Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentario a las Lecturas del Domingo.

VIGÉSIMO PRIMER ­DOMINGO DURANTE EL AÑO,

Ciclo “B”

22-23 de agosto 2015

Cristo amó a la Iglesia

y se entregó por ella.

[Uncial en el comentario de san Beda al Cantar. Hacia 1130]

Josué convoca

al Pueblo de Dios.

[M. Chagall. Grabado; Aguafuerte. 1985]

Introducción

 

0.1.- Encontramos a Jesucristo, de modo admirable, en la Sagrada Liturgia. Al vivirla, celebrando el misterio pascual, los discípulos de Cristo penetran más en los misterios del Reino y expresan de modo sacramental su vocación de discípulos y misioneros. La Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Vaticano II nos muestra el lugar y la función de la liturgia en el seguimiento de Cristo, en la acción misionera de los cristianos, en la vida nueva en Cristo, y en la vida de nuestros pueblos en Él.

La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Con este Sacramento Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo. Hay un estrecho vínculo entre las tres dimensiones de la vocación cristiana: creer, celebrar y vivir el misterio de Jesucristo, de tal modo, que la existencia cristiana adquiera verdaderamente una forma eucarística.

En cada Eucaristía los cristianos celebran y asumen el misterio pascual, participando en él. Por tanto, los fieles deben vivir su fe en la centralidad del misterio pascual de Cristo a través de la Eucaristía, de modo que toda su vida sea cada vez más vida eucarística.

La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero. Allí el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y despierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y vivido.

Se entiende así la gran importancia del precepto dominical, del “vivir según el domingo”, como una necesidad interior del creyente, de la familia cristiana, de la comunidad parroquial.

Sin una participación activa en la celebración eucarística dominical y en las fiestas de precepto no habrá un discípulo misionero maduro. Cada gran reforma en la Iglesia está vinculada al redescubrimiento de la fe en la Eucaristía. Es importante por esto promover la “pastoral del domingo” y darle “prioridad en los programas pastorales” para un nuevo impulso en la evangelización del pueblo de Dios en el Continente latinoamericano. A las miles de comunidades con sus millones de miembros que no tienen la oportunidad de participar de la Eucaristía dominical, queremos decirles con profundo afecto pastoral que también ellas pueden y deben vivir “según el domingo”. Ellas pueden alimentar su ya admirable espíritu misionero participando de la “celebración dominical de la Palabra”, que hace presente el Misterio Pascual en el amor que congrega (cf. 1Jn 3, 14), en la Palabra acogida (cf. Jn 5, 24-25) y en la oración comunitaria (cf. Mt 18, 20). Sin duda los fieles deben anhelar la participación plena en la Eucaristía dominical, por lo cual también los alentamos a orar por las vocaciones sacerdotales[1].

 

0.2.- En Jesús, los discípulos sintieron muchas veces y de distintas formas la presencia misma del Dios vivo. (…) [Examinemos] brevemente la confesión de Pedro que aparece en Juan. El sermón eucarístico de Jesús, que en Juan sigue a la multiplicación de los panes, retoma públicamente, por así decirlo, el «no» de Jesús al tentador, que le había invitado a convertir las piedras en panes, es decir, a ver su misión reducida a proporcionar bienestar material. En lugar de esto, Jesús hace referencia a la relación con el Dios vivo y al amor que procede de Él, que es la verdadera fuerza creadora, dadora de sentido, y después también de pan: así explica su misterio personal, se explica a sí mismo, a través de su entrega como el pan vivo. Esto no gusta a los hombres; muchos se alejan de Él. Jesús les pregunta a los Doce: ¿También ustedes quieren irse? Pedro responde: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna: nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo, consagrado por Dios» (Jn 6, 68s).

 

0.3.- Hemos de reflexionar con más detalle sobre esta versión de la confesión de Pedro en el contexto de la Última Cena. En dicha confesión se perfila el misterio sacerdotal de Jesús: en el Salmo 106, 16 se llama a Aarón “el santo de Dios”. El título remite retrospectivamente al discurso eucarístico y, con ello, se proyecta hacia el misterio de la cruz de Jesús; está por tanto enraizado en el misterio pascual, en el centro de la misión de Jesús, y alude a la total diferencia de su figura respecto a las formas usuales de esperanza mesiánica. El Santo de Dios: estas palabras nos recuerdan también el abatimiento de Pedro ante la cercanía del Santo después de la pesca milagrosa, que le hace experimentar dramáticamente la miseria de su condición de pecador. Así pues, nos encontramos absolutamente en el contexto de la experiencia de Jesús que tuvieron los discípulos, y que hemos intentado conocer a partir de algunos momentos destacados de su camino de comunión con Jesús[2].

“El primer anuncio de la Eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: “Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?’ (Jn 6,60). La Eucaristía y la cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio y no cesa de ser ocasión de división. “¿También ustedes quieren irse?” (Jn 6,67): esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo Él tiene “palabras de vida eterna” (Jn 6,68), y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a Él mismo” (CatIgCat. Nº. 1336).

