Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

VIGÉSIMO SÉPTIMO DOMINGO DURANTE EL TIEMPO,

Ciclo “B”

03-04 de octubre 2015

El relato del Paraíso

[Ilustración de la venerable

Biblia de Alcuino,

Monasterio de Moutier-Grandval (Suiza), alrededor del año 840

Jesús como hermano de Adán

[Catedral de Chartres, hacia 1200. Francia]

 

Introducción

 

0.1.- “Adán, ¿dónde estás?”: es la primera pregunta que Dios dirige al hombre después del pecado. “¿Dónde estás, Adán?”. Y Adán es un hombre desorientado que ha perdido su puesto en la creación porque piensa que será poderoso, que podrá dominar todo, que será Dios. Y la armonía se rompe, el hombre se equivoca, y esto se repite también en la relación con el otro, que no es ya un hermano al que amar, sino simplemente alguien que molesta en mi vida, en mi bienestar. Y Dios hace la segunda pregunta: “Caín, ¿dónde está tu hermano?”. El sueño de ser poderoso, de ser grande como Dios, en definitiva de ser Dios, lleva a una cadena de errores que es cadena de muerte, ¡lleva a derramar la sangre del hermano! Estas dos preguntas de Dios resuenan también hoy, con toda su fuerza. Tantos de nosotros, me incluyo también yo, estamos desorientados, no estamos ya atentos al mundo en que vivimos, no nos preocupamos, no protegemos lo que Dios ha creado para todos y no somos capaces siquiera de cuidarnos los unos a los otros. Y cuando esta desorientación alcanza dimensiones mundiales, se llega a tragedias como ésta a la que hemos asistido[1].

 

0.2.- “La posición de Jesús frente al niño es perfectamente clara. Nadie entrará en el Reino de Dios, […], a no ser que se convierta y retorne a sus sentimientos y actitud originarios: Amén, se lo aseguro: quien no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él (Mc 10,15, Evangelio de este domingo). […], a partir de ese niño encontrado en la calle, que los discípulos primero quieren ahuyentar de Jesús porque lo consideran poco importante y molesto (Mt 19,14) […] podemos pasar, como de un salto, al Niño único y extraordinario, que es Jesús mismo. Y Jesús no ve en este paso un salto sobre el abismo, sino, por el contrario, una continuidad directa, pues quien recibe a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe (Mt 18,5). El niño no es una mera imagen lejana del Hijo de Dios, sino que quien se dedica y cuida a un niño como éste (uno cualquiera de los millones existentes) y lo hace, consciente o inconscientemente, en el Nombre de Jesús, con sus sentimientos, recibe al Niño por excelencia, que tiene su lugar en el seno del Padre. Y porque este Niño nunca se ha de separar de su lugar de origen, entonces, en esta dedicación inaparente se alcanza al Último, al Padre mismo: Quien me recibe, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado (Mc 9,37, 25º domingo).

 

0.3.- […] El prólogo a la carta a los Hebreos, que luego tratará, ante todo, del sumo sacerdocio de Cristo […] (muestra que) si el Hijo eterno realiza para nosotros su obra de salvación lo hace para presentarnos junto con Él al Padre: “Mira, aquí estamos nosotros, Yo y los niños-hijos que Dios me ha dado”. La diferencia entre el generado eternamente por el Padre y nosotros, creados en el tiempo, es pasada por alto, y con ella, también la diferencia entre el que santifica y los que son santificados provienen todos de Uno (del Padre), y por eso Él (el Hijo) no se avergüenza de llamarlos sus hermanos (2ª Lectura) […]. Sólo porque Cristo es, en primer lugar, el Hijo eterno, puede cumplir la acción de salvación y por medio de ella hacernos hijos. […]. Jesús, entonces, sufre como el Hijo. En el Monte de los Olivos se escucha por primera vez en su oración la palabra filial e infantil “Abbá”, Padrecito (Mc 14,36). Y aunque el Padre ahora ya no puede responder, sin embargo todo el sufrimiento, hasta el grito de abandono en la cruz, es padecido en el espíritu de filiación. Y luego de que el Hijo ha sido conducido a través de todos los espantos del Sábado Santo –como un niño extraviado a través de un bosque lúgubre-, Él puede anunciar triunfante el Domingo de Pascua: Voy a mi Padre, el Padre de ustedes (Jn 20,17), pues ahora ha conseguido que los suyos junto con Él se hayan transformado en hijos, resucitados y sentados con Él en los cielos (Ef 2,6) […]

 

