Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

DÉCIMO NOVENO DOMINGO DURANTE EL AÑO,

Ciclo “B”

08-09 de agosto 2015

Ágape fraterno de los primeros cristianos

(Fresco pintado en los muros de la catacumba de Pedro y Marcelino, Roma)

Introducción

 

En la Última Cena, Jesús dona su Cuerpo y su Sangre mediante el pan y el vino, para dejarnos el memorial de su sacrificio de amor infinito. Con este “viático” lleno de gracia, los discípulos tienen todo lo necesario para su camino a lo largo de la historia, para hacer extensivo a todos el Reino de Dios. Luz y fuerza será para ellos el don que Jesús ha hecho de sí mismo, inmolándose voluntariamente sobre la cruz. Y este Pan de vida ¡ha llegado hasta nosotros!

Ante esta realidad el estupor de la Iglesia no cesa jamás. Una maravilla que alimenta siempre la contemplación, la adoración, la memoria, [el peligro de disgregarse, de disolverse]. (…) Nos preguntamos: ¿qué significa, hoy, disgregarse y disolverse? Nosotros nos disgregamos cuando no somos dóciles a la Palabra del Señor, cuando no vivimos la fraternidad entre nosotros, cuando competimos por ocupar los primeros lugares, cuando no encontramos el valor para testimoniar la caridad, cuando no somos capaces de ofrecer esperanza.

La Eucaristía nos permite el no disgregarnos, porque es vínculo de comunión, y cumplimiento de la Alianza, señal viva del amor de Cristo que se ha humillado y anonadado para que permanezcamos unidos. Participando a la Eucaristía y nutriéndonos de ella, estamos incluidos en un camino que no admite divisiones. El Cristo presente en medio a nosotros, en la señal del pan y del vino, exige que la fuerza del amor supere toda laceración, y al mismo tiempo que se convierta en comunión, también con el más pobre, apoyo para el débil, atención fraterna con los que fatigan en el llevar el peso de la vida cotidiana. Están en peligro de perder la fe.

Y ¿qué significa hoy para nosotros “disolverse”, o sea diluir nuestra dignidad cristiana? Significa dejarse corroer por las idolatrías de nuestro tiempo: el aparecer, el consumir, el yo al centro de todo; pero también el ser competitivos, la arrogancia como actitud vencedora, el no tener jamás que admitir el haberse equivocado o el tener necesidades. Todo esto nos disuelve, nos vuelve cristianos mediocres, tibios, insípidos, paganos.

Jesús ha derramado su Sangre como precio y como baño sagrado que nos lava, para que fuéramos purificados de todos los pecados: para no disolvernos, mirándolo, saciándonos de su fuente, para ser preservados del riesgo de la corrupción. Y entonces experimentaremos la gracia de una transformación: nosotros siempre seguiremos siendo pobres pecadores, pero la Sangre de Cristo nos librará de nuestros pecados y nos restituirá nuestra dignidad. Nos liberará de la corrupción. Sin mérito nuestro, con sincera humildad, podremos llevar a los hermanos el amor de nuestro Señor y Salvador. Seremos sus ojos que van en busca de Zaqueo y de la Magdalena; seremos su mano que socorre a los enfermos del cuerpo y del espíritu; seremos su corazón que ama a los necesitados de reconciliación, de misericordia y de comprensión.

De esta manera la Eucaristía actualiza la Alianza que nos santifica, nos purifica y nos une en comunión admirable con Dios. Así aprendemos que la Eucaristía no es un premio para los buenos, sino la fuerza para los débiles, para los pecadores, es el perdón, el viático que nos ayuda a andar, a caminar[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: 1º Reyes 19,4-8

 

1.1.- Esta lectura desarrolla todo un itinerario de vida y de fe: Elías pasa de la fuga, que rápidamente se transforma en un vagar sin ton ni son, a una ‘peregrinación-hacia-las fuentes-de-la-fe’, hacia el cerro de Dios, el Horeb-Sinaí.

