Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas

DECIMOCUARTO DOMINGO DURANTE EL

AÑO,

Ciclo “C”

06-07 de julio de 2013

 

Jesús crucificado con escenas de la Pasión

[Después del 1200. Asís, Italia]

 

 

Introducción

 

Los textos de este domingo, en continuidad con los del anterior,  nos sitúan en la  perspectiva del itinerario de Jesús hacia Jerusalén, con el objetivo de cumplir su misión mesiánico-profética, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén. (Lc 13,33). Lucas, para quien todo comienza y culmina en la Ciudad Santa (Lc 1,8-21 y 24,53 y Hech  1,4 y 8), relata la misión de los setenta y dos después de habernos referido la de los Doce (9,1-6). Los Apóstoles “debían” ser doce, de acuerdo al número de las tribus de Israel. Viene luego la misión de los setenta (y dos). Esta misión, por tanto, prefigura la tarea de la Iglesia hasta el final de los tiempos: la de evangelizar a todas las naciones (leer Mt 28, 19 y Hech 1,8). No hayduda de que esta es la intuición que desea transmitirnos Lucas a través de su Evangelio y de los Hechos, ya que es el único de los cuatro evangelistas que nos  trae  el envío de los setenta (y dos) discípulos: precisamente es la fluctuación en el número de setenta, que en otros testigos calificados del texto griego, se transforma en setenta y dos[1], nos muestra que para él nadie queda excluido,  ningún pueblo y ninguna cultura. En la lógica numérica bíblica setenta o setenta y dos es, ya desde los comienzos del Primer Testamento [ver Génesis 10], el número tradicional de los pueblos paganos[2]. En el mismo sentido irá la experiencia de Juan y Santiago, que como vimos el  domingo pasado querían hacer bajar fuego del cielo sobre los samaritanos (considerados “judíos de medio pelo”) y también la del resto de los discípulos,- ¡incluida la de Saulo/Pablo en el camino a Damasco! -, que verán derrumbarse sus falsos celos y prejuicios el día de Pentecostés[3], cuando todos oigan las maravillas de Dios en su propio idioma y Pedro explique lo que ocurre citando aquello de: sucederá que en los últimos días derramaré mi Espíritu sobre toda la humanidad (Hech 2,17).

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Visión de conjunto

 

La liturgia de este domingo nos ofrece dos posibilidades de lectura del Evangelio: una breve, que se detiene en el v. 9. Otra, que debería preferirse, incluye la posibilidad del rechazo de los enviados a una determinada ciudad (vv. 10-12) como también la alegría cuando éstos regresan (vv. 17-20). La primera lectura (Is 66,10-14a) invita a todos aquellos que aman a Jerusalén a alegrarse con su alegría, ya que el Señor va a hacer que la paz fluya hacia ella como un río. Dos elementos del texto de Lucas adquieren de este modo  mayor relieve: el deseo de la paz mesiánica para toda casa y la alegría de los enviados a su regreso. El Sal 66 [65] prolonga y profundiza, orantemente, el texto de Isaías[4]

 

 

Primera Lectura: Isaías 66,10-14a

 

1.1.- De la última página del libro de Isaías está tomada esta lectura, un cántico de alegría en el que destaca la figura maternal de Jerusalén (66,11) y luego la solicitud amorosa de Dios mismo (v. 13). Los estudiosos de la Biblia creen que esta sección final, abierta a un futuro espléndido y festivo, es el testimonio de una voz posterior, la de un profeta que celebra el renacimiento de Israel tras el paréntesis oscuro del exilio babilónico. Por tanto, nos hallamos en el siglo 6º antes de Cristo, dos siglos después de la misión de Isaías, el gran profeta, bajo cuyo nombre está puesta toda la obra inspirada.

 

1.1.1.- Ahora seguiremos el ritmo gozoso de este breve cántico, que comienza con tres imperativos que son precisamente una invitación a la felicidad: alégrenseregocíjense y compartan su mismo gozo (v. 10). Es un hilo luminoso que recorre a menudo las últimas páginas del libro de Isaías: los afligidos de Sión serán consolados, coronados y ungidos con el oleo de la alegría (61,3); el profeta mismo se goza en el Señor, exulta su alma en Dios (v. 10); como se alegra el esposo con la esposa, así se alegrará Dios con su pueblo(62,5). En la página anterior a la que ahora es objeto de nuestro canto y de nuestra oración, el Señor mismo participa de la felicidad de Israel, que está a punto de renacer como nación: Habrá gozo y alegría perpetua por lo que voy a crear. Miren, voy a transformar a Jerusalén en alegría, y a su pueblo en gozo; me regocijaré por Jerusalén y me alegraré por mi pueblo (65,18-19).

