Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO DURANTE EL AÑO,

Ciclo “B”

12-13 de setiembre 2015

Cristo resucitado

[estilo itálico, monasterio de Bose]

Introducción

 

0.1.- Aquí está el problema para nosotros, el del miedo y de los refugios pastorales.

Nosotros -me pregunto-, queridos hermanos (…), ¿tenemos miedo?, ¿de qué tenemos miedo? Y si lo tenemos, ¿qué refugios buscamos en nuestra vida pastoral para estar seguros? ¿Buscamos tal vez el apoyo de los que tienen poder en este mundo? ¿O nos dejamos engañar por el orgullo que busca gratificaciones y reconocimientos, y allí nos parece estar a salvo? ¿Queridos hermanos (…), dónde ponemos nuestra seguridad?

El testimonio del apóstol Pedro nos recuerda que nuestro verdadero refugio es la confianza en Dios: ella disipa todo temor y nos hace libres de toda esclavitud y de toda tentación mundana. Hoy, el Obispo de Roma y los demás obispos, (…) nos sentimos interpelados por el ejemplo de san Pedro a verificar nuestra confianza en el Señor.

Pedro recobró su confianza cuando Jesús le dijo por tres veces: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,15.16.17). Y, al mismo tiempo él, Simón, confesó por tres veces su amor por Jesús, reparando así su triple negación durante la pasión. Pedro siente todavía dentro de sí el resquemor de la herida de aquella decepción causada a su Señor en la noche de la traición. Ahora que él pregunta: «¿Me amas?», Pedro no confía en sí mismo y en sus propias fuerzas, sino en Jesús y en su divina misericordia: «Señor, tú conoces todo; tú sabes que te quiero» (Jn 21,17). Y aquí desaparece el miedo, la inseguridad, la pusilanimidad.

Pedro ha experimentado que la fidelidad de Dios es más grande que nuestras infidelidades y más fuerte que nuestras negaciones. Se da cuenta de que la fidelidad del Señor aparta nuestros temores y supera toda imaginación humana. También hoy, a nosotros, Jesús nos pregunta: «¿Me amas?». Lo hace precisamente porque conoce nuestros miedos y fatigas. Pedro nos muestra el camino: confiar en él, que «sabe todo» de nosotros, no confiando en nuestra capacidad de serle fieles a él, sino en su fidelidad inquebrantable. Jesús nunca nos abandona, porque no puede negarse a sí mismo (cf. 2 Tm 2,13). Es fiel. La fidelidad que Dios nos confirma incesantemente a nosotros, los Pastores, es la fuente de nuestra confianza y nuestra paz, más allá de nuestros méritos. La fidelidad del Señor para con nosotros mantiene encendido nuestro deseo de servirle y de servir a los hermanos en la caridad. El amor de Jesús debe ser suficiente para Pedro. Él no debe ceder a la tentación de la curiosidad, de la envidia, como cuando, al ver a Juan cerca de allí, preguntó a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?» (Jn 21,21). Pero Jesús, frente a estas tentaciones, le respondió: «¿A ti qué? Tú, sígueme» (Jn 21,22). Esta experiencia de Pedro es un mensaje importante también para nosotros, queridos hermanos arzobispos. El Señor repite hoy, a mí, a ustedes y a todos los Pastores: «Sígueme». No pierdas tiempo en preguntas o chismes inútiles; no te entretengas en lo secundario, sino mira a lo esencial y sígueme. Sígueme a pesar de las dificultades. Sígueme en la predicación del Evangelio. Sígueme en el testimonio de una vida que corresponda al don de la gracia del Bautismo y la Ordenación. Sígueme en el hablar de mí a aquellos con los que vives, día tras día, en el esfuerzo del trabajo, del diálogo y de la amistad. Sígueme en el anuncio del Evangelio a todos, especialmente a los últimos, para que a nadie le falte la Palabra de vida, que libera de todo miedo y da confianza en la fidelidad de Dios. Tú, sígueme[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Isaías 50,5-9a

 