Veámoslo con mayor detalle: Elías, lleno de miedo, huye ante Jezabel, la reina lo ha amenazado de muerte con motivo de la degollina de los cuatrocientos profetas de Baal (19,1-3). Sin embargo, el motivo de la huida no sólo es el temor a la muerte, que por supuesto juega un rol importante. Más adelante, en el colmo del desconcierto, Elías exclama: ¡Basta ya Señor, quítame la vida, yo no valgo más que mis padres! (19,4). ¿Qué es lo que quiere decir Elías con estas palabras? Siente que ha fracasado y fallado, lo mismo que sus padres. Supuso que sus esfuerzos iban a ser coronados por el éxito, pero se equivocó. ¿Para lograr qué? En lograr acabar con la idolatría en Israel, de la que Jezabel era, en aquel tiempo y en aquellas circunstancias, defensa y baluarte. De hecho Elías acababa de obtener dos resonantes éxitos: había predicho el término de una prolongadísima sequía y había “prevalecido” sobre los profetas de Baal. El rey Ajab se estaba inclinando a su favor; ¡lo único que faltaba era que la reina diese el brazo a torcer! La sobrehumana carrera del profeta hasta el palacio real (18,46), representa con toda probabilidad, el esfuerzo supremo en pos de lograr sus expectativas. Podría haber sucedido pero no ocurrió: la reina se le sigue oponiendo con toda su astucia y todo su poder. Al miedo se le suma, entonces, la amarga certeza de haber fracasado. Creía haberlo logrado y al constatar lo contrario, pierde su norte.

 

1.2.- Llegados a este punto se tiene la impresión de una progresiva caída del profeta en el más hondo de los abismos de la desesperación. Huye hacia el sur, despide a su sirviente y se queda solo (19,3), se interna en el desierto. Es frecuente que cuando se entra en crisis se sienta la tentación de aislarse; ante el terror a la muerte,- que en este caso se manifiesta como amenaza y como escape al fracaso -, se responda yendo en “búsqueda” de la muerte, como si “¡homeopáticamente!”, la muerte pudiera remediar la muerte, auto disolviéndose. Elías invoca la muerte. Su primer sueño es en realidad, un sucedáneo de la muerte [¡todo sueño es una pequeña muerte!, sentencia una máxima], ya que por lo que le toca, no quiere seguir teniendo conciencia de su vida, ni de lo que la rodea.

En estas circunstancias interviene el Señor Dios. La primera vez Elías come y bebe y se vuelve a dormir. Este segundo sueño ya no es un sueño de muerte, sino que le sirve de descanso. Aun tendrá que despertar y alimentarse. Se encuentra ahora capacitado para que el Señor Dios le prevenga: el camino a recorrer es largo,- ¡ni siquiera le menciona la meta! -. Pero esa indicación tan vaga y escueta le basta a Elías para intuir de que se trata: ¡la meta es el monte de Dios, el Horeb!

 

1.3.- El Horeb-Sinaí es el lugar en el que el Señor sello la Alianza con su Pueblo. Elías debe rehacer en su propia persona la experiencia de la Alianza, actualizando el éxodo, haciendo memoria (¡memorial!) del compromiso de misericordia y fidelidad eternas del Señor. Este es el sentido de la clave numérica de la ‘cuarentena’: Elías…, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios (19,8)[2]. Elías descubre asombrado y agradecido que Dios cuida de él como cuidó de su pueblo, proveyéndolo de bebida y comida….

Decir, el Señor no le dice prácticamente nada a Elías, pero lo alimenta con agua y pan, comida esencial e indispensable, tal como lo fueron el maná y el agua de la roca…., y la roca que los seguía era Cristo (1 Cor 10,4) El hecho que el profeta deba alimentarse dos veces revela la necesidad de un lapso de tiempo para retomar resuello, para recuperar fuerzas. Solamente después de haberse alimentado por partida doble puede ponerse en camino con la certeza de llegar…. El Señor Dios ha transformado su incierto vagabundear que lo llevaba a la muerte, en una peregrinación hacia la vida: sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero éste es el pan que desciende del cielo, para que aquél que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo.

 

 

Salmo responsorial: Salmo 33[34],2-3. 4-5. 6-7. 8-9

 

2.1.- El “Magníficat” del Primer Testamento

El Salmo 33 es un canto de acción de gracias. Son muchos los beneficios que el salmista ha recibido del Señor y se ve en la necesidad de agradecérselos. En tantos momentos, especialmente en las pruebas de la vida, ha visto la mano bondadosa de Dios, su fidelidad, su solicitud, que ahora quiere expresar en un canto estupendo toda su gratitud al Dios providente de Israel.

Las pruebas que Dios permite no superan nunca las fuerzas del justo, de modo que las fuerzas del mal no parecen romper el equilibrio de la fidelidad.

