Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

DÉCIMO OCTAVO DOMINGO DURANTE EL AÑO,

Ciclo “B”

01-02 de agosto 2015

Mosaico, situado bajo el altar,  en el pavimento de la actual basílica de Tagba

[Siglo 5º, Galilea, Israel[1]]

Introducción

 

0.1- En la Eucaristía lo creado encuentra su mayor elevación. La gracia, que tiende a manifestarse de modo sensible, logra una expresión asombrosa cuando Dios mismo, hecho hombre, llega a hacerse comer por su criatura. El Señor, en el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro propio mundo pudiéramos encontrarlo a él. En la Eucaristía ya está realizada la plenitud, y es el centro vital del universo, el foco desbordante de amor y de vida inagotable. Unido al Hijo encarnado, presente en la Eucaris­tía, todo el cosmos da gracias a Dios. En efecto, la Eucaristía es de por sí un acto de amor cós­mico: « ¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo ». La Eucaristía une el cie­lo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. El mundo que salió de las manos de Dios vuelve a él en feliz y plena adoración. En el Pan eucarístico, « la creación está orientada hacia la divinización, hacia las santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo ». Por eso, la Eucaristía es tam­bién fuente de luz y de motivación para nuestras preocupaciones por el ambiente, y nos orienta a ser custodios de todo lo creado[1].

 

0.2.- Un tema tipológico de base, en todo el capítulo sexto de Juan, es el maná. Está muy claro  que entre la narración del Éxodo (1ª lectura) y el diálogo entre Jesús y los judíos hay un  paralelismo de estructuras dinámicas que permite hablar de “tipología”. Es decir: lo que  sucedió en el desierto entre Dios y su pueblo, por mediación de Moisés, es repetido y  superado por esto que sucede entre Dios y los hombres, por Jesucristo y en Jesucristo. Concretamente: Dios dio alimento terreno al pueblo, para ver si caminan o no de acuerdo con mi ley (Éxodo), y manifestarle su presencia salvífica. El Padre de Jesús da a los hombres un  alimento celestial -Jesucristo su Hijo- marcándolo con su sello personal, para que crean en  Él, el Enviado. Muy esquemática es esta presentación que reduce todo a la iniciativa salvífica y gratuita de Dios que espera y  “prueba” el trabajo del hombre, que es la fe libre y personal. El texto más próximo para  interpretar el conjunto del texto de Juan 6 de este domingo es Juan 3, 16: tanto amó Dios al mundo que  le dio su propio Hijo, a fin de que todo el que crea en él no muera, sino obtenga  la vida eterna.

 

0.3.- A la luz de este texto se ilumina el evangelio. Jesús está en el centro y en la  plenitud de un misterio de gratuidad de Dios para con los hombres. Habría que pensar, aquí,  en la primera página de la carta a los efesios: El nos ha destinado en la Persona de Cristo  -por pura iniciativa suya- a ser sus hijos… (Ef 1, 5). En las palabras de Jesús que  escuchamos hoy, se incluye todo su misterio: desde la encarnación -Palabra hecha carne-  hasta el misterio pascual -vida en el mundo-, y hasta la mesa de la Iglesia, puesta por  Jesucristo en la cena: “… el alimento que perdura,… el que les dará el Hijo del Hombre. Al mismo tiempo incluye el desafío que la acción de Dios representa para el hombre: la fe,  definida en profundidad como el trabajo [en el leccionario: las obras] que Dios quiere. En esta frase, se abre -según los exegetas- una nueva perspectiva en el conjunto del discurso: la referencia a los orígenes. El  hombre del paraíso fue llamado a trabajar en el jardín de Dios, y fracasó por falta de  obediencia. El creyente volverá al paraíso en la medida que trabaje por el alimento que perdura: la fe  en el Enviado, marcado con el  sello personal del Padre; Jesús es el pan de Dios que baja del cielo para dar vida al mundo;  Jesús es el pan que da la vida y sacia plenamente al hombre con sus dones, anunciados por  Isaías como característicos de la nueva alianza: ¡Vengan a tomar agua, todos los sedientos, y el que no tenga dinero, venga también! Coman gratuitamente su ración de trigo, y sin pagar, tomen vino y leche. ¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias, en algo que no sacia? Háganme caso, y comerán buena comida, se deleitarán con sabrosos manjares (Is 55, 1-2). No es difícil darse cuenta de cómo en estos títulos se dibuja todo el misterio pascual de  Jesús: la comunicación de la vida nueva en el Espíritu por la fuerza de la  resurrección[2].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Éxodo 16,2-4