 

1.2.- La fuente y la razón de este júbilo interior se hallan en la vitalidad recobrada de Jerusalén, renacida de las cenizas de la ruina que se había abatido sobre ella cuando el ejército babilonio la destruyó. En efecto, se habla de su duelo (66, 10), ya pasado.

Como sucede a menudo en [las más] diversas culturas, la ciudad se representa con imágenes femeninas, más aún, maternas. Cuando una ciudad está en paz, se asemeja a un seno protegido y seguro; más aún, es como una madre que amamanta a sus hijos con abundancia y ternura (v. 11). Es esta la perspectiva que está en la base de las expresiones bíblicas como la de “hija de Sión”, sinónima de la de Jerusalén, que una vez más vuelve a ser una “ciudad-madre” que acoge, alimenta y deleita a sus hijos, es decir, a sus habitantes. Sobre esta escena de vida y ternura desciende la palabra del Señor, que tiene el tono de una bendición (vv. 12-14).

 

1.3.- Dios recurre a otras imágenes vinculadas a la fertilidad. En efecto, habla de ríos y torrentes, es decir, de aguas que simbolizan la vida, la exuberancia de la vegetación, la prosperidad de la tierra y de sus habitantes (leer v. 12). La prosperidad de Jerusalén, su “paz” (shalom), don generoso de Dios, asegurará a sus niños una existencia rodeada de ternura materna: Sus niños de pecho serán llevados y acariciados sobre las rodillas (v. 12), y esta ternura materna será ternura de Dios mismo: Como un hombre es consolado por su madre,  así yo los consolaré a ustedes (v. 13). De este modo, el Señor utiliza  la  metáfora materna para describir su amor a sus criaturas.

También antes, en el libro de Isaías, se lee un pasaje que atribuye a Dios una actitud materna: ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ellas llegasen a olvidar, yo no te olvido (49, 15). En el cántico [que hoy nos sirve como primera lectura], las palabras del Señor dirigidas a Jerusalén terminan por retomar el tema de la vitalidad interior, expresado con otra imagen de fertilidad y energía: la  de una pradera florecida, imagen aplicada a los huesos, para indicar el vigor del cuerpo y de la existencia (66, 14).

 

1.4.- Al llegar a este punto, ante la ciudad-madre, es fácil extender nuestra mirada para contemplar a la Iglesia, virgen y madre fecunda. Concluyamos nuestra meditación sobre la Jerusalén renacida con una reflexión de san Ambrosio:

“La santa Iglesia es inmaculada en su unión marital: fecunda por sus partos, es virgen por su castidad, aunque sea madre por los hijos que engendra. Por tanto, nacemos de una virgen, que no ha concebido por obra de hombre, sino por obra del Espíritu. Así, nacemos de una virgen, que no da a luz en medio de dolores físicos, sino en medio del júbilo de los ángeles. Nos alimenta una virgen, no con la leche del cuerpo, sino con la leche que el Apóstol afirma haber dado al pueblo de Dios porque no podía soportar alimento sólido (leer 1Co 3,2).

“¿Qué mujer casada tiene más hijos que la santa Iglesia? Es virgen por la santidad que recibe en los sacramentos y es madre de pueblos. La Escritura atestigua también su fecundidad, al decir: “son más los hijos de la abandonada que los de la casada” (Is 54,1; leer Gal 4,27); nuestra madre no tiene marido, pero tiene esposo, porque tanto la Iglesia en los pueblos como el alma en los individuos -libres de cualquier infidelidad, fecundas en la vida del espíritu-, sin faltar al pudor, se desposan con el Verbo de Dios como con un esposo eterno”[5].

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 66(65), 1-3a. 4-7a.  16. 20

 

2.1.- La Palabra nos invita hoy a la tierra toda, a todos sus habitantes,  a aclamar al Señor. ¿Por qué? Porque sus obras son admirables. ¿Son admirables o son temibles? Si comparamos la traducción de nuestro Leccionario con la de la Liturgia de las Horas descubriremos que en un caso se traduce por ‘admirable’ y en el otro por ‘temible’:

 

Leccionario

Litúrgica de las Horas

¡Aclame al Señor toda la tierra!

