Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

VIGÉSIMO TERCER DOMINGO DURANTE EL AÑO,

Ciclo “B”

05-06 de setiembre 2015

Jesús cura al sordomudo

[Monasterio de Reichenau, h. 1045]

Introducción

 

0.1.- En la primera lectura de este domingo, el profeta Isaías (35,4-7) anima a los “cobardes de corazón” y anuncia esta estupenda novedad, que la experiencia confirma: cuando el Señor está presente se despegan los ojos del ciego, se abren los oídos del sordo, el rengo “salta” como un ciervo. Todo renace y todo revive porque aguas benéficas riegan el desierto. El “desierto”, en su lenguaje simbólico, puede evocar los acontecimientos dramáticos, las situaciones difíciles y la soledad que no raramente marca la vida; el desierto más profundo es el corazón humano cuando pierde la capacidad de oír, de hablar, de comunicarse con Dios y con los demás. Se vuelve entonces ciego porque es incapaz de ver la realidad; se cierran los oídos para no escuchar el grito de quien implora ayuda; se endurece el corazón en la indiferencia y en el egoísmo. Pero ahora —anuncia el profeta— todo está destinado a cambiar; esta “tierra árida” de un corazón cerrado será regada por una nueva linfa divina. Y cuando el Señor viene, dice con autoridad a los cobardes de corazón de toda época: ¡Ánimo, no teman! (v. 4).

 

0.2.- Aquí se enlaza perfectamente el episodio evangélico, narrado por san Marcos (7,31-37): Jesús cura en tierra pagana a un sordomudo. Primero lo acoge y se ocupa de él con el lenguaje de los gestos, más inmediatos que las palabras; y después, con una expresión en lengua aramea, le dice: “Effatà“, o sea, “ábrete”, devolviendo a aquel hombre oído y lengua. Llena de estupor, la multitud exclama: Todo lo ha hecho bien (v. 37). En este “signo” podemos ver el ardiente deseo de Jesús de vencer en el hombre la soledad y la incomunicabilidad creadas por el egoísmo, a fin de dar rostro a una “nueva humanidad”, la humanidad de la escucha y de la palabra, del diálogo, de la comunicación, de la comunión con Dios. Una humanidad “buena”, como es buena toda la creación de Dios; una humanidad sin discriminaciones, sin exclusiones,- como advierte el apóstol Santiago en su carta (2,1-5) -, de forma que el mundo sea realmente y para todos “espacio de verdadera fraternidad” (Gaudium et Spes, 37), en la apertura al amor al Padre común, que nos ha creado y nos ha hecho sus hijos y sus hijas[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

La “sección” de los panes en el Evangelio de san Marcos: 6,30-8,26.

 

A través de toda esta sección del relato evangélico, el tema es el alimento. En un lugar desértico, Jesús alimenta una primera vez a la muchedumbre (6,30-44) Después de los episodios de la marcha sobre las aguas y de curaciones múltiples (6,45-46), se desata la controversia sobre los alimentos puros e Impuros (7,1-23) Luego tiene lugar el encuentro de Jesús con una pagana y la discusión sobre las «migajas» que caen de la mesa de los hijos de Israel (7,24-30), Tras el episodio de la curación de un sordomudo (7,31-37) tiene lugar una segunda multiplicación de panes (8,1-10), seguida por una advertencia sobre la levadura de los fariseos (8,11-21), Como para dar un signo a los discípulos, que no consiguen sacar las conclusiones de lo que han visto y oído, Jesús cura a un ciego en Betsaida (8,22-26)[2]

 

 

Primera Lectura: Isaías 35,4-7a

 