0.4.- […], Todo esto posee una seriedad extremadamente dramática, (siendo), a la vez, también una especie de juego celestial, en el que los niños-hijos de Dios representan y actúan todas las variaciones del Amor divino. En este juego dramático se hace evidente que toda la tragedia de la cruz y todo lo que pertenece al sumo sacerdocio de Cristo y al sacerdocio – tanto universal como ministerial – de los creyentes tiene su fundamento permanente en el misterio trinitario de la filiación de Dios. Frente a todo el acontecimiento de la redención –que conduce al Hijo de Dios desde el ser niño humano pasando por su actuar público y su ser rechazado hasta su misterio de sumo pontífice en la cruz, y que también asume a la Iglesia, nacida infantilmente de la herida del costado de Cristo […]- está el primado del ser niño. Este primado nos dice claramente que toda la acción de redención, con su seriedad extremamente madura, solo puede ser realizada, en definitiva, en los sentimientos y en la actitud filial-infantil del Dios hombre y en la fe filial-infantil de su Esposa, la Iglesia”[2].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Génesis 2,4b. 7a. 18-24

 

1.1.- Existe la posibilidad de leer este texto, tan famoso y conocido, desde una triple perspectiva en lo que se refiere al relacionamiento mutuo: desde el ángulo de la relación interpersonal en general, o de la que se da entre varón y mujer, o la existente entre esposos. No conviene que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda que le esté enfrente (leccionario: una ayuda adecuada; v. 18)[3]. Se trata, en todo caso, de una expresión que expone a la luz un elemento esencial de la realidad humana: el ser humano necesita de un “tú”, de un rostro que se sitúe frente al suyo, tiene necesidad de relacionarse con otro, – ¡con el totalmente Otro! -. En este ‘enfrente’ queda indicada tanto la igualdad como la diversidad. Que el otro esté frente mío (‘me-enfrente’) significa que es igual a mí, que me es ‘homólogo’ (cosa que Adán,- ¡que todo Adán!- no pudo encontrar en los animales, v- 20); pero indica igualmente que es distinto a mí, irremediablemente distinto. Esto excluye tanto cualquier pretensión de solitaria autosuficiencia, como todo tipo de fagocitación del uno por el otro. La persona humana no fue creada autosuficiente en ninguno de sus niveles – material, sicológico, espiritual -, tiene necesidad de “auxilio”, de “ayuda”. Esta es la voluntad de Dios: que todos seamos gente “necesitada”, que nadie se baste a sí mismo.

 

1.2.- Bíblicamente resulta imposible pretender devaluar el noble valor del término “ayuda”-“auxilio”[4]; no olvidemos que en el Salterio repetidamente se pide auxilio,- ayuda rápida y urgente -, a Dios, baste citar las palabras con las que iniciamos la Liturgia de las Horas: ven, oh Dios, en mi ayuda, apresúrate, Señor a socorrerme, Sal 70,1 y 6; 40,14, 121,1-2,…): ¡nadie se atrevería a pensar que el Señor Dios es un simple ayudante! Este uso nos permite comprender que no se trata de un mero ayudante, más o menos accesorio, sino de alguien importante, básico y fundamental: se trata de una “ayuda” que tiene consecuencias existenciales decisivas que modifican y cambian radicalmente la vida. Sin dicha ayuda el ser humano no experimenta la vida como realidad positiva y buena (no es bueno que el hombre esté solo, v. 18), esa soledad no es buena[5]. Por otra parte, si el otro permanece frente a mí como ‘otro’, es porque estoy llamado a respetarlo, [¡respeto proviene etimológicamente de ‘re-aspecto’, es decir que aunque no tenga frente a mí su rostro, ni lo olvido, ni lo olvidé: lo re-cuerdo!]. Respeto es la voluntad de siempre tener presente que el otro ‘es-quien-es’, no debo ni puedo instrumentalizarlo, manipularlo, violentarlo ni apropiarme de su persona. Esto hecho incluye la aceptación de que el otro me “confronte” y “contradiga”. A toda relación mutua que desee crecer, desarrollarse y madurar le es indispensable aceptar el “cara-a-cara”, la confrontación, aunque ésta signifique sostener una ‘lucha’ noble y leal.

 

1.3.- Un segundo nivel de lectura se refiere a la relación varón-mujer. El texto postula una afinidad total, expresada con aquel lírico: hueso de mis huesos, carne de mi carne y de la atribución, al menos así resuena en hebreo, de un nombre estrechísimamente similar y afín de ambos: ish-ishá, asonancia imposible en nuestro idioma y que alguno trató de calcar creando un neologismo, para enfrentar varona a varón. Lo que queda fuera de toda duda es que nos encontramos con una criatura única, de igual dignidad y bajo dos modalidades distintas, sin que esto signifique diferencia alguna en dignidad, valor e importancia. La diferenciación sexual no implica separación alguna, todo lo contrario, los dos provienen “de-la-misma-masa”. Será el pecado el encargado de cambiar la cercanía de ésta comunión,- ¡como de todas las demás! -, en separación: la mujer que pusiste a mi lado alargó el brazo y me dio… (3,12).

