Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS:

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA

TRINIDAD, Ciclo “C”

25-26 de mayo 2013

Santísima Trinidad

(Maximino Cerezo Barredo)

Introducción

 

“Después del tiempo pascual, que culmina en la fiesta de Pentecostés, la liturgia prevé estas tres solemnidades del Señor: hoy, la Santísima Trinidad; el jueves próximo, el Corpus Christi, que en muchos países se celebrará el domingo próximo; y, por último, el viernes sucesivo, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Cada una de estas celebraciones litúrgicas subraya una perspectiva desde la que se abarca todo el misterio de la fe cristiana; es decir, respectivamente, la realidad de Dios uno y trino, el sacramento de la Eucaristía y el centro divino-humano de la Persona de Cristo. En verdad, son aspectos del único misterio de salvación, que en cierto sentido resumen todo el itinerario de la revelación de Jesús, desde la encarnación, la muerte y la resurrección hasta la ascensión y el don del Espíritu Santo.

Hoy contemplamos la Santísima Trinidad tal como nos la dio a conocer Jesús. Él nos reveló que Dios es amor “no en la unidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia” (Prefacio): es Creador y Padre misericordioso; es Hijo unigénito, eterna Sabiduría encarnada, muerto y resucitado por nosotros; y, por último, es Espíritu Santo, que lo mueve todo, el cosmos y la historia, hacia la plena recapitulación final. Tres Personas que son un solo Dios, porque el Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu es amor. Dios es todo amor y sólo amor, amor purísimo, infinito y eterno. No vive en una espléndida soledad, sino que más bien es fuente inagotable de vida que se entrega y comunica incesantemente.

Lo podemos intuir, en cierto modo, observando tanto el macro-universo —nuestra tierra, los planetas, las estrellas, las galaxias— como el micro-universo —las células, los átomos, las partículas elementales—. En todo lo que existe está grabado, en cierto sentido, el “nombre” de la Santísima Trinidad, porque todo el ser, hasta sus últimas partículas, es ser en relación, y así se trasluce el Dios-relación, se trasluce en última instancia el Amor creador. Todo proviene del amor, tiende al amor y se mueve impulsado por el amor, naturalmente con grados diversos de conciencia y libertad.

“¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2), exclama el salmista. Hablando del “nombre”, la Biblia indica a Dios mismo, su identidad más verdadera, identidad que resplandece en toda la creación, donde cada ser, por el mismo hecho de existir y por el “tejido” del que está hecho, hace referencia a un Principio trascendente, a la Vida eterna e infinita que se entrega; en una palabra, al Amor. “En él —dijo san Pablo en el Areópago de Atenas— vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28). La prueba más fuerte de que hemos sido creados a imagen de la Trinidad es esta: sólo el amor nos hace felices, porque vivimos en relación, y vivimos para amar y ser amados. Utilizando una analogía sugerida por la biología, diríamos que el ser humano lleva en su “genoma” la huella profunda de la Trinidad, de Dios-Amor”[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Proverbios 8,22-31

 

1.1.- El texto propuesto como primera lectura es muy rico, y, al mismo tiempo, problemático. Se trata de una parte del discurso que hace la Sabiduría en el capítulo 8 del Libro de los Proverbios.

Lo que la Sabiduría dice de sí  misma es posible resumirlo en cinco puntos:

1.      La sabiduría nace de Dios, generada y producida por él (v. 22)

2.      Existe desde antes de la creación (vv. 23-26)

3.      Hace compañía al Creador, mientras crea (vv. 27-29)

4.      Goza, juega, ríe y baila (v. 30)

5.      La sabiduría se deleita, sobre todo, con el mundo de los seres humanos (v. 31)

 

1.2.- La Sabiduría se manifiesta distinguiéndose de Dios (pues ha sido creada/generada por Dios), pero igualmente distinguiéndose de la creación (ya que existe con anterioridad a ella). Hay una cierta oscilación en el texto, pero en resumidas cuentas se esboza una especie de mediación, la Sabiduría, pone en comunicación el mundo humano con Dios (yo [la Sabiduría] estaba a su lado [de Dios] como un hijo querido y lo deleitaba día tras día, recreándome delante de él en todo tiempo, recreándome sobre la faz de la tierra, y mi delicia era estar con los hijos de los hombres). Dado que la Sabiduría existe desde antes de la creación, puede abarcarla en su totalidad y comprenderla en su totalidad, dominándola, sin que nada se le escape. Ella, que lo sabe y lo comprende todo (Sab 9,11).

