Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

19 de mayo 2013

 

Pentecostés

[Capilla “Redemtoris Mater”, Ciudad del Vaticano, 1999]

 

Introducción

 

Al llegar el día de Pentecostés (Hch 2,1): solemos no caer en la cuenta que la expresión ‘día de pentecostés’ no significa otra cosa que ‘día quincuagésimo’, sobre entendiendo  ‘a partir de Pascua’. El nombre y la fiesta los hemos heredado de Israel. En hebreo su nombre es ‘Shavuot’, es decir ‘semanas’: se sobre entiende ‘siete’ [semanas], las que se cumplen a los cuarenta y nueve días, abriéndose a la alegría festiva del día quincuagésimo.

En su origen Shavuot-Pentecostés era una celebración agrícola llena de alegría y de gozo al ver ondear en los campos la rubia cosecha. Ya en el siglo 3º antes de Cristo nuestra fiesta asumió otra dimensión que en hebreo quedó resumida en un juego de palabras no reproducible en castellano: shavuot-shevuot = semanas-juramentos, es decir fiesta del  juramento-alianza. Memorial, por tanto, de la Alianza por excelencia, la del Sinaí, memoria que fue madurando y enriqueciéndose a través de las peripecias de la historia.

Si ojeamos los libros de la comunidad de Qumrán o el Libro apócrifo de los Jubileos[1], que sin duda proviene de una matriz afín, descubriremos que en ellos Pentecostés es designado siempre como fiesta de la nueva alianza, de aquella alianza tan esperada, perfecta y definitiva cantada por los profetas Jeremías (31,31-34; Cf. Hb 8,8-12) y Ezequiel (36), en páginas que son fundamentales, también para la teología del Nuevo Testamento / Nueva Alianza. Ambos profetas,- en paralelo -, justo cuando todas las estructuras de la alianza (rey, templo, sacerdocio,…) se desplomaban ante el desastre del exilio, imaginan un día en el que Dios ya no tendría necesidad de tablas de piedra, sino que escribiría su ley-alianza en los corazones, ni tampoco un hermano tendrá necesidad de otro hermano (la tutela oficial de los sacerdotes) para que le enseñe la alianza, ya que el Señor arrancará de cada uno su corazón de piedra, dándole un corazón de carne, infundiendo en su interior,- ¡notemos la expresión! -, su Espíritu (Infundiré mi Espíritu en ustedes y haré que signa mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes Ez 36,27). La fiesta de Pentecostés se transforma así en la fiesta de la nueva alianza, la celebración de la infusión del Espíritu.

Si comparamos la teofanía del Sinaí (Ex 19) con la experiencia del primer Pentecostés descubrimos numerosos ecos mutuos, al igual que Lucas nos señala  a Pentecostés como una “anti-babel”, ya que todos los pueblos redescubren su unidad y vuelven a entender el lenguaje de Dios:

Génesis 11,7                                                                                     Hechos 2,6

…confundamos su lengua para que                                    … cada uno los oía hablar en su propia

ya no se entiendan.                                                                      lengua.

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 2,1-11

 

1.1.- San Lucas pone en el capítulo segundo de los Hechos de los Apóstoles el relato del acontecimiento de Pentecostés (…). Introduce el capítulo con la expresión: Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar  (Hech 2,1). Son palabras que se refieren al cuadro precedente, en el que san Lucas había descrito la pequeña comunidad de discípulos, que se reunía asiduamente en Jerusalén después de la Ascensión de Jesús al cielo (cf. Hech 1,12-14). Es una descripción muy detallada: el lugardonde vivían —el Cenáculo— es un ambiente en la estancia superior. A los once Apóstoles se les menciona por su nombre, y los tres primeros son Pedro, Juan y Santiago, las columnas de la comunidad. Juntamente con ellos se menciona a algunas mujeres, a Maríala madre de Jesús y a sus hermanos, integrados en esta nueva familia, que ya no se basa en vínculos de sangre, sino en la fe en Cristo. A este“nuevo  Israel” alude claramente el número total de las personas, que era de unos ciento veinte, múltiplo del “doce” del Colegio apostólico. El grupo constituye una auténtica qahal, una “asamblea” según el modelo de la primera Alianza, la comunidad convocada para escuchar la voz del Señor y seguir sus caminos. El libro de los Hechos subraya que todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu (Hech 1,14). Por tanto, la oración es la principal actividad de la Iglesia naciente, mediante la cual recibe su unidad del Señor y se deja guiar por su voluntad, como lo demuestra también la decisión de echar a suerte la elección del que debía ocupar el lugar de Judas (cf. Hech 1, 25).