¡Canten la gloria de su Nombre!

Tribútenle una alabanza gloriosa,

digan al Señor: “¡Qué admirables son tus obras!”

 

Aclamen al Señor, tierra entera,

toquen en honor de su nombre,

canten himnos a su gloria;

digan a Dios: “Qué temibles son tus obras”

 

 

 

La diferencia en la traducción puede servirnos de puerta de entrada para con “temor admirativo” ir meditando y “rumiando” este Salmo en la pascua dominical  y a lo largo de la semana.

 

2.2.- Ambas traducciones empiezan  con una palabra aparentemente anodina: ‘aclamar’. La palabra hebrea así traducida se emplea en la Escritura para expresar fuertes y profundas emociones, como ser ‘gritos de guerra’ que infunden pavor en los enemigos, como por ej., los lanzados ante Jericó, que provocan el derrumbe de sus murallas  (Jos 6,5. 10. 16. 20) o  al atacar a los filisteos (1 Sam 17,20; Cf. Sal 108(107),10). La misma palabra es usada para tratar de traducir en palabras una gran alegría, “lanzando gritos de júbilo”, por ej., cuando llega al campo de batalla el Arca del Señor (1 Sam 4,5-6), o cuando David traslada el Arca a Jerusalén (2 Sam 6,15). El Sal 65(64),9- 10 lo expresa así: Los habitantes del extremo del orbe se sobrecogen ante tus signos, y a las puertas de la aurora y del ocaso las llenas de júbilo.  Dando un paso más descubriremos aclamaciones jubilosas en el Salterio, aclamaciones culticas, sobre todo cuando YHVH es aclamado como Rey: Pueblos todos, aplaudan.

Aclamen a Dios con gritos de júbilo: porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra. (Sal 47(46),2-3).

 

2.3.- Llegados aquí estamos preparados para captar la belleza del Salmo (66(65)) que nos regala la Palabra: El Salmista invita a la tierra entera a lanzar himnos, cantos, alabanzas de gozo, que en el verso 2 son explicitados como cantos de gloria a su nombre; dándole   gloria en la alabanza. Resulta claro que no hay que elegir entre una de las dos traducciones: ó ‘admirable’ ó ‘temible’.  En realidad son balbuceos que intentan expresar lo inexpresable: el gozo y la alegría admirativa de una sinfonía de alabanza hacia Dios que obra en el cosmos y en la historia, sobre todo a través del gran acontecimiento emblemático del éxodo de la esclavitud egipcia. Estamos ante una voz coral que da gracias por el don de la libertad. Nadie mejor que san Agustín para abrirnos la inteligencia y el corazón:

Debo repetir lo que ustedes ya saben: el que canta con júbilo, el que se regocija, no pronuncia palabras, sino que lanza cierto sonido de alegría sin palabras. El regocijo es una voz del alma abismada en la alegría, la cual, en cuanto puede, da a conocer el afecto, pero no el sentir de aquel que lo percibe. Al regocijarse el hombre con este gozo, al no poder explicar ni dar a entender el afecto con palabras, emite cierto sonido de alegría sin palabras[6]. De este modo manifiesta por el mismo sonido que se alegra; pero como se halla repleto por el demasiado gozo, no puede explicar con palabras el regocijo. (…) Los que trabajan en el campo se regocijan en gran modo; así vemos que los segadores, o los vendimiadores, o los que recogen algún fruto, alegrándose por la abundancia y gozándose por la feracidad y fecundidad de la tierra, cantan regocijándose, pues entre los cánticos que profieren con palabras introducen sonidos inarticulados en la expansión del ánimo; y esto se llama regocijo. (…) Cuanto más aumente la caridad, tanto más te darás cuenta de que decías y no decías. En efecto, antes de saborear ciertas cosas creías poder utilizar palabras para mostrar a Dios; al contrario, cuando has comenzado a sentir su gusto, te has dado cuenta de que no eres capaz de explicar adecuadamente lo que sientes. Pero si te das cuenta de que no sabes expresar con palabras lo que experimentas, ¿acaso deberás por eso callarte y no alabar? (…) No, en absoluto. No seas tan ingrato. A él se deben el honor, el respeto y la mayor alabanza.  Escucha el Salmo: Aclama al Señor, tierra entera. Comprenderás el júbilo de toda la tierra, si tú mismo aclamas al Señor[7]