1.1.- La liturgia nos propone como primera lectura una parte del tercero (50,4-9) de los cuatro cánticos del Siervo de YHVH que se leen en Isaías. El protagonista es presentado como un profeta que se comporta como experimentado discípulo que jamás deja de escuchar, ya que su escucha-obediencia es permanente y total. Nada emprende sin una previa y atenta escucha: El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo (v. 4 que al ser omitido por la lectura litúrgica, hace más difícil su comprensión). El Señor le despierta el oído invitándolo a realizar su voluntad compenetrándose de una sabiduría nueva y misteriosa, que supera y trastorna toda expectativa y cualquier esperanza meramente humana. Porque para él ‘abrir el oído’ significa estar dispuesto a presentar la espalda a quien lo golpea y la mejilla a quien le arranca la barba. Para él escuchar significa ponerse a disposición hasta el punto de estar dispuesto a entregar la propia vida, porque se trata de la escucha del misterio de un amor “loco”, divino, desorbitado, que todo lo da y todo pide. Por eso, bien lo sabe él, no está solo (Ante la inminencia de la Pasión, Jesús exclama: se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Juan 16,32).Gracias a sus largas horas de oración-escucha el Siervo posee la seguridad absoluta de que el Señor está con él, y esa inquebrantable certeza le permite enfrentar cualquier contradicción.

 

1.2.- Esta vivencia del Siervo es presentada bajo la forma de un proceso judicial, en el cual el adversario intenta(rá) demostrar que él, el profeta-discípulo, se encuentra del lado equivocado, culpable, perdedor y por tanto debe ser rechazado y condenado; no simplemente en virtud de la violencia, sino desde la justicia y la verdad… No estamos ante el relato de un simple y absurdo atropello, sino que lo que ocurre testimonia quién es justo y quién injusto e impío a los ojos de Dios. El que resulte perdedor en este proceso judicial terminará confundido y desorientado, obligado a admitir su error. Aun en medio de las llamas de tan terrible prueba, que lo ha arrojado en un horno ardiente (ver Dn 3), experimenta la ayuda de Dios: el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido… Sí, el Señor viene en mi ayuda: ¿quién me va a condenar? (vv. 7 y9a). Tengamos en cuenta que no se trata de una ayuda que significa verse libre de la prueba: el texto nada dice al respecto, se trata más bien de una ayuda en y para la prueba, ayuda que consiste en el hecho de que Dios concede al profeta la inquebrantable certeza de estar “en lo justo”, de tener ‘sus buenas razones’ en-por-desde la fe-confianza. Es una certeza paradojal [se insinúa aquí la locura de la Cruz de la que habla Pablo] , ya que prescinde del falso criterio del éxito: el profeta no obtiene la certeza de la aprobación y de la ayuda por parte de Dios por haber vencido a sus enemigos. Tal victoria aun no ha tenido lugar. Se trata de una íntima y solidísima convicción que brota de su inquebrantable comunión con Dios. De aquí surge su ‘fortaleza roqueña’, que se exterioriza en su granítica capacidad de soportar las burlas, el deshonor y el desprecio. Tiene el rostro duro como el pedernal, nada ni nadie lo hace retroceder (Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Jesús puso su rostro como piedra, afirmando su voluntad de ir a Jerusalén. Lc 9,51).

El Siervo debe comunicarle al pueblo fatigado y desorientado una palabra de aliento (Is 50,4), y dicha palabra no es retórica vacía y barata, sino que está llena de sentido y es portadora de vida. Sí, su(s) palabra(s) son Espíritu y Vida (Jn 6,63), porque son palabra de aquel que en la prueba, perseveró hasta el colmo, hasta el final: [Jesús], habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados. (Heb 2,18; ver 4,15).

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 114[116],1-6. 8-9

 

2.1.- “En el salmo 114,…, la voz del salmista expresa su amor agradecido al Señor, porque ha escuchado su intensa súplica: Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco (vv. 1-2). Inmediatamente después de esta declaración de amor, se describe de forma muy viva la pesadilla mortal que atenazaba la vida del orante (vv. 3-6).

El drama se representa con los símbolos habituales en los salmos: lo envolvían las redes de la muerte, lo habían alcanzado los lazos del abismo, que quieren atraer a los vivientes sin cesar (cf. Pr 30,15-16).

