Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN

DEL SEÑOR,

Ciclo “C”

(Jornada Mundial de los Medios de Comunicación Social)

14-15 de mayo 2013

 

 

 

Cristo resucitado, ascendiendo hacia el Padre

[Parte superior del Cristo de San Damián]

 

Introducción

 

0.1.- “En sus discursos de despedida a los discípulos, Jesús insistió mucho en la importancia de su regresoal Padre, coronamiento de toda su misión. En efecto, vino al mundo para llevar al hombre a Dios, no en un plano ideal —como un filósofo o un maestro de sabiduría—, sino realmente, como pastor que quiere llevar a las ovejas al redil. Este “éxodo” hacia la patria celestial, que Jesús vivió personalmente, lo afrontó totalmente por nosotros. Por nosotros descendió del cielo y por nosotros ascendió a él, después de haberse hecho semejante en todo a los hombres, humillado hasta la muerte de cruz, y después de haber tocado el abismo de la máxima lejanía de Dios.

Precisamente por eso, el Padre se complació en él y lo “exaltó” (Fil 2, 9), restituyéndole la plenitud de su gloria, pero ahora con nuestra humanidad. Dios en el hombre, el hombre en Dios: ya no se trata de una verdad teórica, sino real. Por eso la esperanza cristiana, fundamentada en Cristo, no es un espejismo, sino que, como dice la carta a los Hebreos, en ella tenemos como una ancla de nuestra alma (Hb 6, 19), una ancla que penetra en el cielo, donde Cristo nos ha precedido.

¿Y qué es lo que más necesita el hombre de todos los tiempos, sino esto: una sólida ancla para su vida? He aquí nuevamente el sentido estupendo de la presencia de María en medio de nosotros. Dirigiendo la mirada a ella, como los primeros discípulos, se nos remite inmediatamente a la realidad de Jesús: la Madre remite al Hijo, que ya no está físicamente entre nosotros, sino que nos espera en la casa del Padre. Jesús nos invita a no quedarnos mirando hacia lo alto, sino a estar juntos, unidos en la oración, para invocar el don del Espíritu Santo. En efecto, sólo a quien nace de lo alto, es decir, del Espíritu Santo, se le abre la entrada en el reino de los cielos (leer Jn 3, 3-5)”[1].

 

0.2.- “En (…) el camino de ascenso espiritual, [nos dice san Gregorio de Nisa], Cristo es el modelo y el maestro, que nos permite ver la bella imagen de Dios (cf. De perfectione christiana: PG 46, 272 a). Cada uno de nosotros, contemplándolo a él, se convierte en “el pintor de su propia vida”; su voluntad es la que realiza el trabajo, y las virtudes son como las pinturas de las que se sirve (ib.: PG 46, 272 b). Por tanto, si el hombre es considerado digno del nombre de Cristo, ¿cómo debe comportarse? San Gregorio responde así: “(debe) examinar siempre interiormente sus pensamientos, sus palabras y sus acciones, para ver si están dirigidos a Cristo o si se alejan de él” (ib.: PG 46, 284 c). Y este punto es importante por el valor que da a la palabra cristiano. El cristiano lleva el nombre de Cristo y, por eso, debe asemejarse a él también en la vida. Los cristianos, por el bautismo, asumimos una gran responsabilidad.

Ahora bien, Cristo, recuerda san Gregorio, está presente también en los pobres; por consiguiente, nunca se les debe despreciar: “No desprecies a quienes están postrados, como si por eso no valieran nada. Considera quiénes son y descubrirás cuál es su dignidad: representan a la persona del Salvador. Y así es, pues el Señor, en su bondad, les prestó su misma persona para que, a través de ella, tengan compasión los que son duros de corazón y enemigos de los pobres” (De pauperibus amandis: PG 46, 460 bc).

