Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Bautismo del Señor.

Bautismo del Señor


11-12 de enero 2014

 

 

 

 

 

Epifanía del Bautismo del Señor

[Icono de Theófanes de Creta.1546.

Monasterio Stavronikita. Monte Athos][1]

 

 

Introducción

 

0.1.- Terminamos con este domingo el ciclo de Navidad-Epifanía, el próximo día del Señor será, en este ciclo “A”, apenas un débil eco de él, a diferencia de lo que ocurre en el ciclo “C” con el  eco fortísimo de las bodas de Caná. Las Iglesias Orientales celebran el Bautismo del Señor plenamente integrado en Epifanía. La Iglesia Occidental ha preferido centrar esta fiesta en la adoración de los magos. Pero no hay duda ninguna que la gran Epifanía, tal como consta en los cuatro evangelios, y en la primitiva predicación de los apóstoles (ver la  2ª lectura), es la del Bautismo de Jesús en el Jordán. Aquí tiene lugar la gran Teofanía, anuncio de la teofanía de las teofanías: ¡la de Pascua! El Padre manifiesta y proclama que Jesús es su Hijo, el amado; y el Espíritu aletea y se posa sobre él. Todo esto encontrará su plenitud en Pascua: entonces, en su resurrección, Jesús será declarado Hijo de Dios (Rom 1, 4) convirtiéndose en aquel que nos envía el Espíritu (Jn 20, 22).

 

0.2.- De acuerdo a una visual familiar en los Padres griegos Jesús sumerge-sepulta en el Jordán toda la naturaleza humana del viejo Adán. San Gregorio  Nazianzeno así lo afirma con una frase penetrante: Juan bautiza, Jesús sin duda que se acerca para santificar a quien lo bautizará, pero no cabe duda que sobre todo lo hace para sepultar en el agua al viejo Adán todo entero (Oratio 39,25). Esta cita refleja aquel axioma de los Padres que afirma que sólo lo asumido queda redimido y que por lo tanto Jesús en la encarnación, al asumir la naturaleza humana, desposó, en cierta manera, a la humanidad toda entera  y por lo tanto ella quedó santificada y divinizada en, con y por Él.

Es por eso importante subrayar que la Epifanía, celebrada sobre todo en el Bautismo del Señor, anticipa la Pascua. Conviene destacarlo porque ahora, con la  ordenación del año litúrgico fruto del Concilio, celebramos el Bautismo de Cristo en el domingo que cierra el ciclo de Navidad. Hay que insistir en la valoración del Bautismo del Señor como misterio salvador ya que nuestras comunidades no están familiarizadas con dicho misterio.

 

0.3.- Con el domingo del Bautismo del Señor, se abre ante nosotros el camino hacia la Pascua. El sendero queda trazado, el camino marcado, la meta se dibuja ya en el horizonte. Siguiendo las huellas del Maestro, de domingo en domingo, aprenderemos a ir reconociendo su voz, a seguir sus pasos, a comprender un poquito más su misterio. El año litúrgico no sólo nos permite repetir cada año el camino de fe, sino que va trazando surcos cada vez más profundos en nuestras vidas, de modo que la Palabra del Señor vaya ablandando nuestro corazón de piedra, hasta el momento en el que también para nosotros se cumplan los días de nuestra pascua…

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Isaías 42,1-4.6-7

 

1.1.- Estamos ante el primero de los cuatro textos de Isaías denominados “cánticos del servidor de YHVH”. En ellos se entrevé la figura de un personaje misterioso que, asumiendo la experiencia de Israel y de algunos personajes de su historia, pero al mismo tiempo trascendiéndola, juega un papel decisivo en la economía de la salvación.

El ‘siervo’ es elegido y goza del apoyo de Dios, que tomándolo  de la mano hace que permanezca firme ante las dificultades. Sobre él reposan la benevolencia de Dios y su Espíritu, lo que le otorga la capacidad de realizar su misión. Dicha misión es presentada dentro del ámbito del ‘derecho’, ya que el siervo  ‘hará salir-brotar’ el derecho para las naciones (vv. 1 y 3. El leccionario traduce ‘lleva’ ‘expone’) y lo ‘establecerá sobre la tierra’ (v. 4). La palabra hebrea traducida por ‘derecho’ significa primariamente ‘juicio’, y por eso también ‘justicia, ‘derecho’, ‘sentencia’, orden’. Fundamentalmente expresan la acción mediante la cual el orden que de algún modo había sido violado es restablecido por una autoridad. Normalmente tal juicio prevé una acción doble: la condena del culpable y la liberación del inocente.   Es comprensible que en este contexto y para el inocente oprimido, dicha acción equivalga a una liberación salvadora, de la cual se beneficiarán los pobres (ver por ej. Sal 10,18; 72,4 como también el Prefacio propio de este día).