 

1.4.- En lo referente a la relación específicamente conyugal, la afirmación de que los dos serán una sola carne (v. 24) expresa la realización de una nueva unidad: los dos son uno, forman una sola persona. Jesús cita este texto remontándolo a la voluntad original del Padre afirmando la indisolubilidad del matrimonio (Mt 19,5; Mc 10,7-8), al igual que Pablo al ilustrar el misterio sacramental de la unión conyugal (Ef 5,31). Dicha unión postula la capacidad de dejar padre y madre, vale decir separarse de relaciones muy fuertes para establecer una relación aun más fuerte y más intima. Es necesario encontrar la fuerza de renunciar a las antiguas seguridades sin buscar en el conyugue un sucedáneo a los progenitores.

En el lenguaje bíblico una sola carne no hace sólo referencia a la sexualidad, al comportamiento sexual. La unión sexual es expresión de la unidad de la nueva carne y por lo tanto presupone que el otro/la otra ha sido asumido en la totalidad de su persona, en una comunión plena y total. Lo que ocurre en el plano sexual debe ser espejo puro y nítido de lo que se da en la realidad extra-sexual. Cualquier comportamiento que no lo tenga en cuenta es equívoco y está equivocado por tramposo y engañoso: el signo no corresponde a la realidad, el signo engaña como engaña la moneda falsa, la palabra mentirosa (leer 1 Cor 6,16). Consecuentemente sólo crea alienación, que desde el punto de vista interpersonal mata toda comunicación, creando separación y distanciamiento; desde el punto de vista personal conduce a la desintegración de la persona y a la desarmonía interior.

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 127(128),1-6

 

2.1.- El temor del Señor es el sentimiento del misterio al que el corazón humano se abre, mostrándose disponible, a través de la alabanza. Aquel que se “estira” e inclina hacia él, se ve sumergido en el misterio, viviendo en comunión con él. Misterio que sin embargo es inaferrable e inalcanzable, descubriendo que no se tiene otra existencia sino es aquella que se expresa en el sentimiento del misterio mismo. ¿Qué decir del misterio de Dios? ¡Poco y nada, aunque uno deseara! Debes vivir tu existencia entera en alegre obediencia al misterio…

Se habla en el Salmo de personas activas que caminan por sus sendas… El camino cotidiano es afrontado con paciencia, pero son SUS sendas, SUS caminos, los caminos de Dios. El ser humano recorre los senderos de su vida, y son justamente esas sendas el lugar de la gratuita avanzadilla de Dios. La persona “que teme al Señor” es la que discurre el cada día como el tiempo y el lugar del encuentro con el Señor. Una existencia chata y concreta, exigente y pesada, es el camino recorrido por el Señor para salirnos al encuentro, es su don más precioso e impagable…

 

2.2.- El Salmo a partir del v. 3centra su atención en un ejemplo típico de esta singular síntesis entre la vida cotidiana y el don de Dios que es la mesa. Preguntémonos: ¿cómo está hecha, cómo se compagina nuestra mesa? La familiar, la comunitaria, la eclesial. Ella es fruto del trabajo de tus manos, y, sin embargo, revela todo lo que en ella no es fruto de dicha fatiga, de tus esfuerzos. Comes lo que has ganado con esfuerzo, pero no hay mesa que no tenga “renuevos”, hijos, que la circunden, en la que confluye el funcionamiento de la casa toda, en su intimidad, con sus secretos y su misterio. La mesa es punto de llegada del trabajo y sus fatigas, que siempre se realiza [¡o debería!] como acontecimiento gratuito gracias a la solidaridad mutua que reúne en torno a ella, por los vínculos de comunión que nunca serán fruto sólo del trabajo sino,- ¡y sobre todo! -, dones impagables. Toda mesa llama a asomarse al mundo entero. Es verdad que cada uno de nosotros puede comer en solitario [el auto-servicio, la comida rápida, la vianda a los apurones, nos deshumaniza, ya que meramente engullimos], pero sin embargo, de acuerdo a las disposiciones con las que se come quedarán determinadas relaciones antropológicas profundísimas, relaciones teologales profundísimas (¡la Eucaristía!). Aun quien come en solitario está en comunión con el mundo al que pertenece. La mesa es siempre ocasión de un encuentro con el mundo, por más solitaria que sea. La mesa es bisagra entre la casa y el mundo, entre la Casa (de la Iglesia) y el mundo, entre ambos y el Señor Dios. Por eso mismo es al mismo tiempo fruto del trabajo y don gratuitamente recibido: por el simple hecho de que te sientas a tu mesa eres ciudadano del mundo. Feliz y bienaventurada la persona que mientras come descubre que todo es don de Dios: su esposo, su esposa, sus hijos, el pan nuestro de cada día y el Pan nuestro de cada día. Conoce y reconoce con gozo y alegría la amorosa Providencia de Dios: ¡Así será bendecido el hombre que teme al Señor!

