Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

DÉCIMO SÉPTIMO DOMINGO DURANTE EL AÑO,

CICLO “B”

25-26 de julio 2015

Multiplicación de los panes y los peces

[Evangeliario de Maguncia; antes del año 1250]

Introducción

 

0.1.- “La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Con este Sacramento, Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo. Hay un estrecho vínculo entre las tres dimensiones de la vocación cristiana: creer, celebrar y vivir el misterio de Jesucristo, de tal modo que la existencia cristiana adquiera verdaderamente una forma eucarística. En cada Eucaristía, los cristianos celebran y asumen el misterio pascual, participando en él. Por tanto, los fieles deben vivir su fe en la centralidad del misterio pascual de Cristo a través de la Eucaristía, de modo que toda su vida sea cada vez más eucarística. La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero. Allí, el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y despierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y vivido” (Aparecida 251).

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

En este ciclo “B” la lectura del capítulo 6º de san Juan ocupa un conjunto de cinco domingos. Es una ocasión privilegiada para refrescar una catequesis acerca de la Eucaristía, ambientada en la adhesión a Jesús en la fe… Desde luego, parece normal que la reflexión de estos domingos opte sin dudar por esta línea; con la orientación, no obstante, propia de Juan, que nunca es exclusivamente sacramental, ni exclusivamente espiritual, sino complementaria: la fe (la Palabra) y el Sacramento. Este primer domingo de la serie (Juan 6, 1-15) se sitúa históricamente en continuidad con el episodio narrado por Marcos el domingo pasado. Se trata del “signo” de los panes en el desierto… La proximidad de la Pascua es un dato importante en la narración de Juan. Pero el tema a subrayar es el carácter de signo profético que tiene la multiplicación de los panes. A través de la acción, Jesús es reconocido como Profeta -¡el nuevo Moisés!-, aunque la gente se equivoca en la interpretación de su profetismo. Se trata de plantear un interrogante: ¿qué buscamos en Jesús? ¿Por qué y cómo nos acercamos a Él? ¿Con fe y confianza? ¿Qué es para nosotros la Eucaristía en su doble-única mesa, la de la Palabra y la de la Eucaristía?[1]

 

 

Primera Lectura: 2º Libro de los Reyes 4,42-44

 

1.1.- Nuestro relato comienza con el gesto de una persona anónima que busca honrar al profeta Eliseo haciéndole un regalo: un poco de grano y veinte panes hechos con el cereal apenas cosechado. Aunque no se trata de un acto litúrgico como, por ejemplo, el prescrito en el Levítico (23,17-18), tiene todo un significado religioso ya que se trata de las primicias (esos primeros frutos ofrecidos a Dios en reconocimiento a su providencial generosidad) ofrecidas a un “hombre de Dios”, simbólicamente quiere ser un homenaje hecho a Dios mismo en la persona de su profeta. Estamos ante un gesto de generosidad, sobre todo si debemos situarla en un tiempo de carestía (4,38) al igual que el episodio anterior (el del caldo envenenado: 4,38-41). Es muy probable que nuestro relato deba ser colocado en el ámbito de una comunidad profética. Las “cien personas” (cf. 1 Re 18,4. 13; 2 Re 2,7. 16-17) de las que habla nuestra breve lectura serían, entonces, “discípulos (literalmente: ‘hijos’) de los profetas” (cf. 4,1¸4,38…), miembros de alguna de las asociaciones/comunidades proféticas que llevaban vida común y en las cuales tanto Elías como después Eliseo gozaban de estima, prestigio y autoridad.