 

2.2.- Se trata de la imagen de una presa que ha caído en la trampa de un cazador inexorable. La muerte es como un cepo que ahoga (v. 3). Así pues, el orante acaba de superar un peligro de muerte, pasando por una experiencia psíquica dolorosa: Caí en tristezas y angustia (v. 3). Pero desde ese abismo trágico lanzó un grito hacia el único que puede extender la mano y arrancar al orante angustiado de aquella maraña inextricable: Señor, salva mi vida (v. 4). Es una oración breve pero intensa del hombre que, encontrándose en una situación desesperada, se agarra a la única tabla de salvación. Así, en el Evangelio, gritaron los discípulos durante la tempestad (Mt 8, 25), y así imploró Pedro cuando, al caminar sobre el mar, comenzó a hundirse (Mt 14, 30).

 

2.3.- Una vez salvado, el orante proclama que el Señor es benigno y justo, más aún compasivo, (v. 5). Este último adjetivo, en el original hebreo, remite a la ternura de la madre, aludiendo a sus entrañas. La confianza auténtica siente siempre a Dios como amor, aunque en algún momento sea difícil entender su manera de actuar. En cualquier caso, existe la certeza de que el Señor guarda a los sencillos (v. 6). Por tanto, en la situación de miseria y abandono siempre se puede contar con él, padre de huérfanos, protector de viudas (Sal 67, 6).

 

2.4.- Ahora comienza un diálogo del salmista con su alma, que proseguirá en el salmo 115, el sucesivo, que debe considerarse una sola cosa con el 114. Es lo que ha hecho la tradición judía, dando origen al único salmo 116, según la numeración hebrea del Salterio. El salmista invita a su alma a recobrar la calma después de la pesadilla mortal (v. 7).

El Señor, invocado con fe, ha tendido la mano, ha roto los lazos que envolvían al orante, ha enjugado las lágrimas de sus ojos, ha detenido su caída hacia el abismo infernal (v. 8). El viraje ya es evidente y el canto acaba con una escena de luz:  el orante vuelve al país de la vida, o sea, a las sendas del mundo, para caminar en la presencia del Señor. Se une a la oración comunitaria en el templo, anticipación de la comunión con Dios que le espera al final de su existencia (v. 9)…”[2].

 

 

Segunda Lectura: Carta de Santiago 2,14-18

 

3.1.- La fe y las obras

Lo que en estos versículos se expone (2,14-26) constituye el objetivo principal de la carta, como lo demuestra la especial vivacidad del estilo. Alternando la exposición doctrinal con la controversia demuestra Santiago que la fe sin obras está muerta (2,17.26; ver 2,14). A causa de la contraposición entre fe y obras, y del ejemplo de Abraham, suponen algunos que Santiago se enfrenta aquí con una falsa interpretación de la doctrina de Pablo sobre el poder salvador exclusivo de la fe (sin las obras exigidas por la ley judía; Rom 3-4; Gál 3-4).

El mismo san Pablo se opone ya a esta falsa interpretación (Rom 6,1-23).

El punto de vista de la argumentación es diferente en ambos casos. Santiago muestra que una fe que no configura la vida según la voluntad de Dios no sirve para nada, porque no puede salvarnos. Pablo, que se encuentra ante la concepción judía de que el hombre puede ser justo ante Dios y merecer el cielo por sí mismo y con sus obras, observando todas las prescripciones de la ley, no tiene más remedio que insistir en que el hombre pecador no es capaz de obrar su salvación con sus propias fuerzas, sino que, con fe, debe recibirla como un don de Dios. Esta afirmación de Pablo incluye la necesidad de realizar la fe en el amor; sólo así podrá presentarse sin temor al juicio de Dios 31. También Santiago enseña que, en el juicio, Dios escrutará los frutos de la fe.

 

3.2.- ¿De qué sirve, hermanos míos, si uno dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Podrá salvarlo la fe? (v. 14) La pregunta está formulada en términos claros y no espera obtener la respuesta de que la fe cristiana puede salvar; antes bien presupone lo contrario. La respuesta que se quiere obtener es que la fe sin obras y, por tanto, la mera posesión de la verdadera fe, la sola convicción no puede conseguirnos la salvación. La fe empuja necesariamente a obrar según esa fe, a vivir según ella. Un creyente que no vive de acuerdo con las convicciones de su fe, que no configura su vida con el poder vital que le ha sido infundido, no es digno de ese nombre. Igual que la semilla tiende al fruto, la fe tiende a realizarse en obras conformes a la fe. Por más que uno alabe el valor y los frutos del cristianismo y estime la profundidad de su enseñanza , el valor ético de su mensaje y sus valores vitales y culturales; por seguro que uno se sienta en su fe, todo es inútil si no la vive. Dios, en el juicio, tendrá en cuenta la obediencia, la entrega y la fidelidad, la perseverancia en el amor. He aquí la llave de la vida eterna.