 

2.3.- La fórmula con la cual cada familia, cada comunidad es bendecida, las inserta, en un contexto bíblico, en la historia de la salvación: “¡Que puedas contemplar el retorno del Mesías, mientras contemplas a tu esposa/esposo en la intimidad de tu casa, sentados junto a los hijos alrededor de tu mesa! Que tú y tu pueblo amado gocen de paz. ¡Qué el Mesías golpee a tu puerta para sentarse a tu mesa! ¡Bendito seas si estás preparado a hacer fiesta con toda Jerusalén!”: ¡Que el Señor te bendiga desde Sión todos los días de tu vida: que contemples la paz de Jerusalén! También la madre Iglesia se goza al ver a sus hijos, cual renuevos de olivo, congregados alrededor de cada mesa familiar, alrededor de la mesa eucarística:

Entendemos que este salmo habla de Cristo, y todos, unidos al Cuerpo de Cristo somos hechos miembros de Él y, entonces es bueno que andemos los caminos del Señor. (…)

Expongamos, ahora, lo que significa ese: tu esposa, pues [en el Salmo] se habla a Cristo. Luego su esposa es su Iglesia. Su Iglesia, que somos nosotros, como viña fecunda. Mientras dormía Adán, fue hecha Eva; y, muerto Cristo, fue hecha la Iglesia; Eva, del costado del varón, sacándole una costilla; la Iglesia, del costado de Cristo, al ser herido con la lanza y brotar los sacramentos. Luego tu esposa, como viña fecunda.

[Recordemos que el Señor], extendiendo su mano sobre los discípulos, dijo: He aquí a mi madre y a mis hermanos. Ciertamente eran hermanos; pero ¿cómo eran madre? Porque, prosiguiendo, dijo: El que hace la voluntad de mi Padre, es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. Ten por hermanos a los varones que son miembros de la Iglesia; por hermanas, a las mujeres que cuenta Cristo entre sus miembros; y por madre ¿de qué modo? Porque el mismo Cristo se halla en los cristianos, a quienes por el bautismo todos los días engendra la Iglesia. ¿Y, cómo deben ser los hijos? ¿Cómo? Pacíficos. ¿Por qué pacíficos? Porque bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. El fruto de la paz se encierra en el olivo. El óleo simboliza la paz, porque simboliza la caridad, y sin caridad no hay paz. Tales deben ser los hijos alrededor de la mesa del Señor, como pimpollos de olivo. Esta es una perfecta realidad, una gran felicidad. ¿Quién no anhela estar allí? Luego así te bendiga el Señor desde Sión y veas los bienes de Jerusalén; y los veas todos los días de tu vida. Y concluye el salmo: La paz sobre Israel. Esta paz se les predica por mí, esta es la paz que amo y deseo que sea amada por ustedes. Esta la consiguen quienes sean pacíficos aquí. Los que rodean la mesa del Señor como brotes de olivo para que no sea estéril el árbol, como lo fue aquella higuera en la que el Señor no encontró fruto cuando tuvo hambre. Ya saben qué le aconteció. Tenía solamente hojas, no tenía fruto. Así son los que no carecen de palabras, pero se hallan faltos de [buenas] obras; y, por tanto, al venir con hambre, el Señor no hallará qué comer, porque el Señor tiene hambre de nuestra fe y de nuestras buenas obras. Alimentémosle viviendo bien y él nos alimentará eternamente dándonos el vivir eternamente[6].

 

 

Segunda Lectura: Carta a los Hebreos 2,9-11

 

3.1.- Hoy empezamos la lectura de la Carta a los Hebreos, que continuaremos a lo largo de los seis próximos domingos. La carta a los Hebreos se consideraba ya en la antigua Iglesia como algo fuera de serie. A pesar de su extensión, no muy inferior a la de la carta a los Romanos, y no obstante la profundidad de sus pensamientos teológicos, estuvo siempre a la sombra de las cartas paulinas y no poco tuvo que luchar para lograr ser incluida en el canon del Nuevo Testamento. Hoy día nadie osaría ya discutir su aceptación canónica, aunque no parece haber cambiado mucho la impresión de algo extraño que produce en el lector.

