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La Iglesia en los medios Daniel Sturla: “Predicar solo con la palabra hoy no existe”

EL PAÍS |

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El arzobispo y flamante cardenal habla de los problemas de comunicación de la Iglesia y su capacidad de adaptación. Y admite que, de vez en cuando, también se enoja con Dios.

Mate en mano, voz apacible y sonrisa fácil, Daniel Sturla (55) cuenta que le encanta jugar al fútbol pero que desde hace seis años, cuando en un partido se rompió los ligamentos, lo hace menos de lo que quisiera. Cuenta también que es de Nacional. Que casi no mira televisión, tanto así que días atrás la fue a prender y se enteró de que su aparato ya no funcionaba. Que suele escuchar música solo cuando viaja en el auto. Que disfruta mucho de andar en bicicleta, sin viento en contra. De bañarse en el mar. Y que le gusta ir al cine, pero lo hace poco; la última vez fue en una salida con un grupo de sacerdotes, para ver “Bideman” (sic) ¿Birdman —corrige Domingo—, la que ganó el Oscar? “¿Ganó el Oscar? Pahh…”, se sorprende, brevemente pensativo, y entonces sonríe de vuelta.

El arzobispo de Montevideo es afable, campechano y jovial. Sentado en un cálido escritorio de la Curia, se ríe al admitir que le gusta mucho la comida —”¡Esta chiquilina es terrible; me vio la panza!”, bromea ante los presentes— y se enseria, sin ponerse sublime, para hablar de la Iglesia y las materias que la atañen. Contesta sin peros sobre todos los temas, aún aquellos más controvertidos que ya tocó decenas de veces; entiende que es parte de su rol, un rol que suma cada vez más responsabilidades.

Este año, la rutina de Sturla añadió un condimento: muchos saludos y felicitaciones de quienes lo cruzan por la calle, buena parte aclarándole que no son católicos pero que igual sienten orgullo por él. Sucede que apenas comenzado el 2015, el Papa Francisco anunció su listado de nuevos cardenales y entre ellos, por segunda vez en la historia, se coló un uruguayo.

Ese domingo 4 de enero, ajeno a lo que sucedía en el Vaticano, Sturla había acudido con dos jóvenes a Radio Oriental para hablar de la misión que estaba llevando a cabo en el asentamiento Milagro de los Andes, en Jardines del Hipódromo. Ya de regreso, al volante del auto, recibió una llamada del sacerdote Gonzalo Aemilius. “¡Daniel, te felicito! Estoy en la Plaza de San Pedro, el Papa te acaba de nombrar cardenal!”, escuchó por el celular. “No puede ser, nadie me avisó nada”, replicó perplejo el arzobispo. “Sí, el Papa te nombró”, insistió Aemilius.

“Yo me quedé como extrañado. Después los jóvenes me decían que yo respiraba hondo (sonríe). Y enseguida me caen dos mensajitos de texto, de otros dos uruguayos que estaban en la Plaza de San Pedro y me felicitaban también. Así que lo tuve que creer”, recuerda Sturla, quien al momento de su nombramiento llevaba apenas diez meses como arzobispo.

Desde entonces, su día a día no cambió mucho, más allá de ese reconocimiento de la gente. Su tarea principal sigue siendo la de arzobispo de Montevideo. “Luego puede que se me sume alguna otra obligación, pero por ahora por suerte no”, apunta. También reconoce que puede tener más llegada directa al Papa, ya que se abren importantes canales de comunicación en Roma. “Tiene cierto peso ser cardenal a la hora de lograr ciertos contactos, digamos —admite—. Pero tampoco hay que abusar”.

Más allá del impacto que generó la noticia, vivió su confirmación como cardenal sin euforias. “Fue un momento vivido con alegría, pero con una cierta distancia… lo que me vino muy bien. No es que estuviera totalmente involucrado… No. Lo viví con emoción moderada. Si eligiera una fecha clave en mi vida, sería mi ordenación sacerdotal. Ese fue el cambio más grande”.
Acto de fe.