 

1.2.- Una vez aceptado el regalo, Eliseo pide a su servidor lo comparta con toda la comunidad, provocando de este modo una reacción, -¡hablando muy a lo humano! -, llena de sensatez, ya que el sentido común sabe que veinte panes puede que alcancen para una veintena, pero jamás para cinco veces veinte. Ante esto el hombre de Dios reacciona proclamando con absoluta “seguridad’ la Palabra del Señor: comerán y sobrará. La Palabra es eficaz, actúa y realiza lo que dice, ya que, de hecho: “comieron y sobró para que otros pudieran comer”. La Palabra de Dios no es mero sonido, palabra hueca, que resuena y comunica, sino que hace/realiza lo que dice (cf. Is 55,10-11). La palabra y el hecho no están divorciados entre sí, sino que se corresponden de modo que la palabra se transforma en hecho y el hecho en palabra. El mensaje es clarísimo: en el Dios de Israel y en su Palabra, se encuentra, real y efectivamente, salvación. Él es quien en toda ocasión, también en épocas de hambre y carestía, usando los (escasos) recursos humanos, materiales y espirituales, da la comida a todo viviente (Sal 145,15) mediante su palabra creadora y fecunda. Todo ser viviente, toda “carne”, desfallece de hambre ante Dios (Cf. Sal 104,27; 136,25), pero a diferencia de las demás criaturas, la criatura humana es capaz de conocerlo y ¡reconocerlo!: Tú socorres a hombres y animales – ¡qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios! – Los humanos se acogen a la sombra de tus alas, se nutren de lo sabroso de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias, porque en ti está la fuente de la vida y tu luz nos hacer ver la luz (Sal 36,7b-10). Los humanos descubrimos, justamente gracias a nuestras hambres, que la vida es palabra y la palabra es vida. La teología del deuteronomista lo repite continuamente: ‘pretender encontrar el pan o la vida sin estar en comunión con el Señor-Dios es una ilusión y una locura’.
1.3.- Esta “hambre”, no sólo nos permite “descubrir” a Dios, sino que, al mismo tiempo, da lugar y proporciona la ocasión de descubrir la fraternidad: se da todo un movimiento de compartir que partiendo de la generosidad del hombre de Baal Salisá, y pasando por el amor-de-caridad de Eliseo, se multiplica “ad infinitum”, de modo que siempre haya panes para otros…

Llegará el día, en la plenitud de los tiempos, en que la Palabra se hará carne, ya no solamente en un “hombre de Dios”, sino, -¡y nada menos! -, en el hombre-Dios. Ni siquiera con esto se dará por satisfecho, pues deseará hacerse Pan. Al entrar en comunión con Jesucristo recibimos el Pan y la Palabra, fruto del amor de Dios por nosotros; Pan que se transforma en permanente invitación a entrar en comunión con los hermanos, ya “que el Espíritu Santo congrega en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo” (Plegaria Eucarística II).

 

 

Salmo responsorial: Salmo 144[145],10-11. 15-16. 17-18

 

2.1.- El (…) Salmo 144, eleva una gozosa alabanza al Señor que es exaltado como un rey cariñoso y tierno, preocupado por todas sus criaturas. El Salmo está dirigido al Señor a quien se invoca y describe como «rey» (v. 1), representación divina dominante también en otras composiciones (ver Salmos 46; 92; 95-98). Es más, el centro espiritual de nuestro canto está constituido precisamente por una celebración intensa y apasionada de la realeza divina. En ella se repite en cuatro ocasiones -como indicando los cuatro puntos cardinales del ser y de la historia- la palabra hebrea «malkut», «reino» (vv. 11-13).

Sabemos que esta simbología “regia”, tendrá un carácter central también en la predicación de Cristo, es la expresión del proyecto salvífico de Dios: él no es indiferente a la historia humana, es más, tiene el deseo de actuar con nosotros y para nosotros un designio de armonía y de paz. Toda la humanidad es convocada a cumplir este plan con el fin de obedecer a la voluntad salvífica divina, una voluntad que se extiende a todos los «hombres», a «toda generación» y a «todos los siglos». Una acción universal, que arranca el mal del mundo y entroniza la «gloria» del Señor, es decir, su presencia personal, eficaz y trascendente.

 

2.2.- Hacia el corazón, en el centro de la composición, se dirige la alabanza orante del salmista, que se hace portavoz de todos los fieles y que hoy querría ser portavoz de todos nosotros. La oración bíblica más alta es, de hecho, la celebración de las obras de salvación que revelan el amor del Señor por sus criaturas. El Salmo continúa exaltando «el nombre» divino, es decir, su persona (vv. 1-2), que se manifiesta en su acción histórica: se habla de «obras», «maravillas», «prodigios», «potencia», «grandeza», «justicia», «paciencia», «misericordia», «gracia», «bondad» y «ternura».