 

1.3.- La Sabiduría estaba presente mientras Dios creaba: juega, por tanto, su papel en la creación. ¿Cuál? Para puntualizarlo es necesario dilucidar primero un problema textual (en el v. 30[2]). Algunas versiones entienden que se está aludiendo al tema de la sabiduría ordenadora-constructora y traducen: yo estaba allí, como arquitecto, y era yo todos los días su delicia (Biblia de Jerusalén). Es más coherente traducir, como lo hace nuestro Leccionario, por hijo querido, con el resto del himno del que forma parte nuestra lectura  (yoestaba a su lado como un hijo querido y lo deleitaba día tras día). Como un ‘niñito’ la Sabiduría juega y se ríe cerquita de Dios mientras éste va creando. El papel de la Sabiduría en la creación no es ‘activo’ sino ´afectivo’, gozando con la obra del Creador. Se trata de un hermoso y fiel eco al primer capítulo del Génesis en el que por siete veces (número que expresa plenitud) se repite: Y Dios vio que esto era bueno. Sin duda la expresión yo lo deleitaba día tras día (Pr 8,30b) es otro eco del Génesis dado que allí cada día el SeñorDios goza con la obra de su creación y sobre todo goza aun más con la creación del hombre: ante la cualDios…vio que era muy bueno (Gen 1,31): la complacencia de Dios llega aquí a su altura máxima.

 

1.4.- ¿Qué concluir a todo esto?

En primer lugar que la Sabiduría no es cosa puramente humana. Proviene de Dios y con él pone en contacto. Tener participación en ella es colocarse en cierta manera por sobre y por fuera de lo creado, participando desde el punto de vista de Dios. Claro que no se trata de distancia o indiferencia. Todo lo contrario, ser sabio es participar de la alegría de Dios por la belleza de la creación. Vemos entonces que la Sabiduría agrega: ¡felices los que observan mis caminos!  (Pr 8,32; v. no leído).  Sabio es aquel que sabe hacerse ‘niño’ junto a la Sabiduría, dejándose entusiasmar para reirse y danzar alegremente. Muy evangélicamente vemos que el misterio de Dios permanece oculto para los ‘inteligentes’ y patente para los pequeños (Mt 11,25).
En Belén veremos a la Sabiduría de Dios hecha niño, deleitándose con la humanidad y a la paradojal sabiduría de la Cruz…: El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan –para nosotros– es fuerza de Dios. Porque está escrito: “Destruiré la sabiduría de los sabios y rechazaré la ciencia de los inteligentes”.

¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el hombre culto? ¿Dónde el razonador sutil de este mundo? ¿Acaso Dios no ha demostrado que la sabiduría del mundo es una necedad? En efecto, ya que el mundo, con su sabiduría, no reconoció a Dios en las obras que manifiestan su sabiduría, Dios quiso salvar a los que creen por la locura de la predicación (1Cor 1,18-21).

Salmo Responsorial: Salmo 8,4-9

 

2.1.- (…) “La Biblia nos invita no sólo proclame las maravillas obradas por Dios y nuestra respuesta de fe, sino que además las celebre “con arte” (cf. Sal 46, 8), es decir, de modo hermoso, luminoso, dulce y fuerte a la vez.

Espléndido entre todos es el salmo 8, en el que el hombre, inmerso en un fondo nocturno, cuando en la inmensidad del cielo brillan la luna y las estrellas (cf. v. 4), se siente como un granito en el infinito y en los espacios ilimitados que lo superan.

 

2.2.- En efecto, en el salmo 8 se refleja una doble experiencia. Por una parte, la persona humana se siente atónita ante la grandiosidad de la creación, obra de los dedos divinos. Esa curiosa expresión sustituye la obra de las manos de Dios (cf. v. 7), como para indicar que el Creador ha trazado un plan o ha elaborado un bordado con los astros esplendorosos, situados en la inmensidad del cosmos.

Sin embargo, por otra parte, Dios se inclina hacia el hombre y lo corona como su virrey: Lo coronaste degloria y dignidad (v. 6). Más aún, a esta criatura tan frágil le encomienda todo el universo, para que lo conozca y halle en él el sustento de su vida (cf. vv. 7-9).