 

3.3.- Santiago pone al descubierto el contrasentido y la inutilidad de una fe sin obras en un ejemplo elegido a propósito por su evidencia. Frente a tal tacañería y cerrazón a la indigencia del hermano en Cristo y a la ley fundamental del amor (2,8), el saludo fraterno y las palabras aparentemente compasivas muestran toda su hipocresía. No hay verdadera fe; lo único que hay es una apariencia muerta. Sabe muy bien lo que se le ha encomendado y parece que lo tiene en cuenta, pero en realidad no da un solo paso para ponerlo en práctica, ni siquiera en un caso de extrema necesidad, como el presente.

Esta demostración es concluyente y, sin embargo, ¡con cuánta facilidad eludimos las exigencias evidentes de nuestra fe y precisamente en el amplio ámbito del amor al prójimo! Santiago sabe perseguir hasta los últimos escondrijos nuestra voluntad torcida, egoísta, engreída e hipócrita, y enderezarla. No tenemos otro camino que tomar realmente en serio lo que Dios nos pide. No podemos permitir que se enseñoree de nuestra vida la tibieza comodona, segura de sí misma, la indiferencia o la mediocridad.

 

3.4.- El v. 18 presenta con mucha brevedad una objeción: ¿Para qué sirven las obras sin la fe?; la fe es la virtud decisiva, y yo tengo fe. Considerada en sí misma, esta objeción no carece de fundamento. A diferencia de los no cristianos, el cristiano ha recibido gratuitamente por medio de la fe el don de la nueva vida, la prenda y la herencia del reino de Dios. Se trata de un don salvador realmente decisivo, que el hombre no puede conseguir con sus propias fuerzas. Es el fundamento indispensable para salvarse.

Pero eso no nos autoriza a conservar pasivamente ese don, sin que se refleje en nuestra vida cotidiana. La objeción, pues, no es más que un subterfugio. Sólo quien tiene fe, es decir, quien vive según su fe, puede realizar las obras de la fe. La fe de quien no tiene obras está muerta; el don divino se ha marchitado, Sólo la fe viva es auténtica.

Santiago hace suya la frase inicial de la oración Escucha, Israel (Shemá Dt 6,4; v. 19), que, en tiempos de Jesús, los judíos rezaban tres veces al día. Moisés había exhortado con esta frase al pueblo congregado al pie del Sinaí para que se mantuviera fiel al Dios de la alianza. ¿De qué sirve la profesión de fe en un solo Dios, si no se toma en serio la fe en ese Dios y el cumplimiento de su voluntad? También los demonios conocen la doctrina contenida en la profesión de fe; muchas cosas incluso las ven con mayor claridad que el hombre creyente (leer Mt 8,29; Lc 4,34). Pero esta ciencia no puede salvarles de su condenación, porque tienen cerrada para siempre la puerta, cuya apertura les haría posible vivir según la fe. En cambio, ¡qué halagüeñas posibilidades de salvación tiene el creyente! ¿Por qué, pues, no queremos darnos cuenta de que una mera profesión de fe, una fe que no va más allá del pensamiento y de los labios, no es suficiente para salvarnos, antes bien se convierte en causa de castigo?[3]

 

 

Evangelio: San Marcos 8,27-35

 

4.1.- El texto del Evangelio de este domingo constituye el centro del evangelio de Marcos y es de capital importancia tanto para la comprensión de todo el Evangelio como también para dejar en claro todo lo que implica, para un discípulo, el seguimiento de Jesús, el Cristo, el Mesías, el Hijo del hombre.

Jesús con sus íntimos emprende lo que los exégetas llaman ‘tercer viaje’, desde Cafarnaum hacia Cesarea de Filipo, ciudad situada en las estribaciones del monte Hermón, en la Galilea superior, no muy lejos de Betsaida [la patria de Andrés y de su hermano Simón-Pedro, de Santiago y de Juan como también de Felipe], y en las cercanías de Gamla, la ciudad madre del movimiento zelote[4].

