Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas.

SOLEMNIDAD DE LOS APÓSTOLES

PEDRO Y PABLO

28-29 de junio 2013

Santos Pedro y Pablo, corifeos de la fe

(mural en el monasterio Ortodoxo de Vatopedi,

monte Athos,  Grecia; hacia el año 1200)

Introducción

 

Los textos bíblicos de esta liturgia eucarística de la solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, en su gran riqueza, ponen de relieve un tema que se podría resumir así: Dios está cerca de sus servidores fieles y los libra de todo mal, y libra a la Iglesia de las potencias negativas. Es el tema de la libertad de la Iglesia, que presenta un aspecto histórico y otro más profundamente espiritual.

Esta temática atraviesa hoy toda la liturgia de la Palabra. La primera y la segunda lectura hablan, respectivamente, de san Pedro y san Pablo, subrayando precisamente la acción liberadora de Dios respecto de ellos. Especialmente el texto de los Hechos de los Apóstoles describe con abundancia de detalles la intervención del ángel del Señor, que libra a Pedro de las cadenas y lo conduce fuera de la cárcel de Jerusalén, donde lo había hecho encerrar, bajo estrecha vigilancia, el rey Herodes (cf. Hch 12,1-11). Pablo, en cambio, escribiendo a Timoteo cuando ya siente cercano el fin de su vida terrena, hace un balance completo, del que emerge que el Señor estuvo siempre cerca de él, lo libró de  numerosos peligros y lo librará además introduciéndolo en su Reino eterno (cf. 2 Tm 4, 6-8.17-18). El tema se refuerza en el Salmo responsorial (Sal 33) y se desarrolla de modo particular en el texto evangélico de la confesión de Pedro, donde Cristo promete que el poder del infierno no prevalecerá sobre su Iglesia (cf. Mt 16,18)

Observando bien, se nota, con relación a esta temática, cierta progresión. En la primera lectura se narra un episodio específico que muestra la intervención del Señor para librar a Pedro de la prisión; en la segunda, Pablo, sobre la base de su extraordinaria experiencia apostólica, se dice convencido de que el Señor, que ya lo ha librado «de la boca del león», lo librará «de todo mal» abriéndole las puertas del cielo; en el Evangelio, en cambio, ya no se habla de apóstoles individualmente, sino de la Iglesia en su conjunto y de su seguridad respecto a las fuerzas del mal, entendidas en sentido amplio y profundo. De este modo vemos que la promesa de Jesús —«el poder del infierno no prevalecerá» sobre la Iglesia— comprende ciertamente las experiencias históricas de persecución sufridas por Pedro y Pablo y por los demás testigos del Evangelio, pero va más allá, queriendo asegurar sobre todo la protección contra las amenazas de orden espiritual; según lo que el propio Pablo escribe en la Carta a los Efesios : Porque  nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados sino contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que habitan en las alturas (Ef 6,12).

En efecto, si pensamos en los dos mil años de historia de la Iglesia, podemos observar que —como había anunciado el Señor Jesús (cf. Mt 10, 16-33)— a los cristianos jamás han faltado las pruebas, que en algunos períodos y lugares han asumido el carácter de verdaderas persecuciones. Con todo, las persecuciones, a pesar de los sufrimientos que provocan, no constituyen el peligro más grave para la Iglesia. El daño mayor, de hecho, lo sufre por lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, corrompiendo la integridad del Cuerpo místico, debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, empañando la belleza de su rostro. El epistolario paulino atestigua ya esta realidad. La Primera Carta a los Corintios, por ejemplo, responde precisamente a algunos problemas de divisiones, de incoherencias, de infidelidades al Evangelio que amenazan seriamente a la Iglesia. Pero también la Segunda Carta a Timoteo —de la que hemos escuchado un pasaje— habla de los peligros de los «últimos tiempos», identificándolos con actitudes negativas que pertenecen al mundo y que pueden contagiar a la comunidad cristiana: egoísmo, vanidad, orgullo, apego al dinero, etc. (cf. 3,1-5). La conclusión del  Apóstol es tranquilizadora: los hombres que obran el mal —escribe— no llegarán muy lejos, porque su necedad será manifiesta a todos (3,9). Así pues, hay una garantía de libertad, asegurada por Dios a la Iglesia, libertad tanto de los lazos materiales que tratan de impedir o coartar su misión, como de los males espirituales y morales, que pueden corromper su autenticidad y su credibilidad[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 12,1-11