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Introducción bíblico-litúrgica

 

Los últimos versículos del capítulo sexto de san Juan son un tejido de reacciones: reacción “cafarnaítica”, reacción de Jesús, reacción de las multitudes, reacción de los discípulos, reacción de Pedro. De entre todas ellas, la de Jesús y la de Pedro son las positivas. Las demás son reveladoras de los diferentes tipos de dificultades que rodean a la aceptación de Jesús.

a) La reacción de Jesús se enfrenta a la interpretación cafarnaítica de sus palabras, y orienta hacia la interpretación auténtica: no se trata de confundir el realismo del Don como comida con la materialidad física, histórica, de la carne de Jesús. Todo lo que Jesús ha dicho tiene una clave de interpretación (= hermenéutica) necesaria: su misterio pascual, con la entrega del Espíritu Santo. Cuando el Hijo del Hombre sube adonde estaba antes, entonces sucederá lo que tan magníficamente formuló san León Magno: Lo que fue visible en nuestro Redentor ha pasado ahora a los sacramentos. Entonces -ahora, en el tiempo de la Iglesia- el Espíritu Santo lleva a plenitud la obra de Cristo en el mundo, santificando todas las cosas. Por eso, lo invocamos para que santifique estas ofrendas, para que sean Cuerpo y Sangre de Jesucristo (Plegaria eucarística IV). La Eucaristía debe verse como una experiencia de encuentro entre el Resucitado y los creyentes. Es El, en efecto, quien se hace presente en medio de nosotros, bajo los signos del pan y el cáliz. La acción del Espíritu, sin embargo, se realiza también en los corazones. Es necesaria una fe pascual para discernir el Cuerpo del Señor. Y la fe pascual es un don del Espíritu: Nadie puede confesar que Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo (1 Co 12, 3).

b) En este contexto la confesión de Pedro adquiere todo el paralelismo con las escenas de Cesarea en los sinópticos, por un lado, y con las escenas de la cena en san Lucas, por otro. La fe de Pedro es una fe de comunión, de alianza, como la fe de Josué ante el pueblo. Como ésta, es también una fe de confirmación de los hermanos, vacilantes entre los discípulos que inician un repliegue y un alejamiento del Maestro a quien habían seguido con entusiasmo, a causa de los panes… La figura de Judas está también en el horizonte: Jesús sabía desde el principio quién lo iba a entregar[3].

 

 

Primera Lectura: Josué[4] 24,1-2a. 15-17. 18b

 

1.1.- En esta primera lectura del libro de Josué, extraída del capítulo que oficia como conclusión de todo Josué, nos muestra a Israel finalmente “instalado” en la ‘tierra-de-la-promesa’ y a su líder Josué, ya cercano a su muerte, convocando al pueblo a Siquém, que es un lugar lleno de recuerdos patriarcales (ver Gen 12,6-7; 33,18-20; 35,2-4), para efectuar allí una gran asamblea. Empieza haciendo el recuento-memorial de las maravillas obradas por el Señor en favor de los patriarcas (Jos 24,2-4), durante el Éxodo (5-7) y hasta la llegada al umbral de la Tierra prometida y a su posterior ingreso (8-13). Llegados a este punto pide al pueblo que declare en forma clara y explícita su compromiso. El diálogo se vuelve duro, hasta dramático (La liturgia los suprime, pero vale la pena leer todos los vv. del 14 al 24): elijan hoy a quién quieren servir. “Más allá de sus buenas intenciones, ¿están realmente dispuestos a servir al Señor?”. El pueblo responde: nosotros serviremos al Señor, nuestro Dios y escucharemos su voz (v. 24). Ante declaración tan clara y unívoca Josué no duda ya en redactar el documento de la alianza, erigiendo, además, la correspondiente estela conmemorativa: tomó una gran piedra y la erigió allí, al pie de la encina que está en el Santuario del Señor. Josué dijo a todo el pueblo: «Miren esta piedra: ella será un testigo contra nosotros, porque ha escuchado todas las palabras que nos ha dirigido el Señor; y será un testigo contra ustedes, para que no renieguen de su Dios». (25-28). De esta manera quedó concluida la alianza y cada uno volvió a su casa. Después de un tiempo, Josué, hijo de Nun, el servidor del Señor, murió a la edad de ciento diez años.