1.1.- Los capítulos 34-35 de Isaías forman, tal como se presenta el libro en la actualidad, un díptico que suele denominarse “pequeño apocalipsis”. Ambos capítulos sirven de introducción a la segunda parte del libro de Isaías (cc. 34-66); su primer cuadro presenta el castigo de Edom (c. 34), como representación y tipo de una humanidad sanguinaria que por su inhumanidad ha roto la alianza noáquica[3]. La situación descrita en Is 35 es diametralmente opuesta a la del capítulo anterior: si Edom se ha convertido en un desierto invadido por las alimañas, aquí el desierto florece y las bestias no tienen ya cabida en la ‘vía sacra’ (v. 8). Los salvados reciben el nombre de los rescatados por YHVH (v. 10), mostrando así que lo que cuenta no es su pertenencia a tal o cual nación, sino, sobre todo, su pertenencia a YHVH, que los salva. Nuestra lectura está entresacada de este segundo panel del díptico en el cual se convoca a los rescatados de Israel y de los demás pueblos a alegrarse y retomar fuerzas con un gozo exultante y renovado[4]. El motivo de semejante exhortación es la anunciada intervención de Dios, descrita como el florecer del desierto y la curación de los ciegos, los tullidos, los tarta-mudos, etc.: en concreto se describe el camino santo que se abre ante los rescatados, vía que les permitirá retornar a Jerusalén.

 

1.2.- En esto consiste la paradojal venganza, la represalia de Dios: ¡él mismo viene a salvarlos! (v. 4), salvación que por un lado implica el castigo de los opresores (leer 34,8, que emplea idéntico vocabulario), por el otro significa la liberación de los oprimidos. Es evidente que se trata de las dos caras de la misma medalla. Es por eso que en el recorrido del nuevo éxodo no habrá ningún león ni penetrarán en él las fieras salvajes. Por allí caminarán los redimidos, volverán los rescatados por el Señor; y entrarán en Sión con gritos de júbilo, coronados de una alegría perpetua: los acompañarán el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se alejarán (vv. 9 y 10, omitidos por la lectura litúrgica).

Nuestro leccionario traduce el v. 4b así: Llega la venganza, la represalia de Dios: él mismo viene a salvarlos. Muchos de los demás leccionarios[5] mantienen la ambivalencia del término no traduciendo por represalia, sino como recompensa justiciera de Dios. Recompensa, en el sentido que Dios completa[6] el accionar de los seres humanos. La imagen de venganza atribuida a Dios en la Escritura no tiene el sentido de “vendetta simple y pura”, sino de restablecimiento de la justicia[7]. Nótese que de lo que se trata, es de la salvación traída por Dios: Él mismo, en persona, viene a salvarlos. Salvación totalmente gratuita, ya que no es retribución a merito alguno de los salvados. Se trata de una pura iniciativa de Dios, que fiel a su promesa, salva a su pueblo, simple beneficiario de su acción liberadora. Esto lo vemos con meridiana claridad en otro pasaje de Isaías: ¡Despierta, despierta, revístete de poder, brazo del Señor! ¡Despierta como en los días antiguos, como en las generaciones pasadas! ¿No eres tú el que hace pedazos a Rahab, el que traspasa al Dragón? ¿No eres tú el que seco el Mar, las aguas del gran Océano, el que hizo de lo profundo del mar un camino para que pasaran los redimidos? Los rescatados del Señor volverán, llegarán a Sión entre gritos de júbilo: una alegría eterna coronará sus cabezas, los acompañará el gozo y la alegría, huirán la aflicción y los gemidos (51,9-11)

 

1.3.- En vano nos pondríamos a buscar otras motivaciones que hayan dado impulso a la acción salvífica de Dios. En este contexto “recompensa-retribución”, viene a significar pura y simplemente: ‘gracia’, tal como lo vemos en el Sal 103[102],2: Bendice al Señor…, y no olvides sus beneficios, donde ‘beneficio’ justamente es ‘retribución’. Es este el motivo por el que los vacilantes, los desalentados deben recuperar sus fuerzas, ya que cada vez que esta ‘retribución’ se hace evidente los pobres y desamparados se alegran y recuperan sus energías y sus fuerzas: Amen al Señor fieles suyos, el Señor guarda a sus leales y paga con creces a los soberbios (Sal 31[30],24; leer Sal 27[26],14).

Cuando, por el contrario, la ‘recompensa’ del Señor tarda en manifestarse, se envalentonan los malvados, impíos y soberbios: Escucha, oh Dios, la voz de mi lamento, protege mi vida del terrible enemigo… Afilan sus lenguas como espadas, y disparan como flechas palabras venenosas, para herir a escondidas al inocente, para herirlo por sorpresa y sin riesgo. Se animan al delito, calculan cómo esconder trampas, y dicen: “¿Quién lo descubrirá?”. (Sal 64[63],2-5).