 

1.1.- En esta lectura San Lucas subraya que Pedro está fuertemente custodiado. Sin duda que Herodes Agripa no  había olvidado aquella otra ocasión en la que Simón Pedro se le había escurrido de entre las manos, mediante una evasión harto misteriosa (Hech 5,17-21). Esta vez toda posibilidad de evasión parece imposible: ya hace días que el Apóstol fue arrojado en prisión, nos encontramos en la noche previa al proceso y a pesar de la ardiente oración de toda la Comunidad  (= la Iglesia), Dios, hasta el momento, nada hizo. El mismo Pedro debe haber pensado: “¡esta vez sí que ha llegado mi hora!”.

A pesar de los pesares, sujeto por cadenas y estrechamente ligado a uno de los piquetes de soldados, Pedro duerme. Qué imagen más estupenda de su actual abandonarse confiadamente en manos de Dios. Ya no es el hombre de poca fe, que con gran nerviosismo despierta bruscamente,- lo mismo que el resto de los discípulos-, al Maestro, quien no obstante la fuerte tormenta que se ha desatado sobre el Lago, duerme a popa plácidamente (Mc 4,38). El Señor había rogado para que Cefas no desfalleciera en su fe (Lc  22,32). Ahora, confirmado por el Resucitado  hace como su Maestro, duerme. El Señor cuida de sus amigos mientras duermen, mientras que el Guardián de Israel no duerme ni dormita (leer Sal 127,2 y 121,4).

 

1.2.- Notemos que Pedro se mantiene en actitud pasiva, él nada hace.  Es ‘objeto’ de una doble y esmerada preocupación: de la insistente oración de la Iglesia por una parte, y de la atenta vigilancia del Señor[2] por laotra. La densa oscuridad de la cárcel se disipa, hecha trizas, al verse invadida por la luz divina, caen al suelo las cadenas, la violencia del poder humano es derrotada por un poder superior.  Pedro, al que le parecía estar soñando (Sal 126,1), es invitado por el Ángel a seguirlo, superando obstáculos aparentemente insuperables: los piquetes de guardia, las puertas de hierro…

 

1.3.- La liberación de Pedro debe inscribirse en la serie de intervenciones salvíficas por las que Dios ha liberado a los suyos de la mano de los perseguidores. Dios conduce la historia de la Iglesia como condujo la historia de Israel. La historia, en manos de Dios, es siempre historia de salvación.

La liberación de Pedro se sitúa en un ambiente pascual (era la semana de los ázimos = Pascua. De noche hizo Dios salir de Egipto a su pueblo; de noche se levantó Jesús del sepulcro; de noche sale Pedro de la cárcel. La tradición judía situaba la liberación de los tres jóvenes del horno… en la noche de Pascua. Las palabras de Pedro, después de liberado, son un eco de la afirmación que se pone en boca de Nabucodonosor en Daniel 3, 95. La noche de pascua es el momento privilegiado para que Dios intervenga en favor de los suyos.

 

1.4.- Así cobra un sentido mucho más profundo la asamblea cristiana reunida para pasar la noche en oración por Pedro que está en la cárcel. No se trata sólo de interceder por Pedro, sino de celebrar la Vigilia pascual. La liberación de Pedro significa la liberación de la Iglesia. El Señor ‘resucita’ en Pedro, en la Iglesia. Esto lo confirman las palabras del Ángel, que aluden inequívocamente a la disponibilidad que requería la pascua: ponerse el cinturón…, las sandalias… de prisa (leer. Ex 12, 11)  es el Paso, la Pascua del Señor.