 

1.1.- Los israelitas “murmuran” (vv. 2 y 12; versículos difuminados y equívocamente traducidos con: “protestaron” en nuestro Leccionario[3]). Respecto a la relevancia de ‘murmurar’, puntualiza el Vocabulario de Teología Bíblica: “Para designar la incredulidad del pueblo en el desierto utilizan los textos diversas expresiones: «rebeldes» Nm 20,10 Dt 9,24 que se resisten y son recalcitrantes Nm 14,9 Dt 32,15, «hombres de dura cerviz» Ex 32,9 33,3 Dt 9,13 Jer 7,26 Is 48,4, y sobre todo la murmuración; Juan reasumirá esta última expresión para caracterizar a los judíos y discípulos que se niegan a creer en Jesús Jn 6,41.43, 61. Dos pasajes hablan principalmente de ella: Ex 15-17 y Nm 14-17. El pueblo piensa que en aquel desierto inhóspito va a morir de hambre Ex 16,2 Nm 11,4s y de sed Ex 15,24 17,3 Nm 20,2s y echa de menos las buenas ollas de carne consumidas en Egipto; o bien siente hastío del maná y pierde la paciencia Nm 21,4s; o también tiene miedo de los enemigos que le obstruyen la entrada en la tierra prometida Nm 14,1 Ex 14,11; olvida los signos prodigiosos de que había sido testigo Sal 78 106. Murmura contra Moisés y Aarón, pero en realidad contra Dios en persona Ex 16,7s Nm 14,27 16,11, cuya bondad y poder pone en duda Dt 8,2. La incredulidad, uno de los rostros del miedo, consiste en exigir a Dios que realice inmediatamente lo que ha prometido, en practicar una especie de chantaje con el que ha hecho alianza: es «despreciar a YHVH, «no creer» en él Nm 14,11, «no obedecer a su voz» 14,22, «tentarle y levantarle querella» Ex 17,7”[4].

 

1.2.- Dicho “murmurar” tiene una connotación doblemente negativa, por ser demostración de incredulidad y falta de confianza. ¡Por algo los israelitas no se dirigen al Señor ni tampoco, como en otras ocasiones, a Moisés, pidiéndole que interceda, sino que se limitan a refunfuñar contra los jefes! El proyecto de Dios, que se va concretizado paso a paso, es malinterpretado hasta tal punto que se lo ve como un “designio de muerte”: ustedes nos han traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea[5] (v. 3). El pueblo ha perdido la dirección de marcha, -¡el sentido del Éxodo!-, está totalmente desorientado. La “tierra ideal” no es ya la de la promesa, que desemboca en un futuro promisor, sino detrás, ya que todo lo que inquieta e importa es “poder llenar el estómago”. Sólo importa obtener, del modo que sea “poder sentirse satisfechos”, incluso resulta aceptable volver a la esclavitud de Egipto con tal de poder quedar pipones.

 

1.3.- Ante tamaña incredulidad, ¿cuál no será la temible reacción de Dios? ¡El Señor, como siempre, es sorprendente!, ya que acepta el refunfuñar del pueblo en aquellos elementos de verdad que contiene: ¡comer, hay que comer! Desde este punto de vista el pedido es adecuado, el Señor bien lo sabe. Por algo Jesús nos enseñará a rezar, diciendo: Danos hoy el pan nuestro de cada día. Esto es lo que deberían,- y deberíamos -, hacer los israelitas, en lugar de andar murmurando. En las dificultades que se presentan en el camino de la vida, el confiar en el Señor, nos educa e invita a realizar un “éxodo en el éxodo”…

 

1.3.1.- El Señor-Dios conoce y sabe que el hombre siempre se encuentra amenazado por dos grandes peligros. El primero es la idolatría de una “saciedad-satisfacción” como finalidad en si misma (Jesús les respondió: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse”, Jn 6,26), que paraliza y frena adormilando cualquier deseo de la “tierra de la promesa”; una vez que he llenado mi panza (¡darse por contentos con el pan y el circo!) el resto no me interesa. El segundo peligro es el de acumular. No me basta con sentir la panza llena, busco garantizar mis futuras posibilidades de “quedar satisfecho”. Para estar tranquilo quiero poder exclamar: ¡Diré a mi alma: “Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, como, bebe y date buena vida”! (Lc 12,19). Semejante pretensión forma parte de las falsas preocupaciones de la vida (cf. Lc 21,34), que nos atenazan el corazón una vez que hemos abandonado toda confianza en Dios y sentimos que somos nosotros los llamados a garantizar la propia vida por los propios medios, medios que siempre tenemos por insuficientes.

