Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DURANTE EL AÑO,

Ciclo “B”

29-30 de agosto 2015

 

Judío piadoso, lavándose las manos, antes de orar ante el “Kotel”, el muro del Templo, detrás del cual atisba el Amado el peregrinar de su Pueblo[1].

[1] Kotel, es una palabra hebrea que aparece una sola vez en la Biblia Hebrea, en Cantar de los Cantares 2,9: Mi amado es como una gacela, como un ciervo joven. Ahí está: se detiene detrás de nuestro muro; mira por la ventana, espía por el enrejado. Traducirlo como “Muro de los lamentos” es desconocer todas las resonancias de la expresión para un corazón creyente…

Frontispicio al Deuteronomio

[Biblia regalada por Carlos el Calvo a la basílica de San Pablo fuera de los muros. Roma. Hacia el año 850]

Introducción

 

0.1.- Después de cinco domingos en los que hemos profundizado en el misterio de Cristo, guiados por la experta y sabia mano del evangelio de san Juan,  volvemos a la frescura y espontanea sencillez del Jesús de san Marcos, que nos seguirá  instruyendo hasta el final de este año litúrgico, ayudándonos a vivir un auténtico proceso de conversión comunitaria, personal y pastoral:

“Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente; una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza…” (DA362).

Al cambiar de uno a otro evangelista no abandonamos la temática, que sigue siendo la de la profundización en el Pan de la Palabra, -asumida en y con fe-, y del Pan de la Eucaristía, -asumida en y con fe-. Pastoral y espiritualmente es importante descubrir, y hacer descubrir, dicha continuidad; en función de tal descubrimiento proponemos una esquemática sinopsis dominical que nos ayude a visualizarla, haciendo como de puente entre los domingos 16º y 22º.

 

0.2.- El medio ambiente es siempre el del lago-mar de Genesaret-Tiberíades en el que acompañamos a Jesús de una a otra orilla, mientras vamos descubriendo el misterio de su persona y nosotros vamos logrando transformarnos en aprendices de discípulo mientras vamos preparándonos para subir, con el Maestro, desde Galilea a Jerusalén…

+ Domingo 16º: Mc 6,30-34: (Mc 6,32-8,26 es denominada la sección de los panes): Jesús buen Pastor (Salmo responsorial, 22: El Señor es mi pastor, nada me falta…, tú preparas una mesa…, y mi copa rebosa) se conmueve al ver el hambre y abandono en que está el Pueblo de Dios.

+ Domingos 17º a 21º: Jn 6: Jesús alimenta a la multitud y mediante una gradual mistagogía [nos] va conduciendo a la comprensión mistérico-real-sacramental de su Persona, en la Palabra y la Eucaristía.

+ Domingo 22º: Mc 7,1-23: Es necesario comer el Pan con un “corazón” limpio y puro.

Tengamos en cuenta que en esta “sección de los panes” de Marcos el Pan no solamente es multiplicado para Israel (1ª multiplicación: los números “5” y “12” se refieren a las doce tribus y a los cinco libros de la Ley), sino que está a disposición de los paganos [como migas que comen los cachorritos, y con gran abundancia (2ª multiplicación de los panes. El siete, y sus múltiplos, es el número que en la SE designa a los pueblos paganos]; los discípulos siguen-seguimos sin entender nada y discuten-discutimos en la barca de la Iglesia sacudida por las olas: Los discípulos se habían olvidado de llevar pan y no tenían más que un Pan en la barca [sólo un PAN: ¡finísima y terrible ironía de Marcos, tenemos a Cristo en la barca y seguimos discutiendo y sin entender nada!]…. Ellos discutían entre sí, porque no habían traído pan. Jesús se dio cuenta y les dijo: “¿A qué viene esa discusión porque no tienen pan? ¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. ¿No recuerdan cuántas canastas llenas de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?”. Ellos le respondieron: “Doce”. “Y cuando repartí siete panes entre cuatro mil personas, ¿cuántas canastas llenas de trozos recogieron?”. Ellos le respondieron: “Siete”. Entonces Jesús les dijo: “¿Todavía no comprenden?” (Mc 8,14-21). ¡Claro que parte de todo esto no se lee ni medita litúrgicamente en este año de Marcos, pero forma parte de su catequesis y es justo y necesario tenerlo y tomarlo en cuenta!