 

1.2.- La insistencia de la lectura no deja lugar para duda alguna, y se traduce en la insistente pregunta que hoy y aquí se nos hace a cada uno: “¿A quién quieres servir? ¿Al servicio de quién pones tu vida, tus bienes, tu tiempo, etc.?” Se trata de una cuestión decisiva. La respuesta, al menos implícita, es cosa de todos, nadie escapa a ella. Toda elección que hagamos dependerá de la respuesta dada a tal pregunta, ya que dejará en claro qué es lo importante para mí: cuáles son mis dioses… Israel en Siquém puso de manifiesto su voluntad de servir al Señor, pero del dicho al hecho, hay mucho trecho, ya que apenas muerto Josué “se puso a renguear”: la época de los Jueces viene caracterizada por una continua oscilación entre Dios y los ídolos (leer Jue 2,11-19). No debemos caer en fáciles y falsas ilusiones: una cosa son las intenciones, muy otra la realidad. Ponerse al servicio de Dios con integridad y lealtad (Jos 24,14), con todo el corazón y toda el alma (Jos 22,5) no es el punto de partida sino el de llegada, e implica un largo y escabroso camino, lleno de exigencias. Pero este es el único camino que conduce a la Vida[5].

 

1.3.- El relato de Josué, tan reducido por las supresiones litúrgicas, muestra a un pueblo unánime en su elección de la Alianza: ¡vimos que no es así! Parece menos dramático que la escena de separación de los discípulos relatada por el evangelio: allí sólo queda un pequeño grupo, pero que proclama su fe. Pronto, esta fe será puesta a prueba, comenzando por la de Simón Pedro. La profesión de fe no es un mero rito de unanimidad. Se pondrá en juego cuando la elección se haga más dolorosa, más «crucial»[6].

 

 

Salmo Responsorial: Salmo[7] 33[34], 2-3. 16-17. 18-19. 20-21. 22-23

 

2.1.- ¿De quién habla este salmo? ¿Qué categoría es invitada a dar gracias? Los “pobres”, los “Anawim”. Óiganlo y alégrense hombres humildes. Sí, los “desgraciados”, los “humildes”, los “corazones que sufren”, son proclamados “dichosos”, ¡en tanto que los ricos son tildados de “desprovistos”! Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos, comprendemos mejor, en salmos como éste, hasta qué punto Jesús estaba impregnado de la oración de su pueblo… Como María, de quien resuena aquí el “Magníficat”. La acción de gracias, la alabanza, era el clima dominante del alma de Jesús. Una de sus oraciones tiene una tonalidad que recuerda la de este salmo: Padre, te doy gracias porque revelaste estas cosas a los pobres y humildes y las ocultaste a los sabios y prudentes. (Lc 10,21).

Promesas de felicidad. Quien quiere ser feliz debe huir del mal, practicar el bien, “adorar a Dios”, “buscar a Dios”. ¡Ingenuidad! dirán ciertos espíritus fuertes. ¡Y si esto es verdad! ¡Si los únicos felices son aquellos de quienes habla el salmo!

 

2.2.- Dejemos que este salmo, que por tercer domingo consecutivo oficia de profunda respuesta orante a la Palabra de la primera lectura, preparándonos así para vivir el evangelio, resuene en los oídos de nuestro corazón: Gusten y vean qué bueno es el Señor. Gusten y vean Se trata de una de las invitaciones más serias que hemos recibido en la vida: invitación a gustar y ver la bondad del Señor. Es invitación personal y directa, concreta y urgente. Habla de contacto, presencia, experiencia. No dice «lean y reflexionen», o «escuchen y entiendan», o «razonen y mediten», sino «gusten y vean». Abran los ojos y alarguen la mano, despierten sus sentidos y agucen sus sentimientos, pongan en juego el poder más íntimo del alma en reacción espontánea y profundidad total, el poder de sentir, de palpar, de «saborear» la bondad, la belleza y la verdad. Y que esa facultad se ejerza con amor y alegría en disfrutar radicalmente la definitiva bondad, belleza y verdad que es Dios mismo. «Gustar» es palabra que remite a experiencia interior, a “mística” en el sentido más sencillo, simple y auténtico. Y desde ahora tengo derecho a balbucearla, a deletrearla, a saborearla. Estoy llamado a gustar y ver. No hay ya timidez que me detenga ni falsa humildad que me haga dudar. Me siento agradecido y valiente, y quiero responder a la invitación de Dios con toda el alma y con alegría. Quiero abrirme al gozo íntimo de la presencia de Dios en mí. Quiero atesorar las “entrevistas” secretas de confianza y amor más allá de toda palabra y toda descripción. Quiero disfrutar sin medida la comunión del ser entre mi alma y su Creador. El sabe cómo hacer real su presencia y cómo acunar en su abrazo a las almas que él ha creado. A mí me toca sólo aceptar y entregarme con admiración agradecida y gozo callado, y disponerme así a recibir la caricia de Dios en mi alma. Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca. Proclamen conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. GUSTEN Y VEAN…[8].

