Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lectura del Domingo.

VIGÉSIMO SEXTO DOMINGO DURANTE EL AÑO,

Ciclo “B”

26-27 de setiembre 2015

 

Moisés recibe las tablas de la Ley

[M Chagall, † 1985]

Introducción

0.1.- Dada la gravedad del antitestimonio de la división entre cristianos, particularmente en Asia y en África, la búsqueda de caminos de unidad se vuelve urgente. Los misioneros en esos con­tinentes mencionan reiteradamente las críticas, quejas y burlas que reciben debido al escándalo de los cristianos divididos. Si nos concentramos en las convicciones que nos unen y recordamos el principio de la jerarquía de verdades, podre­mos caminar decididamente hacia expresiones comunes de anuncio, de servicio y de testimo­nio. La inmensa multitud que no ha acogido el anuncio de Jesucristo no puede dejarnos indife­rentes. Se vuelve urgente. Los misioneros en esos con­tinentes mencionan reiteradamente las críticas, quejas y burlas que reciben debido al escándalo de los cristianos divididos. Si nos concentramos en las convicciones que nos unen y recordamos el principio de la jerarquía de verdades, podre­mos caminar decididamente hacia expresiones comunes de anuncio, de servicio y de testimo­nio. La inmensa multitud que no ha acogido el anuncio de Jesucristo no puede dejarnos indife­rentes[1].

 

0.2.- En el lenguaje de la Escritura “escándalo” indica una trampa, un obstáculo, todo lo que hace tropezar, es decir, aquello que pone a prueba la fe. Notemos, sin embargo, que de acuerdo a su origen y según las disposiciones y capacidades de aquel que es escandalizado, el significado del escándalo difiere completamente. Para un creyente el escándalo de la Cruz es adorable. Este escándalo no es un antitestimonio. Es, por el contrario, la fuente del más grande de los testimonios. (…)

La profundidad y la sublimidad del mensaje de Jesús escandalizan, en el sentido de que son ocasión de caída para quien no cree o prueba superada para aquel que cree. El tema del escándalo, en el Nuevo Testamento, está relacionado con la fe, come libre aceptación del misterio de Cristo. Ante el Evangelio no se puede permanecer indiferente o tibio: el Señor nos interpela personalmente pidiéndonos que optemos por Él (cf. Mt 10,32-33).

A los enviados de Juan que estaba encarcelado, desconcertado por aquello que escucha acerca del desarrollo del ministerio de Jesús, éste le responde evocando los signos mesiánicos realizados y agrega: dichoso aquel que no se escandaliza por causa mía (cf. Mt 11,6).

 

0.3.- La aceptación del misterio de la salvación con fe, supone de parte nuestra, la pureza de corazón, y, consecuentemente comprometernos en un itinerario de conversión. Recordemos aquella hermosa escena evangélica: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. (cf. Lc 10,21-22).

 

0.4.- Existen escándalos que provienen de nosotros y de los cuales somos responsables en mayor o menor medida, siendo tarea y deber nuestro eliminarlos de nuestro camino. Las palabras de Jesús son categóricas: S i tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. Y si tu mano derecha es para ti una ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti; es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena (Mt 5,29-30, cf. 18,8-9). Es necesario permanecer alertas, sabiendo que contamos con la ayuda de Dios, al que todos los días rogamos: no nos dejes caer en la tentación[2].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Números 11,16-17a. 24-29

 

1.1.- Los desalientos de Moisés (Nm 11, 4-34)

Se impone el plural como título para esta sección, ya que nos encontramos ante dos relatos entremezclados. Refieren dos temas diferentes: lo de las codornices y aquello de los ancianos, que sin embargo tienen en común una crisis de desaliento en Moisés. El segundo relato, del que está tomada nuestra primera lectura, es más amplio (comprende Nm 11,11-12. 14-17. 24b-30).