 

1.2.- Es interesante notar  que nuestro texto emplea la misma palabra hebrea que se había usado para hacer ‘salir-brotar’ el derecho que para hacer ‘salir-liberar’ de la prisión a los encarcelados (v. 7). La imagen, es literariamente una metáfora aplicada a los exiliados, se refiere a los prisioneros que habiendo quedado como enceguecidos por su prolongada permanencia a oscuras en celdas tenebrosas, el liberarlos equivalía a posibilitarles ver la luz de la que se habían visto  privados.

Es este, entonces, el significado del juicio, del derecho restablecido por el siervo. De dicho juicio es como olvidado el aspecto de condena y sólo se recuerda el de liberación: justamente consiste en la liberación-iluminación de los prisioneros, de aquellos que  hundidos en la desesperanzayacían en oscuridad y tinieblas, cautivos de hierros y miserias (Sal 107,10). La condena, en todo caso, golpea a los ídolos, desenmascarados ahora en su vanidad e inconsistencia (el tema abre y cierra el canto: ver 41,21-29; 42,8-9).

 

1.3.- Mateo ve esta profecía realizada en Jesús: El Espíritu y la benevolencia del Padre reposan sobre Él (3,16-17). El texto de Isaías es citado explícitamente en Mt 12,18-21, también allí en conexión con los actos de bondad de Jesús, quien no quiere que sus milagros se conviertan en instrumento para imponerse por la fuerza, y por eso mismo pide a los que han sido curados que no lo divulguen. Cristo Jesús es el Mesías que juzga al mundo, instaurando el orden querido por Dios, su Reino, tal como lo dirá Jesús al comenzar su ministerio (ver Mt 4,17). Será el evangelio de Juan el que desarrollará este tema, por ejemplo con aquello de que el Padre ha confiado el juicio al Hijo (Jn 5,22-27)…

 

 

Salmo responsorial: Sal 28,1ª. 2-3a-c. 4. 3b. 9c-10.

 

2.1.- Algunos estudiosos consideran al salmo 28 uno de los textos más antiguos del Salterio. Es fuerte la imagen que lo sostiene en su desarrollo poético y orante: en efecto, se trata de la descripción progresiva de una tempestad. Se indica en el original hebreo con un vocablo, qol, que significa simultáneamente “voz” y “trueno”. Por eso algunos comentaristas titulan este texto: “el salmo de los siete truenos”, a causa del número de veces que resuena en él ese vocablo. En efecto, se puede decir que el salmista concibe el trueno como un símbolo de la voz divina que, con su misterio trascendente e inalcanzable, irrumpe en la realidad creada hasta estremecerla y asustarla, pero que en su significado más íntimo es palabra de paz y armonía. El pensamiento va aquí al capítulo 12 del cuarto evangelio, donde la muchedumbre escucha como un trueno la voz que responde a Jesús desde el cielo (leer Jn 12, 28-29).

 

2.2.- Son dos los momentos y los lugares a los que el cantor bíblico nos lleva. Ocupa el centro (vv. 3-9) la representación de la tempestad que se desencadena a partir de las aguas torrenciales del Mediterráneo. Las aguas marinas, a los ojos del hombre de la Biblia, encarnan el caos que atenta contra la belleza y el esplendor de la creación, hasta corroerla, destruirla y abatirla. Así, al observar la tempestad que arrecia, se descubre el inmenso poder de Dios. El orante ve que el huracán se desplaza hacia el norte y azota la tierra firme. Los altísimos cedros del monte Líbano y del monte Sarión, llamado a veces Hermón, son descuajados por los rayos y parecen saltar bajo los truenos como animales asustados. Los truenos se van acercando, atraviesan toda la Tierra Santa y bajan hacia el sur, hasta las estepas desérticas de Cadés.

 

2.3.- Después de este cuadro de fuerte movimiento y tensión se nos invita a contemplar, por contraste, otra escena que se representa al inicio y al final del salmo (vv. 1-2 y 9b-11). Al temor y al miedo se contrapone ahora la glorificación adorante de Dios en el templo de Sión.