Concluyamos con  la reflexión que hace Casiodoro[8]  sobre nuestro Salmo, a propósito de la ‘admiración’ llena de ‘temor’:

La admiración de Dios, de la que habla el Salmo, va acompañada por el temor reverencial. Un temor afectuoso y filial, dulce y sin amargura, que engendra la esperanza y no la desconfianza. Todo misterio es siempre un regalo que nos es dado para nuestro bien, para nuestra salvación, pero puede transformarse, si no lo acogemos adecuadamente, en causa de caída y condenación: ¡O es roca sobre la cual se construye o contra la que se despedaza!

 

 

Segunda Lectura: Gálatas 6,14-18

 

3.1.- La liturgia de hoy respira alegría por todos sus poros. De alegría nos habló Isaías. Llenos de alegría vuelven los discípulos de su experiencia misionera. Pareciera, entonces,  que este texto, escrito por Pablo con su propia mano (leer 6,11) estaría fuera de lugar.  Pero al mirarlo con mayor profundidad uno se da cuenta que precisamente nos sitúa en las raíces de dicha alegría: No, hay duda alguna, es la Cruz de Cristo la fuente límpida y transparente de la que brota la alegría y el gozo duraderos. ¡Por supuesto que no lo es la cruz por sí misma, sino a causa de Aquel que la ha convertido en su trono de gloria y por lo que ella nos revela a cerca de Dios y acerca del ser humano! ¿Acaso no lo afirmó Jesús, Cuando sea elevado atraeré a todos hacia  (Jn 12,32)? Los Apóstoles se resistieron a aceptar estas palabras, y Pedro se las reprochó duramente Mt 16,21-26). También a nosotros el discurso acerca de la Cruz nos resulta difícil. Tratamos de evitarlo o, al menos, de edulcorarlo. Y, sin embargo, el cristianismo todo se juega alrededor de ella. ¡Claro! El anuncio debe concentrarse en el Resucitado, pero no hay bisturí capaz de separar la Cruz de la Resurrección, escándalo para los judíos y locura para los paganos (1Cor 1,23).

 

3.2.- Estamos en los versículos finales de la carta a los Gálatas que tienen un valor más personal, ya que es Pablo mismo el que escribe esto con “letras grandes” para indicar la importancia de lo que se quiere decir (6, 11).  Constituye una especie de resumen de alguno de los temas importantes de la carta. Sobre todo de dos:

El primero: la figura del Señor Jesús, quien está en el centro. Es el único que da sentido a la vida de Pablo y es lo que da sentido a todo lo demás. Su identificación con Él pretende ser total. 

El otro tema es la situación del hombre,- ¡en este caso, Pablo!-, en Cristo. La expresión “nueva criatura” (v. 15) es la forma de designar esta manera ‘nueva’ de ser. Indica la radicalidad de dicha situación, comparable a la de la primera creación. Será necesario insistir sobre este punto, por sabido casi pasado por encima. Por carecer de punto de comparación anterior, en un estado de la vida en el que Cristo no fuera conocido, resulta difícil para muchos apreciar toda la aportación que el “ser en Cristo” supone para la existencia humana. Sería preciso caer en la cuenta de cómo ante este ser nuevo todo lo demás pasa a segundo término, por importante que sea. Ni lo religioso ni lo humano cuentan separadamente de Cristo[9].

 

3.3.- Hay un “Israel según la carne” y otro, el “Israel de Dios” (1Cor 10, 18), que es según el Espíritu. Todos los que aceptan a Jesucristo como norma, todos los que se unen a Jesucristo por la fe, entran en ese verdadero Israel de Dios, sean o no israelitas según la carne, y sobre ellos desciende la paz y la misericordia. Se crea así una nueva solidaridad, más vasta y más profunda, más entrañable, enraizada en la cruz de Cristo.