Pedro se preparaba a celebrar la pascua cuando fue arrestado. Ha debido celebrar la pascua de otra forma. Se ha ceñido la túnica, se ha calzado las sandalias no tanto para celebrar la salida de Egipto, cuanto para la propia liberación y la de la Iglesia, siendo ‘resucitado’ (la tumba = la cárcel = la muerte no podía aprisionar la Vida), no  por el Señor, para consagrarse así a la misión de anunciar al Resucitado.

 

 

Salmo responsorial: Sal 33,2-3. 4-5. 6-7. 8-9

 

2.1.- El Salmo 33 es un canto de acción de gracias. Son muchos los beneficios que el salmista ha recibido del Señor y se ve en la necesidad de agradecérselos. En tantos momentos, especialmente en las pruebas de la vida, ha visto la mano bondadosa de Dios, su fidelidad, su solicitud, que ahora quiere expresar en un canto estupendo toda su gratitud al Dios providente de Israel. Las pruebas que Dios permite no superan nunca las fuerzas del justo, de modo que las fuerzas del mal no parecen romper el equilibrio de la fidelidad.

El salmista tiene experiencia de esta protección y solicitud de Dios y por eso le agradece su bondad y al mismo tiempo comunica a los demás su vivencia, exhortándolos a la fidelidad y a la confianza, invitándoles incluso a que ellos mismos tengan esa experiencia de la providencia y de la cercanía de Dios. (…)

 

2.2.- El salmista alaba incesantemente, en todo tiempo, al Señor; su alabanza está siempre en sus labios. En Dios tiene puesta su gloria: su orgullo y su felicidad es YHVH, su todo. Este inicio nos recuerda el comienzo del Magníficat de María: también la Virgen se sentía dichosa y feliz viendo las maravillas del Señor. (…)

El autor invita a los humildes a que le escuchen y se alegren, y también ellos se sumen a su alabanza:Proclamen conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre: él se siente insuficiente para aclamar y agradecer al Señor, y por esto recurre a sus fieles para que le acompañen en su alabanza.

La vida interior intensa, la experiencia de Dios se traslucen siempre, se irradian espontáneamente, se comunican. Es como la lámpara que arde e ilumina.

 

2.3.- El salmista invocó al Señor, y Dios se inclinó hacia él, lo escuchó, y respondiéndole lo libró de todas sus ansias, de todos sus males y angustias. Yo consulté al Señor y me respondió. Su confianza en YHVH se vio correspondida. Dios no desatiende jamás las súplicas de aquellos que le invocan. (…)

El Ángel del Señor acampa en torno a los fieles: manera poética de expresar la protección divina y su providencia. Donde los otros caen, tropiezan o se encallan, el justo lo supera sin dificultad. Aquello que es insoportable e inexplicable para los demás, resulta ligero y suave para él: porque el Ángel del Señor está con él, lo defiende y ayuda.

El conocido versículo: Gusten y vean qué bueno es el Señor es una enseñanza en que pretende el salmista que tengamos una experiencia de Dios se diría incluso física, material, de tan conocida, de tan probada. (…) Nada falta a aquellos que le temen, los que lo buscan no carecen de nada. Dios vela por ellos y se preocupa de su vida y de sus cosas (Mt 6,25-34). (…)

2.4.- Si durante tres mil años este salmo ha ido dando su lección a los corazones de los fieles, tal vez en nuestro tiempo es cuando esta lección se hace más apremiante. El mundo moderno parece alejado de Dios, inmerso en la inquietud, en la angustia, en la inseguridad. La confianza parece ausente, y la paz como desterrada de un mundo lleno de convulsiones y de guerras. Pues sobre este mundo resuena una palabra de esperanza, de confianza: es el salmo 33, magnífica lección que alimenta el corazón del hombre creyente, y estupendo preludio a la gran doctrina de Cristo, que nos enseñó el sermón de la montaña y la oración del padrenuestro[3].

 

 

Segunda Lectura: Segunda carta a Timoteo 4,6-8. 17-18

 

3.1.- El texto es tan claro que no necesita comentario. Por ser heraldo, apóstol y maestro del evangelio (1, 11ss), Pablo está en la cárcel de Roma (1, 8. 16), lleva cadenas como un criminal (2, 8). Ante el tribunal que le juzgaba nadie salió en su defensa (4, 16). Sabedor de que su muerte es inminente (v. 6), Pablo deja su último testamento.