 

1.4.- El Señor escucha el pedido de los israelitas. También Él es de la opinión que no se puede (re)conocer a Dios mientras se padece hambre: A la hora del crepúsculo ustedes comerán carne, y por la mañana se hartarán de pan. Así sabrán que yo, el Señor, soy su Dios (v. 12). Es importante entender que este saciarse no debe encerrarnos en nosotros mismos, sino abrirnos al (re)conocimiento-acción de gracias al Señor, “confesando-reconociendo” que Él es quien tiene en su mano mi/nuestra vida. Que nuestro comer-saciarnos (de todo tipo y especie) no nos haga insensibles y encerrados, sino abiertos a encontrarnos con el Señor y con los hermanos. Además es importante subrayar lo perentorio de la orden dada por el Señor: El pueblo saldrá cada día a recoger la ración del día[6] (v. 4). El “pan”, el “regalo llovido del cielo” no debe ni puede ser acaparado, manipulado o comercializado. Los regalos no deben ser transformados en propiedad ni la gratuidad en posesión. Cuando se intenta hacerlo todo se “pudre entre las manos”: el maná guardado se llenó de gusanos y produjo un olor nauseabundo (Ex 16,20). El desierto es el mejor lugar para aprender a confiar en el amor gratuito de Dios con alegría y sencillez. Realmente siempre de nuevo debe resultarnos inaudito e inusual el alimento que nos regala el Señor (¿man-ju? ¿ma-na? = en hebreo es un juego de palabras que remeda el gesto y el sonido de: ¿y esto, qué es?): “¿Qué es esto [man-ju]? Porque no sabían lo que era. Entonces Moisés les explicó: “Este es el pan que el Señor les da como alimento”. Nunca dejemos de sorprendernos y preguntarnos: ¿qué es esto?, ¿Quién es este? No se nos ofrece una mercadería cualquiera, es PAN llovido/bajado del Cielo que alimenta a todo hombre y a todo el hombre, saciando todas sus hambres, abriéndolo al conocimiento de Dios y liberándolo de toda desconfianza y de cualquier ansiedad.

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 77[78],3-4bc. 23-25. 54

 

2.1.- Cuando después del Vaticano II se debatía la reforma de la Liturgia de las Horas se oyeron voces contra DOS grupos de salmos, que algunos querían eliminar de la Liturgia de las Horas: los así llamados salmos imprecatorios y los salmos históricos. Nuestro salmo responsorial es uno de dichos salmos, por eso vale la pena descubrir su riqueza y todo lo que nos aportan.

Algunos decían que estos últimos no son más que resúmenes, y para peor, mal hechos, de los acontecimientos que pueden leerse mejor en los demás libros de la Biblia.   Y que además, con ese tipo de salmos es imposible hacer oración… La solución finalmente adoptada para la Liturgia de las Horas fue salomónica, ya que si bien no se rezan en el curso normal del Salterio en cuatro semanas, los tres salmos históricos, más caracterizados del género histórico: 77(78); 104(105) y 105(106), quedan reservados para los tiempos fuertes de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua[7].

 

2.2.- El Salterio, memorial (actualización comprometedora) de un pueblo: el Salterio y la historia de Israel: En cada una de las etapas de su historia, en el mismo momento en que las crisis solicitaban su propia renovación, Israel supo encontrar siempre en el recuerdo de su pasado el dinamismo de su porvenir. La historia no es para Israel una repetición más o menos cíclica del pasado, sino, por el contrario, el teatro de las intervenciones continuamente renovadas de Dios, a las que hay que aportar de nuevo una respuesta: aceptación o rebeldía. El diálogo entre Dios y su pueblo no puede hacerse más que en continuidad con los diálogos de ayer que son otras tantas experiencias de encuentros, felices o desventurados, para los amigos que siguen juntos el camino de la alianza.