San Gregorio, como decíamos, habla de una ascensión: ascensión a Dios en la oración a través de la pureza de corazón; pero esa ascensión a Dios se realiza también mediante el amor al prójimo. El amor es la escalera que lleva a Dios. Por eso el santo obispo exhorta vivamente a sus oyentes: “Sé generoso con estos hermanos, víctimas de la desventura. Da al hambriento lo que le quitas a tu estómago” (ib.: PG 46, 457 c)”[2].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 1,1-11

 

1.1.- La primera lectura es el comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que nos presenta la Ascensión de Jesús como el “motor”, -¡la energía!-, que origina todo el dinamismo de la Iglesia naciente.

Lucas nos habla de cuarenta días en los que el Resucitado se deja ‘encontrar’ y durante los cuales instruye a los suyos. El simbolismo del número cuarenta es recurrente en la Sagrada Escritura.  Cuarenta son los días que emplea una madre que ha dado a luz hasta que finalizados estos la vida es ‘festejada’ y como que vuelve a ponerse en marcha. Cuarenta  años son los que gobernó David sobre Judá e Israel (1 Re 2,11), Cuarenta años peregrinó Israel por el desierto, hasta finalmente poder entrar en la Tierra Prometida (Num 14,33), etc., etc. Su significación remite siempre a un período acotado y especial, único, bien determinado y dado por concluido y, a su vez, lo suficientemente amplio como para permitir ser introducidos en los misterios de la vida que nace, de la tierra que se avizora… Pensemos en Moisés allá, en lo alto del Sinaí (Ex 24,18; 34,28), durante cuarenta días con sus noches, que es introducido en el misterio de Dios (Ex 33,9-11) y, sobre todo, en Jesús en el desierto[3], dando inicio al advenimiento del Reino (tengamos en cuenta que el comienzo de los Hechos y el del Evangelio presentan entre ellos toda una serie de paralelismos bellamente destacados por san Lucas).

 

1.2.- No cabe la menor duda de que Lucas nos invita a leer sus dos “libros”  como un todo (¡en griego dice ‘discursos’ y no ‘libros’, como en nuestras traducciones, pero el hecho es el mismo!): en mi primer Libro, querido Teófilo, me referí a todo lo que hizo y enseñó Jesús, desde el comienzo, hasta el día en que subió al cielo. En este lapso de una ‘cuarentena’ del todo especial los Apóstoles son iniciados en los misterios del Reino de Dios tal y como lo anunció Jesús, una vez vencida la tentación de los falsos reinos insinuados por Satanás, ¡prueba que precisamente duró cuarenta días! Jesús les pide que aguarden la efusión del Espíritu Santo. También éste es un armónico eco de los comienzos de la concepción virginal de Jesús (El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra y lo que nacerá…) y de su vida ‘pública’ (todo el pueblo se hacía bautizar– por Juan-, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma): porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo. Todos estos hechos y signos hacen que los Apóstoles tengan la percepción de que el final de los tiempos ya ha llegado, y es desde ahí  que les brota la pregunta:Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?  No les toca a ellos conocer con antelación las articulaciones del plan de Dios sobre la historia (el tiempo y el momento, v. 7). Lo que se les pide es que no se dispersen, aguardando al Espíritu que les infundirá las capacidades para ser testigos del Resucitado. Lucas, al igual que Juan (leer Jn 16,7), supedita la presencia del Espíritu a la partida de Jesús. El vínculo entre ambos lo constituye la espera confiada para que nazca la Iglesia (Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos. 1,14). Se trata de un hecho permanente en la experiencia de la comunidad de los discípulos: de la ausencia a la espera, de la efusión a la misión (y María partió sin demora…), este es el itinerario a recorrer, el de siempre, el que debe ser renovado y  reeditado incesantemente.

 

1.3.- Los Apóstoles ven al Resucitado mientras es elevado. Pueden por tanto dar testimonio fehaciente de que no ha desaparecido sin más, sino que fue introducido a la gloria del Padre (Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a todos tus enemigos debajo de tus pies. Sal 110; Hch 2,34-35). Sin embargo no deben quedarse mirando el cielo, ya que por más que lo escruten, nada podrán adivinar, pero eso sí: con la certeza plena de su retorno: este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir.