Estoy para derramar mi sangre. Pablo, que escribió tan poco de los sacrificios rituales, nos habla de este sacrificio existencial de su vida como coronación de su actividad apostólica. Una doble imagen, tomada del mundo pugilístico y de las carreras, ilustra su entrega plena y total al anuncio del evangelio (v. 7). Pablo ha participado en el noble combate de la fe (1 Tim. 6, 12) y ha corrido, no sin rumbo fijo, sino teniendo ante la vista la meta que ahora está a punto de alcanzar. Como vencedor, espera no la liberación de la cárcel, sino la corona del triunfo eterno, corona que no se marchita.

Nadie debe avergonzarse de que el apóstol y maestro haya ido a parar a la cárcel, sino que debe compartir los sufrimientos que el anuncio del evangelio lleva consigo. Todos deben saber que el que se proponga vivir como buen cristiano será perseguido (3, 12)[4].

 

 

Evangelio: san Mateo 16,13-19

 

4.1.- [La] doble pregunta sobre la opinión de la gente y la convicción de los discípulos presupone que existe, por un lado, un conocimiento exterior de Jesús que no es necesariamente equivocado aunque resulta ciertamente insuficiente, y por otro lado, frente a él, un conocimiento más profundo vinculada al discipulado, al acompañar en el camino, y que sólo puede crecer en él. Los tres sinópticos coinciden en afirmar que, según la gente, Jesús era Juan el Bautista, o Elías o uno de los profetas que había resucitado; Lucas había contado con anterioridad que Herodes había oído tales interpretaciones sobre la persona y la actividad de Jesús, sintiendo por eso deseos de verlo. Mateo añade como variante la idea manifestada por algunos de que Jesús era Jeremías.

 

4.2.- Todas estas opiniones tienen algo en común: sitúan a Jesús en la categoría de los profetas, una categoría que estaba disponible como clave interpretativa a partir de la tradición de Israel. En todos los nombres que se mencionan para explicar la figura de Jesús se refleja de algún modo la dimensión escatológica, la expectativa de un cambio que puede ir acompañada tanto de esperanza como de temor. Mientras Elías personifica más bien la esperanza en la restauración de Israel, Jeremías es una figura de pasión, el que anuncia el fracaso de la forma de la Alianza hasta entonces vigente y del santuario, y que era, por así decirlo, la garantía concreta de la Alianza; no obstante, es también portador de la promesa de una Nueva Alianza que surgirá después de la caída. Jeremías, en su padecimiento, en su desaparición en la oscuridad de la contradicción, es portador vivo de ese doble destino de caída y de renovación.

 

4.3.- Todas estas opiniones no es que sean erróneas; en mayor o menor medida constituyen aproximaciones al misterio de Jesús a partir de las cuales se puede ciertamente encontrar el camino hacia el núcleo esencial. Sin embargo, no llegan a la verdadera naturaleza de Jesús ni a su novedad. Se aproximan a él desde el pasado, o desde lo que generalmente ocurre y es posible; no desde sí mismo, no desde su ser único, que impide el que se le pueda incluir en cualquier otra categoría.

 

4.4.- En este sentido, también hoy existe evidentemente la opinión de la «gente», que ha conocido a Cristo de algún modo, que quizás hasta lo ha estudiado científicamente, pero que no lo ha encontrado personalmente en su especificidad ni en su total alteridad. Karl Jaspers ha considerado a Jesús como una de las cuatro personas determinantes, junto a Sócrates, Buda y Confucio, reconociéndole así una importancia fundamental en la búsqueda del modo recto de ser hombres; pero de esa manera resulta que Jesús es uno entre tantos, dentro de una categoría común a partir de la cual se les puede explicar, pero también delimitar.