Es una especie de oración en forma de letanía que proclama el entrar de Dios en las vicisitudes humanas para llevar toda la realidad creada a una plenitud salvífica. No estamos a la merced de fuerzas oscuras, ni estamos solos con nuestra libertad, sino que hemos sido confiados a la acción del Señor poderoso y amoroso, que instaurará para nosotros un designio, un «reino» (v. 11).
2.3.- Este «reino» no consiste en el poder o el dominio, el triunfo o la opresión, como sucede por desgracia con frecuencia con los reinos terrenos, sino que es la sede de una manifestación de piedad, ternura, bondad, de gracia, de justicia, como se confirma en varias ocasiones en los versículos que contienen la alabanza. La síntesis de este retrato divino está en el versículo 8: el Señor es «lento a la cólera y rico en piedad». Son palabras que recuerdan la presentación que el mismo Dios había hecho de sí mismo en el Sinaí, donde dijo: El Señor, el Señor, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad (Éxodo 34, 6). Tenemos aquí una preparación de la profesión de fe en Dios de san Juan, el apóstol, al decirnos simplemente que Él es amor: «Deus caritas est» (1 Juan 4,8. 16).

 

2.4.- Además de fijarse en estas bellas palabras, que nos muestran a un Dios lento a la cólera y rico en piedad», dispuesto siempre a perdonar y ayudar, nuestra atención se concentra también en el bellísimo versículo 9: el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. Una palabra que hay que meditar, una palabra de consuelo, una certeza que aporta a nuestra vida[2].

 

 

Segunda Lectura: carta a los Efesios 4,1-6

 

3.1.- Con el capítulo 4 comienza la serie de exhortaciones morales, introducidas según la costumbre de Pablo por un solemne: Así pues, los exhorto. No se trata de una simple aplicación de los principios enunciados en los capítulos 1 a 3, sino de nuevos desarrollos sobre la relación entre Cristo y la Iglesia y sobre el bautismo como nueva creación.

La vocación del cristiano (leer v. 4) es una llamada a vivir en una comunidad profundamente unida. Sus condiciones son la humildad y la mansedumbre, la paciencia y la ayuda mutua en una unidad que no se imponga desde fuera, sino que proceda íntimamente de la acción del Espíritu.

 

3.2.- Proclamación litúrgica de la unidad (4,4-6)

La mejor prueba de que las exhortaciones de Efesios no se basan en simples consideraciones humanas es la importancia teológica de la motivación que se da en estos vv. 4 al 6, donde se oye el eco de una confesión de fe bautismal (v. 5). El género literario es el de las aclamaciones, que expresan la convicción común de la gente, tanto en el culto como en la vida política. La insistencia específica en la unidad corresponde a la confesión de fe de Israel:

 

3.2.1.- ¡Escucha (Shemá), Israel! ¡EI Señor es nuestro Dios y el Señor es UNO! Amaras al Señor, tu Dios…

En oposición a los múltiples dioses del paganismo, los judíos valoraban los signos de la unidad. Así Filón a propósito del Templo: “Puesto que Dios es Uno, no debe haber más que un solo Templo” (De Spec. Legibus 1, 67).

El Apocalipsis de Baruc, escrito poco después de la destrucción del Templo, ve en la Ley el signo de la unidad: “Somos un solo pueblo, famoso, los que hemos recibido del Único una sola Ley. Y esta Ley, que está en medio de nosotros, nos ayuda; su sabiduría excelente, que está entre nosotros, nos sostiene” (48,24). “y también es única la Ley que viene del Único, y único es el mundo» (85,14).

