Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

DECIMOSEGUNDO DOMINGO DURANTE EL

AÑO,

Ciclo “C”

22-23 de junio 2013

 

El Cristo no pintado por mano humana

[www.pastoral-biblica.org]

 

 

Introducción

 

0.1.- En Lucas -de acuerdo con el sentido de su visión de la figura de Jesús- la confesión de Pedro va unida a un momento de oración. Lucas comienza el relato de la historia con una paradoja intencionada: En una ocasión en que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos  (9, 18). Los discípulos quedan incluidos en ese “estar solo”, en su reservadísimo estar con el Padre. Se les concede verlo como Aquel que habla con el Padre cara a cara, de tú a tú, (…). Pueden verlo en lo íntimo de su ser, en su ser Hijo, en ese punto del que provienen todas sus palabras, sus acciones, su autoridad. Ellos pueden ver lo que la «gente» no ve, y esta visión les permite tener un conocimiento que va más allá de la “opinión” de la “gente”. De esta forma de ver a Jesús se deriva su fe, su confesión; sobre esto se podrá edificar después la Iglesia. Aquí es donde encuentra su colocación interior la doble pregunta de Jesús. Esta doble pregunta sobre la opinión de la gente y la convicción de los discípulos presupone que existe, por un lado, un conocimiento exterior de Jesús que no es necesariamente equivocado aunque resulta ciertamente insuficiente, y por otro lado, frente a él, un conocimiento más profundo vinculado al discipulado, al acompañar en el camino, y que sólo puede crecer en él. Los tres sinópticos coinciden en afirmar que, según la gente, Jesús era Juan el Bautista o Elías o uno de los profetas que había resucitado; Lucas había contado con anterioridad que Herodes había oído tales interpretaciones sobre la persona y la actividad de Jesús, sintiendo por eso deseos de verlo. (…)

 

0.2.- Todas estas opiniones no es que sean erróneas; en mayor o menor medida constituyen aproximaciones al misterio de Jesús a partir de las cuales se puede ciertamente encontrar el camino hacia el núcleo esencial. Sin embargo, no llegan a la verdadera naturaleza de Jesús ni a su novedad. Se aproximan a él desde el pasado, o desde lo que generalmente ocurre y es posible; no desde sí mismo, no desde su ser único, que impide el que se le pueda incluir en cualquier otra categoría.

En Lucas, Pedro reconoce a Jesús –según hemos visto- como el Ungido (Cristo, Mesías) de Dios. Aquí nos volvemos a encontrar con lo que el anciano Simeón sabía sobre el Niño Jesús, al que preanunció como el Ungido (Cristo) del Señor (cf. Lc 2,26).

Como contraste, a los pies de la cruz, «las autoridades» se burlan de Jesús diciéndole: A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido (Lc 23,35). Así, el arco se extiende desde la infancia de Jesús, pasando por la confesión de Cesarea de Felipe, hasta la cruz: los tres textos juntos manifiestan la singular pertenencia del «Ungido» a Dios.

Pero en el Evangelio de Lucas hay que mencionar otro acontecimiento importante para la fe de los discípulos en Jesús: la historia de la pesca milagrosa, que termina con la elección de Simón Pedro y de sus compañeros para que sean discípulos. Los experimentados pescadores habían pasado toda la noche sin conseguir nada, y entonces Jesús les dice que salgan de nuevo, a plena luz del día, y echen las redes al agua. Para los conocimientos prácticos de estos hombres resultaba una sugerencia poco sensata, pero Simón responde: Maestro… por tu palabra, echaré las redes (Lc 5,5). Luego viene la pesca abundantísima, que sobrecoge a Pedro profundamente. Cae a los pies del Señor en actitud de adoración y dice: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador (5, 8). Reconoce en lo ocurrido el poder de Dios, que actúa a través de lapalabra de Jesús, y este encuentro directo con el Dios vivo en Jesús le impresiona profundamente. A la luz y bajo el poder de esta presencia, el hombre reconoce su miserable condición. No consigue soportar la tremenda potencia de Dios, es demasiado imponente para él. Desde el punto de vista de la historia de lasreligiones, éste es también uno de los textos más impresionantes para explicar lo que ocurre cuando el hombre se siente repentinamente ante la presencia directa de Dios. En ese momento el hombre sólo puede estremecerse por lo que él es y rogar ser liberado de la grandeza de esta presencia. Esta percepción repentina de Dios en Jesús se expresa en el título que Pedro utiliza ahora para Jesús: (Kyrios)Señor. Es la denominación de Dios utilizada en el Antiguo Testamento para reemplazar el nombre de Dios revelado en la zarza ardiente que no se podía pronunciar.  (…)