Hay casi un canal de comunicación que une el santuario de Jerusalén y el santuario celestial: en estos dos ámbitos sagrados hay paz y se eleva la alabanza a la gloria divina. Al ruido ensordecedor de los truenos sigue la armonía del canto litúrgico; el terror da paso a la certeza de la protección divina. Ahora Dios se sienta por encima del aguacero (…) como rey eterno (v. 10), es decir, como el Señor y Soberano supremo de toda la creación.

 

2.4.- Ante estos dos cuadros antitéticos, el orante es invitado a hacer una doble experiencia. En primer lugar, debe descubrir que el hombre no puede comprender y dominar el misterio de Dios, expresado con el símbolo de la tempestad. Como canta el profeta Isaías, el Señor, a semejanza del rayo o la tempestad, irrumpe en la historia sembrando el pánico en los malvados y en los opresores. Bajo la intervención de su juicio, los adversarios soberbios son descuajados como árboles azotados por un huracán o como cedros destrozados por los rayos divinos (leer Is 14, 7-8). (…)

 

2.5.- (…) En el templo se calma nuestra inquietud y desaparece nuestro terror; participamos en la liturgia celestial con todos los hijos de Dios, ángeles y santos. Y por encima de la tempestad, semejante al diluvio destructor de la maldad humana, se alza el arco iris de la bendición divina, que recuerda la alianza perpetua entre Dios y toda alma viviente, toda carne que existe sobre la tierra (Gen 9,16).

Este es el principal mensaje que brota de la relectura “cristiana” del salmo. Si los siete “truenos” de nuestro salmo representan la voz de Dios en el cosmos, la expresión más alta de esta voz es aquella con la cual el Padre, en la teofanía del bautismo de Jesús, reveló su identidad más profunda de Hijo amado (Mc 1, 11 y paralelos).San Basilio escribe:  “Tal vez, más místicamente, la voz del Señor sobre las aguas resonó cuando vino una voz de las alturas en el bautismo de Jesús y dijo:  “Este es mi Hijo amado”. En efecto, entonces el Señor aleteaba sobre muchas aguas, santificándolas con el bautismo. El Dios de la gloria tronó desde las alturas con la voz alta de su testimonio (…). Y también se puede entender por “trueno” el cambio que, después del bautismo, se realiza a través de la gran “voz” del Evangelio” (Homilías sobre los salmos:  PG 30, 359)[2].

 

 

Segunda Lectura: Hechos de los Apóstoles 10,34-38

 

3.1.- Estos versículos forman la primera parte del discurso de Pedro vv. 34-43. La evangelización de los paganos constituyó un grave problema para las primeras comunidades cristianas. La intervención de Dios, en el caso de Cornelio, hizo superar las barreras. La misión a los no judíos no será una victoria de las ideas o decisiones de Pablo o de Pedro, sino una obligación derivada de la intervención de Dios.(…) En el caminar misionero el Espíritu tiene la función de guía. En el episodio de Cornelio, Pedro reconoce el designio de Dios sobre los paganos.

 

3.2.- Pedro, antes que Pablo y más allá de cualquier propuesta humana, asume que la iniciativa de bautizar a los paganos no proviene de los hombres sino de Dios. Dios, que no hace distinciones, toma una decisión que señala un cambio decisivo. Desde este momento nadie puede ser tenido por impuro. Todo hombre puede ser grato a Dios. Lucas habla siempre a lectores que, a su juicio, conocen los acontecimientos de la vida y muerte de Jesús. Se trata siempre de algo que ha acontecido en medio de ustedes. Son hechos que no se pueden discutir, que se pueden reconstruir históricamente, pero que deben ser interpretados. De ahí la fórmula de Pedro: Ustedes ya conocen todo lo que aconteció en el paísde los judíos. Comienza por el  Bautismo de Jesús, la unción por el Espíritu significa que Jesús ha sido elegido para realizar la salvación. Con Jesús llegó el “fuerte” que despoja al enemigo. Las enfermedades que Jesús cura tienen una incidencia que va más allá del cuerpo. Jesús, con su obra, ha abierto el camino de la libertad, es el Salvador[3].