Son diferentes las razones que indujeron a dejar de lado esta carta y a formarse de ella un juicio equivocado. El mismo título «a los Hebreos» muestra que en la época en que se reunió la literatura epistolar del Nuevo Testamento, no se sabía ya nada de las circunstancias de su origen. Por «hebreos» se entiende en el Nuevo Testamento a los judeocristianos que hablaban arameo, o, por lo menos, judíos de nacimiento (2Cor 11,22; Flp 3,5; Hch 6,1), por lo cual se pensó en la antigüedad que la carta se había escrito originariamente en arameo. Hace tiempo, sin embargo, que se desechó este punto de vista, al que sucedió la convicción de que la carta a los Hebreos es un escrito redactado originariamente en griego, que revela incluso un alto grado de elegancia estilística y de habilidad literaria. Por consiguiente, no se debe pensar que los lectores fueran judeocristianos de Palestina, aun cuando éstos, en su mayoría, fueran bilingües. Más aún: la exégesis actual pone incluso en tela de juicio que la carta hubiera sido dirigida a una comunidad judeocristiana. La Biblia griega, los Setenta, que el autor cita corrientemente, era también conocida por los cristianos de origen pagano, y como resulta de la catequesis bautismal de Heb 6,1-2, los lectores debían comenzar por ser instruidos en la «fe en Dios» y en la «resurrección de muertos y el juicio final».

 

3.2.- Si los destinatarios de la carta no se contaban entre los judíos de entonces, sino que eran paganos (o nacidos ya de padres cristianos), entonces no puede sostenerse ya la opinión que durante largo tiempo se impuso sin disputa, según la cual el autor quería poner en guardia a sus lectores contra una eventual recaída en el judaísmo. Se pensaba, en efecto, que tales judeocristianos, atraídos por el esplendor y el fasto del culto del templo, se verían tentados a abandonar su nueva fe y a adherirse de nuevo a la religión de sus padres. Esta idea de la finalidad de la carta, basada en la fantasía, sólo podía surgir de una lectura superficial del escrito, así como de prejuicios, pues si bien se mira, no hay ni un solo pasaje de la carta en que se hable de recaída en el judaísmo o que haga referencia al templo herodiano. Muy diferentes son las dificultades que tenían que vencer los destinatarios y que el autor trata de superar con reflexiones teológicas: 1) lo poco tangible de la salvación; 2) las flaquezas morales; 3) las hostilidades del mundo.

 

3.3.- Hebreos 2,9-11

La invisibilidad de la salvación no es absoluta. Para la fe, algo está ya a la vista: la cruz y la exaltación de Jesús. El autor pudo ver retratada en el salmo 8 la historia de Jesús, su camino que por la humillación lo conduce a la gloria celestial, porque a la indicación cualitativa del texto original («un poco inferior a los ángeles») le da un sentido más bien temporal («por un momento»). Ahora bien, tal interpretación presupone que en Jesús se ve al hombre por antonomasia, al prototipo del hombre, cuya suerte es típica y normativa para todos los demás hombres. Así pues, lo que sucedió a Jesús no puede ser indiferente a nadie. Entre él y nosotros existe una comunidad de ser y de destino, a la que nadie se puede sustraer. Este mensaje entraña gran consuelo para los cristianos amenazados de sufrimientos y persecuciones. Precisamente lo que a ellos, desde un punto de vista terreno, los abrumaba y atormentaba, les aseguraba la certeza de la futura salvación.

La comunidad entre Jesús, «santo», y los hombres pecadores necesitados de santificación, se basa en el origen común de Dios. El Hijo y los hijos son hermanos desde la eternidad. Bajo las palabras que suenan como algo misterioso aparece visible la idea fundamental de la carta entera: la comunidad cultual de los creyentes que se acerca al trono de Dios, guiada por su sumo sacerdote, Jesús. Es conveniente saber que el que nos quita el pecado y nos libra del temor de la muerte es nuestro hermano. Y aunque no le faltaría razón de avergonzarse de nosotros, nos presenta a Dios como sus hermanos. El sentido de la cita tomada de Is 8,17, no resulta muy claro. Quizá quería el autor recordarnos la confianza en Dios que mostró Jesús en sus sufrimientos en la cruz, como modelo para los cristianos, que en vista de las tentaciones y sufrimientos, están en peligro de vacilar[7].

 

 

Evangelio: San Marcos 10.2-16

 

4.1.- Después que partió de allí, Jesús fue a la región de Judea y al otro lado del Jordán. Se reunió nuevamente la multitud alrededor de él y, como de costumbre, les estuvo enseñando una vez más (Mc 10,1). Es este el contexto en el que se le acercan algunos fariseos para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: “¿Le es lícito a un marido repudiar a su mujer?”. La finalidad de la pregunta no es conocer la opinión de Jesús, sino tentarlo, ponerlo a prueba. Jesús no deja que lo enreden en una polémica, sino que utiliza su respuesta para anunciar la Buena Noticia del matrimonio de acuerdo a la voluntad de Dios.