El salmista tiene experiencia de esta protección y solicitud de Dios y por eso le agradece su bondad y al mismo tiempo comunica a los demás su vivencia, exhortándolos a la fidelidad y a la confianza, invitándoles incluso a que ellos mismos tengan esa experiencia de la providencia y de la cercanía de Dios.

Por esto este salmo tiene igualmente un cariz sapiencial y exhortativo. Como muchos salmos de tipo sapiencial, el salmo 33 tiene en su original hebreo forma acróstica o alfabética.

 

2.2.- La estructura del salmo la podemos fijar así:

  1. a) Introducción: el salmista se exhorta a sí mismo y a los demás a agradecer y bendecir al Señor: vv. 2-4.
  2. b) Motivación: la bondad y la condescendencia de Dios: vv. 5-8.
  3. c) Invitación a la confianza en Dios: vv. 9-21.
  4. d) Conclusión: resumen de la enseñanza de todo el salmo.

Como responsorio en este domingo rezamos los primeros nueve versos del salmo

 

2.3.-Introducción

 

2.3.1.- Alabanza y agradecimiento sinceros: el salmista alaba incesantemente, en todo tiempo, al Señor; su alabanza está siempre en sus labios. En Dios tiene puesta su gloria: su orgullo y su felicidad es YHVH, su todo. Este inicio nos recuerda el comienzo del Magníficat de María: también la Virgen se sentía dichosa y feliz viendo las maravillas del Señor. Salmo: Bendigo al Señor en todo momento… mi alma se gloría en el Señor…

Magníficat:  Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador…

El autor invita a los humildes a que le escuchen y se alegren, y también ellos se sumen a su alabanza: Proclamen conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre: él se siente insuficiente para aclamar y agradecer al Señor, y por esto recurre a sus fieles para que le acompañen en su alabanza.

La vida interior intensa, la experiencia de Dios se traslucen siempre, se irradian espontáneamente, se comunican. Es como la lámpara que arde e ilumina.

 

2.3.2.- Motivación: bondad y condescendencia de Dios

El salmista invocó al Señor, y Dios se inclinó hacia él, le escuchó, y respondiéndole le libró de todas sus ansias, de todos sus males y angustias. Yo consulté al Señor y me respondió. Su confianza en YHVH se vio correspondida. Dios no desatiende jamás las súplicas de aquellos que le invocan. Por esto de nuevo el autor exhorta: Contémplenlo y quedarán radiantes: mirar a Dios es mirar la luz y por tanto, reflejarla (como Moisés y Esteban). Quien camina en la luz se halla iluminado, irradia él mismo luz, luz de alegría, de confianza, de seguridad. La frente de los justos no tiene de qué avergonzarse, puede ir siempre alta.

El ángel del Señor acampa en torno a los fieles: manera poética de expresar la protección divina y su providencia. Donde los otros caen, tropiezan o se encallan, el justo lo supera sin dificultad. Aquello que es insoportable e inexplicable para los demás, resulta ligero y suave para él: porque el ángel del Señor está con él, lo defiende y ayuda. Lo dirá también Jesús: Mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11,30).

 

2.3.3.- Invitación a la confianza en Dios

El conocido versículo: Gusten y vean qué bueno es el Señor es una enseñanza con la que el salmista pretende que tengamos una experiencia de Dios se diría incluso física, material, de tan conocida, de tan probada. Dicen los entendidos que esta expresión hebrea derivaría de una más antigua de la literatura de Ugarit que rezaría así: “¡Coman y beban, qué bueno es el Señor!”, el Dios de nuestra fe, debería sernos algo tan conocido, tan cercano, tan experimentado como el comer o el beber. Mil veces feliz el hombre que en este Dios se refugia, que tiene en él puesta su entera confianza, que acude siempre a él, cuyo primer pensamiento es Dios y su primera invocación, el nombre del Señor…

Nada falta a aquellos que lo temen, los que lo buscan no carecen de nada. Dios vela por ellos y se preocupa de su vida y de sus cosas (Mt 6,25-34). De nuevo el paralelo con el Magníficat.

Salmo: nada les falta a los que le temen, 

                        los ricos empobrecen y pasan hambre,
los que buscan al Señor no carecen de nada”.

     Magníficat: A los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos. 

Sigue la exhortación: Vengan, hijos, escúchenme; el salmista agradecido se transforma en autor sapiencial: enseña a sus hijos, y les enseña el temor de Dios, el camino de la vida, el recto sendero para caminar con confianza en presencia del Señor[3].