Hoy es habitual considerar a Jesús como uno de los grandes fundadores de una religión en el mundo, a los que se les ha concedido una profunda experiencia de Dios. Por tanto, pueden hablar de Dios a otras personas a las que esa «disposición religiosa» les ha sido negada, haciéndoles así partícipes, por así decirlo, de su experiencia de Dios. Sin embargo, en esta concepción queda claro que se trata de una experiencia humana de Dios, que refleja la realidad infinita de Dios en lo finito y limitado de una mente humana, y que por eso se trata sólo de una traducción parcial de lo divino, limitada además por el contexto del tiempo y del espacio. Así, la palabra «experiencia» hace referencia, por un lado, a un contacto real con lo divino, pero al mismo tiempo comporta la limitación del sujeto que la recibe. Cada sujeto humano puede captar sólo un fragmento determinado de la realidad perceptible, y que además necesita después ser interpretado. Con esta opinión, uno puede sin duda amar a Jesús, convertirlo incluso en guía de su vida. Pero la «experiencia de Dios» vivida por Jesús a la que nos aficionamos de este modo se queda al final en algo relativo, que debe ser completado con los fragmentos percibidos por otros grandes. Por tanto, a fin de cuentas, el criterio sigue siendo el hombre mismo, cada individuo: cada uno decide lo que acepta de las distintas «experiencias», lo que le ayuda o lo que le resulta extraño. En esto no se da un compromiso definitivo.

 

4.5.- A la opinión de la gente se contrapone el conocimiento de los discípulos, manifestado en la confesión de fe. ¿Cómo se expresa? En cada uno de los tres sinópticos está formulado de manera distinta, y de manera aún más diversa en Juan. Según Marcos, Pedro le dice simplemente a Jesús: «Tú eres [el Cristo] el Mesías» (8,29). Según Lucas, Pedro lo llama «el Cristo [el Ungido] de Dios» (9, 20) y, según Mateo, dice: «Tú eres Cristo [el Mesías], el Hijo de Dios vivo» (16,16). Finalmente, en Juan la confesión de Pedro reza así: «Tú eres el Santo de Dios» (6, 69).

Puede surgir la tentación de elaborar una historia de la evolución de la confesión de fe cristiana a partir de estas diferentes versiones. Sin duda, la diversidad de los textos refleja también un proceso de desarrollo en el que poco a poco se clarifica plenamente lo que al principio, en los primeros intentos, como a tientas, se indicaba de un modo todavía vago.

 

4.6.- En el ámbito católico, Pierre Grelot ha ofrecido recientemente la interpretación más radical de la contraposición de estos textos: no ve una evolución, sino una contradicción. La simple confesión mesiánica de Pedro que relata Marcos refleja sin duda correctamente el momento histórico; pero se trata todavía de una confesión puramente «judía», que interpreta a Jesús como un Mesías político según las ideas de la época. Sólo la exposición de Marcos manifestaría una lógica clara, pues sólo un mesianismo político explicaría la oposición de Pedro al anuncio de la pasión, una intervención a la que Jesús -como hiciera cuando Satanás le ofreció el poder- responde con un brusco rechazo: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» (Mc 8, 33). Esta áspera reacción sólo sería coherente si con ella se hiciera referencia también a la confesión anterior y se la rechazara como falsa; no tendría lógica en cambio en la confesión madura, desde el punto de vista teológico, que aparece en la versión de Mateo.

 