Como muchas veces ocurre en las diatribas con los fariseos, Jesús les responde haciéndoles, a su vez, una pregunta, remitiéndolos a la Torá, a la Ley dada por Dios a Israel por medio de Moisés: “¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?” La respuesta alude a un texto del Deuteronomio: “Moisés permitió redactar una declaración de repudio y separarse de ella”.

 

4.2.- Leamos el texto del Deuteronomio: Si un hombre se casa con una mujer, pero después le toma aversión porque descubre en ella algo vergonzoso, y por eso escribe un acta de repudio [divorcio], se la entregará y la despedirá de su casa. (24,1; conviene leer los vv. 2-4).

El debate de cómo interpretar ‘algo vergonzoso’ (‘erwat dabar’, literalmente ‘desnudez de alguna cosa’) como causa de repudio-divorcio, era muy vivaz en las escuelas rabínicas en tiempos de Jesús. La escuela rigorista de rabí Shammai lo interpretaba como infidelidad, adulterio o un comportamiento escandaloso que ofendiera al marido, mientras que rabí Hillel sostenía que ‘vergonzoso’ podía ser hasta haber dejado quemar la comida (Gitttin 9.10). Jesús es tentado por los fariseos a pronunciarse a favor de una u otra de las escuelas o tal vez, más peligroso aun, a posicionarse claramente ante Herodes, el cual, ante el reproche de Juan Bautista por haber repudiado a su primera mujer para desposar a Herodías, había terminado mandándole cortar la cabeza (Mc 6,18).

 

4.2.1.- Llegados a este punto Jesús invita a sus interlocutores a dar un paso más, no conformándose con una interpretación meramente literal de la Ley, sino remitiéndolos a la voluntad de Dios, su Legislador: “Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes”. La cláusula acerca del divorcio dada por Moisés a los hijos de Israel era sólo un acto de paciencia por la dureza del corazón, la incredulidad (Ez 3,7; ver Mc 16,14) y ante la repugnancia en querer obedecer en profundidad la voluntad de Dios. Ya el profeta Malaquías, en el siglo 5º a. C había impugnado severamente el repudio y el divorcio: El Señor no se vuelve más hacia la ofrenda, ni la acepta de las manos de ustedes. Y ustedes preguntan: “¿por qué?”. Porque el Señor ha sido testigo entre ti y la esposa de tu juventud, a la que tú traicionaste, aunque ella era tu compañera y la mujer de tu alianza. ¿No ha hecho él un solo ser, que tiene carne y espíritu? ¿Y qué busca este único ser? Una descendencia dada por Dios. Tengan cuidado, entonces, de su espíritu y que nadie traicione a la mujer de su juventud. Porque Yo odio el repudio y al que cubre su propia ropa de iniquidad, dice YHVH, el Dios de Israel. Cuiden, por tanto, su vida y no actúen con perfidia (Ml 2,13-16).

Aunque parezca increíble las palabras Yo odio el repudio (Ml 2,16) fueron interpretadas: “si odias a tu mujer, despídela”, o según otro rabí “es odiado aquel que repudia la mujer”. Las dos afirmaciones se concilian admitiendo que ésta última frase se refiere a la primera mujer y aquella a la segunda (Gittin 90b).

 

4.2.2.- Únicamente en Qumrán se mantenía la prohibición del divorcio[8]. Jesús se coloca en esta línea profético-qumraniana al afirmar que la intención originaria de Dios era muy otra: allá, al-principio de la creación, Dios los creo varón y mujer (Gen 1,27); por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y los dos serán una sola carne (2,24). Poniéndose a la escucha de la Palabra de Dios contenida en la Escritura, Jesús cita y actualiza dos textos del Génesis afirmando que la voluntad de Dios sobre el ser humano es la unión monogámica e indisoluble. A continuación concluye: no separe el hombre lo que Dios ha unido.

 

4.3.- Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto. Sin duda los discípulos están sorprendidos por las afirmaciones de Jesús, tanto que según el texto paralelo en Mateo llegan a decir: Si esta es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse (Mt 19,10). Pero Jesús les reafirma a los discípulos lo que ya le había dicho a la multitud: El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio. Tengamos en cuenta, sin embargo, que cuando Jesús se encuentre cara a cara con una mujer adúltera, Jesús no la condenará, sino la invitará a la conversión, a cambiar radicalmente de vida (leer Jn 8,1-11). Esto nos permite recordar que aun en una cuestión tan delicada como la del divorcio, Jesús está anunciando la Buena Noticia, el Evangelio de las exigencias que brotan de la voluntad de Dios contenida en la Escritura. La Iglesia, a su vez, está llamada a repetir esa Buena Noticia con gran franqueza (audacia, parresía) y discreción, acompañada de la misma misericordia empleada por su Señor y Maestro: la unión esponsalicia es,- ¡y lo seguirá siendo! -, un gran misterio (leer Ef 5,32) ante el cual los cristianos estamos llamados, hoy más que nunca, a tener los mismos sentimientos de Cristo (Flp 2,5).