 

 

Segunda Lectura: Carta a los Efesios 4,30-5,2

 

3.1.- No entristezcan al Espíritu Santo (v. 30). Estas palabras van más allá del consejo ético y se sitúan en el plano teológico. Esta expresión procede de Is 63,10, donde se hablaba de los israelitas rebeldes a la dirección del Espíritu de Dios por el desierto.

Según Pablo, el Espíritu dado en el bautismo es el guía de la vida cristiana (Rom 8,14). Este Espíritu imprime una especie de sello de pertenencia a Dios. Resistirle es caer de nuevo en la antigua esclavitud del pecado.

 

3.2.- El perdón mutuo (Col 3,13), según las exigencias mismas del Padrenuestro (Mt 6,12). La evocación del perdón que Dios nos ha concedido en Cristo (ver 2 Cor 5,18s) lleva a la conclusión teológica de toda esta sección del Nuevo Testamento que habla directamente de imitar a Dios, aun cuando Jesús nos invita a ser misericordiosos (o perfectos) como el Padre celestial (Lc 6,36; Mt 5,48). No faltan analogías con los filósofos estoicos. Citemos a Epicteto:

El hombre que quiere complacer a los dioses y obedecerles

tiene que esforzarse en realizar lo más posible,

por la semejanza con ellos, lo que vamos a descubrir de

los dioses: si la divinidad es fiel, debe ser también fiel; si

es libre, debe también ser libre… Por eso, debe en adelante

hacer todo lo posible y decirlo todo como un imitador

de Dios (Conversaciones 11, 14, 12-13).

La gran diferencia entre el punto de vista filosófico y el punto de vista cristiano es el lugar que se da al amor de Dios, tal como se reveló en la muerte redentora de Cristo. Los términos escogidos están sacados del lenguaje cultual del Primer Testamento: ofrenda, víctima, perfume de agradable olor. Se encontrará esta idea ampliamente orquestada en la Carta a los Hebreos, que se cuida mucho de precisar que lo que hace de la muerte de Cristo un sacrificio por el pecado no es la muerte como tal, sino el don voluntario de su vida en solidaridad con sus hermanos los hombres[4].

 

 

Evangelio: San Juan 6,41-51

 

4.1.- Después del signo de la multiplicación de los panes realizado por Jesús (Jn 6,11-13) y su retiro a la soledad para impedir que la multitud lo aclamara como rey (6,14-15), esa misma multitud lo sigue buscando (6,22-25), pero Jesús no confiaba en ellos, porque los conocía a todos (2,24), y les pide que transformen su búsqueda de comida en búsqueda de Dios: les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta quedar llenos. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre (6,26-27). Efectivamente, Jesús es el pan de Dios (6,33), el pan de vida (6,35), todo el que tiene fe en él es alimentado para la vida eterna.

 

4.2.- En este punto de Juan 6 la multitud es reemplazada por los judíos, entendidos como las autoridades que responden a estas palabras de Jesús poniéndose a murmurar, tal como lo habían hecho sus padres en el desierto, durante el éxodo (Ex 16,1-10; 17,1-7; etc.).

La murmuración es un pecado típico de la historia de la salvación: es la tentativa de demolición de la autoridad profética de Moisés y la sacerdotal de Aarón por parte de los ‘liberados’ de la esclavitud de Egipto. Murmurar: esa oposición ‘a escondidas’ y sinuosamente insinuante, que es susurrada al oído de los demás, para lograr crear complicidad mediante una atmósfera de quejas y lamentos que logran contaminar la vida comunitaria de tal forma que terminan poniendo en corte circuito las relaciones fraternas. Esa es la razón por la que este pecado viene estigmatizado por la Escritura. En los Evangelios el objeto de la murmuración es Jesús, quien de esta manera experimenta en su propia persona lo que habían experimentado los profetas. Los dirigentes judíos[5] se oponen a las palabras de Jesús con las cuales se había declarado el pan bajado del cielo, apoyándose en la falsa premisa de conocer al padre y a la madre: ¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre (leer también Mc 6,1-3)

 