4.7.- La investigación habla, en relación con el cristianismo de los orígenes, de dos tipos de fórmulas de confesión: la «sustantiva» y la «verbal»; para entenderlo mejor podríamos hablar de tipos de confesión de orientación «ontológica» y otros orientados a la historia de la salvación. Las tres formas de la confesión de Pedro que nos transmiten los sinópticos son «sustantivas»: Tú e res el Cristo; el Cristo de Dios; el Cristo, el Hijo del Dios vivo. El Señor pone siempre alado de estas afirmaciones sustantivas la confesión «verbal»: el anuncio anticipado del misterio pascual de cruz y resurrección. Ambos tipos de confesión van unidos, y cada uno queda incompleto y en el fondo incomprensible sin el otro. Sin la historia concreta de la salvación, los títulos resultan ambiguos: no sólo la palabra «Mesías», sino también la expresión «Hijo del Dios vivo». También este título se puede entender como totalmente opuesto al misterio de la cruz. Y viceversa, la mera afirmación de lo que ha ocurrido en la historia de la salvación queda sin su profunda esencia, si no queda claro que Aquel que allí ha sufrido es el Hijo del Dios vivo, es igual a Dios (cf. Flp 2, 6), pero que se despojó a sí mismo y tomó la condición de siervo rebajándose hasta la muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp 2, 7s). En este sentido, sólo la estrecha relación de la confesión de Pedro y de las enseñanzas de Jesús a los discípulos nos ofrece la totalidad y lo esencial de la fe cristiana. Por eso, también los grandes símbolos de fe de la Iglesia han unido siempre entre sí estos dos elementos, y sabemos que los cristianos –en posesión de la confesión justa- tienen que ser instruidos continuamente, a lo largo de los siglos, y también hoy, por el Señor, para que sean conscientes de que su camino a lo largo de todas las generaciones no es el camino de la gloria y el poder terrenales, sino el camino de la cruz. Sabemos y vemos que, también hoy, los cristianos –nosotros mismos-llevan aparte al Señor para decirle: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte» (Mt 16,22). Y como dudamos de que Dios lo quiera impedir, tratamos de evitarlo nosotros mismos con todas nuestras artes. Y así, el Señor tiene que decirnos siempre de nuevo también a nosotros: «¡Quítate de mi vista, Satanás!» (Mc 8, 33). En este sentido, toda la escena muestra una inquietante actualidad. Ya que, en definitiva, seguimos pensando según «la carne y la sangre » y no según la revelación que podemos recibir en la fe[5].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

El día de hoy es para nosotros sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo. No nos referimos, ciertamente, a unos mártires desconocidos. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Estos mártires, en su predicación, daban testimonio de lo que habían visto y, con un desinterés absoluto, dieron a conocer la verdad hasta morir por ella.

San Pedro, el primero de los apóstoles, que amaba ardientemente a Cristo, y que llegó a oír de él estas palabras: Ahora te digo yo: Tú eres Pedro. El había dicho antes: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. YCristo le replicó: «Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Sobre esta piedra edificaré esta misma fe que profesas. Sobre esta afirmación que tú has hecho: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, edificaré mi Iglesia. Porque tú eres Pedro». «Pedro» es una palabra que se deriva de «piedra», y no al revés. «Pedro» viene de «piedra», del mismo modo que «cristiano» viene de «Cristo». El Señor Jesús, antes de su pasión, como sabéis, eligió a sus discípulos, a los que dio el nombre de apóstoles. Entre ellos, Pedro fue el único que representó la totalidad de la Iglesia casi en todas partes. Por ello, en cuanto que él solo representaba en su persona a la totalidad de la Iglesia, pudo escuchar estas palabras: Te daré las llaves del reino de los cielos. Porque estas llaves las recibió no un hombre único, sino la Iglesia única. De ahí la excelencia de la persona de Pedro, en cuanto que él representaba la universalidad y la unidad de la Iglesia, cuando se le dijo: Yo te entrego, tratándose de algo que ha sido entregado a todos. Pues, para que sepáis que la Iglesia ha recibido las llaves del reino de los cielos, escuchad lo que el Señor dice en otro lugar a todos sus apóstoles: Recibid el Espíritu Santo. Y a continuación: A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.

En este mismo sentido, el Señor, después de su resurrección, encomendó también a Pedro sus ovejas para que las apacentara. No es que él fuera el único de los discípulos que tuviera el encargo de apacentar las ovejas del Señor; es que Cristo, por el hecho de referirse a uno solo, quiso significar con ello la unidad de la Iglesia; y, si se dirige a Pedro con preferencia a los demás, es porque Pedro es el primero entre los apóstoles. No te entristezcas, apóstol; responde una vez, responde dos, responde tres. Venza por tres veces tu profesión de amor, ya que por tres veces el temor venció tu presunción. Tres veces ha de ser desatado lo que por tres veces habías ligado. Desata por el amor lo que habías ligado por el temor.

A pesar de su debilidad, por primera, por segunda y por tercera vez encomendó el Señor sus ovejas a Pedro.