 

1.1.2.- Si se necesita un acontecimiento concreto para poner en marcha el relato, el del pedido de comer carne lo es. Pero, en realidad, el verdadero comienzo está en el v. 11: Moisés dice al Señor: ¿Por qué tratas mal a tu servidor? ¿Por qué me has retirado tu confianza y pones sobre mí la carga de todo este pueblo? ¿Acaso lo he concebido yo o lo he dado a luz para que me digas: Llévala sobre tu regazo como lleva la nodriza a su criatura, y condúcelo a la tierra que prometí a sus padres?… Yo solo no puedo soportar a este pueblo; es demasiada carga para mí. Si me vas a tratar así, prefiero morir (v. 11-12. 14-15).

 

1.2.- Al igual que en el relato de las codornices, el Señor propone un programa en el que Moisés tendrá parte activa: El Señor dijo a Moisés: Reúneme a setenta ancianos de Israel, de los que conste realmente que son ancianos del pueblo y maestros de la ley, llévalos a la entrada de la carpa del encuentro y que esperen allí contigo. Yo bajaré y hablaré allí contigo; tomaré parte del espíritu que hay en ti y se lo pasaré a ellos, para que te ayuden a llevar el peso de este pueblo y no lo lleves tú solo (v. 16-17). Así, pues, el Señor no acepta la renuncia o dimisión de Moisés, como tampoco se la aceptó cuando lo llamó (Ex 4,1-15). Mantiene en pie su designio, pero dándole a Moisés un medio suplementario para realizarlo. Los asistentes de Moisés están tomados de entre los “ancianos” del pueblo, o sea, de entre los jefes de las grandes familias y clanes que ya, de un modo u otro, participaban en el gobierno del pueblo. Pero los setenta tendrán a partir de ese momento una responsabilidad mayor y para poder ejercerla recibirán “algo” del espíritu que otorga a Moisés su capacidad de dirigir al pueblo.

 

1.2.1.- La creación de este “consejo” es narrada tres veces en el Pentateuco (Ex 18,13-26; Nm 11,16-30; Dt 1,9-17), sólo que en Ex 18 es el suegro de Moisés quien sugiere su creación, mientras que en Dt 1 es Moisés quien realiza la propuesta, haciéndola, luego, aprobar por el pueblo. En nuestro texto es el Señor mismo quien lo organiza. Eso sí: en Números se añade un elemento algo inesperado: el del don de profecía: Convocó Moisés a los setenta ancianos y los reunió en torno a la carpa. El Señor bajó en la nube y habló a Moisés, tomó parte del espíritu que había en él y lo pasó a los setenta ancianos. Cuando el espíritu de Moisés se posó sobre ellos, comenzaron a profetizar (v. 24-25). Profetizar significa aquí pronunciar palabras misteriosas en estado de éxtasis o de trance; este género de profecía se encuentra bien atestiguado en Israel, al menos hasta Eliseo, y es posible considerar nuestro texto como una especie de alegato en su favor. Lo decimos, pensando en que debía competir con un tipo de profecía menos inquietante, como la del “vidente” Samuel, o la de los profetas de corte (Natan, Gad), y, sobre todo, con la de los grandes profetas, siendo este último género de profecía el que terminaría por imponerse. Aunque el “espíritu” que suscita la profecía entre los setenta ancianos sea “parte” del de Moisés, no se le atribuye a éste tal tipo de profecía; su inspiración personal surge de una prolongada intimidad con el Señor (Cuando aparece entre ustedes un profeta, yo me revelo a él en una visión, le hablo en un sueño. No sucede así con mi servidor Moisés: él es el hombre de confianza en toda mi casa. Yo hablo con él cara a cara, claramente, no con enigmas, y el contempla la figura del Señor Nm 12,6-8).

 

1.3.- La conclusión del relato se prolonga con la finalidad de incluir una ampliación de las perspectivas· Dos de los ancianos se hablan quedado en el campamento… Y no habían acudido a la carpa. Pero el espíritu vino también sobre ellos, y se pusieron a profetizar en el campamento. Josué, ayudante de Moisés, intervino diciendo, Señor mío, Moisés, prohíbeselo. Moisés replicó: ¿Tienes celos por mí? ¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu! (v. 26-29). En este contexto, el carisma que Moisés desea para todo el pueblo no es tanto un medio de revelación de los secretos divinos cuanto una sabiduría que enseña a conducir/juzgar según la voluntad del Señor puesta al servicio de toda la comunidad. La culminación de este anhelo hay que buscarlo más bien, en la profecía de Jeremías (Para instruirse no necesitarán animarse unos a otros diciendo ¡Conozcan al Señor!, porque me conocerán todos, desde el más pequeño hasta el más grande, oráculo del Señor, Jr 31,34), que en la de Joel C. 3[3].