 

0.3.- ¿Qué conclusiones podemos sacar de todo esto? En primer lugar hay que decir que el intento de reconstruir históricamente las palabras originales de Pedro, considerando todo lo demás como desarrollos posteriores, tal vez incluso  la fe post-pascual, induce a error. ¿De dónde podría haber surgido realmente la fe post-pascual si el Jesús pre-pascual no hubiera aportado fundamento alguno para ello? Con tales reconstrucciones, la ciencia pretende demasiado.

Precisamente el proceso de Jesús ante el Sanedrín pone al descubierto lo que de verdad resultaba escandaloso en Él: no se trataba de un mesianismo político; éste se daba en cambio en Barrabás y más tarde en Bar-Kokebá. Ambos tuvieron sus seguidores, y ambos movimientos fueron reprimidos por los romanos. Lo que causaba escándalo de Jesús era precisamente lo mismo que ya vimos (…) con el Jesús del Sermón de la Montaña: el hecho de que parecía ponerse al mismo nivel que el Dios vivo. Éste era el aspecto que no podía aceptar la fe estrictamente monoteísta de los judíos; eso era lo que incluso Jesús sólo podía preparar lenta y gradualmente. Eso era también lo que -dejando firmemente a salvo la continuidad ininterrumpida con la fe en un único Dios impregnaba todo su mensaje y constituía su carácter novedoso, singular, único. El hecho de que el proceso ante los romanos se convirtiera en un proceso contra unmesianismo político respondía al pragmatismo de los saduceos. Pero también Pilato sintió que se trataba en realidad de algo muy diferente, que a un verdadero “rey”, políticamente prometedor nunca lo habrían entregado para que lo condenara. (…)

Volvamos a las confesiones de los discípulos. ¿Qué vemos, si juntamos todo este mosaico de textos? Pues bien, los discípulos reconocen que Jesús no tiene cabida en ninguna de las categorías habituales, que Él era mucho más que “uno de los profetas”, alguien diferente. Que era más que uno de los profetas lo reconocieron a partir del Sermón de la Montaña y a la vista de sus acciones portentosas, de su potestad para perdonar los pecados, de la autoridad de su mensaje y de su modo de tratar las tradiciones de la Ley. Era ese “profeta” que, al igual que Moisés, hablaba con Dios como con un amigo, cara a cara; era el Mesías, pero no en el sentido de un simple “encargado” de Dios. En Él se cumplían las grandes palabras mesiánicas de un modo sorprendente e inesperado: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy (Sal 2,7). En los momentos significativos, los discípulos percibían atónitos: «Éste es Dios mismo». Pero no conseguían articular todos los aspectos en una respuesta perfecta. Utilizaron -justamente-las palabras de promesa de la Antigua Alianza: Cristo, Ungido, Hijo de Dios, Señor. Son las palabras clave en las que se concentró su confesión que, sin embargo, estaba todavía en fase de búsqueda, como a tientas. Sólo adquirió su forma completa en el momento en el que Tomás tocó las heridas del Resucitado y exclamó conmovido: ¡Señormío y Dios mío! (Jn 20,28). Pero, en definitiva, siempre estaremos intentando comprender estas palabras. Son tan sublimes que nunca conseguiremos entenderlas del todo, siempre nos sobrepasarán. Durante toda su historia, la Iglesia está siempre en peregrinación intentando penetrar en estas palabras, que sólo se nos pueden hacer comprensibles en el contacto con las heridas de Jesús y en el encuentro con su resurrección, convirtiéndose después para nosotros en una misión[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Lectura del profeta Zacarías 12, 10-11; 13, 1