En un solo día celebramos el martirio de los dos apóstoles. Es que ambos eran en realidad una sola cosa, aunque fueran martirizados en días diversos. Primero lo fue Pedro, luego Pablo. Celebramos la fiesta del día de hoy, sagrado para nosotros por la sangre de los apóstoles. Procuremos imitar su fe, su vida, sus trabajos, sus sufrimientos, su testimonio y su doctrina[6].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Benedicto XVI, Homilía 29 de junio 2010.

[2] El Ángel del Señor: ¿qué implica esta expresión? El Ángel, el Señor que se apareció a Moisés en la zarza, (¡Así lo afirma Esteban en Hech 7,30.35!; ver Ex 3,1-2). Sin duda que Lucas mantiene aquí voluntariamente un claro oscuro, aludiendo al mismo tiempo al Señor (YHVH) al que para respetar su trascendencia, se denomina Ángel  del Señor (ver también Mt 1-2),  dejando abierta la posibilidad de que se aluda a un ángel= mensajero del Señor. Para todo este asunto ver la nota n a Hech 23,8 en Traduction OEcuménique de la Bible. Nouveau Testament. Édition intégrale,París 2005.

[3] J. M. Vernet, El Salmo 33, el magníficat del Antiguo Testamento, en Dossiers CPL Nº 22 (22 Salmos para rezar), Barcelona 1980, pp. 19 ss.

[4] Dabar 1976,40. Adaptada de: www.mercaba.org

[5] J. Ratzinger-Benedicto XVI,  Jesús de Nazaret,- Primera Parte: Desde el Bautismo hasta la Transfiguración(Traducción de C. Bas Álvarez),  Buenos Aires 2007, pp. 341-356. Abreviado y adaptado.

[6] San Agustín de Hipona, Sermón 295,1-2. 4.7-8,  PL 38, cc. 1348-1352. Agustín nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, Numidia, hijo de un consejero municipal y modesto propietario. Estudió en Tagaste, Madaura y Cartago. Enseñó gramática en Tagaste (374) y retórica en Cartago (375-383), Roma (384) y Milán (384-386). Tras leer elHortensio de Cicerón (373) inició su búsqueda espiritual que le llevaría primero a adoptar posturas racionalistas y, posteriormente, maniqueas.  Decepcionado del maniqueísmo tras su encuentro con el obispo maniqueo Fausto, cayó en el escepticismo. Llegado a Milán, la predicación de Ambrosio le impresionó, llevándole a la convicción de que la autoridad de la fe es la Biblia, a la que la Iglesia apoya y lee. La influencia neo-platónica disipó algunos de los obstáculos que encontraba para aceptar el cristianismo, pero el impulso definitivo le vino de la lectura de la carta del apóstol Pablo a los romanos en la que descubrió a Cristo no sólo como maestro sino también como salvador. Era agosto del 386. Tras su conversión renunció a la enseñanza y también a la mujer con la que había vivido durante años y que le había dado un hijo. Tras un breve retiro en Casiciaco, regresó a Milán donde fue bautizado por Ambrosio junto con su hijo Adeodato y su amigo Alipio. Tras una breve estancia en Roma — durante su permanencia en el puerto de Ostia murió su madre, Mónica — se retiró a Tagaste donde inició un proyecto de vida monástica. En el 391 fue ordenado — no muy a su placer — sacerdote en Hipona y fundó un monasterio. En el 395 fue consagrado obispo, siendo desde el 397 titular de la sede. Aparte de la ingente tarea pastoral — que iba desde la administración económica al enfrentamiento con las autoridades políticas, pasando por las predicaciones dos veces a la semana, pero en muchos casos dos veces al día y varios días seguidos — desarrolló una fecundísima actividad teológica que le llevó a enfrentarse con maniqueos, donatistas, pelagianos, arríanos y paganos. Fue el principal protagonista de la solución del cisma donatista, aunque resulta discutible la legitimación que hizo del uso de la fuerza para combatir la herejía, así como de la controversia pelagiana. Murió en el año 430 durante el asedio de Hipona por los vándalos.

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