Convertirse en cura no fue una decisión fácil ni impulsiva. Nunca lo es. Sturla fue el más chico de cinco hermanos en “una casa de fe”, en Parque Rodó primero y Pocitos después. Su padre, abogado, era creyente, y su madre, ama de casa hija de un batllista anticlerical, se convirtió una vez casada. Toda la familia asistía a misa los domingos y, cuando los más grandes empezaron a faltar por distracciones adolescentes, Daniel siguió yendo junto a su padre. Tenía 13 años cuando él murió del corazón y 16 cuando el cáncer se llevó a su madre. “Eso nos marcó, pero lo vivimos con mucha serenidad, con mucho sentido de apoyarnos”.

Bajo el cuidado de sus hermanos mayores, pasó del colegio San Juan Bautista a cursar bachillerato en el Juan XXIII, institución de la que años más tarde sería director. Fue allí que el padre Felix Irureta lo tanteó. “Daniel, te hago esta propuesta y nunca más toco el tema: ¿nunca pensaste en ser sacerdote?” Siempre que cuenta esa anécdota, Sturla subraya lo importante que fue para él esa promesa de que no insistiría. “Porque me dio mucha libertad, sentí que no me estaba presionando”, explica.

Le contestó que no, que pensaba formar una familia —para entonces había tenido algún amor adolescente muy naif, “cosas de chicos”, describe— pero lo cierto es que la pregunta le introdujo una inquietud que ya no pudo ignorar. Por esa época realizaba trabajo social con el voluntariado del colegio. “Nunca había agarrado un trapo de piso, pero ahí teníamos desde que lavar el piso hasta cavar una zanja. Una vez hicimos el pozo negro de una casa Don Orione; hubo que agarrar la pala, cosa que unos nenes medio cuidaditos nunca habíamos hecho”.

Cuando finalmente decidió tomar los hábitos, el eco hallado en su entorno no fue de alegría, dice, pero sí de respeto. Desde entonces, de acuerdo al carisma de los salesianos, ha trabajado en muchos proyectos vinculados a la educación; Don Bosco o el Movimiento Tacurú son algunos. Se ha acostumbrado al contacto con los jóvenes de todos los estratos, católicos o no, y hablando su propio lenguaje sabe ganarse su respeto.

Para el cardenal, la comunicación no es solo un tema de contenido, sino también de forma, lo que constituye uno de los problemas de la Iglesia. “Creo que usa un lenguaje que es para iniciados y no para todos, en especial niños y jóvenes. Si el mensaje que transmitís es largo, usás palabras difíciles o qué se yo, ellos desenchufan y a otra cosa. Lo que antiguamente hacía la Iglesia, con gente que predicaba y convocaba solo con la palabra, no existe”. En entender eso, cree, radica la ola de simpatía que ha despertado el Papa Francisco. El discurso del pontífice ha revelado, además, esperanzadores signos de apertura en una institución que se ha caracterizado más bien por su dogmatismo.

—El mundo se mueve rápidamente, el modelo de familia se revolucionó en el último siglo: hoy hay hogares monoparentales, matrimonios homosexuales, familias ensambladas, mujeres que deciden tener hijos solas por métodos de reproducción asistida. ¿Puede la Iglesia acompañar esto sin renunciar a sus bases?

—Esa es la palabra clave: acompañar. La Iglesia tiene que acompañar toda situación humana, sea cual sea. Otra cosa es que avale o promueva todo tipo de relación entre los seres humanos. Nosotros creemos en un plan de Dios donde el hombre encuentra su felicidad y su realización, y en lo familiar es con pareja de varón y mujer, con sus hijos. A las otras situaciones la Iglesia las tiene que acoger, con la conciencia de que son todos son seres humanos. Por ejemplo: un bebé de probeta. La Iglesia podrá no estar de acuerdo con que un niño haya sido engendrado no en un acto de amor sino en un laboratorio, pero ese niño tiene obviamente toda la absoluta dignidad humana, es un hijo de Dios.

—Que la Iglesia acepte estas realidades es también una cuestión de supervivencia…

—No, yo creo que no. Entiendo lo que decís. Pero no es que la Iglesia busque sobrevivir, porque no es un fin en sí misma. En ese caso, perdería su sentido. La Iglesia no necesita sobrevivir por ella, sino para mantener viva la memoria de Jesucristo, que es su razón de ser. Obviamente, hay que estar atentos a los signos de los tiempos. Si yo hablo ahora de la misma manera que lo hacía en la época de los romanos, me quedé en el pasado. El lenguaje, los modos, el estilo, la comprensión de la situación humana, eso se adapta. Pero el mensaje no, porque el que no cambia es Jesucristo.