 

1.2.- Esta comunidad se encontraba reunida en el mismo lugar, el Cenáculo, durante la mañana de la fiesta judía de Pentecostés, fiesta de la Alianza, en la que se conmemoraba el acontecimiento del Sinaí, cuando Dios, mediante Moisés, propuso a Israel que se convirtiera en su propiedad de entre todos los pueblos, para ser signo de su santidad (cf. Ex 19). Según el libro del Éxodo, ese antiguo pacto fue acompañado por una formidable manifestación de fuerza por parte del Señor: Todo el monte Sinaí humeaba —se lee en esepasaje—, porque el Señor había descendido sobre él en el fuego. Subía el humo como de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia (Ex 19, 18).

En el Pentecostés del Nuevo Testamento volvemos a encontrar los elementos del viento y del fuego, pero sin las resonancias de miedo. En particular, el fuego toma la forma de lenguas que se posan sobre cada uno de los discípulos, todos los cuales se llenaron de Espíritu Santo» y, por efecto de dicha efusión, «empezaron a hablar en lenguas extranjeras (Hech 2, 4). Se trata de un verdadero “bautismo” de fuego de la comunidad, una especie de nueva creación. En Pentecostés, la Iglesia no es constituida por una voluntad humana, sino por la fuerza del Espíritu de Dios. Inmediatamente se ve cómo este Espíritu da vida a una comunidad que es al mismo tiempo una y universal, superando así la maldición de Babel (cf. Gn 11, 7-9). En efecto, sólo el Espíritu Santo, que crea unidad en el amor y en la aceptación recíproca de la diversidad, puede liberar a la humanidad de la constante tentación de una voluntad de potencia terrena que quiere dominar y uniformar todo.

 

1.3.- En uno de sus sermones, san Agustín llama a la Iglesia “Societas Spiritus”, sociedad del Espíritu (Serm. 71, 19, 32: PL 38, 462). Pero ya antes de él san Ireneo había formulado una verdad que quiero recordar aquí: “Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia, y el Espíritu es la verdad; alejarse de la Iglesia significa rechazar al Espíritu» y por eso “excluirse de la vida” (Advhaer. III, 24, 1).

A partir del acontecimiento de Pentecostés se manifiesta plenamente esta unión entre el Espíritu de Cristo y su Cuerpo místico, es decir, la Iglesia. Quiero comentar un aspecto peculiar de la acción del Espíritu Santo, es decir, la relación entre multiplicidad y unidad. De esto habla la segunda lectura, tratando de la armonía de los diversos carismas en la comunión del mismo Espíritu. Pero ya en el relato de los Hechos, que hemos escuchado, esta relación se manifiesta con extraordinaria evidencia.

En el acontecimiento de Pentecostés resulta evidente que a la Iglesia pertenecen múltiples lenguas y culturas diversas; en la fe pueden comprenderse y fecundarse recíprocamente. San Lucas quiere transmitir claramente una idea fundamental: en el acto mismo de su nacimiento la Iglesia ya es “católica”, universal. Habla desde el principio todas las lenguas, porque el Evangelio que se le ha confiado está destinado a todos los pueblos, según la voluntad y el mandato de Cristo resucitado (cf. Mt 28, 19).

La Iglesia que nace en Pentecostés, ante todo, no es una comunidad particular —la Iglesia de Jerusalén—, sino la Iglesia universal, que habla las lenguas de todos los pueblos. De ella nacerán luego otras comunidades en todas las partes del mundo, Iglesias particulares que son todas y siempre actuaciones de una sola y única Iglesia de Cristo. Por tanto, la Iglesia católica no es una federación de Iglesias, sino una única realidad: la prioridad ontológica corresponde a la Iglesia universal. Una comunidad que no fuera católica en este sentido, ni siquiera sería Iglesia.

 

1.4.- A este respecto, es preciso añadir otro aspecto: el de la visión teológica de los Hechos de los Apóstoles sobre el camino de la Iglesia de Jerusalén a Roma. Entre los pueblos representados en Jerusalén el día de Pentecostés san Lucas cita a los «forasteros de Roma» (Hech 2, 10). En ese momento, Roma era aún lejana, era «forastera» para la Iglesia naciente: era símbolo del mundo pagano en general. Pero la fuerza del Espíritu Santo guiará los pasos de los testigos «hasta los confines de la tierra» (Hech 1, 8), hasta Roma. El libro de los Hechos de los Apóstoles termina precisamente cuando san Pablo, por un designio providencial, llega a la capital del imperio y allí anuncia el Evangelio (cf. Hech 28, 30-31). Así, el camino de la palabra de Dios, iniciado en Jerusalén, llega a su meta, porque Roma representa el mundo entero y por eso encarna la idea de catolicidad de san Lucas. Se ha realizado la Iglesia universal, la Iglesia católica, que es la continuación del pueblo de la elección, y hace suya su historia y su misión[2]

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 103[104]

 

2.1.- “Bendice al Señor, alma mía: ¡Señor, Dios mío, qué grande eres! ¡Qué variadas son tus obras, Señor!, la tierra está llena de tus criaturas…Si les quitas el aliento,  expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento, son creados, y repueblas la superficie de la tierra….”