+Domingo 23º: Curación de un sordomudo: los discípulos tienen oídos y no oyen; el sordo-mudo curado, transformado en verdadero y auténtico discípulo ¡tiene oídos y oye, tiene boca y proclama, es decir: entiende cabalmente el misterio del Pan! (Salmo responsorial es el 145: El Señor hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos).

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Deuteronomio 4,1-2. 6-8

 

1.1.- El Padre ha querido engendrarnos por su Palabra de verdad, para que seamos como las primicias de su creación. Estas palabras, tomadas de la carta de Santiago como estribillo del aleluya previo a la proclamación del Evangelio nos proporcionan la clave de la liturgia de este domingo.

Después de cinco domingos con el evangelio de san Juan retomamos el de Marcos, con un pasaje que pareciera no tener nada en común con la temática del Pan vivo; pero en realidad no es así: basta que tengamos en cuenta que el Pan eucarístico es el alimento espiritual de todos los que estamos de camino hacia la plenitud de la vida en Dios, para lograr descubrir que la relación entre el Pan y la Palabra es estrechísima.

En el Salmo responsorial (el 14[15]) el poeta se,- y nos-, pregunta: ¿Señor, quién podrá entrar y morar en tu casa?, lo que traduciendo la metáfora equivale a: “¿quién puede entrar a Su presencia para estar en plena comunión con Él, viviendo en su Casa?”. Temática que reencontramos en nuestra primera lectura que se detiene y entretiene en subrayar que la Palabra de Dios, norma de comportamiento y ley moral para aquellos a los que el Señor guía hacia la salvación, no es un yugo pesado e insoportable, sino un don y un signo del amor del Padre que protege a los hijos que guía hacia Él, conduciéndolos a la “tierra prometida”, al Reino, en el que esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de la gloria con el Padre en el Hijo por el Espíritu (cf. Plegaria Eucarística 3ª).

 

1.2.- No añadan ni quiten nada de lo que yo hoy les ordeno…, es la advertencia hecha por Moisés, y sin embargo la historia enseña, -¡también la nuestra!-, que los valores más sublimes, en manos de nuestra humanidad, corren el riesgo de deteriorarse, de modo que de la legalidad se pasa al legalismo, y, peor aún, al formalismo, detrás del cual puede llegar a esconderse, no sólo una conciencia poco correcta, sino la excusa comodísima que permite evadirse del cumplimiento del único-mandamiento-único, el del amor a Dios y al prójimo, que en un segundo momento se articula en las diez palabras dadas a Moisés en la cumbre del cerro. Se trata de diez escobillones que el Padre pone a nuestra disposición para hacer más seguro y expedito el camino de su Pueblo que escribiendo/inscribiendo su historia en Su Historia, va progresando y avanzando hacia el Reino…

 