El horizonte de la soberanía del hombre sobre las demás criaturas se especifica casi evocando la página inicial del Génesis: rebaños de ovejas y toros, bestias del campo, aves del cielo y peces del mar son encomendados al hombre para que, poniéndoles el nombre (cf. Gn 2, 19-20), descubra su realidad profunda, la respete y la transforme mediante el trabajo, de forma que sea para él fuente de belleza y de vida. El salmo nos impulsa a tomar conciencia de nuestra grandeza, pero también de nuestra responsabilidad con respecto a la creación (cf. Sb 9, 3).

 

2.3.- El autor de la carta a los Hebreos, al releer el salmo 8, descubrió en él una visión más profunda del plan de Dios con respecto al hombre. La vocación del hombre no se puede limitar al actual mundo terreno. Cuando el salmista afirma que Dios lo sometió todo bajo los pies del hombre, quiere decir que le quiere someter también el mundo futuro (Hb 2, 5), un reino inconmovible (Hb 12, 28). En definitiva, la vocación del hombre es una vocación celestial (Hb 3, 1). Dios quiere llevar a la gloria celestial a muchos hijos (Hb 2, 10). Para que se cumpliera este designio divino, era necesario que la vía fuera trazada por un “pionero” (cf. Hb 2, 10), en el que la vocación del hombre encontrara su primera realización perfecta. Ese pionero es Cristo.

El autor de la carta a los Hebreos observó, al respecto, que las expresiones del salmo se aplican a Cristo de modo privilegiado, es decir, de un modo más preciso que a los demás hombres. En efecto, el salmista utiliza el verbo “abajar”, diciendo a Dios: Abajaste al hombre un poco con respecto a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad (Sal 8, 6; Hb 2, 7). Para los hombres en general este verbo es impropio, pues no han sido “abajados” con respecto a los ángeles, ya que nunca se han encontrado por encima de ellos. En cambio, para Cristo el verbo es exacto, porque, en cuanto Hijo de Dios, se encontraba por encima de los ángeles y fue abajado cuando se hizo hombre, pero luego fue coronado de gloria en su resurrección. Así Cristo cumplió plenamente la vocación del hombre y la cumplió, precisa el autor, para bien de todos (Hb 2, 9).

 

2.4.- A esta luz,  San Ambrosio comenta el salmo y lo aplica a nosotros. Toma como punto de partida la frase en donde se describe la “coronación” del hombre: Lo coronaste de gloria y dignidad (v. 6). Sin embargo, en aquella gloria ve el premio que el Señor nos reserva para cuando hayamos superado la prueba de la tentación. He aquí las palabras del gran Padre de la Iglesia en su Exposición del evangelio según San Lucas:

El Señor coronó a su hijo predilecto también de gloria y dignidad. El mismo Dios que desea conceder coronas, proporciona las tentaciones; por eso, has de saber que, cuando eres tentado, se te prepara una corona. Si se eliminan las pruebas de los mártires, se eliminan también sus coronas; si se eliminan sus suplicios, se elimina también su bienaventuranza (IV, 41: SAEMO 12, pp. 330-333).

Dios nos tiene preparada la corona de la justicia (2Tm 4, 8), con la que recompensará nuestra fidelidad a él, mantenida incluso en el tiempo de la tempestad, que agita nuestro corazón y nuestra mente. Pero él está atento, en todo tiempo, a su criatura predilecta y quisiera que en ella resplandeciera siempre la “imagen” divina (cf. Gn 1, 26), para que sepa ser en el mundo signo de armonía, de luz y de paz”[3].

 

 

Segunda Lectura: Romanos 5,1-5

 