Este texto comprende unos pocos versículos de un hermoso, poético y largo salmo de gozo y alabanza al Señor por las maravillas de la creación. La presencia en él de unos versículos en los que se hace referencia a la importancia del aliento, soplo o “espíritu” divino para la vida de los vivientes, ha dado pié a su incorporación a la liturgia de Pentecostés, prefigurando en aquel soplo o aliento vital este otro Soplo oAliento cuya recepción por los discípulos de Cristo hoy simultáneamente conmemoramos e impetramos: elEspíritu Santo, sin el cual los cristianos volvemos “a ser polvo”, mientras que con él tenemos energía divina para “repoblar” espiritualmente, para renovar, la  superficie, de la tierra.

 

2.2.- El v.30 de nuestro salmo, en la versión de la “Vulgata” latina fue utilizado durante siglos, como texto típico de la acción del Espíritu Santo en el alma de los fieles y en el mundo entero: Envía tu Espíritu y todo será creado y renovarás la faz de la tierra (Emitte Spiritum tuum et creabuntur et renovabis faciem terrae).

 

 

Segunda Lectura: Primera Carta a los Corintios 12,3-7.12-13

 

3.1.- Este texto es importante para comprender la teología paulina del Espíritu Santo:

(1) El Espíritu Santo es el alma de la profesión de fe en Cristo Señor.

(2) El Espíritu Santo es la fuente de todos los carismas y, por la convergencia de los mismos (“para el bien común”), es el principio de la unidad de la Iglesia.

(3) El Espíritu Santo está vinculado a los sacramentos, particularmente al Bautismo y a la Eucaristía.

(4) El Espíritu no se comprende sin la Trinidad. En los vv. 4-7 se insinúa una visión trinitaria de misterio cristiano. Nótese la unidad entre el Espíritu (v.4: “el Espíritu es el mismo”), el Señor (=Jesús; v.5: “el Señor es el mismo”) y Dios (=Padre; v.6: “el mismo Dios que obra todo en todos”).

 

3.2.- En el trasfondo de este pasaje hay una problemática pastoral que no hay que dejar pasar desapercibida: en la comunidad de Corinto, aquellos que se beneficiaban de algunos carismas y manifestaciones espirituales se creían superiores a los otros. Pablo reacciona insistiendo en el hecho de que los carismas son “dones” (ver que aparece siete veces esta palabra a lo largo del pasaje).

La respuesta va en esta dirección:

(1) Dichos “dones” tienen un mismo origen: el mismo Espíritu, el mismo Señor, el mismo Dios, quien hace la unidad en la diversidad.

(2) Los “dones” son ofrecidos por Dios a cada persona en función “del bien de todos”, es decir, al servicio de la edificación de la comunidad y de la misión.

El Espíritu Santo no sólo hace nacer sino también crecer a la Iglesia, “Cuerpo de Cristo”. La comparación con el “Cuerpo” destaca la diversidad, la solidaridad y la unidad de la Iglesia[3].

 

 

Evangelio: San Juan 20,19-23

 

4.1.- ¡La paz esté con ustedes es el saludo de Jesús! Estamos en el atardecer del domingo de Pascua. La situación de los discípulos de pacífica no tiene nada: más bien es de guerra,  de desarmonía. No están en paz con Jesús, al que abandonaron, renegando de Él cuando el asunto quemaba. No están en paz consigo mismos, atormentados por tantas dudas, incertidumbres, recriminaciones. Tampoco están en paz entre ellos, y cómo podrían estarlo ante semejante confusión. Tampoco están en paz con el mundo exterior, peor todavía, están muertos de miedo, tanto que tienen las puertas cerradas “a cal y canto”.

 

4.2.- Y en esta situación de desarmonía y desunión resuena sereno y sorprendente el saludo del Resucitado: ¡La paz esté con ustedes!  Saludo para nada banal, sino que cargado de todo el trasfondo del Shalom bíblico se hace expresión de un amor que permaneció inconmovible e inmutable, a pesar de su abandono. Jesús no les reprocha nada, no los castiga, no los culpabiliza. Les ofrece la paz: ¡los ha perdonado!