 

4.2.- En Betsaida tiene lugar la curación de un ciego (Mc 8,22-25) que la lectura litúrgica dominical deja de lado, sin embargo es justo y necesario que le demos una ojeada, ya que nos ayudará a entender mejor lo acaecido en Cesarea de Filipo. Se trata de una curación por etapas y muchos especialistas la califican de “signo profético”, como los realizados por los profetas (por ej., Jer 13. 19.;Ez 12. 19…). Tengamos en cuenta que muy poquito antes Jesús había reprochado a los discípulos: Ustedes tienen la mente enceguecida, Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen (Mc 8,17-18. ¡Recordemos la sordera-mudez del domingo pasado!). Su ojo interior estaba ciego, al igual que los ojos del no-vidente de Betasaida: en el ciego están,- ¡estamos! -, representados los discípulos que ven muy poco, borrosamente, confusamente. Jesús debe “manejar/operar” su ceguera como lo hizo con la de este no-vidente, y así, de a poco, verán mejor quién es Jesús. Para eso necesita apartarlos de la multitud e interrogarlos, hasta “provocar” la confesión de fe realizada por Pedro, e igual que al cieguito les pedirá reserva absoluta sobre lo sucedido.

 

4.2.1.- El siguiente cuadro comparativo muestra cómo el cieguito de Betsaida es “TIPO” o “PARADIGMA” del verdadero discípulo:

 

Marcos 8,22-26: el ciego de Betsaida

Mc 8,27-30: La confesión de Pedro

Llegaron a Betsaida, le trajeron a un ciego y le rogaban que lo tocara. Él tomó al ciego de la mano y lo sacó a las afueras del pueblo

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino

Después de poner la saliva en los ojos e imponerle las manos, Jesús le preguntó: «¿Ves algo?».

…les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?».

El ciego, que comenzaba a ver, le respondió: «Veo hombres, como si fueran árboles que caminan».

Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas».

Jesús le puso nuevamente las manos sobre los ojos, y el hombre recuperó la vista. Así quedó curado y veía todo desde lejos y con claridad.

Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Pedro respondió: «Tú eres el Mesías».

Jesús lo mandó a su casa, diciéndole: «Ni siquiera entres en el pueblo»

Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él.

 

PEDRO, DISCÍPULO CIEGO, UNA VEZ CURADO DE SU CEGUERA POR EL SEÑOR, PUEDE, ENTONCES, CONFESAR QUE JESÚS ES EL MESÍAS.

 

4.3.- En el camino hacia Cesarea Jesús hace una primera pregunta y por la respuesta descubrimos que la gente no lo ve ni distingue con claridad, lo toman por alguno de los profetas (leer ya Mc 6,14-16) . Jesús toma la iniciativa e interroga a los discípulos directamente y “a boca de jarro”: Y, ustedes ¿quién dicen que soy? Pedro responde rápidamente: Tú eres el Cristo, es decir, el Mesías, el Ungido, el Rey esperado desde hace tanto en Israel, enviado por Dios para reinar definitivamente sobre su pueblo y sobre toda la humanidad…[5] Ante semejante confesión de fe mesiánica Jesús reacciona, a primera vista, de manera sorprendente, ya que les ordena severamente, los conmina, podría traducirse, a no hablar de eso a nadie, lo mismo que se lo prohibía a los ‘espíritus impuros’ expulsados de los endemoniados y que conocían su identidad (ver Mc 1,24-25. 34; 3,11-12). La orden busca, por un lado, evidenciar que no alcanza con realizar con los labios una confesión de fe correctísima, si ésta no va asociada a un coherente testimonio de vida, y, por otro, a subrayar que si bien la confesión de Pedro es correcta, es al mismo tiempo incompleta y parcial: ya ve algo, pero aun no al Mesías-Jesús, sino que sólo vislumbra borrosamente a un Mesías, similar a un árbol que camina. Ni Pedro, ni los discípulos han captado aun que Jesús es el Mesías, pero que lo es al modo del Servidor sufriente de Dios, la figura profética descrita por Isaías en nuestra primera lectura y plenamente encarnada por Jesús[6].

 

4.4.- Esta es la razón por la que precisamente en este momento Jesús “les da la primicia”: ¡les revela, con el primero de los tres anuncios (leer los restantes en Mc 9,30-32; 10,32-34), su pasión, muerte y resurrección!: Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días.