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 18[19],8-10. 12-14

 

2.1.- Este anuncio (Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje 18,4-5) que se transmite hasta los extremos del mundo no es otro, para Pablo, que  la predicación del Evangelio. Esto es lo que escribe en la Carta a los Romanos: El mensaje  es el anuncio del Mesías. Pero pregunto yo: ¿Será que no han oído hablar? Todo lo  contrario, “a toda la tierra alcanzó su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje” (Rm  10,18). Si en la morada de Dios existe una cámara celestial para almacenar todas las  sonrisas de superioridad que semejante uso de los salmos ha inspirado a los comentaristas  desde hace aproximadamente un siglo, tiene que ser muy grande. Muchos estiman que  Pablo apenas respeta el sentido del salmo. Muchos han dado la impresión de creer que el  apóstol quizá citaba la Escritura con una vana finalidad erudita ornamental. Pero lo cierto es  que Pablo quizá llegó a pensar que había logrado penetrar el secreto del texto que citaba.

En el contexto de la Carta a los Romanos, la predicación del Evangelio aparece a la luz de  la Ley, tal como la entiende el Deuteronomio, apoyado en la tradición de la Sabiduría. La ley  posee las dimensiones del cielo y de la tierra, a la vez que los desborda, igual que la  Sabiduría[4], porque es mayor que el cielo y la tierra. Ley y Sabiduría hablan de los orígenes, tradición que el día transmite al día y la noche a la noche. Pero el mundo no es su  verdadera sede. ¿Dónde está la Ley, dónde la Sabiduría, pregunta el Deuteronomio y,  después de él, Pablo? La respuesta llega con toda su fuerza: es palabra en tu boca y en tu  corazón. Eres tú, hombre, el que pronuncia la Ley. En efecto, no sólo reserva el  Deuteronomio un espacio inmenso a la mediación de Moisés, definiendo la Ley como lo que  dijo Moisés (bajo el dictado de Dios), sino que además, todo hombre en Israel debe escribir  y pronunciar la Ley a partir del momento en que salió de la boca de Moisés. Y a pesar de  ello, esta Ley no pierde su característica de ser tan grande y tan antigua como el mundo.

 

2.2.- Según la Carta a los Romanos, la predicación del Evangelio se lleva a cabo exactamente  conforme al modelo, ocupa exactamente el ámbito de la Ley. La palabra del Evangelio  realiza un acto cuya amplitud corresponde exactamente a la amplitud del acto realizado por  la palabra creadora. El acto de esta palabra tiene el mismo carácter a la vez íntimo y total, y  no se hace realidad a menos que llene el mundo entero, del mismo modo que el sol llena  todo el espacio desde un extremo a otro.

El texto de Pablo está transido de estupor: el relato, la proclamación, el mensaje,  identificados con la palabra tal como la escuchamos en el silencio del Verbo, resuenan de  pronto en su propia boca, lo mismo que en la de todo el que anuncie el Evangelio. El  hombre no recita la palabra de Dios. Tiene la palabra de Dios en su boca de hombre.  En esto consiste la noticia que viene hasta nosotros a través de las páginas del  Deuteronomio. Aquí interpreta Pablo un salmo de creación conforme a la lógica del rodeo  propia de estos textos. Nos dicen que Dios habla, pero que el hombre es el que dice. De  este modo reconoce el hombre que su palabra es de Dios. En realidad, cuando Dios hace,  mediante su palabra, su propia imagen, hace un ser parlante. La imagen no es Dios, es sólo  su semejanza, y por ello, al hablar, a diferencia de cuando habla Dios, el hombre produce  una resonancia. Pero Dios está en su imagen y por ello está la palabra de Dios en el silencio  emitido por el sentido de las palabras del hombre. El centro de todo relato de creación es un  acto de fe en la verdad que el silencioso Verbo de Dios confiere a la palabra del hombre. El  Evangelio es el momento extremo, en Jesucristo, de este acto de fe. (…)