 

 

Evangelio: san Mateo 3,13-17

 

4.1.- Imaginemos una fila de personas, entre las cuales están las “señaladas por todos con el dedo”, que van a lo de Juan para ser bautizadas por él en el río Jordán. En la fila se encuentra también aquel que fue definido por el Bautista como más fuerte que yo, que los bautizará en el Espíritu santo y en el fuego (Mt 3,11). Este presentarse de Jesús ante Juan para ser bautizado por él (3,12) aparecerá tan escandalosa a los cristianos de las primeras generaciones, que algunos tratarán de minimizar el acontecimiento hasta casi olvidarlo. Y, sin embargo, los cuatro evangelios lo testimonian con toda claridad: Jesús se asocia a los pecadores pidiendo a Juan el bautismo y éste se opone resueltamente, – Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¿y eres tú el que vienes a mi encuentro? -, pero Jesús insiste: Déjame hacer por ahora, invitándolo a cumplir juntos la voluntad de Dios, su justicia.

 

4.2.- Entre los evangelistas es Mateo aquel que da mayor relieve al tema de la justicia. No se trata para nada de la justicia social, ni tampoco de la justicia “distributiva”, sino de la justicia de la que se habla muchísimas veces en el Primer Testamento: tanto de la justicia de Dios, como la de los hombres ante Dios, pero situándola en una nueva perspectiva: Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos no entrarán en el Reino de los Cielos (Mt 5,20). Mateo quiere dejar bien en claro para los miembros de su comunidad,  judeo-cristiana, que no se trata del mero cumplimiento de la Ley y los profetas (Dt 6,25). Estamos ante una justicia absolutamente nueva: ante un justo que se hace absoluta y totalmente solidario con los pecadores. Jesús recibe el bautismo de los pecadores. ¡Qué sorpresa, qué escándalo!  Es la revelación de una justicia de Dios que hacer reventar todos nuestros esquemas, ¡dónde se ha visto que el Justo dé la vida por el pecador! Es la justicia del amor, por la cual el Verbo de Dios ha querido encarnarse haciéndose en todo igual a  nosotros, menos en el pecado, viviendo como hermano nuestro… Tan paradojal e “injusta” es esta justicia, que san Pablo, hebreo súper-celoso de la justicia farisaica, llega a afirmar: A aquel que no conoció el pecado, Dios lo hizo pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justicia de Dios en él (2 Cor 5,21).

 

4.3.- Justamente en el momento en el que Jesús sale del agua cargada con los pecados de toda la humanidad se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma[4] y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: ‘Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección’. Se cumplen así las Escrituras (Sal 2,7; Gen 22,1; Is 42,1) y la voz del Padre atestigua que su justicia ha sido realizada: Dios ‘quería’ salvíficamente ver a Jesús así, en medio de los pecadores, y en ese acto de anonadamiento llenarlo de Espíritu Santo.  Es en esta sorprendente epifanía que nos es dado captar la unidad de la acción salvífica de Dios: el Padre obra a través de su Hijo, Jesús confiriéndole todo el poder del Espíritu.

 

4.4.- La fiesta del bautismo de Jesús es para nosotros también memorial de nuestro propio bautismo y de la voz de Dios que nos dice a cada uno: ¡Tú eres mi hijo! Cada uno de nosotros es hijo de Dios y lo colmaremos de alegría si reconociéndonos pecadores, emprendemos el camino de conversión, del retorno a la casa de nuestro Padre. Sobre cada uno de nosotros baja y aletea el Espíritu Santo si sabemos invocarlo y lo preparamos todo para recibirlo. Podremos así sentirnos hijos de Dios e invocarlo diciéndole: ¡Abba, papá amado!…

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

El Señor Jesús ha venido hoy a recibir el bautismo. Ha querido lavar su cuerpo con el agua del Jordán. Quizá alguno diga: “¿Por qué quiso ser bautizado, él que era Santo?”. Cristo se bautiza, no para ser santificado por las aguas, sino para santificar él las aguas y purificar con su acción personal las olas que toca. Se trata más bien de la consagración del agua que de la consagración de Cristo. Desde el momento en que Cristo se lavó, todas las aguas se volvieron puras con vistas a nuestro bautismo. Así quedó purificada la fuente para que se otorgara la gracia a los pueblos que vendrían después. Cristo va el primero al bautismo para que los pueblos cristianos le sigan sin vacilar.