Hombres de Galilea: El de ‘Galilea’ no es un apelativo casual. Se trata de remitir a los discípulos al punto de partida de toda su experiencia, ya que de allí había partido Jesús hacia Jerusalén, y ellos, con él (esa es la estructura en el Evangelio de Lucas). En lugar de quedarse como paralizados mirando al cielo, es importante “hacer memoria(l)” de todo lo que hizo y enseñó Jesús, desde el comienzo. v. 1). A la espera y a la invocación del Espíritu se debe unir la memoria y la guarda/custodia de la Palabra (en realidad de los ‘hechos’ y  ‘palabras’: Y María guardaba-memoriosamente todas estas palabras-acontecimientos en su corazón, Lc 2,19. 51). Tenemos delineado ahí el “programa” para la Iglesia de todos los tiempos, y, por supuesto, el nuestro, hoy y aquí, para que así, inmersos y empapados en y por el Espíritu, podamos continuar con fidelidad lo comenzado por Jesús en Galilea, mientras aguardamos su retorno, siendo sus testigos (¡testigo en griego: mártir!) desde,…, Jerusalén…, hasta los confines del orbe: Ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.

 

 

Salmo responsorial: Salmo 46,2-3. 6-7. 8.9

 

2.1.- El Señor, el Altísimo, es rey grande sobre toda la tierra. Esta aclamación inicial se repite, con diversos matices, a lo largo del salmo. Se trata de un himno a Dios, Señor del universo y de la historia: Dios es el rey del mundo (…). Dios reina sobre las naciones (vv. 8-9). Este himno al Señor, rey del mundo y de la humanidad, al igual que otras composiciones semejantes que recoge el Salterio (ver Sal 92; 95-98), supone un clima de celebración litúrgica. Por eso, nos encontramos en el corazón espiritual de la alabanza de Israel, que se eleva al cielo desde el templo, el lugar en donde el Dios infinito y eterno se revela y se encuentra con su pueblo.
2.2.- Seguiremos este canto de alabanza gozosa en sus momentos fundamentales (…). En la primera parte se dice: Pueblos todos aplaudan, aclamen a Dios con gritos de júbilo (v. 2). El centro de este aplauso jubiloso es la figura grandiosa del Señor, al que se atribuyen tres títulos gloriosos: altísimo, grande y terrible(v. 3), que exaltan la trascendencia divina, el primado absoluto en el ser y la omnipotencia. También Cristoresucitado exclamará: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt 28,18).
2.3.- Dentro del señorío universal de Dios sobre todos los pueblos de la tierra (v. 4), el orante destaca su presencia particular en Israel, el pueblo de la elección divina, el predilecto, la herencia más valiosa y apreciada por el Señor (v. 5). Por consiguiente, Israel se siente objeto de un amor particular de Dios, que se ha manifestado con la victoria obtenida sobre las naciones hostiles. Durante la batalla, la presencia del Arca de la alianza entre las tropas de Israel les garantizaba la ayuda de Dios; después de la victoria, el Arca subía al monte Sión (ver Sal 67,19) y todos proclamaban:  Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas (Sal 46,6).

 

2.4.- El segundo momento del salmo (vv. 7-10) está abierto a otra ola de alabanza y de canto jubiloso: Toquen para Dios, toquen; toquen para nuestro rey, tocad; (…) toquen con maestría (vv. 7-8). También aquí se alaba al Señor sentado en el trono en la plenitud de su realeza (v. 9). Este trono se definesagrado, porque es inaccesible para el hombre limitado y pecador. Pero también es trono celestial el Arca de la alianza presente en la zona más sagrada del templo de Sión. De ese modo el Dios lejano y trascendente, santo e infinito, se hace cercano a sus criaturas, adaptándose al espacio y al tiempo (cf. 1 R8,27. 30).