 

3.4.- Se marcaba a los esclavos y a los soldados se los tatuaba, para que ellos y todo el mundo reconocieran a quién pertenecen y a quién deben servir. También la circuncisión era una señal visible de pertenencia al pueblo de Dios. Pablo lleva en su cuerpo las “marcas o señales[10] de Jesús” que es su Señor. Estas marcas son las cicatrices y los achaques que padece como secuela de todo lo que ha padecido por el Evangelio (2Cor 11,23-33; Flp 3,10; Col 1,24). Pablo se defiende contra la crítica de sus adversarios y hace alusión a sus sufrimientos para demostrarles que ha tomado muy en serio el Evangelio.

 

 

Evangelio: San Lucas 10,1-12 y 17-20 [ó, más breve: 10, 1-9]

 

4.1.- La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Pocos son los Doce, y siguen siendo pocos los setenta [y dos], y la Comunidad toda, en medio del mundo en tiempos de Jesús como igualmente la Iglesia en medio del mundo de hoy, es y será un pequeño rebaño que nada debe temer. Ese título depequeño rebaño (Lc 12,32), acuñado por Jesús, es válido para la Iglesia de todos los tiempos… La desproporción entre la inmensidad de la cosecha y la escasez de los cosechadores, – ¡palidísimo reflejo de la infinita desproporción entre la grandeza del Señor Dios y nuestra pequeñez! -, es un abismo que sólo puede ser colmado por la oración, rogando insistentemente al Dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. El primer ‘mandamiento’, al momento de salir a misionar, es el de la oración[11]. Por otra parte, si la misión no quiere correr el peligro de transformarse en manipulación o proselitismo debe ir precedida, acompañada  y culminar con la oración, rogando para que Dios nos abra el camino para que podamos anunciar el misterio de Cristo (Col 4,3). En el Evangelio de Lucas, que este año nos posibilita acercarnos un poquito más al misterio de Jesús, el Maestro ora con muchísima frecuencia, sobre todo en los momentos decisivos, como por ejemplo antes de llamar/elegir a los Doce (leer Lc 6,12-13).

 

4.2.- Jesús envía a sus poquitos discípulos no solos, sino de dos en dos porque su comunión fraterna es en sí misma preanuncio del Reino: la esencia del Evangelio encuentra su expresión más genuina en el amor; en esta oportunidad, amor testimoniado concretamente por dos personas que se ayudan y corrigen mutuamente.  Son enviados como a ovejas en medio de lobos para anunciar el Reino y su paz: van indefensos, sin más recursos que la capacidad otorgada por Jesús de cortarle las alas a Satanás, a través de palabras y acciones que obtienen su eficacia del Señor (Jesús convocó a los Doce y les dio poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios y para curar las enfermedades Lc 9,1).  Al igual que en el envío de los Doce Jesús vuelve a delinear algunas características que impiden bastardear la radicalidadnecesaria para testimoniar correctamente el Evangelio. El aspecto exterior del enviado debe ser “signo-sacramento” de que todo cuanto anuncia lo vive él mismo: todo debe transparentar el despojo de Hijo del hombre que no tiene ni siquiera dónde reclinar la cabeza  y también de que se está misionando impulsado por la urgencia del anuncio a proclamar: Jesús (…) proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo:

“El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”.  Ni la pobreza ni la precariedad son un obstáculo para la eficacia de la misión, sino por el contrario, son la condición para poder vivir hasta el fondo la misión.

 

4.3.- Jesús les asegura, a estos, sus enviados pobres y pacíficos: El que los escucha a ustedes, me escucha a mí; el que los desprecia a ustedes, me desprecia a mí. Esta es la gran responsabilidad de todo cristiano: al igual que Jesús nos narró [reveló] al Padre (Jn 1,18), ahora somos nosotros los que debemos hacerlo, revelándolo-narrándolo-transparentándolo, siendo, con nuestra vida, testigos suyos en el mundo entero (Ver Lc 24,48). Nuestro gozo brota de sabernos amados por el Padre en Cristo, seguros de que contamos con la protección del Señor, ya que Él, al habernos llamado, nos acompaña mientras vamos anunciando con fidelidad la Pascua de Cristo guiados por el Espíritu, dado que sólo podremos anunciar a Cristo a nuestros hermanos  si Él vive en nosotros: Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí.

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

En la lectura evangélica que acaba de proclamársenos, se nos invita a indagar cuál sea la cosecha de la que dice el Señor: La cosecha es abundante y los obreros pocos: rueguen, entonces, al dueño de la cosecha que mande obreros para cortarla. Entonces agregó a sus doce discípulos —a quienes nombró apóstoles— otros setenta y dos y los mandó a todos —como se deduce de sus palabras— a la cosecha que ya estaba madura.