En la rica diversidad de testimonios surgidos de la fe podemos escuchar, por consiguiente, los múltiples ecos del encuentro entre Dios y su pueblo y, por encima de ello, del encuentro entre Dios y la humanidad, ya que esta historia es ciertamente el modelo y la clave de toda la historia humana. En este dinamismo de la tradición, cada uno de los acontecimientos de la historia bíblica pudo suscitar uno o varios poemas; y cuando el acontecimiento mantenía un valor siempre actual (el Éxodo, la Creación, la Monarquía…) no dejaba sin duda de provocar la inspiración de los poetas. El Salterio, como cualquier otro libro de la Biblia, pero más aún que los demás, se fue entretejiendo entonces con la historia del pueblo. Pongamos el ejemplo del Éxodo.

 

2.3.- El Salterio y el Éxodo

La estancia de Israel en Egipto no se toma en cuenta más que en el Sal 105,23-25, eco sin duda de Dt 26,5-6. En todos los demás sitios sólo se habla de la salida de Egipto, empezando por las «plagas” que son los primeros actos salvadores del Señor, y continuando con la travesía del mar y la marcha por el desierto hasta la entrada en Canaán. De hecho, sólo hay seis salmos que traten de forma seguida del Éxodo: los salmos 78; 105; 106; 114; 135 y 136. Pero las alusiones son muy numerosas en el conjunto del libro. El Éxodo se celebra ante todo como intervención de Dios. Es él el que «sacó una vid de Egipto” (Sal 80,9), el que “sacó su pueblo cargado de oro y plata”

(Sal 105,43), “con mano poderosa, con brazo extendido” (Sal 136,12). Esta liberación de los hijos de Israel se reconoce como un milagro del Señor (Sal 78,12; d. 77, 15), “que se acordaba de la palabra sagrada que había dado a su siervo Abrahán” (Sal 104,42).

 

2.3.1.- El Éxodo se celebra además como memorial de la constitución del Pueblo santo, “su santuario” y “su dominio” (Sal 114,1; cf. Lv 20,26). Pero esto no impide acordarse también de las primeras manifestaciones de infidelidad: “la incomprensión de las maravillas”, “el olvido de las acciones de Dios” (Sal 106,7; 78,11); el Sal 106 cuenta toda la historia de estos pecados de Israel.

Los acontecimientos del Éxodo se cuentan a veces con todo detalle, y otras solamente se evocan. Las plagas de Egipto (Sal 78,42-51; 105,27-36; 135,89; 136,10) están a menudo presentes. La cena pascual está curiosamente ausente, a no ser en la mención de las “maravillas memorables” (Sal 111,4). Al contrario, el paso del mar se describe y se celebra en formas épicas; Dios “increpó al mar Rojo, y se secó” (Sal 106,9); “los condujo por el abismo como por tierra firme” (Sal 106,9; 78,13; 77,20-21 que ilumina a 78,52-53); “las aguas cubrieron a los atacantes, y ni uno solo se salvó” (Sal 106,11; cf. Sal 136,15); “entonces creyeron sus palabras, cantaron su alabanza” (Sal 106,12). Se establecen relaciones entre esta travesía del mar y la creación (Sal 104,7; 18,16), así como con la travesía del Jordán para tomar posesión de la Tierra prometida (Sal 114,3-5).

La marcha por el desierto se recuerda a menudo en los salmos. Se habla de la nube con la que Dios guió a su pueblo (Sal 78,14; 105,39); del agua que dio el Señor cuando “hendió la roca en el desierto” (Sal 78,15-16; 105,41; 114,8); del maná (Sal 78,23-25; 106,15), y de la carne (Sal 78,27) que se convierte en trampa (Sal 78,30-33). Todos estos dones se asocian a la infidelidad y a las murmuraciones de Israel, que se recuerdan sin complacencia alguna (Sal 78,17. 19.32; 106,7.14-15.32-33)…

 

2.4.- Una pedagogía de la experiencia

Todo hombre, si quiere hacer personalmente la experiencia auténtica del encuentro con Dios, puede y debe ponerse «en sintonía» con las experiencias bíblicas, cuyo eco recogen los salmos. Se aprende a vivir y a rezar «por resonancia» mucho mejor que de otras formas. El Salterio es el camino privilegiado para aprender de todos los orantes inspirados, para identificarnos con ellos… El Salterio nos integra en ese pueblo de creyentes a través de los milenios de historia de Dios con los hombres.