 

3.2.2.- La unidad del Cuerpo, proclamada en el v. 4, es la unidad del Cuerpo de Cristo llamado a llenar todo el universo (4,10), Cuerpo eclesial, pero también cósmico, como se ve en el final del v. 6. La unidad del Espíritu se inscribe en este mismo registro. En la perspectiva estoica, el pneuma es el elemento divino que penetra todo el cosmos para asegurar su cohesión. El Libro de la Sabiduría hace eco a esta concepción (Sab 1,7). Para nuestro autor no se trata evidentemente de un espíritu impersonal, sino del Espíritu de Dios que habita en el Templo eclesial, como fuente de la única esperanza (sobre este tema de la esperanza, leer 1,18; 2,12).

 

3.3.- Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo.

Ya en 1 Cor 8,4-6 oíamos la proclamación del único Señor en relación con la repetición del Shema Israel. Señor (Kyrios), designa a Cristo en su gloria de resucitado, entronizado como el Señor del mundo. La fe confiesa la acción soberana de Dios, que resucitó al Señor Jesús de entre los muertos (Rom 10,9) Y se expresa en el bautismo, que incorpora al creyente en el Cuerpo del único Señor. Nunca se insistirá bastante en la importancia de este único bautismo como condición de la unidad entre todos los fieles de Cristo. Es éste el fundamento del ecumenismo.

 

3.3.1.- Un solo Dios y Padre de todos

El fundamento último de la unidad es la unicidad de Dios Padre, en el sentido de Dios creador del mundo, que sigue estando presente a su criatura para asegurar su conservación y desarrollo. Los paralelos con la filosofía estoica son abundantes, pero aquí estamos en el orden de las relaciones personales, y no en el de una filosofía panteísta[3]

 

 

Evangelio: san Juan 6,1-15

 

4.1.- El evangelio del domingo pasado relataba el intento de parte de Jesús de retirarse a un lugar solitario, junto con sus discípulos, para descansar un poco. Dicho proyecto fracasó, dado que la multitud se apresuró y al desembarcar se la encontraron delante suyo, y dándose cuenta de que estaban hambrientos y necesitados Jesús, conmovido al verlos como ovejas sin pastor se puso a enseñarles muchas cosas (Mc 6,34), alimentándolos así con su palabra. El relato de Marcos prosigue con la multiplicación de los panes (6,35-44) realizada por Jesús en beneficio de ellos… Con gran sabiduría espiritual y penetración pastoral el leccionario abandona en este punto la lectura cursiva del evangelio de san Marcos, proponiendo a la inteligencia espiritual de los cristianos el mismo episodio de la multiplicación de los panes, con su correspondiente interpretación eucarística, pero del evangelio de san Juan, que por tanto, nos hará compañía durante algunos domingos.

 

4.2.- La hondura de Juan y su peculiaridad hacen necesarias algunas anotaciones previas para aprovechar mejor su riqueza. Alguno podrá pensar que las que ofrecemos son demasiado largas. Están pensadas como una introducción a para los cinco domingos en los que leeremos el capítulo 6 de Juan.

Notemos en primer lugar la importancia del v. 4: Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Juan subraya de este modo que para la comprensión del signo de la multiplicación tiene mayor relevancia la cercanía de la Pascua que la vecindad de la montaña (v. 15). Esta es la segunda Pascua en Juan. La primera en 2,1 se centraba en Jesús como víctima nueva del sacrificio pascual y como nuevo santuario a ser reedificado en tres días; en esta segunda Pascua Jesús cumple y supera aquello que anuncia y celebra la pascua judía.

Ella es la fiesta de los ‘massot’, de los panes ázimos que se comen junto con la víctima en la comida pascual; la fiesta del cordero y el recuerdo-memorial de la salida de Egipto, el paso de la esclavitud a la libertad, de la angustia a la alegría, del dolor a la fiesta, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida. Las lecturas leídas en la sinagoga[4] en ocasión de la pascua eran Éxodo 1-15, los salmos del Hallel (ver Mt 26,30) y el salmo 78 que canta todos los prodigios obrados por el Señor durante el Éxodo. Hay muchos exégetas que ven en el capítulo seis de Juan una homilía de tipo midráshico (= actualización homilética de la Escritura), cuyo punto de partida es una cita del Sal 78,24 que rememora el episodio del maná de Ex 16. La homilía comprende dos secciones:

la primera comenta el pan de vida (Jn 6,32-48),

la segunda el comer el pan del cielo (Jn 6,49-58),

entre medio hay una cita profética tomada de Isaías (54,13).