 

2.3.- La repetición de la palabra «ocultar» en los vv. 7 y 13 es intencionada. El sol penetra,  mediante su calor, hasta lo invisible. Del mismo modo, la verdad de la Ley no estará  completa hasta que llegue a las zonas ocultas del hombre. Algunos dirán que, gracias a la  Ley, puedo ver de golpe todas mis faltas y todas mis buenas acciones. No acepta el salmista  ese lenguaje especular en que una superficie (la de una página) refleja otra superficie (la de  un hombre). La verdadera luz de la Ley debe penetrarlo todo para que nada le quede  oculto, exigencia que podría interpretarse como la de un escrúpulo obsesivo por llegar a la  perfección. En la armonía del conjunto, es más justo ver las cosas de otro modo. Como el  sentido de la palabra no está en las palabras, sino en el silencio creado por una buena  escucha, tampoco la justicia está en una observancia particular. La sede de la justicia está  más bien en el centro invisible del hombre, al que el hombre mismo no puede acceder si  queda abandonado a solas sus fuerzas. Sólo Dios puede «purificarle» (v. 13).

La señal, en fin, de que alguien se ha quedado en la superficie de la Ley es que ello le  hace sentirse orgulloso. Ello es cierto si se trata de las palabras de Moisés o de las de  Cristo. Es admirable que una plegaria en que se pide observar la Ley acabe con la demanda  de no caer en la peor de todas las trampas que pueda tender:

Preserva a tu siervo de la arrogancia, para que no me domine: así quedará libre e inocente de grave pecado (v. 14).

Lejos de la superficie de la creación, lejos de la superficie de la Ley se oculta el gran  secreto propio de las dos, que es la humildad. Creación y Ley cumplidas en lo más oculto,  hechas realidad en la humildad: esta alabanza debió de colmar de alegría a los primeros  discípulos de Jesús, cuando se supieron depositarios de eso que se transmite «de día en  día» y «de noche en noche» desde el comienzo del mundo[5].

 

 

Segunda Lectura: Carta de Santiago 5,1-6

 

3.1.- Apóstrofe contra los ricos, de insólita violencia verbal. Con toda claridad: nada podemos añadir ni quitar. En lugar de comentarlo, podríamos imaginar que el sacerdote se saltase esta segunda lectura y, terminando el Evangelio, la “dijese”, con el énfasis que por sí mismo el texto exige, como si fuese una homilía. Las reacciones de los oyentes, especialmente en según qué parroquias, serían probablemente de indignación exteriorizada. Pero como en lugar de ser palabra de cura es Palabra de Dios, todo el mundo escuchará impasiblemente la lectura, como si no tuviera beligerancia alguna.

Vamos a notar un solo punto. El texto no es una simple denuncia de la injusticia. Para el cristiano, que afirma haber creído la buena noticia del Reino, es especialmente grave, y contradictorio, haber amontonado riquezas “precisamente ahora, en el tiempo final”.

 

3.2.- Resuenan en ella afirmaciones evangélicas muy conocidas. Pero sobre todo se encuentra una referencia a la situación cristiana: el tiempo final. Prescindimos de si esta expresión se interpretaba también en sentido cronológico; lo cierto es que sigue siendo válido para una visión del cristianismo como “etapa final”. La comparación de Santiago aparece entonces muy gráfica: los ricos no han sido previsores, no han mirado más allá de su egoísmo, no se han dado cuenta de que la situación está cambiando. En esta perspectiva, el texto adquiere una dimensión muy profunda, el hombre egoísta, el que atesora ávidamente, el que defrauda a los demás, no ha comprendido nada del momento en el que vive; no es realista, en definitiva[6].

 

 

Evangelio: San Marcos 9,38-43. 45. 47-48

 

4.1.- Lectura de conjunto.

Los Doce han reaccionado vivamente contra un exorcista simpatizante de Jesús: ¿no está reservado curar en nombre de Jesús a los que le siguen?