 

 

Segunda Lectura: Carta a los Efesios 5,21-33

 

3.- Tabla de deberes domésticos (5,21-6,9)

 

3.1.- Las exhortaciones morales, que comenzaron en 4,1, encierran toda una exposición sobre las relaciones en la gran familia patriarcal de entonces. Este texto está estrechamente emparentado con el código familiar de Col 3,18-4,1, pero con una exposición más específica sobre la analogía entre la unión de Cristo y de la Iglesia y el matrimonio cristiano. […] Este género literario está bien atestiguado en el Nuevo Testamento: además de en Colosenses, lo encontramos en las Pastorales y en la 1ª Carta de Pedro. Aunque no tiene un paralelismo estricto con la literatura griega, como lo ha demostrado M. F. Lamau[9], no se puede negar cierto aire de parentesco, sobre todo con la moral estoica. La fe cristiana se vive en una cultura y no puede prescindir de los valores tradicionales, aunque tenga que llevar a cabo ciertos discernimientos entre lo que es compatible con la fe y lo que se opone directamente a ella. La exégesis debe en un primer tiempo analizar el texto tal como es, y en un segundo tiempo ofrecer algunas pistas para su aplicación en una sociedad muy distinta a la de Pablo.

 

3.2.- Con la Traducción Ecuménica de la Biblia [¡la famosa T.O.B.!] consideramos el v. 21 como un encabezamiento general de la sección:

Ustedes, los que temen a Cristo, sométanse los unos a los otros.

El principio de reciprocidad en la vida de la comunidad cristiana es muy importante; se trata de soportarse unos a otros en el amor (4,2). Esta declaración no suprime las relaciones de subordinación en la vida social, pero impide vivirlas en un clima de autoritarismo por un lado y de servilismo por otro.

 

3.3.- El matrimonio y el misterio de Cristo y de la Iglesia (5,22-33)

De todos los códigos familiares conocidos, Efesios es el único que motiva la relación entre los esposos en la conducta de Cristo con su Iglesia. Para el autor se trata de un punto capital, culminación de todas las exposiciones anteriores sobre el “misterio» (1,9; 3,3.4.9). La profundidad de la exposición sufre sin embargo una especie de desequilibrio: lo que es verdad de la relación Cristo/Iglesia sólo puede valer parcialmente de la relación marido-mujer

 

3.3.1.- La relación de Cristo y de la Iglesia

Nuestro texto empieza recordando que Cristo es cabeza de la Iglesia, en el doble sentido de caudillo y de principio motor del cuerpo entero. Es al mismo tiempo su salvador. Si la afirmación de que Cristo nos salva es fundamental, el título de salvador (soter) aparece sobre todo en las epístolas tardías del Nuevo Testamento, probablemente como reacción contra el culto imperial.

Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella: los dos verbos en aoristo remiten al momento preciso de la muerte de Cristo en la cruz (2,14-16). La forma «entregarse», «ser entregado», inspirada en Is 53,12, es perfectamente tradicional en el Nuevo Testamento (por ejemplo, Rom 4,25; 1 Cor 11,23). El lugar paralelo más cercano es Gál 2,20, donde Pablo se aplica a sí mismo esta confesión de fe: vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.

Vienen luego tres oraciones finales, en cascada, para señalar el objetivo del amor redentor de

Cristo: Amó a la Iglesia y se entregó por ella:

– para santificarla, purificándola por el baño de agua acompañado de la palabra,

– para presentar ante sí mismo a la Iglesia como gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante,

– para que sea santa e inmaculada.

El v. 26 recuerda el baño nupcial, uso atestiguado en muchos pueblos y especialmente en Grecia, donde el novio llevaba a la futura esposa la vasija que serviría para el baño: sacada de una fuente sagrada, el agua debía asegurar a la esposa la fecundidad. De forma más concreta, nuestro texto se inspira en Ezequiel 16, que relata la parábola de la niña abandonada, recogida y luego desposada, como una alegoría de la historia de Israel: Te lavé con agua, te limpié la sangre que te cubría… Entonces te hiciste sumamente hermosa (Ez 16,9.13). A la multitud de beneficios responde la ingratitud más negra, ya que Israel, fiándose de su belleza, se entrega a todos los transeúntes (v. 15). Lo que hizo Dios con Israel, Cristo lo hace con su Iglesia. Por sus orígenes, ella no merecía más que la cólera (Ef 2,3); sin embargo, Cristo la amó y la purificó.

El agua del baño evoca la del bautismo, acompañado de una palabra: sin duda, la proclamación del Nombre divino. Sin embargo, más que pensar en la celebración individual del bautismo, nuestro autor tiene ante la vista el bautismo original de la Iglesia en el mismo momento de la muerte de Cristo en la cruz. Se impone una relación con Juan, que relata la transfixión del corazón de Cristo, de donde brotó sangre yagua, en presencia de María y del discípulo amado, representantes de la Iglesia (Jn 19,25-37).

La finalidad del baño purificador se indica en el v. 27 con unos términos que evocan la presentación de la novia al futuro esposo. En el ceremonial judío, el «amigo del novio» (sosbín) jugaba un papel importante: antes de eclipsarse en el momento de la unión conyugal, tenía que asegurarse de que todo iba bien (leer Jn 3,29). En Efesios Cristo acumula todos los papeles: no sólo purifica a la futura esposa, sino que se la presenta como un alter ego, capaz de responder en la santidad a sus proposiciones, ya que él mismo le ha quitado las manchas y la ha hecho santa e inmaculada. ¿Habrá alcanzado de pronto la Iglesia toda su perfección? El conjunto de la carta muestra claramente que hay aquí una tensión constante entre la santidad de la Iglesia por su origen (1,4) y el combate por la santidad que deben sostener continuamente sus miembros (6,10-17).