1.3.- El primero de los tres discursos de Moisés que estructuran al Deuteronomio (1,6-4,40) se divide en dos partes: la primera (cc. 1-3) es una evocación de las maravillas obradas durante el Éxodo, desde la teofanía del Sinaí hasta la llegada al monte Pisgá, en las puertas de la tierra prometida, donde Moisés morirá: la segunda (el c. 4) saca las consecuencias y advertencias de las que se entresaca nuestra 1ª lectura, que como prácticamente todo el libro, posee un decidido colorido exhortativo-sapiencial: es “justo y necesario” aprender y asimilar una enseñanza para poder transmitirla con fidelidad (4,1. 5. 10. 14). Moisés habla con los acentos de un sabio maestro que instruye a los guías sabios del pueblo (1,13. 15; 34,9), a los que es sabio escuchar. Este es, fuera de toda duda, el mensaje central del Deuteronomio que encuentra su expresión medular en el célebre ‘Shemá’: Escucha Israel… (Dt 6,4-9; Mc 12,29 ss.). De acuerdo al Deuteronomio la relación con Dios es integral y total e implica tener permanentemente atento el oído del corazón para escuchar la voz del Señor (Sal 95(94; 81()80)), guardando su Palabra concretizada en sus preceptos y normas. La primitiva comunidad cristiana, formada, en un primer momento, exclusivamente por cristianos venidos del judaísmo, recibió la Ley nueva de labios de Jesús (leer Mt 22,38-39; Mc 12,30-31; Lc 10,27; Rom 13,9-10). En torno a este núcleo nació una Escritura y una Tradición, que no pretenden abolir la antigua, sino llevarlas a cumplido-cumplimiento (ver Mt 5,17). Patrimonio y tesoro que es recibido por nosotros para ser transmitido a las futuras generaciones. ¡Se trata, por supuesto de la Escritura y la Tradición con mayúscula, y no de nuestras pequeñas tradiciones, no tan necesarias, fruto de cada momento en el devenir histórico! La vitalidad de la fe la va encarnado en el sucederse de las distintas generaciones, y la misma y única fe requiere ser transmitida con fidelidad y creatividad. Con creatividad porque es indispensable encarnarla en cada tiempo y para cada nueva circunstancia. La Ortodoxia y la praxis-de-fe son inseparables, no se contraponen,-¡todo lo contrario! -, sino que una clama por la otra, y una necesita de la otra, en coherencia y fecundación mutuas.

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 14[15]

 

2.1.- El Salmo 14 con frecuencia es clasificado por los estudiosos de la Biblia como parte de una “liturgia de entrada”. Como sucede en otras composiciones del Salterio (ver por ejemplo, los Salmos 23; 25; 94), hace pensar en una especie de procesión de fieles que se congrega en las puertas del templo de Sión para acceder al culto. En una especie de diálogo entre fieles y levitas, se mencionan las condiciones indispensables para ser admitidos a la celebración litúrgica y, por tanto, a la intimidad divina.

Por un lado se plantea la pregunta: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y habitar en tu monte santo? (14, 1). Por otro, se hace una lista de las cualidades requeridas para cruzar el umbral que lleva a la “carpa”, es decir, al templo del “monte santo” de Sión. Las cualidades enumeradas son once y constituyen una síntesis ideal de los compromisos morales básicos presentes en la ley bíblica (2-5).

 

2.2.- En las fachadas de los templos egipcios y babilonios, en ocasiones estaban esculpidas las condiciones exigidas para entrar en el recinto sagrado. Pero se puede apreciar una diferencia significativa con las sugeridas por nuestro Salmo. En muchas culturas religiosas para ser admitidos ante la Divinidad se exige sobre todo la pureza ritual exterior que comporta abluciones, gestos, y vestidos particulares.

El Salmo 14, por el contrario, exige la purificación de la conciencia para que sus opciones estén inspiradas por el amor de la justicia y del próximo. En estos versículos se puede experimentar cómo vibra el espíritu de los profetas que continuamente invitan a conjugar fe y vida, oración y compromiso existencial, adoración y justicia social (leer Is 1,10-20; 33,14-16; Os 6,6; Mq 6,6-8; Jr 6, 20). Escuchemos, por ejemplo, la vehemente reprimenda del profeta Amós, que denuncia en nombre de Dios un culto separado de la historia cotidiana: Yo detesto, desprecio las fiestas de ustedes, no me gusta el olor de sus reuniones solemnes. Si me ofrecen holocaustos… no me complazco en sus oblaciones, ni miro sus sacrificios de comunión… ¡Que fluya, sí, el juicio como agua y la justicia como arroyo permanente! (Am 5,21-22.24).

 

2.3.- Pasemos ahora a ver los once compromisos presentados por el Salmista, que pueden servir de base para un examen de conciencia personal cada vez que nos preparamos a confesar nuestras culpas para ser admitidos en la comunión con el Señor en la celebración litúrgica. Los tres primeros compromisos son de carácter general y expresan una opción ética: seguir el camino de la integridad moral, de la práctica de la justicia y, por último, de la sinceridad perfecta en las palabras (14, 2).