 

1.1.- El gran cuadro (que va desde 12,1 a 13,6), se abre con una auto-presentación del Señor: es él el creador del universo y de la humanidad; por tanto, es a él a quien pertenece todo poder sobre el mundo y sobre la historia de los hombres. El asalto de los pueblos contra Jerusalén es un tema sacado de la tradición de esta ciudad (leer Sal 46,7; 48,5; Ez 38,14ss). El día de la intervención del Señor, Jerusalén será una copa embriagadora que hará perder la cabeza a los asaltantes. Por eso el asalto fracasará (vv. 2-4). El país de Judá se asociará a la batalla (vv. 5-6). ¿Por qué siente el profeta la necesidad de precisar que los habitantes de la provincia de Judá se salvarán incluso antes que los habitantes de la ciudad (v. 7)? ¿Se imaginan los jerosolimitanos que serán ellos los únicos en salvarse? La promesa sigue abierta a todos y particularmente a los indefensos, a los que están fuera de las murallas protectoras de la ciudad. Entonces, cada miembro de la comunidad podrá compararse con David, cuando éste se sentía seguro en su palacio (2 Sm 7,1). Un representante de la dinastía real guiará a la comunidad, como prenda de la protección divina (v. 8).

 

1.2.- Después de volver al tema inicial (v. 9), el profeta empieza a describir la transformación espiritual que el Señor va a realizar en el seno de la comunidad. Un espíritu de oración y de arrepentimiento se apoderará de los gobernantes y de la comunidad entera. Será un movimiento general de retorno a Dios.

 

1.2.1.- Aquí empiezan los versículos incluidos en nuestra lectura. Este es el momento de la descripción en que surge una precisión sorprendente: la atención se dirigirá hacia el que traspasaron. El texto hebreo aplica esta precisión a Dios mismo, lo cual es evidentemente chocante, a no ser que se tome el verbo en un sentido metafórico para hablar de una rebelión contra Dios. Así es como lo comprendieron la versión griega y latina, que traducen: aquel a quien insultaron. Sin embargo, se utiliza este mismo verbo en un sentido concreto en 13,3 para exigir la condenación a muerte de un profeta mentiroso. ¿Hará entonces el profeta una sutil alusión a un suceso dramático reciente en el que, en su rebelión contra Dios, el pueblo se habría dejado llevar a rechazar a uno de sus enviados, hasta el punto de asesinarlo? Comentando este crimen, ¿sería Dios mismo al que traspasaron? La celebración del duelo solemne, descrito inmediatamente después de esta mención, recomienda esta interpretación realista.

Los exegetas han intentado identificar a este misterioso traspasado. Se ha propuesto ver en él a Jeremías, o al rey Josías muerto en el campo de batalla de Meguido (2 Re 23,29), o incluso a Zorobabel, desaparecido prematuramente sin que sepamos cómo.

 

1.2.2.- Por consiguiente, hemos de renunciar a levantar el velo que cubre a este personaje. Es la figura emblemática de un testigo mártir, a imagen del Servidor de YHVH de Isaías 53: en su ceguera, todos lo han rechazado. Pues bien, el espíritu nuevo [¡el Espíritu Santo!] que animará a la comunidad le hará reconocer quién era el enviado del Señor. Por eso esta nueva mirada que dirige al traspasado conducirá a la comunidad a celebrar un duelo solemne, como si se tratara de los funerales de un hijo único [¡del Hijo Único!].

 

1.2.3.- No deja de sorprender la comparación con las ceremonias fúnebres de Hadad-Rimón (v. 11): se trata de las ceremonias en honor de Baal, el dios de la vegetación, que muere todas las primaveras para renacer de nuevo con las primeras lluvias del otoño. Este culto, hoy bien conocido por la documentación mitológica de Ugarit, debía tener una importancia especial en la llanura de Meguido, el granero del país. El profeta esboza una liturgia en la que cada uno de los clanes tiene un papel que representar. Deja incluso un sitio para las mujeres, algo poco habitual.