 

En el Targum[5] sobre Éxodo 12,42, en el poema de las cuatro noches está escrito:

Esta es la noche predestinada y preparada para la liberación en nombre del Señor

en el momento en que los hijos de Israel salían de Egipto.

En efecto, pues cuatro noches han sido descritas en el Libro de los Memoriales.

La primera noche fue aquella en la que el Señor se manifestó al mundo, para crearlo:

el mundo estaba desierto y vacío y las tinieblas cubrían la superficie del abismo (Gn. 1,2)

La PALABRA[6] del Señor era la luz e iluminaba.

Él la llamó noche primera.

La segunda noche fue cuando el Señor se manifestó a Abrahán de edad de cien años y a Sara su mujer de noventa años (Gn. 17,17) para que se cumpliera lo que dice la Escritura:

“¿Es que Abrahán de cien años podrá engendrar y Sara de noventa años dar a luz?”

E Isaac tenía treinta y siete cuando fue ofrecido sobre el altar:

los cielos descendieron y se abajaron e Isaac vio las perfecciones

y sus ojos se oscurecieron a consecuencia de sus perfecciones.

Fue llamada segunda noche.

La tercera noche fue cuando el Señor se manifestó contra los egipcios

en medio de la noche (Ex 12,29 y Sb 18):

su mano [izquierda] mataba a los primogénitos de Egipto

y su mano derecha protegía a los primogénitos de Israel,

para que se cumpliera la palabra de la Escritura:

‘Mi hijo primogénito es Israel’ (Ex 4,22).

Él la llamó noche tercera.

La cuarta noche será cuando el mundo cumpla su fin para ser disuelto.

Los yugos de hierro serán quebrados y las generaciones impías aniquiladas.

Y Moisés saldrá del desierto. Y el Rey Mesías vendrá de lo alto.

Uno caminará a la cabeza del Rebaño.

El otro también marchará a la cabeza del Rebaño,

y su PALABRA marchará entre los dos.

Y los dos caminarán juntos.

¡Es la noche de la Pascua en el nombre del Señor: noche fijada y reservada para la salvación de todas las generaciones de Israel![7]

Tal como se entendía en tiempos de Jesús y así lo atestigua este poema, la Pascua judía no tiene sólo una dimensión conmemorativa, sino también profética y escatológica. En Pascua vendrá el Mesías, el nuevo Moisés. En Pascua se renueva la espera en el nuevo Moisés, el profeta que debía venir. Y cuando venga:

Tal como lo hizo el primer salvador, Moisés, que proporcionó el maná,…, lo hará también el último Salvador, porque está escrito, la tierra nadará en pan[8].

En síntesis podemos entonces decir que el Mesías, como nuevo Moisés, conducirá a Israel, en su éxodo escatológico, al desierto y allí lo saciará reeditando el milagro del maná. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que en la tradición rabínica el pan es el símbolo de la Ley [Torá], es decir, de la Palabra de Dios. Basta volver a leer Dt 8,3-4 en dónde el maná es puesto en relación con la palabra para darse cuenta de dónde brota la tradición que a su vez es reafirmada por la relectura realizada en el libro de la Sabiduría 16,26-28:

Así los hijos que tú has amado, Señor, debían aprender que no son las diversas clases de frutos los que alimentan al hombre, sino que es tu palabra la que mantiene en vida a los que creen en ti. Porque [el maná] que el fuego no lograba destruir se derretía al simple calor de un tenue rayo de sol, para que se pusiera bien de manifiesto que hay que anticiparse al sol para darte gracias y encontrarse contigo al despuntar el día.