Vienen, después, tres deberes que podemos definir de relación con el prójimo: eliminar la calumnia del lenguaje, evitar toda acción que pueda hacer mal al hermano, no difamar al que vive junto a nosotros diariamente. Se exige después tomar posición de manera clara en el ámbito social: despreciar al malvado, honrar a quien teme a Dios. Por último, se enumeran los últimos tres preceptos sobre los que hay que examinar la conciencia: ser fieles a la palabra dada, al juramento, aunque esto implique consecuencias adversas para nosotros; no practicar la usura, plaga que también en nuestros días es una realidad infame, capaz de estrangular la vida de muchas personas, y por último, evitar toda corrupción de la vida pública, otro compromiso que hay que practicar con rigor también en nuestro tiempo.

 

2.4.- Seguir este camino de decisiones morales auténticas significa estar dispuestos al encuentro con el Señor. Jesús, en el “Sermón de la Montaña”, propondrá una esencial “liturgia de entrada”: Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda (Mt 5,23-24). Quien actúa como indica el Salmista, dice al concluir nuestra oración, nunca fallará (14,5). San Hilario de Poitiers, padre y doctor de la Iglesia del siglo 4º, comenta así esta conclusión, entrelazándola con la imagen del inicio, la de la carpa del templo de Sión:

Al obrar según estos preceptos, es posible hospedarse en esta tienda, se descansa en el monte. Se subraya firmemente la custodia de los preceptos y la obra de los mandamientos. Este Salmo tiene que fundarse en la intimidad, tiene que ser escrito en el corazón, anotado en la memoria. Día y noche tenemos que confrontarnos con el tesoro de su rica brevedad. De este modo, una vez adquirida esta riqueza en el camino hacia la eternidad, y morando en la Iglesia, podremos descansar en la gloria del cuerpo de Cristo (PL 9, 308)[1]

 

 

Segunda Lectura: carta de Santiago 1,17-18. 21b-22. 27

 

3.1.- Si quisiéramos resumir lo que dicen habitualmente las introducciones a la carta de Santiago, podríamos decir lo siguiente: La Carta nombra a su “autor” ya desde su primer versículo: Santiago, servidor de Dios y del Señor Jesucristo, saluda a las doce tribus que viven en la Dispersión. Resulta evidente que para los destinatarios quien les escribía era alguien conocido, con un nombre de importancia y de peso en la Iglesia. Para nosotros el asunto ya no es tan evidente. Entre los Apóstoles encontramos a dos que tienen por nombre Jacobo (Sant-Yacob = Sant-Yago = Sant-Iago): Santiago, el hijo de Zebedeo en Mc 3,17 y en 3,18 a Santiago, hijo de Alfeo. Es difícil que cualquiera de los dos sea el autor de la Carta dado que el primero fue asesinado ya en el año 44 bajo Herodes Agripa. Del otro Apóstol de este nombre, que no desempeña roles de importancia en el NT, nada sabemos.

 

3.2.- El tercer Santiago es el “hermano del Señor” que aparece ya en Mc 6,3: ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanos no viven aquí entre nosotros? No pertenecía al grupo de los Doce pero después de Pascua asumió un rol muy importante, el Resucitado se le apareció: Después se apareció a Santiago… (1Cor 15,7). San Pablo, en su carta a los Gálatas nos habla de su papel en el concilio de Jerusalén: Santiago, Cefas y Juan –considerados como columnas de la Iglesia– reconociendo el don que me había sido acordado, nos estrecharon la mano a mí y a Bernabé, en señal de comunión, para que nosotros nos encargáramos de los paganos y ellos de los judíos. (Gal 2,9; cf. Hch 15,1-35). Pablo vuelve a encontrarse con él antes de que fuera aprisionado: Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con alegría. Al día siguiente, Pablo fue con nosotros a casa de Santiago, donde también se reunieron todos los presbíteros (Hch 21,17-18). Este tercer Santiago fue asesinado después del año 62.

¿Será este “hermano/pariente del Señor” el autor de nuestra Carta? Un buen grupo de exégetas así lo sostiene, entre otros F. Mußner; otros (por ej., U. Wilckens)[2], piensan que fue redactada un poco después, dentro del círculo de sus discípulos, pero en todo caso antes del año 70, dado que después no era posible dirigirse a las doce tribus que viven en la dispersión (St 1,1). Un tercer grupo piensa que fue redactada por y para comunidades judeocristianas de los alrededores de Alejandría en Egipto. Debemos concluir, por tanto, que por ahora no tenemos datos suficientes sobre su “autor” y es instructivo descubrir todo el itinerario recorrido por nuestra Carta en los primeros siglos, hasta su pleno reconocimiento canónico.