Sturla ceba un mate. El tema que se le propone ahora es la tríada de leyes de mayor impacto mediático del gobierno de José Mujica. Repasa que está en contra del aborto, que se muestra expectante respecto a la regulación de la marihuana y que no está de acuerdo con el uso de la palabra “matrimonio” en el contrato entre las parejas del mismo sexo.

—¿Lo agota ser siempre consultado sobre estos temas?

— (Suspira) Un poquito sí. Pero bueno, ta. Lo entiendo.

Este domingo al mediodía, después de la misa pascual en la Catedral, el cardenal disfrutará de un almuerzo festivo, tal vez en familia. Los Sturla son “una banda”, colmada de hermanos, primos, sobrinos y sobrinos-nietos. No evita la risa cuando se le pregunta si son religiosos. “La mayoría no… Algunos, pero muy practicantes no son”, admite.

—Usted perdió a sus padres muy temprano, a un hermano joven y hace poco a una hermana. ¿Nunca se enoja con Dios?

—Claaaaro (se ríe). Pero bueno… uno se enoja con sus padres a veces, es parte de una realidad de amor. Con mis hermanos hemos discutido mucho, peleado, pero nunca nos dejamos de hablar. Cuando murió mi hermano Martín, hace 20 años, fue un golpe muy duro. Tenía 37 años, tres hijos muy chicos, una carrera política (diputado blanco, fue presidente de la Cámara Baja durante el gobierno de Luis A. Lacalle). Y era como revivir todo lo de mis padres. Rezando los salmos, había uno que yo le repetía mucho a Dios: “Tu poder, Señor, me aseguraba el honor y la fuerza, pero escondiste tu rostro y quedé desconcertado”. Una expresión tal cual: yo había sentido que el Señor había mirado para otro lado. Mi hermano murió por un error de diagnóstico. Tuvo una trombosis en la pierna, en un viaje, y cuando llegó le dijeron que era un dolor muscular, entonces estuvo dos semanas con la trombosis, hasta que… Bueno, podría no haber pasado. Pero nunca dejo de creer que Dios existe, que está y que es providente por más que uno no lo entienda. Al morir mis padres, el planteo que me hice fue: yo no era un nabo que no supiera que morían niños de hambre en Biafra, o que a otros les pasaban tragedias, y yo seguía creyendo en Dios. Si cuando las cosas les pasaban a otros yo creía, ¿ahora, porque me tocó a mí, dejo de creer? Me parecía una actitud medio egoísta.
SUS COSAS
Anillos

En la mano derecha de Sturla se aprecia un anillo, pero no es el que recibió de la mano del Papa Francisco el 14 de febrero pasado, cuando fue confirmado como cardenal. A ese, símbolo de su desposorio con la Iglesia de Roma, no lo usa demasiado. “Pasa que es medio grande de más, para andar por la calle… No es cómodo y resulta un poco llamativo”, explica al mostrarlo. En su lado interior, tiene grabado el escudo de armas del Papa.
Símbolos.

Un crucifijo de madera que era de sus padres es uno de los objetos más significativos que Sturla posee. Aunque un sillón que pertenecía a su padre le resulta tanto o más simbólico. Alrededor de los 12 años, su papá se sentaba allí y, mientras le daba un abrazo, repetía en su oído: “Hijo, amigo, secretario y correligionario”, como un resumen del vínculo entre ambos. “Ese sillón siempre me trae la figura de mi padre y esas cuatro palabras”.
Placeres.

Se le pide que mencione un libro de cabecera que no sea la Biblia y el cardenal se decanta por Sabiduría de un pobre, de un franciscano llamado Eloi Leclerc. “Me ha hecho muy bien”, explica. En su escritorio, se cuentan decenas de lecturas y otros placeres. De un aparador con puertas de vidrio, Sturla saca un par de tabletas de chocolate con nutella y, con sonrisas cómplices, las regala al equipo de Domingo. “Es lo mejor”, no duda en describir.