La respuesta es claramente negativa: «No le impidáis…». No hay exclusivismo en el seguimiento reservado a los Doce. El evangelista completa la respuesta de Jesús con una serie de sentencias sin relación, unidas las unas a las otras simplemente mediante palabras-gancho (arrastrar al pecado, y después: fuego y sal).

 

4.2.- Al hilo del texto.

  1. A la intransigencia de los Doce a este respecto no le falta mordacidad: quieren prohibir a alguien hacer un exorcismo cuando ellos mismos no han sido capaces de curar al poseído epiléptico (9,14-29).
  2. La sentencia del vaso de agua dado a aquellos que pertenecen a Cristo tiene que ver probablemente con la acogida a los predicadores del Evangelio (v. 41).
  3. A pasar de la recompensa por un vaso de agua al castigo por un escándalo, el v. 42 llama la atención sobre la gravedad del escándalo sin precisar su naturaleza. El verbo skandalizo significa «hacer caer», «causar la caída», «arrastrar al pecado». La expresión «los pequeños que creen en mí» ha de ser entendida sin duda a la luz de 1 Cor 8-10 o Rom 14, cuando Pablo habla de cristianos cuya fe es frágil.
  4. Las tres sentencias de los vv. 43-48 tienen la misma estructura:

– Si una parte del cuerpo te arrastra al pecado…

– … es preferible para ti entrar mutilado en la vida eterna/ Reino…

– … entrar/ser arrojado intacto a la Gehena.

La dureza de estas palabras tan gráficas subraya la gravedad de lo que está en juego. Pero no siempre se precisa la naturaleza exacta del escándalo ni la forma de remediarlo.

  1. Al enunciar las condiciones de entrada en la vida eterna o en el Reino, el evangelio insinúa un nuevo tema que será desarrollado en el capítulo siguiente (10,15. 17. 23. 24. 25. 30).
  2. La expresión «donde el gusano no muere ni el fuego se apaga» es una cita implícita del final del libro de Isaías: «y cuando salgan [del Templo hacia el valle de la Gehena] verán los cadáveres de los que se rebelaron contra mí. El gusano que los roe no morirá, el fuego que los devora no se apagará; todos quedarán horrorizados al verlos (Is 66,24). La amenaza que apunta a los que se rebelaron contra el Señor está reservada por Marcos a aquellos que escandalicen a los más débiles (pecado contra Dios y contra la comunidad)[7].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

[En el Evangelio se promete una gran recompensa a aquellos que alcancen a los Apóstoles un solo vaso de agua] Tenemos, entonces, que indagar qué se entiende por servir a Cristo, a cuyo servicio se promete tan grande recompensa. Si por servir a Cristo entendemos preparar lo necesario al cuerpo, o cocer y servir los alimentos que ha de cenar, o darle la copa y escanciar la bebida, estas cosas las hicieron quienes pudieron gozar de su presencia corporal, como Marta y María cuando Lázaro era uno de los comensales. Pero de este modo también el perverso Judas sirvió a Cristo, pues él era el que llevaba la bolsa, y aunque hurtase criminalmente de las cosas que en ella se metían, sin embargo, por su medio se preparaba lo necesario. (…) Por lo tanto, en modo alguno diría el Señor de tales servidores: Donde yo estoy, allí estará también mi servidor; y: Si alguno me sirve, mi Padre lo honrará; pues vemos que Judas, que servía tales cosas, más bien que honrado, es reprobado. Pero ¿por qué hemos de buscar en otro lugar qué se entiende por servir a Cristo y no lo hemos de ver en estas mismas palabras? Cuando dijo: Si alguno me sirve, sígame, dio a entender que quería decir: Si alguno no me sigue, éste no me sirve. Sirven, pues, a Cristo los que no buscan sus propios intereses, sino los de Jesucristo. Sígame, esto es, vaya por mis caminos y no por los suyos, según está escrito en otra parte: Quien dice que permanece en Cristo, debe caminar por donde Él caminó. Si da pan al pobre, debe hacerlo por caridad, no por jactancia; no buscar en ello más que la buena obra, de modo que no sepa la mano izquierda lo que hace la derecha, esto es, que se aleje la codicia de la obra hecha por amor. El que de este modo sirve, a Cristo sirve, y a él con justicia se le dirá: Lo que hiciste a uno de mis pequeños, a mí me lo hiciste. Y no solamente el que hace obras corporales de misericordia, sino el que ejecuta cualquiera obra buena por amor de Cristo (entonces serán obras buenas, cuando el fin de la ley es Cristo para la justicia de todo creyente) es servidor de Cristo hasta llegar a aquella magna obra de caridad que es dar la vida por los hermanos, esto es, darla por Cristo. Porque también esto ha de decir Cristo por sus miembros: Cuando por éstos lo hicieron, por mi lo hicieron.