Los salmos nos hacen entrar en la experiencia del pueblo de Dios. Nos hacen participar de una historia descifrada, comprendida como alianza con Dios a través de la creación y de la salvación. Y entonces todos los acontecimientos de la Biblia, de los que se hace eco el Salterio, pasan a ser nuestra tradición, una escuela para nuestra propia vida, para nuestra propia experiencia. Tomemos como ejemplo el (…) salmo 23. Cuando decimos: “El Señor es mi pastor”, encontramos palabras para la invocación que se arraigan en la experiencia del patriarca Jacob/Israel, en su propia fe forjada durante toda su vida, en la experiencia de todos sus hijos. Además, si puedo repetir sus palabras, puedo también, a ejemplo suyo, con su mismo estilo, forjar las palabras de mi propia invocación: ¿qué nombre daré a mi Dios que sea el fruto de mi experiencia personal de vida y de diálogo con él?

Los salmos nos garantizan la autenticidad de todas las experiencias que forman su entramado. Han sido rumiados, experimentados a lo largo de los siglos por todo un pueblo de creyentes; siguen siendo preciosos e indispensables para nosotros, porque atestiguan la experiencia del pueblo al que Dios habló como a ningún otro, para que todos los pueblos aprendieran su lenguaje.

 

2.5.- Composición y relecturas

En efecto, se puede pensar que el Salterio es naturalmente un libro contemporáneo de toda la historia de Israel, que “vivió” al ritmo de esta historia, como un libro forjado a lo largo de diez siglos de oraciones tanto personales como comunitarias, incansablemente repetidas, enriquecidas, readaptadas. La palabra clave para comprender los salmos ¿no será acaso -más que para cualquier otro libro de la Biblia- la palabra ‘relecturas’? Esta noción clave de la comprensión de las Escrituras no es nueva; ha sido explicitada de forma genial por A. Gelin[8].

¿Qué es una relectura? En un texto ya existente se inserta la indicación de una nueva lectura. Ésta guarda relación con la evolución espiritual de la comunidad, está condicionada por su progreso y responde a una necesidad que Dios suscita. Intenta, al menos normalmente, profundizar en los datos del texto, acabarlo teniendo en cuenta sus primeras virtualidades, mantener una homogeneidad con su tema básico”. “El interés del método de las relecturas está en que llama la atención sobre las relaciones entre la vida de la comunidad y el texto que fija y empuja su marcha, sobre las relaciones entre este texto y una autoridad directiva, sobre la tradición viva en la que se inserta”[9].

 

 

Segunda Lectura: Carta a los Efesios 4,17. 20-24

 

3.1.- El v. 17, con una insistencia particular en la autoridad apostólica, marca el comienzo de una nueva serie de exhortaciones que conciernen más a la vida personal, mientras que el comienzo del capítulo trataba de la vida eclesial. No hay que buscar un plan lógico para estas recomendaciones, en gran parte tradicionales.

 

3.2.- [Re]vestirse del hombre nuevo (4,20-24)

Para evocar la iniciación cristiana, el autor utiliza un vocabulario original: ustedes han aprendido a Cristo [4,20, traducido en el leccionario como: ustedes han aprendido de Cristo. La Biblia de Jerusalén traduce: pero no es este el Cristo que ustedes aprendieron]. El verbo empleado manthanein se refiere a la adquisición de un saber: ¡las matemáticas! ¿Cómo una persona, Cristo, va a ser objeto de un saber? Evidentemente estamos ante un lenguaje resumido, que se explica por los numerosos empleos del verbo en el Primer Testamento en relación con la Ley. Citemos a Dt 4,10: Que les haga entender mis palabras, para que aprendan a temerme. El salmista reza de este modo: Tus manos me hicieron y me formaron, dame inteligencia y aprenderé tus mandamientos (Sal 119,73). La persona de Cristo ocupa ahora el lugar de la Ley. Para aprender a Cristo es preciso que resuene antes la proclamación inicial (v. 21 a), seguida de una enseñanza más metódica. Pues bien, esta enseñanza se pone en relación directa con la verdad que reside en Jesús. Es el único empleo del nombre de Jesús solo en nuestra carta, un empleo evidentemente intencional. Consciente de los peligros que pueden suponer ciertas especulaciones sobre el «Cristo cósmico», el autor nos presenta entonces la vida eterna de Jesús, marcada por la humillación de la cruz.