 

1.3.- Para ilustrar la purificación de la comunidad, el profeta vuelve a utilizar brevemente el tema de la fuente, sacado de la gran visión de Ezequiel 47 (13,1, incluido como conclusión en nuestra lectura). Pero reserva sus ataques más violentos a los idólatras y a los profetas mentirosos (13,2-6). Así pues, hay en este periodo algunos círculos en donde se manifiesta una profecía salvaje, que se inspira en el ejemplo de un tal Amós, simple campesino obligado a profetizar sin una formación previa (v. 5). Sin embargo, estos profetas tendrán que confesar que están relacionados con el culto a Baal, ya que llevan sus huellas en el cuerpo, como los profetas de Baal de la época de Elías (1 Re 18,28). Es a su ambiente familiar al que corresponderá la misión de eliminarlos (v. 3)[2].

 

1.4.- Será san Juan, en su Evangelio, pero también en la 1ª Carta, quien nos brindará la  visión cristiana y cristológica de la profecía de Zacarías acerca del que ‘traspasaron’. “Cuando lo soldados llegan al Calvario para ‘rematar’ a los condenados, constatan que Jesús ya ha muerto. Uno de ellos, le atravesó el costado la lanza, y en seguida brotó sangre y agua. El evangelista confirma su relato con un testimonio lleno de solemnidad (19,35) y mediante dos citas de la Escritura. La primera relacionada con el cordero pascual (Ex 12,46; ver Sal 34[33],21); la otra tomada del Deutero-Zacarías  Y otro pasaje de la Escritura, dice: “Mirarán hacia aquel que ellos mismos traspasaron” (Zac 12,10). La cita no es del todo conforme al texto ‘receptus’ hebreo. Tal vez el evangelista siguió algún manuscrito con esa lectura facilitadora hacia aquel (en lugar de:hacia mí). A esa explicación, tenemos el derecho de preferir otra explicación: en la época de la redacción del cuarto evangelio la Iglesia ya había tomado una conciencia  muy neta y explícita de su fe en la divinidad de Cristo. Desde esta perspectiva, el evangelista quiso citar la profecía tan libremente de modo de hacer más evidente su aplicación a Jesús, aunque Jesús murió por crucifixión, y no matado por una espada o por una flecha”[3].

Vemos entonces, como el evangelista Juan aplica este texto de Zacarías al Crucificado del Gólgota para dar cuenta del alcance histórico de su muerte. Desgraciadamente, los mensajeros de Dios víctimas de la hostilidad del pueblo han sido numerosos a lo largo de la historia, pero ninguno de ellos ha sido objeto de un reconocimiento póstumo análogo al de Cristo Jesús.

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 62[63],2-6. 8-9

 

2.1.- El salmo 62, (…) es el salmo del amor místico, que celebra la adhesión total a Dios, partiendo de un anhelo casi físico y llegando a su plenitud en un abrazo íntimo y perenne. La oración se hace deseo, sed y hambre, porque implica el alma y el cuerpo. Como escribe santa Teresa de Ávila, “sed me parece a mí quiere decir deseo de una cosa que nos hace tan gran falta que, si nos falta, nos mata” (Camino de perfección, c. 19). Las primeras dos estrofas del salmo están centradas (…) en los símbolos de la sed y del hambre, mientras la tercera estrofa nos presenta un horizonte oscuro, el del juicio divino sobre el mal, en contraste con la luminosidad y la dulzura del resto del salmo.

 

2.2.- Así pues, comenzamos nuestra meditación con el primer canto, el de la sed de Dios (vv. 2-4). Es el alba, el sol está surgiendo en el cielo terso de la Tierra Santa y el orante comienza su jornada dirigiéndose al templo para buscar la luz de Dios. Tiene necesidad de ese encuentro con el Señor de modo casi instintivo, se podría decir “físico”. De la misma manera que la tierra árida está muerta, hasta que la riega la lluvia, y a causa de sus grietas parece una boca sedienta y seca, así el fiel anhela a Dios para ser saciado por él y para poder estar en comunión con él.