¿Cuál era, entonces, esa cosecha? Esa cosecha no hay que buscarla ciertamente entre los paganos, donde nada se había sembrado. No queda otra alternativa que entenderla de la cosecha que había en el pueblo judío. A esta cosecha vino el dueño de la cosecha, a esta cosecha  mandó a los cosecheros: a los no judíos no les envió cosecheros, sino sembradores. Debemos, por consiguiente, entender que la cosecha se llevó a cabo en el pueblo judío, y la siembra en los pueblos paganos. De entre esta cosecha fueron elegidos los apóstoles, pues, al cosecharla, ya estaba madura, porque la habían previamente sembrado los profetas. Es una delicia contemplar los campos de Dios y recrearse viendo sus dones y a los obreros trabajando en sus campos.

Estén, entonces, atentos y deléitense conmigo en la contemplación de los campos de Dios y, en ellos, dos clases de cosecha: una, ya cosechada, y otra todavía por cosechar: cosechada ya en el pueblo judío, todavía por cosechar en los pueblos paganos. Vamos a tratar de demostrarlo. Y ¿cómo hacerlo sino acudiendo a la Escritura de Dios, el dueño de la cosecha? Pues bien, en el presente capítulo hallamos escrito: La cosecha es abundante y los obreros pocos: rueguen, entonces, al dueño de la cosecha  que mande obreros a su cosecha. En otro lugar el Señor dijo a sus discípulos: ¿No dicen ustedes que todavía queda lejos el verano? Levanten los ojos y contemplen los campos, que están ya dorados para la cosecha.Y añadió: Otros sudaron y ustedes recogen el fruto de sus sudores. Trabajaron Abrahán, Isaac, Jacob, Moisés, los profetas; trabajaron sembrando y al llegar el Señor se encontró con una cosecha ya madura. Enviados cosechadores con la hoz del evangelio, acarrearon las gavillas al campo del Señor, donde había de ser trillado Esteban.

En este momento aparece en escena Pablo, y es enviado a los paganos. Y al hacer valer la gracia que él ha recibido como un don particular y personal, no oculta este extremo. El nos dice efectivamente en sus escritos que fue enviado a predicar el evangelio allí donde el nombre de Cristo era desconocido. Y como aquella cosecha es ya una cosa hecha, fijémonos en esta cosecha, que somos nosotros. Sembraron los apóstoles y los profetas. Sembró el mismo Señor, ya que él estaba presente en los apóstoles y porque el mismo Cristo recolectó. Sin él, en efecto, ellos no pueden hacer nada, mientras que él es perfecto sin ellos. Por eso les dijo: Porque sin mí no pueden hacer nada. Y una vez que Cristo se decidió a sembrar entre los paganos, ¿qué es lo que dice? Salió el sembrador a sembrar. Y allí son enviados los obreros a cosechar.

Que estos apóstoles de Cristo, predicadores del evangelio, que no se detienen a saludar a nadie por el camino, esto es, que no buscan ni hacen otra cosa que anunciar el evangelio con amor genuino, vengan a casa y digan: Paz a esta casa. No lo dicen sólo de boquita: escancian de lo que están llenos; predican la paz y poseen la paz. Así pues, el que rebosa paz y saluda: Paz a esta casa, si allí hay gente de paz descansará sobre ellos su paz[12].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Ver Biblia de Jerusalén, nota a Lc 10,1.

[2] Según el texto hebreo de Gen 10  los pueblos son 70 y según la traducción griega, (¡la de los famosos LXX!), dichos pueblos son 72.  En realidad el número de los paganos/gentiles es 7 (siete) o cualquiera de sus múltiplos. Así vemos que después de la primera multiplicación de los panes se recogen 12 canastos (¡para las 12 tribus de Israel!) y después de la segunda 7 canastos (¡para todos los pueblos!). En los hechos Lucas completará con Matías el número de los 12 y con los 7 “diáconos” helenistas, judíos de lengua griega, prepara el camino para los testigos del Resucitado que irán hasta los confines del mundo.