Un acontecimiento de este tipo y especie es el anunciado por Isaías en nuestra lectura. Este Evangelio, esta Buena Noticia, en el ‘hoy-de-Dios’ se dirige a nosotros y a cuantos gimen oprimidos bajo el yugo de opresores variados y diversos, antiguos o nuevos, tontamente elegidos por nosotros mismos o que otros nos han impuesto, que, en todo caso, esclavizan. Alegrémonos hoy con la Buena Noticia que el Señor viene a salvarnos: Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana (Mt 11,28-30).

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 145[146],7-10

 

2.1.- El salmo 145 es aleluyático, el primero de los cinco con los que termina la colección del Salterio. Ya la tradición litúrgica judía usó este himno como canto de alabanza por la mañana: alcanza su culmen en la proclamación de la soberanía de Dios sobre la historia humana. En efecto, al final del salmo se declara: “El Señor reina eternamente” (v. 10).

De ello se sigue una verdad consoladora: no estamos abandonados a nosotros mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos o del hado; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido ni meta. A partir de esta convicción se desarrolla una auténtica profesión de fe en Dios, celebrado con una especie de letanía, en la que se proclaman sus atributos de amor y bondad (cf. vv. 6-9).

1 – Dios es creador del cielo y de la tierra; es custodio fiel del pacto que lo vincula a su pueblo. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en edad.

Son doce afirmaciones teológicas que, con su número perfecto, quieren expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino que está comprometido en su historia, como Aquel que propugna la justicia, actuando en favor de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infelices.

2 – Así, el hombre se encuentra ante una  opción  radical  entre  dos  posibilidades opuestas: por un lado, está la tentación de “confiar en los poderosos” (cf. v. 3), adoptando sus criterios inspirados en la maldad, en el egoísmo y en el orgullo. En realidad, se trata de un camino resbaladizo y destinado al fracaso; es un sendero tortuoso y una senda llena de revueltas (Pr 2,15), que tiene como meta la desesperación.

En efecto, el salmista nos recuerda que el hombre es un ser frágil y mortal, como dice el mismo vocablo adam, que en hebreo se refiere a la tierra, a la materia, al polvo. El hombre -repite a menudo la Biblia- es como un edificio que se resquebraja (cf. Qo 12,1-7), como una telaraña que el viento puede romper (cf. Jb 8, 14), como un hilo de hierba verde por la mañana y seco por la tarde (cf. Sal 89, 5-6; 102, 15-16). Cuando la muerte cae sobre él, todos sus planes perecen y él vuelve a convertirse en polvo: Exhala el espíritu y vuelve al polvo; ese día perecen sus planes (Sl 145, 4).

3 – Ahora bien, ante el hombre se presenta otra posibilidad, la que pondera el salmista con una bienaventuranza: Bienaventurado aquel a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios (v. 5). Es el camino de la confianza en el Dios eterno y fiel. El amén, que es el verbo hebreo de la fe, significa precisamente estar fundado en la solidez inquebrantable del Señor, en su eternidad, en su poder infinito. Pero sobre todo significa compartir sus opciones, que la profesión de fe y alabanza, antes descrita, ha puesto de relieve.

Es necesario vivir en la adhesión a la voluntad divina, dar pan a los hambrientos, visitar a los presos, sostener y confortar a los enfermos, defender y acoger a los extranjeros, dedicarse a los pobres y a los miserables. En la práctica, es el mismo espíritu de las Bienaventuranzas; es optar por la propuesta de amor que nos salva desde esta vida y que más tarde será objeto de nuestro examen en el juicio final, con el que se concluirá la historia. Entonces seremos juzgados sobre la decisión de servir a Cristo en el hambriento, en el sediento, en el forastero, en el desnudo, en el enfermo y en el preso. Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, me lo hicieron a mí (Mt 25,40): esto es lo que dirá entonces el Señor[8].

 
Segunda Lectura: Carta de Santiago 2,1-7

 

3.1.- Nuestro texto tiene la preocupación concreta de no distinguir tal o cual grupo entre los destinatarios de la Carta, sino de considerarlos a todos como un conjunto único, en el que todos tendrían el mismo comportamiento. Probablemente no es ésa una insistencia fortuita; se explicaría muy bien si la comunidad a la que el texto se dirige estuviera afectada de divisiones profundas, difícilmente explicables y quizás imposibles de superar, hasta el punto de que la única manera de combatirlas fuera negarlas, no querer reconocerlas.