Ya el profeta Jeremías había proclamado: el Señor es ‘manantial de aguas vivas’, y había reprendido al pueblo por haber[se] construido cisternas agrietadas, que no retienen el agua (Jr 2,13). Jesús mismo exclamará en voz alta: Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba, el que crea en mí (Jn 7,37-38). En pleno mediodía de una jornada soleada y silenciosa, promete a la samaritana:  El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna (Jn 4,14).

 

2.3.- Con respecto a este tema, la oración del salmo 62 se entrelaza con el canto de otro estupendo salmo, el 41: Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo (vv. 2-3). Ahora bien, en hebreo, la lengua del Primer Testamento, “el alma” se expresa con el término nefesh, que en algunos textos designa la “garganta” y en muchos otros se extiende para indicar todo el ser de la persona. El vocablo, entendido en estas dimensiones, ayuda a comprender cuán esencial y profunda es la necesidad de Dios: sin él falta la respiración e incluso la vida. Por eso, el salmista  llega  a poner en segundo plano la misma existencia física, cuando no  hay  unión con Dios: Tu gracia vale más que la vida (Sal 62,4[4]). (…)

 

2.4.- Después del canto de la sed, las palabras del salmista modulan el canto del hambre (vv. 6-9). Probablemente, con las imágenes del “gran banquete” y de la saciedad, el orante remite a uno de los sacrificios que se celebraban en el templo de Sion: el denominado “sacrificio de comunión”, o sea, un banquete sagrado en el que los fieles comían la carne de las víctimas inmoladas. Otra necesidad fundamental de la vida se usa aquí como símbolo de la comunión con Dios: el hambre se sacia cuando se escucha la palabra divina y se encuentra al Señor. En efecto, no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor (Dt 8,3; ver Mt 4,4). Aquí el cristiano piensa en el banquete que Cristo preparó la última noche de su vida terrena y cuyo valor profundo ya había explicado en el discurso de Cafarnaúm: Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él (Jn 6,55-56).

 

2.5.- A través del alimento místico de la comunión con Dios el alma se une a él, como dice el salmista. Una vez más, la palabra “alma” evoca a todo el ser humano. No por nada se habla de un abrazo, de una unión casi física: Dios y el hombre están ya en plena comunión, y en los labios de la criatura no puede menos de brotar la alabanza gozosa y agradecida. Incluso cuando atravesamos una noche oscura, nos sentimos protegidos por las alas de Dios, como el arca de la alianza estaba cubierta por las alas de los querubines. Y entonces florece la expresión estática de la alegría:  A la sombra de tus alas canto con júbilo (v. 8). El miedo desaparece, el abrazo no encuentra el vacío sino a Dios mismo; nuestra mano se estrecha con la fuerza de su diestra (v. 9).

 

2.6.- En una lectura de ese salmo a la luz del misterio pascual, la sed y el hambre que nos impulsan hacia Dios, se sacian en Cristo crucificado y resucitado, del que nos viene, por el don del Espíritu y de los sacramentos, la vida nueva y el alimento que la sostiene.

Nos lo recuerda san Juan Crisóstomo, que, comentando las palabras de san Juan: de su costado ‘salió sangre y agua’ (leer Jn 19,34), afirma:

Esa sangre y esa agua son símbolos del bautismo y de los misterios, (es decir, de la Eucaristía).

Y concluye: ¿Ven cómo Cristo se unió a su esposa? ¿Ven con qué nos alimenta a todos? Con ese mismo alimento hemos sido formados y crecemos. En efecto, como la mujer alimenta al hijo que ha engendrado con su propia sangre y leche, así también Cristo alimenta continuamente con su sangre a aquel que él mismo ha engendrado[5]

 

 

Segunda Lectura: Gálatas  3,26-29

 

3.1.- Estos versículos expresan el meollo del evangelio de Pablo. Son como la síntesis del tema que ha desarrollado en el capítulo tercero. La única seguridad en la vida y en la muerte descansa en el acto liberador de Cristo. El contenido teológico se resume en cuatro fórmulas que expresan la unión sobrenatural y vital con Cristo:

* Ser bautizado en Cristo.