Aquí se vislumbra el misterio. ¿No fue la columna de fuego por delante a través de todo el Mar Rojo para animar a los hijos de Israel a que la siguiesen? Atravesó la primera las aguas para abrir camino a los que la seguían. Según el testimonio del Apóstol (cf. 1 Co 10,1 ss.), este acontecimiento fue una figura anticipada del bautismo. Se trataba sin duda de una especie de  bautismo en el que los hombres estaban cubiertos por la nube y llevados por las aguas. Todo esto se ha cumplido en Cristo nuestro Señor, que ahora precede en el bautismo a todos los pueblos cristianos en la columna de su cuerpo, lo mismo que había precedido a los hijos de Israel a través del mar en la columna de fuego. La misma columna que en otro tiempo esclareció los ojos de los caminantes, ilumina ahora el corazón de los creyentes. Entonces trazó sobre las olas una ruta firme; ahora vigoriza en este baño los pasos de la fe. Quien marcha con fe, sin titubear, lo mismo que los hijos de Israel, no temerá en absoluto la persecución de los egipcios[5]

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Ícono tomado de: www.elarcadenoe.org

[2] Juan Pablo II, Audiencia General 13 de junio de 2001.

[3] Adaptado, retocado y resumido de: P. Franquesa, Misa Dominical 1985, 2

[4] “En la escena del bautismo irrumpe también el Espíritu Santo bajo forma de “paloma” que “desciende y se posa” sobre Cristo. Se puede recurrir a varias referencias bíblicas para ilustrar esta imagen: a la paloma que indica el fin del diluvio y el inicio de una nueva era (leer Gn 8, 8-12; 1 P 3, 20-21); a la paloma del Cantar de los Cantares, símbolo de la mujer amada (ver Ct 2, 14; 5, 2; 6, 9); a la paloma que es  un símbolo de Israel en algunos pasajes del Primer Testamento (ver Os 7, 11; Sal 68, 14). Es significativo un antiguo comentario judío al pasaje del Génesis (Gn 1, 2) que describe el aletear con ternura materna del Espíritu sobre las aguas primordiales: “El Espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas como una paloma que aletea sobre sus polluelos sin tocarlos” (Talmud, Hagigah 15 a). Sobre Jesús desciende, como fuerza de amor sobreabundante, el Espíritu Santo. El Catecismo de la Iglesia Católica, refiriéndose precisamente al bautismo de Jesús, enseña: “El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a “posarse” sobre él. De él manará este Espíritu para toda la humanidad” (n. 536)… Finalmente, la imagen bastante curiosa de la paloma nos orienta hacia la misma idea de la constitución del pueblo nuevo en la persona de Cristo. Dos interpretaciones diferentes tratan de aclarar el simbolismo de esa paloma, pero ambas le atribuyen una significación eclesiológica. Para unos, la palabra paloma sería un error de traducción; el texto original hablaría de shekinah, es decir, de la gloria misma de Dios que descansó sobre el Sinaí, después sobre el Templo, para hacer del pueblo la morada de Dios (Ex 24, 15-18; 40, 34-38). Para otros se trataría de una figura del pueblo elegido, sacada del Cantar de los Cantares (1, 15; 2, 14; 4, 1; 5, 2; 6, 9). El Esposo divino invita, en efecto, a su paloma, la nueva Jerusalén, para que se una a Él en unos nuevos desposorios. La aparición de la paloma en el momento del bautismo de Jesús podría significar que las bodas ya se  han celebrado y que Dios ha encontrado a su esposa. Ya se trate de los temas del cielo abierto, del Espíritu o de la paloma, en realidad se orienta hacia una significación a la vez cristológica y eclesiológica del relato. La persona de Cristo se nos presenta ahí con sus vinculaciones al pueblo nuevo que Él mismo constituye”. (Cita tomada de: Juan Pablo II, Audiencia general de los miércoles 12-04-2000. Negrita nuestro).

[5] San Máximo de Turín, Sermón para la fiesta de Epifanía; CCL 23,398-400 (traducción en Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, 1971). Genadio de Marsella se refiere a Máximo como obispo de Turín y nos hace saber que murió “mientras reinaban Honorio y Teodosio el Joven” (408-423). No era oriundo de Turín y se desconoce de dónde y cuándo llegó a la ciudad. Depende en gran parte de Ambrosio de Milán (+ 397). Con seguridad era obispo de Turín en septiembre de 398, cuando allí se realizó un sínodo de obispos de Italia del Norte y de Galia. Parece que aún estaba con vida en 412, año en que ocurrió un eclipse de luna del que habla en sus Sermones 30 y 31. Hacia el fin del siglo V, sus restos fueron depositados en una basílica cercana a Turín.

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