3.1.- Esta breve sección (Rom 5,1-11), sirve de paso entre los dos grandes conjuntos de la Carta (Rom 1-4 y 5-8), gracias al entrelazado del vocabulario el de la Justicia y la fe (5, 1.7. 9 y 12), ampliamente explotado en el conjunto anterior, y el de la muerte y la vida (5, 6. 7. 8 y 10), en el conjunto presente o siguiente. Así, pues, esta sección sirve de transición, enmarcada por el verbo enorgullecerse, que hay que comprender aquí en el mejor sentido de la palabra (5, 23 y 10, cf 2,17-23). Después de las primeras palabras: Así, pues, estando justificados por la fe (v 1), que resumen el tema precedente, los vv. 6-11 indican el paso del pecado de ayer a la fe de hoy de débiles, pecadores y enemigos; henos aquí ahora justificados, reconciliados, salvados; en una palabra, en paz con Diosteniendo acceso a él, en el sentido de haber sido promovidos a una condición nueva (vv. 1-2). Este paso se realiza gracias al gesto salvador de la muerte de Cristo, muerto por los impíos (vv. 4-5), por nosotros, por medio de su sangre (vv. 6. 8. 9. 10; sobre la muerte de Cristo, cf 3,25; 4,25; 6,10; 7,4 y 14,15). Como puede verse, esta «transición» no carece de importancia, ya que es como un nudo fundamental que ofrece los elementos fundamentales de la salvación según Pablo en su vinculación y su distinción de la justificación, siendo así que la reconciliación y la justificación anuncian ambas la salvación futura (vv. 9-10 justificados y salvados, reconciliados y salvados) Pero los dos motivos siguen siendo distintos: si la justificación alude a la Idea de una declaración divina que provoca con eficacia el paso de la condición pecadora a la condición nueva de la salvación, la reconciliación evoca más bien la idea de una renovación completa del creyente. Hay que añadir aquí que, según su propia tradición, los teólogos protestantes ponen sobre todo el acento en el motivo de la justificación, y los católicos en el de la reconciliación, sin percibir siempre, es verdad, el tenor exacto de esta última palabra.

La raíz griega de la palabra reconciliación encierra efectivamente la Idea de un cambio total de situación. Como la de aquellos antiguos esclavos y libertos de ayer que, después del decreto de reconciliación emitido por Julio Cesar cuando la reconstrucción completa de Corinto, empiezan una nueva vida como ‘ciudadanos’. En este nuevo contexto, la palabra reconciliación, no valorada religiosamente hasta entonces en el helenismo, adquiere ahora en Pablo una resonancia nueva, a la vez social y moral. Más que una simple reconciliación «moral» después de algunas discrepancias con los amigos, e incluso con Dios, se trata aquí de una vida que se reanuda en un nuevo contexto (leer su uso primero en Corinto en la 2Cor 5, 18-20). En una palabra, si el motivo de la justificación alude más bien a un paso y a una relación nueva dispuesta primeramente por Dios, el de la reconciliación evoca la idea de una reconstrucción y recreación (Rom 11,15)[4].

 

 

Evangelio: san Juan 16,12-15

 

4,1.- Este anuncio enlaza dos partes entre sí. En primer lugar (16,12-13a) se oponen dos épocas: el tiempo de Jesús de Nazaret, cuyo «decir» ya no es oído por los discípulos, y el tiempo del Espíritu que los guiará hacia la verdad completa. Luego (16,13b-15) se volverán a reunir los dos actores que anteriormente se distinguían: el «hablar» del Espíritu, su comunicación, su origen en Jesús glorificado. De este modo el Espíritu de la verdad y el Hijo son ciertamente «dos», pero son «uno» en su obrar.

Jesús todavía tiene muchas cosas por decir (16,22). ¿Cuáles? En este versículo no se nos dice21. En compensación, el contraste que se establece en el v. 13a con la acción del Espíritu permite precisar, al menos negativamente, que, si Jesús de Nazaret no condujo a sus discípulos a la verdad entera, es porque éstos no podían todavía «soportar» la revelación. El «ahora» de la última cena se opone al tiempo de la venida del Paráclito; ésta depende de la pascua del Hijo (cf. 16,7).

Ciertamente Jesús dio a conocer a los discípulos «todo» lo que había oído del Padre (15, 15), pero, para que tengan una inteligencia profunda de ello, tiene que intervenir el Espíritu —como decía ya el segundo texto sobre el Paráclito—. Formalmente, los v. 12-13a se encadenan como los 14,25-26: Estas palabras se las he dicho… Pero el Paráclito… se lo enseñará todo. Allí el Paráclito es el intérprete autorizado de Jesús: la era del Espíritu santo es aquella en la que el pasado se ilumina para el presente. Según nuestro texto, en donde el punto de partida se encuentra, no en las palabras, sino en el silencio de Jesús, la era del Espíritu es más todavía: el Paráclito transmitirá el «hablar» del Hijo glorificado, comunicará lo que le pertenece en propiedad por su comunión perfecta con el Padre. Lo vamos a constatar examinando los tres verbos que describen aquí la acción pos-pascual del Espíritu: guiar hacia la verdad entera, expresar lo que él ha oído y comunicar a los discípulos lo que es propio del Hijo.