4.3.- He ahí la obstinada incredulidad con la que se enfrenta Jesús, quien de inmediato saca a luz la actitud de sus interlocutores: No murmuren entre ustedes,- descubriendo que no tienen fe, les falta la obediencia a la acción del Padre que atrae a todos los hombres hacia el Hijo. Tenemos aquí una gran confesión de fe en la iniciativa de Dios, puesta de manifiesto no sólo en el envío del Hijo amado al mundo (3,16), sino también en el impulso que atrae a los creyentes hacia él (6,37). Esta verdad hay que entenderla correctamente: la fe es un don del Padre, pero la respuesta a ese don por parte del hombre es totalmente libre; el rechazo de los dirigentes judíos muestra y demuestra dicha libertad, que puede llegar a ser una resistencia culpable, una cerrazón a la escucha de su Palabra, a la ceguera ante los signos de Jesús, en concreto aquí, al de la multiplicación de los panes. La única obra que se le pide al ser humano es la de la fe (6,28-29). Cuando se da esa obediencia de la fe, es gracias a la atenta escucha del Padre, que regala a sus hijos oído de discípulo (ver Is 54,13): Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo (Jn 17,3)… A la murmuración de los hijos de Israel en el desierto, Dios respondió con el don del maná; en este caso Jesús responde con el don de sí mismo, con el don de una vida “derrochada” en favor de sus hermanos (ver Jn 13,1). Aquellos que recibieron el don del maná se preguntaban: ¿man-hu: qué es esto? (Ex 16,15); ante el don de Jesús debería suscitarse un interrogante semejante en cada uno de nosotros: ¿quién es Jesús? ¡He ahí el escándalo de la Cruz planteado, no a la manera paulina, sino en la del cuarto evangelista!

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Nadie viene a mí sino quien es traído por el Padre. No creas que eres atraído contra tu voluntad. Tu alma es atraída, la atrae el amor. Hay personas que sopesan cada palabra y no las entienden por estar alejados de las verdades santas. No tenemos porqué temer los reproches que nos hacen al escuchar la Buena Noticia de las Escrituras: ¿Si soy atraído, entonces no gozo de libertad de creer o no creer? Y yo te contesto: Es demasiado poco decir que eres atraído; eres movido por el agrado y el placer de ser atraído. ¿Y qué es eso de ser atraído por el placer? Escucha entonces las palabras: Pon tus delicias en el Señor y Él te dará lo que pide tu corazón (Sal 36,4). Hay un apetito en el corazón al que le sabe dulcísimo este pan celestial. Si, pues, el poeta pudo decir: “Cada uno corre en pos de lo que lo atrae”, no por necesidad, sino con placer; no con violencia, sino por el deleite, ¿con cuánta mayor razón debes afirmar que eres atraído por Cristo? ¿Los sentidos tienen sus deleites y el alma no va a tener los suyos? Si el alma no los tiene, ¿por qué se dice: Los seres humanos se refugian a la sombra de tus alas; y se sacian de la abundancia de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias, porque en ti está la fuente de la vida y tu luz nos hace ver la luz? Pregunta a un corazón que sabe amar, y entenderá lo que digo.

Regálame un corazón lleno de deseo y que tenga hambre; regálame un corazón que se sienta como desterrado, y que tenga sed, suspirando por la fuente de la patria eterna; dame un corazón así, y éste se dará perfecta cuenta de lo que voy diciendo. Si en cambio le hablas a un corazón helado y sin amor, no comprenderá mi lenguaje. Igualitos eran los que murmuraban: El que es atraído, dice, por el Padre, viene a mí.

¿Qué otro sentido pueden tener las palabras: A quien él Padre atrae, sino que el mismo Cristo es el que atrae? ¿Por qué prefirió decir: A quien él Padre atrae? Si hemos de ser atraídos, que lo seamos por aquel de quien dice una de esas almas amantes: Correremos en pos del aroma de tus perfumes. (…) Si muestras unas nueces a un niño lo atraes y va corriendo hacia aquello que lo atrae; es atraído por los vínculos del amor. Si, pues, estas cosas que entre las delicias y deleites terrenos se muestran a los amantes, ejercen sobre ellos un atractivo tan fuerte, ¿cómo no nos va a atraer Cristo, que nos es revelado por el Padre?[6]

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] Papa Francisco, Homilía en la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo: 04-06-2015.

[2] La cuarentena es una clave exódico-pascual; baste pensar en los cuarenta años de peregrinación de Israel por el desierto; la cuarentena de Moisés en el Sinaí y, sobre todo, los cuarenta días de Jesús en el desierto.