* Vestirse de Cristo.

* Ser de Cristo.

* En Cristo Jesús, que es la fórmula característica de Pablo.

Para Pablo es una realidad de experiencia que los dones del Espíritu, presentes en la comunidad, son fruto de la libertad que da la fe y no de la obediencia a la ley. En la historia de la salvación la ley caracteriza el primer período en el que no se había llegado a la plenitud de la fe. Los que han llegado a la fe se han liberado del poder de la ley. Pablo orienta las miradas de los lectores hacia un nuevo modo de ser en Cristo fundado en el bautismo.

Introduce el concepto de filiación divina. La fórmula “en Cristo Jesús” no determina la fe, sino que caracteriza el fundamento en el que se funda nuestra fe. La filiación divina de los gálatas tiene como fundamento su ser en Cristo. La imagen de “revestirse”, probablemente de origen gnóstico, subraya aún más la participación en el ser de Cristo y pone en guardia contra una concepción puramente ética. Elimina las diferencias que provienen de la religión, condición social y sexo[6].

 

 

Evangelio: San Lucas 9,18-24

 

4.1.- El Evangelio de este domingo está compuesto de dos partes estrechamente relacionadas entre ellas y que pueden sintetizarse en estas dos preguntas: ¿quién es Jesús?, ¿quién es [ó mejor: puede ser] discípulo suyo?

En la primera parte, Pedro, en respuesta a la pregunta planteada por Jesús, lo proclama  Cristo [Mesías] de Dios. Jesús, después de haberles exigido a los Doce guardar silencio acerca de tal identidad, precisa de inmediato la calidad, alcances y dimensiones de su mesianismo: la  del Hijo del hombre[que] debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Un deber, una necesidad que no indica una cruel voluntad de parte de Dios, que estaría exigiendo el derramamiento de sangre para “satisfacer” su propia cólera hacia la humanidad pecadora, sino, y en primer lugar, una necesidad humana, porque en un mundo injusto lo único que puede esperar un justo es ser perseguido y condenado a muerte (leer Sabiduría 2). Claro que como Jesús es “el” Justo, enfrenta esta situación sin defenderse, sin responder con la violencia a sus perseguidores, sino permaneciendo absoluta y totalmente fiel a Dios, entonces la necesidad humana también puede ser leída como necesidad divina, en cuanto obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre, que implica-pide vivir el amor hasta el extremo.., y nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por los que ama (leer Jn 13,1 y 15,13)…

 

4.2.- Detengámonos ahora en las exigencias planteadas por Jesús a quien quiera ser su discípulo, es decir, las exigencias que desde su particularísima concepción mesiánica fluyen hacia quienes quieren seguirlo. Jesús,- puntualiza Lucas -, no dirige sus exigencias únicamente a aquellos que lo rodean en ese momento, sino que se las plantea a todo aquel que quiera seguirlo, y lo hace con absoluta y total claridad, aun corriendo el riesgo de acobardarlos: Si alguno quiere seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga.

‘Renunciar  a sí mismo’, implica querer luchar contra todo egoísmo, una de las tentaciones más constantes y permanentes, es decir, contra esa terrible enfermedad espiritual que la tradición cristiana denominafilautía[7], es decir “excesivo-amor-de-sí-mismo”: los propios deseos y caprichos perseguidos a toda costa, contra viento y marea, aun sin,- o, en contra de,- los demás; una preocupación excesiva y exclusiva por uno mismo, que lleva a tomarse por el metro que mide la realidad. Quien es capaz de dominar tan mortífero egoísmo, deja de permanecer replegado sobre sí y con libertad, empieza a vivir para los demás, generando pensamientos, palabras y acciones conducentes a la mutua comunión. Se es capaz de ‘hacerse cargo de su cruz en el día a día’ con perseverante esfuerzo. Cargar la cruz es cargar el instrumento de la propia ejecución, renunciando a defenderse o auto-justificarse; se trata de transparentar en nuestra vida cotidiana que nada ni nadie podrá impedirnos vivir el Evangelio. Se trata de seguir a Cristo a donde quiera que vaya (leer Ap 14,4), sabiendo que él ha transitado el camino de la Cruz como señal de una vida llena de amor. ¡Es indispensable aprender a no leer la vida de Jesús a partir de la cruz, sino más bien, a interpretar la cruz a partir de Cristo Jesús, quien, en, con y por ella fue elevado, transformando ese instrumento de condenación en el lugar de la mayor exaltación y gloria!