 

4.4.- Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara (Mc 10,13). Esta costumbre de presentar los niños a los escribas, conocedores de la voluntad de Dios y de su Palabra, para que los bendijeran, estaba muy extendida en tiempos de Jesús y se hacía, además, en un día determinado: en la vigilia de la fiesta de la Expiación (Yom Kippur); ese día los rabís recibían a los niños, les imponían las manos, los bendecían y acariciaban. Normalísimo entonces que los padres quisieran que Jesús, el Profeta de Nazaret, se los bendijera,- ¡y sabemos de toda la fuerza e importancia de la beraká-bendición! -. Pero los discípulos intervienen y reprenden a ‘esa chusma’ y pretenden impedírselo. Al verlo Jesús se-llenó-de-indignación [así dice literalmente el griego]: ¿por qué? Porque lo que está en juego es un principio importantísimo del Reino, y no una simple devoción. Por eso Jesús apostrofa: Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. ¡Pobres de aquellos que les obstaculizan (= escandalizan) el camino de acceso al Señor. Ellos se cuentan entre los “primeros clientes de pleno derecho al Reino”! ¿No son, acaso, los únicos capaces de vivir plenamente el Yom Kippur, de vivir el día de la Expiación con gozo pleno y transfigurado, ya que no se apoyan en sus propios méritos ni en sus obras, para recibir el don, el “per-don/por-don”, sino confiando sola y únicamente en el amor que Dios, su Abbá, les tiene? Es por esta razón que se transforman en paradigma viviente para todos los adultos, empezando por los discípulos. Y Jesús agrega: Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. En el Reino reina el don, en él todo se recibe como regalo, por gracia, por puro amor gratuito. Jesús ofrece su bendición, más aun, Él es la Bendición, el Don de Dios y sólo es posible recibirlo si nada ni nadie impide acercársele; tratar a los niños como si fueran una molestia significa que los discípulos,- ¡¿y nosotros?! -, realmente no conocemos ni reconocimos quién es Jesús.

Después Jesús los abraza, les impone las manos y los bendice. El Amor y la aceptación gozosa del amor se han encontrado y se están dando un abrazo: Jesús-Mesías, el Hijo de Dios y los niños-hijos de Dios fundidos en un abrazo. ¡Verdaderamente se va cumpliendo lo anunciado en el Salterio!: El Salvador está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra, la Misericordia y la Fidelidad se encuentran, la Justicia y el Shalom se besan, el Señor nos dará sus dones y nuestra tierra dará su fruto (ver Sal 85[84],10-11. 13-14).

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Cristo nos amonesta: si ustedes no se hacen como niños no entrarán en el reino de los cielos (Mt 18,15). Dichas en este contexto, no entiendo las palabras de Cristo sobre el hacerse como niños, referidas a la edad [biológica], sino a la pureza de corazón. Porque acerca de las edades de la vida también puede hablarse desde el ámbito de la historia de la salvación. Previamente [a la venida de Cristo] nos encontrábamos en un estado de decrepitud total, propia de la vejez y la senilidad, cuya causa derivaba de nuestro contagio con el pecado. Pero después de su venida nos vimos renovados gracias a la resurrección de Cristo, y eso nos devolvió a un estado de inocencia tal, como únicamente los niños pequeños la conocen. Un niño no suele encolerizarse, no desea engañar ni tampoco se atreve a devolver los golpes recibidos, de igual modo que un cristiano, que no se encoleriza contra quienes lo hieren; ni ofrece resistencia a quienes le estén robando ni tampoco se opone a quienes pretenden quitarle la vida. Sí, gracias a su pureza de corazón el cristiano ora hasta por sus enemigos, tal como se lo ordenó Cristo, y si quieren quitarle la túnica, les deja también el manto y, si alguien le propina una bofetada en la mejilla derecha, le presenta también la otra (cf. Mt 5,39-40). Claro que la niñez en Cristo se distingue en más de un aspecto de la niñez pueril. Los niños pequeños no pueden pecar, mientras que el niño en Cristo rechaza el pecado. El niño en edad queda libre de culpa por su desvalimiento, mientras que el niño en Cristo queda libre de culpa gracias al ejercicio de la virtud. Es por tanto más digno de alabanza aquel que no quiere pecar que aquel que no puede hacerlo. Cuando el Señor apostrofa a los Apóstoles diciéndoles: si ustedes no se hacen como niños no entrarán en el reino de los cielos, les está recordando su origen, con el fin de que hagan memoria de su nacimiento en él: [a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. Jn 1,12-13][9].