 

2.5.- El salmo concluye con una nota sorprendente por su apertura universalista: Los príncipes de los pueblos se reúnen con el pueblo del Dios de Abraham (v. 10). Se remonta a Abraham, el patriarca que no sólo está en el origen de Israel, sino también de otras naciones. Al pueblo elegido que desciende de él se le ha encomendado la misión de hacer que todas las naciones y todas las culturas converjan en el Señor, porque él es Dios de la humanidad entera. Proviniendo de oriente y occidente se reunirán entonces en Sión para encontrarse con este rey de paz y amor, de unidad y fraternidad (leer Mt 8,11). Como esperaba el profeta Isaías, los pueblos hostiles entre sí serán invitados a arrojar a tierra las armas y a convivir bajo el único señorío divino, bajo un gobierno regido por la justicia y la paz (Is 2, 2-5). Los ojos de todos contemplarán la nueva Jerusalén, a la que el Señor asciende para revelarse en la gloria de su divinidad. Seráuna muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas (…). Todos gritaban a gran voz: “La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero” (Ap 7,9-10).
2.6.- La carta a los Efesios ve la realización de esta profecía en el misterio de Cristo redentor como lo afirma, dirigiéndose a los cristianos que no provenían del judaísmo (leer Ef  2,11-14). Así pues, en Cristo la realeza de Dios, cantada por nuestro salmo, se ha realizado en la tierra con respecto a todos los pueblos.Una homilía anónima del siglo 8º comenta así este misterio: “Hasta la venida del Mesías, esperanza de las naciones, los pueblos gentiles no adoraron a Dios y no conocieron quién era. Y hasta que el Mesías los rescató, Dios no reinó en las naciones por medio de su obediencia y de su culto. En cambio, ahora Dios, con su Palabra y su Espíritu, reina sobre ellas, porque las ha salvado del engaño y se ha ganado su amistad” (Palestino anónimo, Homilía árabe cristiana del siglo VIII, Roma 1994, p. 100)[4].

 

2ª Lectura: Efesios 1,17-23.  (o bien: Hebreos 9,24-28; 10,19-23)

 

3.1.- (vv. 17-19): El estilo, solemne, se inspira en las fórmulas litúrgicas. El primer deseo se refiere a unespíritu de sabiduría y de revelación. No se trata de una sabiduría práctica como en los Proverbios, sino de la sabiduría enseñada a los perfectos (1 Cor 2,6), que permite entrar en la inteligencia del plan divino de la salvación.

La fórmula los ojos del corazón (en el Leccionario: ilumine sus corazones) se explica por la concepción bíblica del corazón como órgano de la inteligencia. En su visión inaugural, Isaías vio cómo los ojos de sus oyentes se oscurecían y sus corazones se cargaban de peso (Is 6,10; cf. 42,19). Se esperaba por tanto el tiempo en que se abriesen los ojos de los ciegos (así en Is 42,7; Lc 24,31). El acto inicial de la fe, lo mismo que el progreso en el conocimiento, dependen de la gracia divina que se pide en la oración.

 

3.2.- A la fe y a la agapé que se mencionan en el v. 15 corresponde la esperanza del v. 18: así nos encontramos con las tres virtudes teologales (cf. Col 1,4-5). El ritmo de la oración se va ensanchando progresivamente para evocar la riqueza de la herencia que Dios nos ha prometido y la ayuda poderosa que el Padre de la gloria quiere concedernos. La acumulación de los términos “poder, energía, vigor, fuerza (v. 19; Leccionario: grandeza, poder, eficacia, fuerza) es muy típica en una carta que concede tanto espacio a la relación entre Cristo y las Potencias. Tan sólo cuenta el poder de Dios que nos alcanza en Cristo.