 

3.3.- Estamos en la prolongación auténtica de la cristología de Pablo. Al hombre viejo, víctima de sus pasiones, se opone el hombre nuevo revestido en el bautismo (Col 3,10). La imagen del vestido es frecuente en Pablo, por ejemplo en Gál 3,27: Todos los que han sido bautizados en Cristo, se han vestido de Cristo. Se presta a múltiples variantes, como demuestra la parábola del invitado que no se había puesto el traje nupcial (Mt 22,11-13). El empleo aquí del aoristo: se han revestido remite al momento preciso del bautismo, considerado como una verdadera creación que devuelve al hombre la dignidad perdida por causa del pecado. La tonalidad de este fragmento demuestra que no basta con haberse vestido de Cristo: se impone una renovación incesante (leer Rom 12,1-2). La vida cristiana se desarrolla entre el polo del ya (la gracia del bautismo) y el polo del todavía no, la tensión hacia la edad adulta, la de la plenitud de Cristo (4,13)[10].

 

 

Evangelio: San Juan 6,24-35

 

4.1.- La clave decisiva para la Imagen de Jesús en el Evangelio de Juan se encuentra en la afirmación conclusiva del Prologo: A Dios nadie lo ha visto jamás, el Hijo Único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer (Jn 1, 18). Sólo quien es Dios, ve a Dios, [vale decir] Jesús. Él habla realmente a partir de la visión del Padre, a partir del diálogo permanente con el Padre, un diálogo que es su vida. Si Moisés (…) nos ha podido mostrar sólo la espalda de Dios, Jesús en cambio es la Palabra que procede de Dios, de la contemplación viva, de la unidad con Él.

 

4.1.1.- Relacionados con esto hay otros dos dones de Moisés que en Cristo adquieren su forma definitiva: Dios ha comunicado su nombre a Moisés, haciendo posible así la relación entre Él y los hombres; a través de la transmisión del nombre que le ha sido manifestado, Moisés se convierte en mediador de una verdadera relación de los hombres con el Dios vivo. (…) En su oración sacerdotal Jesús acentúa que Él manifiesta el nombre de Dios, llevando a su fin también en este punto la obra iniciada por Moisés. (…)

 

4.1.2.- El otro don de Moisés, estrechamente relacionado tanto con la contemplación de Dios y la manifestación de su nombre como con el maná, y a través del cual el pueblo de Israel se convierte en pueblo de Dios, es la Torá; la palabra de Dios, que muestra el camino y lleva a la vida. Israel ha reconocido cada vez con mayor claridad que éste es el don fundamental y duradero de Moisés; que lo que realmente distingue a Israel es que conoce la voluntad de Dios y, así, el recto camino de la vida. El gran Salmo 119 es toda una explosión de alegría y agradecimiento por este don. Una visión unilateral de la Ley, que resulta de una interpretación unilateral de la teología paulina, nos impide ver esta alegría de Israel: la alegría de conocer la voluntad de Dios y, así, poder y tener el privilegio de vivir esa voluntad.

 

4.2.- Con esta idea hemos vuelto -aunque parezca de modo inesperado- al sermón sobre el pan. En el desarrollo interno del pensamiento judío ha ido aclarándose cada vez más que el verdadero pan del cielo, que alimentó y alimenta a Israel, es precisamente la Ley, la palabra de Dios. En la literatura sapiencial, la sabiduría, que se hace presente y accesible en la Ley, aparece como «pan» (Pr 9,5); la literatura rabínica ha desarrollado más esta idea. Desde esta perspectiva hemos de entender el debate de Jesús con los judíos reunidos en la sinagoga de Cafarnaún. Jesús llama la atención sobre el hecho de que no han entendido la multiplicación de los panes como un «signo» -como era en realidad-, sino que todo su interés se centraba en lo referente al comer y saciarse (Cf. Jn 6,26). Entendían la salvación desde un punto de vista puramente material, el del bienestar general, y con ello rebajaban al hombre y, en realidad, excluían a Dios. Pero si veían el maná sólo desde el punto de vista del saciarse, hay que considerar que éste no era pan del cielo, sino sólo pan de la tierra. Aunque viniera del «cielo» era alimento terrenal; más aún, un sucedáneo que se acabaría en cuanto salieran del desierto y llegaran a tierra habitada.