El mismo se dignó hacerse y llamarse ministro de esta obra, cuando dice: Así como el Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida por muchos. De donde se sigue que cada cual es ministro de Cristo, por las mismas cosas que lo es el mismo Cristo. Y a quien de este modo sirve a Cristo, su Padre le honrará con el extraordinario honor de estar con su Hijo y jamás acabará su felicidad[8].

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] Papa Francisco, Evangeli Gaudium 246

[2] G. Cottier, Formas de antitestimonio y escándalo. Extractos. Traducimos de: www.vatican.va/…/ju_mag_june-sept-1996_cottier

[3] P. Buis, El libro de los Números, Estella, Navarra, 1993 (CB 78), pp. 33-35. Adaptado.

[4] En hebreo: Hokhma, en griego Sophia.

[5] P. Beauchamp, Los Salmos Noche y Día, Madrid 1981, pp 165-169. Levemente adaptado.

[6] H. Raguer y P. Tena, Misa dominical 1976,17. Tomado de www.mercaba.org

[7] Ph Léonard, Evangelio de Jesucristo según san Marcos, Estella (Navarra) 2005 (CB 133), p. 47.

[8] San Agustín de Hipona, Tratados sobre el Evangelio de San Juan 36-124, (Obras de san Agustín XIV), Ed. Preparada por V. Rabanal, Madrid 19652, Tr. 51,12, pp. 215-216. Adaptado. Agustín nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, Numidia, hijo de un consejero municipal y modesto propietario. Estudió en Tagaste, Madaura y Cartago. Enseñó gramática en Tagaste (374) y retórica en Cartago (375-383), Roma (384) y Milán (384-386). Tras leer el Hortensio de Cicerón (373) inició su búsqueda espiritual que le llevaría primero a adoptar posturas racionalistas y, posteriormente, maniqueas. Decepcionado del maniqueísmo tras su encuentro con el obispo maniqueo Fausto, cayó en el escepticismo. Llegado a Milán, la predicación de Ambrosio le impresionó, llevándole a la convicción de que la autoridad de la fe es la Biblia, a la que la Iglesia apoya y lee. La influencia neo-platónica disipó algunos de los obstáculos que encontraba para aceptar el cristianismo, pero el impulso definitivo le vino de la lectura de la carta del apóstol Pablo a los romanos en la que descubrió a Cristo no sólo como maestro sino también como salvador. Era agosto del 386. Tras su conversión renunció a la enseñanza y también a la mujer con la que había vivido durante años y que le había dado un hijo. Tras un breve retiro en Casiciaco, regresó a Milán donde fue bautizado por Ambrosio junto con su hijo Adeodato y su amigo Alipio. Tras una breve estancia en Roma — durante su permanencia en el puerto de Ostia murió su madre, Mónica — se retiró a Tagaste donde inició un proyecto de vida monástica. En el 391 fue ordenado — no muy a su placer — sacerdote en Hipona y fundó un monasterio. En el 395 fue consagrado obispo, siendo desde el 397 titular de la sede. Aparte de la ingente tarea pastoral — que iba desde la administración económica al enfrentamiento con las autoridades políticas, pasando por las predicaciones dos veces a la semana, pero en muchos casos dos veces al día y varios días seguidos — desarrolló una fecundísima actividad teológica que le llevó a enfrentarse con maniqueos, donatistas, pelagianos, arríanos y paganos. Fue el principal protagonista de la solución del cisma donatista, aunque resulta discutible la legitimación que hizo del uso de la fuerza para combatir la herejía, así como de la controversia pelagiana. Murió en el año 430 durante el asedio de Hipona por los vándalos.

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