Para verificar esta hipótesis, es hora de volver al texto: ¿cómo presenta Santiago a sus destinatarios? Se impone una primera constatación: el texto evoca masivamente las diferencias entre ricos y pobres. Pero es curioso que no se dice con claridad si este desnivel afecta o no a la comunidad misma. La ilustración de los v. 2-3 presenta a «un hombre con dedos anillados de oro» y a «un pobre con vestidos mugrientos» como extraños a la asamblea. El v. 6 sitúa al conjunto de los destinatarios, en bloque, a la vez del lado de los que «privan al pobre de su dignidad» y como «oprimidos» por los ricos. ¿Significa esto que la comunidad constituye un todo coherente, sin problemas internos particulares, en el corazón de una sociedad que estaría por su parte profundamente marcada por enormes diferencias sociales? No parece esto fácil de imaginar. Las precauciones que toma el texto no parece que sean más que una confesión disimulada: dentro mismo de la comunidad estas tensiones sociales crean conflictos tan vivos que resultan inconfesables, so pena de llegar a la ruptura. Santiago no puede chocar de frente con sus interlocutores. Los sitúa a la vez del lado de los que «privan al pobre de su dignidad» y del lado de los «oprimidos por los ricos», en el v. 6.

 

3.2.- «Acepción de personas»

Para denunciar las tensiones que engendran las diferencias entre ricos y pobres, Santiago los invita a no mezclar la fe con «la acepción de personas» (v. 1-9). Esta expresión está sacada de Dt 1, 16-17 o de Lv 19,15, donde se intimaba a los jueces a tratar del mismo modo a pobres y a ricos en sus decisiones, en nombre de la imparcialidad de Dios…

La expresión se usa también en el Nuevo Testamento. Las cartas de Pablo en concreto hablan en cuatro ocasiones de que Dios «no hace acepción de personas». En Gálatas se usa para justificar el enfrentamiento entre el apóstol y los dirigentes de Jerusalén (Gál 2, 6), pero sobre todo para invitar a vivir las diferencias entre judíos y griegos en Rom 2, 11, y entre dueños y esclavos en Ef 6,9 y Col 3,25.

 

3.2.1.- La comparación entre el Primer Testamento y las cartas de Pablo es harto elocuente. Tanto de una parte como de otra, los textos apelan a la imparcialidad, en nombre de un Dios que «no hace distinción entre las personas», para llevar a poder vivir mejor las principales contradicciones, imposibles de superar, de la sociedad de esa época: disparidad entre débiles y fuertes, entre israelitas y extranjeros en tiempos del Levítico y del Deuteronomio, oposición entre judíos y griegos, amos y esclavos, que experimentan las comunidades cristianas en tiempos de Pablo, implantadas en las grandes ciudades del imperio romano.

Con la carta de Santiago tenemos un nuevo desplazamiento: la principal contradicción que lo lleva a invitar a sus destinatarios a «no hacer acepción de personas» no es la oposición entre judíos y griegos o entre amos y esclavos, sino la disparidad entre ricos y pobres, como lo evoca la ilustración de los vv. 2-3 y la afirmación brutal del v. 6: «Ustedes desprecian al pobre» (literalmente: ‘han privado al pobre de su dignidad’). Pero hoy sabemos que el desnivel entre pobres y ricos se acentuó en la sociedad romana a lo largo de todo el siglo 1º, hasta llegar a imponerse, incluso en el derecho romano, como un estado de hecho; desde comienzos del siglo 2º, la legislación distinguirá a los ciudadanos entre «humiliores» y «honestiores». Así, pues, los destinatarios de la carta de Santiago están quizás tan profundamente marcados por la vida de las grandes ciudades del imperio como los de las cartas de Pablo[9].