 

4.2.1.- Pero el hombre tiene hambre de algo más, necesita algo más. El don que alimente al hombre en cuanto hombre debe ser superior, estar a otro nivel. ¿Es la Torá ese otro alimento? En ella, a través de ella, el hombre puede de algún modo hacer de la voluntad de Dios su alimento (Cf. Jn 4, 34). Sí, la Torá es «pan» que viene de Dios; pero sólo nos muestra, por así decirlo, la espalda de Dios, es una «sombra». El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo (Jn 6, 33).

 

4.3.- Como los que le escuchaban seguían sin entenderlo, Jesús lo repite de un modo inequívoco: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed (Jn 6, 35). La Ley se ha hecho Persona. En el encuentro con Jesús nos alimentamos, por así decirlo, del Dios vivo, comemos realmente el «pan del cielo». De acuerdo con esto, Jesús ya había dejado claro antes que lo único que Dios exige es creer en Él. Los oyentes le habían preguntado: ¿Cómo podremos ocuparnos del trabajo que Dios quiere? (Jn 6, 28). La palabra griega aquí utilizada, (…), significa «obtener a través del trabajo». Los que escuchan están dispuestos a trabajar, a actuar, a hacer «obras» para recibir ese pan; pero no se puede «ganar» sólo mediante el trabajo humano, mediante el propio esfuerzo. Únicamente puede llegar a nosotros como don de Dios, como obra de Dios: toda la teología paulina está presente en este diálogo. La realidad más alta y esencial no la podemos conseguir por nosotros mismos; tenemos que dejar que se nos conceda y, por así decirlo, entrar en la dinámica de los dones que se nos conceden. Esto ocurre en la fe en Jesús, que es diálogo y relación viva con el Padre, y que en nosotros quiere convertirse de nuevo en palabra y amor[11].

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Yo soy el pan vivo que descendí del cielo. Pan vivo por haber bajado del cielo. El maná también bajó del cielo; pero el maná sólo era una sombra, mientras que éste pan es la verdad. Si alguien come de este pan, vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne, para vida del mundo. ¿Cómo podían los hombres, seres de carne, aceptar su carne como pan? Esto los horrorizó, y dijeron que era demasiado y que no podía ser.

Mi carne, dice, es la vida del mundo. Los fieles conocen el cuerpo de Cristo si actúan como cuerpo de Cristo. Llegan a ser cuerpo de Cristo si viven según el Espíritu de Cristo. Del Espíritu de Cristo no vive quien no forma parte del Cuerpo de Cristo.

Quiero, hermanos, que comprendan lo que acabo de decirles: tú eres hombre, y tienes espíritu y tienes cuerpo. Este espíritu es lo que también suele llamarse alma, gracias a la cual eres hombre. Tu ser es alma y cuerpo. Tienes espíritu invisible y cuerpo visible. Dime quién vive de quién: ¿tu espíritu de tu cuerpo o tu cuerpo de tu espíritu? ¡Si no puedes responder a esto, no sé si vives! Todo aquel que tiene vida responderá: “Mi cuerpo recibe vida de mi espíritu”.

¿Quieres recibir la vida del Espíritu de Cristo? Incorpórate entonces al Cuerpo de Cristo. ¿Acaso mi cuerpo vive de tu espíritu? Mi cuerpo vive de mi espíritu, y el tuyo de tu espíritu. El Cuerpo de Cristo sólo puede vivir del Espíritu de Cristo.

Por eso, el apóstol Pablo al referirse a este Pan, afirma: Somos muchos los que formamos un solo pan y somos un solo cuerpo (Cf. 1Cor 10,17): ¡oh sacramento de piedad, signo de unidad, y vínculo de caridad!

Quien así lo desea sabe ya ahora cómo vivir y de quién recibir la vida. Que se acerque y crea, que se incorpore a este Cuerpo, para participar de su vida. No se horrorice por la disposición de los miembros, y no sea un miembro podrido que haya que amputar, ni un miembro deforme del cual avergonzarse. Sea hermoso, proporcionado y sano, que permaneciendo unido al Cuerpo vive para Dios viviendo de Dios. Trabaje ya desde ahora en la tierra para después reinar en el cielo[12].

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] Papa Francisco, Laudato Si N° 236.