Un deber, una necesidad que no indica una cruel voluntad de parte de Dios, que estaría exigiendo el derramamiento de sangre para “satisfacer” su propia cólera hacia la humanidad pecadora, sino, y en primer lugar, una necesidad humana, porque en un mundo injusto lo único que puede esperar un justo es ser perseguido y condenado a muerte (leer Sabiduría 2). Claro que como Jesús “el” Justo, enfrenta esta situación sin defenderse, sin responder con la violencia a sus perseguidores, sino permaneciendo absoluta y totalmente fiel a Dios, entonces la necesidad humana puede también ser leída como necesidad divina, en cuanto obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre, que pide vivir el amor hasta el extremo.., y nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por los que ama (leer Jn 13,1 y 15,13)…

Pedro no acepta que éste sea el camino del Mesías y llega hasta reprochárselo a Jesús, mereciendo una réplica durísima de aquel al que poco antes había reconocido como el Mesías: ¡vete detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres. Jesús le ordena a Pedro que no obstaculice su camino, y que vuelva a su puesto de ‘discípulo’ (= el-que-va-detrás-de, el seguidor), detrás de su Señor y Maestro, cuyas palabras revelan la intención profunda del corazón de Dios.

Para que no quede ninguna duda y para que para todos quede clara esta radical exigencia evangélica, Jesús llama a la multitud: entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará…

¿Será que los cristianos todavía estamos convencidos de que vale la pena perder la vida por Jesús-Mesías y por su Evangelio? ¿Creemos todavía que su amor vale más que la vida (Sal 62[63],4) y que solamente a la luz de ese amor encuentran sentido cualquier renuncia nuestra, cualquier sufrimiento o cualquier dolor que la vida nos vaya haciendo vivir?

 

 

Los Maestros de la fe nos iluminan

 

[Cristo Jesús] debía subir a Jerusalén, para allí padecer mucho. Con su resurrección de entre los muertos el Señor abrió el camino que conduce a la Jerusalén de lo alto. Al hacerlo puso punto final a la Jerusalén de aquí abajo, dando por finalizado su culto. Ya que con anterioridad a Cristo, que fue el primero de los que despertaron del sueño de la muerte, era indispensable salir en búsqueda de la ciudad de Dios sobre esta tierra, como también llegarse hasta el Templo para poder beneficiarse de todo aquello que purifica a los hombres ante Dios. Después de su resurrección todo esto debemos buscarlo allí, en la Jerusalén de lo alto. Con el fin de que el camino hacia lo alto quedara abierto para nosotros quiso marchar hacia la Jerusalén terrena para allí padecer mucho a manos de sacerdotes, sumos sacerdotes y escribas [expertos en las Escrituras], para terminar siendo glorificado por los sacerdotes celestiales; dichos sacerdotes celestiales son aquellos que habiéndose beneficiado de su bondad, quedaron establecidos como ministros suyos, como sacerdotes del único Sumo Sacerdote. También quiso padecer, para luego ser glorificado por los escribas, conocedores de las Escrituras. Escribas no son aquellos que se ocupan de las Escrituras escritas, negro sobre blanco, sobre papel, sino de las Escrituras que son bosquejadas y delineadas por el Espíritu Santo. En la Jerusalén terrena el Señor debe morir, para luego de su resurrección asumir el domino sobre la montaña de Sión, la Ciudad del Dios viviente, de la Jerusalén celestial (Hb 12,22).

Meditemos ahora en que el Señor le dijo a Pedro ¡Retírate, sitúate detrás de mí, Satanás! (Mt 16,23 y par.) y que, en cambio en el momento de la tentación, le dijo con gran dureza al Diablo: ¡Retírate, Satanás! (Mt 4,10). Es algo muy bueno seguir a Jesús, marchando detrás suyo. Por eso mismo está escrito: ¡Vengan, síganme y los haré pescadores de hombres! (Mt 4,19). En el mismo sentido debemos entender las palabras: el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí (Mt 10,38). En todo caso, cada vez que escuches sígueme o ven detrás de mí, medita que es cosa muy buena seguir a Dios y a Cristo. Lo opuesto consiste en tirar a sus espaldas la Palabra de Dios (cf. Sal 50(49),17). El Señor nos advierte que no todos tienen el coraje de seguirlo, y que para poder hacerlo hay que ser capaces de renunciar a uno mismo. Por eso todos nuestros pensamientos, palabras y obras deben surgir de la renuncia a nosotros mismos a fin testimoniar a Cristo. Cuando Pablo afirma: ya no vivo yo (Gal 2,20) estamos ante las palabras de alguien que perdió su vida para poder recibir en su vida a Cristo, para que viviera en él, y en nosotros, cual Justicia, Paz, Sabiduría, y Santidad[7].