 

3.3.2.- Es grande este misterio

Acompañado de un solemne «yo les digo», esta declaración, después de la cita de Gn 2,24, constituye el eje de todo el desarrollo sobre el vínculo entre Cristo y la Iglesia. «Misterio» toma aquí el significado más específico de «sentido oculto de la Escritura». En la historia de Adán y Eva, el autor ve por tanto una prefiguración de la relación entre Cristo y la Iglesia que es su propio Cuerpo. Apoyándose en Jn 19,34, los Padres de la Iglesia suelen decir que la Iglesia salió del costado de Cristo en la cruz: esta perspectiva no está directamente presente en nuestro texto.

La personificación de la Iglesia como Esposa estuvo preparada por los profetas de Israel, que compararon la alianza de Dios con Israel con un matrimonio, y especialmente por el Cantar de los Cantares interpretado alegóricamente: la ausencia de mancha (5,27) podría aludir a la declaración del Amado en Ct 4,7. Pero en ninguno de los textos del Primer Testamento se hablaba de una relación establecida desde la creación. Encontramos aquí una vez más aquella preocupación constante del autor de Efesios por hacer remontar el plan de salvación a los orígenes (leer 1,4-5). En la misma línea, el Pastor de Hermas describirá a la Iglesia como una anciana, creada antes de todo lo demás: para ella es para quien fue formado el mundo (Visiones 11, 4,1). Este tema conocerá un gran éxito en el gnosticismo, pero no puede decirse que Efesios dependa de este tipo de especulaciones. Mientras que el mito gnóstico empieza relatando la falta de Sofía, que abandona el pléroma, nuestro texto no evoca los orígenes de la Iglesia más que para recordar la condición pecadora de los que han sido llamados (2,1-2) y la santidad que se les ha conferido en el bautismo, como miembros de la Iglesia, a la vez Cuerpo y Esposa de Cristo.

 

3.3.3.- Relaciones entre marido y mujer

Los lectores modernos son muy sensibles a la orden de sumisión que se da a las esposas (5,22-24.33), pero no perciben tanto la conversión que se exige a los maridos. Según la sabiduría antigua, el hombre manda y la mujer obedece. Incluso Plutarco (45-125?), que redactó párrafos muy hermosos sobre el amor conyugal, escribía:

Si las mujeres se someten a sus maridos, serán alabadas; si quieren ser ellas las que mandan, perderán su honor más aún que los maridos que se dejan dominar. Es preciso que el marido ejerza la autoridad sobre su mujer, no como el propietario de una cosa, sino como el alma del cuerpo, compartiendo los mismos sentimientos y ligado a ella por la benevolencia; lo mismo que hay que cuidar del cuerpo, sin servir a sus placeres y pasiones, también el hombre ha de mandar a su mujer siendo amable y atento con ella (Preceptos conyugales, Nº 23).

En Efesios se invita a los maridos, no a mandar, sino a amar, con un amor que no tenga nada de posesivo, con un amor de don, según el modelo de amor del mismo Cristo. Como en toda analogía, hay semejanza y desemejanza: ¿cómo puede el marido ser el salvador de su esposa?

Se diría, por otra parte, que el autor siente la necesidad de acercarse más a la realidad cuando recoge una especie de proverbio: «Nadie odió jamás a su propia carne». Los cuidados que concede a su propio cuerpo, es preciso que se los conceda a la esposa, que es el prójimo por excelencia a quien hay que amar como a uno mismo (Lv 19,18).

La cita de Gn 2,24, tomada en sí misma antes de toda aplicación a Cristo y a la Iglesia, se presenta como una enseñanza radicalmente nueva. En el mundo antiguo, así como en la mayor parte de las civilizaciones tradicionales, la ceremonia del matrimonio está constituida por el cortejo que conduce a la novia desde la casa paterna hasta la casa del novio. Pasa así de una autoridad a la otra. Según el Génesis, por el contrario, es el hombre el que ha de dejar la casa paterna para unirse a su mujer y constituir con ella una comunidad de vida tan estrecha que se la califica como «una sola carne».

 

3.4.-Reflexiones hermenéuticas

Aunque el texto no se refiere formalmente al «sacramento» del matrimonio, como se ha entendido a veces, el sacramentum de la Vulgata (traduciendo el griego mysteríon), se trata del pasaje del Nuevo Testamento más profundo sobre el valor específicamente cristiano de la unión conyugal. Ya en una controversia con los fariseos, Jesús había recordado este pasaje en el Génesis para fundamentar la indisolubilidad de la pareja (Mc 10,1-12 y par) y Pablo se había referido expresamente a él (1 Cor 7,10-11). En este punto Jesús y Pablo se presentan como los exegetas cualificados del texto del Génesis. El autor de Efesios da un paso más, aportando una referencia cristológica en el sentido de la exhortación de 5,2: Vivan en el amor, como Cristo nos ha amado y se ha entregado a sí mismo a Dios por nosotros.