 

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[1] Papa Francisco, 8-07-2013

[2] H. U. von Balthasar, Si no os hacéis como este Niño, Rafaela (Santa Fe) 2006, pp. 9-10. 87-95. Levemente adaptado. Existe una traducción anterior, de menor calidad, realizada en España: si no os hacéis como este niño…, Barcelona 1989, pp. 9-11. 78-85. En alemán la palabra Kind, significa tanto niño como hijo; por eso von Balthasar juega con ese doble significado ya que quien se hace como un niño descubre su ser hijo.

[3] La traducción de los versículos 18 y 20 es delicada y difícil. Sirvan de ejemplo las siguientes:

Tárgum de Jonatán: apoyo frente a él; Tárgum Neofiti: ayuda similar a él; LXX: ayuda frente a él; J. L. Ska: un aliado que sea su homólogo; L. Alonso Schökel (1970): alguien como él, que le ayude; L. Alonso Schökel (Biblia del Peregrino): un auxiliar que le corresponda; Biblia de Jerusalén: voy a hacerle una ayuda adecuada.

[4] En hebreo ezer. Término que aparece 128 veces en el PT y de ellas 47 veces en el Salterio.

[5] La vida célibe-virginal vive en comunión, aun la eremítica. Con su estilo lapidario Evagrio Póntico († 399) lo formula así, al designar la vida monástica como vida unificada, afirmando que “monje es aquel que está separado de todo y unido a todos” (Sobre la oración 124).

[6] San Agustín, Comentario al Salmo 127,7. 11. 12-13. 16, en: Obras de san Agustín XXII,- Enarraciones sobre los Salmos (4° y último) -, Edición preparada por: B. Martín Pérez, Madrid 1967, pp. 367-383. Traducción adaptada.

[7] F.-J. Schierse, Carta a los Hebreos, Barcelona 19882, pp. 5-7 y 34-36. Ligeramente adaptado.

[8] Documento de Damasco IV,20-21 y Rollo del Templo LVII, 17-19.

[9] De las homilías de san Máximo el Confesor. Traducida de Abtei Mariendonk: Kirchenväterauslesungen zum Lesejahr B: www.klosterportal.org/benediktinerinnenabtei San Máximo (al que la tradición cristiana otorgó el título de Confesor por la intrépida valentía con que supo testimoniar —”confesar”—, incluso con el sufrimiento, la integridad de su fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre), nació en Palestina, la tierra del Señor, en torno al año 580. Desde su adolescencia se orientó a la vida monástica y al estudio de las Escrituras, en parte a través de las obras de Orígenes, el gran maestro que ya en el siglo 3º había “consolidado” la tradición exegética alejandrina. De Jerusalén se trasladó a Constantinopla y de allí, a causa de las invasiones bárbaras, se refugió en África. Máximo no aceptaba ninguna disminución de la humanidad de Cristo. Había surgido la teoría según la cual Cristo sólo tenía una voluntad, la divina. Para defender la unicidad de su persona, negaban que tuviera una auténtica voluntad humana. Y, a primera vista, podía parecer algo bueno que Cristo tuviera una sola voluntad. Pero Máximo comprendió inmediatamente que esto destruía el misterio de la salvación, pues una humanidad sin voluntad, un hombre sin voluntad no es verdadero hombre, es un hombre amputado. San Máximo ya tenía problemas en África por defender esta concepción del hombre y de Dios; y fue llamado a Roma. En el año 649 participó en el concilio de Letrán, convocado por el Papa Martín I, para defender las dos voluntades de Cristo contra el edicto del emperador. Máximo, oponiéndose al emperador, seguía repitiendo: “Es imposible afirmar que Cristo tenía una sola voluntad”; junto con dos de sus discípulos, ambos llamados Anastasio, Máximo fue sometido a un proceso agotador, a pesar de que ya tenía más de ochenta años de edad. El tribunal del emperador lo condenó, con la acusación de herejía, a la cruel mutilación de la lengua y de la mano derecha, los dos órganos mediante los cuales, a través de la palabra y los escritos, san Máximo había combatido la doctrina errónea de la voluntad única de Cristo. Por último, el santo monje, así mutilado, fue desterrado a la Cólquida, en el mar Negro, donde murió, agotado por los sufrimientos padecidos, a los 82 años, el 13 de agosto del año 662. (adaptación de la catequesis de Benedicto XVI del 25 de junio 2008).

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