 

4.3.- Ante la multitud expectante Jesús le hace a Felipe una pregunta bien precisa: ¿Dónde podremos comprar pan para darles de comer? El apóstol nacido en Betsaida conoce harto bien la imposibilidad de alimentar a tanta gente y por eso contesta: Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan, y Andrés agrega: Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente? Estamos ante una situación imposible, sin salida ni solución humana. Ante semejante dificultad vemos a Jesús tomar la iniciativa, y hacerlo con absoluta y soberana gratuidad: haciendo sentar a la multitud tomó los panes, dio gracias, -palabras y gestos que remiten a los de la eucaristía-, y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. Pero hay más todavía: recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada. Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes. Jesús, cual nuevo Moisés, repite el milagro del maná y cual nuevo Eliseo (1ª lectura), el milagro del pan, pero al mismo tiempo los supera. El maná sobrante se pudría, mientras que aquí los pedazos recogidos en los doce canastos se conservan. El maná era un don limitado mientras que en este caso cada uno comió hasta saciarse y todavía queda como para alimentar al pueblo entero (¡doce canastos para las doce tribus!)

 

4.4.- Al ver semejante abundancia, -vimos que Israel esperaba para los tiempos mesiánicos el don del maná-, los de la multitud identifican a Jesús con el profeta prometido por Dios para los últimos tiempos, el profeta igual a Moisés (cf. Dt 18,15-18), y pretenden hacerlo rey, al constatar su poder y su capacidad de satisfacer las expectativas de la gente… Es en este preciso nivel en dónde surgen las diferencias insalvables entre la multitud y Jesús, quien hasta ese momento se había mostrado sumamente acogedor, al punto de demostrarles una profunda compasión… Cuando Jesús comprende que el signo por él realizado no había suscitado la fe hacia su persona, sino al contrario, sólo esperanzas mundanas y políticas, de inmediato se retira otra vez solo a la montaña.

Jesús no vino al mundo para conquistar el poder y ser un rey entre los demás reyes de esta tierra (cf. Jn 18,35-38). No multiplicó el pan para convertirse en milagrero, con un acto apabullante, apto para impresionar multitudes, sino que lo realizo para darles/darnos un signo (cf. Jn 6,26), es decir una señal: es imprescindible no fijar miopemente la mirada en los panes multiplicados, sino enfocarla en la persona que realizo tal signo, en Jesús, porque él es el pan de Vida (6,35), el único pan que es capaz de alimentar para la vida eterna (ver 6,51). Jesús conoce muy bien lo que se esconde en el corazón de cada ser humano (2,25) y nos ha enseñado con su vida de que en cristiano “servir es reinar”: les he dado ejemplo, hagan ustedes lo mismo en memoria mía, [es decir: lávense los pies los unos a los otros]…, nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por aquellos que ama, y nos amó gratuitamente, y hasta el colmo,…, ¡exageradamente! (Jn 13 y sus ecos en la Plegaria Eucarística IV).

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Los milagros realizados por nuestro Señor Jesucristo son, en verdad, obras de Dios que invitan a la mente humana a elevarse hacia Dios gracias a la contemplación de las cosas visibles. A Dios no lo podemos ver con los ojos, y los milagros con los que gobierna el mundo son tantos que ya casi nadie los percibe. Tanto que ya nadie presta atención a las maravillas obradas por Dios en una semilla cualquiera. Es por eso que Cristo, en su misericordia hacia nosotros, reservó algunas de ellas para realizarlas en el momento oportuno, contra el curso habitual de la naturaleza: ¡Así fue para que al ver, no obras más grandes, sino nuevas, se llenaran de asombro aquellos que no se asombran ante las maravillas obradas cotidianamente!

Mayor milagro es el gobierno del mundo que el de alimentar a cinco mil hombres con cinco panes. Aquello nadie lo ve, esto todos lo admiran, no por ser un milagro más grande, sino por ser tan poco frecuente. ¡También ahora alimenta al mundo quien logra que unas pocas semillas produzcan cosechas tan abundantes! Cristo obró como Dios, ya que idéntico es el poder que a partir de unas pocas semillas saca abundantes cosechas al que logra multiplicar los panes en sus manos. (…) Este milagro es colocado ante nuestros ojos para de este modo elevar nuestro espíritu, admirados ante el Dios invisible, asombrados por el espectáculo de sus obras visibles, de manera que guiados y purificados por la fe, anhelemos ver visiblemente al Invisible, que sólo conocemos a través de las cosas visibles. (…)