El verbo «someter» (hypotasseín) tiene muchos matices. Domina la idea de «orden» (verbo tasseín), pero una orden que supone un venir de arriba abajo (prefijo hypo). De suyo, la sumisión no tiene nada de humillante. Evocando la consumación de la obra redentora, Pablo escribe que el mismo Hijo se someterá a Aquel que le ha sometido todas las cosas, para que Dios sea todo en todos (1 Cor 15,28).

El término «cabeza», en sentido de «jefe», puede comprenderse de una manera análoga: el jefe de todo hombre es Cristo; el jefe de la mujer es el hombre; el jefe de Cristo es Dios (1 Cor 11,3). Pero el tema resulta escabroso cuando Pablo saca su antropología de una lectura “literalista” del Génesis: No ha sido el hombre el que fue sacado de la mujer, sino la mujer del hombre (1 Cor 11,8). Observemos que Efesios no entra en esta especulación y que se limita a decir que el marido es la cabeza de la pareja, por analogía con la manera con que Cristo es cabeza de la Iglesia. Lejos de afirmar un poder autoritario, la comparación impone una inversión del estilo de vida que los maridos llevaban hasta entonces. Por otra parte, la exhortación vale para todos los cristianos (5,21), y muestra que la sumisión que se exige no debe entenderse como un aplastamiento del individuo, sino como una preocupación por el bien de la comunidad y una señal de amor.

Toda instrucción moral supone un juego delicado entre los principios y los datos sociales y culturales. El estilo de vida que viene bien para una época no va bien para otra. El discernimiento espiritual (Rom 12,2; Ef 5,10) tiene la función de descubrir en cada época cómo hay que vivir el dinamismo del amor cristiano como llamada a la generosidad y al olvido de sí mismo por el bienestar del otro[10].

 

 

Evangelio: San Juan 6,60-69.

 

4.1.- La catequesis del pan vivo bajado del cielo (Jn 6,51), que sigue al signo de la multiplicación de los panes realizada por Jesús (6,11-13), ha culminado; el evangelio de hoy nos describe las reacciones de los discípulos ante semejantes palabras. Su reacción es similar a la de los dirigentes religiosos judíos (6,41-43), asume la forma de la murmuración y el escándalo: ¡es duro [es decir: ‘incomprensible’, ‘inaceptable’] este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo? ¡Ocurrió tantas veces a lo largo de la historia de la salvación, le pasó a Jesús y a sus discípulos, ocurre hoy en nuestras comunidades y nos sucede a cada paso! : llega el día en el que ante una palabra del Señor que nos parece exige demasiado, una palabra que sorprende y que parece imposible, nos invade el pánico, damos media vuelta y nos vamos lo más lejos posible. Olvidamos el don de la vocación recibida de Dios y la respuesta dada a ella… ¡Es la hora de la decisión, del juicio, de la crisis! Lamentablemente no se tiene la sabiduría, el discernimiento, o las fuerzas para descubrir el mensaje que se esconde en la crisis, pues se trata de una prueba en vistas a una purificación, a una adhesión más sólida al Señor y a su Evangelio…

 

4.2.- En medio de las turbulencias de esta crisis comunitaria Jesús no rebaja ni endulza las exigencias de su palabra. Lo atestiguan tanto Juan como los evangelios sinópticos cuando narran la firmeza y aspereza del Maestro frente a Pedro que rechaza la necesidad de la pasión (leer Mc 8,31-33; Mt 16,21-23), o ante los discípulos que, impertinentes, se oponen al anuncio del matrimonio fiel e indisoluble (Mt 19,3-10). Lo mismo ocurre, hoy y aquí, en Juan. Pareciera que Jesús nos estuviera advirtiendo: “¡no se puede ni debe edulcorar la radicalidad de las exigencias del Evangelio!” Por eso mismo pregunta a los discípulos: ¿Esto,- es decir: el anuncio eucarístico hecho poco antes (Jn 6,48-58)-, los escandaliza? ¿Qué pasará entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? Son palabras con las que Jesús anuncia su pasión y su muerte, su ‘éxodo’, humanamente ignominioso, que lo lleva de este mundo al Padre. No lo olvidemos: eucaristía y pasión-muerte están estrecha e íntimamente unidas, en cuanto que la eucaristía resume y sintetiza, en la hora gloriosa de la muerte en Cruz (ver Jn 12,30-33; 17,1-5), toda la vida del Hijo… Estamos, para decirlo con palabras de Pablo, ante el escándalo de la Cruz (leer 1 Cor 1,23): para no quedar enredados en los lazos de dicha trampa es necesario adherirse fuertemente a Jesús,- ¡desde Belén hasta el Calvario!-, sin jamás avergonzarse ni escandalizarse de él (leer Mt 11,6).