 

3.3.- El fragmento de hoy, compuesto por versículos sueltos y algo inconexos, se centra  en la Palabra de Dios y en la vivencia de esta Palabra. La vida cristiana entera es vista  como un germinar la Palabra, que se traduce en atención a los necesitados y en la renovación de nuestra mentalidad mundana.

La exhortación de Santiago: Acepten dócilmente la palabra que ha sido plantada y es  capaz de salvarlos…, y no se limiten a escucharla“, recoge las palabras de Jesús en Mt 7,24  y 12,50: escuchar la palabra de Jesús y ponerla en práctica es edificar sobre roca llegando a ser su  madre y sus hermanos[3].

 

 

Evangelio: San Marcos 7,1-8a. 14-15. 21-23

 

4.1.- Ante los fariseos y escribas que ponen en entredicho la comunión de sus discípulos con Dios, por no observar ciertas costumbres y tradiciones, Jesús esgrime dos principios esenciales.

El primero: no sustituir el mandamiento de Dios por tradiciones humanas, por respetables que sean. Hoy no tenemos ya el problema de las abluciones, pero no por eso dejamos de correr el riesgo de hacernos una religión “a nuestro gusto y paladar”, pescando esto aquí y aquello más allá, dejándonos influenciar fatalmente por modas y mentalidades en boga. Este es un riesgo para quien no se deja guiar por la Palabra y no sigue a Jesús, pero es igualmente un riesgo harto peligroso para nosotros los cristianos si no nos esforzamos en vivir en un permanente estado de “éxodo”, saliendo de nosotros y de las engañosas perspectivas que conducen a un cómodo instalarse en el aquí y ahora; es indispensable ponerse en situación de peregrino, en viaje permanente hacia el proyecto de Dios, insertados en el caminar de la Comunidad cristiana, en escucha atenta y perseverante de la Palabra.

 

4.2.- El segundo principio es aun más importante: ¡el primado del corazón! Es esencial no olvidarlo. Dios quiere el corazón, no necesita nuestras cosas, nuestros ritos,…, nos quiere a nosotros, nuestro amor, confianza y alabanza: Quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos (Os 6,6; Sal 49; Mt 9,13). He ahí lo medular de la fe. Ciertamente que la fe también debe expresarse visiblemente, en comportamientos y actitudes, sino permanecería como algo desencarnado y etéreo. La protesta de Jesús no equivale a afirmar que la exteriorización no tiene ninguna importancia. Pero sigue siendo lo esencial para Dios el “dónde” y el “cómo” del corazón, allí se define nuestra valoración ante Él. Tenemos la tendencia a olvidarlo con gran facilidad, privilegiando en vez aspectos secundarios. Tendencia nada inocente ya que corresponde de hecho al deseo, confesado o inconfesado, de darle a Dios sólo una parcela de nosotros, reservándonos el resto.

 

4.3.- Llegados a este punto descubrimos la conexión con el principio precedente: para lograr nuestro mal propósito debemos acomodar la religión, recortándola para así mentirnos de que cumplimos a cabalidad sus exigencias, sin tener que entregarle el corazón a Dios. A todos se nos viene a la memoria el clásico: “yo no robo ni mato a nadie…, padre”. Es decir: “ser un buen cristiano se reduce a no robar ni matar”. ¡Y mi corazoncito para mí! Cada uno conoce su propio: “yo no…, ni…”. Elegimos un cumplimiento parcial y/o externo de los mandamientos de Dios para poder sentirnos tranquilos y en paz. Jamás esa obediencia legalista podrá reemplazar el actuar según la voluntad de Dios y ninguna observancia religiosa puede servir de cortina de humo que lleve a reemplazar el amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente y todas las fuerzas y al prójimo como a sí mismo (Mc 12,30-31; Dt 6,5; Lv 19,18).