 

3.3.- (vv. 20-23): Evocando la resurrección de Cristo y su asentamiento a la derecha de Dios, el v. 20 es una confesión de fe pascual, de tipo tradicional, a la que el autor añade su propio comentario (w. 21-23). La resurrección de Cristo es la obra propia del Padre, la manifestación suprema de su poder (así Rom 4,24; 1 Cor 6,14; 2 Cor 13,4). Es también el Padre el que ha sentado a Cristo a su derecha, según las palabras del Sal 110, tantas veces citado en el Nuevo Testamento. Esta entronización a la derecha del Padre significa que Cristo comparte plenamente en el cielo su poder: es el Señor (cf. Hch 2,34-36). La particularidad de Ef respecto a los textos tradicionales está en que enumera las Potencias celestiales sobre las que Cristo ejerce su autoridad. Ya el himno de Flp 2,10 evoca el homenaje rendido al Crucificado por todos los seres que hay en los cielos, en la tierra y bajo la tierra, pero sin darles nombre. Tras la polémica emprendida por Col 1,6 y 2,15 contra la veneración de las Potencias intermedias, nuestro autor enumera aquí cuatro grupos. No se dice nada sobre su naturaleza, buena o mala, a diferencia de 6,12. La enumeración no es, por otra parte, exhaustiva. Ya de un modo un tanto displicente el autor añade: y de cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro Esta última distinción recoge una distinción familiar al judaísmo: este mundo y el mundo futuro. Se trata de una expresión de totalidad para indicar que no hay más Señor que esperar que Cristo.

 

3.4.- El v. 22 da un paso más asociando, como en 1 Cor 15,25-28; Heb 2,6-8, Sal 8 y 110.

Las palabras bajo sus pies constituyen el gancho que legitima esta relación, como indica la comparación:

 

Sal 8,7: Tú pusiste todo bajo sus pies Sal 110: Siéntate mi derecha, hasta que haya puesto a todos tus enemigos bajo tuspies.

 

El v. 22 amplía más aún las perspectivas del v. 21, ya que no se trata solamente de las Potencias, sino de todo el universo, como en la meditación del Sal 8 sobre el dominio del hijo de Adán sobre el mundo. Cristo es cabeza del universo en el sentido de “jefe” (Col 2,10), Y lo es en favor de la Iglesia. (…)

 

3.5.- El v. 23 -cima de la meditación esbozada tras la oración de intercesión- plantea serios problemas a los intérpretes. Entre muchas posibilidades, hay que decidirse por una explicación, sin pretender que sea la única válida. El comienzo del texto por lo menos es claro: la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Se encuentra aquí la prolongación de la doctrina específicamente paulina, desarrollada en 1 Cor 12 y Rom 12,4s.

La continuación del versículo encierra una palabra relativamente rara: pleroma  completado por el participio en genitivo de un verbo de la misma raíz: pleroun, empleado de una forma que se puede considerar, bien como un pasivo (estar lleno), bien como en forma media (llenarse). Así se multiplican las posibilidades de interpretación. ¿Habrá que decir que la Iglesia es el complemento de Cristo, a la manera que la esposa es el complemento de su marido (cf. Ef 5,21-32) o, por el contrario, adoptando un sentido pasivo, que la Iglesia es el lugar lleno de la gracia de Cristo?

Según Col 2,9, es en Cristo donde habita la plenitud de la divinidad; por eso es de él, y sólo de él, de quien se puede obtener los dones divinos. Además de este paralelo, el movimiento del texto debe guiarnos en la interpretación. A diferencia de los capítulos 4 y 5, que insisten ante todo en el misterio de la Iglesia, nuestro versículo 23 constituye la coronación de un pasaje que celebra el misterio pascual y manifiesta la supremacía de Cristo sobre todo el universo. En esta perspectiva global, la mirada se dirige finalmente hacia la Iglesia, unida a Cristo como el cuerpo a la cabeza. Ella es, por tanto, la que se beneficia de forma privilegiada de los dones de Cristo, colmado a su vez por Dios. Así es como el poder divino, que se desplegó cuando la resurrección-entronización de Cristo, alcanza ahora a la Iglesia, llamada a desarrollarse hasta recibir toda la plenitud de Dios (3,19). En esto la Iglesia no está separada del mundo, ya que es el lugar central en donde se ejerce el señorío universal de Cristo. De aquí se deduce la responsabilidad de los cristianos respecto al mundo. En nuestra época de descubrimiento de la ecología, este texto adquiere un relieve particular[5]