 

 

Evangelio: San Marcos 7,31-37

 

4.1.- El domingo pasado tuvimos como evangelio extractos de aquel discurso de Jesús sobre “lo puro y lo impuro” (Mc 7,1-23), en el cual el Maestro va directamente a la raíz del problema, al corazón del hombre, lugar de las decisiones trascendentes y fundamentales. Tanto para captar y “aferrar” el discurso, como para “agarrar” y aferrar el pan, el instrumento necesario no es el de unas manos puras, sino el de un corazón puro, que late al ritmo del de Dios (El Señor se ha buscado un hombre según su corazón: 1 Sam 13,14). De este modo, con el discurso de Jesús quedan sentadas las premisas necesarias como para poder compartir el don del pan con los “perritos”, es decir, los paganos: si los discípulos comen el pan con las manos impuras (7,2), igual que los paganos, entonces también los paganos pueden comer el pan, aunque sean [tenidos por] ritualmente impuros.

 

4.2.- La curación del sordomudo (7,31-37) forma parte de la actividad de Jesús fuera de las fronteras de la “tierra santa” (7,24-37) y para comprender plenamente el evangelio de este domingo es indispensable decir algo sobre los versículos 7,24-30 en los que se nos muestra cómo Jesús, -rechazado por las autoridades de su pueblo (7,1-23) que mantienen la distinción entre puro e impuro[10], distinción que Jesús no suscribe-, se dirige a escondidas a tierra pagana, tal como lo había hecho antes Elías, cuando el pueblo de Israel no quiso escucharlo (1 Re 17,2-10). Jesús sale hacia el norte, hacia Tiro, la ciudad pagana por antonomasia, de la cual Isaías había profetizado que sería visitada por el Señor [YHVH-Kyrios] y que entonces sus habitantes comerían hasta saciarse (Is 23,17-18), y ahora Tiro es visitada,- ¡de incognito! -, por el Señor [Kyrios]: justamente así lo llama la mujer pagana que le pide cure a su hija enfermada por un espíritu impuro: Es verdad, ¡oh Señor!… [Kyrie! Mc 7,28]. Jesús le responde secamente: deja que primero sean saciados los hijos, ya que no es justo quitarle el pan a los hijos para tirárselo a los perritos (7,27). Ella no tiene derecho alguno a la curación de la hija, ya que los paganos no están en alianza con Dios y por eso Él no los puede saciar (pasivo divino). Notemos como vuelve a usarse la metáfora del pan, ese pan que Jesús había distribuido a los hijos de Israel en la primera multiplicación[11]. Pero no dejemos de subrayar que aquí se denomina PAN a toda la actividad de Jesús, también curar y sanar a la humanidad doliente es “pan”.

 

4.3.- Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo. En el corazón de la Decápolis, todavía en plena zona pagana, le piden que le imponga las manos a un sordomudo. En griego dice que es un hombre sordo (kophos) y balbuciente (moghilalos): se trata de un pagano sordo para el Escucha Israel (el Shemá)…, incapaz de captar la Palabra y balbuciente/tartamudo en sus posibilidades de hablarle a Dios, de alabarlo. Precisamente para él estaba reservada una promesa de parte de Dios: Él mismo viene a salvarlos (Is 35,4-5, nuestra 1ª lectura). ¡En Isaías la promesa, en Jesús su cumplimiento!

 

4.4.- Jesús utiliza gestos y signos comprensibles para el sordomudo, que le demuestren su voluntad de restaurar en él la vida en plenitud. Jesús toca los órganos enfermos y utiliza la saliva, práctica muy difundida entre los hebreos (leer Mc 8,23-25; Jn 9,1-7).

Luego Jesús levanta los ojos al Cielo. No se trata de un simple gesto estilístico, sino que introduce un solemne gesto salvífico de parte del Señor. Los alza en un gesto orante, dirigiéndose al Padre y confesando que todo poder de Él proviene. Jesús realiza este gesto porque es consciente de poder hacerlo: sabemos que tanto en el PT (¡ojalá rasgaras los cielos y bajaras!…) como en el NT no se le concede, sin más, al ser humano el poder hacerlo. El publicano de la parábola es alabado precisamente por no hacerlo, ya que no se siente digno de entrar en diálogo con Dios. Solamente Esteban (Hech 7,55) y la Iglesia escatológica[12] pueden alzar los ojos y contemplar el Cielo abierto, pero únicamente porque Cristo ha “reabierto los Cielos” para la humanidad, reconciliándola con el Padre.