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Sin duda conocemos y debemos saber y retener que el corazón tiene boca y lengua. La boca se llena de gozo, y con ella interiormente rogamos a Dios cuando están los labios cerrados y la conciencia patente. Hay silencio; grita el corazón. Pero ¿a qué oídos? No a los del hombre, sino a los de Dios. Permanece tranquilo; oye el que se compadece. Por el contrario, cuando ningún hombre oye las cosas malas, si proceden de tu boca interior, no te juzgues seguro, porque oye el que condena. Susana no fue oída por los jueces inicuos; callaba y oraba (leer Dn 13,35). No oían sus palabras los hombres; su corazón clamaba a Dios. ¿Acaso porque no profirió alguna palabra sensible no mereció ser oída? Fue oída; cuando rogó, ningún hombre lo supo. Luego, hermanos, piensen lo que tienen en la boca interior. Recapaciten para que no profieran interiormente algún mal y no lo perpetren fuera, pues nada puede hacer externamente el hombre sin haberlo dicho antes en su interior. Guarda la boca de tu corazón del mal y serás inocente. Inocente será la lengua de tu cuerpo, inocentes serán las manos; también serán inocentes los pies, serán inocentes los ojos, inocentes serán los oídos; todos tus miembros servirán a la justicia si el Emperador justo posee el corazón[4]

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] Juan Pablo II, Audiencia General 4 de febrero de 2004. Adaptada y levemente abreviada.

[2] O. Knoch, La carta de Santiago (NTSM 19), Barcelona 1969, p. 5. Para profundizar sobre la autoría de la carta es muy útil consultar: F. Mußner, Der Jakobusbrief (HThKNT 13/1), Friburgo-Basilea-Viena 19672, pp. 1-11 y U. Wilckens, Theologie des Neuen Testamentes. T. I, Vol. 3, pp. 358 ss.

[3] Misa Dominical 11, 44(2000). Adaptado de www.mercaba.org

[4] San Agustín de Hipona, Enarraciones sobre los Salmos, 125,8; traducción en Obras de San Agustín, T. 22, Madrid 1967, pp. 332-333 (BAC 264). Agustín, nació (354) en Tagaste, en el norte de África. Logró realizar algunos estudios elementales gracias a un benefactor, pero cuando se le acabaron los medios tuvo que interrumpirlos. Por un corto tiempo se unió a una banda callejera, pudiendo luego reanudar los estudios en Cartago. De su larga relación con una muchacha, cuyo nombre desconocemos, nació su hijo Adeodato. Agustín despreciaba la fe de su madre, y el “tosco” lenguaje de la Biblia le repugnaba. En su búsqueda de la verdad adhirió al maniqueísmo, doctrina que hace una distinción tajante entre bien y mal, adscribiendo la corporeidad más bien a lo malo. Esto no impidió que gracias a su talento y esfuerzos se convirtiera en un afamado maestro de retórica. Su carrera lo llevó a Roma y posteriormente a Milán, lugar, en aquellos tiempos, de residencia del emperador. Su encuentro con el obispo de esa ciudad, Ambrosio, lo llevará a recibir el bautismo (Pascua 387), para luego volver a residir en África rodeado por un círculo de amigos con idénticas búsquedas e inquietudes. Por pedido de la comunidad ya muy pronto es ordenado sacerdote y obispo, desempeñándose como excelente predicador y destacándose entre los obispos africanos. Sus escritos exegéticos y teológicos lo convierten en el escritor eclesiástico de mayor y más prolongada influencia en la Iglesia occidental. El ejemplo del monacato oriental había ejercido cierta influencia en su conversión. En su sede episcopal, con un grupo de clérigos vive monásticamente. Escribió “reglas” para monasterios masculinos y femeninos inspirándose en las prácticas monásticas del cercano Oriente. Reglas que hasta el presente guían a Agustinos, Dominicos y Jerónimos, habiendo igualmente ejercido gran influencia sobre la Regla Benedictina. Agustín es llamado “doctor de la gracia”. Su propia vida le demostró que “todo es gracia”. Murió (430) mientras Hipona se encontraba asediada por los vándalos.

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