 

4.3.- ¡Pero, hay más todavía! Jesús sabe muy bien que entre sus discípulos hay algunos que no creen. ¿Cómo es posible? Sí, es posible que cuantos se tienen por creyentes en Dios, en realidad sean incrédulos, como lo (de)-muestra la controversia subsiguiente de Jesús con algunos de entre los judíos (leer Jn 8,31-59); hasta es posible que entre aquellos que han estado más estrechamente implicados en la vida de Jesús haya algunos que no creen en él, ya que lo siguen por motivos inconfesados e inconfesables…: Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo, nos señala Juan, con duro realismo, dejando transparentar una aguda crisis comunitaria. En medio de tales turbulencias Jesús interpela a los Doce,- ¡que son sus íntimos!-, con palabras que al mismo tiempo son provocativas y liberadoras: ¿También ustedes quieren irse? Y Pedro es el que responde en nombre de los Doce: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios. Pero el largo y denso capítulo sexto del cuarto evangelio concluye con unas palabras (¡que litúrgicamente no se leen, pero que se nos deben grabar a fuego!) que son una severa advertencia para todos los cristianos, que jamás podemos dar por garantizado el propio seguimiento de Cristo: “¿No soy yo, acaso, el que los eligió a ustedes, los Doce? Sin embargo, uno de ustedes es un demonio”. Jesús hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, que era uno de los Doce, el que lo iba a entregar (Jn 6,70-71).

 

Los Maestros de la fe nos iluminan

 

Con toda razón se cree que este abrigo de la peña es seguro […], y por eso este Verbo de Dios invita al alma, que al abrigo de la peña ha ido acercándose, a llegar al antemuro para que […] contemple las realidades que no se ven y que son eternas; y allí le dice: “Muéstrame tu rostro”… “Hazme oír tu voz”. […].

Dice también:” Y hermosa es tu cara”. Si entiendes por ésta aquella cara de la que dice Pablo:” Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta”, y también cuando dice: “Mas entonces veremos cara a cara”, entonces comprenderá cuál es la cara del alma que el Verbo de Dios alaba y llama hermosa. Indudablemente aquella cara que de día en día se va renovando a imagen del que la creó y que no tiene en sí mancha ni arruga ni nada semejante, sino que es santa e inmaculada, tal cual Cristo se presentó la Iglesia a sí mismo, esto es, las almas que han llegado a la perfección, pues todas juntas forman el cuerpo de la Iglesia. Este cuerpo ciertamente aparecerá hermoso y digno, si las almas que lo forman permanecen en toda dignidad de perfección. Porque de la misma manera que el alma, cuando es presa de la ira, vuelve la cara del cuerpo alborotada y fiera, y en cambio, cuando permanece apacible y sosegada la torna plácida y suave, así la cara de la Iglesia: se la proclama hermosa o fea en razón de los hábitos y costumbres de los creyentes […].

Veamos ahora también de qué modo Cristo dice estas cosas a la Iglesia, que le es tan cercana y tan hermosa: hermosa para él sólo, y para nadie más. Esto es lo que indica cuando dice: “Hermosa mía”. Por eso ella es a la que Cristo despierta y a la que anuncia el Evangelio de resurrección, y por eso le dice: “Levántate, ven, tú que me eres tan cercana, hermosa mía”. Por otra parte, le dio también alas de paloma después de haber descansado en medio de los lotes. Ahora bien, la Iglesia fue llamada en el medio, entre las dos llamadas de Israel. Efectivamente, primero fue llamado Israel, y luego, cuando él tropezó y cayó, fue llamada la Iglesia; pero, cuando haya entrado la totalidad de los paganos, entonces nuevamente será llamado todo Israel, y se salvará. La Iglesia duerme entre esos dos lotes o llamadas, y por eso le dio también alas plateadas de paloma, que significan las alas místicas de los dones del Espíritu Santo. Y las plumas de su espalda, con verdor de oro (como leen algunos; o según traen otros ejemplares: con palidez de oro): esto puede indicar que la segunda llamada que habrá, según el Apóstol, para Israel, no será en la observancia de la ley, sino en el gran valor de la fe. […] También se puede decir que la Iglesia duerme o descansa en medio de aquellos lotes, esto es, en medio de los dos Testamentos; y las alas plateadas pueden indicar los sentidos de la ley; por el oro de las plumas de su espalda puede entenderse el don del Evangelio.

Esta es, pues, la Iglesia a la que Cristo dice: “Ven paloma mía, y ven al abrigo de la peña. […] Porque dulce es tu voz”. ¿Y quién no reconocerá que es dulce la voz de la Iglesia católica, que confiesa la verdadera fe, y en cambio áspera y desagradable la voz de los que […] no hablan doctrinas de verdad, sino blasfemias contra Dios y maldad contra el Altísimo?[11]

 

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[1] Aparecida 250-253

[2] J. Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret,- primera parte: Desde el Bautismo a la Transfiguración -, (Traducción de C. Bas Álvarez), Buenos Aires 2007, pp. 353-354.