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

En una oportunidad en que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo? Así pues, el Salvador y Señor de todos se presentaba a sí mismo como modelo de una vida digna a sus santos discípulos cuando oraba solo, en su presencia. Pero tal vez había algo que preocupaba a sus discípulos y que provocaba en ellos pensamientos no del todo rectos. En efecto, veían hoy orar a lo humano al que la víspera habían visto obrar prodigios a lo divino. En consecuencia, no carecería de fundamento que se hiciesen esta reflexión: “¡Qué cosa tan extraña! ¿Hemos de considerarlo como Dios o como hombre?”.

Con el fin de poner coto al tumulto de semejantes cavilaciones y tranquilizar su fluctuante fe, Jesús les plantea una cuestión, conociendo perfectamente de antemano lo que decían de él los que no pertenecían a la comunidad judía e incluso lo que de él pensaban los israelitas. Quería efectivamente apartarlos de la opinión de la muchedumbre y buscaba la manera de consolidar en ellos una fe recta. Les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo?

Una vez más es Pedro el que se adelanta a los demás, se constituye en portavoz del colegio apostólico, pronuncia palabras llenas de amor a Dios y hace una profesión de fe precisa e intachable en él, diciendo: El Mesías de Dios. Despierto está el discípulo, y el predicador de las verdades sagradas se muestra en extremo prudente. En efecto, no se limita a decir simplemente que es un Cristo de Dios, sino el Cristo, pues “cristos” hubo muchos, así llamados en razón de la unción recibida de Dios por diversos títulos: algunos fueron ungidos como reyes, otros como profetas, otros finalmente, como nosotros, habiendo conseguido la salvación por este Cristo, Salvador de todos, y habiendo recibido la unción del Espíritu Santo, hemos recibido la denominación de “cristianos”. Por tanto, son ciertamente muchos los “cristos” en base a una determinada función, pero única y exclusivamente él es el Cristo de Dios Padre.

Una vez que el discípulo hubo hecho la confesión de fe, les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado y ejecutado y resucitar al tercer día.Pero, ¿no era ésa una razón de más para que los discípulos lo predicaran por todas partes? Esta era efectivamente la misión de aquellos a quienes él había consagrado para el apostolado. Pero, como dice la sagrada Escritura: Cada asunto tiene su momento. Convenía que su predicación fuera precedida de la plena realización de aquellos misterios que todavía no se habían cumplido. Tales son: la crucifixión, la pasión, la muerte corporal, la resurrección de entre los muertos, este gran milagro y verdaderamente glorioso por el cual se comprueba que el Emmanuel es verdadero Dios e Hijo natural de Dios Padre.

En efecto, la total destrucción de la muerte, la supresión de la corrupción, el espolio del infierno, la subversión de la tiranía del diablo, la cancelación del pecado del mundo, la apertura a los habitantes de la tierra de las puertas del cielo y la unión del cielo y de la tierra: todas estas cosas son, repito, la prueba fehaciente de que el Emmanuel es Dios verdadero. Por eso les ordena cubrir temporalmente el misterio con el respetuoso velo del silencio hasta tanto que todo el proceso de la economía divina haya llegado a su natural culminación. Entonces, es decir, una vez resucitado de entre los muertos, dio orden de revelar el misterio al mundo entero, proponiendo a todos la justificación por la fe y la purificación mediante el santo bautismo. Dijo efectivamente: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.

