de haberlo recibido, te vuelves a tu casa. Purifica, por tanto, tu alma, prepara tu menté a la recepción de estos misterios[7].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] SC [Constitución sobre la liturgia] Nº 47 citando a san Agustín. Adaptación de V. Ryan, Pascua, fiestas del Señor, Madrid 1985, p. 106.   Ese Nº 47 cita la antigua antífona del Magníficat, tradicionalmente atribuida a santo Tomás de Aquino y que sintetiza admirablemente la triple dimensión de la Eucaristía: ¡Oh sagrado banquete! En él se recibe a Cristo, se celebra el recuerdo de su Pascua, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura. El Oficio monástico mantiene dicha antífona.

[2] Ibid, pp. 109-117.

[3] Recordemos las palabras del venerable Canon Romano: Mira con ojos de bondad esta ofrenda y acéptala como aceptaste (…) la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec.

[4] San Agustín, Esposizioni sui Salmi, III, Roma 1976, pp. 951 y 953.

[5] Juan Pablo II, Catequesis del 18-08-2004, Números 4-6

[6] F. Pastor, Dabar 1989, 29, tomado y adaptado de www.mercaba.org

[7] San Juan Crisóstomo, Homilía 24,4 sobre la primera carta a los Corintios. PG 61, 204-205. Juan (344-407) nació en Antioquía, hijo de Secundus, alto funcionario del Imperio, que murió prematuramente, dejando una viuda de veinte años, Anthusa, la cual, sin pensar en un segundo matrimonio, se consagró a la educación de su hijo único. En su ciudad natal fue alumno del célebre retórico Libanio. Luego, aunque simple catecúmeno, se inició en el estudio de las Sagradas Escrituras bajo la dirección de Diódoro, futuro Obispo de Tarso, en compañía de Teodoro, el futuro Obispo de Mopsuestia. Bautizado, conforme a la costumbre de la época, cumplidos ya los 20 años de edad, y casi inmediatamente después ordenado lector por Melesio, Obispo de Antioquía, soñaba en la vida eremítica. El mismo cuenta que consintió en prescindir de tal proyecto en atención a su madre, la cual le suplicó no dejara viuda una segunda vez. Sin embargo, su ciencia y su virtud atraían ya la atención del clero y del pueblo cristiano: desde el año 373 se quiso hacerlo Obispo. Para librarse de este honor a la vez que cediendo a su gusto personal, y habiéndolo dejado en libertad la muerte de su madre, se fue al desierto. Cuatro años en un monasterio, luego dos años en una caverna, totalmente solitario, pronto quedó arruinada por las austeridades una salud de suyo débil. Obligado, por este motivo, a volver a Antioquía, allí fue ordenado Diácono (año 38I); algunos años más tarde, sacerdote, y encargado especialmente de la predicación (año 386). Después de largos tanteos (a los 42 años de edad), por fin había encontrado su verdadero camino.

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