[3] P. Tena, Misa Dominical 1985, 17. Tomado y adaptado de www.mercaba.org Los subrayados son nuestros.

[4] Jesús/Josué (Iesous) es la forma griega abreviada de Yehoshúa’ (o Yeshúa’), que quiere decir: «El Señor salva». Es el nombre de Josué, el sucesor de Moisés, el que hace entrar al pueblo de Dios en la Tierra prometida cruzando el Jordán. La versión griega de los LXX traducirá Jesús, hijo de Nave y ya Orígenes en sus homilías hará referencias cruzadas entre Jesús, hijo de Nave y Jesús de Nazaret. Serán las versiones latinas las que por respeto diferenciarán al Josué del PT de Jesús y a partir de ellas nuestras traducciones. ¿No es ahí, en el Jordán, donde Jesús recibirá el bautismo de Juan poniéndose a la cabeza del pueblo de los pecadores perdonados, adoptados por Dios como hijos suyos, para llevarlos a la Tierra prometida? El nombre de Jesús/Josué es frecuente: ¡se pueden contabilizar 16 diferentes en la Biblia! En el Nuevo Testamento, véanse los Jesús de Lc 3,29; Mt 27,16 (Barrabás) y Col 4,11.

[5] Recordemos que en el ritual del Bautismo, después de la fórmula sacramental: Yo te bautizo…, en el nombre del Padre…, y del Espíritu Santo, NO SE DEBE DECIR AMÉN, ya que ese amén lo irá diciendo el/la recién bautizado con su vida, a lo largo de toda su existencia.

[6] Estas últimas líneas son una adaptación de: Édouard Cothenet – Philippe Gruson – Marc Sevin – Roger Varro – Claude Wiéner, Las primeras lecturas del domingo del tiempo ordinario, Estella (Navarra) 1999 (CB 100), p. 41.

[7] Completar con lo dicho en el aporte, sobre este mismo salmo, consignado en nuestro subsidio al 19º domingo de este mismo Ciclo “B”.

[8] Adaptado de www.slideboom sanjuandeavila.

[9] M. F. Lamau, Des chrétiens dans le monde. Communautés pétriniennes au premier siecle, París 1988.

[10] E. Cothenet, Las cartas a los colosenses y a los efesios, Estella, Navarra (CB 82) 1994, pp. 58-62. Adaptada y complementada.

[11] Orígenes, Comentario al Cantar de los Cantares IV,2,13-14 (SCh 375 [Paris 1991], pp. 110-111. 114-115. Orígenes nació hacia el 185 en una familia cristiana de Alejandría, su padre murió mártir durante la persecución de Severo (202). Como su patrimonio había sido confiscado por la administración imperial tuvo que dedicarse a la enseñanza para subsistir y sostener a su familia. Se le confió la escuela de catecúmenos de Alejandría, que dirigió llevando una vida ejemplar. Durante el período que va del 203 al 231, en que dirigió dicha escuela, viajó a Roma, Arabia y a Palestina con ocasión del saqueo de Alejandría por Caracalla. Ordenado sacerdote de paso por Cesárea, Demetrio de Alejandría, quien según Eusebio, movido por la envidia, convocó un sínodo en el que, argumentando que un castrado no podía recibir la ordenación sacerdotal, excomulgó a Orígenes. En el 231 otro sínodo lo depuso del sacerdocio. A la muerte de Demetrio (232), Orígenes regresó a Alejandría, pero Heracles, el nuevo obispo,- ¡antiguo discípulo suyo! -, renovó la excomunión. Ante aquella situación Orígenes partió a Cesárea de Palestina, comenzando así una etapa distinta de su vida, pues el obispo de esta ciudad lo invitó a fundar allí una [nueva] escuela de teología. Hacia el 244 volvió a Arabia, logrando convencer al obispo de Bostra, Berilo, del error de su monarquianismo. Tras pasar por numerosas penalidades durante la persecución de Decio, murió en Tiro el año 253. “(…) Los invito a acoger en su corazón la enseñanza de este gran maestro en la fe, el cual nos recuerda con entusiasmo que, en la lectura orante de la Escritura y en el compromiso coherente de la vida, la Iglesia siempre se renueva y rejuvenece. La palabra de Dios, que ni envejece ni se agota nunca, es medio privilegiado para ese fin. En efecto, la palabra de Dios, por obra del Espíritu Santo, nos guía continuamente a la verdad completa. Pidamos al Señor que nos dé hoy pensadores, teólogos y exégetas que perciban estas múltiples dimensiones, esta actualidad permanente de la sagrada Escritura, su novedad para hoy”. (§ tomado de la catequesis de Benedicto XVI sobre Orígenes, 25-04-2007).

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