 

 

Evangelio: san Lucas 24,46-53

 

4.1.- San Lucas nos relata dos veces la Ascensión de Jesús: la primera como culminación de su Evangelio, la segunda apenas comenzados los Hechos de los Apóstoles. Este hecho nos permite descubrir que la Ascensión es un misterio que posee  una doble faz: por una parte es el punto de llegada, la “culminación” de las vivencias personales del Señor,- ¡hablando humanamente! -; y, por otra, el punto de partida de las vivencias de la Iglesia en el espesor y la espesura de la historia. Consideraremos aquí, como corresponde a un sencillo comentario al evangelio, el primer aspecto.

 

4.2.- Tomemos nota de que Lucas habla que Jesús “fue subido/ascendido: Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. De hecho en el lenguaje eclesiástico habitual se usa esta palabra (‘asunción’ = fue llevada) para María, mientras que para Jesús empleamos la expresión ‘ascendió’, estableciendo así una neta diferencia entre ambas. En nuestra correcta, pero algo precipitada, consideración de la divinidad de Jesús descuidamos el “espesor humano” de su experiencia; esto la hace distante y difumina la percepción del Mesías Jesús como hermano, acentuando la de Kyrios/Señor.

Evaluamos, entonces, el misterio de la Ascensión como algo que no nos es cercano: asciende a una dimensión lejanísima; mientras que en realidad Jesús que es llevado al cielo nos habla de algo que también nosotros podemos llegar a experimentar, algo a lo que también nosotros estamos llamados. Al decir ‘llevado’ Lucas subraya el punto de vista de Jesús hombre (de su experiencia humana, en todo igual a la nuestra, menos en el pecado). Dios lo lleva consigo, lo lleva al cielo. El Padre lo exalta, lo glorifica, lo coloca a su derecha (¡recordemos que el salmo 109[110: Dijo el Señor a mi Señor, siéntate a mi derecha…] es uno de los más citados por el Nuevo Testamento!), concediéndole sus mismos poderes, su “gloria” en el lenguaje de san Juan. Esta es la respuesta del Padre al amor y a la “confiada confianza” de Jesús (que en la Cruz, así lo señala Lucas, exclamó: ¡Padre, en tus manos pongo mi espíritu!, cita del salmo 31[32],6 y no: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, del salmo 21[22] como subrayan desde otra perspectiva, Mateo y Marcos[6]).  Jesús que insistentemente puntualizó en el Evangelio que el que sehumilla será ensalzado, lo experimenta de la manera más sublime: Al que se anonadó hasta muerte y muerte de Cruz el Padre lo exalta, sentándolo a su derecha…

 

4.3.- Al contemplar desde la fe a Jesús llevado al cielo, la fe nos permite descubrir que quien pone su confianza en el Padre, sabe muy bien qué la ha puesto en buenas manos,- ¡mejores no encontrarás! – Vemos que quien acepta experimentar la frágil-fuerte debilidad del amor experimenta su inigualable fortaleza. El que se abaja/anonada, haciéndose el servidor de todos, llega a ser el “más grande”, el mayor de todos. El que por amor se hace el último de todos, se convierte en el Primogénito entre muchos hermanos. Quién se da totalmente, lo recibe todo.

Harto bien sabemos que esto nos toca muy de cerca, pues en cada decisión que tomemos se juega la elección entre servir o ser-servido, usufructuar de la vida de los demás o dar la vida a favor de; en una palabra: debemos experimentar que cada día es Pascua, “paso” de perder la vida por Jesús y por el Evangelio o pretensión de conservar la vida para sí mismo y sus propios intereses…

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Aquél que bajó del Cielo, del modo que sólo él conoce,

y que de nuevo allí sube, del modo que sólo él sabe,

invitados, los por él amados, a subir a un monte elevado

allí condujo a cuantos había reunido, con el fin de que elevando  alma y sentidos,

quedaran olvidadas las cosas de aquí abajo.