Interroguemos a los milagros, preguntémosles qué nos dicen de Cristo, ya que si los entendemos correctamente hablan con su propio lenguaje. Dado que Cristo es el Verbo de Dios, los hechos de la Palabra se convierten en palabra para nosotros. (…)

Los cinco panes podemos entenderlos como símbolo de los cinco libros de Moisés. Observemos que los panes no son de trigo, sino de cebada, ya que pertenecen al Antiguo Testamento. Ustedes saben lo difícil que es llegar a la médula de la cebada, porque está recubierta por una envoltura tan tenaz y adherida, que con gran dificultad se la logra separar. Del mismo modo se encuentra la médula del Antiguo Testamento, toda ella oculta y recubierta por la envoltura de una serie de leyes y ceremonias, y, sin embargo, cuando logras llegar hasta ella, nutre, sacia y alimenta[9].

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] P. Tena, Misa dominical 1991, 11. Modificada y complementada. Adaptada de www.mercaba.org

[2] Benedicto XVI, Audiencia General 01 de febrero 2006. Algo abreviada y adaptada.

[3] E. Cothenet, Las cartas a los colosenses y a los efesios, Estella, Navarra (CB 82) 1994, pp. 51-52. Adaptada.

[4] Jn 6,50: Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.

[5] Se trata de una traducción-expansión al arameo de la Biblia hebrea para,- ¡al menos originalmente! uso cultual.

[6] En arameo: ‘MeMRa’.

[7] Tomado de: R. Le Déaut (editor-traductor), Targum du Pentateuque, -II, Exode et Lévitique, París 1979, pp. 96-99.

[8] Midrash sobre el salmo 72,16

[9] San Agustín de Hipona, Tratados sobre el Evangelio de san Juan 24,1. 2 y 5. Traducido a partir del texto latino reproducido en: Obras de san Agustín, Tomo XIII,- Tratados sobre el evangelio de san Juan 1-35, Madrid 1955 (BAC), pp. 618-624. Agustín, nació (354) en Tagaste, en el norte de África. Logró realizar algunos estudios elementales gracias a un benefactor, pero cuando se le acabaron los medios tuvo que interrumpirlos. Por un corto tiempo se unió a una banda callejera, pudiendo luego reanudar los estudios en Cartago. De su larga relación con una muchacha, cuyo nombre desconocemos, nació su hijo Adeodato. Agustín despreciaba la fe de su madre, y el “tosco” lenguaje de la Biblia le repugnaba. En su búsqueda de la verdad adhirió al maniqueísmo, doctrina que hace una distinción tajante entre bien y mal, adscribiendo la corporeidad más bien a lo malo. Esto no impidió que gracias a su talento y esfuerzos se convirtiera en un afamado maestro de retórica. Su carrera lo llevó a Roma y posteriormente a Milán, lugar, en aquellos tiempos, de residencia del emperador. Su encuentro con el obispo de esa ciudad, Ambrosio, lo llevará a recibir el bautismo (Pascua 387), para luego volver a residir en África rodeado por un círculo de amigos con idénticas búsquedas e inquietudes. Por pedido de la comunidad ya muy pronto es ordenado sacerdote y obispo, desempeñándose como excelente predicador y destacándose entre los obispos africanos. Sus escritos exegéticos y teológicos lo convierten en el escritor eclesiástico de mayor y más prolongada influencia en la Iglesia occidental. El ejemplo del monacato oriental había ejercido cierta influencia en su conversión. En su sede episcopal, con un grupo de clérigos vive monásticamente. Escribió “reglas” para monasterios masculinos y femeninos inspirándose en las prácticas monásticas del cercano Oriente. Reglas que hasta el presente guían a Agustinos, Dominicos y Jerónimos, habiendo igualmente ejercido gran influencia sobre la Regla Benedictina. Agustín es llamado “doctor de la gracia”. Su propia vida le demostró que “todo es gracia”. Murió (430) mientras Hipona se encontraba asediada por los vándalos.

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