El Espíritu guiará a los discípulos hacia la verdad, atendiendo así la oración del salmista: ¡Guíame  hacia la verdad! (Sal 24,5 [LXX]). Este ardiente anhelo hace eco a la tradición bíblica del camino del Señor que hay que conocer y en el que hay que caminar para tener la vida; Dios es su guía. Esta tradición atribuía la travesía del mar Rojo al espíritu de YHVH:

El Espíritu bajó de junto al Señor y los guió (Is 63,14 [LXX]).

 

4.2.- El Espíritu actúa entre los hebreos que buscan la tierra prometida; asociado a veces al fuego, puede ser reconocido en la columna de fuego (cf. Neh 9,12.19), de la que nos dice la Sabiduría que guió al pueblo por el desierto (Sab 18,3; cf. 10,10). Filón, digno heredero de la tradición judía, dice que «el espíritu de Moisés no habría acertado tan perfectamente si no hubiera tenido un soplo divino para que lo guiara plenamente hacia la verdad misma»; y en otro lugar: «El soplo lo condujo por un camino totalmente recto».

Es a la verdad entera hacia donde conduce el Espíritu. ¿Será esto simplemente otra manera de dar a entender que el Paráclito enseñará todo lo que yo les he dicho (14,26)? En efecto, es al final de su vida cuando se comprende plenamente a un hombre, indica justamente J. Calloud. Si con la muerte de Jesús tiene lugar el final de su discurso en la tierra, con el Espíritu se abre una comprensión totalizante de los elementos dispersos en las palabras y también en las acciones de Jesús.

Pero, por la evocación de algo que no se dice y por la indicación «la verdad entera», el evangelista nos indica algo más. Además de esta iluminación del pasado de Jesús, está la revelación de su presente, que es el del Hijo glorificado en Dios. La verdad entera es la plenitud de este misterio. En otras palabras, es el señorío del Cristo Salvador, establecido por el Padre por encima de todo nombre que pueda nombrarse (Ef 1,20-23; cf. Flp 2,9-11) y que celebra el himno de Col 1,15-20. No se trata de «verdades» múltiples, a las que el Espíritu vaya guiando progresivamente; a pesar de lo que podría sugerir la traducción de la Vulgata, este pasaje no significa que el Espíritu vaya a garantizar las formulaciones dogmáticas de la Iglesia. A lo que se refiere, es a la verdad una y total del Cristo glorificado en Dios y que se comunica como tal a los suyos.

 

4.3.- Para guiar hacia la verdad, el Espíritu «hablará» o «expresará»  lo que oye del Hijo. El evangelista, según su costumbre, distingue entre los verbos laletn légein: el primero designa el acto de hablar, el otro el enunciado. Si deja ahora de oírse el «decir» de Jesús, su «hablar», que equivale a «revelar», continuará haciéndose oír por la mediación del Espíritu.

Efectivamente, el hablar del Espíritu no proviene de su propia autoridad, de la misma manera que tampoco Jesús hablaba por propia iniciativa29: el Espíritu oirá de Jesús lo mismo que Jesús oía del Padre (8,26). Su hablar no llega sin duda a los oídos lo mismo que llegaban antes las palabras de Jesús, pero sí que llega al corazón. El Hijo prolongará su revelación de una manera distinta, «espiritual», tal como lo señala el tercer verbo que caracteriza a la función del Paráclito.

Si el Espíritu expresa lo que oye del Hijo, es para «comunicarlo». El verbo anaggélein aparece en tres ocasiones. Compuesto de aggélein (cf. Jn 20,18) y de ana, encierra esencialmente el sentido de anunciar, de revelar una cosa desconocida. Sin embargo, en virtud del prefijo ana que sugiere una reiteración30, supone un redecir: el anuncio, nuevo para los destinatarios, ha sido recibido antes por el que lo transmite; no es él su autor31. Por consiguiente, el Espíritu será la expresión del mismo Jesús.

El texto dice en primer lugar: El les comunicará lo que va a venir (ta erkhómená).