Conducidos al Monte de los Olivos, reunidos alrededor de su Benefactor,

– así nos lo refiere Lucas, el inspirado -,

extendió el Señor los brazos como si fueran alas, al igual que el águila extiende sus alas sobre sus polluelos para protegerlos en el nido.

Y dijo a sus aguiluchos:

‘quedan protegidos contra todo mal, tal como los amé, ámenme también ustedes.

Ya no me separaré de ustedes, estaré siempre con ustedes, nadie prevalecerá sobre ustedes.

Desde lo alto, hermanos míos, como Dios, autor de toda la creación,

impondré mis manos sobre ustedes, esas manos que los impíos abrieron, ataron y clavaron.

Ustedes, entonces, reclinando la cabeza contra estas manos,

entiendan y comprendan, amigos, lo que estoy a punto de hacer:

igual que en el bautismo, impondré ahora sobre ustedes mis manos

y, así,  bendecidos e iluminados, los enviaré repletos de sabiduría.

Coronadas sus cabezas de honor y gloria;

y en sus almas la iluminación, tal como está escrito.

Porque yo infundiré en ustedes el Espíritu y una vez que lo hayan aceptado como huésped,

 serán  mis discípulos y elegidos, mis fieles y familiares.

Ya no me separaré de ustedes.

Miren que  estoy con ustedes, nadie podrá prevalecer contra ustedes’[7].

pmaxalexander@gmail.com


[1] Benedicto XVI, Regina Coeli 4 de mayo de 2008. Acortado y adaptado.

[2] Benedicto XVI, Catequesis dedicada a San Gregorio de Nisa  (2ª), 05-09-2007. Extractada y algo modificada.

[3] Cf. B. Doppelfeld, Symbole IV – Mensch und Zahl-, Münsterschwarzach 1994, pp. 55-56. Recordemos que aun en el lenguaje médico lo que se pueda o no estar incubando es verificado al cabo de una ’cuarentena‘.

[4] Juan Pablo II, Audiencia del 5 de setiembre de 2001. Adaptada y algo abreviada.

[5] Adaptado de: E. Cothenet, Las cartas a los colosenses y a los efesios (CB 82), Estella –Navarra 1994, pp. 43-45

[6] A su vez san Juan en su Evangelio (19,36) nos abre al misterio de ´la muerte de Jesús con unas palabras tomadas de otro salmo (33[34],19): Él [¡el Padre!] cuida de todos sus huesos, ni uno solo se quebrará. , mostrando que el amor es más fuerte que la muerte.

[7] Romano el Cantor, Himno para la Ascensión. Romano nació en torno al año 490 en Emesa (hoy Homs), en Siria, poeta y compositor, pertenece al gran grupo de teólogos que transformó la teología en poesía. Pensamos en su compatriota, san Efrén de Siria, que vivió doscientos años antes que él. (…) La fe es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por ello crea belleza.  Romano aprendió los primeros elementos de la cultura griega y siríaca en su ciudad natal, se trasladó a Berito (Beirut), perfeccionando allí su formación clásica y sus conocimientos retóricos. Ordenado diácono permanente (en torno al año 515), fue predicador en esa ciudad durante tres años. Después se fue a Constantinopla, hacia fines del reino de Anastasio I (alrededor del año 518), y allí se estableció en el monasterio anexo a la iglesia de la Theotókos, Madre de Dios. (…) [Nuestro poeta] se convirtió en predicador-cantor hasta su muerte (acontecida después del año 555).  Los cantos de Romano están impregnados de humanidad palpitante, de ardor de fe y de profunda humildad. Este gran poeta y compositor nos recuerda todo el tesoro de la cultura cristiana, nacida de la fe, nacida del corazón que se ha encontrado con Cristo, con el Hijo de Dios [Extractado de la catequesis de Benedicto XVI, 21-05-2008].

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