[3] ¡Por algo, según los Hechos, había en ese día gente piadosa proveniente de todas las naciones quehay bajo el cielo (2,5) y al contarlos resultan ser 14 (2,9-11), otro múltiplo de 7, al igual que 70!

[4] § inspirado en: Y. Saoot, Evangelio de Jesucristo según san Lucas, Estella (Navarra) 2007(CB 137), p. 53

[5] San Ambrosio, De Virginibus I,34, citado por: Juan Pablo II en su catequesis del 16 de julio de 2003 que aquí reproducimos con algunas modificaciones y adaptando los textos bíblicos según nuestro Leccionario. Leer, para profundizar el tema en Isaías, a: D. Janthial, El libro de Isaías o la fidelidad de Dios a la casa de David, Estella (Navarra)  2008 (CB 2008) pp. 47-50: Maternidad de Jerusalén y paternidad de YHWH.

[6] En todos los idiomas tenemos tales exclamaciones sin palabras, como el jauchzen alemán que entre nosotros suena ¡yujuuu!, o el shout inglés, o el característico  sapucai guaraní; la onomatopeya  hebrea es la del teruaj. El equivalente en la cultura latina quedó plasmado en la aclamatio y la conclamatio.

[7] San Agustín, Exposición sobre el Salmo 99,4-5. Tanto el Salmo 99 como el 66 tienen ela versión de la Vulgata la expresión  jubílate Deo.

[8] Escritor, estadista y monje romano, nació hacia 490 y murió hacia 583.

[9] § tomado y adaptado de: F. Pastor, Dabar 1986, 37, en: www.mercaba.org

[10] Es en este mismo sentido que hablamos de “hacer la ‘señal’ de la cruz” al persignarnos ¡Al hacerlo sobre nuestras personas reconocemos públicamente a quién pertenecemos: a Cristo nuestro Señor!

[11] San Agustín formulaba este mandamiento de la siguiente manera: “Antes de hablar de Dios a alguien, háblale a Dios de ese alguien”. ¡Recordemos que la patrona de las misiones es precisamente una orante: santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz!

[12] San Agustín Hipona, Sermón 101,1. 2. 3. 11, PL 38,605-607. 610. Agustín nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, Numidia, hijo de un consejero municipal y modesto propietario. Estudió en Tagaste, Madaura y Cartago. Enseñó gramática en Tagaste (374) y retórica en Cartago (375-383), Roma (384) y Milán (384-386). Tras leer elHortensio de Cicerón (373) inició su búsqueda espiritual que le llevaría primero a adoptar posturas racionalistas y, posteriormente, maniqueas.  Decepcionado del maniqueísmo tras su encuentro con el obispo maniqueo Fausto, cayó en el escepticismo. Llegado a Milán, la predicación de Ambrosio le impresionó, llevándole a la convicción de que la autoridad de la fe es la Biblia, a la que la Iglesia apoya y lee. La influencia neo-platónica disipó algunos de los obstáculos que encontraba para aceptar el cristianismo, pero el impulso definitivo le vino de la lectura de la carta del apóstol Pablo a los romanos en la que descubrió a Cristo no sólo como maestro sino también como salvador. Era agosto del 386. Tras su conversión renunció a la enseñanza y también a la mujer con la que había vivido durante años y que le había dado un hijo. Tras un breve retiro en Casiciaco, regresó a Milán donde fue bautizado por Ambrosio junto con su hijo Adeodato y su amigo Alipio. Tras una estancia breve en Roma — en el puerto de Ostia murió su madre, Mónica — se retiró a Tagaste donde inició un proyecto de vida monástica. En el 391 fue ordenado — no muy a su placer — sacerdote en Hipona y fundó un monasterio. En el 395 fue ordenado obispo, siendo desde el 397 titular de la sede. Aparte de la ingente tarea pastoral — que iba desde la administración económica al enfrentamiento con las autoridades políticas, pasando por las predicaciones dos veces a la semana, pero en muchos casos dos veces al día y varios días seguidos — desarrolló una fecundísima actividad teológica que le llevó a enfrentarse con maniqueos, donatistas, pelagianos, arríanos y paganos. Fue el principal protagonista de la solución del cisma donatista, aunque resulta discutible la legitimación que hizo del uso de la fuerza para combatir la herejía, así como de la controversia pelagiana. Murió en el 430 durante el asedio de Hipona por los vándalos.

 

 

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