 

4.3.- Los discípulos se llenaron de alegría. ¿Cómo no iban a “ponerse alegres como unas pascuas”? El Señor vive y como siempre está lleno de amor y de perdón. Verdaderamente esta es LA Buena Noticia. Tanto les sorprende que Jesús tiene que volver a repetir: La paz esté con ustedes. Y añade una frase conmovedora: como el Padre me envió a mí, yo los envío a ustedes. ¿Cómo? ¿Así que envías al mundo a este hato de inútiles, venidos a menos? ¡Sí! , son ellos los que pueden y deben ir por el mundo, porque parten como perdonados portadores del perdón: los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen. He ahí Pentecostés, el don del Espíritu Santo desciende sobre nosotros haciendo de nosotros no ya personas seguros de nuestras propias fuerzas, de nuestra propia justicia, sino perdonados que harto bien saben que todo se lo deben a la gratuidad del (per)don de Cristo, y que por eso mismo están dispuestos a perdonar difundiendo con generosidad, alrededor suyo ese mismo don del perdón recibido por-don. El perdón es nueva creación, por eso es que Jesús al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. Ya en Isaías y en el salmo 50(51),12 crea en mí, Dios mío, un corazón puro, la palabra usada para el perdón (= crear un nuevo corazón), es la misma que la usada en el Génesis para ‘crear’ el cielo y la tierra. Con lo que vemos que tanto Lucas en los Hechos como Juan en su Evangelio están en perfecta armonía.

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Toda la actividad de Cristo se realizó en la presencia del Espíritu. Él estaba allí, aún cuando fue tentado por el diablo, pues está escrito: ‘Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado’ (Mateo 4,1). Y continuaba con Él, inseparablemente, cuando Jesús realizaba sus milagros, porque, -son sus palabras- ‘Yo expulso los demonios por la virtud del Espíritu de Dios…’ (Mateo 12,28).

Él no lo abandonó después de su resurrección de los muertos: cuando el Señor, para renovar al hombre y restituirlo –una vez  que la perdiera- la gracia recibida por el soplo de Dios, cuando el Señor sopló sobre el rostro de los discípulos, ¿qué fue lo que les dijo? ‘Recibid el Espíritu Santo; los pecados serán perdonados a quienes se los perdonen y quedarán retenidos a quienes se los retengan’ (Juan 20,22-23).

¿Y la organización de la Iglesia? ¿No es evidentemente y sin contestación, obra del Espíritu Santo? En efecto, según san Pablo, es Él quien le dio a la Iglesia ‘en primer lugar los apóstoles, en segundo los profetas, en tercero los doctores; después el don de milagros, después los carismas de curación, de asistencia, de gobierno, de lenguas distintas’ (1 Corintios 12,28). El Espíritu distribuye esta orden según la repartición de sus dones”[4].

pmaxalexander@gmail.com


[1]  Por ejemplo LibJubEtiope 15;  pi.ning.com/files/…ukM/LibrodeLosJubileos

[2] Benedicto XVI, Homilía en el día de Pentecostés, 11 de mayo 2008.

[3] Tomado del Curso dictado en el Uruguay por el Padre F. Oñoro.

[4] San Basilio el Grande,  Sobre el Espíritu Santo 16,39. PG 32,946.  Basilio nació en Cesaréa de Capadocia hacia el 330 en una familia cuya abuela paterna, Macrina, fue santa y cuyo abuelo materno murió mártir; Basilio contó entre sus diez hermanos con Gregorio de Nisa y Pedro de Sebaste y con su santa hermana, Macrina. Cursó estudios de retórica en Cesaréa, Constantinopla y Atenas. En el 356 regresó a su tierra y, tras un cierto período en que se dedicó a la retórica, se hizo bautizar, partiendo a continuación en un viaje por Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia a fin de conocer a los monjes más famosos. Cuando volvió, repartió sus riquezas entre los pobres y marchó a Neocesaréa para un primer ensayo de vida ascética. En el año 358 lo visitó allí Gregorio de Nacianzo. De la pluma de ambos surgió laFilocalia. Las así llamadas Reglas de san Basilio tienen un largo y trabajado itinerario de elaboración, fruto de su profunda experiencia monástica y espiritual y son un fiel eco de su fuerte y auténtico amor a la Escritura, al igual que sus nunca lo bastante ponderadas Reglas Morales. Para él la “única regla de vida cristiana” es “El Evangelio sin glosa” (Gribomont). Traducidas al latín tuvieron gran influencia en Occidente. Eusebio de Cesaréa lo persuadió en el 364 de ordenarse sacerdote y a la muerte de aquél, en el 370, lo sucedió a la cabeza de su diócesis. Desarrolló entonces una actividad impresionante fundando instituciones dedicadas al socorro de los pobres y marginados; se opuso con valentía a las presiones imperiales encaminadas a obligarlo a adherirse al arrianismo. Preocupado inmensamente por las divisiones internas en la Iglesia intentó que Roma terciara en la disputa entre Melecio y Paulino, pero la jerarquía romana no quiso intervenir en el conflicto aunque sí subrayó  la existencia de una comunión en la fe. Murió el primer día del año 379 y se lo celebra litúrgicamente al día siguiente junto a Gregorio Nazianceno, su amigo del alma.

 

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