 

4.5.- Después de este gesto que transparenta su divinidad, a Jesús “se le escapa” un suspiro, emite un gemido, que transparenta su humanidad: es un gemido que se le “escapa” ante la constatación de todo el dolor y la fragilidad que aflige a la humanidad,- signos patentes del poder del demonio sobre el ser humano-. Es algo así como un gemido que asume y resume el gemido de toda la creación de que habla Pablo (Rom 8,22-27): El entero cosmos que padece los embates del mal y del pecado gime y suspira por la realización de la profecía de Isaías (35,4-7). Cristo, el primogénito de la creación es el primero en emitir este suspiro, ya que antes de su venida la creación ni anhelar osaba, ni tenía motivos de esperanza… Pero Cristo anticipa en este gemido profético el fuerte gemido de la Cruz (Mc 15,37). La creación se encuentra, gracias a su victoria pascual y desde entonces, en una nueva situación: no sólo puede anhelar la salvación, sino posee la segura esperanza de obtenerla. Jesús con ese gran suspiro en la Cruz transformará y transfigurará la creación insuflándole su Espíritu: el inefable e inexpresable gemido del Espíritu (Rom 8,26) que realiza la gran intercesión ante el Padre.

 

4.6.- Después de haber levantado los ojos al Cielo y de haber gemido/suspirado, Jesús exclama Effathá!, ‘¡Ábrete!’, el término terapéutico presente en la profecía de Isaías (35,5 LXX: dianoijtheti) y de inmediato el pagano empieza a escuchar la Palabra de Jesús y a hablar, contando a todos las maravillas obradas por Dios. Jesús le ordena no divulgar lo acontecido, pero todos los paganos asombrados ya relatan el hecho y exclaman: ¡todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos!, usando para ponderar a Jesús la exclamación del Señor-Dios en el relato de la creación (leer por ejemplo Gen 1,31). Esta prerrogativa divina, presente en Jesús, será el núcleo de la catequesis hecha a los paganos por Pedro en la casa de Cornelio (Hech 10,34-38): Los paganos ya no deben ser considerados impuros, excluidos de la comunión con Jesús; ya pueden escuchar a Dios que los ha curado de su sordera a la Ley del Señor y ha desatado su lengua balbuciente; por lo tanto pueden ser invitados al banquete del Reino:¡la segunda multiplicación de los panes tiene lugar a continuación! (Mc 8,1-9).

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Esta fuerza que es intocable, ha descendido, se ha cubierto de miembros palpables, para que los pobres la toquen, y al palpar su humanidad, perciban su divinidad. Porque a través de los dedos de la carne, el sordomudo sintió que tocaban sus orejas y palpaban su lengua. Y a través de los dedos palpables, cuando se rompió la ligadura de su lengua, y cuando se le abrieron las puertas de sus oídos cerrados, percibió la divinidad impalpable. Porque el arquitecto y el artista del cuerpo vino a él, y con una dulce voz, creó sin dolor una abertura en sus orejas sordas; entonces también, la boca cerrada, incapaz hasta entonces de pronunciar una palabra, prorrumpió en alabanzas de aquel que, con este nacimiento de la palabra, hacía dar frutos a su esterilidad…

La palabra ha sido devuelta por el Señor a hombres mudos. Reconozcamos que por él la palabra fue concedida a Adán nuestro primer padre: entonces también, por nuestro Señor, la naturaleza defectuosa fue completada y acabada. Pues el que es capaz de llenar un vacío de la naturaleza, muestra con ello que la plenitud de la naturaleza se realiza por él. No hay mayor privación para un hombre que nacer sin capacidad para hablar. En efecto, si nosotros superamos a todas las creaturas por la palabra, la falta de ella es la mayor de todas las privaciones. Y así, él ha colmado totalmente este vacío y por él existe toda plenitud…

Puso saliva en sus dedos y los introdujo en los oídos del mudo. Con su saliva hizo barro y lo extendió sobre los ojos del ciego, para hacernos comprender que, lo mismo que algo faltaba a los ojos del ciego desde el seno materno, también algo faltaba a los oídos del mudo. Así es como un defecto de nuestra masa humana fue suprimido gracias a la levadura tomada de su Cuerpo perfecto. No era conveniente que nuestro Señor se cortara un miembro de su cuerpo para eliminar las faltas de otros cuerpos. Corrigió el defecto de los defectuosos por medio de algo que podía tomar de sí mismo, de la misma manera que los mortales lo comen por medio de algo que puede ser comido. Así es como hizo desaparecer el defecto y resucitó muertos, para que pudiésemos reconocer que, gracias al Cuerpo en que habitaba la plenitud había sido suplido el defecto de los defectuosos, y que de este mismo Cuerpo en que moraba la vida, venía la vida a los mortales[13]

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] Benedicto XVI, Homilía en Valle Faul – Viterbo, 6 de septiembre de 2009. Extractos; levemente modificada.