Así pues, Cristo está con nosotros y en nosotros por medio del Espíritu Santo y habita en nuestras almas. Por el cual y en el cual sea a Dios Padre la alabanza y el poder, junto con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén[8].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] J. Ratzinger-Benedicto XVI,  Jesús de Nazaret,- Primera Parte: Desde el Bautismo hasta la Transfiguración(Traducción de C. Bas Álvarez),  Buenos Aires 2007, pp. 341-356. Abreviado y adaptado.

[2] Samuel Amsler, Los últimos profetas, – Ageo, Zacarías, Malaquías y algunos otros, Estella (Navarra) 1996 (CB 90), pp. 34-35. Complementado y algo modificado. Subrayados y encuadres son nuestros.

[3] Párrafo traducido  de: G. Gaide, Jérusalem, voici ton roi (Commentaire de Zacharie 9-14), París 1968 (Lctio Divina 49), pp. 178-179. Traducción propia.

[4] Muchas Biblias, por ej., la Biblia de Jerusalén,  traducen: Tu amor vale más que la vida, que junto a la sed de los primeros versículos hace que todo nuestro ser se estremezca ante el Señor (ver Sal 118[119],120)

[5] San Juan Crisóstomo, Homilía III dirigida a los neófitos, 16-19, passim, SC 50 bis, pp. 160-162). Catequesis de Juan Pablo II, miércoles 25 de abril 2001. Algo modificada y resumida.

[6] P. Franquesa, Misa Dominical 1986/13. Levemente adaptado; tomado de www.mercaba.org

[7] Filautía, es decir: excesivo amor propio, vanagloria, auto-alabanza, búsqueda inmoderada de aplausos. Se trata de un ‘ciego-amor-hacia-sí-mismo [amor sui caecus] que el Crisóstomo denomina  una de las tres grandes trampas del diablo  y san Bernardo una flecha que atraviesa el alma y la despedaza cual solapado enemigo.

[8] San Cirilo de Alejandría, Homilía 39 sobre el evangelio de san Luca, Edit  R.M. Tonneau, CSCO, Script. Syri.70,110-115. Cirilo nació en Alejandría en fecha desconocida, en el 403 tomó parte en la destitución de Juan Crisóstomo en el sínodo de la Encina y su inquina hacia Juan la mantuvo, al menos, hasta el 417. Parece haber sido de una crueldad poco refrenada en sus actuaciones contra judíos y novacianos, lo que lo llevó a chocar con Orestes, el prefecto imperial de la ciudad, y explica que se le imputara haber incitado al asesinato de la filósofa pagana Hypatia, despedazada en el 415 en las escalinatas de una iglesia por una turba de cristianos. A partir del 428, en que Nestorio fue consagrado obispo de Constantinopla, se opuso activamente a él, procediendo a contradecir sus tesis en una carta pascual (429). Aquel enfrentamiento, que pronto llevó al de las escuelas respectivas de Alejandría y Constantinopla, impulsó a Nestorio y a Cirilo a solicitar la intervención del papa Celestino. Un sínodo celebrado en Roma (430) condenó a Nestorio a la vez que aprobaba la teología de Cirilo. Ante la postura áspera de éste hacia su contrincante — que amenazaba con provocar el cisma en Oriente — el emperador Teodosio II convocó un concilio en Éfeso (431) en cuya primera sesión Nestorio fue depuesto y excomulgado. Cuatro días más tarde, la llegada de Juan de Antioquía provocó la convocatoria de un nuevo sínodo en el que se depuso y excomulgó a Cirilo. Teodosio, con vistas a evitar un conflicto, optó por declarar depuestos a los dos, encarcelándolos a ambos. Posteriormente permitió que Cirilo regresara a su sede mientras Nestorio marchaba a un monasterio de Antioquía. En su afán de perseguir el nestorianismo, Cirilo estuvo a punto de condenar entre el 438 y el 440 a Teodoro de Mopsuestia, que había sido maestro de Nestorio, si bien se declaró, estando en su lecho de muerte, contrario a tal medida. Falleció en el 444.

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