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] Papa Francisco, Homilía del 29-06-2014. Reproducción parcial y algo adaptada.

[2] Juan Pablo II, Audiencia del miércoles 26 de enero 2005. Adaptada y acortada.

[3] O. Knoch, Carta de Santiago, Barcelona-Madrid (NTSM 19) 19892, pp. 63-67. Adaptado y abreviado.

[4] Gamla fue una ciudad importante en tiempos del Nuevo Testamento y es posible que Jesús la haya visitado. La ciudad se hizo famosa por su papel en los primeros días de la gran revuelta (67 d.C.) En su libro Las Guerras de los Judíos, Flavio Josefo relata con gran detalle la dramática historia de cómo los zelotes de Gamla lucharon contra los romanos con uñas y dientes. Cuando vieron que no tenían ni la más remota posibilidad de vencer prefirieron suicidarse despeñándose, antes que caer cautivos. El Judas de Galilea del que habla Gamaliel en los Hechos de los Apóstoles (5,37) era natural de Gamla y fue uno de los iniciadores del grupo de los zelotes. Ver al respecto: B. Pixner, Mit Jesus durch Galilea, nach dem fünften Evangelium Rosh Piná 1992, pp. 90-94.

[5] En el evangelio de Juan, Andrés lo primero que hace después de haber “permanecido” con Jesús es susurrarle a su hermano Simón-Pedro: ¡Hemos encontrado al Mesías! (Jn 1,41)

[6] Los cuatro cánticos del Servidor de YHVH son: Is 42,1-9; 49,1-7; 50,4-11; 52,13-53,12 y el NT unánimemente los entiende a la luz de la Pascua de Jesús.

[7] Orígenes, Homilías sobre el Evangelio de san Mateo 12,20 (E. Klostermann-E. Benz, GCS 40,110-111). Orígenes nació hacia el 185 en una familia cristiana de Alejandría, su padre murió mártir durante la persecución de Severo (202). Como su patrimonio había sido confiscado por la administración imperial tuvo que dedicarse a la enseñanza para subsistir y sostener a su familia. Se le confió la escuela de catecúmenos de Alejandría, que dirigió llevando una vida ejemplar. Durante el período que va del 203 al 231, en que dirigió dicha escuela, viajó a Roma, Arabia y a Palestina con ocasión del saqueo de Alejandría por Caracalla. Ordenado sacerdote de paso por Cesárea. Demetrio de Alejandría, quien según Eusebio, movido por la envidia, convocó un sínodo en el que, argumentando que un castrado no podía recibir la ordenación sacerdotal, excomulgó a Orígenes. En el 231 otro sínodo lo depuso del sacerdocio. A la muerte de Demetrio (232), Orígenes regresó a Alejandría, pero Heracles, el nuevo obispo,- ¡antiguo discípulo suyo! -, renovó la excomunión. Ante aquella situación Orígenes partió a Cesárea de Palestina, comenzando así una etapa distinta de su vida, pues el obispo de esta ciudad lo invitó a fundar allí una [nueva] escuela de teología. Hacia el 244 volvió a Arabia, logrando convencer al obispo de Bostra, Berilo, del error de su monarquianismo. Tras pasar por numerosas penalidades durante la persecución de Decio, murió en Tiro el año 253.

“(…) Los invito a acoger en su corazón la enseñanza de [Orígenes] este gran maestro en la fe, el cual nos recuerda con entusiasmo que, en la lectura orante de la Escritura y en el compromiso coherente de la vida, la Iglesia siempre se renueva y rejuvenece. La palabra de Dios, que ni envejece ni se agota nunca, es medio privilegiado para ese fin. En efecto, la palabra de Dios, por obra del Espíritu Santo, nos guía continuamente a la verdad completa. Pidamos al Señor que nos dé hoy pensadores, teólogos y exégetas que perciban estas múltiples dimensiones, esta actualidad permanente de la sagrada Escritura, su novedad para hoy”. (§ tomado de la catequesis sobre Orígenes de Benedicto XVI, 25-04-2007).

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