[2] P. Tena, Misa Dominical 1988,16 y 1985, 16. Adaptado de: www.mercaba.org

[3] Sería una excelente oportunidad para rememorar aquel saber leer la Escritura como una unidad en su armonización sinfónica. Por eso no deja de ser extraño que nuestro Leccionario, en el Evangelio del domingo próximo, el 19º, traduzca como sigue Juan 6,41 y 43: Los judíos murmuraban de él… Jesús tomó la palabra y les dijo: “No murmuren entre ustedes”, y sin embargo no lo traduzca así en la primera Lectura de hoy (en Ex 16 el Leccionario usa “protestar/protestas”), más todavía teniendo en cuenta la continuidad tan estrecha de estos cinco domingos en los que se lee el capítulo 6º de san Juan.

[4] Cita de un§ de la voz “Incredulidad” de Leon-Dufour, Vocabulario de Teología bíblica, versión electrónica. El subrayado es nuestro.

[5] ¡Pensemos que ‘asamblea’ equivale al castellano ‘iglesia’!

[6] No sólo en el padrenuestro (el pan nuestro de cada día), sino también en Mt 6,34 resuena la preocupación de Jesús para que no nos ahoguemos con las preocupaciones por el ‘mañana’: No se preocupen del (día de) mañana, porque el mañana se preocupará de sí, a cada día le alcanza su pena.

A su vez, en la tradición judía, rabí Eleazar dice: Aquel que tiene para comer para hoy, y se interroga para saber qué comerá mañana, es un hombre al que le falta la fe (Melkita del Rabí Ismael a Ex 16,4).

[7] Ver IGLH 130.

[8] A. Gelin La question des relectures bibliques a l’intérieur d’une tradition vivante, en Sacra Pagina, t. 1, París-Gembloux 1959, pp. 303-315

[9] M. Collin, El libro de los Salmos, Estella, Navarra (CB 92), 1997, pp. 31. 35-36 Adaptado y complementado.

[10] E. Cothenet, Las cartas a los Colosenses y a los Efesios, Estella, Navarra (CB 82) 1994, pp. 51-53. Adaptada y complementada.

[11] J. Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, -primera parte: Desde el Bautismo a la Transfiguración-, (Traducción de C. Bas Álvarez), Buenos Aires 2007, pp. 313-316.

[12] San Agustín de Hipona, Tratados sobre el Evangelio de san Juan 26,13. Traducido a partir del texto latino reproducido en: Obras de san Agustín, Tomo XIII,- Tratados sobre el evangelio de san Juan 1-35, Madrid 1955 (BAC), pp. 670. Agustín, nació (354) en Tagaste, en el norte de África. Logró realizar algunos estudios elementales gracias a un benefactor, pero cuando se le acabaron los medios tuvo que interrumpirlos. Por un corto tiempo se unió a una banda callejera, pudiendo luego reanudar los estudios en Cartago. De su larga relación con una muchacha, cuyo nombre desconocemos, nació su hijo Adeodato. Agustín despreciaba la fe de su madre, y el “tosco” lenguaje de la Biblia le repugnaba. En su búsqueda de la verdad adhirió al maniqueísmo, doctrina que hace una distinción tajante entre bien y mal, adscribiendo la corporeidad más bien a lo malo. Esto no impidió que gracias a su talento y esfuerzos se convirtiera en un afamado maestro de retórica. Su carrera lo llevó a Roma y posteriormente a Milán, lugar, en aquellos tiempos, de residencia del emperador. Su encuentro con el obispo de esa ciudad, Ambrosio, lo llevará a recibir el bautismo (Pascua 387), para luego volver a residir en África rodeado por un círculo de amigos con idénticas búsquedas e inquietudes. Por pedido de la comunidad ya muy pronto es ordenado sacerdote y obispo, desempeñándose como excelente predicador y destacándose entre los obispos africanos. Sus escritos exegéticos y teológicos lo convierten en el escritor eclesiástico de mayor y más prolongada influencia en la Iglesia occidental. El ejemplo del monacato oriental había ejercido cierta influencia en su conversión. En su sede episcopal, con un grupo de clérigos vive monásticamente. Escribió “reglas” para monasterios masculinos y femeninos inspirándose en las prácticas monásticas del cercano Oriente. Reglas que hasta el presente guían a Agustinos, Dominicos y Jerónimos, habiendo igualmente ejercido gran influencia sobre la Regla Benedictina. Agustín es llamado “doctor de la gracia”. Su propia vida le demostró que “todo es gracia”. Murió (430) mientras Hipona se encontraba asediada por los vándalos.

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