Esta fórmula es vaga y los comentaristas presentan varias hipótesis interpretativas. Dejemos de lado a los que, sin razón alguna para ello, ven anunciadas aquí las formulaciones de los concilios. J. K. Barrett propone los acontecimientos de la pasión-resurrección, dado que Jesús pronuncia estas palabras la noche misma de la traición. Pero, para expresar ese contenido, habría sido necesario precisar, como en 18,4: lo que le iba a suceder. Apoyándose en Is 41, 23 (LXX), otros críticos piensan en los acontecimientos del final de los tiempos, deduciendo de esto que Juan querría justificar aquí la actividad de los «profetas» cristianos. Sin embargo, el texto de Isaías habla de «las cosas últimas» (tá éskhata), pero no así el de Juan. Y no se pueden invocar las visiones del Apocalipsis para sostener esta hipótesis.

Según la mayor parte de los críticos actuales, el anuncio Les comunicará lo que va a venir evoca el curso de la historia en su duración indefinida, pero no en el sentido de su predicción, sino en cuanto que el Espíritu hará ver a los creyentes cómo tienen que reaccionar ante los acontecimientos que se van presentando. Esta lectura obliga a matizar el significado de anaggeleí, que habría que traducir por «interpretará», si se excluye el sentido de revelación del porvenir, que es el que se impone a primera vista. Por eso, nos parece preferible, o por lo menos posible, otra lectura, teniendo en cuenta la repetición, en cascada, de la misma expresión les comunicará. En efecto, por medio de esta expresión, el final del v. 13 resulta formar un solo conjunto con lo siguiente. Lo que vendrá a lo largo de la historia no son entonces las vicisitudes de este mundo, sino lo que enuncian los vv. 14-15: el don a los creyentes de lo que pertenece al Hijo.

En este final del anuncio, construido in crescendo a partir del contenido de conjunto del v. 13, no se trata ya de unas palabras de revelación oídas y transmitidas: lo que el Espíritu recibe para comunicarlo procede de la «propiedad» de Jesús, de lo que el Hijo posee.

La expresión «de mi propiedad», literalmente «de lo mío», pronunciada dos veces (v. 14. 15; cf. 17,10), queda aclarada por la afirmación solemne: Todo lo que tiene el Padre es mío (v. 15). «De mi propiedad» orienta no solamente hacia el conocimiento del misterio, sino hacia la vida que está en el Padre y en el Hijo (cf. 5,26), hacia la gloria dada desde toda la eternidad al Hijo (cf. 17,5. 24), hacia el amor que es propio de Dios.

El Espíritu comunicará a los creyentes lo que recibirá por medio de Jesús de este tesoro inagotable. Al obrar así, glorificará al Hijo, cuya misión tenía la finalidad de hacer a todos partícipes de la «vida eterna» ya desde esta tierra (cf. 3,16; 10,28…). El capítulo 17 explicitará el contenido de la comunicación de Jesús, confiada al Espíritu: Les he dado la gloria que tú me has dado… que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos (17,22. 26)[5].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Según mi criterio, no es suficiente afirmar, en la confesión de mi fe, que el Señor Jesucristo, mi Dios y tu Unigénito, no es una mera criatura; ni soporto que se emplee una tal expresión al referirse a tu santo Espíritu, que procede de ti y es enviado por medio de él. Yo siento una gran veneración por las cosas que a ti te conciernen. Sabiendo que sólo tú eres el Ingénito y que el Unigénito ha nacido de ti, no se me ocurrirá no obstante decir que el Espíritu Santo ha sido engendrado, ni jamás afirmaré que ha sido creado. Me temo que, de esta manera de hablar, que me es común con el resto de tus representantes, pudieran derivarse para ti hasta ciertas mal disimuladas injurias. Según el Apóstol, tu Espíritu Santo sondea y conoce tus profundidades y tu abogado en favor mío te dice cosas que yo jamás sería capaz de decir: ¿y yo, a la potencia de su naturaleza permanente que procede de ti a través de tu Unigénito, no sólo la llamaré, sino que además la infamaré llamándola «creada»? Nada, sino algo que te pertenezca, puede penetrar tu intimidad: ni el abismo de tu inmensa majestad puede ser mensurado por fuerza alguna que te sea ajena o extraña. Todo lo que está en ti es tuyo: ni puede serte ajeno lo que es capaz de sondearte.