[2] Ph. Léonard, Evangelio de Jesucristo según san Marcos, Estella (CB 133), 2007, pp. 32-33

[3] “El nombre de ‘Edom’ en hebreo se solapa con el de ‘Adán’ y ambos encuentran su origen en la tierra roja (en hebreo: ‘adom’) que caracteriza al país de Edom y de la que Adán está modelado (Gen 2,7). Otro elemento permite una elucidación suplementaria: se trata de la sangre (hebreo: ‘dam’) muy presente en Is 34 que por su gran derramamiento de sangre evoca el relato noáquico que acaba con una alianza basada en la prohibición de derramar sangre: Quien derrame la sangre (dam) del hombre (adam) por el hombre (adam) verá derramar su sangre (dam. Gen 9,6)” Nota tomada de: D. Janthial, El libro de Isaías,- o la fidelidad de Dios a la casa de David-, Estella (Navarra) 2008 (CB 142), p. 33

[4] Esta exhortación a la alegría echa mano de todos los recursos de la lengua hebrea: tres verbos y cuatro sustantivos diferentes pertenecen al registro de la alegría en sólo diez versículos.

[5] Por ejemplo los de lengua francesa, italiana, alemana, e inglesa.

[6] Un derivado de esta palabra significa en hebreo “destetar” = completar el proceso de desacostumbrar al lactante: leer Sal 131[130],2.

[7] Termino que traduce correctamente, en otro pasaje, la Biblia del Pueblo de Dios, en la cual está basado nuestro leccionario, traduciendo la misma palabra hebrea (gemul), vertida en Isaías como represalia, en el Salmo 94(93),2b la traduce de la siguiente manera: ¡…Señor, Dios justiciero (gemul), manifiéstate!

[8] Juan Pablo II, Catequesis General 02-06-2003. Adaptado

[9] G. Becquet, P. Cazaux, F. Dumortier, E. Fudji, etc., La carta de Santiago,- lectura socio-lingüística -, Estella (Navarra) 1988 (CB 61), pp. 29-30. Hemos adaptado, no poco, el texto.

[10] ¡Grave problema para todo creyente judío! Basta recordar las grandes dificultades de Pedro, aun después de la Resurrección: Hechos 10,13-14 y 28. Ver nota de la Biblia de Jerusalén a Hechos 10,15.

[11] Fue el evangelio del domingo 17º, pero en la versión de san Juan (Jn 6,1-15) y sobre el pan y el Pan venimos desde entonces rezando y profundizando cada domingo…

[12] Ese es el profundo sentido del ‘alzar los ojos’ indicado a los celebrantes en el Canon Romano, retomando el gesto eucarístico-escatológico de Jesús.

[13] San Efrén de Nísibe, Sermón acerca de Nuestro Señor X-XI. San Efrén es el mayor representante literario de la Iglesia de Siria, fue un gran poeta, teólogo y místico que igualmente nos legó una abundante producción en prosa. La voz popular le dio el título de “cítara del Espíritu Santo”. Los datos más seguros que tenemos de él son estos: nació en Nísibe (Nísibis), hoy Nusaybin, Mesopotamia del Norte, hacia el 306. Parece que fue bautizado a los 18 años. Los obispos Jacobo y Valogeses influyeron en su formación. Pasó algún tiempo en el desierto, llevando vida eremítica hasta que el obispo Jacobo lo ordenó diácono y le encargó su escuela teológica. Cuando su ciudad natal cayó en manos de los persas en 363 pasó a Edesa. Murió, según parece, el 9 de junio de 373 en Edesa (hoy Urfa). Benedicto XV le dio el título de doctor de la Iglesia el 5 de octubre de 1920.

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