[3] J. M. Vernet, 22 Salmos para vivir, Barcelona 19872 (Dossiers CPL 22), pp. 29-30, adaptado y complementado

[4] E. Cothenet, Las cartas a los colosenses y a los efesios, Estella, Navarra (CB 82) 1994, pp. 55-56. Adaptada y complementada.

[5] “Lo que se considera con la designación «los judíos» [en el Evangelio de san Juan] es «un tipo de judaísmo». «Los judíos» están en relación, bien con los fariseos, bien con los sumos sacerdotes, bien con la multitud. «Sin identificarse con ninguno de estos grupos en particular, los judíos sin embargo están presentes en cada uno de ellos en un momento u otro del recorrido narrativo. Están ahí, por así decir, actuando: como una actitud, un espíritu, una religión, digámoslo: un tipo de judaísmo que se encuentra un poco por todas partes, pero que emerge sobre todo en los fariseos y los sumos sacerdotes del relato. Que este «judaísmo aparezca a veces en la multitud y que incluso se le encuentre en las numerosas personas que creen en Jesús muestra la amplitud de su influencia y hasta qué punto es omnipresente».

A pesar de que hay matices entre los textos que conviene conservar, esta lectura parece confirmar la hipótesis propuesta por P. Grelot: el término «judío» (…) ha abandonado un significado puramente geográfico para designar una entidad fuertemente coloreada por la pertenencia religiosa: es judío aquel que se vincula al judaísmo como expresión religiosa. Podemos pensar que el evangelio de Juan no escapa a esta característica. El empleo masivo de la expresión conlleva matices, es cierto. Pero parece justificado quedarse con que cada ocurrencia del término está vinculada a un significado religioso, remitiendo a una comunidad de fe. El abandono de este término para hablar de cristianos, sin embargo casi todos judíos de nacimiento, entre los actores del evangelio de Juan confirma esta afirmación. De hecho, convertirse en cristiano era dejar de ser judío en el sentido precisado más arriba”. Esta nota es una cita de: A. Marchadour, Los judíos en el evangelio de Juan, p. 42, en: S. Légasse, A. Marchadour, D. Marguerat, M. Trimaille, L. Villey, ¿Es antijudío el Nuevo Testamento?, Estella (Navarra) 2001 (CB 108).

[6] San Agustín de Hipona, Tratados sobre el Evangelio de san Juan 26,4-6. Traducido a partir del texto latino reproducido en: Obras de san Agustín, Tomo XIII,- Tratados sobre el evangelio de san Juan 1-35, Madrid 1955 (BAC), pp. 658. 660. Agustín, nació (354) en Tagaste, en el norte de África. Logró realizar algunos estudios elementales gracias a un benefactor, pero cuando se le acabaron los medios tuvo que interrumpirlos. Por un corto tiempo se unió a una banda callejera, pudiendo luego reanudar los estudios en Cartago. De su larga relación con una muchacha, cuyo nombre desconocemos, nació su hijo Adeodato. Agustín despreciaba la fe de su madre, y el “tosco” lenguaje de la Biblia le repugnaba. En su búsqueda de la verdad adhirió al maniqueísmo, doctrina que hace una distinción tajante entre bien y mal, adscribiendo la corporeidad más bien a lo malo. Esto no impidió que gracias a su talento y esfuerzos se convirtiera en un afamado maestro de retórica. Su carrera lo llevó a Roma y posteriormente a Milán, lugar, en aquellos tiempos, de residencia del emperador. Su encuentro con el obispo de esa ciudad, Ambrosio, lo llevará a recibir el bautismo (Pascua 387), para luego volver a residir en África rodeado por un círculo de amigos con idénticas búsquedas e inquietudes. Por pedido de la comunidad ya muy pronto es ordenado sacerdote y obispo, desempeñándose como excelente predicador y destacándose entre los obispos africanos. Sus escritos exegéticos y teológicos lo convierten en el escritor eclesiástico de mayor y más prolongada influencia en la Iglesia occidental. El ejemplo del monacato oriental había ejercido cierta influencia en su conversión. En su sede episcopal, con un grupo de clérigos vive monásticamente. Escribió “reglas” para monasterios masculinos y femeninos inspirándose en las prácticas monásticas del cercano Oriente. Reglas que hasta el presente guían a Agustinos, Dominicos y Jerónimos, habiendo igualmente ejercido gran influencia sobre la Regla Benedictina. Agustín es llamado “doctor de la gracia”. Su propia vida le demostró que “todo es gracia”. Murió (430) mientras Hipona se encontraba asediada por los vándalos.

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