Para mí es inenarrable el que te dice, en favor mío, palabras que yo no puedo expresar. Pues, así como en la generación de tu Unigénito, antes de todos los tiempos, queda en suspenso toda ambigüedad de expresión y toda dificultad de comprensión, y resta solamente que ha sido engendrado por ti, así también, aun cuando no llegue a percibir con los sentidos la procesión de tu Espíritu Santo de ti a través de él, lo percibo no obstante con la conciencia.

En efecto, en las cosas espirituales soy tardo de comprensión, como dice tu Unigénito: No te extrañes de que te haya dicho: «Tienen que nacer de nuevo»; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu. Habiendo obtenido la fe de mi regeneración, no la entiendo; y poseo ya lo que ignoro. Renazco sin yo sentirlo, con sola la virtualidad de renacer. Al Espíritu no se le puede canalizar: habla cuando quiere, lo que quiere y donde quiere. Si, pues, desconozco el motivo de sus idas y venidas, aun siendo consciente de su presencia, ¿cómo podré colocar su naturaleza entre las cosas creadas y limitarla pretendiendo definir su origen? Todo se hizo por el Hijo, que en el principio estaba junto a ti, oh Dios, y la Palabra era Dios, como dice tu evangelista Juan. Y Pablo enumera todas las cosas creadas por medio de él: celestiales y terrestres, visibles e invisibles. Y mientras recuerda que todo ha sido creado en Cristo y por Cristo, del Espíritu Santo juzgó suficiente con indicar que es tu Espíritu.

Abrigando, como abrigo, los mismos sentimientos en tales materias que estos santos varones expresamente elegidos por ti, de suerte que no me atreveré a afirmar de tu Unigénito nada que, según su criterio, supere el nivel de mi propia comprensión, excepto que ha nacido; de idéntico modo tampoco diré de tu Espíritu Santo nada que, según ellos, vaya más allá de las posibilidades de la inteligencia humana, excepto que es tu Espíritu. Ni quiero perderme en una inútil pugna de palabras, sino mantenerme más bien en la perenne profesión de una fe inquebrantable.

Conserva, te lo ruego, esta incontaminada norma de mi fe y, hasta mi postrer aliento, concede esta voz a mi conciencia, para que me mantenga siempre fiel a lo que he profesado en el Símbolo de mi nuevo nacimiento, cuando fui bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: a saber, que pueda siempre adorarte a ti, Padre nuestro, junto con tu Hijo, y merezca a tu Espíritu Santo, que procede de ti a través de tu Unigénito. Porque para mí, mi Señor Jesucristo es idóneo testigo para creer, él que dijo: Padre, todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío; él que permanece siempre Dios en ti, de ti y junto a ti. ¡Bendito él por los siglos de los siglos! Amén[6].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Benedicto XVI, Ángelus del 07 de junio 2009.

[2] Ver A. Barucq, Le Livre des Proverbes, París 1964, pp. 93-97.

[3] Juan Pablo II, Segunda catequesis sobre el Salmo 8. 24 de setiembre de 2003.

[4] Adaptado de: Ch. Perrot, La carta a los Romanos, Estella (Navarra) 1989 (CB 65), pp. 32-33.

[5] X. Leon-Dufour, Lectura del Evangelio de Juan,-III-  Jn 13-17, Salamanca 1995, pp. 188-192. Levemente adaptado.

[6] San Hilario de Poitiers, Tratado sobre la Trinidad, Libro 12, 55-56, PL 10, 468-472. Perteneciente a una noble familia pagana, nació en Poitiers en torno al 315. Las noticias relativas a su vida, inciertas y fragmentarias, no permiten establecer la fecha de su conversión al cristianismo. Es probable que recibiera el Bautismo siendo adulto. Elegido Obispo de Poitiers alrededor del 350, combatió con todas sus fuerzas la herejía arriana. El emperador Constancio lo desterró a Frigia, en Asia Menor. Durante los cuatro años de exilio, Hilario reveló dotes de pensamiento y de acción que le merecieron el titulo de Atanasio de Occidente. En el 360, por insistencia de los arrianos, que juzgaban inoportuna su presencia en Oriente, se le permitió regresar a la Galia. Un año después, convocó un Concilio en París que supuso un golpe decisivo para el arrianismo en Occidente. Murió en Poitiers, probablemente en el 367. La lucha de San Hilario contra el arrianismo se manifestó también en su abundante producción literaria, constituida por tres tipos de obras: dogmáticas, histórico-polémicas y exegéticas.

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